Nadie nos enseño a ser mamás, es una realidad. Aprendemos en el camino, a punta de más errores que aciertos.

Pero resulta que tampoco nadie les enseño a nuestro queridos esposos a ser papás.

Verlos no hacer las cosas que les pedimos o verlos hacerlas de la manera que nosotras no lo haríamos se convierte en un dolor de cabeza. A veces sentimos que a parte de ser mamás tenemos también que enseñarle a ellos a ser papás. Nos imaginamos lo genial que sería que existiera un manual que nos explicara como sobrevivir al matrimonio después de los hijos y una crema que nos hidratara de paciencia. El manual tendría sin lugar a dudas Tomo 1,2 y 3 y la crema tendría que ser barata porque no duraría tanta aplicada.  Yo amo al esposo que me tocó, así le llame el 10% sabe de sobra que sin él mi 90% no funcionaría. Pero hoy quiero traducirle y explicarle 5 frases que claramente está entiendo mal.

  • Cuando te digo que te quedes con el niño mientras yo me ocupo de otra cosa, lo que espero es que mires, interactúes y te diviertas con tu hijo, no con el celular.

  • Cuando te codeo a media noche y digo que me pareció oír al niño llorar, significa que vayas a ver qué le pasó y no que te acomodes y sigas roncando.

 

  • Cuando te pregunto que si me veo gorda, la respuesta correcta no es :“es normal, acabas de tener un bebé”.

 

  • Cuando por teléfono te pregunto “¿te demoras?, no te estoy pidiendo una lista de las cosas que tienes pendientes en la oficina, te estoy rogando que dejes de hacer inmediatamente lo que estás haciendo y que tomes un cohete a la casa para relevarme, porque la paciencia y la energía se me agotaron.

 

  • Cuando me acuesto al lado tuyo porque ya dormí al bebé y pregunto “qué estás viendo” lo que quiero es que nos arrunchemos, veamos una comedia romántica o de pronto que nos pongamos románticos, no que me comiences a explicar la alineación de un partido de futbol, de dos equipos desconocidos de los que ni siquiera eres hincha, y que además es una repetición.

 

Y a modo de consejo final: Cuándo me digas “nada que estás lista” más te vale que tengas los zapatos puestos, que sepas donde están las llaves del carro y que hayas alistado por iniciativa propia la pañalera.

 

Si crees que 5 tips son insuficientes o si prefieres que a tu marido alguien le diga las cosas en la cara (pero que no seas tú), te esperamos Vargato y yo en nuestro Stand MOM Comedy los martes y miércoles a las 8:30 pm en el Teatro Fanny Mikey en Bogotá. Y como se que la pereza nos come a la hora de buscar algo en Google, haz click en la siguiente foto para comprar las boletas:

Este será el quinto año que celebro el día de la madre, en realidad el sexto si cuento el de mayo de 2013 con una panza a un mes de estallar.

He pasado por todos los requerimientos de regalo para que mis seres amados se congracien conmigo en este día. Para los primeros años mi regalo soñado era un día libre. Libre de todos los deberes, de todas las cosas y rutinas que precisamente me hacían merecedora de una felicitación, pero de las que yo quería huir por unas horas. No es para menos, los primeros años son los más agotadores y no había ramo de flores, caja de chocolates o par de botas nuevas que superaran mi humilde deseo de desaparecer para todos y poder dormir en paz, comer caliente y andar sin afanes.

Otros años, con el cansancio inicial superado y ávida de regalos, empezaba desde febrero una campaña más cochina que candidato presidencial y cualquier cosa que veía y me gustaba era enviada al whatsapp de mi esposo con la nota “mira esto tan lindo, ya casi es mayo, he sido una buena madre, ojo pues, después sigue el día del padre, te amo”.

Este año, para mi sorpresa he sido cauta, no he hecho lista, solo he mandado un mensaje a whastapp y ya ni siquiera pido un día libre, porque los parches con un Lolo que baila, habla, canta y pregunta todo, son mil veces más divertidos que acostarme a descansar.

Supongo que he tardado 5 años en reconocer y darme cuenta que si bien amo los regalos (no vaya ser que mi esposo se lo tome literal y me quite la dicha de destapar algo este año) por primera vez entiendo la importancia y el “por qué” celebrar el día de la madre.

Ser mamá ha sido una experiencia de humildad, fortaleza y descubrimiento y para mi.

De humildad porque solo la maternidad ha sido capaz de ponerme de frente a mis errores, me ha obligado a mirarlos a los ojos y hacer algo con ellos diferente a negarlos.

De fortaleza porque solo la maternidad me ha enfrentado a mis peores miedos sin darme si quiera el chance de esquivarlos o ignorarnos.

De descubrimiento porque solo a través de ella fui capaz de reconocer un lado oscuro tan propio de mi esencia como mis más iluminadas sonrisas.

Han sido 5 años en los que he llorado de rabia, impotencia y dolor, y esas lágrimas me han hecho crecer. Pero también he llorado de alegría y agradecimiento, y esas lágrimas me han devuelto un poco de la humanidad que no sabía que había perdido. 

De la maternidad hoy, 5 años después de haber empezado a andar su camino, sin hormonas alborotadas y durmiendo las noches (al menos la gran mayoría) de corrido, puedo decir a riesgo de sonar cursi y monotemática, que es el mejor regalo que me he dado, y literalmente empacado, en la vida.

Nada me había cuestionado tanto en la vida, nada me había retado tanto pero nada jamás me había regalado tanta felicidad.

Ser mamá es y será siempre mi mejor regalo. Porque con todo el cansancio y el dolor en el alma que a veces conlleva, es mi milagro, mi sueño cumplido, el camino que escogí y quiero seguir recorriendo. Es el mejor regalo porque solo la maternidad me ha dado la posibilidad de conocerme a fondo, me ha obligado a reinventarme, a corregirme una y otra vez y ha sembrado en mi el deseo de convertirme en un ser humano más consciente y poderoso del que era antes de tener a un hombrecito en casa que me llamara mamá. 

La importancia del día de la madre para mi, 5 años después de serlo, radica en celebrar que solo una madre sabe a ciencia cierta de qué esta hecha. Si bien la valía de una mujer no radica en ser madre, las que lo somos conocemos a fondo ese valor porque muchas veces lo hemos cuestionado.

5 años después de ser madre, reconozco que el mejor regalo para una mamá es precisamente poder haberlo sido.  

Feliz día a todas ustedes mamás que me leen, que se han vuelto mis cómplices, mis psiquiatras y muchas veces mis consejeras, el mejor regalo ya se lo dieron ustedes mismas y nació de su barriga, pero celebren como nunca este fin de semana porque gracias a nosotras las familias se construyen, gracias a nosotras hay niños felices en el mundo. Y las cosas lindas que le regalan color al mundo como la familia, el amor y los hijos siempre será algo que vale la pena celebrar. Así que celebremos porque al final de la jornada solo nosotras sabemos cuánto lo merecemos.

 

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Madre primeriza, vengo del futuro, tengo un mensaje para usted, tranquila, no todo va a estar bien.

 

¿Se siente usted agobiada porque su hijo todo se lo comunica llorando?

Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Su hijo aprenderá a hablar, dirá palabras con una pronunciación que la hará morir de amor, construirá frases que usted querrá anotar en una agenda que se llame “los mejores apuntes de mi hijo”. Pero prepárese, habrá momentos del día que lo único que añorará es un minuto de silencio. Un segundo sin ese tono agudo que rebota en sus tímpanos y que se repite como un loop eterno con las palabras “mamá” “¿por qué?” “mamaaaaaa”.

¿Se siente usted desesperada porque para salir a la calle debe cargar un equipaje de mano que cualquier aerolínea le obligaría aforar por exceso de peso?

Un equipaje lleno de artículos esenciales como pañales, pañitos, cambiador, mudas de repuesto, crema antipañalitis, tetero limpio, tetero limpio dos por si acaso, juguete para entretener 1, juguete para entretener 2? Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Usted desempolvará la carterita de mano porque ellos dejan el pañal. Pero prepárese para en el proceso trapear mas pisos que Cenicienta, cambiar más ropa que presentador de los Oscar, pararse en la mejor parte de la película y atravesar medio cine ante los respiros de queja del resto de espectadores para llevarlo al baño y, peor que todo lo dicho anteriormente junto, conocer baños de mala muerte porque su hijo necesita ahí y solo ahí hacer el temido número dos.

¿Se siente usted jorobada porque su hijo para caminar y no darse contra el mundo necesita agarrarse de su dedo índice todo el tiempo para recorrer una y otra vez el mismo restaurante?

Tranquila, vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Usted recuperará su columna vertebral porque los niños aprenden a caminar. Pero prepárese porque lo difícil va a ser que su hijo le de la mano al cruzar la calle, que camine junto a usted en un centro comercial y que no salga a correr en el supermercado creyendo que esconderse de usted lo mas lejos que pueda es divertido.

¿Se siente usted cochina porque el tiempo para bañarse se lo dictan las cada vez menos siestas que su hijo puede hacer en su cuna y no encima suyo?

Tranquila, vengo del fututo, tengo un hijo de casi 5 años. Usted volverá a tener tiempo para usted. Tendrá horas para reencontrarse con usted. Pero prepárese por más tiempo a solas que tenga sepa de una vez que después de ser madre el tiempo no le vuelve a alcanzar a uno para nada.

¿Se siente usted cansada?

Duerme menos de 6 horas de corrido. Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. El cansancio físico pierde poder, usted volverá a dormir 8 y hasta 10 horas en la noche. Pero prepárese viene el cansancio emocional y mental de controlar una pataleta, de explicar un “No”, de manejar los situaciones difíciles en el colegio, de conversar sobre los amigos. El cansancio de criar que no se recupera con unas horas de sueño.

¿Se siente usted perdidamente enamorada de su bebé?

Tranquila, vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años y si usted cree que está enamorada de ese pequeño bulto, no sabe lo que le espera. El amor que sentía por mi bebé es una minucia insignificante comparada con lo que siento hoy por mi hijo. Si de algo estoy segura es que el amor no para de crecer. Entre más lo conozco, entre más puedo ver su personalidad, entre más lo oigo hablar, entre más lo veo relacionarse con el mundo, entre más recibo sus besos dados por convicción, entre más escucho sus conclusiones, me doy cuenta que si bien los retos de la maternidad cada día son más grandes mi amor por él crece y se multiplica a la misma velocidad.

Tranquila, no todo va a estar bien pero se pone cada vez mejor.

 

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Llevo cuatro años tratando de criar a mi hijo y los mismos cuatro años sintiendo que también necesito criar al padre.

Yo confieso ante vosotras hermanas que en estos cuatro años que llevo de mamá a veces, casi siempre, siempre, he pensado que yo lo hago todo mejor que mi 10%. A veces, casi siempre, siempre, tengo una crítica para él. A veces, casi siempre, siempre se me retuerce algo en el estómago cuando veo que ese hombre que amo no hace las cosas según mis coherentes instrucciones. A veces, casi siempre, siempre … soy un fastidio.

Hay días que siento como mis niveles de “buen genio” disminuyen si de repente lo veo mirando su celular y no jugándole a mi hijo. Y siento como suben velozmente los de “mal genio” cuando me contesta con la mayor desfachatez ante mi reproche: “que intensa eres!… también es bueno que de vez en cuando se entretenga solito”.

Ni para que contarles la retahíla aburridora que debe aguantar mi 10% después de su atrevida respuesta … es que el tiempo de calidad bla bla bla y en el colegio dijeron bla bla bla y siempre es lo mismo bla bla bla y ahora yo soy la mala bla bla bla. Mientras doy mi cantaleta siento que poseo la verdad absoluta. Si me veo en retrospectiva soy otra loca de mierda.

Yo que me considero feminista, creo que debemos partir del punto que físicamente, biológicamente y mentalmente hombres y mujeres sí somos diferentes. Tener un hijo es una de las cosas con las que estas diferencias salen más a flote. Nosotras tenemos una visión, unos ideales y un modus operandi de la maternidad que a veces, casi nunca, nunca coincide con el que ellos tienen de la paternidad.

En estos 4 años me he ofuscado por ello y vaya que si he peleado.  He dado cantaleta, he alimentado mi gastritis al verlo impacientemente preparar una pañalera, he resoplado al viento al verlo manejar una situación que yo manejaría de otro modo, he agüado ojo porque lo que para mí es el fin del mundo para él es una insignificancia.

Confieso que entre muchos “te amo” y “gracias”, siempre lo he criticado.

Y como dicen por ahí que uno solo critica al que envidia, tengo algo que decirte querido 10%:

Envidio que puedas prestarle la tablet a nuestro hijo sin hacer mentalmente un cuadro que compare las horas que ha pasado en ella versus las que ha pasado en el parque.

Envidio que puedas irte de viaje y no sientas la ansiedad y la necesidad de buscar un wifi cada 10 minutos para preguntar si nuestro hijo está bien, y por el contrario me digas como si eso me calmara “Lolo está bien, si estuviera mal ya hubieran llamado”.

Envidio que puedas alistarte un sábado en 10 minutos y te sientes tranquilo a ver televisión sin pensar si quiera por un segundo que si tú ya estás listo podrías por ejemplo alistar la pañalera o al menos las llaves del carro antes de acosarme con tu “¿todavía no estás lista?”.

Envidio que en la entrega de notas digas “tienen que decir algo malo de tu hijo para que al final del año puedan echarse las flores por haberlo enderezado” mientras yo me estreso si me dicen que se salió de la raya y empiezo a buscar una terapeuta que vaya a la casa.

Envidio que me ayudes a alistar a mi hijo en la mañana con una parsimonia casi metódica como si ya no nos hubiera dejado la ruta una vez.

Envidio que no te eches la culpa por todo como hacemos las madres y solo digas “es que todo lo hago mal” cuando yo doy cantaleta pero en el fondo no creas que todo lo haces mal.

Envidio que le veas un par de moquitos en la nariz a nuestro hijo y digas no es nada, y yo sienta que debo prepararme para cuidar una pulmonía.

Envidio tu tranquilidad al ver a nuestro hijo hacer una siesta un domingo a las 5 de la tarde, envidio que me digas “tranquila, déjalo dormir, si tú estás cansada yo lo cuido por la noche”, envidio que caigas profundamente dormido y sea yo quien termine trasnochada.

Envidio que sigas en Instagram a Demi Lovato, la formula uno y a Paulina Vega y no a un montón de papás blogueros que no paran de hablar de crianza positiva y cuanta teoría creen dominar sobre crianza.

Envidio que aunque pases menos horas con nuestro hijo, seas su favorito.

Envidio que veas la vida sin mi filtro apocalíptico, con menos melodrama y menos acelere.

Por “envidio” quiero decir que no estoy de acuerdo contigo siempre pero que prometo, cada vez que te envidie, recordar que juré amarte en todos tus momentos antes que de mi boca salga algún improperio. Por “algún improperio” me refiero a sentencias que me dan la razón. Por “razón” me refiero a eso que a veces, casi siempre, siempre tengo yo.

Ay benditos hombres los amamos, a veces los odiamos y en el fondo, los envidiamos.

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Jamás pensé que yo iba a pararme en un escenario a hacer un stand up comedy… supongo que tendré que sumar eso a mi lista de “cosas que cambiaron en mí después de ser madre”… Lo cierto es que en este momento, si puedo hablar de algo, es de la tragi-comedia-romántica que es la maternidad. Amo poder conectarme con todas ustedes a través de la risa. Amo que podamos burlarnos de las cosas que no nos gustan de ser mamás y que podamos regalarnos una noche para sentirnos identificadas, para quejarnos y para descansar de la maternidad.

Espero poder llegar a muchas más ciudades con mi Stand Mom Comedy para que que toda mamá cansada sepa que no es la única… A todas nos pasa y de vez en cuando necesitamos recargar baterías.

Próximas fechas:

  • Medellín. Club el Country. 14 de septiembre. Info: 3197305
  • Monteria: Milagro Club. 21 de septiembre. Info: 3105300300
  • Cúcuta. Restaurante Karbon y Son. 28 de septiembre. Info: 3164683504-3108518345

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En el 2000, seis meses antes de graduarme del colegio sufrí la primera y la peor tusa de vida. Mis escasos 16 años hicieron que yo documentara ese sentimiento como: el fin del mundo. Con los años descubrí que ésa tusa, que me hizo llorar lágrimas desproporcionales ahora que pienso en el mequetrefe que las provocó, no sería la última y además se convertiría en la taza medidora para las futuras.

Ninguna alcanzó hasta hoy el nivel “fin del mundo” que tuvo la primera. Supongo que me volví buena en aquello de las tusas, o descubrí con el tiempo, que la única manera de que una tusa acabe con mi existencia es porque al mismo tiempo un meteorito se dirige hacia la tierra y Bruce Willis no es capaz de detenerlo. Sé manejar casi todas las tusas, excepto una. Una tusa eterna que nos deja el corazón más arrugado que frente sin botox y que poco tiene que ver con las tusas que me provocaron novios de pacotilla, que si supieran cuánto los lloré se sentirían en la obligación de indemnizarme.

No, no es la tusa televisiva, esa que nos hace sentir vacías y desoladas porque vimos el capítulo final de nuestra serie favorita. ¿Cómo podremos vivir sin la espera semanal por un capítulo nuevo? ¿Cómo podremos vivir un año ante la certeza de que en el siguiente no se estrenará una nueva temporada? Aunque esta tusa es dura, sobre todo porque no sabemos cómo manejarla (¿abusar del licor y llamar en medio de nuestra borrachera a los guionistas que vilmente escribieron el punto final?), es la que superamos más fácil: stalkeamos google ante la ilusión de que sus productores se arriesguen a hacer al menos un spin off de la serie, le apostamos al “un clavo saca otro clavo” escudriñando Netflix y cuando menos nos damos cuenta ya estamos trasnochando por otra serie y ya le hemos hecho el duelo a otras tres.

Tampoco voy a hablar de la tusa de la independencia, esa que le da a uno después de haberse ido de la casa y descubrir que el cuarto de uno, el que uno dejo intacto, no fue conservado como un museo sino convertido en la nueva sala de televisión. Yo me independicé y me fui a comer arroz con atún a mi diminuto apartamento de soltera. Compré todo lo necesario para vivir excepto una lavadora. Todos los jueves llegaba a casa de mamá con una bolsa de ropa sucia y salía de ahí almorzada y con una bolsa de ropa limpia. Era una vida perfecta, esquivando responsabilidades, pero siendo un adulto independiente. Pero un jueves llegué y mi cama se la habían llevado a la finca, mi sofá se lo habían regalado a mi hermano mayor, la ropa que había dejado “por si acaso” la tenía puesta Ceci, la empleada de mi mamá y mis papas se ofrecían a regalarme su lavadora porque en Falabella había una con secadora en promoción que querían comprar. Y entonces, lloré, porque, aunque yo me había ido antes, ese día oficialmente me habían echado del hogar.

Pero no, de esa no se trata este post, tampoco de la tusa discriminatoria que más que ninguna otra ataca al ego, lo masacra, lo acribilla y lo pisotea después de muerto. Es la tusa que requiere para poder ser superada de altas dosis de amor propio, inyecciones de autoestima, un cariñito en el salón de belleza y un metódico plan de venganza. La llamo la tusa discriminatoria porque es causada por la inaudita negativa de un tercero que poco te conoce y te juzga sin muchas bases, para evitarte el ingreso a un lugar: Quizás les suena familiar:

  • Hoy tenemos una fiesta privada, no permitimos personas en tennis, no están en la lista, etc…. Cualquier bouncer fortachón a la entrada de un bar.
  • Lamentamos informarle que no tenemos cupo para su hijo… Cualquier colegio con ínfulas de aristócrata.
  • No me importa que usted sea la hija, tengo que anunciarla, ¿me recuerda su nombre?… El portero del conjunto de mi mamá.,
  • Te metería al grupo, pero no se quién es el administrador. Cualquier bobo…bueno, yo alguna vez.

Pero yo les quería hablar, perdón que me haya desviado, de la tusa maternal.

Tusa Maternal: Dícese del duelo que una madre debe hacerle a todos y cada uno de los logros de sus hijos. Por logros me refiero a esas cosas que hacen los hijos para restregarnos en la cara que ya no son nuestros bebés y que necesitan de nosotros cada vez menos. Por duelo me refiero al ojo aguado y al pecho estripado que experimentamos debido a que esos chiquitos de verdad se crecen a mil. 

La tusa comienza desde el nacimiento de un hijo, le sigue la salida del primer diente y de ahí para adelante, jamás se detiene.

El niño ya tiene un diente quiere decir ya no necesita que yo le machaque la comida.

El niño ya camina quiere decir que falta poco para que salga corriendo detrás de una suripanta.

El niño ya va al colegio quiere decir que ya casi le da vergüenza que lo besuquee.

El niño ya cambió de voz quiere decir que ya casi soy abuela.

El niño compró apartamento quiere decir que es hora de que le regale una lavadora.

Ser mamá es vivir de tusa en tusa. Yo en este momento estoy entusada porque mi hijo entró al colegio, es la misma tusa que debió tener mi mamá cuando me fui a vivir sola, la que de seguro tuvo mi abuela cuando mi mamá se casó a escondidas con mi papá, la que voy a tener cuando mi hijo cambie de voz y me pida una afeitadora, la que mi mamá tuvo cuando me gradué por no decir cuando encontró escondidas entre mis medias unas pastillas anticonceptivas, y la que todas tenemos cuando Facebook nos recuerda fotos de nuestros hijos de hace tres años.

Esta tusa es eterna porque quien la provoca es alguien absolutamente encantador, porque no hay nada que pueda hacer ese encantador para que lo dejemos de amar, porque no hay nada que no nos los recuerde, porque no queremos ni podemos superarla y porque no hay nada más gratificante que ver a los hijos crecer así sea a costa de nuestro corazón roto.

Nada que hacer:  ser mamá es vivir enamorada y entusada toda la vida.

 

 

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Siempre creí que parte de mi labor como mamá era ser una profesora que iba impartiendo lecciones y correcciones. Una vez más, de tantas, solo el tiempo me demostró lo equivocada que estaba. La profesora no soy yo, es mi hijo. Un profesor sin cantaleta, sin mano dura, sin nociones de disciplina positiva y siempre dispuesto con una sonrisa noble, a enseñarme la vida sin restregarme en la cara mis errores.

No es un secreto y ya es un cliché, decir que los hijos son los mejores maestros. No es que no lo sean, lo son. Es un cliché muy cierto. Son excelentes maestros, un hijo es la mejor excusa para entender la vida, recordar su significado y desaprender mañas malucas que de adultos adoptamos. Lo que pasa es que nosotros, los adultos, somos pésimos alumnos.

Se nos llena la boca al decir que nuestros hijos nos han enseñado nobleza, humildad, paciencia, bondad. Pero la misma boca se nos llena de alegatos, se nos llena de todo, menos de esas virtudes que nuestros hijos tratan de enseñarnos a diario, cuando estamos sumergidos en la cotidianidad,

  • Mi hijo me ha enseñado a sonreír más.

¿Y entonces por qué la mala cara con el marido?

  • Mi hijo me ha enseñado a ser paciente.

¿Y entonces por qué la cara de puño en la fila del banco?

 

  • Mi hijo me ha enseñado a perdonar

¿Y entonces por qué aún no le hablamos a esa persona con la que peleamos hace años?

 

  • Mi hijo me ha enseñado humildad.

¿Y entonces por qué somos tan soberbias con otras mamás?

 

Gracias a mi hijo supe lo que era ser noble. Pero, yo, por ejemplo, me tomo todo personal. Si alguien, por ejemplo, me dice “cómo estas de flaca” jamás lo tomo como un piropo, sino que presumo que me están diciendo garra-desabrida-gancho-poca-carne-desprovisto-de-virtudes-y-sexppeal.

No es culpa de ellos, la gente no sabe que siempre he querido ser más trosuda (por no decir más costeña y menos cachaca), y no es culpa mía, vivo en un mundo lleno de desconfianza, donde las palabras que salen de la boca de otros hacia nosotros siempre son oídas con prevención.

Sentimos en esas palabras una carga, la tengan o no, de juicios de valor e indirectas mal intencionadas. Muchas veces me he arruinado el día por el solo hecho de pensar que las palabras que alguien me lanzó estaban destinadas a minar mi energía. Puede que muchas lo hayan estado, seguro otras no, pero sea como fuera, ¿qué estúpida concepción de la vida me domina para recibirlas de una manera negativa tan fuerte capaz de amargarme la existencia? La nobleza que tanto admiro en mi hijo escasea en mi cuando más lo necesito.

Su nobleza para recibir las palabras es algo maravilloso. No es que no le importe lo que se le diga o el tono en el que se le hable… sino que pareciera no entender que ciertos palabras y entonaciones son usadas para mandarnos al carajo. Gracias a esa incomprensión inconsciente, yo creo que es consciente y eso es lo grandioso de ser niño, no hay todavía un humano que sin su permiso le dañe la sonrisa. Es como si al oír estas palabras, mi hijo omitiera la entonación o incluso muchas veces su significado y las transformara en frases conciliadoras para continuar con su juego feliz.

Hace unos días mi hijo jugaba con unos niños, por jugar me refiero a que él quería jugar con ellos, pero estos niños ya estaban en algo bastante divertido entre ellos y lo último que querían era integrar a mi hijo al juego. Mi hijo los estaba interrumpiendo con preguntas que para ellos obviamente por la situación eran fastidiosas e inoportunas.

  • ¿De qué color son tus ojos?

El otro niño siguió jugando entretenido

  • Oye ¿de qué color son tus ojos?, mi hijo insistía.

Entre el desespero y la rabia el otro niño, con un tono que decía a los gritos “déjame en paz” le contestó:

  • ¡Aichhh no sé! ¡Déjanos jugar!

Yo sentí que el corazón se me arrugaba, no hay modo de oír a alguien, así sea otro niño inocente, hablarle de manera poco amorosa a tu hijo y seguir como si nada. Una parte de mi quería decirle al niño: “Oye, no seas así, no lo ignores, contéstale, y háblale bien, él solo te está haciendo una pregunta” … bueno, siendo sincera, lo que en realidad quería decir era: “chino grosero, que antipático, si mi hijo no te está haciendo nada malo, vamos Lolo no te juntes con esta chusma”.

Por fortuna no dije ni lo uno ni lo otro, mi hijo se volteó a decirme de la manera más dulce:

  • Mami, él no sabe de qué color son sus ojos

Y acto seguido, se entretuvo con otra cosa en el parque como si nada hubiera pasado.

¿Entienden para dónde voy?

Ahí en dos segundos mi hijo me daba una clase magistral, por dos segundos el corazón volvió y se me estremeció, pero esta vez de felicidad. Por dos segundos pensé seriamente que debía reaccionar cada vez más como mi hijo, que me urgía aprender a recibir las palabras con amor vengan o no vengan amorosamente, que necesitaba cuánto antes tomarme la vida más tranquila, verla a través de los ojos de mi hijo. Por dos segundos creí haber descifrado la clave de la felicidad y el propósito y la razón de ser madre. Por dos segundos estuve a un paso de ser la Madre Teresa.

Para que cuatro segundos después, el zen que me poseía le diera vía libre a la adulta desconfiada y prevenida que habita en mí, para que alegara con la señora que se parqueo mal en el espacio que yo ya había separado para mí.

Decimos a los gritos cuánto nos han enseñado nuestros hijos y poco de esa enseñanza se la regalamos al mundo. Si los hijos son grandes maestros, no nos queda de otra que aplicarnos como alumnos.

Yo he decidido empezar a rehabilitar materias para ser una mejor alumna. Quiero poder decir que mi hijo me ha enseñado a sonreír más y en efecto empezar a sonreír más. Quiero decir que mi hijo me ha enseñado a perdonar y de verdad poder pensar en los que nos han hecho daño con paz y hasta con cariño. Quiero dejar de gritarle al mundo la cantidad de cosas lindas que me ha enseñado mi hijo, quiero que el mundo las vea. Quiero poder escribirles hoy que mi hijo es la persona más noble que conozco y que yo trataré todos los días de mi vida, no solo por parecérmele un poquito sino por asegurarme de que esa nobleza jamás pierda su tamaño. 

Sonríanme de vuelta si me ven faltar a mi promesa, háblenme suave si yo no lo estoy haciendo… de esa manera me enseña mi hijo. Ésa debe ser la fórmula correcta, llevo años haciéndolo de la otra manera y el mundo no se ha vuelto un mejor lugar por ello…creo que es hora de aplicarme, aprender y darle ese punto a mi hijo. 

 

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¿Y para cuándo el hermanito? Es la pregunta a la que le tememos la gran mayoría de mamás. Bueno, no es que le temamos a la pregunta sino a la reacción que podemos tener con quien tenga la gallardía o la intromisión de hacernos dicha pregunta. Lo que para una persona del común puede ser una pregunta tan simple como un “Cómo estás”; al que nos hemos acostumbrado a contestar “Bien” en vez de aburrir a nuestro interlocutor con las objeciones que tenemos del marido, del clima, de la vida y del más allá; es realmente una pregunta de artillería pesada para una mamá hormonal que aún no logra descifrar del todo la maternidad.

La pregunta es compleja por el lado que se le mire.

Si uno ha decidido tener solo un hijo, cada vez que alguien escupa la pregunta, uno se pondrá en posición de defensa y lanzará, como el mejor espadachín, argumentos en contra de tu amiga ahora catalogada como nueva enemiga. Frases como “¿Pero es que tu no quieres a tus hermanos?” “Cuándo estés vieja pobre tu hijo lidiando solo contigo” “¿No te da pesar verlo jugar solito?”.. etc., te sabrán a jugo de piña pasado.

Si no han pasado más de 5 días después del parto y alguien pronuncia la temida pregunta, quisieras que los puntos de tu cesárea o de tu episiotomía no dolieran tanto, para lanzarte como un oso hambriento encima de esa persona preguntona, destrozarla a mordiscos y exhibir en tu sala su lengua como un trofeo y una advertencia a futuros inoportunos.




Si estas loca por un segundo hijo y no has podido quedar embarazada la pregunta duele tanto que tapar ese dolor te quita las fuerzas para desquitarte de ese imprudente.

Cuando tuve a mi hijo y durante los siguientes 3 años juré, re juré y volví a jurar que jamás tendría otro. Escribí un post sobre el tema (Me antojé del segundo), tratando de validar mi decisión con argumentos prácticos, económicos, simples y, para algunas, bobos. Todavía sigo creyendo en muchos de esos argumentos. Con el paso de los años, como suele pasar con la vida, descubrí, tarde obviamente, que hay sentencias consideradas verdades absolutas, que la única certeza que cargan es la de que algún día podríamos mordernos la lengua.

Mentiría si dijera que no me he imaginado la vida con otro bebé, que no he pensado como sería la mesa en un restaurante con cuatro Vargas Medina, que no me da emoción pensar en otro embarazo... Pero también mentiría si dijera que hay días que un Lorenzo difícil de lidiar me hace dudarlo. Mentiría si dijera que pensar en las pensiones y matrículas, que pensar en las trasnochadas, que pensar en perder de nuevo espacios que he recuperado a medida que mi hijo ha crecido, no me refuerzan por momentos la idea del hijo único.

¿Para cuándo el hermanito? No sé, puede que nunca.

No será para cuando me digan:

  • “Toca ya para que no se lleven una diferencia de edad absurda”. No me atrevo a traer un hijo al mundo simplemente porque con el 2×1 se ahorra. Yo me llevo con mis hermanos 11 y 9 años y la cosa no estuvo tan mal.

No será porque me digan:

  • “Que tal que el segundo sea la niña”. No quedaré embarazada pensando en tener la parejita para llorar disimulada y escondida en un baño cuando tenga que buscar otro nombre de niño. Quedaré embarazada sin importar lo que sea…como con el primero, para poder ponerme feliz con cualquiera que sea el sexo que diga el médico.

No será porque me asusten con:

  • “La vejez de los padres es dura para que recaiga solo sobre un hijo”. Sí, la vejez es dura, ver envejecer a los padres es duro, pero yo no tuve a mi primer hijo pensando en un cuidador para mi vejez. Si es así, puedo tener 6 hijos y que solo uno se ponga la carga al hombro sin quejarse y sin excusas como le ha tocado a mi papá con mi abuela. Espero que el hijo que adoro y a quien tanto he cuidado le nazca del corazón voltear a mirar la versión de mi arrugada y demacrada, lo espero pero no es una obligación por triste que eso nos parezca. Lo haré con mis padres por el amor que les tengo, por lo que me han enseñado, por lo importantes que son para mi y no porque me toque.

Y entonces ¿para cuándo el hermanito?  

Para cuando cualquier razón lógica para tenerlo o no tenerlo pierda validez ante la felicidad irracional que da pensar en tener un hijo. Cuando mi hoja de Excell diga “No podemos costear otro hijo” y mi corazón diga “Sí podemos”. Para cuando, como con el primero, sencillamente no pueda aguantarme más las ganas. Esa es la única seguridad que tengo desde mi ignorancia como madre de un solo hijo, de que tener otro será mi segunda mejor decisión en la vida. Si tengo un segundo hijo será un hijo buscado no para ser “el hermanito de alguien” sino para ser simplemente “alguien” que, como su hermano, vino a hacernos de la vida una cosa dichosa. 

PD: No, no estoy embarazada. 




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Jamás me gustó Mickey Mouse. La primera vez que fui a Disney tenia 15 años, pueden imaginarse la belleza de fotos de esta quinceañera sin keratina posando para una kodak desechable, sólo quería hacerle fila a las montañas rusas más aterradoras, no me interesaba buscar a Mickey y por el contrario, me burlaba de las familias que recorrían el parque con las orejas del popular ratón en la cabeza. 18 años después volví a Disney en mi papel de mamá y ahora yo hacía parte de esa familia que no cabía de la dicha caminando por el parque con las famosas orejas en la cabeza montándole la perseguidora a Mickey para una foto, un saludo y un abrazo.

 

Mi hijo llegó para enseñarme cientos de cosas importantes, cada vez me convenzo más de que ésa es la misión de los hijos en el mundo, y entre tanta enseñanza también se le coló que yo aprendiera a amar a este ratón.

Para los que conocen a Lolo saben que la razón principal de nuestro viaje era generar este encuentro.

Lo demás era ñapa y por supuesto ganancia.

No creo que exista nadie en el mundo que no se le acelere el corazón, que no agüe ojo y que no sonría de oreja a oreja de Mickey al poner un pie en Disney. La magia y la felicidad pulula en el aire. Hay planes y atracciones para todos los gustos y para todas las edades. Si pudiera, creo que me haría este paseo una vez al año.

Cuando pensamos en viajar a Disney lo primero que se nos viene a la cabeza es: ¿Será que a esta edad mi hijo si disfrutará y recordará? ¡Los niños disfrutan todo en todas las edades! Esa es una de las cosas que he aprendido de mi hijo, la facilidad de gozarse una arenera con la misma intensidad que lo vi gozarse cada rincón de Disney. Por los recuerdos estoy convencida que desde que nacen nuestra labor día a día es llenar ese corazón de buenos momentos. Quizás no todos permanecerán con la misma nitidez cuando crezcan, pero, así como nadie nos quita lo “bailao”, nadie les quitará a ellos lo “gozao”. Muchas familias viajan a otros lugares sin atracciones para niños y reservan Disney para una edad en que los niños ya estén más grandes. Si igual se los llevan a conocer París o una playa no entiendo porque creen que sus hijos no gozarán la magia de Disney estando pequeños. La experiencia para ellos y para nosotros como papas es inigualable.

Aunque si de recomendar alguna edad se trata, yo les diría que lo ideal es después de los 3 años. Según neurólogos, después de esta edad los niños ya son capaces de almacenar recuerdos, en caso de que eso sea lo que les preocupa.

Pero para mí, las razones son estas:

  • Ya no usan pañal, así que no tener que cargar con una pañalera llena de cosas es un plus.
  • Ya comen de todo, así que para mamás como yo que no se rayan la cabeza pensando el nutriente de cada alimento y menos en vacaciones, es súper practico poder parar y tomar de merienda un hot dog con crispetas y no ponerse a preparar un tetero o dar a cucharadas una compota recalentada.
  • Ya hablan y se expresan perfecto así que pueden decirnos que les gusta, que no, que quisieran repetir, cuando quieren descansar, cuando tienen sueño, cuando tienen sed, cuando quieren ir al baño, etc.
  • Ya tienen una estatura que les permite gozar todas las atracciones pensadas para su edad.

Tengan en cuenta que yo soy una mamá floja… para contradecirme mis razones hubieran visto la cantidad de mamás que vi en los parques con mi misma sonrisota y bebes de brazos meneando la cabeza en fulares o durmiendo placidamente en coches.

Nosotros nos montamos en todo y por todo me refiero a todas y cada una de las atracciones que Lolo quería, que valga la pena decir, son muchísimas. Mi 10% le teme a las alturas entonces de entrada para él ya estaban clausuras las montañas rusas. Yo sentía que ya me había montado en la vida en demasiadas montañas rusas, y esta vez lo importante para mí, era gozarme la experiencia con Lolo y en modo Lolo. Solo hubo una a la que no me resistí, en Animal Kingdom dejé a mis chicos en una tienda divina comiendo helado con vista directa a la caída épica del Everest, y solita y muerta de miedo le hice fila a la montaña; y solita y voleando brazo a mis chicos, sentí el vacío de todas sus bajadas. Estuvo genial. Pero créanme, la adrenalina y el vértigo de ver a Lolo extasiado en cada atracción que entramos con él, superó de lejos lo que sentí en el Everest.

Como se que me van a preguntar por atracciones específicas aquí un breve resumen de las que más recuerdo.

En Magic Kingdom:

Toda la parte de Tomorrowland es apta para niños y al estar llena de planetas y cohetes pueden imaginar que mi hijo no cabía de la dicha. ¿Quién iba a creer que mi primer “Tomorrowland” no sería la espectacular fiesta electrónica? De ahí todas las atracciones son aptas para niños y divertidas, sobre todo la de Toy story, fue una de nuestras favoritas, no se lo pierdan, gozamos como locos.

Si sus hijos son tan fanáticos de Mickey como el mío, desde que llegan al parque pueden hacer la fila para conocerlo y salir de eso de primeras, ya que el teatro donde está Mickey es uno de los primeros lugares en la entrada.

¡El desfile de la tarde es absolutamente hermoso! Basta con pararse en el lugar adecuada y deslumbrarse con todos los personajes y carrozas que pasan.

Para terminar la noche, antes de los juegos pirotécnicos, sea o no fan de la bella y la bestia, reserve para cenar en el castillo de la Bestia, “Be our guest”, la comida estuvo deliciosa, el lugar es hermoso y la Bestia camina tranquilamente por su castillo. Yo lo hice ahí pero si quieren también pueden cenar en el castillo de la Cenicienta con las princesas. Para las que tienen niñas no pueden perderse en ese castillo el salón que las convierte en princesas; las peinas, las maquillan, las arreglan y las disfrazas. Las culicagadas salían divinas de ahí! Yo con unos años menos hubiera muerto de la dicha ahí.

En Animal Kingdom:

A ojo cerrado reserven “Kali River Rapids” y me cuentan si sus hijos disfrutaron tanto como el mío, Finding Nemo The musical imperdible, The Barnstromer at Goofy´s Wiseacre Farm es una montaña rusa diseñada para niños, tiene una bajada alta pero con un poco menos de velocidad… y es la montaña perfecta para que se vayan preparando para las otras cuando crezcan. La atracción de Bugs Life en el árbol de la vida es muy divertida y a pesar de que advierten que puede ser miedosa para los chiquitos, nosotros no tuvimos contratiempos con eso. Y por supuesto no puede faltar el safari si quieren ver los animales.

En Disney´s Hollywood studios:

Les recomiendo Toy Story Mania, no sé si de ahí salió más feliz mi hijo o mi esposo. Indiana Jones Epic Stunts es espectacular y divertido. Por supuesto no se pueden perder el show de Disney Junior con todos los personajes y ahí al ladito salen derecho al increíble StarWars Launch Bay para los fanáticos de esta saga. El show de los Muppets en el teatro también lo pondría en mi lista para no perderse en este parque.

Si alguna recomienda alguna que se me escape, compártanlo en los comentarios para que las futuras viajeras tengan una lista completa!

Ahora mis recomendaciones generales:

  • Si es posible, quédense en un hotel Disney. Los parques quedan cerquita y salir de ellos a las 11 de la noche cansados para sumarle otra media hora o más hasta Orlando no es tan divertido. Además, estos hoteles tienen transporte hacia los parques todo el día. Los buses salen más o menos cada 20 minutos (y hasta menos), las dejan en la entrada y las recogen, se ahorran alquilar carro, perderse en el parqueadero y depender de un gps. Eso sin mencionar que los hoteles Disney están diseñados para que la magia de los parques se extienda a sus habitaciones. Con niños pequeños sobre todo es la mejor opción, no solo por el tema de las distancias sino también porque pueden dedicar la mañana para descansar en las piscinas temáticas. Incluso pueden llegar a los parques a las 9am en punto, recorrer parte del parque sin mucha gente, regresar al hotel para almorzar y darse un chapuzón y luego volver al parque a las 4pm para terminar el recorrido y ver las luces del cierre de cada noche.

  • Si se quedan en un hotel Disney les darán una “magic band” con la que podrán pagar todo, absolutamente todo, tanto en el hotel como en los parques. Es lo más práctico para no andar con billetes sueltos y tarjetas de crédito ya que solo necesitan pasar el brazalete en todas las cajas y poner la clave y todo será debitado a tu tarjeta de crédito. Y para que esta facilidad de pago no te quiebre, lo mejor es ponerle un tope a tus compras tan pronto te entreguen tu magic band. Si no te quedas en un hotel Disney, puedes comprar tu magic band. Ya que puedes también linkear tus entradas con ella y para la entrada a los parques solo debes pasarla en las máquinas de la entrada.

  • Debes bajar en tu celular el app: MyDisneyExperience. Los parques tienen wifi gratis así que siempre vas a poder conectarte al app. En ella tienes toda la info que necesites: dónde están los personajes para fotos, como llegar a las atracciones que te interesan, horarios de los desfiles y shows, y lo mejor de todo es que a través de ella puedes tramitar gratuitamente fast passes para las atracciones que más te interesen y a las que no quieres hacerle fila. Puedes separar tus 3 fast passes incluso días antes de tu viaje y a medida que los uses durante tu visita puedes reservas más. La magic band también se linkea con tu app y en cada atracción, con ella puedes validar tu fast pass.

Estos son los super-contactos descubiertos en este paseo:

  • Si llegan a Miami y no a Orlando y necesitan alquilar un carro, tan pronto aterricen llamen a Jhonatan Agudelo de SUPREME RENT A CAR. Los recogen en el aeropuerto y los llevan a alquilar un carro excelente y a precios inigualables. Whatsapp: +1 305 975 1641 . También los pueden encontrar en Instagram como @supremerentacar
  • Si se quedan unos días en Miami para relajarse en la playa o ir a hacer algo de shopping, sin alquilar un carro y arriesgarse a un ticket, ¡les tengo el dato! Una paisa divina, divertida y amorosísima que los puede llevar de un lado a otro con la mejor actitud, sintiéndose como reyes sin gastar un dineral. Le pueden escribir por whatsapp antes de su viaje o mientras estén en Miami y ella los puede recoger en el aeropuerto y ser su mano derecha en esta ciudad. La maravillosa Diana: +1 (352)9998606 

Y mis últimas recomendaciones:

  • ¡Dejar el afán! Ir al ritmo de los pequeños y planificar tus atracciones para que no pierdas tiempo en los parques.
  • Gozar cada carcajada y dejarte contagiar de la felicidad de tus hijos en los parques, a la larga es lo que nos llenará el corazón y lo que los niños y nosotros recordaremos: esos momentos mágicos e inolvidables en familia.

NOTA:

No olvides un coche! Aunque allá puedes alquilar uno, no son los más cómodos si tu hijo decide hacer una siesta.

 

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Por supuesto que ser madre es el trabajo más gratificante que he tenido, pero también es el más difícil, y lo digo con conocimiento de causa: que conste que me gradué de una universidad exigente, que estoy casada y que he tenido trabajos de pacotilla, por no usar la palabra empezada con M, que me han exigido trabajar más de 14 horas diarias. Así que repito, ser mamá es muy difícil, pero es además demasiado estresante.

Creo que antes no era así, o de pronto sí. Pero como a mí me tocó ésta generación, diré que la maternidad en esta época es más difícil que nunca.

Tenemos la presión de ser mamás dedicadas, esposas ejemplares, profesionales exitosas y como si fuera poco ahora tenemos que estar tonificadas. Esperan que seamos perfectas ¿Cómo no podría ser estresante semejante petición?

La verdad es que yo podría ser la mamá perfecta si no se me fuera todo el día siendo la mamá.

Y, para serles aún más sincera, sería la mamá perfecta y les aconsejaría que lo fueran si sirviera para algo. Sepan de una vez que poco importa lo cuasi perfectas que seamos como mamás,  siempre habrá alguien que tendrá algo de que culparnos.

Acá sólo 4 de tantos:

  1. La adolescencia. Durante este periodo de pacotilla (de nuevo me rehuso a usar la palabra que empieza por m) no hay manera que le ganemos una batalla a nuestros hijos sin antes ser descritas como: la peor mamá del mundo.

Poco importará que todo lo hagamos pensando en el bien de ellos, poco importará que hayamos soportado todos los malestares de un embarazo para traerlos al mundo, poco importará que los hayamos parido con dolor… poco importará porque la berrionda adolescencia se encargara de hacerle creer a nuestros hijos que somos sus peores enemigas y mientras ellos corren a encerrarse a su cuarto les susurrará al oído: Todo es culpa se su madre. 

  1. Los psicólogos y psiquiatras. No se ofendan profesionales de esta materia, no es nada personal. Al menos no es nada mío contra ustedes, aunque me atrevería a decir que sí es de ustedes contra nosotras.

Tanto esforzarnos para que no les pase nada malo a nuestros hijos, tanto desvelarnos para que ellos puedan dormir plácidamente, tanto seguir cuentas en Instagram para poderles hacer unos snacks saludables, tanto angustiarnos para que nadie les haga daño, tanto leer artículos, teorías  y pendejadas para potenciarles todo su talento, tanto aburrirnos algunas tardes con tal de verlos a ellos felices, tantos sacrificios que hacemos por su bienestar, tanto amor que no nos cabe en el pecho por ellos para que dentro de unos años, cuando vayan a un psicólogo porque algo en su vida no está marchando como debería, este les diga: Todo es culpa de su madre.

  1. La noviecita o el noviecito. Este personaje primero nos arrebatará lo que más amamos y acto seguido, sin ningún tipo pudor, se dedicará a criticarnos a nuestras espaldas.

Si nos preocupamos porque ya es la hora de llegada y no aparecen, la noviecita o noviecito dirá que somos unas intensas. Si no queremos ser abuelas antes de tiempo, la noviecita o el noviecito dirá que somos unas metiches. Si carraspeamos la garganta insinuando que la visita ha llegado a su fin, la noviecita o el noviecito dirá que somos unas groseras que nos acostamos con las gallinas. Si no damos permiso para que vaya a hacer y deshacer en una finca, la noviecita o el noviecito dirá que somos unas amargadas que olvidamos que alguna vez también fuimos jóvenes. En pocas palabras el noviecito o la noviecita les dirá: Todo es culpa de su madre. 

4. Las otras madres. Estas hijuemadres si que nos encontrarán defectos en cada respiración.

Miraran de reojo cada pataleta para decir que somos muy consentidoras pero torcerán los ojos con cualquier comportamiento para decir que somos muy malgeniadas. Ellas si que nos culparan porque sí y porque no. Y cuando vean que nuestro hijo se equivoca en algo o no es tan bueno como el de ellas para alguna actividad, le dirán a las otras madres jijuemadres: Todo es culpa de su madre. 

Entre la adolescencia, los psicólogos o psiquiatras, los amoríos de turno y las otras madres jijuemadres, nos van a joder. Así que relajémonos, no somos perfectas ni tenemos que serlo. La culpa siempre será nuestra… sino pregúntele a mi mamá que repite como lora mojada: “ah claro la culpa siempre es mía, la hijue pacotilla (por no usar la otra palabra con p) siempre soy yo”. Y eso que no le he contado la conclusión que me dieron esa vez que hice constelaciones familiares…

Mamás del mundo, no importa que tan perfectas o imperfectas seamos como madres, siempre habrá un psicólogo que nos culpará de todo. Pero el consuelo, que incluso es un verdadero premio, es que siempre habrá un hijo que nos amará infinitamente a pesar de todo.

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