¿Soy intensa? Obvio que no.

Aunque no conozco una mujer que no haya elevado sus niveles de intensidad (normales por aquello intrínseco al genero femenino) una vez se hizo mamá. Todas “intensiamos” y nos obsesionamos con algo, aunque no todas con lo mismo. Durante el embarazo hay quienes se rehusan a probar siquiera media empanada que pueda crearle al feto dependencia a los fritos, otras lo hacen por razones estéticas y hay otras, a las que el sueño no las deja pensar en otros asuntos que no sea la cama. Hay quienes se preparan para un parto natural a como de lugar y hay quienes desde antes de quedar embarazadas ya tienen separada la fecha de la cesárea. Mamás hay de todas las clases, estilos y gustos, conociendo a varias mentiría si no les dijera que tengo mis favoritas, pero lo cierto es que no hay una mejor o una peor. Aunque en el fondo de nuestro corazón al compararnos con otras nos sintamos superiores.

Somos tan distintas pero tan iguales, que dentro de esta diversidad de mamás, creemos que hay unas en particular que se elevan por encima de la media, sobrepasan la intensidad que nos caracteriza, y bordean por momentos la locura. Esas mamás, las que para este caso de estudio llamaré las intensas, van a hacer el siguiente test y lo más seguro es que ni siquiera se van a dar por aludidas. La principal característica de su intensidad es creer que son perfectas, y que el resto de viles humanas que decidimos ser mamás somos irresponsables, quejetas y poco dedicadas. Ninguna de nosotras se atrevería a describirse como intensa aunque… será que creemos que somos “mamá cool” y resulta que somos esa especie intensa. ¿Preparadas?




TEST: Qué tan intensa eres como mamá?

  • En el último mes que tanto has llamado a tu pediatra:
    1. Todas las veces necesarias, y estoy esperando que me apruebe como su amiga en Facebook.
    2. Una sola vez y creo que fue una pregunta por WhatsApp.
    3. Ups ¿cuándo es que tengo que volver a llevar a mi hijo al pediatra?
  • Cuando hablas de tu hija/o con otras personas usas estas palabras:
    1. Mi tesoro, mi motor, mi mayor bendición, mi mejor amigo.
    2. Su nombre
    3. Su apodo
  • El día de tu cumpleaños tu empleada:
    1. Se ausentó por supuesta enfermedad
    2. Me trajo flores, carta de sus hijos y preparó mi comida favorita
    3. Hizo lo mismo que yo en su cumpleaños: Nada
  • El ring tone del celular de tu esposo cuando lo llamas es:
    1. La musiquita de Psicosis o Tiburón
    2. La musiquita de Up
    3. No sé. Nunca estoy a su lado cuando lo llamo.
  • Para celebrar el primer año de tu hijo:
    1. Me gasté el presupuesto de su primer semestre de universidad en botellas personalizadas, fotógrafo, show con todos los personajes de Disney, sorpresas y un dj.
    2. Le compré una torta
    3. No le hice nada porque igual no se va a acordar
  • Un postre para tu hijo es:
    1. Galleticas orgánicas de quinua, sagú y amaranto con julianas de papaya.
    2. Un conito de dos mil
    3. Gomitas, chocolatinas, pasteles, dulces… todo lo que se come antes, durante y después del almuerzo.
  • La última vez que perdiste la paciencia con tu hijo fue:
    1. Jamás pierdo la paciencia. Siempre dialogamos, reflexionamos sobre la situación, contamos hasta 3 y entendemos la emoción y reacción de nuestros actos.
    2. Ayer
    3. Creo que mi hijo es el que la pierde conmigo.
  • Tus amigas te llaman de cariño:
    1. Voltaje
    2. La mamá
    3. Despelotada
  • Para ti las vacunas son:
    1. Sustancias tóxicas con las que la industria farmacéutica envenena a nuestros hijos y les inhibe la producción natural de defensas.
    2. Avances de la ciencia que impiden que nuestros hijos mueran de polio como en el pasado.
    3. ¿Dónde tendré el carnet de vacunación? ¿Le faltará alguna a mi hijo?
  • Cuándo llevo a mi hijo al parque, yo:
    1. Saludo a todos, le pregunto a los niños sus nombres y se los presento a mi hijo para que se hagan amigos, si veo un niño sentado mal lo corrijo para que no se le dañe su cadera, les recomiendo a las otras mamás sitios y recetas y básicamente no paro de hablar.
    2. Me pongo gafas de sol para evitar hacer contacto visual con otras mamás.
    3. Le encargo mi hijo al portero
  • En el grupo de WhatsApp del jardín participas:
    1. Mucho, es bueno estar en contacto con el grupo de padres y que seamos una comunidad que nos apoyamos.
    2. A veces, usualmente para escribir “ok, gracias”
    3. Me salí de ese grupo porque me aburrí.
  • ¿Cuántos colegios visitaste para escoger el de tu hijo?
    1. Voy a hacer homeschooling toda la vida.
    2. Hice una lista en Excel, analicé precios, distancias, posibles rutas en caso de tráfico pesado, calidad de inglés del grupo de profesores y tipo de papel higiénico que compran para los baños.
    3. ¿Será que todavía consigo cupo en alguno?




Resultados:

Elegiste la opción 1 en la mayoría de respuestas: Nivel alto de intensidad. Mamá HARD CORE

Hola bella intensita. Eres esa mamá que todas creemos que eres mitad ficción mitad fantasía, pues nos resulta increíble y aterrador pensar que existe alguien tan zen en la vida real. Admiramos el orden y la rigurosidad de las meriendas de tus hijos pero nos sentimos incomodas en tu presencia por temor a ser juzgadas al vernos devorar una salchicha. Ser mamá para ti no es suficiente, tienes que ser la mejor, demostrarlo a las otras y que el mundo te lo reconozca. De seguro planeaste un parto en casa, con piscina, tres parteros, dos maestros indígenas y obvio sin anestesia. Has leído todos los libros de maternidad posibles o al menos ya estás escribiendo uno. Y estás convencida de que serás la mejor amiga de tus hijos. Querida intensa, eres excelente mamá y puedes seguirlo siendo aún si te relajas un poco. No pasa nada si un día nuestros hijos se atosigan de galguerías o sólo quieren almorzar papas a la francesa. Tampoco está mal aceptar que a veces la embarramos y que no siempre tenemos el chip de buena madre activado. Recuerda que no todas quieren oír tus consejos o ser como tú. Un poco más de Bob Marley en tu vida no estaría nada mal. 

Elegiste la opción 2 en la mayoría de respuestas: Nivel medio de intensidad. Mamá CROSSOVER

Hola normalita. Representas a la gran mayoría de las mamás catalogadas como intensas dentro de lo normal, o simplemente contestaste las preguntas que te parecían más correctas con tal de no ser juzgada. “Intenseas” por temporadas y con diferentes temas. En casa tu 10% cree que eres una intensa pero cuando una mamá HARD CORE le queda al lado en una piñata, llega a casa con ganas de hacerte un altar. Has intentado que tu hijo coma saludable los 7 días de la semana pero siempre se atraviesa un McDonalds que hace que un día mandes todo al carajo. Hay momentos que eres el ejemplo andante del yoga y hay otros que eres la reencarnación de Hitler. Estás en un punto tan medio y tan tibio que puedes adaptarte a amigas muy intensas o muy relajadas sin mayores contratiempos. En compañía de unas u otras adaptas algunos de tus comportamientos para no entrar en conflicto pero despotricas de unas y otras a la par. A veces desesperas con lo que dicen algunas mamás en el chat del jardín y otras veces eres tú la que da lora con un tema, aunque obviamente tu si tienes justificación para hacerlo. 

Elegiste la opción 1 en la mayoría de respuestas: Nivel bajo de intensidad. Mamá REGGAE

Hola doña calma. Eres tan relajada que a veces nos preguntamos cómo ha sobrevivido un niño bajo tu cuidado. Me atrevo a decir que no existes o eres hombre. No hay mujer sobre el planeta que no esté un poco loca y joda por alguna cosa. Eres la mujer que todas invocamos cuando viene la suegra de visita. La que juramos que somos ante otras amigas. Y la que quisiéramos ser cuando nuestro 10% no nos contesta el teléfono. Seguro para llegar a este nivel, tuviste que mentir en un par de preguntas, pero no importa, es parte de ser más relajada que Bob Marley. La mayoría de cosas que atormentan a las mujeres, para ti no tienen mayor trascendencia, lo que te convierte en un blanco fácil de criticar y por supuesto de envidiar. Y aunque la vida parece más fácil desde tu perspectiva, no sobraría un poco de intensidad. 

¿Eres intensa? Lo soy!  y qué?

Lo único verídico de este test, es que todas somos intensas de alguna manera. Algunos días, o con algunos temas, somos relajadísimas. Pero hay otros que nos despiertan infinidad de pasiones. Todas somos una mezcla de sentimientos, momentos buenos o malos, días felices o tristes, imágenes que queremos guardar para siempre o borrar de inmediato y sin contemplación. Esta montaña rusa nos da la autoridad para poder ser un poco de cada una en muchos momentos. Seguro cuando estés con una mamá muy Reggae, esa Hard Core que llevamos dentro va a salir. Igual cuando tengas que compartir con esa Crossover, las ganas de ser menos rígida hará que tu Reggae vuelva a sentirse. Para algunos somos unas mamás ejemplares, para otros un desastre, depende del día que hayan tenido que cruzarse con nosotras. Así que por ahora no nos preocupemos por nuestro nivel de intensidad, porque si algo es seguro es que en algún momento a todas nos posee ese demonio. 

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Los hijos valen plata, mucha plata. Un dicho popular asegura que los niños vienen con el pan debajo del brazo. Si tomara esta frase literal, el dichoso pan no serviría para nada porque no hay producto que dure menos en mi casa que éste. O, tendría que confesar que el día del parto mi atención se dividía entre el pequeño ser que me cambiaría la vida para siempre, y el exquisito pan (ojalá trenza con queso) que traía consigo.




Hubiera sido difícil no sucumbir al pan calientico recién salido del horno antes de lactar por primera vez.  Por fortuna el pan no se presenta en términos tan literales. Pero sin lugar a dudas, lo que sería absolutamente genial sería que con cada niño viniera también un cheque en blanco firmado al portador. Los hijos valen plata pero también valen la pena, así que nos las arreglamos sin el bendito cheque para sobrevivir.

Le cortamos los piecitos a las pijamas para que les sirvan un par de meses más, recibimos herencias de los primos y amigos cercanos, lloramos de dicha cuando la tienda infantil anuncia promociones épicas, nos arremolinamos frente a la góndola que tiene la ropa con el 70% de descuento así nunca encontremos la talla que buscamos, guardamos en una servilleta la mitad de la hamburguesa para dársela recalentada a la comida.

Hacemos muchas cosas para ahorrar unos pesitos con tal de algún día poder comprar el plan de educación pre-pagada para nuestros hijos. Y aún así, a final de mes nos preguntamos ¿A dónde se fue nuestra plata? En pendejadas…Los únicos culpables no son los carteles de los pañales o cuadernos…




  1. En cepillos de dientes. Dicen los odontólogos que hay que cambiarlos cada tres meses, pero de seguro esos odontólogos, jamás han visto la velocidad con que un niño acaba uno en cinco días. En su afán por devorar la crema, los niños muerden y succionan el cepillo dejando sus cerdas como pelo de troll noventero. Un cepillo cuesta $7.000, digamos que somos lichigas y nos las arreglamos un mes entero con la porquería en que lo convierte nuestro hijo. Al año son $84.000
  1. En chucherías. Un niño promedio, de padres relajados que lo dejan comer una que otra delicia con cero nutrientes, destapa 1 o 2 paquetes de galguerías más de dos días a la semana. Paquetes que casi siempre quedan con la mitad del producto sin consumir y usualmente desperdigado por nuestra cartera. Un paquete de papas por poner un ejemplo vale $1.000, redondeemos en que destapamos uno diario, son $7.000 a la semana, $28.000 al mes, $336.000 al año.

 

  1. En bolitas y dulcecitos. Es muy difícil ahorrar si uno llega a casa sin monedas para el marrano. Los niños son especialistas en vaciar monederos con tal de ver salir por un tubo transparente unos dulces casi siempre desabridos que de hecho casi nunca terminan en su boca. Y como diría un amigo economista de 100 en 100 se descompleta el sueldo. Ahora súmele que estas dispensadoras de dulces sólo reciben de 200 o de 500. Yo le apuesto que al mes pierdo en monedas $25.000 teniendo en cuenta que varias veces se me tragan la moneda y tengo que usar otra moneda más. Al año estamos hablando de $300.000

 

  1. En jabón líquido y shampoo. Mi hijo, como la gran mayoría, detesta que se los aplique pero ama jugar con ellos y hacer burbujas y espuma por toda la ducha. Al parecer asume que ese es su verdadero y valioso uso mientras la plata se va literalmente por el drenaje. Un shampoo y un jabón líquido, depende de la marca y de un tamaño moderado, cuesta mas o menos $10.000 cada uno. Duran en promedio 2 meses, en un año podemos gastarnos $120.000.

 

  1. En maquinitas de juegos. La superintendencia debería verificar que no exista un cartel de las maquinitas también. La adicción que generan hacen que uno termine dejando medio sueldo entre luces, sonidos y tickets al mejor estilo de Las Vegas, y no hay manera de hacer rendir 50.000 pesos por más de 20 minutos. Eso sin contar que dudo de mi nivel de matemáticas con cada resta que dichas máquinas le hacen a mi tarjeta recién recargada, por algún tipo de brutalidad mía o malicia indígena de los dueños siempre creo que me queda más crédito del que en realidad tengo. Cuando sea grande, pensaré seriamente en la posibilidad de montar un negocio de estos, de seguro las ganancias semanales serían un lindo simbolismo de que los niños vienen con el pan debajo del brazo. Digamos que uno carga la tarjeta con 30.000, digamos que uno va dos veces al mes, digamos que uno se antoja de otros 10.000, de otros y de otros, se gasta $60.000 (y créame que la ha sacado barata). Al mes serían $120.000 y al año $1´440.000.




Mal contado, esto suma $2´280.000 que bien podrían cubrir dos meses de jardín, más el par de botas que nos soñamos, más una mascarilla facial.

Así que mejor ni hablo de la ropa que se les queda como nueva, del juguete de moda que sólo usan los primeros 10 minutos después de destaparlo, de los desmaquillantes que no volvimos a usar por caer dormidas sin lavarnos la cara, de los pañitos que despilfarramos limpiando no sólo colas (sino cachetes, manos, pisos, espejos, camisas, mocos, baños públicos), de la faldita para salir a bailar que jamás nos hemos estrenado, del bloqueador que hemos comprado 5 veces en un año porque siempre olvidamos en que cartera lo guardamos, del manicure que pagamos y se nos daña recién hecho.

Aich me duele el bolsillo. Los hijos valen plata… que va, corrijo, los hijos valen oro y tenerlos es un despilfarro delicioso.

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El 8 de junio decidí quedarme en casa con Lolo a jugar y a practicar la dejada del pañal. Para las ortodoxas que se asombraron porque mi hijo ya tenia 2 años y 11 meses y no le había quitado el pañal, sólo quiero sonreírles y hacerme la güevona. Llámele pereza, llámele timing o llámele “cada niño tiene un proceso diferente”. Siendo sincera, debo decirles que mi intuición de mamá me decía hace rato que era hora, pero mi condición de humana me obligaba a hacerle el quite al asunto. Pero un día me llene de valor, me abastecí de jabón rey, y traté de recordar mis clases de yoga prenatal para no perder la paciencia. “tengo chichi” empecé a decir cada vez que quería ir al baño y así Lolo me dijera que no quería me lo llevaba a hacer conmigo. Escuché muchas frases disfrazadas de consejos, que durante el proceso se volvieron mitos que me llenaron de falsas expectativas. Descubrí que uno deja el pañal en un día pero eso no significa que el niño también. Así que para que no se estresen inútilmente o se den golpes de pecho porque Fulanita dice que su hija lo logro sin esfuerzo, les comparto las frases-mitos que por poco hacen que Lolo pase de los pañales de bebé a los de adulto sin unos años en el intermedio.




“Esperar que el niño esté listo”. La frase la repite todo el mundo como si hiciera parte de una oración zen, pero no dejan de mirarte con una sonrisa de compasión y regaño si tu hijo ya ha cumplido los dos años, habla, canta, baila y aún usa pañal. Lo cierto es que ellos deben estar listos, pero también y sobretodo nosotras. Si nosotras no estamos listas el proceso será tormentoso y estará destinado al fracaso. Habrá accidentes leves que requerirán un trapero y otra pantaloneta, y habrá accidentes para los que quisieras tener el traje de protección que usan los médicos para los pacientes en cuarentena, o al menos una gripa tenaz que no permita que por tu nariz se cuelen olores causantes de arcadas. Si no estás preparada para soportar con paciencia y amor este tipo de eventos, explotarás en ira, gritarás, llorarás y de paso asustarás a un pequeño bañado en popo que sólo necesita un abrazo para intentarlo la próxima vez. ¿Estás lista mamá?

“No pierdas la paciencia”

 Así ellos estén listos y así nosotras estemos listas, sentir un poco de rabia, desconsuelo e impotencia en algún accidente es normal, sobretodo cuando ya nos sentimos en la otra orilla del charco y estamos más bien encima de uno de miados. Algunas robots dirán que jamás su cordura permitió el paso a estas pasiones tan cavernícolas, quizás a ellas, encerrarse en un baño de centro comercial a limpiar a punta de pañito húmedo una cagadita no avisada, les parece un buen parche, o quizás simplemente son mejores seres humanos que yo. Se puede perder la paciencia, claro que se puede, pero la verdad es que no ayuda perderla delante de ellos. No queremos que le cojan miedo a la taza o que se estriñan por temor. No perder la paciencia es un buen consejo pero a ratos un mito. Si sienten que la pierden no se sientan asesinas en potencia, simplemente humanas. Cuenten hasta 10, piensen que somos una partícula ínfima de este universo y que la cagada no es tan cagada, sonrían, respiren, abracen a sus chiquitos (si los quieren alzar allá ustedes con la untada de brazo) y vuélvanlo a intentar. Limpiar un culito de bebé es mucho más ameno que uno de anciano, así que relájense que a ellos de pronto les cobraremos la labor dentro de unos años.

“El niño te avisa cuando ya no quiera pañal”

 Al parecer hay niños que con la elocuencia de un sabio vienen y te avisan que ya no quieren ese adminiculo de primera necesidad altamente contaminante. En mi caso (no faltará quien me culpe por esto) Lolo más que elocuente es práctico, y si no fuera porque empezamos a convencerlo del proceso hubiéramos podido llegar a celebrar los 12 años con pañal, porque para su lógica era muy cómodo no tener que interrumpir un juego, una película, no tener que usar un baño público (trauma heredado por mi, lo reconozco) o no tener que apretar de más los esfínteres en un trancón y sufrir con cada hueco bogotano. A mi no me avisaron, yo le pregunté a Lolo muchas veces, hubo varios intentos antes y varias renuncias el mismo día, hasta que esta vez, mi hijo parecía tener la disposición y yo la convicción.

“En una semana deja el pañal”

A esta frase quisiera contestar como dicen los actores en el teatro antes de salir a función “Mierda Mierda Mierda”. Hay páginas de internet que te dicen como lograrlo en 5 e incluso en 3 días. Repito, no faltará la mamá postre que te diga que si los niños están realmente listos dejarán el pañal de un día para otro y sin accidentes, pero yo de postre no tengo nada y soy más bien común y corriente tirando a demasiado normalita. Y para los viles mortales como yo, el proceso puede durar semanas o incluso meses, para poder decir, sin temor a que los pantalones mojados de tu hijo de contradigan, que ya se superó la era del pañal. La verdad es que los niños dejan el pañal en un día, si con eso quieres decir que desde ese día no le volviste a poner uno. Pero lo dejan en varios meses, si con eso quieres decir que llevas más de 30 días sin accidentes.

“No lo premies o castigues”

En lo de castigarlo creo que todos estamos de acuerdo, pero en lo del premio todas caemos en la tentación, así la teoría repita y repita que no debemos hacerlo. Conozco mamás que premiaron con gomitas, otras con stickers y otras con visitas a parques. El acierto de llegar a la tasa para una miada o para el temido número 2 merece una celebración. En mi casa cantamos y bailamos como bobos con cada sentada de Lolo y por cada acierto le damos un M&M (sí uno, no la bolsa entera, son varias idas al baño en un día y nadie quiere un coma diabético) y una carita feliz pintada en la pared. A Lolo se le volvió un juego, pide premio para mamá cuando ve que estoy en el baño, pinta sus propias caritas tristes cuando no lo logra y salta, con la misma falta de ritmo de los papás, cada vez que la taza canta en señal de haber recibido sus líquidos y sólidos.

“No hay afán”

Cada niño tiene su proceso y nadie mejor que nosotras para saber el momento indicado. En ese orden de ideas no vale la pena apresurarse. Pero lo cierto es que tampoco podemos quedarnos atrás demasiado, dejar el pañal es un paso que todos deben dar tarde o temprano, es un paso que los empodera con una independencia maravillosa, y es un paso que les abre posibilidades en el mundo. Y así no nos guste, el mundo tiene unas dinámicas de las que no podemos relegarnos. “Para el siguiente nivel los niños ya deben ir al baño”, “El curso se dicta a niños de 3 a 4 años que ya no usen pañal”, “sigue mamá a tu control pediátrico, para empezar deja el niño en calzoncillos”, etc.  Y eso sin contar que los berriondos son una rentica importante en la canasta familiar.




A modo de tips:

  • A mi me funcionó quedarme en la casa los primeros 5 días, saliendo sólo al jardín, donde las guías me apoyaban con el proceso. Las tardes en casa te dan la tranquilidad de, perdón la redundancia, estar en casa. Tienes toda la ropa a tu disposición, puedes estar en bola, tienes a la mano trapero, toallas, jabón y dado el caso la ducha.
  • Salir de casa días después, aún sin tener la certeza de que todas las veces tu hijo avisa, es una especie de reto que a ellos les ayuda a entender mucho más el proceso. Empaca tres pintas, pañitos húmedos e invítalo a conocer el baño de todos los lugares a donde vayan.
  • Para salir de casa e ir más tranquila puedes usar los famosos “pull up” pero debes recordarle ir al baño cada tanto para que ambos no se confíen en el pañal y pierdan terreno ganado.
  • Si eres más guerrera y audaz, puedes comprar unos calzoncillos de entrenamiento (yo los compré en Mothercare, ahí perdonarán la cuña pero sé que muchas me van a preguntar) que tienen una especie de forro en toalla. Evitará que los accidentes sean mayores pero tu hijo igual se mojará y entenderá la dinámica.
  • Relájense. Los accidentes no son tan graves así que dejen la preguntadera cada 15 minutos. La idea tampoco es desesperar a los pobres con “¿tienes chichi?” a cada rato.
  • Quítate de la cabeza que en tantos días no habrá accidentes. Cuando le pregunté a una amiga cuánto se había demorado en quitarle el pañal a su hijo me dijo “3 meses”. Yo llevaba dos días y esto me pareció una exageración, días después agradecí su respuesta porque descubrí que en medio de muchos aciertos se cola uno que otro accidente. No fijarse una meta sino vivir el día a día también les disminuye las ganas de llorar y la rabia cuando no la logran.
  • Jamás canten victoria. Yo ya salgo con Lolo a la calle, voy a cine, al parque, incluso él bailó en su clausura sin pañal y hasta hemos cogido carretera de tres horas. Pero todavía cargo en mi bolso tres pintas, un pull-up por si la desconfianza o la comodidad se apoderan de mi, le pregunto a cada rato si quiere ir al baño y sigo festejando cada ida al baño como la primera.
  • Como dicen por ahí “nadie aprende en cuero ajeno” así que vivan su proceso como mejor les funcione en casa… no crean en todo lo que dice internet (incluido este martes de post-parto) y no se dejen achicopalar por ninguna mamá postre o robot que asegure que todo fue fácil, natural y sin complicaciones. Y chao que tengo chichi. Perdón, es la costumbre de andar avisando a ver si alguien más en casa me copia.





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¿Alguna vez jugaron “Yo nunca he…”? Seguro que sí. Es el juego por excelencia de los adolescentes para averiguar verdades, descrestar amigos y, obvio, emborracharse. Gracias a este juego  supe que una amiga ya no era virgen, que todos han meado alguna vez en la ducha y que un ex novio era una verdadera piltrafa. En esa época después de cada frase de “Yo nunca he…” si uno sí lo había hecho se tomaba un trago. Hoy haré lo mismo con ustedes a la distancia, espero que en mi nombre se tomen al menos 5. Juguemos “Yo nunca he…”:




    • Yo nunca he dejado a mi hijo arrugarse como una uva pasa en la tina, para alcanzar a vestirme y maquillarme. (No quedé espectacular pero al menos decente)
    • Yo nunca le corté un dedo por cortarle una uña. (Me dolió más a mi, lo juro)
    • Yo nunca he olvidado untarle bloqueador en clima frío. (Con verle los cachetes rojos por la noche es suficiente castigo)
    • Yo nunca le he dado gaseosa light. (Les juro, tiene menos azúcar que un té)
    • Yo nunca he dado una vuelta más a la manzana en el carro para que se duerma. (Necesitaba escribir un post)
    • Yo nunca pensé quitarle el pañal apenas cumpliera dos años. (Es que me daba física pereza)
    • Yo nunca lo he llevado a una piñata el día equivocado. (En mi defensa, no me equivoqué en la hora y llegué, como cosa rara, muy puntual)
    • Yo nunca he hecho de comida dos noches seguidas perros calientes, ponga la comida chatarra que más se repite en su casa. (Saber que uno va a la fija no tiene precio)
    • Yo nunca he gritado “Ya no más” (Aunque sepa que no se debe gritar).
    • Yo nunca he limpiado sus cachetes y su nariz con mi índice untado de babas. (Y eso que en la cartera tenía pañuelos, pañitos húmedos y jabón desinfectante)
    • Yo nunca lo he mandado al jardín un día que no había clase. (Y que encartada me pegué)
    • Yo nunca he olvidado revisar cibercolegios a diario. (¿No pueden también mandarme los mensajes por Whatsapp? ¿Al menos los urgentes?)
    • Yo nunca lo he dejado ver televisión más de la hora recomendada por expertos. (¿Ya le habré ocasionado daños irreversibles?)
    • Yo nunca he dicho groserías delante de él. (Una vez, un par. Bueno, muchas veces)
    • Yo nunca me río cuando se las oigo decir a Lolo. (Es que le suenan divino)
    • Yo nunca he olvidado llevar dolex, curitas y elementos básicos de un botiquín para viajar con niños a lugares donde la droguería más cercana queda a dos horas en lancha. (Digamos que soy positiva)
    • Yo nunca tengo que buscar el registro civil de nacimiento de Lolo para poder decir su número. (Pero lo tengo anotado en el celular)
    • Yo nunca he dicho “Dile a tu papá” con tal de zafarme de hacerle el favor. (Sin que el papá me oiga, obviamente)
    • Yo nunca he preparado comida horrorosa que mi hijo igual se ha comido. (Yo la he probado al final y no me explico cómo lo hizo)
    • Yo nunca le he dado dulces antes, durante o después del almuerzo. (Si no es ahora que los quema jugando, entonces cuándo?)
    • Yo nunca he puesto en duda que ser mamá fue la mejor decisión. (Han sido unos segundos en unos días de esos bien malos)
    • Yo nunca me he dormido antes que Lolo y lo he dejado viendo babytv hasta que le de sueño. (Hay días que ni tres bebidas energizantes ayudan)
    • Yo nunca le he prestado mi Ipad, aunque Lolo asegura que es de él, para almorzar sin afanes en un restaurante. (Juegos educativos casi siempre. Bueno, algunas veces)
    • Yo nunca he peleado con mi 10% porque no hace las cosas con Lolo como yo las hago. (Y eso que a su manera a veces es mejor)
    • Yo nunca he criticado a otras mamás. (Y después un comportamiento de Lolo me ha hecho tragar mis palabras)
    • Yo nunca quise tomarme una selfie acostada en la cama con Lolo pero el celular se me resbaló de las manos y cayó directo y con toda la fuerza de gravedad sobre su frente (Lolo lloró, mi 10% llegó corriendo preocupado, yo dije “no sé que le pasó”, la pena no me dejó confesar la selfie… hasta hoy…ojalá no me lea)




Juro solemnemente que a pesar de estos, y otros “yo nunca he” que seguro se me escapan, he criado un niño feliz, saludable y normal. Por cada metida de pata cometida podría apostar que he tenido un par de buenos aciertos. No seré perfecta, no prepararé las mejores sopas ni podré dar charlas de crianza, pero algo tengo que estar haciendo bien. O al menos la sonrisa de Lolo cada vez que me ve, de eso me tiene convencida. A fin de cuentas, yo nunca he sido tan feliz como desde que me convertí en mamá. Salud… Nos va a dar guayabo a todas, verdad?

 




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Somos dramáticas y exageradas por naturaleza. Cuando estamos solteras, éstas características nos vuelven desesperantes, cuando estamos entusadas hasta la mejor amiga nos huye, cuando nos casamos nos pueden hacer hasta firmar un divorcio. Pero  cuando nos volvemos mamás, es cuando en realidad el asunto crece a proporciones espeluznantes. El dramatismo, la exageración y la locura se elevan a una potencia que no me enseñaron en el colegio. Valga la pena aclarar, que me gradúe de uno más bien mediocre, así que puede que mi anterior frase no tenga ningún sentido. Lo cierto es, que somos tan sentimentales, tan entregadas, tan locas que creemos que la maternidad es mucho más complicada y desafiante que la paternidad. Para sobrevivir la familia nuestra y la de él, las amigas preguntonas y los desconocidos metiches, hemos aprendido a sonreír y hacernos las güevonas. Pero ni por medio segundo nos hemos detenido a pensar si ellos, los padres, nuestros adorados y en este caso abnegados 10%, también han necesitado sonreír y hacerse los güevones. Creemos que ellos, los padres, la tienen fácil, que no sufren, que van en coche, que no aprietan nalga como nosotras y, aunque nos cueste creer lo que voy a decir a continuación, estamos equivocadas. Ellos sonríen y tragan entero incluso más a menudo que nosotras. Ellos respiran y cuentan hasta 10 porque, aceptémoslo, a veces vivir con la versión nuestra después de un hijo no es algo sencillo. Yo le admiro a los hombres, más que orinar parados, la facilidad para no darle mayor trascendencia a las cosas. Esa envidiable manera de no tomar una indirecta, por directa que sea, personal. Esa singular manera de olvidar rápido las cosas que no importan, así en ese proceso también se les cuele uno que otro dato importante. Esa torpeza para mentir con tal de no armar un zaperoco. Yo les quiero agradecer las mil y un veces,  aunque acá sólo me caben cinco, que sonríen y se hacen los güevones con tal de vernos felices o la menos tranquilas.




  1. “Amor, ¿en serio otra vez con el celular?

La verdad: Nosotras también nos pegamos al celular como babosas a una pared, pero somos más disimuladas, o al menos eso creemos. Pero verlos a ustedes pegados a ese aparato, así sea porque están escribiendo un mail al mismísimo Presidente de la República, nos saca de casillas. Nos transformamos en esa mujer que nadie quiere cerca y le damos rienda suelta a frases como “si has estado toda la tarde en la oficina ¿cómo es posible que llegues a enajenarte con ese celular y no le juegues al niño?” “otra vez con ese verraco celular” y otras peores en las que nos victimizamos de la peor manera “es que ya no nos pones cuidado” “es más importante un aparato que nosotros”.

Lo que quisieran contestar: Eh, hasta en la propia casa de uno lo joden

Lo que usted debe hacer: Sonría y hágase el güevon y SUELTE DE UNA VEZ ESE JIJUEMADRE CELULAR!.

  1. “Amor, ¿esterilizaste los teteros?”.

La verdad: No. Ustedes no desarrollan con la llegada del bebé el trastorno obsesivo compulsivo por la limpieza, pero en cambio la practicidad, esa misma que a nosotras a veces nos hace falta, les dictamina cada movimiento. Esa practicidad, que nos hace querer ahorcarlos por momentos, hará que no esterilicen un tetero a las 2 de la mañana o más de una vez en un día. Hará que no cambien un pañal, que se cae por su propio peso de los miados, si los dejamos toda una mañana con el bebé porque el comercial dice que aguantan hasta 12 horas. Hará que si les pedimos que empaquen la pañalera, la olviden en casa o no incluyan el objeto preciado del cual la pañalera hereda su nombre, el pañal.

Lo que quisieran contestar: No, ¿para qué?

Lo que usted debe hacer: Sonría y hágase el güevon. No se exponga a una cantaleta sobre bacterias, orden, cuidados mínimos del bebé y las expectativas que tenemos depositadas en usted como papá.

  1. “Tu eres mi 10%”.

La verdad: No son nuestro 10%. Son nuestro todo, aunque a veces parezca que el bebé los ha desbancado. Desde la tribuna a veces también se sufre y más de una vez durante el embarazo, el parto y la cuarentena estoy segura, sintieron la impotencia de no poder ayudarnos a cargar un poco de dolor. No son el 10% porque más menudo pierden la batalla contra nosotras de ir por el retoño a media noche a la cama. No son el 10%, porque por alguna burla del destino casi siempre, aunque hay algunas afortunadas que pueden decir que no, el bebé es igualitico a ustedes. No son el 10% porque sin ustedes nuestro 90% pesa demasiado.

Lo que quisieran contestar: ¿Así? ¿Qué dijo primero mamá o papá? ¿Quién limpió el vómito del suelo a media noche? ¿Quién se hizo el fuerte para que tu no te estresaras y el bebé no se asustará? ¿Quién se escapa de la oficina para acompañarlos al pediatra?

Lo que usted debe hacer: Sonría y hágase el güevon. Usted y nosotras sabemos que el término 10% está impregnado más de amor que de cualquier otra cosa. Síganos la corriente y háganos sentir imprescindibles.

  1. “Amor, quiero otro bebé”.

La verdad: Puede que ya lo haya pensado, puede que le den ganas pero cuando lo oyen de nuestra boca sienten pánico y tienen pesadillas con una hoja de excell durante semanas.

Lo que quisiera contestar: ¿Otra vez quieres pesar 20 kilos más? ¿Ya se te olvidó lo que lloraste con la lactancia? ¿Estás segura que quieres volver a no dormir por la noche? ¿Sabes cuánto valen los colegios?¿Te recuerdo como son los primeros días y los primeros meses?¿Es posible querer tanto a otro hijo como al primero?

Lo que usted debe hacer: Sonría y hágase el güevón.

  1. Amor, ¿te gustaba más mi cuerpo antes del bebé?”.

La verdad: Si y no. Antes podríamos estar menos fofas, con las tetas más rellenas, con cero estrías y más juventud. ¿Y a quién lo le gustaríamos así? Añorar la silueta que teníamos es una estupidez si para recuperarla, tuviéramos que renunciar a la dicha de ser mamá. Esos detalles de nuestro cuerpo que ahora nos atormentan a ellos ni los inmutan. El amor es una cosa tan extraña, y por extraña quiero decir maravillosa, que siempre hará que nos vean por el ángulo que más nos favorece.

Lo que quisiera contestar: Me gustaba antes y me gusta ahora. Puede que si te comparo con las fotos que me mandan mis amigos al grupo de whatsapp, de grillas haciendo cochinadas, estás en clara desventaja, pero nadie quiere envejecer al lado de alguna de ellas. (o si?)

Lo que usted debe hacer: Sonría y hágase el güevón, y de paso apretújenos como adolescente en rumba de pre-icfes a las 3 de la tarde y háganos sentir más perfectas que Giselle Bünchen.




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Pellizcables. Si esta palabra de verdad existiera en el diccionario, su definición sería algo así como: eso que no hacemos pero que podríamos hacer si no estuviera mal hecho. La moral no significa que a veces no nos den ganas de hacer cosas, sino no hacerlas. Al parecer, en este momento alguien recoge firmas para quitarme a Lorenzo porque mis palabras fomentan a la violencia. Es broma, no sobra aclarar. Me acusaron de fomentar la violencia por utilizar una palabra tan atroz como pellizcable contra un niño, como si por el hecho de desearlo, estoy segura que no soy la única que se le ha cruzado por la cabeza, significara que lo hubiera hecho. Que pena con las santísimas vírgenes Maria que jamás han torcido ojo ante un niño inmanejable ajeno. Niños que parece que se le salieron de la mano a las mamás. Cuento con la suerte de ser una niña que nunca fue golpeada por sus padres para castigarla y adoctrinarla. Cuento con la inteligencia y el amor para no hacerlo con mi hijo. Y es ese amor, el que me refuerza cada día más, que hacer que mi hijo respete ciertas normas lo convierte en un ser amoroso, respetuoso y respetable. Negociarlo todo porque el niño así lo quiere sólo lo vuelve egocéntrico, sordo ante las necesidades de otros y prepotente. Por naturaleza ya tenemos que aprender a manejar las pataletas normales de un niño como para sumarle a ellas, una actitud peor debido a un niño que sabe que siempre puede hacer lo que quiere. Tampoco olvidemos que todas tenemos algo llamado sentido común, y algo mejor aún, llamado instinto maternal, lo que nos permite saltarlos ciertas reglas por diversas situaciones particulares (que hoy está enfermo, que el llanto es además por otro problema, que su negativa tiene otras razones , etc) En mi casa hay varias reglas, normas, órdenes, póngale el nombre que quiera… A modo de ejemplo una a continuación:

1pm: En mi casa siempre se sirve el almuerzo a la una en punto. Papá viene hambriento del trabajo, a mamá le suenan las tripas del hambre y Lorenzo jugando con unos bloques dice que no quiere almorzar.

  • Ana: Lolo está servido el almuerzo, vamos
  • Lolo: No
  • Ana: ¿No tienes hambre?
  • Lolo: No
  • Ana: Ok, mamá si tiene mucha. Puedes quedarte jugando, cuando tengas hambre me avisas, pero mamá si se va a sentar a la mesa a almorzar con papá. (Obligar a comer a alguien que no tiene hambre si me parece un acto violento)
  • Lolo: uaaaaa uaaaaa (No sé claramente como describir el llanto, pero el caso es que Lorenzo quiere que yo siga sentada a su lado y no reciba mis alimentos)




Cuando Lolo era bebé me senté a la mesa frente a mi almuerzo frío muchas veces cuando ya todos los comensales se habían retirado. Lolo era un bebé y a veces tenía que amamantarlo a esa hora, o a veces me quedaba arrullándolo para que durmiera, etc. Hoy está por cumplir tres años y entiende lo que es la empatía, el bienestar del otro, sabe que tiene necesidades pero que papá, mamá, los abuelos, sus amigos y primos, también.

  • Ana: amor, si quieres me acompañas así no tengas hambre y ahora seguimos jugando. Tenemos toda la tarde para jugar.
  • Lolo: No
  • Ana: ok, entonces quédate jugando y mamá viene apenas termine.
  • Lolo: No.

Alguien está diciendo demasiados NO y no soy yo.

Me siento a la mesa y almuerzo con mi 10%. La primera vez Lolo vino a tratar de halarme de la mano para pararme de la mesa de una manera agresiva, lloró, le conté hasta 10 y cuando la calma regresó se sentó a almorzar al lado mío por decisión propia. Después jugamos toda la tarde. La segunda vez primero dijo que no quería almorzar, y al rato cuando íbamos por la mitad llegó a la mesa y se nos unió. Ha habido unas veces que decide quedarse jugando y almuerza dos horas después, hay otras que a la primera viene y se sienta, pero aprendió a respetar. En este caso, respetó el hambre de sus papás y nos regaló esos 10 minutos, gracias a un no no-negociable que una vez usé.

Los niños tienen muchas necesidades que debemos satisfacerle nosotras, pero a medida que crecen, sobretodo después de los dos años, también debemos satisfacerles una necesidad y es la de conocer el mundo y aprender a relacionarse con él. Porque oh sorpresa no vivimos en una isla desierta. Sólo con estos límites y un no a tiempo entienden que ellos tienen necesidades pero también el resto de personas. Una regla mínima de respeto que nos permite decir que estamos educando seres humanos capaces de relacionarse con los otros, de respetar espacios, de sentir empatía por el otro y, eso que tanto nos cuesta de adultos, que es ponerse en los zapatos del otro.

Póngase a la tarea de ver niños a los que nunca se les dice que no y se darán cuenta de lo difíciles que son. Hasta la vida misma se pone difícil. Salir a la calle es una odisea. Jugar con ellos, a menos que sea todo como ellos dicen, es imposible. Y ni les digo los problemas que tienen de adultos. Yo quiero que mi hijo respete a otros niños, que respete a sus abuelos, que se respete a si mismo. Sólo así podrá exigir respeto también. Quiero un hijo que entienda que la idea del otro también puede funcionar, e incluso puede ser mejor, y no uno que imponga la suya a como de lugar porque así ha funcionado siempre en casa. Quiero un hijo que también pueda decir que No, cuando algo le parece incorrecto. Quiero un hijo que entienda que no todo es negociable, como quisiera que lo entendieran nuestros políticos. Quiero un hijo que pueda relacionarse con la sociedad de manera amorosa y el trato amoroso nace del respeto. Tengo varios no no-negociables y van cambiando a medida que Lolo va creciendo, todos basados en el respeto hacia él y hacia nosotros que somos su universo más cercano en este momento. No creo que sea violento querer entregarle a la sociedad un hombre amoroso que respete que hay ciertos límites que todos debemos respetar para una convivencia llena de amor. Ya lo dijo mejor que yo, Jean Paul Sartre “Mi libertad se termina donde empieza la de los demás”.




Hace unos años un sobrino sufrió un accidente que nos volcó a todos con exceso de mimos sobre él. Necesitaba todo nuestro apoyo y amor, y durante su convalecencia y recuperación hicimos todo para complacerlo. Recuerdo un día que recorrí tres supermercados en busca de un helado especifico que él pedía, y estaba bien, era el momento de no escatimar esfuerzos para hacerlo sentir mejor. Después, alguien muy acertado le explicó a su mamá, quien después me lo contó a mi, la necesidad de no desdibujar las reglas de casa, no suprimirle sus tareas domésticas y escolares, no olvidar las horas establecidas para dormir, para ver tv, y no evitar corregir si tenía una conducta grosera a pesar de su situación. Su “desventaja” (que no lo es) no podía ser la excusa para manipular al mundo, ni nuestra razón para victimizarlo y de paso limitarlo. Si alguna vez se cruzan con un niño adorable, respetuoso, amoroso y de muy buen humor puede ser él.




Los niños son capaces de cosas maravillosas, no limitemos su potencial creyendo que no pueden entender y aprender de un no no-negociable. Igual cada quien tiene derecho a criar bajo las creencias que considere más prudentes y adecuadas…y ojalá la suerte nos acompañe a todas en esta tarea. 

 

Martes de Post-Parto - Abrazables pellizcables

Niños que dan ganas de abrazar y niños que dan ganas de pellizcar. ¿Los han visto? Sé que todas saben a lo que me refiero. Los niños son por naturaleza tiernos y apapachables, es muy difícil no caer rendidas ante sus cachetes, a sus medias lenguas chillonas y ocurrentes, a sus manitas suaves y regordetas. Pero hay unos, que aunque tengan más cachetes que Quico nos inspiran pellizcarlos y no precisamente como una expresión de amor. Nada tiene que ver con qué tan modelos de portada de revista parezcan. La ternura y la simpatía por un niño, así como el desagrado por el, radica en su comportamiento.




Los niños son niños, harán pataletas, llorarán, gritarán, no se quedaran quietos. Pero basta pasar una hora con un niño para ver la línea divisoria entre esa actitud infantil normal de un niño y una desesperante.

Yo, como toda mamá de mi generación, leí sobre crianza con apego, disciplina positiva, sobre el diálogo por encima de todo y en todo momento, sobre la manera correcta de hablarle a nuestros hijos para que entendieran el porque de nuestra decisión. Y hoy, a pocos días de que Lolo cumpla tres años me atrevo a decir que algunas lo entendimos todo mal. Nos hemos preocupado tanto por pulir y perfeccionar la crianza, que en ese miedo que nos han inculcado de no generarle traumas a los niños, olvidamos que a veces cuando mamá o papá dicen que No, es No, sin importar que no tengamos una razón que los niños en este momento de su vida puedan entender.

Tengo tres hermanos mayores, todos hombres. Soy la única niña y la menor, o en otras palabras, soy la consentida. Ser la consentida a veces se confunde con ser la malcriada, y no niego que alguna vez me haya portado como tal. Pero sobre todo se traduce en ser consentidora. Y yo soy absurdamente consentidora. Soy tan consentidora que si no fuera por una dosis de mi 10% en el momento adecuado y el ejemplo de algunos niños que quiero pellizcar, me podría cagar (no encuentro otra palabra mejor) a Lorenzo a punta de mimos. Nuestra crianza, sea la que sea, hace de nuestros hijos unos niños abrazables o unos pellizcables.

Los terribles dos años llegaron para cuestionarme y para obligarme a hacer unos ajustes en materia de educación en mi casa. Pasamos de un bebé que necesita todos nuestros mimos y abrazos, a un niño que necesita mimos, abrazos y aprender a obedecer. Y comencé a debatirme cuando ser un poco de derecha y cuando ser un poco liberal con Lolo. Yo tengo amigas a las que nunca les he oído alzar la voz y otras a las que quisiera ablandar un poco y, con lo que voy a decir a continuación puede que una horda de mujeres me ataque, pero estar en compañía de los niños con los que han sido un tris más estrictos es más ameno y llevadero. Los niños pellizcables no permiten el juego, mandan todo el tiempo, parecen unos adultos encerrados en un cuerpo pequeño, necesita ser el centro de atención siempre, son unos mini dictadores y tienen a sus pies unos padres que con tal de evitar el conflicto, optan por negociarlo todo. Pues yo no quiero negociarlo todo.

Si de algo me he dado cuenta, es que los limites que ponemos en casa nos salvan la vida cuando estamos afuera. Y no hablo de limites consensuados sino de órdenes y reglas con una voz fuerte y clara. Le tememos tanto a la palabra orden, la tenemos tan ligada a la opresión y a un carácter negativo, que creemos que darle un par de ellas a nuestros hijos es traumatizarlos e irrespetarlos.

Desconfío un poco, mucho seamos sinceras, de esas mamás que sin importar el nivel de pataleta del niño no pierden la compostura. Me cuestionan esas mamás que justifican todas las rabieta con un “es que tiene sueño”. Y me preocupa que Lolo llegué a ser uno de esos niños que dan ganas de pellizcar en vez de abrazar.




Debo confesar que no siempre pensé así. Confíe mucho tiempo en que el amor por los hijos consistía en sólo darles amor y más amor. Y que ese amor se traducía en cero gritos, en olvidarme de mis necesidades, en suplir al 100% las suyas y en verlo siempre sonriendo. Tenía razón en una cosa, el amor por los hijos sí consiste en darles amor y más amor. Pero ese amor no me convierte en una esclava de todos sus deseos, ese amor me da derecho a decir No, ese amor me obliga a no negociarlo todo y ese amor veces puede que no lo haga sonreír. Y tuve que compartir con un par de niños pellizcables, e incluso ver al mío haciéndome quedar mal un par de veces, para dame cuenta de eso. 

He pasado tardes con niños fabulosos que sin dejar de ser niños y llorar a ratos, pelear por un juguete y ponerse bravos, son tiernos, amorosos y disciplinados. He pasado otras tantas con niños que me asustan, me desesperan y quisiera pellizcar. He llegado a casa angustiada de pensar que si no pongo claros los límites, el niño que van a querer pellizcar es el mío.

Fui la consentida de mi casa y aún así recuerdo más de un No que me supo a cacho en su momento y hoy lo agradezco con el alma. Cuando tenía 13 años mi papá me prohibió tener novio, todas mis amigas tenían, todo el mundo tenía!,  pero mi papá retrogrado insistía en hacerme pasar la vergüenza de quedar al frente de todos como una niña chiquita. Hice pataleta, lloré, le escribí cartas a mi papá exponiendo mis razones, él me escribió otro par con las suyas. Razones que me parecieron exageradas y tontas. Hoy, muchos años después, como por no delatar los 33 que este año cumplo, entiendo todos y cada uno de sus motivos y sobretodo los agradezco. Mis amigas de esa época pasaron por las manos de casi todos mis amigos de esa época. Yo, seguro soy recordada como la bobita que no dejaban tener novio y que para mi dicha y fortuna (he visto lo que le ha hecho la adultez a algunos de ellos por Facebook) no aparece en su lista de conquistas. Tenía trece años y ni en ese momento entendí las razones. Lolo va a cumplir 3, no todas mis razones tiene que entenderlas pero si obedecerlas.

Ya no admiro a la mamá que concilia todo, más bien le temo y le huyo a su retoño. Ya no critico a la que le exige un poco más a su hijo sino que me declaro fan enamorada de su hijo abrazable.


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Mugre. Es el único sinónimo que se me viene a la cabeza para las palabras niño o mamá. Ser lo uno u lo otro al 100% significa nunca estar limpio. Sí, los niños siempre van a ensuciarse pero nosotras como mamás también. Los cucharazos de sopa de espinaca salpican sus camisetas blancas y, por arte de magia, también las nuestras. Las gotas de pintura los adornan de los pies a la cabeza y, por arte de magia, también a nosotras. La tierra se les adhiere como un imán, así no salgan a la calle y, por arte de magia, también se nos pega a nosotras. La regla es clara, para crecer hay que conocer el mundo, y para conocer el mundo hay que ensuciarse un poco, o tal vez mucho. Supongo que hay otra manera de hacerlo pero no debe ser divertida. Y si de ser niño o mamá se trata, permanecer reluciente y limpio las 24 horas del día, no sólo es imposible sino increíblemente aburrido.

Soy ese tipo de mamá que manda a Lolo al jardín como si fuera para un casting, pero que muere de felicidad al recogerlo como si se hubiera ganado el papel de mendigo. Por alguna extraña razón asocio diversión con suciedad, así que verlo llegar como si fuera el sobreviviente de una catástrofe me llena de felicidad. Supongo que mi felicidad es inversamente proporcional al sentimiento de mi adorada Omaira cuando descubre la canasta de la ropa sucia. Debo confesarles, que pocas veces soy la que despercudo, pero sí la que alega porque la camiseta nueva después de una lavada está desjetada, motosa y todavía con rastros de manchas. Como pésima ama de casa no sé como cuidar la ropa pero como excelente mamá (y por excelente me refiero a un desastre divertido) sé perfectamente como volverla una nada.

Constantemente nos preocupamos porque nuestros hijos estén preparados para el futuro pero pocas veces los dejamos explorar el presente sin límites. Yo me he sorprendido viendo mamás preocupadas por los jeans de sus hijos mientras juegan en una finca, estresadas por el vestido nuevo en una piñata, y he presenciado regaños de mamás histéricas al ver a sus hijos sucios hasta la coronilla. Quisiera susurrarle a sus hijos en el oído “tranquilo, nadie te quita lo bailao”, y gritarle a ellas “son niños, por dios!”. Las manchas se van… la diversión no.  Si las cicatrices cuentan historias de nuestra vida, las manchas son enseñanzas. Sin la mancha verde en mi camisa, Lolo no hubiera aprendido que una cuchara puede ser también una catapulta; sin la mancha de pintura roja y azul en su pantalón no le hubiera podido explicar que al mezclar colores primarios creamos nuevos; sin la mancha de tierra y pasto en sus rodillas jamás hubiéramos celebrado ese gol inesperado. La diferencia entre las cicatrices y las manchas, es que no tenemos que conservar las segundas para siempre.

Hace unos días me llegó un regalo de Fab y así me enteré de su campaña #ListosParaElMañana, que al parecer es mi teoría de la diversión y la suciedad llevada a la realidad. Es una de las pocas veces que puedo decir que me identifico con una campaña al 100%. O acaso no todas creemos que estar sucios hoy les ayudará a estar listos mañana? No es lo que hacemos cuando nos inventamos actividades con pintura, arcilla, harina o gelatina?. No es lo que hacemos cuando los dejamos experimentar con la comida con tal de que dejen el plato limpio?

 

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Creo que ya todos hemos suspirado viendo este vídeo, pero es tan divino y real que vale la pena no perdérselo o repetírselo.

 

En un comienzo pensé que mi papel sería el de la ama de casa de comercial que descubre con una lavada y sin restregar que cualquier mancha es fácil de sacar si se usa el producto adecuado. Aburrido. Pero para mi grata sorpresa, la campaña lo que esperaba de mi, era profundizar en el divertido arte de volverme una cochinada mientras jugaba con Lolo.

 

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Esta vez, gracias a esta campaña, una matera, pinturas, tierra y semillas fueron la excusa perfecta para divertirnos. Lo más fácil fue obviamente ensuciarnos. Lo más difícil explicarle a Lolo que la mata no iba a crecer inmediatamente pero que con paciencia, agua y sol dentro de poco íbamos a ver florecer nuestra primera semilla. Lolo ahora se levanta sagradamente a regar su matera, y yo muero de ansiedad de verle la cara cuando se asome la primera prueba de vida de entre la tierra. De la ropa nunca supe nada… FAB y mi maravillosa Omaira hicieron todo el trabajo y puedo dar fe que hasta hoy no me he quejado al ver la ropa de Lolo después de lavada. Eso sí, mi Oma querida ya me exigió y citó sus palabras “Siga comprando mejor este jabón porque el otro no servía para nada”.

 

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Martes de Post-Parto - mordisco

A Lolo me lo mordieron. No les puedo explicar la rabia y la impotencia que se siente. Ser mamá es sentir dolor físico y del alma por una herida que no es tuya. Cuando alguien le hace daño, poco o mucho, a lo que más amas, el corazón se te resquebraja de una manera que jamás habías experimentado. A todas nos ha pasado de diferentes maneras, así que supongo que no necesito describir el sentimiento. El punto es que me lo mordió un niño nuevo en el jardín.




La primera vez, porque fueron varias, la rabia me hizo agüar ojo, pero invocando la calma, asumí que ese tipo de cosas suelen pasar entre niños y lo dejé pasar.

  • “Dile a Fulanito (debo confesar, aunque sea un poco infantil de mi parte, que pronunciar el nombre real del niño me produce cierto malestar) que no se muerde a las personas.”

La segunda vez, con una mezcla de rabia, estupefacción y congoja, quería salir y pellizcar a Fulanito mientras la profesora apenada volvía a disculparse conmigo. La angustia me hizo hacer mil preguntas. Al parecer Fulanito había decidido dejar su marca en varios compañeros, lo que lo eximia de ser un asunto personal con mi chiquito; y lidiaba con un proceso de adaptación nada fácil para las profesoras, lo que me hacía todo el tema más entendible pero no menos doloroso.

  • “Dile a Fulanito que vaya y muerda una hamburguesa o en su defecto, a su abuela (esto último lo pensé pero no lo dije), siéntate lejos de él y si te hace cualquier cosa vas inmediatamente donde tu profesora.”

La tercera vez, mientras oía las explicaciones de la profesora, mi mente hacía una lista de los posibles jardines a los que podríamos cambiarnos. Me imaginé escribiendo una carta a la rectora pidiendo que escogiera entre la familia de Fulanito y nosotros,  porque bastante nos esforzábamos en casa para crear un ambiente lleno de amor como para permitir ese tipo de violencia reiterativa en el jardín. Por algo llamado educación o estupidez mantuve la cordura, por algo llamado shock, solo dije que esperaba que no volviera a pasar y que tomaran otro tipo de medidas porque las que tenían obviamente no estaban funcionando, y por algo llamado trabajo en equipo o matrimonio, salí a llamar a mi 10% porque la rabia y la consternación ya me sobrepasaban.




  • “No se muerde, no se muerde, no se muerde chino pendejo (eso último también lo pensé pero no lo dije) es lo que tienes que decirle.”

Mi papá que ese día estaba en casa, aún más bravo que yo con el tema, me pidió permiso para darle unos consejos de defensa personal a Lolo. Aunque me reí de sólo imaginarme a mi papá explicándole a Lolo como morder a su verdugo y, aunque mi primer impulso por la rabia, era rogarle a mi chiquito que fuera a dejarle sus hermosos dientes marcados a Fulanito, mi conciencia, los ideales que tengo de crianza y un apoyo creciente a que podemos superar un proceso de paz que nos enseñe a convivir en armonía, no me lo permitieron.

Esa noche mientras yo buscaba en google sobre mordidas (y jardines), decidimos, no se si erradamente y a pesar de que dicen que la tercera es la vencida, esperar y observar como transcurría la semana y si aparecía un cuarto episodio armar la trifulca en el jardín. Pospuse la idea del cambio de jardín. Un mordisco es algo indeseado como una gripa, y aunque ambas cosas le han ocurrido a Lolo en el jardín no significa que sacándolo de allí nunca vuelvan a ocurrir. Mi búsqueda se centró en ¿Qué hago si muerden a mi hijo?

Me sorprendió que en todo lado hablaban de cómo tratar al niño mordelón pero en ninguna parte daban tips para el niño que ha sido mordido. Yo estaba llena de dudas, no quería que mi hijo viera este tipo de violencia como algo habitual y normal, no quería dejarle la percepción de que te pueden lastimar y no hay consecuencias, no quería que creyera que a pesar de sus tres mordiscos sus papás seguían tranquilos mandándolo a la boca del lobo.

Los días pasaron y yo no volví a oír de Fulanito, desconozco si la razón fue que Lolo se ha salvado de sus ataques o si sus ataques han cesado. Cruzo los dedos por la segunda.

Ayer me lo volvieron a morder y no fue en el jardín. Lo mordieron en casa de una amiga. Lo mordieron a dos pasos míos y entendí por primera vez del todo a las profesoras. Lo mordieron a dos pasos de la otra mamá y entendí por primera vez a la mamá de Fulanito.

Sólo en ese momento entendí que si bien un mordisco es una señal de alerta para guiar al niño mordelón y darle otras explicaciones al niño mordido, es sobretodo un dolor lleno de angustia para la mamá del uno y del otro.

Hace un tiempo leí en un post de una amiga (www.amosermama.co) algo sobre los mordiscos, Caro preguntaba que era preferible: ser la mamá del niño que muerde o del niño que es mordido? Y sólo se me ocurre contestarle hoy, que ninguna.

Si eres la mamá del niño mordido, estallas en ira, te culpas por no haber estado más cerca para impedirlo, te estresas pensando que puede ocurrir nuevamente, sientes pánico de que imite esa conducta,te angustias de pensar que más grande permita otras afrentas contra él y te duele enormemente el corazón.

Si eres la mamá del niño mordelón, estallas en angustia, te preguntas que has hecho para que tu hijo tenga esa reacción, te culpas porque quizá hay algo que está fallando en casa o en tu educación, te estresas pensando que ahí se esconde un problema mayor, sientes pánico de que lo repita una y otra vez, te angustias de pensar que te has equivocado y te duele enormemente el corazón.

Un mordisco nos duele a ambas. Y a veces la mejor solución la tenemos a la mano y no nos damos cuenta, está al frente nuestro, la lección de qué hacer nos la dan nuestros propios hijos: llorar, reconciliarse, volver a jugar y olvidar. Porque nadie nos garantiza que no vayamos a asumir el papel de la otra mamá en otro momento de la vida.




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Martes de Post-Parto - 10 días con la suegra

 

Suegra. Una de las palabras a la que más le tememos las esposas y, novias del mundo. Esa misma que dicen que es mejor tener bien lejos una vez nos casamos, y aún más lejos cuando tengamos hijos. Por tradición, por ver en exceso los cuentachistes o por simple brutalidad, la gran mayoría de nosotras la consideramos una enemiga o rival. Creemos que viene de visita para hacernos la vida más difícil, creemos que cuando dice “el día esta muy frío” nos está culpando a nosotras, oímos “eres una mala madre” cuando dice “en mi época yo lo hacía así”, tomamos por quejas sus historias o por regaños sus consejos, y por alguna especie de celos sin sentido, creemos que nos quiere robar eso que nosotras le robamos primero, su hijo.




10 días con mi suegra, podría ser el titulo de una película de terror o de una comedia romántica, donde Meryl Streep (la suegra malvada) le haría la vida imposible a Jennifer Aniston (la abnegada, bella y paciente nuera). Al parecer, soy pésima guionista porque adivinen quien acaba de pasar 10 días en casa de su suegra y ya la extraña. En estos 10 días descubrí que, por fortuna, mi suegra no es una malvada y que, por desgracia, yo no me parezco a Jennifer Aniston. Pasé 10 días en casa de mi suegra y no tengo quejas. Pasé 2 días sola con ella y sin mi 10% y nunca me sentí una extraña. Pasé 10 días que me parecieron 5. Pasé 10 días y el último le estaba rogando a mi 10% que corriéramos los tiquetes una noche más. Pasé 10 días que me hicieron conocerla mejor y quererla más.  Pasé 10 días que me hicieron lamentar enormemente que vivamos en ciudades diferentes.

Pero sobretodo me di cuenta de tres cosas sobre las suegras que no quiero dejar pasar:

  1. La suegra también es mamá. Suena obvio, pero la gran mayoría de veces lo olvidamos. Es una mamá que sabe más que nosotras lo que significa amar a un hijo, porque ha tenido que aprender a amarlo con la distancia que traen los años y la nueva familia. Sabe lo que significa amar a alguien que tenías en exclusiva y ahora debes compartir con otra. Es una mamá maestra en sonreír y hacerse la güevona porque aunque cree que su hijo pudo haber escogido una mejor mujer como esposa, acepta que ésta es la que lo hace feliz. Es la mamá del hombre que escogimos para envejecer y eso debería ser razón suficiente para amarla infinitamente. Es una mamá como nosotras que hace la labor más difícil de la maternidad: seguir velando por un hijo sin traspasar las barreras que se alzaron cuando se convirtió en esposo.

  1. La suegra puede ser mi otra mamá. Los consentimientos que en estos 10 días recibí de mi suegra bien podrían hacer tambalear el primer puesto en el que tengo a mi mamá. Me llevó a la peluquería, me llevo de shopping, me hizo sopita de arroz, se arruncho conmigo y con Lolo a hacer la siesta, me echo flores por mi labor como mamá y sólo le faltó ponerse brava conmigo por alguna bobada para parecerse por completo a la mía mama. Las suegras son mamás desaprovechadas si no les damos el chance de entrar en nuestras vidas. Una vez las vemos a través de ese lente de la maternidad ganamos una segunda mamá maravillosa.




  1. La suegra algún día seré yo. Si usted es de las que todavía se rehúsa a dar el brazo a torcer con la suegra, déjeme recordarle que algún día usted desempeñará ese papel y más le vale que empieza a rogar por una nuera que no sea como usted. Las nueras pueden ser las malvadas de la historia y, depende de lo que digan al oído del marido antes de dormir, pueden acercar o alejar más a su madrecita. Piense en todo el amor que le tiene a su hijo y lo que disfruta de su compañía,  dígame si no quisiera poder disfrutar eso, así sea por escasos momentos, en la edad adulta. La suegra seré yo y sólo espero que mi nuera permita esos espacios.

Eso sí, si usted tiene mujeres en vez de varones relájese. En ese caso su yerno será perfecto y para él usted también lo será.

Estoy tan romanticona que ahora en el guión de mi película Meryl Streep es la mamá abnegada que se da golpes de pecho por no haber impedido la boda de su hijo con Angelina Jolie. Pero como ya sabemos que eso no es lo mío, sólo me queda decirles que las únicas razones para despotricar de su suegra es si la de ustedes: (1) le sigue presentando candidatas a su 10%, le tapa escapadas con amiguitas o recuerda con nostalgia delante de usted lo buena que era la exnovia; (2) se apareció con dos maletas y un baúl en la puerta de su casa para pasar unas vacaciones y hoy, después de 4 años, no se ha ido;  (3) le exigió una prueba de ADN cuando supo que estaba embarazada; y (4) asegura que su nieto está malcriado desconociendo el trabajo extra que hemos tenido que hacer con su hijo.




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