Por supuesto que ser madre es el trabajo más gratificante que he tenido, pero también es el más difícil, y lo digo con conocimiento de causa: que conste que me gradué de una universidad exigente, que estoy casada y que he tenido trabajos de pacotilla, por no usar la palabra empezada con M, que me han exigido trabajar más de 14 horas diarias. Así que repito, ser mamá es muy difícil, pero es además demasiado estresante.

Creo que antes no era así, o de pronto sí. Pero como a mí me tocó ésta generación, diré que la maternidad en esta época es más difícil que nunca.

Tenemos la presión de ser mamás dedicadas, esposas ejemplares, profesionales exitosas y como si fuera poco ahora tenemos que estar tonificadas. Esperan que seamos perfectas ¿Cómo no podría ser estresante semejante petición?

La verdad es que yo podría ser la mamá perfecta si no se me fuera todo el día siendo la mamá.

Y, para serles aún más sincera, sería la mamá perfecta y les aconsejaría que lo fueran si sirviera para algo. Sepan de una vez que poco importa lo cuasi perfectas que seamos como mamás,  siempre habrá alguien que tendrá algo de que culparnos.

Acá sólo 4 de tantos:

  1. La adolescencia. Durante este periodo de pacotilla (de nuevo me rehuso a usar la palabra que empieza por m) no hay manera que le ganemos una batalla a nuestros hijos sin antes ser descritas como: la peor mamá del mundo.

Poco importará que todo lo hagamos pensando en el bien de ellos, poco importará que hayamos soportado todos los malestares de un embarazo para traerlos al mundo, poco importará que los hayamos parido con dolor… poco importará porque la berrionda adolescencia se encargara de hacerle creer a nuestros hijos que somos sus peores enemigas y mientras ellos corren a encerrarse a su cuarto les susurrará al oído: Todo es culpa se su madre. 

  1. Los psicólogos y psiquiatras. No se ofendan profesionales de esta materia, no es nada personal. Al menos no es nada mío contra ustedes, aunque me atrevería a decir que sí es de ustedes contra nosotras.

Tanto esforzarnos para que no les pase nada malo a nuestros hijos, tanto desvelarnos para que ellos puedan dormir plácidamente, tanto seguir cuentas en Instagram para poderles hacer unos snacks saludables, tanto angustiarnos para que nadie les haga daño, tanto leer artículos, teorías  y pendejadas para potenciarles todo su talento, tanto aburrirnos algunas tardes con tal de verlos a ellos felices, tantos sacrificios que hacemos por su bienestar, tanto amor que no nos cabe en el pecho por ellos para que dentro de unos años, cuando vayan a un psicólogo porque algo en su vida no está marchando como debería, este les diga: Todo es culpa de su madre.

  1. La noviecita o el noviecito. Este personaje primero nos arrebatará lo que más amamos y acto seguido, sin ningún tipo pudor, se dedicará a criticarnos a nuestras espaldas.

Si nos preocupamos porque ya es la hora de llegada y no aparecen, la noviecita o noviecito dirá que somos unas intensas. Si no queremos ser abuelas antes de tiempo, la noviecita o el noviecito dirá que somos unas metiches. Si carraspeamos la garganta insinuando que la visita ha llegado a su fin, la noviecita o el noviecito dirá que somos unas groseras que nos acostamos con las gallinas. Si no damos permiso para que vaya a hacer y deshacer en una finca, la noviecita o el noviecito dirá que somos unas amargadas que olvidamos que alguna vez también fuimos jóvenes. En pocas palabras el noviecito o la noviecita les dirá: Todo es culpa de su madre. 

4. Las otras madres. Estas hijuemadres si que nos encontrarán defectos en cada respiración.

Miraran de reojo cada pataleta para decir que somos muy consentidoras pero torcerán los ojos con cualquier comportamiento para decir que somos muy malgeniadas. Ellas si que nos culparan porque sí y porque no. Y cuando vean que nuestro hijo se equivoca en algo o no es tan bueno como el de ellas para alguna actividad, le dirán a las otras madres jijuemadres: Todo es culpa de su madre. 

Entre la adolescencia, los psicólogos o psiquiatras, los amoríos de turno y las otras madres jijuemadres, nos van a joder. Así que relajémonos, no somos perfectas ni tenemos que serlo. La culpa siempre será nuestra… sino pregúntele a mi mamá que repite como lora mojada: “ah claro la culpa siempre es mía, la hijue pacotilla (por no usar la otra palabra con p) siempre soy yo”. Y eso que no le he contado la conclusión que me dieron esa vez que hice constelaciones familiares…

Mamás del mundo, no importa que tan perfectas o imperfectas seamos como madres, siempre habrá un psicólogo que nos culpará de todo. Pero el consuelo, que incluso es un verdadero premio, es que siempre habrá un hijo que nos amará infinitamente a pesar de todo.

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La maternidad me ha vuelto monotemática, mono neurona y para colmo de males, súper miedosa. Y no hablo del temor que sentimos como mamás de que algo malo pueda pasarles a nuestros hijos, ni del miedo que nos agobia al dejarlos al cuidado de alguien más.  No me refiero a los miedos reales con los que aprendemos a vivir.

Hablo del terror que tener un niño en casa produce. Sí, tener un hijo es terrorífico.  Terrorífico porque dicen que pueden ver energías que nosotros ya no, terrorífico porque se ríen y hablan con esquinas de la casa, terrorífico porque sus juguetes suenan cuando no están en uso. Yo estoy llena de paranoias por culpa de las  las películas de terror. Los directores de cine se han encargado de poner miles de niños como protagonistas de sus películas de miedo y han alimentando mi cerebro con ideas macabras.  

La primera vez que mi hijo me despertó a las tres de la mañana gritando que había algo en su cama no sé cómo me contuve de llamar a un médium para que me dijera que nada sobrenatural estaba pasando en su cuarto. De verdad no entiendo cómo no llamé a un sacerdote a que rociara agua bendita si después del incidente mi hijo se resistía a poner un pie sobre la cama y me escalaba hasta el cuello si intentaba ponerlo de nuevo sobre ella, al mejor estilo de la niña del aro, valga la pena la analogía.. Traté de no hacerme videos y me tranquilice leyendo sobre lo normal que son las pesadillas en los niños entre los 2 y los 7 años…lo que pasa es que al mismo tiempo seguí viendo películas de terror, que por supuesto le pusieron un nivel de adrenalina mayor a este oficio de por sí lleno de voltaje, llamado maternidad.

Creo que mi vida sería más fácil si en vez de haber visto tantas películas de este género me hubiera dedicado juiciosa a ver comedias románticas.

Si nunca hubiera visto “Sexto sentido” me parecería extremadamente tierno y no un poquito estresante que mi hijo me diga que Luigi, su amigo imaginario, está sentado al lado mío y me va a acompañar hasta que él regrese del colegio para que no me sienta sola.

 

Si nunca hubiera visto “Actividad Paranormal” no brincaría de la cama cuando abro los ojos a media noche y veo a mi hijo parado mirándome fijamente para que lo suba para arruncharse conmigo.

Si nunca hubiera visto “Actividad Paranormal 2” no rogaría que nada raro se moviera o apareciera cuando veo a mi bebé dormir a través de la pantalla a blanco y negro del monitor.

Si nunca hubiera visto “El orfanato” no me daría un mini infarto cuando volteo a mirar y mi hijo está jugando con una media en la cabeza.

Si nunca hubiera visto “Mama” no me daría un tris de miedo cuando mi hijo decide ser un perro, caminar como un perro, comer como un perro y lamerse como un perro.

Si nunca hubiera visto “La mano que mece la cuna” no hubiera descartado la posibilidad de tener una nana. 

Si nunca hubiera visto “El exorcista” una orinada de mi hijo en los pantalones con amigos de visita podría parecerme un accidente normal y no una señal de alarma.

Si nunca hubiera visto “It” llevar a mi hijo a una piñata con payasos no sería mortificante.

Si nunca hubiera visto “The shinning” no le pondría tanto pereque a mi 10% para escoger el hotel para ir de vacaciones y no le tendría tanta fobia a ver gemelas vestidas exactamente igual por la calle.

Si nunca hubiera visto “El bebé de Rosmery” no desconfiaría tanto de vecinos queridos y amables que se ofrecen a cuidar a mi hijo cuando sea necesario.

Si nunca hubiera visto “Annabelle” no me traumatizaría cuando de repente en la noche suena un juguete de pilas al que puedo jurar haber apagado.

¿Por qué no puedo pensar más bien que los juguetes de mi hijo han cobrado vida pero son amorosos y divertidos como en Toy story?

Si jamás hubiera visto éstas y otras películas no se me aceleraría el corazón cuando se va la luz en mi casa, no me imaginaría que estoy rodeada por fantasmas cuando el frío hace que necesite dos cobijas extras para dormir, no sentiría que tengo que correr cuando subo la escalera y todo queda apagado detrás mío, no me daría tanta curiosidad ver jugar a mi hijo solo y tratar de escuchar si le habla a alguien más que a sus juguetes.

Y sobre todo, si nunca hubiera visto “Terror en la calle Elm” no me parecería tan difícil dejar a mi hijo al cuidado de su papá, cuando a éste le da por ponerse este saco.