En el 2000, seis meses antes de graduarme del colegio sufrí la primera y la peor tusa de vida. Mis escasos 16 años hicieron que yo documentara ese sentimiento como: el fin del mundo. Con los años descubrí que ésa tusa, que me hizo llorar lágrimas desproporcionales ahora que pienso en el mequetrefe que las provocó, no sería la última y además se convertiría en la taza medidora para las futuras.

Ninguna alcanzó hasta hoy el nivel “fin del mundo” que tuvo la primera. Supongo que me volví buena en aquello de las tusas, o descubrí con el tiempo, que la única manera de que una tusa acabe con mi existencia es porque al mismo tiempo un meteorito se dirige hacia la tierra y Bruce Willis no es capaz de detenerlo. Sé manejar casi todas las tusas, excepto una. Una tusa eterna que nos deja el corazón más arrugado que frente sin botox y que poco tiene que ver con las tusas que me provocaron novios de pacotilla, que si supieran cuánto los lloré se sentirían en la obligación de indemnizarme.

No, no es la tusa televisiva, esa que nos hace sentir vacías y desoladas porque vimos el capítulo final de nuestra serie favorita. ¿Cómo podremos vivir sin la espera semanal por un capítulo nuevo? ¿Cómo podremos vivir un año ante la certeza de que en el siguiente no se estrenará una nueva temporada? Aunque esta tusa es dura, sobre todo porque no sabemos cómo manejarla (¿abusar del licor y llamar en medio de nuestra borrachera a los guionistas que vilmente escribieron el punto final?), es la que superamos más fácil: stalkeamos google ante la ilusión de que sus productores se arriesguen a hacer al menos un spin off de la serie, le apostamos al “un clavo saca otro clavo” escudriñando Netflix y cuando menos nos damos cuenta ya estamos trasnochando por otra serie y ya le hemos hecho el duelo a otras tres.

Tampoco voy a hablar de la tusa de la independencia, esa que le da a uno después de haberse ido de la casa y descubrir que el cuarto de uno, el que uno dejo intacto, no fue conservado como un museo sino convertido en la nueva sala de televisión. Yo me independicé y me fui a comer arroz con atún a mi diminuto apartamento de soltera. Compré todo lo necesario para vivir excepto una lavadora. Todos los jueves llegaba a casa de mamá con una bolsa de ropa sucia y salía de ahí almorzada y con una bolsa de ropa limpia. Era una vida perfecta, esquivando responsabilidades, pero siendo un adulto independiente. Pero un jueves llegué y mi cama se la habían llevado a la finca, mi sofá se lo habían regalado a mi hermano mayor, la ropa que había dejado “por si acaso” la tenía puesta Ceci, la empleada de mi mamá y mis papas se ofrecían a regalarme su lavadora porque en Falabella había una con secadora en promoción que querían comprar. Y entonces, lloré, porque, aunque yo me había ido antes, ese día oficialmente me habían echado del hogar.

Pero no, de esa no se trata este post, tampoco de la tusa discriminatoria que más que ninguna otra ataca al ego, lo masacra, lo acribilla y lo pisotea después de muerto. Es la tusa que requiere para poder ser superada de altas dosis de amor propio, inyecciones de autoestima, un cariñito en el salón de belleza y un metódico plan de venganza. La llamo la tusa discriminatoria porque es causada por la inaudita negativa de un tercero que poco te conoce y te juzga sin muchas bases, para evitarte el ingreso a un lugar: Quizás les suena familiar:

  • Hoy tenemos una fiesta privada, no permitimos personas en tennis, no están en la lista, etc…. Cualquier bouncer fortachón a la entrada de un bar.
  • Lamentamos informarle que no tenemos cupo para su hijo… Cualquier colegio con ínfulas de aristócrata.
  • No me importa que usted sea la hija, tengo que anunciarla, ¿me recuerda su nombre?… El portero del conjunto de mi mamá.,
  • Te metería al grupo, pero no se quién es el administrador. Cualquier bobo…bueno, yo alguna vez.

Pero yo les quería hablar, perdón que me haya desviado, de la tusa maternal.

Tusa Maternal: Dícese del duelo que una madre debe hacerle a todos y cada uno de los logros de sus hijos. Por logros me refiero a esas cosas que hacen los hijos para restregarnos en la cara que ya no son nuestros bebés y que necesitan de nosotros cada vez menos. Por duelo me refiero al ojo aguado y al pecho estripado que experimentamos debido a que esos chiquitos de verdad se crecen a mil. 

La tusa comienza desde el nacimiento de un hijo, le sigue la salida del primer diente y de ahí para adelante, jamás se detiene.

El niño ya tiene un diente quiere decir ya no necesita que yo le machaque la comida.

El niño ya camina quiere decir que falta poco para que salga corriendo detrás de una suripanta.

El niño ya va al colegio quiere decir que ya casi le da vergüenza que lo besuquee.

El niño ya cambió de voz quiere decir que ya casi soy abuela.

El niño compró apartamento quiere decir que es hora de que le regale una lavadora.

Ser mamá es vivir de tusa en tusa. Yo en este momento estoy entusada porque mi hijo entró al colegio, es la misma tusa que debió tener mi mamá cuando me fui a vivir sola, la que de seguro tuvo mi abuela cuando mi mamá se casó a escondidas con mi papá, la que voy a tener cuando mi hijo cambie de voz y me pida una afeitadora, la que mi mamá tuvo cuando me gradué por no decir cuando encontró escondidas entre mis medias unas pastillas anticonceptivas, y la que todas tenemos cuando Facebook nos recuerda fotos de nuestros hijos de hace tres años.

Esta tusa es eterna porque quien la provoca es alguien absolutamente encantador, porque no hay nada que pueda hacer ese encantador para que lo dejemos de amar, porque no hay nada que no nos los recuerde, porque no queremos ni podemos superarla y porque no hay nada más gratificante que ver a los hijos crecer así sea a costa de nuestro corazón roto.

Nada que hacer:  ser mamá es vivir enamorada y entusada toda la vida.

 

 

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Siempre creí que parte de mi labor como mamá era ser una profesora que iba impartiendo lecciones y correcciones. Una vez más, de tantas, solo el tiempo me demostró lo equivocada que estaba. La profesora no soy yo, es mi hijo. Un profesor sin cantaleta, sin mano dura, sin nociones de disciplina positiva y siempre dispuesto con una sonrisa noble, a enseñarme la vida sin restregarme en la cara mis errores.

No es un secreto y ya es un cliché, decir que los hijos son los mejores maestros. No es que no lo sean, lo son. Es un cliché muy cierto. Son excelentes maestros, un hijo es la mejor excusa para entender la vida, recordar su significado y desaprender mañas malucas que de adultos adoptamos. Lo que pasa es que nosotros, los adultos, somos pésimos alumnos.

Se nos llena la boca al decir que nuestros hijos nos han enseñado nobleza, humildad, paciencia, bondad. Pero la misma boca se nos llena de alegatos, se nos llena de todo, menos de esas virtudes que nuestros hijos tratan de enseñarnos a diario, cuando estamos sumergidos en la cotidianidad,

  • Mi hijo me ha enseñado a sonreír más.

¿Y entonces por qué la mala cara con el marido?

  • Mi hijo me ha enseñado a ser paciente.

¿Y entonces por qué la cara de puño en la fila del banco?

 

  • Mi hijo me ha enseñado a perdonar

¿Y entonces por qué aún no le hablamos a esa persona con la que peleamos hace años?

 

  • Mi hijo me ha enseñado humildad.

¿Y entonces por qué somos tan soberbias con otras mamás?

 

Gracias a mi hijo supe lo que era ser noble. Pero, yo, por ejemplo, me tomo todo personal. Si alguien, por ejemplo, me dice “cómo estas de flaca” jamás lo tomo como un piropo, sino que presumo que me están diciendo garra-desabrida-gancho-poca-carne-desprovisto-de-virtudes-y-sexppeal.

No es culpa de ellos, la gente no sabe que siempre he querido ser más trosuda (por no decir más costeña y menos cachaca), y no es culpa mía, vivo en un mundo lleno de desconfianza, donde las palabras que salen de la boca de otros hacia nosotros siempre son oídas con prevención.

Sentimos en esas palabras una carga, la tengan o no, de juicios de valor e indirectas mal intencionadas. Muchas veces me he arruinado el día por el solo hecho de pensar que las palabras que alguien me lanzó estaban destinadas a minar mi energía. Puede que muchas lo hayan estado, seguro otras no, pero sea como fuera, ¿qué estúpida concepción de la vida me domina para recibirlas de una manera negativa tan fuerte capaz de amargarme la existencia? La nobleza que tanto admiro en mi hijo escasea en mi cuando más lo necesito.

Su nobleza para recibir las palabras es algo maravilloso. No es que no le importe lo que se le diga o el tono en el que se le hable… sino que pareciera no entender que ciertos palabras y entonaciones son usadas para mandarnos al carajo. Gracias a esa incomprensión inconsciente, yo creo que es consciente y eso es lo grandioso de ser niño, no hay todavía un humano que sin su permiso le dañe la sonrisa. Es como si al oír estas palabras, mi hijo omitiera la entonación o incluso muchas veces su significado y las transformara en frases conciliadoras para continuar con su juego feliz.

Hace unos días mi hijo jugaba con unos niños, por jugar me refiero a que él quería jugar con ellos, pero estos niños ya estaban en algo bastante divertido entre ellos y lo último que querían era integrar a mi hijo al juego. Mi hijo los estaba interrumpiendo con preguntas que para ellos obviamente por la situación eran fastidiosas e inoportunas.

  • ¿De qué color son tus ojos?

El otro niño siguió jugando entretenido

  • Oye ¿de qué color son tus ojos?, mi hijo insistía.

Entre el desespero y la rabia el otro niño, con un tono que decía a los gritos “déjame en paz” le contestó:

  • ¡Aichhh no sé! ¡Déjanos jugar!

Yo sentí que el corazón se me arrugaba, no hay modo de oír a alguien, así sea otro niño inocente, hablarle de manera poco amorosa a tu hijo y seguir como si nada. Una parte de mi quería decirle al niño: “Oye, no seas así, no lo ignores, contéstale, y háblale bien, él solo te está haciendo una pregunta” … bueno, siendo sincera, lo que en realidad quería decir era: “chino grosero, que antipático, si mi hijo no te está haciendo nada malo, vamos Lolo no te juntes con esta chusma”.

Por fortuna no dije ni lo uno ni lo otro, mi hijo se volteó a decirme de la manera más dulce:

  • Mami, él no sabe de qué color son sus ojos

Y acto seguido, se entretuvo con otra cosa en el parque como si nada hubiera pasado.

¿Entienden para dónde voy?

Ahí en dos segundos mi hijo me daba una clase magistral, por dos segundos el corazón volvió y se me estremeció, pero esta vez de felicidad. Por dos segundos pensé seriamente que debía reaccionar cada vez más como mi hijo, que me urgía aprender a recibir las palabras con amor vengan o no vengan amorosamente, que necesitaba cuánto antes tomarme la vida más tranquila, verla a través de los ojos de mi hijo. Por dos segundos creí haber descifrado la clave de la felicidad y el propósito y la razón de ser madre. Por dos segundos estuve a un paso de ser la Madre Teresa.

Para que cuatro segundos después, el zen que me poseía le diera vía libre a la adulta desconfiada y prevenida que habita en mí, para que alegara con la señora que se parqueo mal en el espacio que yo ya había separado para mí.

Decimos a los gritos cuánto nos han enseñado nuestros hijos y poco de esa enseñanza se la regalamos al mundo. Si los hijos son grandes maestros, no nos queda de otra que aplicarnos como alumnos.

Yo he decidido empezar a rehabilitar materias para ser una mejor alumna. Quiero poder decir que mi hijo me ha enseñado a sonreír más y en efecto empezar a sonreír más. Quiero decir que mi hijo me ha enseñado a perdonar y de verdad poder pensar en los que nos han hecho daño con paz y hasta con cariño. Quiero dejar de gritarle al mundo la cantidad de cosas lindas que me ha enseñado mi hijo, quiero que el mundo las vea. Quiero poder escribirles hoy que mi hijo es la persona más noble que conozco y que yo trataré todos los días de mi vida, no solo por parecérmele un poquito sino por asegurarme de que esa nobleza jamás pierda su tamaño. 

Sonríanme de vuelta si me ven faltar a mi promesa, háblenme suave si yo no lo estoy haciendo… de esa manera me enseña mi hijo. Ésa debe ser la fórmula correcta, llevo años haciéndolo de la otra manera y el mundo no se ha vuelto un mejor lugar por ello…creo que es hora de aplicarme, aprender y darle ese punto a mi hijo. 

 

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