Aquí, cantando victoria

Alguien me dijo alguna vez que el peor error que uno podía cometer como mamá, era cantar victoria. Creo, sin lugar a dudas, que es uno de los mejores consejos que he recibido, incluso para la vida misma. Pero también creo que vale la pena celebrar cada pequeña victoria por el mero placer de saber que algo estás haciendo bien. Por eso hoy, arriesgándome un poco, quiero salir a ondear esa bandera de la victoria, por ser mamá. Hoy soy ese Leonardo di Caprio en el Lobo de Wall Street, caminando con los brazos abiertos, la frente en alto y el pecho hinchado porque me siento orgullosa de mi hogar.




Debo confesar que después de ser mamá, un par de veces, había dudado de haberlo sido. Por momentos, me entraba una extraña sensación parecida al susto o al arrepentimiento. Algunas veces, me daba estrés no tener siquiera la opción de renunciar, por aquellas cosas de la maternidad y su irreversibilidad. Otras, seguro por el cansancio, me sentía culpable por anhelar unos minutos de una vida sin hijos. Y muchas, muchas otras, me preguntaba en silencio si apostarle a este hogar había sido la decisión correcta.

Este fin de semana, tuve todas mis respuestas.

El sábado pasé el día como cuando éramos novios con mi 10%. Estuvimos arrunchados hasta las 11 de la mañana viendo House of Cards, almorzamos vodka, nos fuimos a Estéreo Picnic, bebimos ron, nos reencontramos con amigos, bailamos y cuando la adultez nos pasó factura, huimos para volver a la cama. La pasamos increíble.

El domingo en la tarde, con los ojos ardiéndonos todavía por la falta de sueño, moríamos de ganas e impaciencia por encontrarnos con Lorenzo. La carcajada con incredulidad de él, al vernos asomar por su ventana nos hizo aguar ojo, y sin decir nada nos apretujamos los tres en un abrazo infinito.

Cualquier duda que pude haber tenido frente a la maternidad, se disipó en ese momento y para siempre.

¿Qué día prefería?  Ambos. No podría decirles cual día estuvo mejor. Cada uno, como diría un amigo con bajo criterio para escoger novias, tuvo lo suyo.

La cuestión no era escoger cual de los dos días había estado mejor. Todo se resumía a saber con claridad de cual de los dos días podría prescindir, sin que eso afectara mi felicidad. Creo que está claro que ni tres vodkas y 5 rones superan la feliz borrachera que me provoca pasar una tarde en casa con mi 10% y Lolo.

¿Sábado o domingo? Ambos. Este fin de semana me di cuenta que puedo tener ambos. Pero aunque me gustan esos sábados, debo reconocer que me supo más a felicidad el domingo.




La ecuación es sencilla. En este momento de mi vida, a mis treinta y pico, que ya disfruté varios años llenos de sólo sábados, agradezco infinitamente poder saber a que saben los domingos.

Eso que tanta gente me ha expuesto como argumento para no tener hijos, como la pérdida de la libertad, el no poder tomarse un trago, no poder estar a solas con la pareja, no viajar, etc., no son reales, porque sí se pueden tener. Lo que pasa es que una vez tienes hijos comprendes que de muchos de ellos se puede, y es más divertido, prescindir. (De muchos he dicho, pero ni se les ocurra incluir en esa lista la apretujada con el marido, a eso si es muy aburrido renunciar).

A lo que voy es que mi vida sigue teniendo sentido si me pierdo otro par de fiestas, pero en cambio no tiene ninguno, si jamás descubro lo que se siente ese abrazo infinito. Decido quedarme con mis sábados esporádicos y mi resto de días que parecen domingos.

Ésta es mi victoria, que más que victoria es agradecimiento por tener una vida llena de domingos que no me saben a guayabo. Por tener una familia que me pone a volar más que el bareto que vi fumarse a Snoop Dog. Por la oportunidad que me dio la maternidad de saber lo que vale la pena en la vida. Y por todos aquellos que por no tener un hijo, o por vivir intensamente muchos sábados, creen que son más felices que yo. Me regodeo de mi victoria porque construir un hogar no me sabe a otra cosa sino a triunfo.




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Latest comments
  • Gracias por escribir todo lo que no soy capaz de explicarle a los demás!

  • Me encantó como siempre. Q vivan los domingos llenos de besos, abrazos y carcajadas.

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