Mugre. Es el único sinónimo que se me viene a la cabeza para las palabras niño o mamá. Ser lo uno u lo otro al 100% significa nunca estar limpio. Sí, los niños siempre van a ensuciarse pero nosotras como mamás también. Los cucharazos de sopa de espinaca salpican sus camisetas blancas y, por arte de magia, también las nuestras. Las gotas de pintura los adornan de los pies a la cabeza y, por arte de magia, también a nosotras. La tierra se les adhiere como un imán, así no salgan a la calle y, por arte de magia, también se nos pega a nosotras. La regla es clara, para crecer hay que conocer el mundo, y para conocer el mundo hay que ensuciarse un poco, o tal vez mucho. Supongo que hay otra manera de hacerlo pero no debe ser divertida. Y si de ser niño o mamá se trata, permanecer reluciente y limpio las 24 horas del día, no sólo es imposible sino increíblemente aburrido.

Soy ese tipo de mamá que manda a Lolo al jardín como si fuera para un casting, pero que muere de felicidad al recogerlo como si se hubiera ganado el papel de mendigo. Por alguna extraña razón asocio diversión con suciedad, así que verlo llegar como si fuera el sobreviviente de una catástrofe me llena de felicidad. Supongo que mi felicidad es inversamente proporcional al sentimiento de mi adorada Omaira cuando descubre la canasta de la ropa sucia. Debo confesarles, que pocas veces soy la que despercudo, pero sí la que alega porque la camiseta nueva después de una lavada está desjetada, motosa y todavía con rastros de manchas. Como pésima ama de casa no sé como cuidar la ropa pero como excelente mamá (y por excelente me refiero a un desastre divertido) sé perfectamente como volverla una nada.

Constantemente nos preocupamos porque nuestros hijos estén preparados para el futuro pero pocas veces los dejamos explorar el presente sin límites. Yo me he sorprendido viendo mamás preocupadas por los jeans de sus hijos mientras juegan en una finca, estresadas por el vestido nuevo en una piñata, y he presenciado regaños de mamás histéricas al ver a sus hijos sucios hasta la coronilla. Quisiera susurrarle a sus hijos en el oído “tranquilo, nadie te quita lo bailao”, y gritarle a ellas “son niños, por dios!”. Las manchas se van… la diversión no.  Si las cicatrices cuentan historias de nuestra vida, las manchas son enseñanzas. Sin la mancha verde en mi camisa, Lolo no hubiera aprendido que una cuchara puede ser también una catapulta; sin la mancha de pintura roja y azul en su pantalón no le hubiera podido explicar que al mezclar colores primarios creamos nuevos; sin la mancha de tierra y pasto en sus rodillas jamás hubiéramos celebrado ese gol inesperado. La diferencia entre las cicatrices y las manchas, es que no tenemos que conservar las segundas para siempre.

Hace unos días me llegó un regalo de Fab y así me enteré de su campaña #ListosParaElMañana, que al parecer es mi teoría de la diversión y la suciedad llevada a la realidad. Es una de las pocas veces que puedo decir que me identifico con una campaña al 100%. O acaso no todas creemos que estar sucios hoy les ayudará a estar listos mañana? No es lo que hacemos cuando nos inventamos actividades con pintura, arcilla, harina o gelatina?. No es lo que hacemos cuando los dejamos experimentar con la comida con tal de que dejen el plato limpio?

 

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Creo que ya todos hemos suspirado viendo este vídeo, pero es tan divino y real que vale la pena no perdérselo o repetírselo.

 

En un comienzo pensé que mi papel sería el de la ama de casa de comercial que descubre con una lavada y sin restregar que cualquier mancha es fácil de sacar si se usa el producto adecuado. Aburrido. Pero para mi grata sorpresa, la campaña lo que esperaba de mi, era profundizar en el divertido arte de volverme una cochinada mientras jugaba con Lolo.

 

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Esta vez, gracias a esta campaña, una matera, pinturas, tierra y semillas fueron la excusa perfecta para divertirnos. Lo más fácil fue obviamente ensuciarnos. Lo más difícil explicarle a Lolo que la mata no iba a crecer inmediatamente pero que con paciencia, agua y sol dentro de poco íbamos a ver florecer nuestra primera semilla. Lolo ahora se levanta sagradamente a regar su matera, y yo muero de ansiedad de verle la cara cuando se asome la primera prueba de vida de entre la tierra. De la ropa nunca supe nada… FAB y mi maravillosa Omaira hicieron todo el trabajo y puedo dar fe que hasta hoy no me he quejado al ver la ropa de Lolo después de lavada. Eso sí, mi Oma querida ya me exigió y citó sus palabras “Siga comprando mejor este jabón porque el otro no servía para nada”.

 

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