Diario de una entrada al jardín

“El dolor de espalda no te lo vas a aguantar” “el parto es tenaz” “si es por cesárea la recuperación es muy larga” “la lactancia duele mucho mientras te acostumbras” “ahora sí vas a saber que es el cansancio” “no vas a volver a dormir”.

Después del “felicitaciones” obligatorio, oí éstas y otras frases una y otra vez cuando daba la noticia de mi embarazo. Frases que comenzaban a revelarme la maravillosa pero exigente labor que se me venía encima. Y sí, fue difícil, fue agotador, fue desgastante pero nada, lean bien, NADA, hasta ahora, puedo compararlo con el intenso dolor y desgarramiento que nos produjo a Lolo y a mi la entrada al jardín. Y no era para menos, después de 31 meses (estoy contando mis meses de embarazo también) por primera vez Lolo y yo teníamos que separarnos asumiendo que podíamos y debíamos (así fuera por unas escasas horas) llevar a cabo otras actividades sin nuestra dedicación exclusiva mutua. Por más que muchas veces, atareada porque las siestas de Lolo no me daban el tiempo suficiente para llevar a cabo otras tareas, anhele tener ese tiempo para mi, o por más que supiera que Lolo estaba necesitando ese nuevo espacio de exploración y aprendizaje, la presión que tenía en el pecho le jugaba a mi cerebro una mala pasada y trataba de convencerlo de que ni Lolo ni yo necesitábamos pasar por esto todavía. Alcancé a dudar pero sabía muy en el fondo que había llegado el momento de que yo volviera a tener una vida sin él y él sin mi… por un ratico. Era el fin de una era o al menos así lo sentía y eso tenía que dolernos a ambos.

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     Día 1.

Madre e hijo entramos al salón de clases. Lolo abrazado como un koala a mi se rehúsa a recibir los juguetes que las profesoras dulcemente le van mostrando. Me proponen que me quede hoy acompañándolo en sus clases y un pedazo de mi alma vuelve al cuerpo. Evito hacer mucho contacto visual con las profesoras a riesgo de que me hagan preguntas que hagan que el enorme esfuerzo que estoy haciendo por parecer feliz y emocionada resulte obsoleto y termine por liberar esas lágrimas que vengo conteniendo desde la casa. Esfuerzo inútil porque una de ellas al ver que Lolo no quiere integrarse al juego y sigue abrazado a mi pierna pregunta: “¿es la primera vez que se separan?”. Asiento con la cabeza, aprieto mis dientes tratando de evitar que al abrir la boca todos puedan ver el nudo en mi garganta, mis ojos se llenan de lágrimas y mientras sonrío y me hago la güevona buscando algo inexistente en mi cartera me recrimino mentalmente mi falta de elocuencia y tranquilidad en este momento. Hemos logrado algunos progresos en el parque donde parece por segundos olvidarse de mi presencia, pero pasadas las 10:30 Lolo entra en desespero y por consejo de la profesora decidimos dejar hasta ahí por hoy. Tan sólo dar dos pasos afuera del jardín siento como el cuerpo de Lolo se relaja y mi corazón, más que mi mente, comienza a restarle prioridad a las tareas profesionales que me han adelantado la decisión de meterlo al jardín.

     Día 2.

Padre e hijo entran al salón de clases. Mi 10%, ahora convertido en 100%, se tomó la mañana para estar con Lolo en el jardín, puede que al estar más apegado a mi se sienta mucho más tranquilo y desenvuelto con él. Si seguimos así van a tener que cobrarnos otro matricula en el jardín o al menos hacernos un descuento familiar. Me quedo en casa y trato de empezar a llevar a cabo la enorme lista de cosas que tengo por hacer sin Lolo pero no logro pensar en nada que no sea precisamente él. Vuelven a mi cabeza las palabras de la directora que me pide que le demos el tiempo necesario para adaptarse porque separase de su figura de apego (yo) no es tan sencillo. Con la casa en silencio por primera vez, leyendo una y otra vez el mismo párrafo sin poderme concentrar, de pronto me doy cuenta que mi figura de apego durante todo este tiempo ha sido Lolo y nadie está aquí para abrazarme y consolarme. Descubro que el duelo es de los dos y que yo también necesito empezar a adaptarme.

     Día 3.

El día negro. Lolo va a quedarse solo porque con nosotros acompañándolo no siente la necesidad de interactuar con nadie más. Por votación unánime, o más bien por mandato dictatorial, se me declara incapaz y mi 100% es el encargado de dejar a Lolo en el jardín. Los despido con la mejor sonrisa que puedo fingir mientras se alejan en bicicleta, yo voy por el carro y salgo detrás de ellos con la idea de parquearme en un café cercano porque han prometido llamarme si el llanto es inconsolable. Por esas cosas ridículas que uno hace por la curiosidad me parqueo dos carros atrás de la entrada del jardín y alcanzó a ver como mi 100% entrega a un Lolo desesperado y compungido. Mi 100% y yo nos quedamos mirando una puerta cerrada, no decimos nada pero ambos lloramos. Después cometo el peor error de mi vida: decido no ir a ese café y me siento en el carro a leer un libro como si saber que sólo un muro me separa de Lolo hiciera menos difícil este momento. Ya he logrado leer dos páginas del libro que llevé pero un ruido familiar me distrae, abro la ventana para oírlo mejor y reconozco ese aullido al estilo Chewbacca que sólo Lolo puede hacer. Me bajo del carro acerco lo más que puedo mi oreja a un pequeño hueco que encuentro en una esquina y oigo, ahora si con nitidez, el llanto desconsolado de mi chiquito. Se me termina de romper el alma y sin saber que hacer mientras él grita adentro yo me ataco a llorar afuera. Miro mi celular y no entiendo por que no llaman si yo oigo un llanto inconsolable. Hablo con una amiga que es tan exagerada como yo y que ya pasó por lo mismo y mientras trata de tranquilizarme llora conmigo al otro lado del teléfono. Finalmente me convence de ir por ese café que tenía planeado. Doy dos pasos pero suena mi celular, son las 10 am:

-Aló? (oigo por una oreja el llanto de Lolo en vivo y por la otra en diferido)

– Ya puedes venir por Lorenzo.

Una profesora con todo el cariño y paciencia lo alza tratando de calmarlo. Entro al salón, los ojos de Lolo llenos de lágrimas y los míos rojos e hinchados se encuentran, nos abrazamos y sentimos que ahora es más fácil respirar, como por arte de magia la congoja que sentíamos desaparece.

    Día 4.

Nos han repetido una y otra vez que la tranquilidad de quedarse en el jardín se la trasmitimos nosotros pero o somos los peores actores del mundo o él parece leernos entre líneas. Todos estos días, a pesar de nuestro corazón roto, nos hemos sobreactuado de entusiasmo al nivel que tengo la sensación que si Lolo hablara nos diría: entonces vayan ustedes. Al despedirnos le decimos a Lolo que a nosotros también nos hace mucha falta estar con él todo el tiempo pero que, como él, vamos a estar bien durante estas pocas horas. Lorenzo llora un poco en la entrada al jardín pero, según nos cuentan más tarde, se calma al entrar al salón. Yo me siento culpable pero en algún lado he leído que es normal y trato de no botarle mucha corriente al tema. Tan intensa como no puedo dejar de serlo, llego por él a las 10:30. Lolo juega en el parque y aunque tiene “cara de sol” es decir, ojo medio aguado, ceño fruncido y jeta inyectada con biopolímeros, no parece estar sufriendo como ayer. El abrazo lleno de sentimiento de ayer se repite y mientras Lolo me empuja hacia la puerta pienso que esto va a durar más de una semana. Me autoconsuelo acordándome de uno de mis sobrinos que en su primer mes de jardín prefirió sentarse al lado del portero y hacerle la visita mientras pasaban las 4 horas para que volviera mamá. Mi cuñada lo supo por error de otra mamá meses después, afortunadamente.

     Día 5:

Lolo hace pucheros al despedirse y sin dejar de hacer su aullido Chewbbaquesco le tira brazos a la profesora. Yo voy por él a las 10.30 y cuando me ve ahí parada mirándolo jugar me sonríe y se me acerca para que lo alce pero sin el afán y desespero de antes. Tengo ganas llorar pero esta vez no es por angustia, es por una extraña mezcla de alegría por verlo bien y de nostalgia de darme cuenta que mi bebé esta creciendo. Éste es quizás el primer eslabón que soltamos y comienzo a entender lo que mi mamá siempre me ha dicho: los hijos son prestados.

     Día 6:

El puchero mañanero aún es una constante pero cuando llego por él, una hora más tarde que el día anterior, me encuentro con un Lolo lleno de tierra de arriba abajo, prueba irrefutable para mi de que la ha pasado de maravilla. Al verme sonríe, hace el amague de venir a abrazarme y al ver que me ha engañado ríe un poco más mientras corriendo, ahora sí, se tira a mis brazos. Yo también sonrío: estamos casi al otro lado.

 Con el paso de los días la situación ha ido mejorando para todos. Aún estoy esperando ese domingo que Lolo se pare en la puerta de la casa maleta en mano porque quiere ir al jardín, como me contó una amiga que le pasa ahora con su hija. Pero por lo menos tampoco he tenido que vivir una escena digna de The Walking Dead, como cuenta otro de mis hermanos, que mientras caminaba de regreso al carro lo perseguía mi sobrino arrastrándose desesperadamente tratando de alcanzarlo como si mi hermano fuera el último trozo de carne fresca en el mundo y mi sobrino el más hambriento de los zombies. Al otro día las profesoras lo felicitaban y mientras decían que ningún otro papá hubiera sido capaz, mi hermano ponía su mejor cara de orgullo tratando de ocultar que se sentía como un soberano zapato.

Lolo está empezando a disfrutar su jardín, cada día me lo entregan más sucio que el día anterior como si supieran que, por alguna razón, eso me hace feliz. Yo, por mi parte, me reencontré conmigo y recordé que sola también me caigo muy bien, la culpa que me hacía sentir egoísta poco a poco ha sido desplazada por la satisfacción de cumplir metas personales y profesionales, los reencuentros con Lolo cada medio día parecen de película romántica gringa y nuestras tardes son mucho más divertidas porque ahora, más que nunca, son nuestro momento de dedicación exclusiva mutua.

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