¿Y para cuándo el hermanito? Es la pregunta a la que le tememos la gran mayoría de mamás. Bueno, no es que le temamos a la pregunta sino a la reacción que podemos tener con quien tenga la gallardía o la intromisión de hacernos dicha pregunta. Lo que para una persona del común puede ser una pregunta tan simple como un “Cómo estás”; al que nos hemos acostumbrado a contestar “Bien” en vez de aburrir a nuestro interlocutor con las objeciones que tenemos del marido, del clima, de la vida y del más allá; es realmente una pregunta de artillería pesada para una mamá hormonal que aún no logra descifrar del todo la maternidad.

La pregunta es compleja por el lado que se le mire.

Si uno ha decidido tener solo un hijo, cada vez que alguien escupa la pregunta, uno se pondrá en posición de defensa y lanzará, como el mejor espadachín, argumentos en contra de tu amiga ahora catalogada como nueva enemiga. Frases como “¿Pero es que tu no quieres a tus hermanos?” “Cuándo estés vieja pobre tu hijo lidiando solo contigo” “¿No te da pesar verlo jugar solito?”.. etc., te sabrán a jugo de piña pasado.

Si no han pasado más de 5 días después del parto y alguien pronuncia la temida pregunta, quisieras que los puntos de tu cesárea o de tu episiotomía no dolieran tanto, para lanzarte como un oso hambriento encima de esa persona preguntona, destrozarla a mordiscos y exhibir en tu sala su lengua como un trofeo y una advertencia a futuros inoportunos.




Si estas loca por un segundo hijo y no has podido quedar embarazada la pregunta duele tanto que tapar ese dolor te quita las fuerzas para desquitarte de ese imprudente.

Cuando tuve a mi hijo y durante los siguientes 3 años juré, re juré y volví a jurar que jamás tendría otro. Escribí un post sobre el tema (Me antojé del segundo), tratando de validar mi decisión con argumentos prácticos, económicos, simples y, para algunas, bobos. Todavía sigo creyendo en muchos de esos argumentos. Con el paso de los años, como suele pasar con la vida, descubrí, tarde obviamente, que hay sentencias consideradas verdades absolutas, que la única certeza que cargan es la de que algún día podríamos mordernos la lengua.

Mentiría si dijera que no me he imaginado la vida con otro bebé, que no he pensado como sería la mesa en un restaurante con cuatro Vargas Medina, que no me da emoción pensar en otro embarazo... Pero también mentiría si dijera que hay días que un Lorenzo difícil de lidiar me hace dudarlo. Mentiría si dijera que pensar en las pensiones y matrículas, que pensar en las trasnochadas, que pensar en perder de nuevo espacios que he recuperado a medida que mi hijo ha crecido, no me refuerzan por momentos la idea del hijo único.

¿Para cuándo el hermanito? No sé, puede que nunca.

No será para cuando me digan:

  • “Toca ya para que no se lleven una diferencia de edad absurda”. No me atrevo a traer un hijo al mundo simplemente porque con el 2×1 se ahorra. Yo me llevo con mis hermanos 11 y 9 años y la cosa no estuvo tan mal.

No será porque me digan:

  • “Que tal que el segundo sea la niña”. No quedaré embarazada pensando en tener la parejita para llorar disimulada y escondida en un baño cuando tenga que buscar otro nombre de niño. Quedaré embarazada sin importar lo que sea…como con el primero, para poder ponerme feliz con cualquiera que sea el sexo que diga el médico.

No será porque me asusten con:

  • “La vejez de los padres es dura para que recaiga solo sobre un hijo”. Sí, la vejez es dura, ver envejecer a los padres es duro, pero yo no tuve a mi primer hijo pensando en un cuidador para mi vejez. Si es así, puedo tener 6 hijos y que solo uno se ponga la carga al hombro sin quejarse y sin excusas como le ha tocado a mi papá con mi abuela. Espero que el hijo que adoro y a quien tanto he cuidado le nazca del corazón voltear a mirar la versión de mi arrugada y demacrada, lo espero pero no es una obligación por triste que eso nos parezca. Lo haré con mis padres por el amor que les tengo, por lo que me han enseñado, por lo importantes que son para mi y no porque me toque.

Y entonces ¿para cuándo el hermanito?  

Para cuando cualquier razón lógica para tenerlo o no tenerlo pierda validez ante la felicidad irracional que da pensar en tener un hijo. Cuando mi hoja de Excell diga “No podemos costear otro hijo” y mi corazón diga “Sí podemos”. Para cuando, como con el primero, sencillamente no pueda aguantarme más las ganas. Esa es la única seguridad que tengo desde mi ignorancia como madre de un solo hijo, de que tener otro será mi segunda mejor decisión en la vida. Si tengo un segundo hijo será un hijo buscado no para ser “el hermanito de alguien” sino para ser simplemente “alguien” que, como su hermano, vino a hacernos de la vida una cosa dichosa. 

PD: No, no estoy embarazada. 




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