Las que me conocen saben que fui una de esas mamás que sufrió con la lactancia. Quise tirar la toalla muchas veces y aguanté sólo porque todos me repetían que no había nada mejor que la leche materna para un hijo. En ese momento de mi vida no tenía ni idea porque era “lo mejor” para Lolo. Suponía que esa leche que a veces me manchaba las pijamas era “lo mejor” porque tenía todos los nutrientes que Lolo necesitaba. Pero nunca averigüe con conciencia porque era “lo mejor”.

Supongo que el sueño y cansancio que me agobiaban por esos días me dejaban noqueada e incapaz de hacer otra cosa que no fuera dormir. Pero ya que les hable de la importancia de los primeros 1000 días en la alimentación de nuestros hijos, quise hacerles este post a todas las mamás que aún lactan, a las que está pensando renunciar y a las que lo están haciendo para que hoy más que nunca entiendan la importancia de la tarea.

La leche materna sí es lo mejor, no hay alimento que la supere, y estudios recientes comprueban que la razón tiene que ver con la calidad y cantidad de proteínas que este alimento le ofrece a nuestros hijos.

Así que cuando estén cansadas de usar camisas de botones, cuando estén hasta la coronilla de hacer maromas para sacar la teta en una reunión familiar sin que el suegro se sienta atacado por su pezón, cuando estén aburridas de comer poco picante y cero licor, cuando hayan agotado las reservas de caléndula y crema anti grietas, sólo piensen por un segundo que nada que le puedan dar a su bebé es mejor que esa leche que producimos como por arte de magia.

En este momento mi profesora de Biología golpea su frente contra una pared al oírme decir que producimos leche gracias a fuerzas sobrenaturales. Pero, estoy segura que si leen las 3 cosas que descubrí, pensarán como yo: que no hay nada más mágico que la leche materna. 

  1. La leche materna modifica la cantidad de agua y proteína dependiendo de la edad de nuestro bebé e incluso del clima.

    Cuando estamos en tierra caliente producimos más agua para que el bebé no se deshidrate. Sí, sí, sí, siiiiii, es hora de decirle a todas las tías y abuelas metidas del mundo que podemos darle agua a los bebés si queremos, pero que con nuestra leche es más que suficiente. Y de manera inversa, en lugares con temperatura baja producimos más proteína para que ellos estén más calienticos. No sé a ustedes, pero a mí no sólo me parece increíble sino mágico.

  1. La leche materna regula la cantidad de proteína para no alterarle el metabolismo a nuestros hijos.

    A medida que nuestro bebé crece el porcentaje de la proteína de la leche va disminuyendo, pero ¿por qué? En palabras de mi pediatra “cuando hay excesos de proteína, esa proteína que no es utilizada por el bebé, tiene que ser metabolizada por el hígado, y luego ser eliminada por el riñón. Y ambos órganos son inmaduros en el bebé y esta recarga de trabajo les puede ocasionar un estrés metabólico”. Mientras lactemos el único estrés que conoceremos como mamás, será el de olvidar poner un protector en la pochecha que no está usando el bebé, y no la cantidad de tomas que debemos darles para no alterar su metabolismo.

  2. La proteína de la leche materna es una “pócima” tan perfecta que distribuye los aminoácidos, garantizando que hayan bajos niveles de aquellos que estimulan la hormona de la insulina.

    La  famosa insulina es la encargada, entre otras cosas, de que acumulemos grasa en nuestro cuerpo. Así que no me digan que no es casi mágico, que sólo con lactar le podamos reducir a nuestros hijos el riesgo de sobrepeso y obesidad y de paso enfermedades asociadas a este problema en la vida adulta como hipertensión, diabetes y problemas cardiacos.

Yo no sé a ustedes, pero a mí me parece magia que la leche materna tenga la cantidad justa y exacta de proteínas que necesita un bebé para desarrollar su sistema inmune, su cerebro, su sistema endocrino, su sistema digestivo… en fin, les diría que piensen en todos los sistemas que se les ocurra, pero no me quiero arriesgar a que alguna piense en el solar. ¿Alguna otra razón más grande para apostarle a la lactancia materna que la salud de nuestros hijos a corto, mediano y largo plazo?

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“En mi época yo andaba sola en bus con tres chinos y no tenía empleada” suele ser una de las frases que mi mamá suelta en voz alta, como hablándole al viento pero esperando que todas las mamás presentes la oigamos y cojamos escarmiento de una vez por todas. Vale la pena aclarar que mi mamá es oriunda del altiplano cundi-boyacense, razón por la cual cuando dice “chino” no se refiera a los orientales oji-rasgados sino que está usando el  particular adjetivo de esta zona del país para llamar a los niños pequeños.

Lo que mi mamá no sabe es que no tiene que repetir frases fastidiosas como esa para que yo confiese que la maternidad a mí y a toda mi generación nos atropelló con fuerza. Todas soñábamos con ser mamás pero ninguna sabía que la tarea era tan abrumadora. Yo personalmente creía que el día del parto por arte de magia despertarían en mi todas las habilidades de mi madre, pero después de 3 años de labores debo reconocer que sigo siendo un desastre.

Llevo dos días de semana de receso (a propósito, que buena manera de enredarnos la vida a madres y padres que no pueden dejar el trabajo botado en esta época) y cuatro meses con mi empleada incapacitada. Dos razones que hoy me tienen al borde de un colapso nervioso. Llega mi 10% en la noche y a mí lo único que se me ocurre decirle es que entre las labores domésticas y las de mamá entregada, mi vida se me está escapando entre las manos.

Me da un poco de vergüenza quejarme, lo reconozco. Sobre todo si pienso en mi pobre madrecita a mi edad con sus tres chinos en un bus, lidiando además con un vendedor de maní y un cantante al que la suerte no le ha sonreído. Pero me quejo. Pienso en los pañales de tela que mi mamá lavaba, blanqueaba y planchaba todos los días y me avergüenzo de los desechables que yo usé. Pero igual me quejo. Pienso que al menos durante una hora puedo envolatar a mi chino (yo también soy del altiplano) viendo Netflix y siento pena por mi mamá que a la única hora que podía ponernos a ver muñequitos por canal nacional era a las 6 de la mañana. Y aun así, me quejo.

Añoro la llegada a casa de mi 10% para que me ayude a terminar de hacer la comida y para que incluso duerma al niño mientras yo me siento cinco minutos en un sofá. Pienso en mi mamá y su entrega por atender a mi papá, siento vergüenza por floja, pero igual me quejo. Me quejo porque no tengo un minuto libre y eso que sólo tengo un hijo. Me quejo cuando mi empleada viene y cuando no. Me quejo porque mi 10% no colabora y me quejo porque “así no es” cuando colabora. Me quejo porque no tengo nana y me quejo de las que la tienen. Me quejo porque sí y me quejo porque no.

Que Millenials ni que nada, pertenezco oficialmente a la generación de las “quejumbrosas”. No es que esté diciendo que la maternidad sea fácil, cero desgastante, poco enloquecedora, para nada caótica y que no nos dé razones diarias para quejarnos. Creo que desde las mamás dinosaurios hasta nuestros días la maternidad no nos la pone fácil a veces. Somos la generación que “más facilidades tiene a la mano”, esta también es frase de mi mamá, y la que más ha confesado que la maternidad es p*#!mente jodida.

Podemos googlear “qué hacer si mi hijo tiene fiebre” hasta “qué hacer si mi hijo ha entrado a la adolescencia”, podemos preguntar en esos grupos de Facebook en el que las mujeres no paramos de escribir “¿qué sitios para niños nos recomiendan?”, podemos prenderles el tv a cualquier hora del día para alcanzar a mandar ese mail urgente, tenemos maridos que ayudan a cocinar, a cambiar pañales y hasta son mejores que nosotras durmiendo al bebé. Sí, somos la generación con más información, más tecnología, más restaurantes baby friendly y más quejas a la mano. 

Hago parte de la generación quejumbrosa y no me voy a sentir culpable por ello. Quiero reconocer que ser ama de casa, mamá y profesional al mismo tiempo me tiene al borde de la locura. Quiero seguir haciéndole show a mi 10% cuando abre la puerta en la noche y decirle “no puedo más”. Quiero reconocer que hay días como hoy que ser mamá me queda grande.




Queridas mamás de antes: no soy floja, soy quejumbrosa; y aunque la tengo más fácil que ustedes en muchos aspectos, la tengo demasiado difícil en otros. Ninguna otra generación de mamás había sido retada a ser madre con tan altos estándares. A ninguna otra generación de mamás le habían cuestionado tanto sus métodos de crianza. A ninguna otra generación de mamás la habían hecho sentir tan culpable por querer seguir siendo profesional. A ninguna otra generación de mamás le habían exigido tanto ser madres entregadas pero además mamasitas aptas para meterse en un bikini. A ninguna generación de mamás la habían cuestionado tanto por quedarse en la casa dedicada a los hijos.

Es más, a ninguna otra generación la habían criticado tanto por dejar la casa y salir a trabajar. A ninguna otra generación de mamás le había tocado defender a capa y espada la maternidad como elección de vida frente a las que creen que tener hijos sigue siendo una imposición social.

Lo ven, ahí estoy de nuevo quejándome. Soy absolutamente quejumbrosa y me doy el lujo de serlo, porque ninguna otra generación de mamás había decidido serlo con tantas ganas, tanda determinación, tanta conciencia, tantos obstáculos y tantas vísceras como ésta. Soy orgullosamente parte de la generación de las mamás quejumbrosas. Somos la primera generación que decidió ser mamá porque sí y porque no.  Somos las quejumbrosas y de queja en queja, no se cómo, logramos hacerlo todo.

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Dicen, y con razón, que viajar es uno de los mejores placeres que existen y una de las mejores cosas en las que puedes gastarte la plata. Yo no lo pongo en duda. Con cada viaje aprendes, conoces, entiendes y creas un banco de recuerdos irremplazable. Pero somos mamás, y a veces la cosa no suena tan bonita cuando debemos calmar el grito herido de nuestro pequeño a 3.000 pies de altura, o cuando debemos parar en cualquier zanja al lado de la carretera para limpiar un desafortunado mareo. La siguiente lista es una ayuda para hacernos la vida más fácil, más no una garantía de que los accidentes sucederán. Se los dice alguien que tras representar el papel de bolsa de plástico para su hijo, ha tenido que cambiarse de ropa detrás de un árbol, sin darse cuenta que al frente un grupo de recolectores de cebolla la observaban y un centenar de hormigas se le subían por los pies.




La lista que es una recopilación de nuestro último video en vivo, puede ayudarnos en un 80% a planear lo más difícil de las vacaciones: los recorridos. El otro 20% depende de nuestro mes de ovulación, la alineación de los planetas, la suerte de nuestro signo y del pie con el que nos hayamos levantado. Para los accidentes, inconvenientes de último minuto y eventualidades no planeadas el único remedio exitoso es “sonreír y hacerse la güevona”. Recuerden que toda historia es divertida contada en el futuro así que no dañen la memoria con ataques de histeria innecesarios y osudos. Se los dice alguien que se ha descompuesto de tal manera que la gente alrededor no sabía si ofrecerme un pañuelo para llorar o un sedante para dormirme cual animal en Discovery Channel.

No está de más, imprimir esta lista antes de cada viaje y ponerle un chulo mientras organizamos la maleta. Es una lista muy completa porque reúne todos los tips que pudimos compartir en el pasado video en vivo . Esta es su lista, porque es más de ustedes que mía!

Viaje en carro:

    • Hora de salida. Escoge la hora que más te convenga dependiendo del tráfico y las horas de viaje. La mañana siempre será una buena opción para que el día rinda y puedas parar las veces que sean necesarias. Si sales muy madrugada la buena noticia es que tu retoño no demorara en montarse al carro y cabecear. Y tenerlos dormidos una buena parte del camino ayuda y bastante.
    • Para la dormida es clave la silla. Busca una silla que sea cómoda, existen unas que incluso se pueden reclinar un poco cuando los niños duermen. Y sobre todo verifica que esté ubicada según todos los parámetros de seguridad dependiendo la edad.
    • Habla con tu pediatra para saber que dosis puedes darle de algún medicamento para evitar el mareo. El Mareol por ejemplo es una buena opción y los ayuda a dormir.
    • Para evitar el vómito y que tu carro quede con un olor, llamémoslo “especial” por meses a pesar de llevarlo cada 5 días a un car wash, evita darle mucha comida, muchos dulces y lácteos. La Tablet, los libros y juegos de mucho movimiento pueden hacerlos marear también, así que mejor aprovecha para poner canciones infantiles que le gusten y juntos cantarlas a grito herido, jugar a “veo veo” que además les hará fijarse en el paisaje, contarle cuentos. (Mi papá siempre se inventaba historias con lo que fuéramos viendo, recuerdo que siempre pasábamos por unas montañas alineadas y él decía que eran tumbas de gigantes y ahí empezaba a contarme mil historias).
    • Empacar cosas que saben que le gustan a tu hijo, que si se riegan no sean tan difícil de limpiar como un chocolate derretido. Agua, galletas saladas, maní, arándanos, paquetes como rosquillas, platanitos y papas fritas ayudan mucho.
    • Lleva una maleta a la mano con una o dos pintas para él por si acaso… si estás muy paranoica una para ti también. Yo una vez tuve que abrir el baúl, sacar la maleta en mitad de carretera, y cambiarme detrás de un árbol porque un 89% del vómito de Lolo cayó sobre mí.
    • Una bolsa plástica en la que puedas guardar la ropa olorosa mientras llegan a su destino.
    • Mantener el carro aireado bajando un poco las ventanas o con aire. Aunque el ruido de bajar las ventanas puede molestarnos, nada como el viento en la cara. Lleva una pañoleta… intenta darle a tu hijo una bolsa pequeña y que la saque por la ventana para llenarla de viento…es un juego simple que puede distraerlos por horas.
    • Tómate la licencia de parar cada dos horas. Olvídate del afán que nos entra por cumplir en un tiempo record el tiempo que nos dice waze. Parar, ir al baño, comer algo y estirar las piernas.
    • PAÑITOS HUMEDOS. MUCHOS PAÑITOS HUMEDOS.
    • Ropa cómoda para ellos. Zapatos fáciles de quitar, nada más rico para ellos que estar descalzos y no sufrir con amarrarle unos cordones en cada bajada del carro.
    • Ropa cómoda para nosotras. Pantalones que por ejemplo te permitan pasarte al asiento de atrás demostrando tu flexibilidad y destreza con el carro en movimiento




Viaje en avión:

  • Escoge un vuelo que coincida con la hora de la siesta de tu hijo. O en la noche si el viaje es muy largo.
  • Procura no encartarte, tener las manos libres, sólo tenemos dos, será de gran ayuda. Un morral que puedas llevar en la espalada con las cosas necesarias, y sí es el caso un cangurito o riñonera con los documentos y pasabordos.
  • Hay prioridad para que familias con niños aborden primero el avión. Depende de cómo vaya tu pequeño a veces es mejor subirse de últimas para que no desesperen con el tiempo de espera antes de despegar.
  • En la sala de espera trata de no darle la Tablet, sino más bien que camine y juegue, pues le esperan unas buenas horas sentado.
  • Los libros, la Tablet, los cuadernos para colorear, pegar estickers, los tableros de imanes…durante el vuelo funcionan de maravilla. Prohibido llevar plastilina o juegos que en la pequeña mesa auxiliar no se puedan poner fácilmente.
  • Llevarles audífonos cómodos. Preferible los que se ponen como una diadema y no los de meter en los oídos. Los que te presta el avión son más incómodos que las sillas ubicadas en la salida de emergencia.
  • Una cobija suave así vayan para tierra caliente. Los aires acondicionados hacen estragos.
  • Si toda la familia no va a usar las tres sillas de la fila, lo mejor es que escojas la silla al lado del pasillo por si tienes que llevarlo mucho al baño y así te evitas pasar tu nalga una y otra vez por la cara de otro viajero.
  • Empácale lonchera a pesar de las meriendas del avión.
  • Si viajas con un bebé llévale tetero y trata de dárselo cuando el avión despegue y no antes. Succionar les ayudara a evitar el dolor de odios que es la principal causa de llanto en los aviones. Si tu hijo es más grande los chicles o chupar agua de un termo con pitillo puede funcionar.
  • Cruza los dedos por un ascenso. El viaje en primera clase siempre será más llevadero.
  • PAÑITOS HÚMEDOS. MUCHOS PAÑITOS HÚMEDOS.
  • Igual que en avión ropa cómoda para él y ropa cómoda para ti. Recuerda que con tanta alzada y jugada no queremos que nuestras pochechas, o peor aún nuestros gordos, queden expuestos al público criticón.

Recuerda que el mejor tip para viajar con niños es ponerse el chip adecuado. Estar dispuesta a sentarse en el suelo, estar lista a negociar cosas, jugar lo que se te ocurra, reírte si ocurre un accidente (créeme los he vivido todos), no estresarte por lo que la gente pueda pensar de ti como madre y relajarte porque a fin de cuentas van de paseo.

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