Una vez al año, solo una, el mundo entero nos hace sentir como una mamá maravilla. Poco importa si tus familiares realmente te consideran una gran mamá, al parecer por el simple hecho de haber concebido un hijo (no estoy diciendo que sea fácil, pero comparado con el resto, puede ser lo menos importante) ese día todos quieren rendirnos pleitesía. Ese día a todas nos dicen que somos las mejores mamás del mundo y nosotros les creemos. Los vendedores de flores y chocolates hacen su agosto. Y siempre hay alguien, que a falta de imaginación, sale con la frase “El día de la madre debería ser todos los días del año”.

Juemadre Original BLOG

Que barbaridad! Si todos los días fueran de la madre entonces ¿cuál día podría ir la madre a cambiar los regalos que no le gustaron, digo, quedaron?.
Si todos los días fueran de la madre las ciudades colapsarían por culpa de la movilidad y entonces el alcalde, atascado en una autopista con su madre, tendría que llamar a su gabinete para institucionalizar el día de la madre sin carro.
Y por si fuera poco, si todos los días fueran de la madre, la loza sucia de los desayunos que nos llevarían a la cama todas las mañanas, quedaría a cargo de nuestros hijos y esposos, y todas sabemos lo que eso significa.
Por más que lo pienso esa frasecita tan repetida, además de ser el peor cliché, después de “feliz día de la madre para usted que no es mamá pero si mamasita”, es una aberración.

Lo cierto es que por cada día de la madre hay otros tantos días muy “hijuemadres”. Y en vez de proponer un año entero celebrando el primero, deberíamos proponer otra fecha para celebrar también el haber sobrevivido a los otros. Otro día del año para recordar que ser mamá es haber estado fuera de casillas. Un día Juemadre en contraposición al día de la madre en el que le hiciéramos un homenaje a esos días en los que estamos a punto de perder la paciencia y lo único que queremos es olvidar, por un instante, que somos mamás. Porque si bien la maternidad es lo mejor que nos ha pasado, por momentos pasa de ser un comercial de Johnson y Johnson a ser una película de terror japonesa.

Porque sí, hay días difíciles, muy difíciles, días Juemadre. Días en los que mientras tratamos inútilmente de impedir que nuestras lágrimas salgan “sueltas como gavete” (perdón, el reggeaton me ha hecho mucho daño) o mientras tratamos de calmarnos infructuosamente contando hasta diez, nuestros chiquitos insisten en empujarnos al límite de nuestra cordura como si quisieran descubrir de que tanto somos capaces.

Días tan Juemadre que una simple sentada a comer, con dos intentos fallidos de coronar una cucharita de sopa en la boca de ellos, nos puede quitar el apetito al mejor estilo de una novela mexicana.

Días Juemadre que justo cuando nuestro hijo está teniendo su peor comportamiento, tenemos que soportar al lado al niño perfecto y por supuesto, a los ojos inquisidores de su mamá haciéndonos sentir como una madrastra de Disney que todo lo ha venido haciendo mal.

Días Juemadre que necesitamos hacer una pataleta peor que la que le estamos tratando de calmar a nuestro hijo o al menos tener un segundo para sentarnos en una esquina a llorar.

Días Juemadre en los que entendemos a nuestras mamás, pero quisiéramos hacerles el reclamo por no habernos advertido que muy escondida dentro de tanta alegría, por momentos, aparece una angustia agotadora.

Lo bueno es que no son todos los días, ni son la mayoría, ni mucho menos las 24 horas. A veces son tan solo 5 minutos de desespero que terminan en un ataque de besos porque nos convencieron con la gracia aprendida del día.
Lo malo, estos días que nos parecen tan difíciles no son nada comparado con lo que se nos viene encima.

Hay una frase que mi mamá me ha dicho dos veces en la vida: “ahora es que vas a empezar a sufrir”. La primera vez me la dijo cuando tuve mi primer novio, valga la pena aclarar que tuve que rogarle a mi papá muchos meses para que me dejara tener uno, así que cuando la oí, me pareció exagerada, mal intencionada y fuera de lugar. Seis meses después, ella me abrazaba mientras yo, atragantada con mis lágrimas, trataba de exorcizar mi primera tusa y empezaba a entender lo que ella me había querido advertir.
La segunda vez fue cuando le conté que estaba embarazada y esta vez si quedé loca. Si dos rayitas azules nos habían puesto tan felices a las dos, cuál era el lío?
El lío es que aunque es totalmente cierto ese otro cliché que dice que uno no sabe lo que es la felicidad infinita hasta que tiene un hijo (lo siento por las que no son mamás que están cansadas de este argumento y no lo creen, pero es verdad) también es cierto que una vez se es mamá se conoce por primera vez lo que es un dolor del alma. Y lo que años atrás hubiéramos considerado como una tragedia, pasa a ser un chiste comparado con lo que ahora tememos que nos pase y sobretodo que le pase a nuestros hijos.
Y es aquí cuando los días Juemadre se vuelven realmente difíciles.
Tener hijos es saber que tus hijos te romperán el corazón y no precisamente por un llanto inconsolable o por un rayón en el sofá nuevo. Nos lo romperán de verdad y muchas veces, y de alguna manera seguiremos ahí pendientes de cada paso como siguen nuestros papás a pesar de nuestras estocadas contra ellos. Una vez se es madre aprendemos a plancharnos el corazón arrugado cada tanto. Sonreímos y nos hacemos las güevonas esta vez para nosotras, porque sabemos que lo Juemadre es recuperarnos de los golpes que le van a dar en el corazón a ellos, que valga la pena decirlo, la mitad es nuestro.

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Mamá no hay sino una y no me refiero a que seamos irremplazables, que lo somos, sino a que cada una es diferente a otra. Hay mamás trabajadoras que ven como fracasadas a las que se quedan en casa, mientras que las que se quedan en casa las ven como desalmadas. Hay mamás estrictas, consentidoras, relajadas, intensas, regañonas como también hay otras que, desafiando la lógica y lo natural, se ausentan. Uno se topa con todas en la vida. Todas nos enseñan algo. A veces cosas que quieres imitar y muchas veces cosas que no quieres repetir. Obviamente hay más de 5 clases y de diferentes voltajes pero yo suelo cruzarme repetidamente con estas 5:

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  1. Mamá Biodegradable.

Casi siempre es aquella mamá que parrandeó cruzando todos los límites en su juventud, usó, y abusó, de todo lo que le ofrecieron y ahora en compensación necesita que su hijo no consuma nada que no sea orgánico, saludable, libre de gluten, libre de grasa, libre de diversión y libre de sabor. Su espíritu y su estilo es hippie pero necesita las comodidades que tiene gracias a su familia. Soñaba con un parto natural en el agua, sin anestesia, con sus amigos alrededor tomando vino y con su “doula” enseñándole ejercicios de respiración. Podría sacarte los ojos si te ve dándole una Óreo a tu hijo o en el peor de los casos te la cambiará por unas galleticas de sagú, ajonjolí y quinua que sólo pueden saber rico con una cucharada de mermelada encima. Vende entre sus amigas hamburguesas de lentejas que hace en los ratos libres y aunque tiene un discurso claro sobre los efectos nocivos de una Tablet sobre los niños y el entorno familiar, razones de peso para jamás comprar una, de tanto en tanto, cuando no logra calmar una pataleta con un par de maracas, la verás dejándolos jugar con su celular con tal de no perder la razón. Es defensora de la lactancia a demanda y si es posible hasta los 12 años. La reconocerás porque no sale de casa sin su fular.

  1. Mamá Pantalla.

Es la típica mamá que no le gustan los niños pero tuvo 2 o 3 porque le enseñaron que para ser familia había que tener hijos. Nunca ha ido al parque con sus hijos porque la mata el aburrimiento, nunca la verás esperando a sus hijos a la llegada del bus porque para eso está la empleada, nunca hizo el curso psicoprofiláctico porque habían tardes con amigas mucho más interesantes, nunca la verás ayudando a hacer una tarea porque para eso está el papá y el colegio, nunca la verás sentada con sus hijos inventando un juego nuevo o leyendo un libro pero, eso sí, siempre tendrá la voz entonada y lista para una cantaleta. Es ese tipo de ser que es querido con todos pero siempre está reprendiendo a sus hijos. Ella siempre te dará un consejo de maternidad porque jura tener todas las respuestas. Es la que se jacta de ser estricta por amor pero uno le ve lo estricta por todo lado pero por ninguno el amor. Siempre te va a mirar mal o a criticar porque te pasas de consentidora y porque dejas que tu hijo se pase a tu cama. Se ha autoconvencido que para ser una buena madre hay que ser la mano dura y dejarle toda la diversión al papá. Es la mamá pantalla porque aunque lea esto no se va a sentir identificada y seguirá creyendo que ella no nos parece fiera ni mala madre. Y aunque alardea de lo orgullosa que está de sus hijos y de lo mucho que los ama por redes sociales, cuando uno la ve con ellos parece que le estorbaran. La reconocerás porque siempre está tomando vino con sus amigas.

  1. Mamá Maravilla.

Odiada por todas. No sabemos que pacto tiene con el demonio pero salió de la clínica sin barriga. A los 15 días ya cabía en sus jeans de adolescente y a los 2 meses estaba en bikini paseándose por la playa. Hace ejercicio pero no es exageradamente fitness y fácilmente la puedes ver comiéndose una hamburguesa con papas fritas y malteada. Su matrimonio, es de esos escasos y ridículos casos que legitiman los cuentos de hadas; su esposo, casi siempre deportista exitoso, es millonario, súper churro, amoroso, detallista y, para colmo de males, divertido; sus hijos, no sólo podrían ser parte del catálogo de Gap sino que desde ya se los están peleando en Harvard y Oxford para que estudien allí; y ella, aunque bien podría vivir de su marido, es el triple de exitosa. De este espécimen hay 10 en el mundo, y si usted no mide 1,80, no es un ángel de Victoria Secret o no es Gisele Bundchen, por más que lo haga bien es una heroína, pero jamás la mujer maravilla. La reconocerás porque mientras la miras de reojo en tu cabeza dirás “mmm yo le haría”. 

  1. Mamá Problema.

Es la queja hecha persona. Cuando estaba embarazada le molestaba hasta respirar y rezaba para que el bebé no se amañara en la barriga hasta las 40 semanas. Como dice la canción: malo si sí, malo si no. El mundo entero está condenado a oírle día y noche que el tiempo no le alcanza, que el niño la cansa demasiado, que la empleada no sirve para nada y que los días siendo mamá son muy largos. Ha cambiado de pediatra más de 3 veces y ahora que encontró al perfecto, lo tiene aburrido con tanta llamadera. Ha pedido cita en todos los colegios de la ciudad y su hijo ya ha pasado por 3 en menos de un año. Suele pasar que su bebé es el más juicioso y el más simpático pero ella siempre va a encontrar algo de que quejarse. Es ese tipo de persona que siempre se está quejando del dolor de espalda y a la que el mundo le huele un poco mal. Si la invitan a algún lado consulta el estado del tiempo, vías de acceso, el tráfico, empaca una pañalera como para ir al Amazonas pero termina quedándose en casa para no interrumpir la siesta del bebé. La reconocerás porque siempre menospreciará tu cansancio y siempre creerá que tu vida es más fácil. 

  1. Mamá Despistada.

No sabemos como ha sobrevivido un bebé bajo sus cuidados. Cree ciegamente que el pañal va a durar las 12 horas que promete el comercial, nunca se acuerda a que horas hay que darle el antibiótico y su particular manera de alzar al bebé nos recuerda que los niños pequeños son de caucho. Sospechamos que los golpes que se ha dado el bebé han sido bajo sus cuidados y en su pañalera siempre falta algo, casualmente el pañal. Es esa mamá que olvida todo. Olvida que el lunes es feriado y aún así alista a los niños para ir al colegio, olvida que tenía que mandar disfrazado al chiqui al jardín y haciéndole tres huecos a una bolsa negra improvisa un disfraz de basura. Puede haber estado todo el día con el niño y solo hasta que una amiga le dice que el pobrecito está muy colorado se da cuenta que tiene fiebre. Suele pasarle que al llegar al supermercado se acuerda que ha dejado algo en el carro: el bebé. Y es esa mamá que tiene un carné de vacunación por cada vez que lo ha llevado a vacunar. La reconocerás por su cara de asombro al preguntar en el shower de otra amiga “¿eso era para eso?”

Seguro ya identificaste a tus amigas pero todavía no sabes cuál eres tú. Seguramente eres como yo: una mamá collage. De esas que tenemos de todo un poquito y que, casi podríamos describirnos como los horóscopos: soy Despistada pero con ascendente Problema, aunque dependiendo del mes del año me vuelvo Biodegradable, algunos días muy duros me convierto en Pantalla y, depende con los ojos que me mire, a ratos soy Maravilla. Yo, por ejemplo, después de visitar mi amiga Biodegradable, durante una semana hago que mi familia solo coma ensalada de quinua y galletas de arroz soplado. Cuando veo a mi amiga Pantalla, siento que todo lo estoy haciendo mal, que soy muy suave con Lolo y que por eso se va a quedar solterón y por un día trato de implementar en mi casa el régimen del terror. Cuando veo a mi amiga Maravilla (la verdad no tengo amigas maravilla, pero las sigo en Instagram), prometo una y otra vez sacar tiempito para hacer ejercicio y no volver a subir fotos en las que no estoy maquillada. He sido mil veces la mamá problema que cuando llega mi 10% lo hago pensar en pedirme el divorcio, contratar 3 nanas u hospitalizarme en un psiquiátrico después de mi decálogo de quejas. Y por supuesto, como mamá primeriza he tenido mis descaches y me da cierto fresquito saber que no soy la única que se ha bajado del carro y ha dejado adentro las llaves y el bebé. O sí?

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Razones para irse de paseo sin hijos hay muchas y sin lugar a dudas, razones para viajar con ellos más. Aún así, de tanto en tanto, yo diría que debido al instinto de supervivencia, nos invade la idea de viajar solos. ¿Qué tan beneficioso es para nosotras (y nuestro 10%) darnos estas escapaditas? ¿Qué tan traumático y perjudicial es para nuestros chiquis?
No sé. No soy ni psicóloga, ni pediatra ni pitonisa. Lolo no ha cumplido dos años y yo ya me he escapado dos veces. Habrá quienes digan que soy una madre desnaturalizada. No faltará quien asegure que por esto ya le generé traumas de abandono, confianza y dependencia. Otros estarán de acuerdo conmigo en que un par de días libres de paternidad y maternidad son necesarios al menos una vez al año.

Tengo dos amigas que este semestre van a hacer su primer viaje sin hijos y desde que tomaron la decisión me llaman a diario a preguntar como fui capaz. Después de entender que no me están haciendo un reproche sino que me están lanzando un genuino grito de ayuda, me senté a pensar seriamente ¡¿cómo fui capaz!?
Y la verdad no lo sé. Se me ocurren dos consejos inmediatos. Primero, responsabilice a alguien más de comprar los tiquetes. En mi caso mi 10% es el encargado de organizar fechas, tiquetes e itinerarios, si esta labor quedara en mis manos claramente nuestro primer viaje sin Lolo sería para celebrar nuestras bodas de oro. Y, segundo, deje al bebé con sus personas favoritas; las suyas y las de él. En mi caso, sólo estoy tranquila si se queda con mis papás, en parte porque sé como son sus cuidados y ellos conocen los míos, y en gran parte porque Lolo enloquece de amor apenas los ve.

Una cosa es cierta, el mes inmediatamente anterior al viaje un nudo se va a posar de manera permanentemente en su garganta y un par de lágrimas caerán por sus mejillas cada vez que piense en el momento de la despedida. Se va a sentir mala madre, irresponsable y a parte de todo conchuda, lo que hará que no sea capaz de pedir una ayuda extra para poder ir a hacerse un pedicure decente antes del viaje. Las mamás nos reconocemos unas a otras por la ausencia o por el precario estado de nuestro manicure.

Llega el gran día y, contrario a todos los pronósticos, somos capaces de salir de casa dejando lo que más amamos en el mundo. Qué contradicción! Se acerca el descanso que tanto decíamos que nos merecíamos y no podemos dejar de sentirnos culpables. Y para colmo de males todas las expectativas que teníamos del viaje empiezan a chocar con la realidad.

Expectativa #1. Vamos a dormir todo lo que no hemos podido y un día nos pegamos una rumba de locos.
Jua.
Realidad. Uno sigue con el horario de casa pegado en el inconsciente, es normal abrir el ojo incluso antes de lo acostumbrado. Y de sólo pensar que puedes perder un día de descanso lidiando con un guayabo infernal, terminas de plan zanahorio, por cierto delicioso, y yéndote a dormir mucho antes de lo planeado sin entender cómo has podido funcionar estos meses con la cantidad de cansancio que tenías acumulado.

Expectativa #2. Vamos a desconectarnos del mundo.
Jua, jua.
Realidad. Esta vez más que nunca le sacaras leche a tu plan de datos para saber a que hora se levantó tu bebé, si comió, si jugó, si está contento, si lloró. Mi consejo: pide que te manden fotos y habla con la persona que te lo está cuidando pero ni de riesgos pidas verlo en tiempo real. Tan pronto tu lo veas querrás teletransportarte, mientras que él, con un desespero en crescendo, tratará de entender por qué no puede agarrar a su mamá. Si todo iba bien sin ti, que seguro va bien, habrás ocasionado un desastre. Y darás pie a la temida frase de “el niño estaba bien hasta que vio a la mamá”

Expectativa #3. Vamos a desentendernos del tema bebé y seremos felices
Jua, jua, jua.
Realidad. Por una extraña coincidencia o por obra de un destino envidioso y macabro siempre vas a tener una pareja al lado viajando con sus hijos. En el avión, en el restaurante, en la piscina habrá una familia feliz que te embuchará de culpa. Pensarás “yo me lo hubiera podido traer” y llorarás porque siempre habrá un niño que te recuerda al tuyo. Sufrirás si lo ves reír porque es una risa que te recuerda que te estás perdiendo la del tuyo y sufrirás si lo ves llorar porque te preguntarás si al tuyo lo están consolando.

Expectativa #4. Vamos a viajar sin angustia. ¡Que felicidad no estresarse en un aeropuerto!
Jua, jua, jua y jua
Realidad. Nos damos cuenta que los aeropuertos son babyfriendly. Qué desilusión volver a hacer una fila de inmigración después de sentirnos casi diplomáticos sobrepasando al resto de mortales empujando nuestro coche. Ya no hay azafata que te sonría porque tu bebé le parece la cosa más divina del mundo y la fila para conseguir un taxi no avanza gracias a que aparece gente con bebé a la que le dan prioridad.

Expectativa #5. Esto le va a servir al bebé para ganar independencia.
Juaaaaaaaaa!!!!
Realidad. Sí, mientras tu no estás. Cuando se reencuentren, te mirara con algo de duda (segundos que te harán sentir la peor mamá del mundo) y cuando confirme que no es un engaño se abalanzará sobre ti y no te soltará por 3 semanas o más, a riesgo de que te le vuelvas a perder, no querrá que te le despegues medio centímetro. Lo bueno es que vas a llegar con energía renovada y recargada para lidiar con estos consentimientos y volver a acumular cansancio hasta la próxima escapadita.

Una cosa si sé, a pesar del panorama tenebroso que te acabo de describir, vale la pena escaparse y no dejarse amedrentar por el miedo o la culpa. Son unos pocos días para ti que llevas meses viviendo para otros. Días que estarán llenos de charlas largas y sin afanes, de arrunches sin límite de tiempo, de silencios necesarios, de un regreso a la realidad revitalizado y un reencuentro lleno de emoción inexplicable.

DCIM100GOPRO

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No hay nada más angustiante, nada más triste, nada más aburridor y nada más desgastante que ver al hijo de uno enfermo. Me parte el alma verle sus ojitos enfermos y no poder hacer nada más que seguir las instrucciones del médico y aumentar los niveles de consentimiento (que ya de por si yo me los puse bastante altos). Siempre que lo veo indefenso, sin poder siquiera decirme donde le duele me gustaría tener el súper poder de quitarle todos sus males así me tocara aguantármelos a mi.

La evidencia indica que todas tenemos ese súper poder, pero mal diseñado. Una vez empezamos a ver signos de recuperación en nuestro bebé, ese preciso instante en que sentimos que estamos a punto de coronar y volver a ver la luz del sol, el virus, obviamente mutado en uno más fuerte, pasa a nosotras. Bravo! Hemos logrado sentir lo que sentía nuestro pequeño y ahora no hay quien cuide de nosotras.
Lolo acaba de superar un virus que nos tuvo encerrados 5 días. 5 días inventándome planes y actividades divertidas para hacer en casa. 5 días lavándole la cola en el lavamanos porque la cosa estaba tan aguada que no había bolsa de pañitos que aguantara. 5 días llamando a la droguería por otro tarrito de crema antipañalitis. 5 días lavando el extractor de jugos (tarea nada fácil) cada 2 horas para hacerle jugo de manzana natural. 5 días tomándome el jugo de manzana natural que Lolo rechazaba. 5 días corriendo con una cuchara de pedialyte y una galleta de soda detrás de Lolo. Y por supuesto 5 noches desvelada cuidando que no volvieran las temidas altas temperaturas y limpiando sábanas.
Hoy, 5 días después, Lolo corre feliz, salta, grita, pide calle. Anda tan alborotado que, supongo, es su manera de recuperar el tiempo perdido durante sus días de convalecencia. Yo, por el contrario no quiero y si pudiera no me pararía de la cama. Pero soy mamá, una que no tiene niñera, ni suegra ni mamá cerca (lo que a veces resulta bastante saludable y el resto de tiempo bastante traumático) así que la incapacidad que me ha dado el doctor es tan obsoleta en esta casa como la elíptica que una vez juré usar todos los días. No tengo opción, hago un esfuerzo sobrehumano por seguirle el ritmo a Lolo y al dinosaurio rosado que no para de saltar detrás de él y que al parecer es tan solo una consecuencia de la fiebre que tengo. Dónde carajos está mi 10% cuando más lo necesito?
Como es de suponer a mi 10% también se le ha pegado el dichoso virus, pero como él es hombre está realmente débil, desahuciado y achacoso; si fuéramos católicos ya me habría hecho llamar al obispo para aquello de los santos óleos. Comparamos los síntomas y comprobamos que tenemos exactamente lo mismo, aunque mi 10% insiste en asegurar que lo de él es mucho más grave porque sino podría pararse a echarme una mano con Lolo. Nada que hacer, hay una falla (en realidad varias, que valdrá la pena ponerlas en un futuro post) de diseño en todo esto de la maternidad y mientras identifico a quién hacerle el reclamo no tengo de otra que cuidar de Lolo, cuidar de mi 10% y eventualmente, si me queda algo de tiempo, cuidarme a mi. Ser mamá significa no tener derecho a enfermarse para poder seguir velando por todos. El problema es que en efecto nos enfermamos, nos cansamos, nos quejamos pero sea como sea tenemos que seguir funcionando. 

Si la madre naturaleza fuera realmente madre, las mamás seríamos inmunes a cualquier tipo de enfermedad al menos durante los primeros 5 años de vida de nuestro bebé. Pero…qué estoy diciendo? Debe ser la fiebre hablando por mi, corrijo: si la madre naturaleza no sólo fuera madre sino además tan sabia como dicen, las mamás estaríamos blindadas de por vida a cualquier virus, enfermedad o accidente. Si el universo tuviera alguna lógica nos mantendría a las mamás a salvo para poder seguir cuidando de todos. No sé que efecto tienen mis abrazos en Lolo pero logran calmarle cualquier malestar, cualquier miedo y cualquier congoja. Es el mismo efecto que tiene sobre mi las arrunchadas con mi mamá. Y así como quisiera poder estar siempre ahí lista para darle a Lolo el abrazo que necesita también quisiera que mi mamá siempre estuviera aquí cerquita para darme el mío.

Insisto, toda mamá debería ser inmune y, por ahí derechito, eterna.

NOTA: Si después de leer este artículo, no sabes a que me refiero con “Mi 10%”, haz click aquí.

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