Vacaciones pensando en todos

Muchas cosas que no queremos, cambian una vez somos mamás. El color del pezón, el porcentaje de grasa, la gravedad o el tamaño de las pochechas, las horas de pereza, la frecuencia del canchis canchis, (como alguna vez vi que le decían al arte amatorio en un programa de Laura en América) el aguante del hígado y, sí, las anheladas e idolatradas vacaciones. El ideal que tenemos de vacaciones cambia drásticamente después de un hijo, pasaremos de ser esas mujeres que solo se metían a la piscina para apaciguar el calor, a no salir de ella por estar jugando al tiburón, olvidaremos lo que es tener un hermoso color dorado y seremos las reinas del bloqueador y la cachucha, nos preocuparemos por las horas que el restaurante sirve el almuerzo,  y saborearemos una única cerveza en toda la tarde, porque hay un menor bajo nuestro cuidado.




Entonces si así son las cosas, sí se pueden llamar vacaciones?

Para empezar uno debería ser lo suficientemente sensato para no salir de viaje con un bebé de menos de seis meses, a menos que quiera encartarse y extrañar más que nunca su hogar.

Cuando Lolo tenía tres meses, a mi 10% y a mi se nos ocurrió la maravillosa idea de irnos a pasar un fin de semana a un hotel. Acabábamos de descubrir esta nueva vida de pañales, trasnocho y agotamiento y sentíamos que nos merecíamos un descanso a 30 grados centígrados. Jua. Reservamos un hotel con 4 piscinas, a pesar de que el pediatra nos recomendó todavía no meter a un Lolo de tres meses, en esa poceta llena de bacterias y cloro. Imagine el cuadro: Nos veíamos “divinos”, “cómodos” y “divertidísimos” debajo de un parasol echándole agua cristal a ese Lolo de cachetes rojos, que a pesar del sudor de nuestros brazos quería estar cargado y no semi acostado en la hamaca “plegable” que decidimos llevarle pagando exceso de equipaje. El calor despertó en nosotros una especia de psicosis y por el miedo a una deshidratación o insolación decidimos pasar el fin de semana en el cuarto sin prender el aire acondicionado y optamos por el room service para que los otros huéspedes y nosotros pudiéramos comer en paz. Primera conclusión: Espere a que el retoño cumpla un año y ya reciba comida, ya se siente, ya camine, ya se pueda meter a la piscina y ya se le pueda echar bloqueador.

A ese primer intento fallido no lo llamaré vacación por respeto a la palabra. Pero debo confesarles que del segundo intento en adelante hemos tenido unas vacaciones increíbles. ¿Cómo lo hemos logrado? Con dos cosas: cambiando el chip y teniendo actitud.

1 – Cambiando el chip. Ahora somos tres y nuestras vacaciones, así como nuestra vida, deben ser pensadas para los tres. Para qué amargarme pensando en el color dorado que podría haber ganado, para qué amargarme viendo a la gente borracha hacer el oso, para qué amargarme porque quiero hacer shopping y no puedo, para que amargarme porque me falta media ciudad por conocer y mi bebé ya no aguanta más, para que amargarme armando planes no aptos para niños? Ya nuestras vacaciones no son tirados en una asoleadora con un Martini en la mano y 6 en la cabeza, porque eso no divierte a Lolo. Tampoco son jugando Mindcraft todo el día en una Tablet porque eso no divierte a los papás. Ahora nuestras vacaciones son el resultado de la búsqueda de algo que nos divierta a todos. La asoleadora la cambie por las piscinas panditas, y los 6 martinis por uno que me dura toda la mañana. ¿Que si extraño las largas horas de bronceo? Sí, el color de mis piernas dan fe de ello. ¿Qué las preferiría a cambio de ver a Lolo feliz tragando agua en una piscina? No.

2 – No hay nada que requiera más actitud en la vida que tener hijos. Tener la actitud para gozárselos. Tener la actitud para meterse a una piscina a la que no le cabe un prójimo más. Tener la actitud para tomarse un margarita mientras se hacen castillos en la arena. Tener la actitud para sonreír a pesar del calor o del cansancio. Tener la actitud para salir corriendo al baño cuando el niño hace de las suyas. Tener la actitud para acostarlo en dos sillas rimax si es necesario. Tener la actitud para divertirse así el plan esté aburrrido. Tener la actitud para llevarlo en hombros con tal de recorrer el parque completo. Tener la actitud  de emocionarse viendo la misma tortuga una y mil veces. Tener la actitud para sentir esa maratón como una vacación.

Sin esas dos cosas, además de lo básico como llevar pañitos húmedos, pintas de más, dolex, cuentos y chucherías a la mano, es imposible gozarse unas vacaciones. Así que relájese, disfrute a sus hijos que para eso los tuvo, e incluso vuelva a gozarse cosas que sin ellos le estarían muy mal vistas, como gritar las 500 veces que repite deslizarse por el tobogán, bailar descoordinada y con su hijo en brazos tratando de seguir al recreacionista, llenar un plato en el buffet de sólo pasteles y dulces, asombrarse de ver una mariposa, andar despelucada o incluso con una teta al aire y quedarse dormida a las 8 de la noche.




Y de ñapa un acróstico (por si creían que lo más ñero que había en este post era la referencia al canchis canchis) con tips para recordar:

Vayan a un lugar pensado para niños. Para qué ir a conocer el Louvre si el niño aún no le interesa saber quien es La Gioconda. Ya llegara la edad para esos paseos.

Acepte que viene con niños y disfrute los planes que puede hacer con ellos. Enterrarse en la arena, hacer burbujas con un pitillo, salpicar agua, caminar, hacer fila 50 veces para el tobogán también es divertido.

Cambie el chip. Los viajes en familia hacen familia. Ver a los hijos felices con uno, teniendo experiencias nuevas es absolutamente genial.

Acuéstese cuando su hijo haga la siesta o al menos relájese con su 10%, créame que esa energía la va a necesitar cuando se despierte.

Cree buenos recuerdos. Sus hijos podrán recordarlo como el que estaba “por ahí” en vacaciones o el que se las gozó con ellos a la par.

Invite a los abuelos a algún paseo. Gozarán con usted y podrán quedarse con el retoño una hora mientras usted se da un premio en el spa.

Olvídese de la disciplina, son vacaciones. Si su hijo no quiere comer lechuga, que no coma. Si no quiere dormirse a las 8, que no se duerma. No se estrese.

No acordarse de la mitad del paseo por una borrachera tampoco es descansar.

Evite irse de paseo con gente sin hijos que no entiende su nueva dinámica, que lo hará sentir mal por no recibir esos tequilas de más, y que propondrá planes y restaurantes en los que no caben sus hijos.

Se vale separar otro fin de semana aparte para irse sola con su 10% a modo de desquite. Para que se tome todos los martinis que quiera, se broncee hasta que le duela ponerse un brasier y extrañe enormemente la cara que podría hacer su retoño si estuviera ahí en esa piscina.




Aquí, cantando victoria

Alguien me dijo alguna vez que el peor error que uno podía cometer como mamá, era cantar victoria. Creo, sin lugar a dudas, que es uno de los mejores consejos que he recibido, incluso para la vida misma. Pero también creo que vale la pena celebrar cada pequeña victoria por el mero placer de saber que algo estás haciendo bien. Por eso hoy, arriesgándome un poco, quiero salir a ondear esa bandera de la victoria, por ser mamá. Hoy soy ese Leonardo di Caprio en el Lobo de Wall Street, caminando con los brazos abiertos, la frente en alto y el pecho hinchado porque me siento orgullosa de mi hogar.




Debo confesar que después de ser mamá, un par de veces, había dudado de haberlo sido. Por momentos, me entraba una extraña sensación parecida al susto o al arrepentimiento. Algunas veces, me daba estrés no tener siquiera la opción de renunciar, por aquellas cosas de la maternidad y su irreversibilidad. Otras, seguro por el cansancio, me sentía culpable por anhelar unos minutos de una vida sin hijos. Y muchas, muchas otras, me preguntaba en silencio si apostarle a este hogar había sido la decisión correcta.

Este fin de semana, tuve todas mis respuestas.

El sábado pasé el día como cuando éramos novios con mi 10%. Estuvimos arrunchados hasta las 11 de la mañana viendo House of Cards, almorzamos vodka, nos fuimos a Estéreo Picnic, bebimos ron, nos reencontramos con amigos, bailamos y cuando la adultez nos pasó factura, huimos para volver a la cama. La pasamos increíble.

El domingo en la tarde, con los ojos ardiéndonos todavía por la falta de sueño, moríamos de ganas e impaciencia por encontrarnos con Lorenzo. La carcajada con incredulidad de él, al vernos asomar por su ventana nos hizo aguar ojo, y sin decir nada nos apretujamos los tres en un abrazo infinito.

Cualquier duda que pude haber tenido frente a la maternidad, se disipó en ese momento y para siempre.

¿Qué día prefería?  Ambos. No podría decirles cual día estuvo mejor. Cada uno, como diría un amigo con bajo criterio para escoger novias, tuvo lo suyo.

La cuestión no era escoger cual de los dos días había estado mejor. Todo se resumía a saber con claridad de cual de los dos días podría prescindir, sin que eso afectara mi felicidad. Creo que está claro que ni tres vodkas y 5 rones superan la feliz borrachera que me provoca pasar una tarde en casa con mi 10% y Lolo.

¿Sábado o domingo? Ambos. Este fin de semana me di cuenta que puedo tener ambos. Pero aunque me gustan esos sábados, debo reconocer que me supo más a felicidad el domingo.




La ecuación es sencilla. En este momento de mi vida, a mis treinta y pico, que ya disfruté varios años llenos de sólo sábados, agradezco infinitamente poder saber a que saben los domingos.

Eso que tanta gente me ha expuesto como argumento para no tener hijos, como la pérdida de la libertad, el no poder tomarse un trago, no poder estar a solas con la pareja, no viajar, etc., no son reales, porque sí se pueden tener. Lo que pasa es que una vez tienes hijos comprendes que de muchos de ellos se puede, y es más divertido, prescindir. (De muchos he dicho, pero ni se les ocurra incluir en esa lista la apretujada con el marido, a eso si es muy aburrido renunciar).

A lo que voy es que mi vida sigue teniendo sentido si me pierdo otro par de fiestas, pero en cambio no tiene ninguno, si jamás descubro lo que se siente ese abrazo infinito. Decido quedarme con mis sábados esporádicos y mi resto de días que parecen domingos.

Ésta es mi victoria, que más que victoria es agradecimiento por tener una vida llena de domingos que no me saben a guayabo. Por tener una familia que me pone a volar más que el bareto que vi fumarse a Snoop Dog. Por la oportunidad que me dio la maternidad de saber lo que vale la pena en la vida. Y por todos aquellos que por no tener un hijo, o por vivir intensamente muchos sábados, creen que son más felices que yo. Me regodeo de mi victoria porque construir un hogar no me sabe a otra cosa sino a triunfo.




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Nueva Mamá

A la nueva mamá,

Respira. Supongo que estas en esos días. Esos primeros días llenos de preguntas, preocupaciones y dolor, mucho dolor. El amor infinito que acabas de conocer, a veces parece un incentivo insuficiente para soportar la responsabilidad que te ha caído encima. Es duro, ya te lo habían advertido y repetido, pero sólo hasta ahora entiendes de verdad y exactamente a que carajos se referían. Te dijeron que la lactancia sólo requería una buena técnica pero te das cuenta que para aprenderla, hay que retroceder en el sistema educativo, y volver al famoso “la letra con sangre entra”… y tu pezón está ahí para demostrarlo. Con cierto desconsuelo cuentas las horas que faltan para la próxima lactada y al ver que la caléndula y la yerbabuena no han cicatrizado a la velocidad que esperabas, mandas a tu 10% de urgencia al primer pepe ganga en busca de la crema antipezones agrietados de moda y, por supuesto, un extractor de leche.




Te habían hablado del cansancio, pero esto que sientes merece una palabra que nadie ha inventado aún. Prometes cachetear a la próxima persona sin hijos que asegure estar exhausta, mientras llamas a tu mamá, a la que le habías pedido un poco de espacio, para que venga a mimarte y a relevarte un par de horas. ¿Cómo lo hizo ella contigo y tus hermanos sin epidural, sin empleada, sin google y sin pañales desechables? La palabra verraquera comienza también a tomar otro significado.

Te habías prometido, como si eso fuera suficiente, no meterte en la ropa de maternidad y recuperar tu peso cuanto antes. Te miras sin ropa y, por primera vez, desconoces el cuerpo que ves en el espejo. Te auto flagelas por preocuparte de algo tan frívolo en estos momentos y temes, como cualquier mortal, no volver a recuperar el cuerpo de antes. Y entonces te fajas, no tanto por esa vanidad hueca que criticas sino por un extraño afán de no perder todo lo que te identificaba antes de ser mamá. ¿Y la angustia? ¿Por qué nadie te habló de esa preocupación constante que ha decidido instalarse de manera permanente en tu pecho y tu cabeza? ¿Lo estaré haciendo bien? ¿Seré capaz? ¿Cómo lo han logrado otras mujeres? ¿Estará lleno? ¿Si está respirando? La naturaleza y el instinto maternal parecen jugarte una mala pasada justo cuando más te dijeron que estarían dispuestos a ayudarte. ¿Será demasiado pronto, o más bien demasiado tarde, para tirar la toalla?

Respira.

Bienvenida. Acabas de empezar a experimentar lo jodidamente maravilloso que se siente ser mamá. El dolor físico de estos primeros días pronto será un vago recuerdo e incluso una laguna para cuando decidas, si es que lo decides, tener el segundo. La lactancia se volverá algo normal y placentero aunque en estos momentos parezca imposible. Podrás volver a caminar a velocidades normales, sin parecer un robot y podrás sentarte y pararte en menos de 15 pasos. Esa bolita que sientes en la panza desaparecerá. Las horas de sueño poco a poco aumentarán. Y tu vida, bueno, tu vida tal como la conocías jamás regresará. Y aunque eso suena a fatal, la verdad, es lo mejor que te puede pasar. Nada será fácil pero sí será cada vez más increíble. Lo juro.

La recompensa llegará en forma de besos babosos y te amos en jeringonza, y entonces poco importarán las ojeras ganadas, las lágrimas derramadas y las fiestas aplazadas, sabrás que todo ha valido la pena. ¿La angustia? No, la angustia no pasará, no existirá un minuto de nuestra vida como madres desprovisto de este sentimiento, y ésa será la prueba del infinito amor que se siente por un hijo.

Respira, relájate y sonríe. Que el miedo no te nuble la hermosa vista del momento tan alucinante del que estás siendo parte. Esto no se pone más fácil, tú te vuelves mejor, y eso es lo que nos convierte en heroínas.

Bienvenida. Nadie dijo que fuera sencillo, pero ¿ acaso qué cosas que valen la pena lo son?





Posdata a modo de bonus:

  • Pronto conocerás a la muy trillada paciencia, descubrirás que jamás la habías llevado a su máximos niveles. Hazte amiga de ella, la necesitarás.

  • Déjalo dormir encima de ti como una ranita. Eso jamás lo va a malacostumbrar y es delicioso para ambos. Pronto no cabrá ahí y lo añorarás.

  • Nunca cantes victoria. El día que grites a los cuatro vientos que tu hijo ya pasa la noche derecho o que lo tienes todo bajo control, la vida se burlará de ti con una calientica cachetada.

  • Piérdete unas horas al día para leer en una cafetería, pintarle las uñas en la peluquería, correr en el gimnasio o ver a una amiga. Cualquier cosa es válida para que pienses en ti sin la etiqueta “mamá”.

  • Llama a tu mamá y mantenla cerquita. Nadie te consentirá y tranquilizará como ella. Además sólo ella soportará tus explosiones de ira sin dejarte de querer.

  • Acéptalo, sin importar la planificación durante el embarazo, siempre hará falta algo y alguien tendrá que correr a la droguería o tienda especializada en bebés más cercana. Sonríe porque no serás tú pero no te olvides de besar y decirle gracias a tu 10%.

  • No, no y no, no es necesario tomar caldo de gallina todos los días de los primeros 40 días.

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