La maternidad me ha vuelto monotemática, mono neurona y para colmo de males, súper miedosa. Y no hablo del temor que sentimos como mamás de que algo malo pueda pasarles a nuestros hijos, ni del miedo que nos agobia al dejarlos al cuidado de alguien más.  No me refiero a los miedos reales con los que aprendemos a vivir.

Hablo del terror que tener un niño en casa produce. Sí, tener un hijo es terrorífico.  Terrorífico porque dicen que pueden ver energías que nosotros ya no, terrorífico porque se ríen y hablan con esquinas de la casa, terrorífico porque sus juguetes suenan cuando no están en uso. Yo estoy llena de paranoias por culpa de las  las películas de terror. Los directores de cine se han encargado de poner miles de niños como protagonistas de sus películas de miedo y han alimentando mi cerebro con ideas macabras.  

La primera vez que mi hijo me despertó a las tres de la mañana gritando que había algo en su cama no sé cómo me contuve de llamar a un médium para que me dijera que nada sobrenatural estaba pasando en su cuarto. De verdad no entiendo cómo no llamé a un sacerdote a que rociara agua bendita si después del incidente mi hijo se resistía a poner un pie sobre la cama y me escalaba hasta el cuello si intentaba ponerlo de nuevo sobre ella, al mejor estilo de la niña del aro, valga la pena la analogía.. Traté de no hacerme videos y me tranquilice leyendo sobre lo normal que son las pesadillas en los niños entre los 2 y los 7 años…lo que pasa es que al mismo tiempo seguí viendo películas de terror, que por supuesto le pusieron un nivel de adrenalina mayor a este oficio de por sí lleno de voltaje, llamado maternidad.

Creo que mi vida sería más fácil si en vez de haber visto tantas películas de este género me hubiera dedicado juiciosa a ver comedias románticas.

Si nunca hubiera visto “Sexto sentido” me parecería extremadamente tierno y no un poquito estresante que mi hijo me diga que Luigi, su amigo imaginario, está sentado al lado mío y me va a acompañar hasta que él regrese del colegio para que no me sienta sola.

 

Si nunca hubiera visto “Actividad Paranormal” no brincaría de la cama cuando abro los ojos a media noche y veo a mi hijo parado mirándome fijamente para que lo suba para arruncharse conmigo.

Si nunca hubiera visto “Actividad Paranormal 2” no rogaría que nada raro se moviera o apareciera cuando veo a mi bebé dormir a través de la pantalla a blanco y negro del monitor.

Si nunca hubiera visto “El orfanato” no me daría un mini infarto cuando volteo a mirar y mi hijo está jugando con una media en la cabeza.

Si nunca hubiera visto “Mama” no me daría un tris de miedo cuando mi hijo decide ser un perro, caminar como un perro, comer como un perro y lamerse como un perro.

Si nunca hubiera visto “La mano que mece la cuna” no hubiera descartado la posibilidad de tener una nana. 

Si nunca hubiera visto “El exorcista” una orinada de mi hijo en los pantalones con amigos de visita podría parecerme un accidente normal y no una señal de alarma.

Si nunca hubiera visto “It” llevar a mi hijo a una piñata con payasos no sería mortificante.

Si nunca hubiera visto “The shinning” no le pondría tanto pereque a mi 10% para escoger el hotel para ir de vacaciones y no le tendría tanta fobia a ver gemelas vestidas exactamente igual por la calle.

Si nunca hubiera visto “El bebé de Rosmery” no desconfiaría tanto de vecinos queridos y amables que se ofrecen a cuidar a mi hijo cuando sea necesario.

Si nunca hubiera visto “Annabelle” no me traumatizaría cuando de repente en la noche suena un juguete de pilas al que puedo jurar haber apagado.

¿Por qué no puedo pensar más bien que los juguetes de mi hijo han cobrado vida pero son amorosos y divertidos como en Toy story?

Si jamás hubiera visto éstas y otras películas no se me aceleraría el corazón cuando se va la luz en mi casa, no me imaginaría que estoy rodeada por fantasmas cuando el frío hace que necesite dos cobijas extras para dormir, no sentiría que tengo que correr cuando subo la escalera y todo queda apagado detrás mío, no me daría tanta curiosidad ver jugar a mi hijo solo y tratar de escuchar si le habla a alguien más que a sus juguetes.

Y sobre todo, si nunca hubiera visto “Terror en la calle Elm” no me parecería tan difícil dejar a mi hijo al cuidado de su papá, cuando a éste le da por ponerse este saco.

 

 

Arrancó el 2017. Bueno, en realidad arrancó desde el primero de enero, pero mi subconsciente, y mi consciente, sólo logran encender motores hasta mediados del mes. Enero siempre ha sido para mí un mes de dos semanas, obvio las últimas. Las primeras dos, son una especie de limbo diseñado para despertar a la realidad, quitar la decoración de navidad, hacer aseo, ver Instagram y envidiar a los que siguen viajando y diseñar mi magnifico plan de propósitos para el nuevo año.



Sí, como todas, hago promesas y escribo propósitos para el nuevo año con la ingenua convicción de que este año sí cumpliré mi palabra. Aún no ha llegado febrero, y mi subconsciente y mi consciente, saben desde ya que me voy a pifiar en varios propósitos. Pero para no fracasar estrepitosamente y que en el balance del próximo enero me raje, no escribiré a continuación mis grandes propósitos recurrentes y casi siempre incumplidos cada año (hacer ejercicio, comer sano, ordenar el depósito, visitar más a mi abuela, aprender algo nuevo, leer mínimo un libro por mes) sino disparates simples que durante todo el 2017 me ayuden a controlar la úlcera:

 

  • No volveré a llegar tarde a ningún lado. Atrasaré un poco mi reloj para no darme cuenta que voy tan tarde.
  • Haré ejercicio todos los días y tendré el cuerpo que siempre he querido. Contaré como cardio alistar a mi hijo para el jardín y cruzaré los dedos para que se ponga de moda de nuevo el renacimiento o por lo menos para que la moda del vestido de baño enterizo perdure.
  • No me pondré brava si mi 10% llega más tarde de lo prometido. Me haré la dormida con la boca abierta y baba colgante y su penitencia será llevarme la comida a la cama.
  • Perderé menos tiempo en Instagram. Dejaré de seguir las cuentas a las que nunca les doy like.
  • Tendré paciencia en el tráfico capitalino. Usaré más la bicicleta.
  • Buscaré actividades extracurriculares todas las tardes para mi hijo. Jugaré con mi hijo a lo que sea.
  • No perderé la paciencia. La perderé y la buscaré de vuelta las veces que sea necesario.
  • No diré groserías. No diré groserías delante de mi hijo.
  • Todos los días comeré saludable. No me sentiré mal por comerme una salchicha.
  • Aprovecharé el tiempo. Perderé el tiempo… hey, soy mamá el poco tiempo que me queda libre lo usaré para no hacer nada, me lo merezco.
  • Ahorraré el 25% de mi sueldo. Ahorraré las monedas de 100 que me sobren.
  • Madrugaré a meditar todas las mañanas. Dormir plácidamente será mi mejor meditación.
  • No mostraré mi dedo anular si me pitan. Usaré mi dedo pulgar.
  • No comentaré en Facebook sobre política. No comentaré sobre política en Facebook durante el 2017 para ahorrar energías para las elecciones de 2018.
  • Tendré mucho más sexo. Tendré sexo.

Algo me dice que mis disparates no sirven para mayor cosa, excepto para ayudarme a terminar el año menos estresada, menos culpable y un poquito más feliz. Sólo por lo último vale la pena cumplir mis disparates; si no es siendo feliz no se me ocurre otra manera de vivir el año que nos espera. O que me espera porque este 2017 arrancó y yo nada que me doy cuenta.  



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Amo la navidad. Amo su banda sonora de villancicos y las maracas a cargo de la persona menos rítmica de la familia, o sea: yo. Amo su exceso de calorías y la necesidad de que alguien se coma ese último pedazo de natilla, o sea: yo. Amo sus luces, incluso las exageradas que podrían catalogarse como contaminación visual, o sea: las de mi vecina. Amo su poder para reunir familias y reencontrar amigos y amo los regalos… ¿cómo no podría amar los regalos?

Sí, amo los regalos. Pero no el consumismo y el despilfarro exagerado del que casi todos nos contagiamos en esta fecha con tal de ver sonreír a los que amamos. Y sobre todo para ver felices a nuestros niños. Nos repetimos sin cesar “la navidad es para ellos”,  para tener la licencia para comprarles todo lo que han pedido, todo lo que necesitan, todo lo que no han pedido y todo lo que no necesitan.




He pasado navidades con regalos que no caben en la sala. He visto a niños destapar regalos tras regalos y llorar al final porque además del lego de star wars, además de la scooter, además de la pista de carros, además de la bicicleta falta otro regalo pedido que no ha llegado.

Para los papas la escena es incomprensible. ¿cómo después de tantos regalos increíbles aparecen estas lagrimas incontenibles?

Para un par de adultos coherentes la respuesta es simple:

Atosigamos a nuestros hijos con tantos regalos que el afán por destaparlos todos hace imposible observar y disfrutar el primero. Pero peor aún, atosigamos a nuestros hijos con tantos regalos que se vuelve imposible enseñarles a estar agradecidos.

Esta es la segunda navidad para Lolo. No cuento la primera en la que tenía solo 6 meses y para la que así me tilden de madre desnaturalizada no le compre ningún regalo y durmió toda la noche. Tampoco cuento la segunda en la que después de bailar tres villancicos, Lorenzo competía con mi abuela en ronquidos antes de las 10. En cambio, ésta será la que gozará de una manera más consciente y voy a rescatar algo que hicimos el año pasado y que nos funcionó de maravilla.

La llamaré: la teoría de los 4 regalos y les aseguro que es una buena manera para que esta navidad hagamos felices a nuestros hijos sin volverlos caprichosos e insaciables.

La tarea es simple: Compra sólo cuatro regalos:

  1. El regalo que sueñe. Debe ser un juguete que tu hijo de verdad anhele. Puede que en la carta escriba 10 juguetes soñados pero como la idea es enseñarles austeridad, valdría la pena decirle que Papá Noél o el Niño Dios o quien sea que entregue los regalos, solo traerá uno, así que es mejor que sea especifico con el que más quiera. Créanme uno es suficiente. Destaparlo, armarlo, ponerle pilas, entenderlo, usarlo etc, puede tomarles el resto de la noche y la mañana a ellos y a nosotros. Disfrutemos con ellos ese momento y evitémonos ver juguetes tirados y desechados por toda la sala antes de haberles sacado todo el provecho.
  1. El regalo que necesite. Ahí las mamás somos expertas y como ya le compramos un juguete soñado, ahora podemos empacarle la sudadera que le hace falta, el reemplazo de la pijama que acabó este año, la maleta para el colegio, etc. Un objeto que no desvela al niño pero que le será útil. Tampoco está mal que aprendan a emocionarse con este tipo de regalos. Yo a Lolo le hago tanto show cuando destapa regalos que son ropa que los “wauuuu” ya le salen naturales. Al parecer se me fue la mano porque el pobre salta sin parar al destapar un par de medias, y bueno, así tiene a mis tías comiendo de su mano.
  1. El regalo que enseñe. En mi caso Lorenzo muere por los cuentos y aunque tenemos la biblioteca llena, cada noche antes de dormir siempre tenemos la sensación de querer leer un libro nuevo. Pero dependiendo de la edad, pueden ser libros para colorear, flash cards de números o animales, juegos de mesa. Lo bonito de este tipo de regalos es que además de ser funcionales llevan implícito el uso en nuestra compañía. Leer un cuento juntos, armar un castillo de madera juntos, jugar mímica un viernes en la noche. Objetos que enseñan pero que fortalecen lazos familiares y promueven espacios para que compartamos con ellos tiempo de verdad.
  1. El regalo que no es para ti. Este año llevamos a Lolo a darle regalos a niños que no tienen sus mismas comodidades. Comprar algo para donar, llevarlo, compartir con otras personas. Creo que fue la manera perfecta de terminar el ciclo y reforzar valores como la generosidad y el agradecimiento que a veces no sabemos cómo enseñar.

Hagamos la prueba… no criemos niños insaciables que se volverán adultos insatisfechos. Enseñémosles a estar agradecidos por lo que tienen. Que aprendan el valor de cada regalo y el esfuerzo que hacemos por dárselo. Es muy difícil hacerles entender que cada regalo nos cuesta si ven lo fácil que es recibir 10 de un solo tacazo. Es imposible que observen, descubran y disfruten el primero si hay 10 más esperando por ser destapados.

El año pasado en realidad sólo le compramos un regalo. Uno solo. Uno que sabíamos que iba a disfrutar. Uno por el que se babeaba en la vitrina de juguetes. Uno que no tenía. Sólo uno. Los abuelos se encargaron de la ropa. Y una tía de los libros que igual lo enloquecieron. Y listo!

Amo la navidad.  Amo haber creído en Papa Noel y amo tener un hijo con quien volverme Papá Noel. Pero no amo ese despilfarro que hace que el 24 termine con niños inconformes, desagradecidos y groseros, y de paso, con papas malgeniados, desilusionados y arruinados.

Para este año a la teoría de los 4 regalos le sumaré un quinto punto: Destapar los regalos a las 12 en punto. ¿Por qué nos da pesar ver a los niños desesperados por sus regalos? A mis papás no les daba pesar hacerme esperar, tampoco morían de tristeza de verme cabecear haciéndole centinela al árbol, y mucho menos desesperaban al inventarme y hacerme inventar juegos para que el reloj andará un poquito más rápido.

Pero ahora a todos nos da pesar hacer esperar a los niños ¡pobres niños! ¿Por qué subvaloramos a los niños de ahora? Los he visto despiertos a las doce y hasta más tarde otros días normales. ¿Por qué no aprovechamos la navidad para enseñarles un poco de paciencia, de esfuerzo y perseverancia? 

Si el palo no está para cucharas compren sólo un regalo y ahí sí, mi recomendación es que sea un juguete. Feliz navidad, sigan tomándose fotos con todos los Papa Noeles de la calle que asustan al niño y nos emocionan a nosotras y creen toda la magia alrededor de esta fecha para sus hijos que sólo creerán en ella unos pocos años.

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A la entrada del jardín de Lolo oigo a una mamá argentina aterrada de los procesos de admisión a los colegios en nuestro país. Asiento en silencio con el mismo desazón de ella (y con algo de pena como si la culpa fuera mía) a cada una de sus frases (todas ciertas) sobre la prepotencia de muchos, sobre la exageración de papeleo, sobre las entrevistas poco amorosas, sobre la burocracia estilo embajada, mientras recuerdo que una hora antes, de uno de esos colegios a los que soñaba entrar, me han llamado a negarle el cupo a mi hijo.

Mientras ella sigue hablando, recuerdo que llevo una hora tratando de asimilar la tusa, porque así se siente una negativa de este estilo, y otros pocos minutos tratando de no tomar éste rechazo a título personal. ¿En qué momento este país que sigue perteneciendo al tercer mundo se volvió tan snob?




La mamá argentina ha terminado su queja y sale mi hijo sonriente a abrazarme… me es imposible entender, mientras lo lleno de besos, como a un niño tan lleno de amor, de ternura, de inteligencia le han negado un cupo. Comienzo a pensar si en el famoso play day en el que los analizan, se demoró más que otros terminando un rompecabezas, si salto dos veces y no tres, si no coloreó el sol amarillo sino naranja o si se salió un poco de la raya…

Camino a casa, me canta el himno nacional emocionado, justo en uno de los días, de tantos que nos da éste país, en el que no me siento orgullosa de él. En la tarde mientras jugamos en el parque me enseña, porque es él el que me enseña a mí, los colores en inglés y en español, me recita por décimo quinta vez el orden de los planetas y me muestra feliz el dibujo que ha hecho de su papá. Me cuenta que el rinoceronte, su animal favorito de la semana, respira en el agua pero también fuera de ella.

Hacia las seis de la tarde me grita desde el otro lado de la piscina “te amo” mientras orgulloso me muestra que ya sabe sumergirse sin “tragarse ningún pescado”. En la noche leemos un cuento, me interrumpe para decir las líneas que ya sabe de memoria y para inventar unas nuevas. Cae dormido, camino a mi cuarto veo el tablero en el que horas antes ha escrito “Lolo, mamá y papá” y reconozco, gracias al proceso de resignación en el que va mi tusa, que el famoso colegio del no, es el que se lo pierde.

¿En qué momento me volví tan snob? ¿Cómo pude considerar que un colegio que en su entrevista me dejo claro el análisis a mi alcurnia podría ser el lugar perfecto para los próximos 12 años de vida de mi hijo? ¿Cómo pude ser tan snob de pensar que sólo un colegio de estos de tradición, bono y carta de presentación podía darle a mi hijo lo mejor? ¿Es que acaso no había visto suficientes noticias ésta semana?

Mi tusa llega a la etapa de la culpa y a modo de flash back trato de recrear cada una de las respuestas que dimos mi esposo y yo en la entrevista para darme látigo, porque a esta altura, después de una tarde entera dedicada a mi hijo, comienzo a creer que fuimos nosotros los del error. ¿Qué no les habrá gustado? ¿Cuáles eran las respuestas correctas? ¿Qué lunarcito maligno nos encontraron como familia?

Al día siguiente me levanto con las palabras en mi cabeza de la psicóloga que muy diligentemente llamó a darme las malas nuevas: “no te tengo buenas noticias y la única razón es que este año tuvimos muchos hermanitos y muchos ex alumnos y ellos ocuparon los cupos disponibles”. Me reprocho el haberme mordido la lengua para decirle “y entonces, ¿por qué no venden primero los formularios a esas familias, y si les queda algún cupo si se atreven a ofrecer el formulario (que no es regalado) al resto de viles mortales?”.

Algo anda mal con nuestra educación y uno de sus muchos problemas, comienza en las admisiones.

Entiendo que deban estar seguros que aceptándonos no van a quebrar a punta de pensiones morosas, pero si el tema del cupo es exclusivamente bancario, ahorrémonos entrevistas y play days, y agendemos una reunión con mi contador y mi médico de cabecera.

Mi contador a punta de números, declaraciones de renta, extractos bancarios y verificaciones en data crédito podrá explicarles mejor como nuestros bolsillos podrían soportar el peso de matrículas, pensiones, uniformes, transporte, alimentación y extra curriculares. Por otro lado, mi médico podría hablarles del perfecto estado de mis riñones en caso de que por alguna razón necesiten uno como soporte de pago.

Me queda claro que quieran darle el cupo a “gente de bien” y no a hampones mal habidos, pero un apellido cachesudo o una profesión (a no ser que sea sicario o narcotraficante) poco puede ilustrarlos en el tema. ¿O ustedes tampoco han visto suficientes noticias estos días? Recordemos que en este país hay un par de ministros bien asalariados que no me atrevería a describir como “gente de bien”. Así que si el tema es de apellidos, haberlo dicho antes y recomendarles al futuro presidente del norte para que les explique la manera más rápida y eficiente de construir un muro que evite el paso de personas indeseables a sus instalaciones.

Para comenzar podrían poner una lista en su página web que diga que los Díaz, los García, los Vargas, los Medina, los Mejía, los Castellanos y apellidos semejantes, son demasiado chibchas para sus aulas. De paso, podrían dejar de visitar jardines para dejarles sus brochures y guardarlos para repartirlos en una kermess de algún club de esos que sólo recibe a “gente de bien”.

Si quieren insistir en las entrevistas para conocernos como familia y descubrir si somos un hogar bonito, honesto y merecedor de un cupo, debo decirles que sus psicólogas están haciendo las preguntas equivocadas. El colegio en el que estudió mi papá, el porcentaje de acciones de mi esposo en la empresa, los países que hemos visitado en el último año y el estrato del barrio en el que vivimos poco puede darles una idea de eso, aunque por supuesto les deja claro que tan pudientes somos… y en ese caso, repito, media hora con mi contador puede ser más que suficiente.

Con la resignación de quien no puede hacer nada para cambiar el sistema seguí llenando formularios, pidiendo cartas de presentación a amigos y a extraños pero que sean de la comunidad, imprimiendo fotos, extractos bancarios, yendo a todas las charlas informativas y entrevistas y capando horas de trabajo que me permitieran producir para convencerlos de que tengo una familia hermosa y autosostenible.

Muchos dirán que es mi tusa hablando, pero para el momento que escribo este post ya estoy del otro lado. Mi despecho escolar se ha comportado como mi despecho adolescente y me ha permitido expandirme y conocer nuevos horizontes. He descubierto colegios amorosos, preocupados por la familia, por los valores, por el ser humano, por la felicidad de los niños garantizando además una educación académica de alto nivel. Y ese ha sido el clavo que le ha puesto punto final a mi despecho.




A la larga lo más triste de todo este asunto escolar, ha sido descubrir como un tema tan importante como la educación delata las características más superfluas del snobismo de nuestro país. Colegios snobistas y padres snobistas, como yo, que por querer lo mejor para nuestros hijos tratamos de encajar a la fuerza en una burbuja tóxica.  

Si la educación de alta calidad en nuestro país es proporcional al status, tradición y valor de los colegios, seguiremos negándole la oportunidad a muchos niños con todas las capacidades de recibir una educación adecuada. Y eso lo único que demuestra es que además de snobs somos pendejos.

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Cuando nos preguntan cuál ha sido la felicidad más grande que hemos tenido como mamás, quisiéramos tener las palabras exactas para explicar la sonrisa que se nos dibujó en la boca, pero sobre todo en el alma, cuando tuvimos por primera vez pegadito al pecho a nuestro bebé. Quisiéramos poder contar como se nos contrajo el corazón cuando nos dijo nítido y claro “mamá”, después de meses de sólo decir “papá”. Quisiéramos poder explicar las ganas incontrolables de abrazarlos y apretujarlos con cada carcajada que nosotros hemos logrado sacarles.

Pero pocas veces somos capaces de confesar que una de las alegrías más grandes que tenemos desde que somos mamás es: verlos comer. Experimentamos una dicha innata y un placer inexplicable con cada bocado que se llevan a la boca. Verlos comer puede alegrarnos el día, así como verlos rechazar lo que les servimos, moviendo de un lado al otro sus cachetes, puede dañárnoslo. No estoy exagerando y tengo miles de mamás para corroborarlo. Para muchas, la mayoría de hecho, la hora de comer es uno de los momentos más difíciles del día.

De hecho, ahora entiendo a mi mamá que cada vez que voy de visita parece decidida a descuadrarme cualquier dieta o régimen saludable que quiera llevar. Suelo burlarme y hasta quejarme de su necesidad de atiborrarme de comida, como si por fuera de su casa, yo su pobre hija, aguantara hambre. Supongo que mi mamá cree que soy un camello, que puede almacenar la comida y así poder sobrevivir hasta la próxima visita con las reservas necesarias.

La entiendo, si ella siente viéndome comer a dos manos, lo mismo que yo cuando mi hijo lo hace, comeré hasta la indigestión con tal de verla feliz en cada almuerzo familiar. El lio es que a mi mamá ya no hay quien pueda hacerla entender que sopa con banano, arroz, papa, maduro, un trozo de carne y jugo de guayaba en leche no es, en materia de alimentación, la mejor opción que puede ofrecerme. No hay manera de que yo le explique sin que me tuerza los ojos (ay que nostalgia de aquella época cuando la que le blanqueaba los ojos era yo) que unos cachetes como los de Kiko no son sinónimo de buena alimentación.

Pero con nuestros hijos la historia es otra. En nuestras manos tenemos la oportunidad de crearles hábitos de alimentación saludables. Depende de nosotras que cuando adultos no se atosiguen con comida si están deprimidos, depende de nosotras que no sufran problemas de sobrepeso, depende de nosotras que no caigan en trastornos alimenticios y depende de nosotras que le cojan amor y cariño sin exageraciones, a esta nueva tendencia del mundo, de simplemente alimentarnos mejor.

En materia de nutrición, nosotras que hacemos parte de la generación de mamás con más información a la mano, podemos hacer mucho desde hoy por el desarrollo de nuestros hijos o podemos enloquecernos con la cantidad de información que encontramos en internet.

¿Qué debemos darles? ¿Deben primar las frutas, los cereales, los carbohidratos o las proteínas? Todos. Una alimentación balanceada debe contar con todos los grupos de alimentos porque cada uno les brinda las vitaminas y los nutrientes fundamentales que necesitan. Sin olvidar que en estos primeros años, las proteínas son primordiales. Son, por ejemplo, sobre las que recae la responsabilidad de un crecimiento adecuado, de un buen desarrollo acorde a la edad y de un beneficio en todos los aspectos a futuro.

Dicen que la inteligencia la heredan de la madre, y por eso cada vez que Lolo sale con una genialidad yo inflo pecho y me doy auto palmaditas en la espalda. Pero según estudios, el buen funcionamiento del cerebro más que una cuestión genética, está directamente relacionado con una alimentación a base de proteínas adecuadas. No le digamos a nadie, sigamos proclamando que nuestros hijos son inteligentes gracias a nosotras, pero preparémosles buenas proteínas en cada plato para hacer aún más por ellos.

Oh por Dios, Ya parezco una chica de esas de Instagram hablando sólo de comida saludable, pero muchas de ustedes me mandaron miles de preguntas con respecto a las proteínas y la manera más fácil para mi es contestarles a todas con este post. Proteínas hay de origen animal (huevo, pollo, pescado, carne, lácteos) y de origen vegetal (legumbres, lentejas, garbanzos, frijoles). El tip acá para nosotras las mamás, es entender que la nutrición en esta edad de crecimiento de nuestros hijos es principalmente proteica, y que ésa proteína debe ser de muy alta calidad y más bien baja cantidad.  De ahí la importancia de la leche, la carne, el pollo o el pez. Este tipo de proteínas se consideran más completas que las de origen vegetal. ¿Muy enredado? Mi mamá diría palabras más palabras menos “que no les falte la lechita y la carnita como fuentes de proteína completa”. Yo le añadiría que tampoco hay que olvidar la frutica y la verdurita.

Como mi mamá es mi mamá y a después de más de 60 años no va a cambiar, yo seguiré subiendo de peso de manera desproporcionada cada vez que la visite, pero al menos en mi casa me aseguraré que la dieta para Lolo no carezca de proteínas de óptima calidad que le permitan desafiar el 1,70 promedio de sus padres, que le hagan desbancar a mi hermano mayor como el puntaje más alto del Icfes dentro de la familia y que a la larga le ayuden a crecer sano. Pues a la larga, verlos comer sí es una dicha muy grande, pero verlos crecer sanamente es una bendición.

 

 

Las que me conocen saben que fui una de esas mamás que sufrió con la lactancia. Quise tirar la toalla muchas veces y aguanté sólo porque todos me repetían que no había nada mejor que la leche materna para un hijo. En ese momento de mi vida no tenía ni idea porque era “lo mejor” para Lolo. Suponía que esa leche que a veces me manchaba las pijamas era “lo mejor” porque tenía todos los nutrientes que Lolo necesitaba. Pero nunca averigüe con conciencia porque era “lo mejor”.

Supongo que el sueño y cansancio que me agobiaban por esos días me dejaban noqueada e incapaz de hacer otra cosa que no fuera dormir. Pero ya que les hable de la importancia de los primeros 1000 días en la alimentación de nuestros hijos, quise hacerles este post a todas las mamás que aún lactan, a las que está pensando renunciar y a las que lo están haciendo para que hoy más que nunca entiendan la importancia de la tarea.

La leche materna sí es lo mejor, no hay alimento que la supere, y estudios recientes comprueban que la razón tiene que ver con la calidad y cantidad de proteínas que este alimento le ofrece a nuestros hijos.

Así que cuando estén cansadas de usar camisas de botones, cuando estén hasta la coronilla de hacer maromas para sacar la teta en una reunión familiar sin que el suegro se sienta atacado por su pezón, cuando estén aburridas de comer poco picante y cero licor, cuando hayan agotado las reservas de caléndula y crema anti grietas, sólo piensen por un segundo que nada que le puedan dar a su bebé es mejor que esa leche que producimos como por arte de magia.

En este momento mi profesora de Biología golpea su frente contra una pared al oírme decir que producimos leche gracias a fuerzas sobrenaturales. Pero, estoy segura que si leen las 3 cosas que descubrí, pensarán como yo: que no hay nada más mágico que la leche materna. 

  1. La leche materna modifica la cantidad de agua y proteína dependiendo de la edad de nuestro bebé e incluso del clima.

    Cuando estamos en tierra caliente producimos más agua para que el bebé no se deshidrate. Sí, sí, sí, siiiiii, es hora de decirle a todas las tías y abuelas metidas del mundo que podemos darle agua a los bebés si queremos, pero que con nuestra leche es más que suficiente. Y de manera inversa, en lugares con temperatura baja producimos más proteína para que ellos estén más calienticos. No sé a ustedes, pero a mí no sólo me parece increíble sino mágico.

  1. La leche materna regula la cantidad de proteína para no alterarle el metabolismo a nuestros hijos.

    A medida que nuestro bebé crece el porcentaje de la proteína de la leche va disminuyendo, pero ¿por qué? En palabras de mi pediatra “cuando hay excesos de proteína, esa proteína que no es utilizada por el bebé, tiene que ser metabolizada por el hígado, y luego ser eliminada por el riñón. Y ambos órganos son inmaduros en el bebé y esta recarga de trabajo les puede ocasionar un estrés metabólico”. Mientras lactemos el único estrés que conoceremos como mamás, será el de olvidar poner un protector en la pochecha que no está usando el bebé, y no la cantidad de tomas que debemos darles para no alterar su metabolismo.

  2. La proteína de la leche materna es una “pócima” tan perfecta que distribuye los aminoácidos, garantizando que hayan bajos niveles de aquellos que estimulan la hormona de la insulina.

    La  famosa insulina es la encargada, entre otras cosas, de que acumulemos grasa en nuestro cuerpo. Así que no me digan que no es casi mágico, que sólo con lactar le podamos reducir a nuestros hijos el riesgo de sobrepeso y obesidad y de paso enfermedades asociadas a este problema en la vida adulta como hipertensión, diabetes y problemas cardiacos.

Yo no sé a ustedes, pero a mí me parece magia que la leche materna tenga la cantidad justa y exacta de proteínas que necesita un bebé para desarrollar su sistema inmune, su cerebro, su sistema endocrino, su sistema digestivo… en fin, les diría que piensen en todos los sistemas que se les ocurra, pero no me quiero arriesgar a que alguna piense en el solar. ¿Alguna otra razón más grande para apostarle a la lactancia materna que la salud de nuestros hijos a corto, mediano y largo plazo?

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“En mi época yo andaba sola en bus con tres chinos y no tenía empleada” suele ser una de las frases que mi mamá suelta en voz alta, como hablándole al viento pero esperando que todas las mamás presentes la oigamos y cojamos escarmiento de una vez por todas. Vale la pena aclarar que mi mamá es oriunda del altiplano cundi-boyacense, razón por la cual cuando dice “chino” no se refiera a los orientales oji-rasgados sino que está usando el  particular adjetivo de esta zona del país para llamar a los niños pequeños.

Lo que mi mamá no sabe es que no tiene que repetir frases fastidiosas como esa para que yo confiese que la maternidad a mí y a toda mi generación nos atropelló con fuerza. Todas soñábamos con ser mamás pero ninguna sabía que la tarea era tan abrumadora. Yo personalmente creía que el día del parto por arte de magia despertarían en mi todas las habilidades de mi madre, pero después de 3 años de labores debo reconocer que sigo siendo un desastre.

Llevo dos días de semana de receso (a propósito, que buena manera de enredarnos la vida a madres y padres que no pueden dejar el trabajo botado en esta época) y cuatro meses con mi empleada incapacitada. Dos razones que hoy me tienen al borde de un colapso nervioso. Llega mi 10% en la noche y a mí lo único que se me ocurre decirle es que entre las labores domésticas y las de mamá entregada, mi vida se me está escapando entre las manos.

Me da un poco de vergüenza quejarme, lo reconozco. Sobre todo si pienso en mi pobre madrecita a mi edad con sus tres chinos en un bus, lidiando además con un vendedor de maní y un cantante al que la suerte no le ha sonreído. Pero me quejo. Pienso en los pañales de tela que mi mamá lavaba, blanqueaba y planchaba todos los días y me avergüenzo de los desechables que yo usé. Pero igual me quejo. Pienso que al menos durante una hora puedo envolatar a mi chino (yo también soy del altiplano) viendo Netflix y siento pena por mi mamá que a la única hora que podía ponernos a ver muñequitos por canal nacional era a las 6 de la mañana. Y aun así, me quejo.

Añoro la llegada a casa de mi 10% para que me ayude a terminar de hacer la comida y para que incluso duerma al niño mientras yo me siento cinco minutos en un sofá. Pienso en mi mamá y su entrega por atender a mi papá, siento vergüenza por floja, pero igual me quejo. Me quejo porque no tengo un minuto libre y eso que sólo tengo un hijo. Me quejo cuando mi empleada viene y cuando no. Me quejo porque mi 10% no colabora y me quejo porque “así no es” cuando colabora. Me quejo porque no tengo nana y me quejo de las que la tienen. Me quejo porque sí y me quejo porque no.

Que Millenials ni que nada, pertenezco oficialmente a la generación de las “quejumbrosas”. No es que esté diciendo que la maternidad sea fácil, cero desgastante, poco enloquecedora, para nada caótica y que no nos dé razones diarias para quejarnos. Creo que desde las mamás dinosaurios hasta nuestros días la maternidad no nos la pone fácil a veces. Somos la generación que “más facilidades tiene a la mano”, esta también es frase de mi mamá, y la que más ha confesado que la maternidad es p*#!mente jodida.

Podemos googlear “qué hacer si mi hijo tiene fiebre” hasta “qué hacer si mi hijo ha entrado a la adolescencia”, podemos preguntar en esos grupos de Facebook en el que las mujeres no paramos de escribir “¿qué sitios para niños nos recomiendan?”, podemos prenderles el tv a cualquier hora del día para alcanzar a mandar ese mail urgente, tenemos maridos que ayudan a cocinar, a cambiar pañales y hasta son mejores que nosotras durmiendo al bebé. Sí, somos la generación con más información, más tecnología, más restaurantes baby friendly y más quejas a la mano. 

Hago parte de la generación quejumbrosa y no me voy a sentir culpable por ello. Quiero reconocer que ser ama de casa, mamá y profesional al mismo tiempo me tiene al borde de la locura. Quiero seguir haciéndole show a mi 10% cuando abre la puerta en la noche y decirle “no puedo más”. Quiero reconocer que hay días como hoy que ser mamá me queda grande.




Queridas mamás de antes: no soy floja, soy quejumbrosa; y aunque la tengo más fácil que ustedes en muchos aspectos, la tengo demasiado difícil en otros. Ninguna otra generación de mamás había sido retada a ser madre con tan altos estándares. A ninguna otra generación de mamás le habían cuestionado tanto sus métodos de crianza. A ninguna otra generación de mamás la habían hecho sentir tan culpable por querer seguir siendo profesional. A ninguna otra generación de mamás le habían exigido tanto ser madres entregadas pero además mamasitas aptas para meterse en un bikini. A ninguna generación de mamás la habían cuestionado tanto por quedarse en la casa dedicada a los hijos.

Es más, a ninguna otra generación la habían criticado tanto por dejar la casa y salir a trabajar. A ninguna otra generación de mamás le había tocado defender a capa y espada la maternidad como elección de vida frente a las que creen que tener hijos sigue siendo una imposición social.

Lo ven, ahí estoy de nuevo quejándome. Soy absolutamente quejumbrosa y me doy el lujo de serlo, porque ninguna otra generación de mamás había decidido serlo con tantas ganas, tanda determinación, tanta conciencia, tantos obstáculos y tantas vísceras como ésta. Soy orgullosamente parte de la generación de las mamás quejumbrosas. Somos la primera generación que decidió ser mamá porque sí y porque no.  Somos las quejumbrosas y de queja en queja, no se cómo, logramos hacerlo todo.

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Dicen, y con razón, que viajar es uno de los mejores placeres que existen y una de las mejores cosas en las que puedes gastarte la plata. Yo no lo pongo en duda. Con cada viaje aprendes, conoces, entiendes y creas un banco de recuerdos irremplazable. Pero somos mamás, y a veces la cosa no suena tan bonita cuando debemos calmar el grito herido de nuestro pequeño a 3.000 pies de altura, o cuando debemos parar en cualquier zanja al lado de la carretera para limpiar un desafortunado mareo. La siguiente lista es una ayuda para hacernos la vida más fácil, más no una garantía de que los accidentes sucederán. Se los dice alguien que tras representar el papel de bolsa de plástico para su hijo, ha tenido que cambiarse de ropa detrás de un árbol, sin darse cuenta que al frente un grupo de recolectores de cebolla la observaban y un centenar de hormigas se le subían por los pies.




La lista que es una recopilación de nuestro último video en vivo, puede ayudarnos en un 80% a planear lo más difícil de las vacaciones: los recorridos. El otro 20% depende de nuestro mes de ovulación, la alineación de los planetas, la suerte de nuestro signo y del pie con el que nos hayamos levantado. Para los accidentes, inconvenientes de último minuto y eventualidades no planeadas el único remedio exitoso es “sonreír y hacerse la güevona”. Recuerden que toda historia es divertida contada en el futuro así que no dañen la memoria con ataques de histeria innecesarios y osudos. Se los dice alguien que se ha descompuesto de tal manera que la gente alrededor no sabía si ofrecerme un pañuelo para llorar o un sedante para dormirme cual animal en Discovery Channel.

No está de más, imprimir esta lista antes de cada viaje y ponerle un chulo mientras organizamos la maleta. Es una lista muy completa porque reúne todos los tips que pudimos compartir en el pasado video en vivo . Esta es su lista, porque es más de ustedes que mía!

Viaje en carro:

    • Hora de salida. Escoge la hora que más te convenga dependiendo del tráfico y las horas de viaje. La mañana siempre será una buena opción para que el día rinda y puedas parar las veces que sean necesarias. Si sales muy madrugada la buena noticia es que tu retoño no demorara en montarse al carro y cabecear. Y tenerlos dormidos una buena parte del camino ayuda y bastante.
    • Para la dormida es clave la silla. Busca una silla que sea cómoda, existen unas que incluso se pueden reclinar un poco cuando los niños duermen. Y sobre todo verifica que esté ubicada según todos los parámetros de seguridad dependiendo la edad.
    • Habla con tu pediatra para saber que dosis puedes darle de algún medicamento para evitar el mareo. El Mareol por ejemplo es una buena opción y los ayuda a dormir.
    • Para evitar el vómito y que tu carro quede con un olor, llamémoslo “especial” por meses a pesar de llevarlo cada 5 días a un car wash, evita darle mucha comida, muchos dulces y lácteos. La Tablet, los libros y juegos de mucho movimiento pueden hacerlos marear también, así que mejor aprovecha para poner canciones infantiles que le gusten y juntos cantarlas a grito herido, jugar a “veo veo” que además les hará fijarse en el paisaje, contarle cuentos. (Mi papá siempre se inventaba historias con lo que fuéramos viendo, recuerdo que siempre pasábamos por unas montañas alineadas y él decía que eran tumbas de gigantes y ahí empezaba a contarme mil historias).
    • Empacar cosas que saben que le gustan a tu hijo, que si se riegan no sean tan difícil de limpiar como un chocolate derretido. Agua, galletas saladas, maní, arándanos, paquetes como rosquillas, platanitos y papas fritas ayudan mucho.
    • Lleva una maleta a la mano con una o dos pintas para él por si acaso… si estás muy paranoica una para ti también. Yo una vez tuve que abrir el baúl, sacar la maleta en mitad de carretera, y cambiarme detrás de un árbol porque un 89% del vómito de Lolo cayó sobre mí.
    • Una bolsa plástica en la que puedas guardar la ropa olorosa mientras llegan a su destino.
    • Mantener el carro aireado bajando un poco las ventanas o con aire. Aunque el ruido de bajar las ventanas puede molestarnos, nada como el viento en la cara. Lleva una pañoleta… intenta darle a tu hijo una bolsa pequeña y que la saque por la ventana para llenarla de viento…es un juego simple que puede distraerlos por horas.
    • Tómate la licencia de parar cada dos horas. Olvídate del afán que nos entra por cumplir en un tiempo record el tiempo que nos dice waze. Parar, ir al baño, comer algo y estirar las piernas.
    • PAÑITOS HUMEDOS. MUCHOS PAÑITOS HUMEDOS.
    • Ropa cómoda para ellos. Zapatos fáciles de quitar, nada más rico para ellos que estar descalzos y no sufrir con amarrarle unos cordones en cada bajada del carro.
    • Ropa cómoda para nosotras. Pantalones que por ejemplo te permitan pasarte al asiento de atrás demostrando tu flexibilidad y destreza con el carro en movimiento




Viaje en avión:

  • Escoge un vuelo que coincida con la hora de la siesta de tu hijo. O en la noche si el viaje es muy largo.
  • Procura no encartarte, tener las manos libres, sólo tenemos dos, será de gran ayuda. Un morral que puedas llevar en la espalada con las cosas necesarias, y sí es el caso un cangurito o riñonera con los documentos y pasabordos.
  • Hay prioridad para que familias con niños aborden primero el avión. Depende de cómo vaya tu pequeño a veces es mejor subirse de últimas para que no desesperen con el tiempo de espera antes de despegar.
  • En la sala de espera trata de no darle la Tablet, sino más bien que camine y juegue, pues le esperan unas buenas horas sentado.
  • Los libros, la Tablet, los cuadernos para colorear, pegar estickers, los tableros de imanes…durante el vuelo funcionan de maravilla. Prohibido llevar plastilina o juegos que en la pequeña mesa auxiliar no se puedan poner fácilmente.
  • Llevarles audífonos cómodos. Preferible los que se ponen como una diadema y no los de meter en los oídos. Los que te presta el avión son más incómodos que las sillas ubicadas en la salida de emergencia.
  • Una cobija suave así vayan para tierra caliente. Los aires acondicionados hacen estragos.
  • Si toda la familia no va a usar las tres sillas de la fila, lo mejor es que escojas la silla al lado del pasillo por si tienes que llevarlo mucho al baño y así te evitas pasar tu nalga una y otra vez por la cara de otro viajero.
  • Empácale lonchera a pesar de las meriendas del avión.
  • Si viajas con un bebé llévale tetero y trata de dárselo cuando el avión despegue y no antes. Succionar les ayudara a evitar el dolor de odios que es la principal causa de llanto en los aviones. Si tu hijo es más grande los chicles o chupar agua de un termo con pitillo puede funcionar.
  • Cruza los dedos por un ascenso. El viaje en primera clase siempre será más llevadero.
  • PAÑITOS HÚMEDOS. MUCHOS PAÑITOS HÚMEDOS.
  • Igual que en avión ropa cómoda para él y ropa cómoda para ti. Recuerda que con tanta alzada y jugada no queremos que nuestras pochechas, o peor aún nuestros gordos, queden expuestos al público criticón.

Recuerda que el mejor tip para viajar con niños es ponerse el chip adecuado. Estar dispuesta a sentarse en el suelo, estar lista a negociar cosas, jugar lo que se te ocurra, reírte si ocurre un accidente (créeme los he vivido todos), no estresarte por lo que la gente pueda pensar de ti como madre y relajarte porque a fin de cuentas van de paseo.

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La maternidad llegó para atropellarnos, para poner en la cuerda floja la mitad de las cosas que dábamos por hecho, para retarnos, para hacernos mejores personas en un plano general (y peores personas a ratos, por fortuna cortos). Pero sobretodo llegó para robarnos algunas neuronas justo cuando más las necesitábamos. Qué alguien me explique por qué hay cierto grado de torpeza que viene con los hijos.

Desde el embarazo nuestra capacidad motora desciende a los niveles más primitivos … conozco a una mamá con 7 meses de gestación, que debido a dicha torpeza, mientras se planchada el pelo dejó caer la plancha caliente sobre su barriga. No hubo daños mayores pero una pequeña cicatriz negra apareció para hacerle juego a las estrías. Yo misma perdí credibilidad y estilo al andar por el mundo orgullosa de mi panza y del manchón de sopa de ahuyama que solía decorarla. Alguna vez estuve a punto de descabezar a mi hijo con el marco de una puerta. Y no son pocas las veces que mi destreza se ha visto seriamente cuestionada. Lo que me confirma, que a veces la agilidad que debemos tener como mamás contrasta con la torpeza que desarrollamos precisamente por serlo. O si no que alguien me explique por qué hacemos estas cosas:





 

  1. Ante la eminente vomitada de nuestros hijos ponemos las dos manos como recipiente, para recibir ahí el “preciado” residuo, que es una mezcla que se debate entre el estado líquido y sólido. ¿Qué alguien me explique? En la cabeza de que humano racional, es preferible ensuciar las manos y no el vulgar y cochino piso. Por mal que nos vaya, si dicha ofrenda de deglución cae en el piso, un par de servilletas y un poco de fabuloso vuelven las cosas a su normalidad. Pero insistimos, por no sé qué clase de instinto animal, en exponer nuestras manos como si con ello pudiéramos disminuir las consecuencias del desastre. Lo único cierto es que no hay jabón inventado por el hombre que saque el olor a vómito de las manos en menos de 5 lavadas … y aun así las mamás la seguimos ofreciendo como balde ante cada incidente.

 

  1. Decir “chao, me voy” para convencer a nuestros hijos de irse del parque. ¿Qué alguien me explique? Funciona un par de veces, no lo niego, pero tiene las mismas consecuencias que la historia del pastorcito mentiroso. Después de usarlo en exceso, nuestros hijos tienen clarísimo que los amamos mucho como para abandonarlos a su suerte en una arenera. Pero nosotros insistimos y el “chao, me voy” se vuelve una retahíla de “chao, me voy, me fui, me estoy yendo, oye que me voy a ir, mira como camino, ahora si me voy, ay chaooooo, nos vemos después, oye que estoy diciendo chao, que me voy”. Mientras ellos nos miran de reojo sabiendo que no iremos a ninguna parte, y esperan pacientemente nuestro regreso con el rabo entre las piernas prometiendo esta vez helados, horas de tv y golosinas si nos hacen caso, por favor.

 

  1. Utilizar el retrovisor para supervisar cualquier percance en la parte trasera de nuestro carro. Entiéndase por parte trasera: a nuestro retoño que va en la silla de atrás y no a la visibilidad de la carretera. Si los policías de tránsito quisieran recolectar más plata, desistirían de las cámaras para registrar exceso de velocidad, y se dedicarían a poner comparendos a cada mamá que no haya ubicado bien el espejo retrovisor. El diseñador del espejo retrovisor podría deprimirse si supiera que las mujeres lo usamos para verificar nuestro maquillaje en un semáforo, y las mujeres que además somos mamás para tener un ojo puesto en el pequeño pasajero. Sí, es un grave error que atenta contra la seguridad. Podemos perder de vista un poste, un bolardo, un gatito, con tal de tener la seguridad de que nuestro hijo va en perfectas condiciones. ¿qué alguien me explique?

 

  1. Cerrar la puerta del baño. Creer que vamos a ir al baño solas es un acto de fe. Cerramos la puerta como para burlar al destino, pero más nos demoramos en sentarnos en la fría taza, que nuestros hijos en abrir la puerta buscándonos desesperados para hacernos compañía. Pareciera no importarles a nuestras pequeñas garrapatas nuestro motivo para ir al baño, sea número uno o sea número dos, ellos necesitan estar con nosotros en ese pequeño espacio de 2 metros cuadrados. Las charlas de baño son increíbles si no fuera por lo humillante de nuestra posición. Yo incluso las he llevado a cabo con el niño sentado en mis piernas, y eso, sí que es una verdadera prueba del famoso multitasking. Lo difícil es acordarse ahora de cerrar la puerta cuando estamos con otras personas en la casa… ¿Qué alguien me explique?

 

  1. Planear hacer miles de tareas pendientes para cuando los niños se duerman. Lavar la loza, terminar ese libro, redactar ese mail, arreglar el clóset, ponernos una mascarilla, llamar a la mamá, hacerle el favor que te pidió tu mejor amiga … a duras penas a veces logro lavarme los dientes después de dejar a Lolo dormido, y eso porque mi 10% me obliga a hacerlo a pesar de la pereza. Mis muelas se lo agradecen.  ¿qué alguien me explique? Con que ganas una mamá logra poner en marcha otras tareas, que no sea arruncharse con el maridito, a esa hora. Tengo una lista pendiente que quizás nunca voy a cumplir porque prometo y prometo durante el día que a la noche la voy a hacer.





¿Qué alguien me explique por qué conseguimos quien nos cuide a los niños por la noche para poder ir a una fiesta pero no pensamos en quien nos los va a cuidar al otro día mientras se nos pasa el guayabo?  ¿Qué alguien me explique por qué no me he rapado si halarme el pelo es el juego favorito de mi hijo? ¿Qué alguien me explique por qué en vez de escribir un post sobre estas bobadas no estoy durmiendo?

 

Perdonen. No es mi culpa. Me faltan horas de sueño, otro par de manos, un ojo en la nuca y un quiropráctico musculoso que me atienda día de por medio.  Lo siento mundo.  Soy mamá y soy torpe. Pero lo que me falta en destreza me sobra en constancia… y tengo un hijo que no me ha salido tan mal para probarlo.

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De todas mis fiestas, recuerdo con nitidez la primera ostentosa que tuve de cumpleaños. Tenía 7 años y por ostentosa me refiero a que mis papás alquilaron el salón comunal, me compraron una piñata de Guri Guri, el muñeco de moda por ese entonces, contrataron recreacionistas de camisetas rojas que en algún momento también hacían de magos y meseros, las sorpresa eran jacks o catapis, como le dice mi 10%, y nadie se quejó del nivel de gluten de los perros calientes. De mis onomásticos anteriores tengo como prueba un par de fotos, pocas para mi gusto pero hay que recordar que la cámara era de rollo y mi mamá no era adicta a Instagram.

fiestas del 1 al 4

Las fotos comprueban que mis progenitores celebraron mis primeros años de vida, y también comprueban que para celebrar esos primeros años de mi maravillosa existencia, valga la pena decirlo, no era necesario hacer una fiesta en la estratosfera. Y la primera razón es que por más que me esfuerce me es inútil recordar mi primer, mi segundo o incluso mi tercer cumpleaños sin tener que recurrir a una sesión de regresión. Celebrar un año más de vida de alguien amado, en especial de un hijo, es una emoción que no nos cabe en el pecho. Pero al parecer, la moda de las mamás de ahora, es botar la emoción y la casa por la ventana, para organizar fiestonononones más pensados en deslumbrar a los adultos que divertir a los pequeños.

Las fiestas infantiles del momento me asustan. Cada vez que recibo una invitación de la mano del portero, un ligero escalofrío recorre mi cuerpo. Mientras leo en voz alta “Te invito a mi fiesta para celebrar mi cumpleaños número 1” …mi mente dice no no no no me invites y entiende lo siguiente:

“Te invito a mi súper fiesta de la que no recordaré nada porque tengo un año. Te invito a que me veas dormir la mitad de la tarde, que te lleves de recuerdo una botella de agua personalizada con mi nombre que botaras tan pronto salgas de acá. Te espero para que te burles de mis papás tratando de tomarme una foto sin llorar, al lado del muñeco de Disney de moda en versión gigante y mal oliente. Te espero a las 2 de la tarde con un buen regalo porque las sorpresas que tenemos son impresionantes. No olvides traer a tu hijo porque aunque no parezca la fiesta es para él.”




Las mamás de antes, creo, no se devanaban los sesos pensando una fiesta temática para un niño menor de dos años, que nadie (al menos cercano) ya hubiera hecho. La piñata se llenaba de basura, por basura me refiero a pequeños muñecos de plástico deformes y unicolores, porque lo divertido era partirla con un palo de escoba sin llevarse la cabeza de alguno de los invitados. Las sorpresas eran la basura que cada niño lograba salvar de la piñata o el popular Jacks (siii, el mismo catapis). Eran fiestas bonitas en las que corríamos los muebles de la sala para tener más espacio y toda la familia se turnaba la inflada de las bombas para no hiperventilar. Fiestas geniales en las que nos reuníamos alrededor de una mesa a cantar un cumpleaños feliz y callábamos solemnemente, a modo de ritual, durante 4 segundos mientras el homenajeado pedía deseos secretos al soplar las velas. ¿En qué momento organizar una fiesta infantil alcanzó niveles tan estrafalarios en los que a veces ni siquiera hay tiempo de pensar los deseos antes de soplar las velas?

Me perdonarán las anfitrionas de fiestas hermosas que superan el presupuesto que invertí en mi matrimonio, pero entre tantas arandelas parece escapárseles la magia de celebrar y agradecer un año más de vida. No quiero arruinarles la inversión pero esas fiestas no las disfruta el cumpleañero por ahora. Con una torta, unas velas, tres bombas y una tarde de diversión y cariño es suficiente para los primeros años. El resto, las arandelas, son sólo para que los adultos inflemos pecho y nos regocijemos en el ego. Yo he decidido ahorrarme esa platica para cuando Lolo me pida su fiesta, me diga claramente los nombres de los amigos que quiere invitar,me diga donde la quiere y como la quiere, me diga convencido de qué sabor quiere la torta, escoja lleno de emoción la decoración y me pida no tomarle fotos porque quiere seguir jugando con sus invitados.

Este año, Lolo cumplió 3 años y yo me rehusé con todas mis fuerzas, y mi 10% con toda su billetera, a celebrarle su cumpleaños como parece que debíamos celebrarlo. Dijimos que no a alquilar un sitio lleno de actividades que cobran el minuto más caro que un parqueadero en la 82. Dijimos que no a buscar quienes tienen hijos en nuestra lista de contactos cercanos y no cercanos para conseguir un quorum decente de niños. Dijimos que no a gastarnos lo que nos vale un mes de mercado en sorpresas descrestadoras y útiles para los invitados. Hicimos una cartelera con todos los momentos importantes desde que supimos que íbamos a ser papás, organizamos foto por foto con Lolo y con cada foto recordamos divertidas anécdotas, se la expusimos a Lolo y su cara sonreía con cada historia, de repente no nos cabía el agradecimiento en el pecho por estos tres años que lleva Lorenzo a nuestro lado alegrándonos la vida. Así, sin arandelas, tuvimos la mejor celebración de todas hasta ahora. Puede que Lolo tampoco se acuerde cuando crezca de la cartelera de su cumpleaños número 3, pero al menos la satisfacción en mi pecho y las lágrimas en los ojos de mi 10%, me confirmaron que celebramos lo importante sin gastarnos un dineral. Prometo hacerle una cartelera cada año que le recuerde a él y nos recuerde a nosotros lo afortunados que somos de celebrar otro año juntos.

Fiesta de Lolo año 3

Habrá cumpleaños de francachelas y comilonas que nos hagan sentir como reyes rodeados de amigos, pero también, mientras pueda hacerlo, habrá carteleras que los tres releeremos en la intimidad de nuestra casa conmemorando la vida. Y así, de pronto podremos garantizar que entre tanta arandela no se nos embolate lo importante.





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