De todas mis fiestas, recuerdo con nitidez la primera ostentosa que tuve de cumpleaños. Tenía 7 años y por ostentosa me refiero a que mis papás alquilaron el salón comunal, me compraron una piñata de Guri Guri, el muñeco de moda por ese entonces, contrataron recreacionistas de camisetas rojas que en algún momento también hacían de magos y meseros, las sorpresa eran jacks o catapis, como le dice mi 10%, y nadie se quejó del nivel de gluten de los perros calientes. De mis onomásticos anteriores tengo como prueba un par de fotos, pocas para mi gusto pero hay que recordar que la cámara era de rollo y mi mamá no era adicta a Instagram.

fiestas del 1 al 4

Las fotos comprueban que mis progenitores celebraron mis primeros años de vida, y también comprueban que para celebrar esos primeros años de mi maravillosa existencia, valga la pena decirlo, no era necesario hacer una fiesta en la estratosfera. Y la primera razón es que por más que me esfuerce me es inútil recordar mi primer, mi segundo o incluso mi tercer cumpleaños sin tener que recurrir a una sesión de regresión. Celebrar un año más de vida de alguien amado, en especial de un hijo, es una emoción que no nos cabe en el pecho. Pero al parecer, la moda de las mamás de ahora, es botar la emoción y la casa por la ventana, para organizar fiestonononones más pensados en deslumbrar a los adultos que divertir a los pequeños.

Las fiestas infantiles del momento me asustan. Cada vez que recibo una invitación de la mano del portero, un ligero escalofrío recorre mi cuerpo. Mientras leo en voz alta “Te invito a mi fiesta para celebrar mi cumpleaños número 1” …mi mente dice no no no no me invites y entiende lo siguiente:

“Te invito a mi súper fiesta de la que no recordaré nada porque tengo un año. Te invito a que me veas dormir la mitad de la tarde, que te lleves de recuerdo una botella de agua personalizada con mi nombre que botaras tan pronto salgas de acá. Te espero para que te burles de mis papás tratando de tomarme una foto sin llorar, al lado del muñeco de Disney de moda en versión gigante y mal oliente. Te espero a las 2 de la tarde con un buen regalo porque las sorpresas que tenemos son impresionantes. No olvides traer a tu hijo porque aunque no parezca la fiesta es para él.”




Las mamás de antes, creo, no se devanaban los sesos pensando una fiesta temática para un niño menor de dos años, que nadie (al menos cercano) ya hubiera hecho. La piñata se llenaba de basura, por basura me refiero a pequeños muñecos de plástico deformes y unicolores, porque lo divertido era partirla con un palo de escoba sin llevarse la cabeza de alguno de los invitados. Las sorpresas eran la basura que cada niño lograba salvar de la piñata o el popular Jacks (siii, el mismo catapis). Eran fiestas bonitas en las que corríamos los muebles de la sala para tener más espacio y toda la familia se turnaba la inflada de las bombas para no hiperventilar. Fiestas geniales en las que nos reuníamos alrededor de una mesa a cantar un cumpleaños feliz y callábamos solemnemente, a modo de ritual, durante 4 segundos mientras el homenajeado pedía deseos secretos al soplar las velas. ¿En qué momento organizar una fiesta infantil alcanzó niveles tan estrafalarios en los que a veces ni siquiera hay tiempo de pensar los deseos antes de soplar las velas?

Me perdonarán las anfitrionas de fiestas hermosas que superan el presupuesto que invertí en mi matrimonio, pero entre tantas arandelas parece escapárseles la magia de celebrar y agradecer un año más de vida. No quiero arruinarles la inversión pero esas fiestas no las disfruta el cumpleañero por ahora. Con una torta, unas velas, tres bombas y una tarde de diversión y cariño es suficiente para los primeros años. El resto, las arandelas, son sólo para que los adultos inflemos pecho y nos regocijemos en el ego. Yo he decidido ahorrarme esa platica para cuando Lolo me pida su fiesta, me diga claramente los nombres de los amigos que quiere invitar,me diga donde la quiere y como la quiere, me diga convencido de qué sabor quiere la torta, escoja lleno de emoción la decoración y me pida no tomarle fotos porque quiere seguir jugando con sus invitados.

Este año, Lolo cumplió 3 años y yo me rehusé con todas mis fuerzas, y mi 10% con toda su billetera, a celebrarle su cumpleaños como parece que debíamos celebrarlo. Dijimos que no a alquilar un sitio lleno de actividades que cobran el minuto más caro que un parqueadero en la 82. Dijimos que no a buscar quienes tienen hijos en nuestra lista de contactos cercanos y no cercanos para conseguir un quorum decente de niños. Dijimos que no a gastarnos lo que nos vale un mes de mercado en sorpresas descrestadoras y útiles para los invitados. Hicimos una cartelera con todos los momentos importantes desde que supimos que íbamos a ser papás, organizamos foto por foto con Lolo y con cada foto recordamos divertidas anécdotas, se la expusimos a Lolo y su cara sonreía con cada historia, de repente no nos cabía el agradecimiento en el pecho por estos tres años que lleva Lorenzo a nuestro lado alegrándonos la vida. Así, sin arandelas, tuvimos la mejor celebración de todas hasta ahora. Puede que Lolo tampoco se acuerde cuando crezca de la cartelera de su cumpleaños número 3, pero al menos la satisfacción en mi pecho y las lágrimas en los ojos de mi 10%, me confirmaron que celebramos lo importante sin gastarnos un dineral. Prometo hacerle una cartelera cada año que le recuerde a él y nos recuerde a nosotros lo afortunados que somos de celebrar otro año juntos.

Fiesta de Lolo año 3

Habrá cumpleaños de francachelas y comilonas que nos hagan sentir como reyes rodeados de amigos, pero también, mientras pueda hacerlo, habrá carteleras que los tres releeremos en la intimidad de nuestra casa conmemorando la vida. Y así, de pronto podremos garantizar que entre tanta arandela no se nos embolate lo importante.





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