Martes de Post-Parto - La Nuwe

Martes de Post-Parto – La Nuwe

Ya estamos en mitad de febrero y muchas de nosotras aún no hemos podido deshacernos de esos kilos que ganamos en diciembre. Yo he empezado dieta 5 veces este año, cada una con una duración de 8 horas. Semana Santa viene pisándome los talones con invitaciones a lugares muy espirituales para visitar en bikini, y yo sigo feliz yendo a la panadería de la esquina a las seis de la tarde para acabar con las provisiones de pan trenza para una semana. A mi la fuerza de voluntad me la quedaron debiendo sobretodo cuando de harinas se trata. Puedo decirle que no a cualquiera sin que me de pena o cargo de conciencia, excepto si al que tengo que negármele es a un chocolate. Varias mamás fit con millón de seguidores en Instagram aseguran que la maternidad no tiene la culpa de nuestras llantas. Pero la verdad es que si. Y no me refiero a las secuelas del parto sino a las patologías que desarrollamos una vez somos madres y nos predisponen a la gordura. Por eso, he diseñado un efectivo plan de contingencia para que la maternidad no nos siga redimiendo calorías al por mayor. Detecte sus síntomas y atáquelos.





          Síndrome de la caneca.

Enfermedad heredada de nuestros padres que hace que nos llevemos a la boca las sobras de nuestros hijos porque dejarlas decorando el plato nos parece un desperdicio. Estudios demuestran que las sobras no alimentan y que son las encargadas de ese gordito que saca en la espalda un brasier.

Medicación: Suavemente aleje las sobras conteniendo la respiración y con voz dulce dígale a su marido que su hijo le manda “eso” con mucho cariño.

Mantra: No soy una caneca

 

          Mal agudo del Menú.

Sensación de despilfarro al pedir el menú infantil en un restaurante y constatar que tu hijo se lo hubiera comido todo, si tuviera 18 años. Si eres capaz de superar el síndrome de la caneca con las sobras de spaguetti en el restaurante seguramente no lo vas a lograr con la sorpresa-postre que viene con ellos.

Medicación: Pedir para ti, sólo una ensalada

Mantra: No se puede confiar ni en la cajita feliz

 

           Trastorno Obsesivo Compulsivo de Limpieza.

Trastorno caracterizado por la necesidad de la madre de ir chupando el cono de su hijo para que el helado derretido no caiga sobre sus manos y ropa. Está comprobado que el niño, con o sin su intervención, se va a ensuciar. Permítale gozar de la sensación de estar pegachento y libérese de un par de calorías extra que no necesita.

Medicación: Mire a la dirección opuesta en la que se encuentre su niño comiendo helado.

Mantra: No soy Mónica Geller

 



          Virus de barriga adquirida.

Sensación de no poder alzar un bebé sin el apoyo de nuestra barriga. La madre se acostumbra a llevar al bebé en brazos echando para adelante la cola y la pelvis a fin de tener más estabilidad, pero con el riesgo de ser confundida con Jabba the Hutt o ser felicitada por el nuevo bebé que viene en camino.

Medicación: Apriete la barriga como si le fueran a tomar una foto cada 3 segundos.

Mantra: No soy el Señor Barriga.

 

            Pereza Crónica.

Enfermedad que hace que no seamos capaces de servirle un vaso de agua a nuestro 10% a las 11 de la noche, que usemos el ascensor para ir al segundo piso y que no cambiemos el noticiero del senado porque tenemos que pararnos para alcanzar el control.

Medicación: Haga todos los favores que le pidan

Mantra: No soy un parásito

 

Cucharitis crónica.

Consiste en la necesidad de la madre de probar más de cinco veces lo que está preparando para su retoño, sabiendo bien que con dos es más que suficiente. Se considera una enfermedad crónica cuando la madre cucharea la leche en polvo o el milo cada vez que pone un pie en la cocina, como si ese polvo no fuera tan adictivo como la cocaína.

Medicación: Clausurar la cocina y permitir el acceso sólo a profesionales.

Mantra: La cucharita solo de arrunchis

 

        Diabetes inducida

También conocida como la ansiedad de la madre por comerse todos los dulces recogidos por los hijos en una piñata o Halloween, con el fin de evitar caries dentales e hiperactividad en los pequeños. La madre prefiere auto provocarse una diabetes tipo I con tal de evitar que la elevada ingesta de azúcar llegue a la sangre de sus pequeños y la haga vivir una noche de terror.

Medicación: Hágale un roto a la bolsa de la sorpresa.

Mantra: No soy una yonki

 

Seguir al pie de la letra la medicación, repetir el mantra las veces que sea necesario y si en 3 meses, junto con un régimen alimenticio balanceado, tres horas de spinning diarias y una visita semanal a la esteticista, no ha logrado ver resultados, escríbame para devolverle el dinero por el tiempo perdido.

 




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Post-Parto - Lactancia

La maternidad nos hace mucho daño a algunas. Y no, esta vez no estoy hablando de las estrías que ganamos, del pelo que perdemos o de las horas de sueño que necesitamos. La maternidad nos vuelve intensas, cantaletudas y profetas. Si algo nos ha funcionado queremos que todas lo sepan, lo imiten y lo oigan una y otra vez de nuestra boca. La lactancia, por ejemplo, es uno de esos temas polémicos de la maternidad que más nos enloquece. Cada vez más, me privo de tocarlo en una reunión, junto con la política y la religión. Los tres temas tienen en común fanáticos que no quieren escuchar sino evangelizar. Razón suficiente para tampoco haber hablado sobre la lactancia en un post anterior.

Como no tengo el derecho ni tampoco es mi intención dar cátedra sobre el tema, me limitaré a describir las 4 frases que detesto de la lactancia basada en mi experiencia personal. Lo que no significa que lo que yo crea deba tomarse como consejo, filosofía de vida o verdad universal.




1 “Si no lactaste por lo menos los primeros seis meses eres una despiadada, tu hijo se enfermará y no tendrá un vínculo fuerte contigo”.

Señoras, soy entonces una cruel despiadada con un pezón frágil que me hizo ver al diablo durante el primer mes a pesar de las cremas de caléndula, el vino rojo y el extractor de leche. Señoras, soy una despiadada que soportó el dolor durante un mes, fecha exacta que la lactancia dejo de arder, doler y sangrar. Soy una despiadada que para evitar una mastitis visitaba semanalmente un lugar llamado “el banco de leche” donde me hacían ver el diablo de nuevo estripándome una pocheca que insistía en obstruirse. Soy una cruel despiadada que a los tres meses sin poder levantar los brazos del dolor, con fiebre de 40 grados, sin poder alzar y cuidar a mi bebé y sin niñera, volví por última vez al banco de leche con una mastitis. Ese día renuncié a la lactancia, porque ese día, amamantar dejó de ser un momento íntimo y bonito con mi hijo y pasó a ser un problema que me cohibía de cuidarlo, me botaba a la cama y hacía de la maternidad algo que no debía ser: una tortura. Si señoras, lacté sólo tres meses de manera exclusiva y mi hijo ni se enfermó ni perdió su apego. Sobrevivimos las gripas como cualquiera, jamás hemos estado hospitalizados y somos inseparables, es más, para algunos, demasiado intensos el uno con el otro.

2 “Si lactas a un niño que habla, camina y tiene dientes eres una cochina”.

Señoras, si para algunas la lactancia resulta más fácil desde el comienzo antes que juzgarlas debo declararles mi envidia. A pesar de que estaba mentalizada para lactar 6 meses, tiempo que me parecía razonable, suficiente y perfecto para que los niños empezaran a deleitarse con otros sabores y para que las mamás pudiéramos volver a ponernos camisas de cuellos cerrados y sin botones, admiro (tal vez por no haberlo podido hacer) a las que pueden hacerlo por un tiempo más prolongado. Las envidio y admiro porque con el amor infinito de una madre siguen haciendo una labor nada sencilla con la convicción de darle lo mejor a sus hijos. También las entiendo y les brindo mi más sincera sonrisa de apoyo cuando me explican con un poco de cansancio que no encuentran la manera menos traumática de, literalmente, destetar a un niño que por grande que esté no quiere renunciar a esa zona de confort.




3 “Si lactas en público eres una desvergonzada”

Señoras y señores, hay que ser muy desalmado en esta vida para negarse a amamantar a un niño hambriento y negarle la posibilidad de calmar su llanto alimentándolo, simplemente porque estamos en público. Lactar no tiene nada de morboso, no consolar a un niño sí. Sepa de una vez, que el niño no está jugando, está saciando una necesidad que no tiene, a los ojos de personas sensatas, ninguna connotación sexual, ni exhibicionista y, mucho menos, desagradable. Existe un trato que se le da a un par de tetas que no amamantan más desagradable y morboso, difícil de entender pero fácil de ver, si revisáramos el grupo de whastapp de varios. Si usted es de esos necesitados que se la pasa rotando fotos de mega tetas siliconudas a todos sus contactos pero se indigna de ver a una madre lactando en un restaurante, es hora de ir al psicólogo. La solución es sencilla si tanto le molesta: mire a los ojos y no el escote… “mis ojos están aquí y no aquí ” es una verdad que venimos reclamando las mujeres desde hace años.

4 “Si no te gusta lactar o ver lactar en público eres una mojigata”.

Señoras, a mi nunca me gustó lactar con espectadores. No creo que eso me convierta en una mojigata o doble moralista. Tampoco he querido salir en Soho y no por eso hago vade retro a las que lo hacen. Para mi lactar era un momento intimo con mi hijo y, además como al principio era muy bizoña, prefería poder estar en la comodidad de mi privacidad para no cometer errores. Por ejemplo siempre olvidaba proteger la teta que no estaba en uso y terminaba lista para cambio de ropa y baño. Además se me hacía muy difícil no usar la almohada de lactancia y andar con ella encima para todo lado me parecía un poco engorroso. Amaba la privacidad para lactar porque para mi significaba tranquilidad y comodidad. Sepan que las tetas me parecen divinas, tanto como a cualquier hombre, me parecen divinas para el uso de la intimidad con mi 10%, me parecen divinas en su labor de alimentar, me parece divinas en la portada de una revista y me parecieron aún más divinas en la portada de la revista fucsia con Cristina Warner amamantando. Pero ni a mi 10% se las presto en mitad de un centro comercial, ni a mi hijo se las puse sin una mantita en público. Esa soy yo, supongo que desde ahora apodada la mojigata. La misma mojigata a la que le da pena salir en una revista en toples de sólo pensar que su papá vea su pezón, la misma mojigata que usaba una mantica en caso de tener que lactar estando en la calle, la misma mojigata que le parecen divinas las viejas que salen en Soho y la misma mojigata que puede ver a otras mujeres menos mojigatas lactar en la calle sin juzgar, sin mirar mal y sin satanizar.




Cada una tiene una experiencia distinta con la lactancia. Buena o mala, y lo único que hace insoportable este tema es la necesidad que tenemos de volver general algo tan particular y personal. Hay tantos colores y formas de pezones como maneras de vivir la lactancia. No somos ni flojas, ni despiadadas, ni exhibicionistas, ni cochinas, ni mojigatas. Detesto esas cuatro frases, detesto que alguien que jamás haya lactado opine sin conocimiento de causa, detesto que las que lo hayamos hecho nos juzguemos, y detesto que queramos defender una u otra posición con la férrea y ciega convicción de un fanático. A cambio de 4 frases obsoletas propongo 4 pasos para una lactancia feliz:

1 DE TETA

2 DONDE

3 Y HASTA CUANDO

4 USTED QUIERA

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Post-Parto Tapo




“Tapo” era la palabra que más usaba cuando jugaba chiquita. La pronunciaba cuando necesita literalmente “parar el tiempo”. Si estaba acorralada decía “tapo”, si mi hora de entrada a la casa llegaba antes de terminar el juego decía ¨tapo”, si sentía que las reglas no se respetaban decía “tapo”, pero la gran mayoría de veces gritaba “tapo” y mostraba desesperada la T con mis manos porque me daba bazo y necesitaba un momento para detenerme y respirar. Algo tan simple y tan importante como detenerme a respirar.

Crecí y nunca volví a usar esa palabra, no porque no necesitara ese tiempo para recuperar energía sino porque no sentía que fuera necesario pedir permiso para tomárselo.

Hasta que nació Lolo y algo tan simple como respirar entró a la lista de cosas que hacemos de afán.

Desde el primer día que tuve a Lorenzo en mis brazos no quise despegarme de él un segundo. No quería perderme un bostezo, una sonrisa y mucho menos quería cargar con la culpa de haber estado ausente en alguno de sus llantos. Yo quería estar ahí en todo momento para consolarlo, para arrullarlo y para hacerlo reír, así eso me constara no terminar de leer un libro, no saludar a una amiga o no hacerme un manicure. Y aunque esa entrega total por los hijos no suena mal, no está del todo bien. Llega un momento en que el cuerpo y la mente te pasa factura, la paciencia se agota, el cansancio te amarga el temperamento y por más que queramos seguir no podemos abusar de nuestra buena fe. A esa promesa que me había hecho a mi misma de no fallar le hacía falta una pequeña observación: se vale decir “tapo”.




En inglés dicen time-out y no hay nada que necesitemos más las mamás que un tiempo-fuera, más de lo que pensamos. Cuando jugábamos a las escondidas mostrábamos la T con nuestras manos para todos lados para que nos dieran ese tiempo. Y ahora, justo cuando más se hace necesario detenerse a respirar, olvidamos hacer la petición.

Creo que no soy la primera mamá víctima del invento de creerse infalible, multitasking e indispensable. Y tampoco seré la última damnificada de esos abusos autoimpuestos. “¿Cómo decir tapo cuando se es mamá” debería ser la primera clase del curso piscoprofiláctico. Y “Cómo decir tapo sin que la culpa la ahorque” debería ser la segunda. Decir “tapo” es un derecho que tenemos pero sobretodo un deber. Querer tener todo bajo control, creernos la mujer maravilla, sentirnos cansadas y no pedir ayuda nos vuelve insoportables, irritables, repelentes y regañonas. Adjetivos que ni nuestros hijos ni nuestros 10% aprecian y valoran.

Se vale decir “tapo” las veces que sean necesarias. Se vale decir “tapo” aunque tengamos a medio mundo convencido de que lo único que no hacemos como Diana Prince es empelotarnos dando vueltecitas. Se vale decir “tapo” 5 segundos antes de explotar con nuestros chiquitos. Se vale decir “tapo” para respirar y pensar mejor nuestra reacción. Se vale decir “tapo” y pasarle la bola a nuestros 10% cuando nuestra respuesta no va a ser amable con nuestros hijos. Se vale decir “tapo” para tumbarse en la cama a mirar el techo. Se vale decir “shhh mamá dijo tapo, resuelvan sin ella”.

El día que dejé de autoimponerme la obligación de ser infalible el mundo no se acabó, la casa no colapsó, mi 10% no dejó de sentirse orgulloso y mi hijo no comenzó a amarme menos. Es más, la dinámica mejoró, porque fui capaz de tomarme mis 10 o 20 minutos para respirar en vez de cargar con todo el peso y sentirme con el derecho de hacer mala cara y contestar ofuscada.

Yo me impuse la tarea de reclamar unos minutos diarios. Y dejé de sentirme egoísta o culpable por pedirlos justo cuando me di cuenta que esos minutos benefician a toda la familia. Puede que ya no me de bazo pero la presión en el pecho me produce la misma sensación que cuando estaba chiquita: me quita la tranquilidad, me impide respirar a buen ritmo y me tranca para seguir funcionando. Así que sin sentimiento de culpa alzo mis manos formó una T y dijo “tapo”. Digo “tapo” cada vez que una gruñona infeliz aparece para poseer a la mamá que me gusta pensar que soy. Respiro, cierro los ojos y las cosas ya no parecen tan graves. Respiro, abro los ojos y comienzo de nuevo. Respiro y no hago nada. Respiro y sonrió porque no declaré la guerra en casa

Se vale decir “tapo” porque si mamá está bien, la casa, los hijos y el 10% también.





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