Regalos mamá

Con seguridad este domingo muchas de nosotras estaremos celebrando el día de la madre.

Con seguridad puedo decirles que la parranda se puede alargar porque el lunes es festivo.

Con seguridad, y un poco de indignación, les aviso que el festivo no es por nosotras.

La ascensión del señor, es la verdadera razón por la que este lunes nadie irá a trabajar, y no por el abnegado e impecable trabajo que hacemos como mamás. No es que quiera quitarle mérito a Jesús, y a la maravillosa escena que relata la iglesia católica, de cómo ascendió a los cielos después de 40 días de resucitado. Pero, aunque estoy a años luz de levitar, me atrevo a decir que ser mamá es igual de sorprendente. Si la gente supiera, como nosotras, los cojones que se necesitan para serlo, abrirían la boca con tan sólo vernos caminar. Por eso, por decisión unilateral, en mi casa celebraremos más que la ascensión del señor, la ascensión de la madre, porque si de subir al cielo se trata, ser mamá es una de las pocas maneras que conozco de hacerlo, sin pasar antes por una mortaja.




Este domingo y este lunes festejaré la decisión de haber sido madre. Festejaré tener un hijo que me enseña la vida. Festejaré esa felicidad que siento al abrazar a mi familia y que aún no logro expresar en palabras. Festejaré que soy una verraca, que mi mamá, mi suegra, mis cuñadas y amigas también lo son. Festejaré que no soy mejor que cualquier otra mamá pero que soy la mejor para mi hijo. Festejaré que soy mamá y que gracias a ello ya he tocado el cielo. Y declararé que este lunes es festivo, gracias a las valientes mujeres que al convertirnos en madres llenamos el mundo de oxido de carbono, la vida de esperanza y las redes sociales de fotos empalagosas.

¡Feliz día de la madre, feliz lunes festivo de la ascensión de la madre, feliz y larga vida como madres! Que todos los días las llenen de amor y este domingo de regalos! Si, de muchos regalos. Porque somos mamás pero no tan madres como para desaprovechar esta oportunidad del año de ser tratadas como reinas.

Mi parte celestial asegura que Lolo, mi 10% y mi mamá son los regalos perfectos para este día de la madre. Mi parte terrenal considera que no hay regalo que se les iguale mientras babea y pega la nariz frente a una vitrina. Soy mamá y soy mujer, y a las mujeres también nos hacen felices las cosas materiales, los detalles y las sorpresas. Así que si aún desconfía de la celebración que le van a tener en casa, comparta esta pequeña lista entre sus más cercanos para que le saquen una lágrima, digo una sonrisa (de la primera ya se encargara el regalo hecho a mano que le traiga su hijo del jardín).

 

  1. Lavar los platos del desayuno “sorpresa” que nos van a hacer. Que se levanten un poco más temprano a prepararnos nuestra comida favorita, es un regalo obligatorio. Pero como sabemos que para hacer una tostada ustedes usan todos los pequeños electrodomésticos de la cocina, este año queremos que también se tomen la molestia de lavarnos después de usarlos. El detallazo esta vez, será volver a ver la cocina como la dejó la empleada el viernes. Si señores, a limpiar la mancha pegajosa de la estufa, a lavar los 6 sartenes que usan para un huevo frito, las 10 cucharas que usan para probar el chocolate y los 15 platos que sólo al verlos en el lavaplatos recordamos que teníamos.
  2. Soltar al mentiroso que llevan dentro. Si, siempre les hemos pedido honestidad pero por esta vez, queremos que nos mientan y se escapen a comprarnos un regalo sorpresa. Queda prohibido por esta vez la frase de traqueto que desinfla de: “vamos a donde tu quieras para que escojas tu regalo”. Podemos ser antojadas y complicadas, y al llevarnos a escoger nuestro regalo puede que vayan a la fija, pero también nos queda una extraña sensación de descuido y falta de atención. Tómense unos segundos para pensar que nos podría gustar (una carta, una reserva en un restaurante, un spa, un perfume, una cartera, etc.) échele la culpa al tráfico o a una reunión de última hora y cumpla su misión para hacernos sentir importantes y amadas.
  3. Démonos un tiempo. Lo único que realmente puede hacernos falta de nuestra vida pre-mamás, es el tiempo de sobra que teníamos antes para malgastar. ¿Puede ser posible un día en el que mamá oficialmente tenga el día libre? Tener un día libre de afanes puede ser el regalo perfecto. Un día en el que podamos levantarnos tarde, perder una hora canaliando y viendo vanalidades en E o Warner, desayunar con una mano libre, tomarnos un café mientras leemos un libro, poder volver a la cama a perder el tiempo buscando que ver en Netflix y preocuparse por almorzar o comer cuando el hambre nos recuerde que hay que hacerlo. Los amamos con locura pero tener un tiempo a solas puede hacernos amarlos un poco más.



  4. Con esa mamá para que juguetes. De la autoestima y el amor propio nos encargamos nosotras pero un empujón a punta de piropos nunca será demasiado. Díganos, y que le suene real y no a niño repitiendo un mandado, que estamos bonitas, que nos vemos mejor ahora que a los 25, que cómo pudimos parir y vernos tan regias, que nos haría mil hijos más si mañana se ganara el baloto, que nos escogería otra vez si pudiera devolver el tiempo, que las estrías, la celulitis igual nos hubiera alcanzado a esta edad pero que como son causadas por un hijo están llenas de sex appeal y que somos una versión mejoradas de nosotras mismas desde que somos mamás. Los días especiales están diseñados para inflarle el ego a la gente y el día de la madre para retribuirnos todo lo que hacemos en el año a punta de elogios exagerados.

 En todo caso, si la cocina queda hecha un desastre espere al lunes que vuelva la empleada; si la llevan a escoger su regalo no escatime esfuerzos para llevarse lo que más le guste; si no le dan libre ni media mañana tómesela cualquier día del año; y si no la morbosean como obrero de construcción, párese frente a un espejo y sepa que no hay mujer más perfecta  en el mundo que esa a la que llaman Mamá.

¡Feliz día mamasotas!




 

Martes de Post-Parto AFÁN

Desde que soy mamá debo confesar que vivo con cierto afán para todo. Tengo la sensación de llegar tarde a todo lugar, y efectivamente lo hago. Siento que el tiempo no me alcanza y en ciertos momentos del día, sobre todo las mañanas, a cambio de corazón, palpita en mi pecho un cronómetro como en una competencia. Ese afán me saca un genio insoportable, razón por la cual, de un tiempo para acá, vengo haciéndome la pendeja con el reloj y la impuntualidad, esa horrible costumbre que había declarado mi enemiga publica, se ha convertido en una permanente y hasta agradable compañía. Pero de ese afán no quiero hablar hoy. Quisiera hablar más de ese afán dañino y perverso que las amigas, las profesoras, la familia nos hacen jugar para que nuestros hijos cumplan los estándares que para su edad deberían haber alcanzado.

Si el niño no ha caminado al año nos mandan a donde un ortopedista. Si el niño no ha hablado a los dos años nos mandan a una fonoaudióloga. De seguir así las cosas, si el niño a los 3 orina la cama lo van a mandar a prestar servicio militar, si a los 4 sigue teniendo pesadillas lo van a mandar a un exorcista, si a los 5 no escribe su nombre perfecto le van a hacer un examen neurológico, motriz y de paso un IQ Test, y si a los 18 aún no sabe que carrera estudiar, lo mejor va a ser que nos internen en un manicomio porque no hay mamá que resista tanto especialista.




Desde hace un tiempo vengo haciéndole la guerra a esa paranoia que nos dejamos contagiar del mundo. Sin demeritar ninguna carrera, tengo la extraña sensación de la existencia de una “mafia” que juega con nuestros miedos y espera que les dejemos la mitad de nuestro sueldo para que nuestros niños normales reciban terapias urgentes y necesarias para nada. La manera como Lolo ha ido superando cada una de sus etapas me ha dado la razón con el tiempo.

Lolo caminó a los 13 meses. Cuando cumplió el año, con mi sonrisa y mi pose de güevona soporté estoicamente el  “¿Todavía no camina?” . Un día, olvidé la fecha pero recuerdo la mañana, decidió irse solo a dar el tour por toda la casa a su paso, a su ritmo, a su manera y en su momento.

Lolo ya caminaba y aún pedía un tetero antes de dormirse. Soporté, no tan estoicamente, el “¿Todavía toma tetero?”.Una noche fue a la cocina, abrió el cajón donde se guardaba su termo (que el llamaba tetero), lo botó a la basura y nunca más volvió a pedirlo.

Lolo cumplió dos años y escasamente decía mamá. Del jardín me llamaron angustiadas, me recomendaron fonoaudióloga y hasta terapista ocupacional porque Lolo no parecía de este mundo. Me contagie de ese afán y paranoia y terminé llevando a Lolo a una sesión con la susodicha fonoaudióloga, a la que no quise pagarle más de una sesión después de oírla 10 minutos. De dicha sesión salí con dolor de cabeza y con una formula médica que recomendaba a tal neurocirujana, tal examen de audiometría, a un par de terapistas ocupacionales y a otra experta en no recuerdo que. Desconfíe desde el principio, pues si alguien conocía a Lolo era yo, bastaba verlo 2 minutos para saber que no era sordo. Bastaba jugar con el de verdad para entender todo lo que sabía. Pero el resto del mundo no lo veía. Respiré. Por fortuna, mi 10% que la mayoría de veces es más sensato y menos dramático que yo, se rehúso a destinar un centavo a profesionales que creían conocernos y me recordó, que había olvidado que cada logro de mi hijo llegaba en el momento que era y que no siempre coordinaba con el tiempo de otros niños. Nos fuimos de vacaciones y al regresar Lolo, como diría mi mamá, hablaba más que lora mojada, sin necesidad de sesiones de expertas que nunca se ganaron mi confianza ni la de él.




Hoy, Lolo está a tres meses de cumplir 3 años y todavía usa pañal. “¿TODAVIA USA PAÑAL?” oigo reproches a lo lejos. No demoran en mandarme artículos que enseñan como lograrlo en tres días, no demoran en darme ejemplos con nombres, no demoran en dudar de mi paciencia. Hemos tenido avances y de nuevo retrocesos. Yo vuelvo a sonreír y a hacerme la güevona. Cada día trae su afán, y mientras pueda acompañar a mi hijo a superar cada etapa con la calma de un impuntual, y no con el estrés del que cree que va tarde, estaré feliz de hacerlo. Porque de verdad ¿Cuál es el afán? A veces siento que queremos educar adultos y no disfrutar a los niños.

Martes de POst-Parto - Batallas que no se pelean

Hace unos días, mientras estaba en el parque con Lorenzo, de la nada, como suele pasar en esta ciudad, el sol desapareció de repente para darle paso a uno de los aguaceros más escandalosos del año. Al sentir las primeras gotas y ver la nube negra en el cielo corrimos a casa, pero la lluvia caía a tal velocidad que llegar secos iba a ser una misión imposible. Igual corrimos, yo angustiada de pensar en una gripa, de ensuciar mis zapatos o de dañar mi pelo que había amanecido manejable; Lolo feliz de ver como la lluvia transformaba nuestro aspecto, sin esquivar charcos y salpicando con sus zapatos, los zapatos que yo me preocupaba por resguardar. Nos bastó media cuadra para quedar lavados y nos faltaba una para llegar a casa. Desaceleré el paso, me dispuse a disfrutar con Lolo ese momento para él insólito: mojarse con mamá. Creo que debo modificar esa frase en caso de que todos seamos igual de mal pensados. Corrijo: me dispuse a disfrutar con Lolo ese momento para él insólito: mojarse con la lluvia acompañado de mamá. Volvimos a casa a paso lento, metiéndonos en todos los charcos, levantando la cara hacia el cielo con los ojos cerrados para sentir las gotas caer. Cuando llegamos a la portería, una vecina nos dijo que nos íbamos a enfermar por jugar con la lluvia. Me sentí acusada, irresponsable, mala madre, me vi saliendo a urgencias por una pulmonía y escribiendo al jardín que mañana sería otro día que Lolo caparía clase. Pero ver la cara de Lorenzo bien valía la pena, oírle en su media lengua, relatándole a papá una y otra vez la aventura, me recordó algo que hace mucho quería escribir: la importancia de escoger las batallas que vamos a pelear.




Lejos estoy de ser ese prototipo de mamá de comercial que nunca pierde la paciencia y que sabe siempre como conciliar. Pero me matan las ganas de vivir feliz y tranquila, así que en pro de poder seguir exprimiéndole felicidad a cualquier pendejada, decidí darme una mano y escoger bien esas batallas, o dicho en otras palabras, decidí escoger las cosas por las que no me voy a estresar.

Correr bajo la lluvia. Según estudios, la mojada varía dependiendo del peso del humano y de la dirección e intensidad del viento. Soy pésima corredora, de direcciones escasamente entiendo la de mi casa y me faltaron 6 medallas de scout para aprender eso de babearse el dedo y alzarlo para saber a donde sopla el viento. Esta batalla no la voy a pelear: Caminaré y me mojaré, llegaré a la casa y me secaré. Check.

Obligar la hora de dormir. Uno de los castigos en los campos de concentración era no dejar dormir, eso enloquecía en cuestión de días. Lo inverso, obligar a Lolo a dormir cuando no tiene sueño, me enloquece a mi. Tenemos una hora establecida para dormir y es maravilloso, pero, como no somos robots, hay días que dicha rutina no se cumple. Estresarse por eso no es lo mío. Lorenzo a veces hace siesta, a veces no. Los días que la hace al medio día es fantástico porque se levanta a las 2pm y a las 8pm de nuevo está listo para dormir. Si no la hace, mamá recreacionista aparece y desde las 5.30 a las 7.30 hago mil malabares para que no caiga dormido demasiado temprano. Si la hace de 2 a 5pm llamo a mi 10% y le informo que vamos a tener una noche movida, él se entusiasma pensando cochinadas, y yo le aclaro que guarde esa energía para después de las 10 porque Lolo no va a caer antes de esa hora. Alguna vez una mamá me dijo que su hija sí o sí hacía siesta a las 12 y sí o sí estaba dormida en su cama a las 7pm. No quise preguntarte cuales eran las medidas coercitivas para el sí o sí, pero obligar a Lolo a dormir me recuerda el desespero que a mi me da tratar de dormir y no poder, en una noche de desvelo. Ya llegará el día que las madrugadas mortales que exigen los colegios lo derroten en su cama por arte de magia antes de las 8. Mientras tanto, sé que algunos días tendré que servirme un café extra, inventarme unas actividades exprimidoras de energía y posponer el capitulo de la serie que estoy viendo con mi 10% para otra noche. Un malgenio menos. Check.

Rogar para comer. ¿Existe acaso algo más aburridor que llevar una cuchara a una boca cerrada y a una cara que se voltea haciendo el feo? Las comidas se sirven a una hora en esta casa y, en un día normal, toda la familia se sienta a la mesa. Pero como, por fortuna, los días no siempre son iguales, hay unos que a Don Lorenzo (porque a veces se porta como si se mandara solo o como un dictador) no le dan ganas de comer, mientras el resto de la familia muere de hambre. El sonido de mis tripas no es un buen consejero a la hora de convencer a Don Lolo de sentarse a la mesa. En esos días, opto por almorzar tranquila con mi 10% y, una vez saciadas mis necesidades alimenticias, espero con la barriga llena y el corazón contento que al Don le de hambre. Y le da, créanme, se sienta y se come todo solo. Mi mamá cuenta que nunca nos obligo a comer a mi y a mis hermanos… y está comprobado que el problema siempre ha sido que paremos de hacerlo. Comer, no rogar y dejar la comida lista en la mesa. Una pelea menos. Check.




Dialogar en una pataleta. Hay pataletas de pataletas. Hay unas que con contarle hasta 10 en voz alta quedan solucionadas. Hay otras que implican tirada al piso y otra serie de intransigencias que, por más crianza respetuosa que quiera aplicar, no pienso negociar porque más que pataleta son berrinche. Escoger pelear esta batalla implica primero detectar el tipo de pataleta a la que nos enfrentamos. Mientras la pataleta este en un nivel medio-bajo y existan razones entendibles, abrazo a Lolo, contamos hasta diez, negociamos y seguimos felices nuestra vida. Si la pataleta está en un nivel extra profesional y las razones no son negociables, ni siquiera pierdo mi tiempo intentando dialogar con unos gritos que tapan mi voz. Bueno, la verdad digo algo así como: “Tienes derecho a estar bravo, pero yo no entiendo a los gritos, cuando te calmes y ya no tengas rabia hablamos” y me voy a hacer cualquier cosa… Ayuda que estemos en casa y no hayan caras de extraños desaprobando la conducta del niño y de la madre. Los gritos cesan al rato, y aparece un Lolo medio apenado del show que acaba de dar. Tal cual como me pasa a mi cuando me salgo de la ropa en una discusión y después quiero volver donde el afectado como si nada, sabiendo que exageré. En el 99% de los casos parece que su desahogo a solas lo hubiera hecho razonar; quiero pensar que es así, porque luego regresa para hacer eso a lo que tanto se negaba minutos antes, sin que lo obliguemos. Así que yo decido no dialogar en todas las pataletas, por mi bien y por el de él. Check.

Defender la maternidad. Ser mamá es maravilloso, increíble, indescriptible, único y bla bla bla, si usted es mamá sabe perfectamente de lo que le estoy hablando. Si no lo es y no quiere serlo no tiene sentido que yo me enfrasque en un dialogo a defender una posición que por más información e ideas que usted tenga en la cabeza no va a entender. Amo a muchas de mis amigas sin hijos y parte de ese amor se traduce en no quererlas convencer de ser madres. Antes hasta me molestaba ver como algunas se escudaban en el cliché de que sin hijos tendrían más plata, salvarían el planeta, podrían conocer todos los rincones del mundo sin una pañalera, o que podrían dormir hasta tarde un domingo. Ahora me resbala, yo sé lo que es ser mamá, lo que eso significa, los cojones que se necesitan, la alegría infinita que se siente y no tengo que tratar inútilmente de persuadir a alguien que, para justificar su decisión de no serlo, me expone razones forzadas que son apenas un color de la la amplia paleta tonos que tiene la maternidad; y que sólo entiendo yo porque he vivido la experiencia. Cualquier cosa que me digan en contra de la maternidad, se ve diminuta e intrascendente cuando miro a Lolo. Eso nadie me lo hará cambiar jamás. Una batalla menos. Check.




Se me empiezan a ocurrir muchas más como: Las arrugas y mi fiel propósito de no acartonar mi cara con Bótox todavía, aceptar que me case con un hombre que no entiende la puntualidad, o recapacitar y no volver a hablar de política con amigos… pero este post ya quedó demasiado largo por hoy, así que ahí les dejo mi lista de las batallas que por ahora no pienso pelear, ¿cuál es la de ustedes?

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Martes de Post-Parto - Gripa

Son las 3 de la tarde. Hace un frio espeluznante y delicioso. Sí, delicioso, debo confesar que la atmosfera que crea el frio me encanta. Me siento en los alpes suizos, o mejor aún, recuerdo épocas de mi niñez que me llenan de nostalgia, en esta Bogotá gris y lluviosa. ¿Algo mejor que un arrunchis con cobija peluda? El frío es la excusa perfecta para usar saquitos peludos y chaquetotas, prender la chimenea y comer chocolates de más. Así estoy en este momento, sentada en la cama con una cobija que más parece el abominable hombre las nieves (sin lo abominable), una snikers que ya va por la mitad, un café extra grande y Lorenzo a mi lado, que hace una siesta tardía y perjudicial para la hora de dormir esta noche. El plan podría ser perfecto si no fuera por una tonelada de mocos que producimos a causa de la tercera gripa del año que nos da, y eso que apenas estamos comenzando abril.




Iba a aprovechar la siesta de Lorenzo para cerrar también mis ojos llorosos, pero me di cuenta que el timing no podía ser más perfecto para escribir sobre un post que me han pedido desde hace días: La tormentosa e interminable relación entre la gripa y el jardín.

Hace unos meses, cuando decidimos escoger el jardín para nuestros pequeños, con lupa y mucha meticulosidad evaluamos todas las variables: la seguridad de las instalaciones, el carisma de sus profesoras, la cantidad de ceros a la izquierda de la matricula, la cercanía a nuestra casa, el método de enseñanza, la calidad de la merienda y, algunas más quisquillosas, hasta la pinta de los padres de familia. Cada jardín parecía un universo diferente y nos costó un par de noches escoger el que más nos convencía. La decisión quizás no hubiera sido tan difícil, si en vez de mirar las cosas que los diferenciaban, hubiéramos observado la única que es común a todos: los virus. No existe un jardín desprovisto de ellos ni mamás que no se quejen de la cantidad de gripas, piojos y eruptivas que sus niños contraen allí. Una vez nuestros hijos entran al jardín tenemos la extraña sensación de que pasan más días apestados que sanos.

A todas nos dijeron “no es sino que entre al jardín y se le peguen todos los virus”. Y todas nos dijimos mentalmente, como para no sentirnos una mamífera cruel e irracional abandonando a sus crías, “es necesario que coja defensas de una vez por todas” Pues, la bendita cogida de defensas nos cobra aproximadamente 5 días de incapacidad al mes. Al paso que voy, no estaría mal pedirle un reembolso de una pensión al jardín por la sumatoria de todos los días que Lolo termina quedándose en casa por una gripa.

Al principio alcancé a dudar del sistema inmunológico de Lolo y corrí al pediatra muchas veces ante al evidencia de los primeros síntomas. Después de oír muchas veces el famoso “es normal que los niños se enfermen cada mes” o el aniquilador “eso es viral”, ya me evito la salida de casa y tengo un botiquín dotado con las vitaminas y medicamentos básicos para estos casos.




No sé que me molesta más, empezar a ver los mocos transparentes que anuncian la llegada de una gripa o empezar a recibir los mensajes del grupo de whatsapp del jardín con las quejas, consejos y sugerencias de todas las mamás aburridas con la peste.  A una de esas mamás, a principios de febrero le pareció que lo que necesitaba el jardín era un desinfectador de ambiente en cada salón y una revisión diaria de la super intendencia de higiene y salud (si eso existe) para que el jardín no siguiera propagando y reproduciendo los virus de todos los niños. Me burlé, la catalogue de exagerada, le trate de explicar con mis dedos gordos que me hacen escribir brutalidades en WhatsApp, que el mundo era un lugar lleno de virus y que no podíamos desinfectarlo por completo ni aislar las zonas por donde pasan a diario nuestros hijos. A mi segunda maluquera a principios de marzo, porque valga la pena aclarar que la gripa del niño no sólo se nos pega sino que sufre una transformación genética que hace que nuestra gripa no sea un simple resfriado sino una asquerosa peste bubónica, no me parecía una idea tan mala llenar cada esquina del jardín de esos aparatos que purifican el ambiente. Hoy, a mi tercera, estoy considerando seriamente una visita de la OMS o al menos pienso sugerir en el estresante grupito de WhatsApp de “mamitas y papitos” del jardín, que por favor no manden al jardín a los niños que empiezan a sentirse mal. Entiendo más que nadie el complique y el desbarajuste para nuestras labores diarias el tener que dejar a los niños en casa, pero es la única solución efectiva para reducir estas epidemias grupales, sobretodo en esta temporada esperada de lluvias.

Si a finales de abril vuelvo a caer por otra gripa no me temblará la mano para recomendarle a las directivas de cada jardín que contraten los servicios de ADN, la Agencia de Detección de Niños de Monsters Inc para que dos macancanes enfundados en trajes y mascarillas salten a desinfectar y a aislar a cada niño que se presente a las aulas con síntomas de gripa o cualquier otra enfermedad contagiosa. 

Por ahora me tomaré una aguapanela con jengibre y limón,  esperaré que la dosis de dólex que Lolo debe tomarse en la noche le produzcan el sueño necesario para contrarrestar que siga dormido a las 4pm, y aguardaré pacientemente la siguiente gripa con tal de que lo que se me venga encima el próximo mes no sea una epidemia de piojos.

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Vacaciones pensando en todos

Muchas cosas que no queremos, cambian una vez somos mamás. El color del pezón, el porcentaje de grasa, la gravedad o el tamaño de las pochechas, las horas de pereza, la frecuencia del canchis canchis, (como alguna vez vi que le decían al arte amatorio en un programa de Laura en América) el aguante del hígado y, sí, las anheladas e idolatradas vacaciones. El ideal que tenemos de vacaciones cambia drásticamente después de un hijo, pasaremos de ser esas mujeres que solo se metían a la piscina para apaciguar el calor, a no salir de ella por estar jugando al tiburón, olvidaremos lo que es tener un hermoso color dorado y seremos las reinas del bloqueador y la cachucha, nos preocuparemos por las horas que el restaurante sirve el almuerzo,  y saborearemos una única cerveza en toda la tarde, porque hay un menor bajo nuestro cuidado.




Entonces si así son las cosas, sí se pueden llamar vacaciones?

Para empezar uno debería ser lo suficientemente sensato para no salir de viaje con un bebé de menos de seis meses, a menos que quiera encartarse y extrañar más que nunca su hogar.

Cuando Lolo tenía tres meses, a mi 10% y a mi se nos ocurrió la maravillosa idea de irnos a pasar un fin de semana a un hotel. Acabábamos de descubrir esta nueva vida de pañales, trasnocho y agotamiento y sentíamos que nos merecíamos un descanso a 30 grados centígrados. Jua. Reservamos un hotel con 4 piscinas, a pesar de que el pediatra nos recomendó todavía no meter a un Lolo de tres meses, en esa poceta llena de bacterias y cloro. Imagine el cuadro: Nos veíamos “divinos”, “cómodos” y “divertidísimos” debajo de un parasol echándole agua cristal a ese Lolo de cachetes rojos, que a pesar del sudor de nuestros brazos quería estar cargado y no semi acostado en la hamaca “plegable” que decidimos llevarle pagando exceso de equipaje. El calor despertó en nosotros una especia de psicosis y por el miedo a una deshidratación o insolación decidimos pasar el fin de semana en el cuarto sin prender el aire acondicionado y optamos por el room service para que los otros huéspedes y nosotros pudiéramos comer en paz. Primera conclusión: Espere a que el retoño cumpla un año y ya reciba comida, ya se siente, ya camine, ya se pueda meter a la piscina y ya se le pueda echar bloqueador.

A ese primer intento fallido no lo llamaré vacación por respeto a la palabra. Pero debo confesarles que del segundo intento en adelante hemos tenido unas vacaciones increíbles. ¿Cómo lo hemos logrado? Con dos cosas: cambiando el chip y teniendo actitud.

1 – Cambiando el chip. Ahora somos tres y nuestras vacaciones, así como nuestra vida, deben ser pensadas para los tres. Para qué amargarme pensando en el color dorado que podría haber ganado, para qué amargarme viendo a la gente borracha hacer el oso, para qué amargarme porque quiero hacer shopping y no puedo, para que amargarme porque me falta media ciudad por conocer y mi bebé ya no aguanta más, para que amargarme armando planes no aptos para niños? Ya nuestras vacaciones no son tirados en una asoleadora con un Martini en la mano y 6 en la cabeza, porque eso no divierte a Lolo. Tampoco son jugando Mindcraft todo el día en una Tablet porque eso no divierte a los papás. Ahora nuestras vacaciones son el resultado de la búsqueda de algo que nos divierta a todos. La asoleadora la cambie por las piscinas panditas, y los 6 martinis por uno que me dura toda la mañana. ¿Que si extraño las largas horas de bronceo? Sí, el color de mis piernas dan fe de ello. ¿Qué las preferiría a cambio de ver a Lolo feliz tragando agua en una piscina? No.

2 – No hay nada que requiera más actitud en la vida que tener hijos. Tener la actitud para gozárselos. Tener la actitud para meterse a una piscina a la que no le cabe un prójimo más. Tener la actitud para tomarse un margarita mientras se hacen castillos en la arena. Tener la actitud para sonreír a pesar del calor o del cansancio. Tener la actitud para salir corriendo al baño cuando el niño hace de las suyas. Tener la actitud para acostarlo en dos sillas rimax si es necesario. Tener la actitud para divertirse así el plan esté aburrrido. Tener la actitud para llevarlo en hombros con tal de recorrer el parque completo. Tener la actitud  de emocionarse viendo la misma tortuga una y mil veces. Tener la actitud para sentir esa maratón como una vacación.

Sin esas dos cosas, además de lo básico como llevar pañitos húmedos, pintas de más, dolex, cuentos y chucherías a la mano, es imposible gozarse unas vacaciones. Así que relájese, disfrute a sus hijos que para eso los tuvo, e incluso vuelva a gozarse cosas que sin ellos le estarían muy mal vistas, como gritar las 500 veces que repite deslizarse por el tobogán, bailar descoordinada y con su hijo en brazos tratando de seguir al recreacionista, llenar un plato en el buffet de sólo pasteles y dulces, asombrarse de ver una mariposa, andar despelucada o incluso con una teta al aire y quedarse dormida a las 8 de la noche.




Y de ñapa un acróstico (por si creían que lo más ñero que había en este post era la referencia al canchis canchis) con tips para recordar:

Vayan a un lugar pensado para niños. Para qué ir a conocer el Louvre si el niño aún no le interesa saber quien es La Gioconda. Ya llegara la edad para esos paseos.

Acepte que viene con niños y disfrute los planes que puede hacer con ellos. Enterrarse en la arena, hacer burbujas con un pitillo, salpicar agua, caminar, hacer fila 50 veces para el tobogán también es divertido.

Cambie el chip. Los viajes en familia hacen familia. Ver a los hijos felices con uno, teniendo experiencias nuevas es absolutamente genial.

Acuéstese cuando su hijo haga la siesta o al menos relájese con su 10%, créame que esa energía la va a necesitar cuando se despierte.

Cree buenos recuerdos. Sus hijos podrán recordarlo como el que estaba “por ahí” en vacaciones o el que se las gozó con ellos a la par.

Invite a los abuelos a algún paseo. Gozarán con usted y podrán quedarse con el retoño una hora mientras usted se da un premio en el spa.

Olvídese de la disciplina, son vacaciones. Si su hijo no quiere comer lechuga, que no coma. Si no quiere dormirse a las 8, que no se duerma. No se estrese.

No acordarse de la mitad del paseo por una borrachera tampoco es descansar.

Evite irse de paseo con gente sin hijos que no entiende su nueva dinámica, que lo hará sentir mal por no recibir esos tequilas de más, y que propondrá planes y restaurantes en los que no caben sus hijos.

Se vale separar otro fin de semana aparte para irse sola con su 10% a modo de desquite. Para que se tome todos los martinis que quiera, se broncee hasta que le duela ponerse un brasier y extrañe enormemente la cara que podría hacer su retoño si estuviera ahí en esa piscina.




Aquí, cantando victoria

Alguien me dijo alguna vez que el peor error que uno podía cometer como mamá, era cantar victoria. Creo, sin lugar a dudas, que es uno de los mejores consejos que he recibido, incluso para la vida misma. Pero también creo que vale la pena celebrar cada pequeña victoria por el mero placer de saber que algo estás haciendo bien. Por eso hoy, arriesgándome un poco, quiero salir a ondear esa bandera de la victoria, por ser mamá. Hoy soy ese Leonardo di Caprio en el Lobo de Wall Street, caminando con los brazos abiertos, la frente en alto y el pecho hinchado porque me siento orgullosa de mi hogar.




Debo confesar que después de ser mamá, un par de veces, había dudado de haberlo sido. Por momentos, me entraba una extraña sensación parecida al susto o al arrepentimiento. Algunas veces, me daba estrés no tener siquiera la opción de renunciar, por aquellas cosas de la maternidad y su irreversibilidad. Otras, seguro por el cansancio, me sentía culpable por anhelar unos minutos de una vida sin hijos. Y muchas, muchas otras, me preguntaba en silencio si apostarle a este hogar había sido la decisión correcta.

Este fin de semana, tuve todas mis respuestas.

El sábado pasé el día como cuando éramos novios con mi 10%. Estuvimos arrunchados hasta las 11 de la mañana viendo House of Cards, almorzamos vodka, nos fuimos a Estéreo Picnic, bebimos ron, nos reencontramos con amigos, bailamos y cuando la adultez nos pasó factura, huimos para volver a la cama. La pasamos increíble.

El domingo en la tarde, con los ojos ardiéndonos todavía por la falta de sueño, moríamos de ganas e impaciencia por encontrarnos con Lorenzo. La carcajada con incredulidad de él, al vernos asomar por su ventana nos hizo aguar ojo, y sin decir nada nos apretujamos los tres en un abrazo infinito.

Cualquier duda que pude haber tenido frente a la maternidad, se disipó en ese momento y para siempre.

¿Qué día prefería?  Ambos. No podría decirles cual día estuvo mejor. Cada uno, como diría un amigo con bajo criterio para escoger novias, tuvo lo suyo.

La cuestión no era escoger cual de los dos días había estado mejor. Todo se resumía a saber con claridad de cual de los dos días podría prescindir, sin que eso afectara mi felicidad. Creo que está claro que ni tres vodkas y 5 rones superan la feliz borrachera que me provoca pasar una tarde en casa con mi 10% y Lolo.

¿Sábado o domingo? Ambos. Este fin de semana me di cuenta que puedo tener ambos. Pero aunque me gustan esos sábados, debo reconocer que me supo más a felicidad el domingo.




La ecuación es sencilla. En este momento de mi vida, a mis treinta y pico, que ya disfruté varios años llenos de sólo sábados, agradezco infinitamente poder saber a que saben los domingos.

Eso que tanta gente me ha expuesto como argumento para no tener hijos, como la pérdida de la libertad, el no poder tomarse un trago, no poder estar a solas con la pareja, no viajar, etc., no son reales, porque sí se pueden tener. Lo que pasa es que una vez tienes hijos comprendes que de muchos de ellos se puede, y es más divertido, prescindir. (De muchos he dicho, pero ni se les ocurra incluir en esa lista la apretujada con el marido, a eso si es muy aburrido renunciar).

A lo que voy es que mi vida sigue teniendo sentido si me pierdo otro par de fiestas, pero en cambio no tiene ninguno, si jamás descubro lo que se siente ese abrazo infinito. Decido quedarme con mis sábados esporádicos y mi resto de días que parecen domingos.

Ésta es mi victoria, que más que victoria es agradecimiento por tener una vida llena de domingos que no me saben a guayabo. Por tener una familia que me pone a volar más que el bareto que vi fumarse a Snoop Dog. Por la oportunidad que me dio la maternidad de saber lo que vale la pena en la vida. Y por todos aquellos que por no tener un hijo, o por vivir intensamente muchos sábados, creen que son más felices que yo. Me regodeo de mi victoria porque construir un hogar no me sabe a otra cosa sino a triunfo.




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Nueva Mamá

A la nueva mamá,

Respira. Supongo que estas en esos días. Esos primeros días llenos de preguntas, preocupaciones y dolor, mucho dolor. El amor infinito que acabas de conocer, a veces parece un incentivo insuficiente para soportar la responsabilidad que te ha caído encima. Es duro, ya te lo habían advertido y repetido, pero sólo hasta ahora entiendes de verdad y exactamente a que carajos se referían. Te dijeron que la lactancia sólo requería una buena técnica pero te das cuenta que para aprenderla, hay que retroceder en el sistema educativo, y volver al famoso “la letra con sangre entra”… y tu pezón está ahí para demostrarlo. Con cierto desconsuelo cuentas las horas que faltan para la próxima lactada y al ver que la caléndula y la yerbabuena no han cicatrizado a la velocidad que esperabas, mandas a tu 10% de urgencia al primer pepe ganga en busca de la crema antipezones agrietados de moda y, por supuesto, un extractor de leche.




Te habían hablado del cansancio, pero esto que sientes merece una palabra que nadie ha inventado aún. Prometes cachetear a la próxima persona sin hijos que asegure estar exhausta, mientras llamas a tu mamá, a la que le habías pedido un poco de espacio, para que venga a mimarte y a relevarte un par de horas. ¿Cómo lo hizo ella contigo y tus hermanos sin epidural, sin empleada, sin google y sin pañales desechables? La palabra verraquera comienza también a tomar otro significado.

Te habías prometido, como si eso fuera suficiente, no meterte en la ropa de maternidad y recuperar tu peso cuanto antes. Te miras sin ropa y, por primera vez, desconoces el cuerpo que ves en el espejo. Te auto flagelas por preocuparte de algo tan frívolo en estos momentos y temes, como cualquier mortal, no volver a recuperar el cuerpo de antes. Y entonces te fajas, no tanto por esa vanidad hueca que criticas sino por un extraño afán de no perder todo lo que te identificaba antes de ser mamá. ¿Y la angustia? ¿Por qué nadie te habló de esa preocupación constante que ha decidido instalarse de manera permanente en tu pecho y tu cabeza? ¿Lo estaré haciendo bien? ¿Seré capaz? ¿Cómo lo han logrado otras mujeres? ¿Estará lleno? ¿Si está respirando? La naturaleza y el instinto maternal parecen jugarte una mala pasada justo cuando más te dijeron que estarían dispuestos a ayudarte. ¿Será demasiado pronto, o más bien demasiado tarde, para tirar la toalla?

Respira.

Bienvenida. Acabas de empezar a experimentar lo jodidamente maravilloso que se siente ser mamá. El dolor físico de estos primeros días pronto será un vago recuerdo e incluso una laguna para cuando decidas, si es que lo decides, tener el segundo. La lactancia se volverá algo normal y placentero aunque en estos momentos parezca imposible. Podrás volver a caminar a velocidades normales, sin parecer un robot y podrás sentarte y pararte en menos de 15 pasos. Esa bolita que sientes en la panza desaparecerá. Las horas de sueño poco a poco aumentarán. Y tu vida, bueno, tu vida tal como la conocías jamás regresará. Y aunque eso suena a fatal, la verdad, es lo mejor que te puede pasar. Nada será fácil pero sí será cada vez más increíble. Lo juro.

La recompensa llegará en forma de besos babosos y te amos en jeringonza, y entonces poco importarán las ojeras ganadas, las lágrimas derramadas y las fiestas aplazadas, sabrás que todo ha valido la pena. ¿La angustia? No, la angustia no pasará, no existirá un minuto de nuestra vida como madres desprovisto de este sentimiento, y ésa será la prueba del infinito amor que se siente por un hijo.

Respira, relájate y sonríe. Que el miedo no te nuble la hermosa vista del momento tan alucinante del que estás siendo parte. Esto no se pone más fácil, tú te vuelves mejor, y eso es lo que nos convierte en heroínas.

Bienvenida. Nadie dijo que fuera sencillo, pero ¿ acaso qué cosas que valen la pena lo son?





Posdata a modo de bonus:

  • Pronto conocerás a la muy trillada paciencia, descubrirás que jamás la habías llevado a su máximos niveles. Hazte amiga de ella, la necesitarás.

  • Déjalo dormir encima de ti como una ranita. Eso jamás lo va a malacostumbrar y es delicioso para ambos. Pronto no cabrá ahí y lo añorarás.

  • Nunca cantes victoria. El día que grites a los cuatro vientos que tu hijo ya pasa la noche derecho o que lo tienes todo bajo control, la vida se burlará de ti con una calientica cachetada.

  • Piérdete unas horas al día para leer en una cafetería, pintarle las uñas en la peluquería, correr en el gimnasio o ver a una amiga. Cualquier cosa es válida para que pienses en ti sin la etiqueta “mamá”.

  • Llama a tu mamá y mantenla cerquita. Nadie te consentirá y tranquilizará como ella. Además sólo ella soportará tus explosiones de ira sin dejarte de querer.

  • Acéptalo, sin importar la planificación durante el embarazo, siempre hará falta algo y alguien tendrá que correr a la droguería o tienda especializada en bebés más cercana. Sonríe porque no serás tú pero no te olvides de besar y decirle gracias a tu 10%.

  • No, no y no, no es necesario tomar caldo de gallina todos los días de los primeros 40 días.

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Martes de Post-Parto - La Nuwe

Martes de Post-Parto – La Nuwe

Ya estamos en mitad de febrero y muchas de nosotras aún no hemos podido deshacernos de esos kilos que ganamos en diciembre. Yo he empezado dieta 5 veces este año, cada una con una duración de 8 horas. Semana Santa viene pisándome los talones con invitaciones a lugares muy espirituales para visitar en bikini, y yo sigo feliz yendo a la panadería de la esquina a las seis de la tarde para acabar con las provisiones de pan trenza para una semana. A mi la fuerza de voluntad me la quedaron debiendo sobretodo cuando de harinas se trata. Puedo decirle que no a cualquiera sin que me de pena o cargo de conciencia, excepto si al que tengo que negármele es a un chocolate. Varias mamás fit con millón de seguidores en Instagram aseguran que la maternidad no tiene la culpa de nuestras llantas. Pero la verdad es que si. Y no me refiero a las secuelas del parto sino a las patologías que desarrollamos una vez somos madres y nos predisponen a la gordura. Por eso, he diseñado un efectivo plan de contingencia para que la maternidad no nos siga redimiendo calorías al por mayor. Detecte sus síntomas y atáquelos.





          Síndrome de la caneca.

Enfermedad heredada de nuestros padres que hace que nos llevemos a la boca las sobras de nuestros hijos porque dejarlas decorando el plato nos parece un desperdicio. Estudios demuestran que las sobras no alimentan y que son las encargadas de ese gordito que saca en la espalda un brasier.

Medicación: Suavemente aleje las sobras conteniendo la respiración y con voz dulce dígale a su marido que su hijo le manda “eso” con mucho cariño.

Mantra: No soy una caneca

 

          Mal agudo del Menú.

Sensación de despilfarro al pedir el menú infantil en un restaurante y constatar que tu hijo se lo hubiera comido todo, si tuviera 18 años. Si eres capaz de superar el síndrome de la caneca con las sobras de spaguetti en el restaurante seguramente no lo vas a lograr con la sorpresa-postre que viene con ellos.

Medicación: Pedir para ti, sólo una ensalada

Mantra: No se puede confiar ni en la cajita feliz

 

           Trastorno Obsesivo Compulsivo de Limpieza.

Trastorno caracterizado por la necesidad de la madre de ir chupando el cono de su hijo para que el helado derretido no caiga sobre sus manos y ropa. Está comprobado que el niño, con o sin su intervención, se va a ensuciar. Permítale gozar de la sensación de estar pegachento y libérese de un par de calorías extra que no necesita.

Medicación: Mire a la dirección opuesta en la que se encuentre su niño comiendo helado.

Mantra: No soy Mónica Geller

 



          Virus de barriga adquirida.

Sensación de no poder alzar un bebé sin el apoyo de nuestra barriga. La madre se acostumbra a llevar al bebé en brazos echando para adelante la cola y la pelvis a fin de tener más estabilidad, pero con el riesgo de ser confundida con Jabba the Hutt o ser felicitada por el nuevo bebé que viene en camino.

Medicación: Apriete la barriga como si le fueran a tomar una foto cada 3 segundos.

Mantra: No soy el Señor Barriga.

 

            Pereza Crónica.

Enfermedad que hace que no seamos capaces de servirle un vaso de agua a nuestro 10% a las 11 de la noche, que usemos el ascensor para ir al segundo piso y que no cambiemos el noticiero del senado porque tenemos que pararnos para alcanzar el control.

Medicación: Haga todos los favores que le pidan

Mantra: No soy un parásito

 

Cucharitis crónica.

Consiste en la necesidad de la madre de probar más de cinco veces lo que está preparando para su retoño, sabiendo bien que con dos es más que suficiente. Se considera una enfermedad crónica cuando la madre cucharea la leche en polvo o el milo cada vez que pone un pie en la cocina, como si ese polvo no fuera tan adictivo como la cocaína.

Medicación: Clausurar la cocina y permitir el acceso sólo a profesionales.

Mantra: La cucharita solo de arrunchis

 

        Diabetes inducida

También conocida como la ansiedad de la madre por comerse todos los dulces recogidos por los hijos en una piñata o Halloween, con el fin de evitar caries dentales e hiperactividad en los pequeños. La madre prefiere auto provocarse una diabetes tipo I con tal de evitar que la elevada ingesta de azúcar llegue a la sangre de sus pequeños y la haga vivir una noche de terror.

Medicación: Hágale un roto a la bolsa de la sorpresa.

Mantra: No soy una yonki

 

Seguir al pie de la letra la medicación, repetir el mantra las veces que sea necesario y si en 3 meses, junto con un régimen alimenticio balanceado, tres horas de spinning diarias y una visita semanal a la esteticista, no ha logrado ver resultados, escríbame para devolverle el dinero por el tiempo perdido.

 




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Post-Parto - Lactancia

La maternidad nos hace mucho daño a algunas. Y no, esta vez no estoy hablando de las estrías que ganamos, del pelo que perdemos o de las horas de sueño que necesitamos. La maternidad nos vuelve intensas, cantaletudas y profetas. Si algo nos ha funcionado queremos que todas lo sepan, lo imiten y lo oigan una y otra vez de nuestra boca. La lactancia, por ejemplo, es uno de esos temas polémicos de la maternidad que más nos enloquece. Cada vez más, me privo de tocarlo en una reunión, junto con la política y la religión. Los tres temas tienen en común fanáticos que no quieren escuchar sino evangelizar. Razón suficiente para tampoco haber hablado sobre la lactancia en un post anterior.

Como no tengo el derecho ni tampoco es mi intención dar cátedra sobre el tema, me limitaré a describir las 4 frases que detesto de la lactancia basada en mi experiencia personal. Lo que no significa que lo que yo crea deba tomarse como consejo, filosofía de vida o verdad universal.




1 “Si no lactaste por lo menos los primeros seis meses eres una despiadada, tu hijo se enfermará y no tendrá un vínculo fuerte contigo”.

Señoras, soy entonces una cruel despiadada con un pezón frágil que me hizo ver al diablo durante el primer mes a pesar de las cremas de caléndula, el vino rojo y el extractor de leche. Señoras, soy una despiadada que soportó el dolor durante un mes, fecha exacta que la lactancia dejo de arder, doler y sangrar. Soy una despiadada que para evitar una mastitis visitaba semanalmente un lugar llamado “el banco de leche” donde me hacían ver el diablo de nuevo estripándome una pocheca que insistía en obstruirse. Soy una cruel despiadada que a los tres meses sin poder levantar los brazos del dolor, con fiebre de 40 grados, sin poder alzar y cuidar a mi bebé y sin niñera, volví por última vez al banco de leche con una mastitis. Ese día renuncié a la lactancia, porque ese día, amamantar dejó de ser un momento íntimo y bonito con mi hijo y pasó a ser un problema que me cohibía de cuidarlo, me botaba a la cama y hacía de la maternidad algo que no debía ser: una tortura. Si señoras, lacté sólo tres meses de manera exclusiva y mi hijo ni se enfermó ni perdió su apego. Sobrevivimos las gripas como cualquiera, jamás hemos estado hospitalizados y somos inseparables, es más, para algunos, demasiado intensos el uno con el otro.

2 “Si lactas a un niño que habla, camina y tiene dientes eres una cochina”.

Señoras, si para algunas la lactancia resulta más fácil desde el comienzo antes que juzgarlas debo declararles mi envidia. A pesar de que estaba mentalizada para lactar 6 meses, tiempo que me parecía razonable, suficiente y perfecto para que los niños empezaran a deleitarse con otros sabores y para que las mamás pudiéramos volver a ponernos camisas de cuellos cerrados y sin botones, admiro (tal vez por no haberlo podido hacer) a las que pueden hacerlo por un tiempo más prolongado. Las envidio y admiro porque con el amor infinito de una madre siguen haciendo una labor nada sencilla con la convicción de darle lo mejor a sus hijos. También las entiendo y les brindo mi más sincera sonrisa de apoyo cuando me explican con un poco de cansancio que no encuentran la manera menos traumática de, literalmente, destetar a un niño que por grande que esté no quiere renunciar a esa zona de confort.




3 “Si lactas en público eres una desvergonzada”

Señoras y señores, hay que ser muy desalmado en esta vida para negarse a amamantar a un niño hambriento y negarle la posibilidad de calmar su llanto alimentándolo, simplemente porque estamos en público. Lactar no tiene nada de morboso, no consolar a un niño sí. Sepa de una vez, que el niño no está jugando, está saciando una necesidad que no tiene, a los ojos de personas sensatas, ninguna connotación sexual, ni exhibicionista y, mucho menos, desagradable. Existe un trato que se le da a un par de tetas que no amamantan más desagradable y morboso, difícil de entender pero fácil de ver, si revisáramos el grupo de whastapp de varios. Si usted es de esos necesitados que se la pasa rotando fotos de mega tetas siliconudas a todos sus contactos pero se indigna de ver a una madre lactando en un restaurante, es hora de ir al psicólogo. La solución es sencilla si tanto le molesta: mire a los ojos y no el escote… “mis ojos están aquí y no aquí ” es una verdad que venimos reclamando las mujeres desde hace años.

4 “Si no te gusta lactar o ver lactar en público eres una mojigata”.

Señoras, a mi nunca me gustó lactar con espectadores. No creo que eso me convierta en una mojigata o doble moralista. Tampoco he querido salir en Soho y no por eso hago vade retro a las que lo hacen. Para mi lactar era un momento intimo con mi hijo y, además como al principio era muy bizoña, prefería poder estar en la comodidad de mi privacidad para no cometer errores. Por ejemplo siempre olvidaba proteger la teta que no estaba en uso y terminaba lista para cambio de ropa y baño. Además se me hacía muy difícil no usar la almohada de lactancia y andar con ella encima para todo lado me parecía un poco engorroso. Amaba la privacidad para lactar porque para mi significaba tranquilidad y comodidad. Sepan que las tetas me parecen divinas, tanto como a cualquier hombre, me parecen divinas para el uso de la intimidad con mi 10%, me parecen divinas en su labor de alimentar, me parece divinas en la portada de una revista y me parecieron aún más divinas en la portada de la revista fucsia con Cristina Warner amamantando. Pero ni a mi 10% se las presto en mitad de un centro comercial, ni a mi hijo se las puse sin una mantita en público. Esa soy yo, supongo que desde ahora apodada la mojigata. La misma mojigata a la que le da pena salir en una revista en toples de sólo pensar que su papá vea su pezón, la misma mojigata que usaba una mantica en caso de tener que lactar estando en la calle, la misma mojigata que le parecen divinas las viejas que salen en Soho y la misma mojigata que puede ver a otras mujeres menos mojigatas lactar en la calle sin juzgar, sin mirar mal y sin satanizar.




Cada una tiene una experiencia distinta con la lactancia. Buena o mala, y lo único que hace insoportable este tema es la necesidad que tenemos de volver general algo tan particular y personal. Hay tantos colores y formas de pezones como maneras de vivir la lactancia. No somos ni flojas, ni despiadadas, ni exhibicionistas, ni cochinas, ni mojigatas. Detesto esas cuatro frases, detesto que alguien que jamás haya lactado opine sin conocimiento de causa, detesto que las que lo hayamos hecho nos juzguemos, y detesto que queramos defender una u otra posición con la férrea y ciega convicción de un fanático. A cambio de 4 frases obsoletas propongo 4 pasos para una lactancia feliz:

1 DE TETA

2 DONDE

3 Y HASTA CUANDO

4 USTED QUIERA

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Post-Parto Tapo




“Tapo” era la palabra que más usaba cuando jugaba chiquita. La pronunciaba cuando necesita literalmente “parar el tiempo”. Si estaba acorralada decía “tapo”, si mi hora de entrada a la casa llegaba antes de terminar el juego decía ¨tapo”, si sentía que las reglas no se respetaban decía “tapo”, pero la gran mayoría de veces gritaba “tapo” y mostraba desesperada la T con mis manos porque me daba bazo y necesitaba un momento para detenerme y respirar. Algo tan simple y tan importante como detenerme a respirar.

Crecí y nunca volví a usar esa palabra, no porque no necesitara ese tiempo para recuperar energía sino porque no sentía que fuera necesario pedir permiso para tomárselo.

Hasta que nació Lolo y algo tan simple como respirar entró a la lista de cosas que hacemos de afán.

Desde el primer día que tuve a Lorenzo en mis brazos no quise despegarme de él un segundo. No quería perderme un bostezo, una sonrisa y mucho menos quería cargar con la culpa de haber estado ausente en alguno de sus llantos. Yo quería estar ahí en todo momento para consolarlo, para arrullarlo y para hacerlo reír, así eso me constara no terminar de leer un libro, no saludar a una amiga o no hacerme un manicure. Y aunque esa entrega total por los hijos no suena mal, no está del todo bien. Llega un momento en que el cuerpo y la mente te pasa factura, la paciencia se agota, el cansancio te amarga el temperamento y por más que queramos seguir no podemos abusar de nuestra buena fe. A esa promesa que me había hecho a mi misma de no fallar le hacía falta una pequeña observación: se vale decir “tapo”.




En inglés dicen time-out y no hay nada que necesitemos más las mamás que un tiempo-fuera, más de lo que pensamos. Cuando jugábamos a las escondidas mostrábamos la T con nuestras manos para todos lados para que nos dieran ese tiempo. Y ahora, justo cuando más se hace necesario detenerse a respirar, olvidamos hacer la petición.

Creo que no soy la primera mamá víctima del invento de creerse infalible, multitasking e indispensable. Y tampoco seré la última damnificada de esos abusos autoimpuestos. “¿Cómo decir tapo cuando se es mamá” debería ser la primera clase del curso piscoprofiláctico. Y “Cómo decir tapo sin que la culpa la ahorque” debería ser la segunda. Decir “tapo” es un derecho que tenemos pero sobretodo un deber. Querer tener todo bajo control, creernos la mujer maravilla, sentirnos cansadas y no pedir ayuda nos vuelve insoportables, irritables, repelentes y regañonas. Adjetivos que ni nuestros hijos ni nuestros 10% aprecian y valoran.

Se vale decir “tapo” las veces que sean necesarias. Se vale decir “tapo” aunque tengamos a medio mundo convencido de que lo único que no hacemos como Diana Prince es empelotarnos dando vueltecitas. Se vale decir “tapo” 5 segundos antes de explotar con nuestros chiquitos. Se vale decir “tapo” para respirar y pensar mejor nuestra reacción. Se vale decir “tapo” y pasarle la bola a nuestros 10% cuando nuestra respuesta no va a ser amable con nuestros hijos. Se vale decir “tapo” para tumbarse en la cama a mirar el techo. Se vale decir “shhh mamá dijo tapo, resuelvan sin ella”.

El día que dejé de autoimponerme la obligación de ser infalible el mundo no se acabó, la casa no colapsó, mi 10% no dejó de sentirse orgulloso y mi hijo no comenzó a amarme menos. Es más, la dinámica mejoró, porque fui capaz de tomarme mis 10 o 20 minutos para respirar en vez de cargar con todo el peso y sentirme con el derecho de hacer mala cara y contestar ofuscada.

Yo me impuse la tarea de reclamar unos minutos diarios. Y dejé de sentirme egoísta o culpable por pedirlos justo cuando me di cuenta que esos minutos benefician a toda la familia. Puede que ya no me de bazo pero la presión en el pecho me produce la misma sensación que cuando estaba chiquita: me quita la tranquilidad, me impide respirar a buen ritmo y me tranca para seguir funcionando. Así que sin sentimiento de culpa alzo mis manos formó una T y dijo “tapo”. Digo “tapo” cada vez que una gruñona infeliz aparece para poseer a la mamá que me gusta pensar que soy. Respiro, cierro los ojos y las cosas ya no parecen tan graves. Respiro, abro los ojos y comienzo de nuevo. Respiro y no hago nada. Respiro y sonrió porque no declaré la guerra en casa

Se vale decir “tapo” porque si mamá está bien, la casa, los hijos y el 10% también.





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