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Si hago una barrida rápida por mi cabeza puedo encontrar muchas razones por las que ser mamá hoy es mucho mejor que haberlo sido en cualquier tiempo pasado.

Se me ocurren razones de peso, como el rol activo que ahora desempeñan los papás; razones médicas, como las vacunas para los niños, la epidural para nosotras y los métodos de anticoncepción certeros para evitar la sorpresa del segundo hijo demasiado pronto; razones educativas, como los colegios bilingües, los jardines infantiles con cámaras de seguridad (¿?); razones saludables, porque superamos aquella extraña (aunque deliciosa) práctica de nuestras abuelas de recuperarse a punta de sancocho de gallina los 40 días de dieta; razones prácticas, como el extractor automático, los pañitos húmedos, el esterilizador de teteros para horno microondas, los pañales desechables, la pera saca-mocos, youtube; razones bobas, como que la ropa de maternidad antes las hacía ver a todas como un globo aerostático y ahora es linda y hasta sexy; o incluso razones tecnológicas porque no se que haríamos las mamás de hoy sin el celular para tomar las 500 fotos diarias que tomamos de nuestro bebé haciendo las cosas más increíbles, como mirar al techo.

Podría seguir enumerando razones y, seguramente, hasta terminaría escribiendo una lista similar justificando lo contrario, que ser mamá en otra época era más fácil, más tranquilo y por supuesto mejor o al menos más considerado, ya que estar embarazada era sinónimo de enfermedad y como seres inválidos y desvalidos merecíamos todos los cuidados y consideraciones.

Pero tener hijos en este momento cuenta con un elemento muy valioso: hoy se es mamá por elección. Obvio, aún nos falta camino por recorrer pero poco a poco vamos siendo la mayoría. Ser mamá es una decisión que nuestras abuelas ni por un segundo se atrevían a cuestionar, tener un hijo (una decena en realidad) era lo que tocaba, y peor aún, lo único que había para hacer. Que maravilla que vivamos una época en que la mujer puede tomar libremente esta decisión y que maravilla será, cuando además esta decisión no tenga ninguna recriminación.

Hoy somos mamás, o no lo somos, porque lo soñamos y porque así lo queremos. Sentirnos libres de tomar esta decisión nos empodera y nos hace mujeres maravillosas. Y por maravillosas me refiero a que somos tercas, obstinadas, calculadoras, exageradas, maniáticas, intensas, dramáticas. Y si a eso le sumamos la palabra mamás hay que añadir también estorbosas. 

Nos volvimos un estorbo para los ecologistas, que nos ven como un grupo de personas ignorantes e irreflexivas con el medio ambiente, que deciden traer más habitantes a una tierra que no puede aguantar más gente socavando y liquidando sus recursos.

Nos volvimos un estorbo para nuestras amigas que no tienen hijos a punta de pedirles que nos reunamos en restaurantes con parque y no en el bar ruidoso de moda, a punta de pedir que las “girls night out” sean más bien a plena luz del día con una mimosa con más jugo que champaña y no una botella entera de aguardiente.

Nos volvimos un estorbo para nosotras mismas porque en nuestro afán de querer ser exitosas profesionalmente, de estar flacas, de estar a la moda, de ser buenas mamás, de ser excelentes esposas nos pusimos la vara demasiado alta y nos creímos el cuento de que podemos hacer todo.

Nos volvimos un estorbo para las NoMo (No Mothers) que nos ven como una especie menos evolucionada, tonta y retrograda carente de metas personales y profesionales.

Nos volvimos un estorbo para los gerentes de recursos humanos que después de una licencia de maternidad o de un año sabático dedicado a nuestros hijos creen que estamos obsoletas, fuera de praxis y para colmo de males, dementes con aquello de querer limitar las horas extra.

Son las 10pm de un día difícil estoy agotada, aunque no tanto como recuerdo haberlo estado durante los primeros 4 meses de vida de Lolo, ya la casa está en silencio… por fin! Pero a mi me faltan por hacer un montón de cosas aparte de ser mamá que me apasionan. Y en medio de ese extraño desespero que me dice que no voy a ser capaz de hacerlo todo, respiro y trato de auto convencerme que ser mamá tampoco es un estorbo para mi.

Despoblar la tierra para que en un siglo no la habite ningún humano depredador y voraz destructor del medio ambiente me parece poco desafiante e irrespetuoso con nuestra historia, aunque debo reconocer que sería genial como guión para la próxima película de Christopher Nolan. Esperen, creo que ya la hizo. Y no es una idea tan disparatada sabiendo que hace poco fue descubierto un planeta a quinientos años luz con características muy similares a la tierra. Así que, queridos ecologistas en vez de castrarnos las ganas de ser felices porque no se donan a la Nasa y empezamos los tramites para poblar ese planeta?

Amigas sin hijos, el hecho de que tenga llenas mis redes sociales de fotos de bebés, de artículos cursis y reivindicadores de la maternidad no significa que no pueda hablar de otros temas y que no necesite de cuando en cuando una salida de esas en las que nos divertíamos con el bullying sano al que estamos acostumbradas con una cerveza en la mano. Y por cierto, no se les va a gangrenar un dedo por darle like de vez en cuando a mis fotos, se los juro, está más que comprobado.

Generación NoMo, admiro, aplaudo y respeto su decisión. No les pido que admiren, aplaudan y respeten la mía, con que dejen de mirarme con esa gesto mezcla de lástima y condescendencia es suficiente. No soy bruta, sumisa, resignada, mantenida, trepadora o frustrada. Por el contrario, soy el perfecto ejemplo del multitasking que se achacan la mayoría de mujeres haciendo la mitad de las cosas.

Respetados miopes de recursos humanos el hecho der ser mamá no ha invalidado mis títulos profesionales y, si de competencias laborales y personales se trata, la labor que he hecho en casa en este tiempo tiene más liderazgo, trabajo en equipo, resolución de problemas, ideas innovadoras y aprovechamiento de recursos que el de cualquier gerente con el que me puedan comparar. Y si el problema es que consideras que la maternidad me volvió demasiado sensible creo tampoco deberías contratar gente con mascotas, enamorada o ligeramente fabulosa.

Ser mamá no es un estorbo, la clase de mamá que queremos ser las mujeres de hoy si. Y eso es lo mejor que nos ha podido pasar a nosotras como mujeres y a ellos como hijos.

Falta poco para que la adolescencia de mi hijo haga de las suyas y me vuelva un verdadero estorbo que abochornará su vida social, ni hablar cuando me atrape la demencia senil y me convierta en un estorbo también para mi nuera.

Por ahora, no sólo me siento orgullosa de ser la clase de estorbo que soy sino además me declaro el obstáculo más dichoso y capaz de este planeta…y del próximo a poblar.

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Sin Razón BLOG

Hace poco me preguntaron mis razones para haber sido mamá y debo confesar que no supe que contestar. En un principio creí que mi bloqueo era producto del menosprecio que sentía en los ojos de mi interlocutor ante la sorpresa de que una mujer en pleno siglo XXI, estudiada, “viajada”, inteligente, divertida y capaz decidiera ser madre en un mundo que ya no se lo exige. Unos minutos después me di cuenta que no tenía una respuesta porque era mi hemisferio izquierdo el que estaba buscando las razones.

Siempre creí, y estaba segura de ello, que la decisión de tener a Lolo había sido más racional que pasional… hasta ahora. Si bien las ganas de ser papás nos estaban carcomiendo cuando decidimos meternos en la grande, sentía que lo que realmente me había impulsado no era el tic tac de ese reloj biológico que algunas aseguran sentir sino más bien una hoja de excell, que una noche hicimos con mi 10%, que concluía que no sólo estábamos en una edad ideal sino que nuestras finanzas aguantarían varios meses mi “holgazanería”.

Hoy, un par de años después, entiendo que nunca tomamos esa decisión con la cabeza sino con las entrañas. Y que las justificaciones racionales que me daba a mi misma para tenerlo solamente trataban de reforzar la decisión que, sin darme cuenta, yo ya había tomado con el corazón. Tener un hijo nunca va a ser una decisión racional porque de seguro si lo pensáramos más de dos veces no lo haríamos. Y ahí radica lo maravilloso de serlo.

Leo con fascinación la cantidad de artículos que a diario publican con mil y un razones por las cuales es mejor no tener hijos y siento que fácilmente yo podría aportar a esa lista 50 razones más. Podemos encontrar razones para todo en la vida. Cuando de justificar una idea se trata, la cabeza es experta en encontrar los argumentos adecuados y más cuando el tema es “ser mamá”, pues razones para no tener hijos hay mil.

Decidir tener hijos porque racionalmente creemos que es lo mejor no es posible. No encuentro un argumento coherente y sensato para decidir tenerlos, en cambio encuentro muchos para no hacerlo. Con los hijos se pierde mucho. Pierdes tiempo, pierdes horas de sueño, pierdes tu estómago plano, pierdes noches con amigos, pierdes plata, pierdes tranquilidad, pierdes trabajos, pierdes intimidad, pierdes idas a cine, pierdes guayabos en cama, pierdes paredes, pierdes el orden, pierdes trabajos, pierdes pelo, pierdes un poquito de ti. Pierdes la paciencia y conoces la peor versión de ti. Sabrás que eres un Hulk en potencia y con una pendejada vas a estallar. Desconocerás ese sentimiento en el pecho que te hace gritar, zarandiar y llorar. Y por unos minutos creerás que nada vale la pena porque todo lo has hecho mal. Pierdes la certeza y comienzas a vivir con la incertidumbre de no saber si estas literalmente ¨cagándote” la vida de alguien. Puedes leerte todas las teorías de crianza, puedes aprender del ejemplo de amigos y familiares, puedes recibir consejos hasta del portero, puedes ver todos los programas de la Super Niñera, puedes hacer talleres de coaching para padres y aún así nunca sabrás si lo estás haciendo bien porque sin importar lo que hagas o como lo hagas, el mundo se encargará de achacarle a tus hijos un par de traumas, problemas cognitivos y reacciones psicológicas consecuencias de tu manera de criarlo. Pierdes la inocencia porque te das cuenta que el único pan que venía debajo del brazo, era el brazo de reina que se asoma cuando decides ponerte camisas esqueleto.

Pierdes un montón de cosas que se me hacen fácil enumerar y ganas un montón que, a pesar de ser mamá, soy incapaz de redactar. Debe ser porque la satisfacción y la felicidad me sobrepasa de tal manera que no puedo ponerlo en palabras. Y porque siento que si me atreviera a hacerlo caería en ese tipo de cursilería que sólo entiende el que la padece.

No sé porque fui mamá y no tengo una respuesta coherente, al menos para alguien que no lo haya sido. No hay quien pueda hacer una lista con el porque vale la pena ser mamá, o por lo menos, yo no soy capaz. Ser mamá es la decisión más irracional, estúpida y poco práctica que podemos tomar. Y aún así, si pudiera devolver el tiempo creo que volvería a dejar de tomarme las pastillas anticonceptivas. No es un secreto que la mayoría de cosas en la vida que te quitan el aliento, te cambian, te maravillan, te hacen crecer y te hacen feliz son aquellas que precisamente no pensaste con la cabeza.

O acaso podemos enamorarnos locamente de alguien sólo porque nos digan que es el partidazo del año? Yo me enamoré de un paisa con más mala fama que Charlie Sheen pero no quise oír consejos, no analicé las probabilidades, no hice un top 10 con las razones para no meterme con él, no pensé racionalmente que la cosa podría salir mal, no me deje convencer cuando me decían “el que es nunca deja de ser”. Yo sólo sentí que juntos éramos felices como nunca lo habíamos sido. Y PUM, a pesar de tener 1001 razones para salir con ese otro prospecto seguro y confiable que me recomendaba la cabeza, me casé con el que me hacía alucinar. Apostarle a esa decisión que nada tenía que ver con la razón fue lo mejor que me pudo pasar.

Por eso no voy a enumerar las razones por las que ser mamá vale la pena. La que ya lo es, lo sabe; la que no lo es, ni se lo puede imaginar; y la que no quiere, lo va a demeritar. Buscar razones para mi es la prueba fehaciente de la necesidad de reafirmar una decisión que no está muy clara. Yo no necesito hacer una lista por las cuales vale la pena ser mamá, simplemente sé que es la peor/mejor decisión que he tomado en la vida y que de no haberla tomado sé que, en algún punto de mi vida más adelante, me hubiera frustrado. Así que prefiero dejar las listas de pros y contras para otros asuntos menos emocionales. Nadie tiene la razón, nadie sabe nada, el universo no le está mandando una señal si encesta ese papel en la caneca, ese top 10 que está leyendo también pudo ser escrito por alguien que no tiene la menor idea o que opina todo lo contrario.

Así que después de un silencio incómodo lo único que atine decirle a mi interlocutor era que había sido mamá por la misma razón por la que hacía todo en la vida: porque sentía que eso me iba a hacer inmensamente feliz. Por fortuna esta vez tampoco me equivoqué al darle un segundo sí a ese paisa maluco que se volvió mi 100%, y por eso no tengo que buscar razones lógicas, racionales y prácticas que me auto convenzan de mi decisión.

Mi 10 % se fue de paseo una semana. Bueno, en realidad fue un viaje de trabajo y sólo fueron 4 días. Pero en esta casa ese 10 %, al que le hago bullying por demorarse haciendo un tetero, hace más falta que el agua. Como saben, soy intensa, posesiva y consentida (y actriz) así que el show, con lágrima incluida, que le hice a mi 10% por atreverse a “abandonarnos” y a ir a trabajar por nuestro bienestar y futuro no fue poca cosa. Ya casi iba ganando la contienda, mi 10% resignado empezaba a devanarse el cerebro buscando la manera correcta de redactar “en esta casa manda mi mujer, yo no tengo pantalones” en su carta de renuncia. La lágrima y el soborno con contenido triple x le iban ganando a argumentos obvios, reales y lógicos. Y justo cuando me disponía a cantar victoria, mi oponente 10% dio la estocada final, y recordándome un viejo Martes de Post-Parto lanzó este dardo en mi pecho: ¿el omnipresente, único e irremplazable 90% que todo lo puede, todo lo hace mejor, todo lo critica, estaba diciendo que ser mamá y papá por 4 días le iba a quedar grande?

Era un golpe bajo y mi 10% lo sabía, así que finalmente conciliamos con unas cremas antienvejecimiento del duty free, que no serían necesarias si estos 4 días no me hubiera dejado all by myself (nunca sobrara un poco de drama en la vida).

El hecho es que todo este show mediático y poco trascendental de estar sin mi 10% unos días me hizo pensar en todas esas increíbles mamás que ante la ausencia del 10% de manera constante son las únicas y verdaderas heroínas.

Y no sólo porque física y económicamente el trabajo se intensifique sino porque emocionalmente la carga es pesada y saber que no la puedes compartir con alguien puede hacer ver más largo el camino. Pensé en las veces que no tuvieron 10 % a quién hacérseles las dormidas para que atendiera al bebé, pensé en esas noches que llegaron a casa del trabajo y no alcanzaron a verlos despiertos, pensé en las mañanas en las que salieron de nuevo y seguían dormidos, pensé en esos momentos que sintieron que no podían más y no hubo alguien que hiciera el relevo, pensé en esas noches de enfermedad que no tenían quien limpiara el vómito de bebé en el suelo mientras ellas trataban de bajar una fiebre, pensé en el silencio y la soledad una vez dormido el bebé, pensé en la logística para salir a la calle sin tener a quien encartar con tu cartera o a quien pelearle por no haber empacado los pañitos, pensé en un domingo en la tarde, pensé en el futuro y sus preguntas, pensé en la rabia, pensé en las selfies, pensé en las seis y media de la tarde desprovistas de ilusión porque ya viene el 10% del trabajo, pensé en las lágrimas contenidas mientras hacían un ataque de cosquillas, pensé en las veces que tuvieron que ser la mano dura sin una mirada cómplice que dijera que era lo correcto, pensé en la angustia y la duda, pensé en el cansancio que sólo quien ha tenido un bebé conoce, pensé en la incertidumbre y el miedo, pensé en la ausencia de una voz que dijera todo va a estar bien en el momento indicado… pero también pensé en todos los momentos maravillosos, en los abrazos, en los arrunches, en los besos, en las carcajadas, en los secretos al oído, en las palabras mal pronunciadas, en los te amo, en las desperezadas de la mañana, en las imprudencias, en el significado que cobra tu mano para otra persona, en el valor que adquieren tus palabras, y fue entonces cuando pensé en ellos, en ese 0% desentendido y lejano que ni siquiera es capaz de entender lo que se está perdiendo por haber renunciado.

Y sentí lástima por todos los 0% del mundo que con su ausencia total, su descaro al aparecer 10 años después o su mágica aparición de tanto en tanto, se han perdido la oportunidad de ser padres. Porqué papá realmente es el que se gana que el bebé lo pida cuando se va a dormir, el que se gana el abrazo a media noche cuando el verlo en su cama le quita el susto de la pesadilla, el que está ahí para sobar una rodilla o escuchar una queja.

Y de repente me dieron ganas de abrazarlos, de escuchar sus penas, de invitarlos a un trago. Pero soy más bien romanticona, entonces preferí invitar a casa a una amiga que es un 100%, poner de banda sonara a Paquita la del Barrio, destapar una botella de tequila y en su honor y en el de muchas redactar estos versos para estos los increíbles 0%.

 

Oda al 0%

 

Para nadie es un secreto

Saliste despavorido

Fuiste un total ingrato,

Desgraciado y mal… nacido

 

Que no estabas preparado

Que tenías una vida

No alcanzas a imaginar

Lo que perdiste en tu huida

 

Y gracias de verdad

Me diste el mejor regalo

Un hijo que me adora

Nunca podrá ser malo

 

Tu falta de pelotas

Nunca me sorprendió

Porque la falda de tu madre

Fue la que siempre te escondió

 

Y no des para comida,

colegio o vestuario

Que si me metí contigo

no fue por millonario

 

 

Como siempre yo me aguanto

Que lo saques alguna vez

Para que le des helado

Con tu nueva novia del mes

 

Tu y yo lo sabemos

Eres un papá de mentira

Pero más vale que lo callemos

Porque verlo sonreír vale más que la ira

 

Hoy te veo diferente

A mi ya me serviste

Lo único que haces bien

Lo hiciste cuando te viniste

 

Y hablando de ese verso

Y si bien me pongo a ver

Lo último que quisiera

Es que lo volvieras a hacer

 

Un homenaje tragiado, haciendo retorcer a Neruda, a todas las mamás que se mantuvieron firmes, asumieron su rol, tomaron las riendas de su vida y se convirtieron en el 100%

¿Algún otro verso que agregar?

 

[Si eres nueva en LaNuwe y no entiendes que es “el 10%”, has clic aquí y descubre cual es La Teoría del 10%]

 

Nuwe y su matata - años 80 BLOG

Acaba de pasar el día de la madre, ese único día al año que como mejor lo dijo mi nuevo dios Jimmy Fallon es la oportunidad para decirle a mamá “tu me diste la vida, me criaste, todo lo que soy es por ti, ahora déjame comprarte unos tulipanes y un desayuno y quedaremos a mano”. Por cuestiones de logística yo no estuve con la mía pero madrugué a llamarla y en ese preciso instante en el que me disponía a destilar todo un repertorio de frases cursis y de agradecimientos clichesudos por teléfono, ella con la sinceridad que a algunos molesta, me dijo, palabras más palabras menos: no te preocupes, yo no le paro bolas a esas cosas, porque hoy es un día cualquiera convertido en una fecha comercial.

A pesar de su afirmación, por culpa del capitalismo que me corre por las venas me sentía culpable por no estar con ella ese día, por no ser una de esas familias atrapadas en el trancón de la autopista dispuestas a entender con el precio indecente de un ajiaco, términos como crédito, plusvalía, inflación, demanda, prestamistas, avaricia y paga-diario.

Y mientras me trataba de convencer de que el día de la madre era tan sólo un día más y que lo importante era demostrarle que la amábamos, respetábamos y le agradecíamos su labor en todo momento, una angustia peor que la culpa se apoderó de mi en forma de pregunta: ¿Si lo he hecho todos, toditos, todos los días? Creo que haciendo un promedio poco exhaustivo en mi cabeza, de entrada hay varios días que entran a pérdida: la gran mayoría de mi adolescencia, los que no recuerdo de mi niñez pero que ahora con Lolo sé que fueron varios, algunos muchos cuando tuve mi primer novio y otro par nada despreciables desde que soy mamá. Un balance poco esperanzador para una hija que asegura dar la vida por su madre.

Y entonces me di cuenta que hacer una lista de agradecimientos y perdón era caer en ese sentimentalismo barato que ella y yo odiamos. Ese sentimentalismo urgido de cursilería que nos rehusamos a usar a diario porque no significa nada para nosotras. Ese sentimentalismo que cree que son mejores las citas bajadas de internet que un buen chiste negro y una sonrisa. Fue entonces cuando me di cuenta que, aunque hubiera sido genial, yo no necesitaba estar ese día con ella, ni elogiarla exageradamente porque a pesar de la sumatoria de nuestros días malos, los realmente buenos y significativos también eran muchos y ninguno había sido un día de la madre.

Ella sabe que la amo más que a nadie así no se lo diga, pero siempre se lo escriba por whastapp, ella sabe que a veces me saca la piedra y que yo, así prometa lo contrario, se la voy a seguir sacando a ella, ella sabe que estoy orgullosa de todo lo que ha hecho y de todo lo que hace y por eso a diario pido su aprobación para todo lo que hago, ella sabe que mis tres llamadas al día sin tener nada nuevo que contar son sólo para saber que está bien, ella sabe que es una fecha comercial y yo sé que celebrarla la hace sentirse especial, ella sabe que yo soy una buena mamá (perdonen la modestia) porque ella es mi mamá, y se lo escribo por acá porque aunque ella todo lo sabe, se hace la que no, porque siempre es bueno oírlo de alguien más.

Y yo sé que ella sabe y se siente orgullosa, aunque no me lo confiese, que hemos peleado como locas porque no podemos parecernos más. Y no me refiero a nuestros rasgos, a nuestras cabezas llenas de canas, a nuestra habilidad de comer harinas sin parar y no rodar, a nuestra blancura difícil de broncear, a nuestras piernas que reciben piropos y a las arañitas han salido a decorarlas, a nuestras manos de venas pronunciadas y nudillos “rodillones”.

Somos iguales más allá de la genética. “Son igualiticas” decía mi papá tratando de arbitrar alguna de nuestras peleas y yo sentía éstas palabras como una puñalada rastrera. Pasé de ser una niña que se ponía sus tacones y sus gafas soñando con ser como ella a una adolescente que criticaba cada una de sus palabras. Hoy soy mamá y serlo me ha hecho entenderla pero sobretodo me ha devuelto la sensación de la niña chiquita que la admiraba y la llamaba cada 5 minutos porque sin ella se aburría. La única diferencia es que ahora la admiro más y la llamo a cada rato porque la necesito y se que ella lo necesita. Somos igualiticas… y al escribirlo el pánico y la frustración que sentía de adolescente por tan sólo considerar que eso fuera posible, ha sido reemplazado por el orgullo y la satisfacción de saber que es una realidad.

Somos iguales en muchas cosas que nos hacen extraordinarias y somos iguales en muchas otras que nos hacen insoportables. Si tu terquedad, que es la misma mía, te hace ponerlo en duda, tu 10% y el mío pueden corroborarlo.

Nuwe y su matata

Hoy a sus más de 60 años sólo puedo decirle que lo ha hecho de maravilla, que las veces que cree que la ha embarrado no son tantas como ella piensa y que descubrir una reacción en mi que alguna vez critiqué en ella sólo me hace entenderla, quererla más y darme cuenta que no lo estoy haciendo tan mal o al menos que nada grave va a pasar.

Sólo hay una cosa no heredé de ella y que por más que intenté no fui capaz de copiar: su increíble manera de cocinar, así que seguiré conformándome con llamarla cada que me da por poner un pie en la cocina y seguiré aguantándome la pena de ponerla a preparar mis antojos cuando viene de visita. Eso sí, le ruego a esa genética tuya que ha hecho que yo a los 30 esté llena de canas que siga haciendo de las suyas y me permita envejecer como tú, de esa manera tan hermosa y natural que sólo las que no viven esclavas de la belleza terminan logrando.

Voy a tener que dejar de escribir acá porque voy a terminar pidiéndote perdón por no haber tenido una niña que me haga expiar todas mis culpas o por aquella tarde que buscaste por media ciudad unos pompones azules, los mismos que encontraste a las 8 de la noche en un Gran Piñata que estaba a punto de cerrar, los mismos popochos y perfectos pompones azules soñados por cualquier porrista de Millonarios, los mismos que tuve que apachurrar en mi maleta para que nadie los viera cuando la profesora dijo: ¿todas trajeron sus pimpones azules?.

Ay no, mi 10% pregunta donde se guarda en esta casa el papel higiénico, así que hasta acá llego el post de hoy porque sabemos que en esta casa la única que encuentra las cosas soy yo, y si no voy y se lo muestro “después la hijueputa soy yo”. 

Si me oyeron? No puede ser, soy mi mamá y eso me parece genial!

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Mi 100% y yo somos adictos a las fotos. Además del niño interior que recomiendan no dejar morir para ser felices, llevamos adentro un adolescente egocéntrico adicto a tomar fotos con el celular. Y desde que nació Lolo queríamos hacernos un estudio de fotos profesional, bueno, para ser exactos no desde que nació, pues queríamos esperar unos meses prudentes para darle tiempo a la ratica más hermosa que ha pisado este planeta de abrir bien los ojos, ganar un poco de kilos y perder un poco de pelo. El tiempo fue pasando y casi que la ratica es un adolescente con acné a la que le damos oso y no nos habíamos tomado dichas fotos. Pero apareció Mil Historias en mi vida. Sin una sesión de maquillaje, sin luces, sin vestuario de época (que valga la pena aclarar me parece frondio), sin mayores pretensiones que perseguirnos un ratico y PUM hicieron magia y me entregaron 300 momentos maravillosos e inmortalizados. Les comparto unas pocas para que vean el lindo trabajo de Maria Adelaida y Mateo y noten que todos somos fotogénicos si nos miran con los ojos adecuados.

Anímense a hacerse un estudio, vale la pena tener unas fotos familiares en mejor resolución que las selfies que nos tomamos con el celular.

Eso sí, tengan en cuenta que hacerse un estudio fotográfico es tan adictivo como los tatuajes, te haces uno y quieres hacerte 20 más. 

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Ser mamá es que te inviten a la playa y pongas en google “consejos para ir a la playa con bebé” antes de organizar tu maleta, llamar al pediatra y ponerte a dieta. Yo me leo todos los tips y quedo más triste y aburrida que cuando desempolvo el bikini y me doy cuenta que ya no soy talla s ni 34c. Si uno le hiciera caso a estos consejos, que parecen escritos por alguien sin hijos, uno se ahorraría esa plata y se quedaría en la comodidad de su casa. Te recomiendan no salir a la playa entre las 11 y las 4 de la tarde como si encerrarte a ver televisión, jugar parqués, leer una novela o tomarte un traguito en la sombra fueran opciones posibles con un bebé que se alborota viendo el agua y sólo quiere jugar con la arena. Te advierten que por ningún motivo permitas que el agua del mar o la piscina toque sus oídos o sea bebida, como si fuera muy fácil prohibirles que chapoteen agua como expresión máxima de felicidad.

Te recuerdan que todo el tiempo deben llevar en su cabeza un sombrero y no te advierten que lograr que lo tengan puesto por más de 5 minutos es gracias a una contienda de engaños y promesas. Te repiten una y otra vez que mínimo cada dos horas hay que estarles repitiendo la dosis de bloqueador solar, cuando todos sabemos que si queremos ver hacer show a un niño sólo es necesario acercarnos lentamente con la mano untada de crema y tocarles la cara. O yo soy muy mala mamá o cumplir estos requisitos es para machas. Lolo se levanta a las 8.00, mientras nos bañamos y desayunamos nos dan las 10:00, bajamos a la playa y las horas que tenemos para jugar antes y después de la siesta son preciso esas horas prohibidas. Aparte de todo, le encanta jugar con la arena y por jugar me refiero a comerla, masticarla y saborearla a pesar de mis intentos de obstaculizar el camino entre su mano y su boca. Es feliz chapoteando agua que vuela en todas direcciones llegando inevitablemente a mis oídos, a los de él y a los de cualquiera que tenga la desgracia de estar al lado de nosotros. Y entre juego y juego podría jurar que entre los Vargas Medina nos hemos bebido media piscina y un cuarto de mar con la buena noticia que aún no nos han diagnosticado una infección intestinal. Hace un par de días tuvimos un paseo a la playa y sin haber seguido los consejos de google y en contra de todos los pronósticos regresamos vivos, sin insoladas, sin otitis, sin infecciones e invictos de llamar al pediatra. De mis clases de sociales recuerdo ahora que los críticos de la constitución de 1991 decían que era tan utópica que parecía haber sido redactada para ángeles. Es la misma sensación que tengo con estas listas de tips para ir a la playa con bebé. Y por andar pensando en estos consejos pasamos por alto cosas sencillas que pueden hacernos más fácil la vida en el mar:

1. Bikini straples.

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Este modelo ha sido de mis favoritos por años. El no haber pasado todavía por algún procedimiento quirúrgico que me suba la autoestima y otras cosas, hace que con éste tipo de bikini me vea más plana que Martina García y que deba asegurarme cada 10 minutos que el pezón sigue resguardado del sol. Detalles insignificantes y soportables a cambio de no tener un nudo en la nuca que me talle y unos hombros libres de tiras para broncearse. El problema es que también parecen ser los favoritos de Lolo y ahora las olas no son las únicas que quieren arrebatarlo. Con un bebé ya no hay manera de jugar en la playa sin terminar usando este bikini como cinturón. Si usted es mamá sepa que con este modelo va a tener a un esposo estresado encima suyo diciéndole cada 5 segundos que se tape y a un par de extraños muy sonrientes, complacidos y embobados viéndola jugar en el mar con su bebé. Las etiquetas de los bikinis strapless deberían venir con una clara advertencia: para evitar posibles destapes involuntarios y poco artísticos esta pieza no debe comprarse si se tienen hijos menores de 5 años, llévelo bajo su responsabilidad, procure permanecer bajo la vigilancia de un adulto responsable, o llévese sólo la tanga y finja ser europea que le va a dar lo mismo.

2. Accesorios

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Este mundo capitalista, frívolo y superficial vende los accesorias más divinos para la playa. Yo me antojo de todos, sombreros, gafas, cintas, pañoletas, pulseras, collares, aretes, carteras y hasta maquillaje. Pero ahora soy mamá y, en consecuencia, soy consciente de que cualquier accesorio que me ponga encima es un posible juguete, un arma corto punzante y seguramente un objeto perdido en las profundidades del mar. Ahorremos disgustos, insoladas y pérdidas innecesarias. A cambio pava elegante de $150.000 que se cae con la brisa del mar luzca con orgullo una cachucha de $30.000 que se ajusta de manera más estable a la cabeza. Los aretes, collares, manillas y relojes sólo se ven bien en los catálogos de vestidos de baño, en la vida real dejan bronceados poco atractivos, se vuelven opacos con la continua untada de protector solar y son los objetos más deseados para chupar por los bebés o simplemente halar, herir y botar. Así que mejor evite que el hueco de la oreja se le vuelva una raya, de irritar los ojos de media familia sumergiéndose en el mar buscando algo que la corriente ya puede tener en Australia o incluso de atragantar a un pobre pecesito hambriento. Lleve un buen par de gafas pero no las más caras porque la arena deja unas hermosas rayas en sus lentes, las olas se las pueden robar o, si tiene un sobrino caspa, puede perderlas porque a él le pareció divertidísimo tirarlas lo más lejos posible a ver quien las podía encontrar. Acuérdese que menos es más y nada mejor que lo natural para rimar con playa, brisa y mar. Así que, sea a no sea mamá, desmovilícese y renuncie al maquillaje, uno cree que se ve como la modelo de sports illustrated cuando en realidad se ve más tibia y sin bañar que una ruana de lana virgen y, de paso, con esa pestañina grumosa y base revuelta con sudor revela todos esos años que maquillándose pensó que podía negar.

3. Bronceador

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Todas soñamos con un bronceado que amerite que nos canten ese famoso jingle de hace años que decía “mira su color dorado tan intenso…” y para esto nuestro amigo fiel ha sido el bronceador. Tenemos metido en la cabeza que entre más aceitoso sea y menos valor numérico tenga en su etiqueta más rápido y fácil lograremos nuestro cometido. Ideas erradas que nos garantizan insoladas épicas. Ser mamá es, entre otras cosas, renunciar estoicamente a esas tandas de bronceo en las que uno se echaba a dormir y se paraba escasamente a recibir el siguiente margarita, echarse agua, cambiar de lado y, si ya no podía más con el calor, buscar una sombrita. Con hijos uno puede fácilmente recibir el triple de sol pero por estar jugando no se da cuenta como poco a poco sus hombros se van achicharrando. La verdad es que con o sin hijos el mejor aliado es el bloqueador, pero si usted es mamá usarlo en vez del bronceador no es una opción sino una obligación. Créame que es la única manera de no ser la fiel copia de Patricio el amigo de Bob Esponja (apodo que se ganó mi hermano mayor en estas vacaciones). Además del bloqueador no sobra buscar a ratos la esquina de la piscina donde haga sombra, usar una buena cachucha y para los chiquitos nada mejor que esos vestidos de baño de buzo enterizos que los protegen del sol y de paso reducen de 10 a 5 lágrimas el proceso traumático de untarles bloqueador por todo el cuerpo a cada rato.

4. La fotografía perfecta

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A menos que usted viaje con un umpa lumpa que sea fotógrafo profesional, con al menos 2 años de experiencia, que se dedique estos días de playa a perseguirla a usted y a su familia para captar el momento exacto, que le corrija el brillo con un pañuelo, que tenga una cámara con lentes intercambiables, que le ponga icopor blanco debajo de la cara si lo necesita, que le controle el frizz y que le borre el gordito con photoshop: Olvídese de lograr la fotografía perfecta. Por culpa de seguir en Instagram a mamás modelos como Giselle Bunchen uno cree que esa foto familiar en la playa es pan comido… pero en la que el bebé no sale llorando a usted se le alcanza a ver una sombrita de pezón, en la que el bebé mira sonriente a la cámara a usted se le ve el gordito que odia, en la que el cielo se ve azul y ese pájaro volando a usted se le ve el pelo afectado por la humedad y los poros abiertos y sudados en su máxima expresión y en la que usted sale medianamente decente el bebé sale vomitando parte del agua que ha tragado todo el día. Así que relájese para que el paseo no se le vuelva buscar fotos perfectas sino pasar momentos inolvidables, porque de usted depende que en unos años su hijo vea una foto genial y se acuerde como lo obligaron a tomársela o que vea una foto normal y se acuerde de lo sabroso que la pasó ese día en la piscina con usted.

5. Pañales de agua

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Los pañales de agua son el gran aliado de los paseos a la playa y en mi pañalera nunca faltan. Están diseñados para no hincharse cual pez globo al contacto con el agua y además, después de las pastillas de azúcar, son el mejor placebo inventado por el hombre. A las mamás nos dan tranquilidad porque juramos que gracias a algún tipo de tecnología de punta los miados del bebé mágicamente no pasan a la piscina (jua). A los otros turistas les dan seguridad y confianza para nadar en la misma piscina sin la angustia de ser abordados por un mini bollo flotador o tragar agua con cloro y miados inodoros de bebé. Pero si usted es mamá y ha pasado más de 3 vacaciones en el mar como yo, sabe que con estos pañales no se puede bajar la guardia. Si bien logran su misión de brindar comodidad al bebé no cuentan con un nivel de agarre y contención del popis 100% efectivo. La experiencia me ha enseñado que al menor indicio de posible número 2 (en mi caso Lolo hace una sonrisa de boca cerrada con belfo y enrojecimiento de mejillas) lo mejor es salir de la piscina, buscar refugio y controlar la situación alejados del agua. Créame, los sólidos se ablandan con el agua y con las altas temperaturas.

Disfrute sus días en el mar que ver a los hijos felices no tiene precio, eso sí, no se le olvide sonreír y hacerse la güevona todo el paseo porque haga lo que haga la van a criticar. Poco importa que su hijo se haya portado divinamente todo el paseo, la van a criticar por esos 5 segundos que lo vieron a grito herido. Poco importa que usted haya estado pendiente todo el tiempo de su bebé, la van a criticar por ese segundo que miró al horizonte y lo hizo tragar agua. Poco importa que le haya echado bloqueador sagradamente cada 2 horas, la van a criticar porque el niño tiene los cachetes rojos. Poco importa que sean las 12 y caiga el sol en pleno, la van a criticar por no quitarle nunca el “neopreno” y no dejar que el niño reciba sol de verdad. Poco importa que usted sepa que el coche es un estorbo porque no rueda en la arena, la van a criticar cuando la vean alzar al bebé y acostarlo en un colchón de toallas. Poco importa que usted haya sido precavida y haya llevado un paquete de papas como snack, la van a criticar por no haber llevado más bien una porción de papaya. Y poco importa que esas abdominales hayan sido efectivas, la van a criticar cuando la vean en vestido de baño. Pero mucho menos importa que la critiquen porque usted está en el mar y como dice la canción ahí la vida es más sabrosa.

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Cuando finalmente mi 100% y yo decidimos que queríamos ser papás siempre tuvimos claro que sólo queríamos serlo una vez. La única opción en ese momento para tener más de un hijo hubiera sido que yo heredara esa manía de mi familia de tener gemelos en todas las generaciones, pero, ante la evidencia demostrada, sabemos que eso no pasó. Puedo afirmar sin temor a equivocarme que tuve uno de los embarazos más sabrosos del mundo, que tener a Lolo ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida y que, aunque suene a cliché, si es real que uno estrena una parte del corazón que ni con los sobrinos más amados había usado. Pero a pesar de todo esto, pensar en un segundo hijo era un proyecto que superaba mis capacidades.

Esperando el primero...

Foto: Alejo Mejía

Lolo está a punto de cumplir 2 años y yo todavía me acuerdo de esos primeros 15 días de post-parto en los que para movilizarme a una velocidad normal y sin dolor por la casa hubiera necesitado un segway, también recuerdo esos meses de lactancia materna en el que si la enfermera no estaba en mi casa yo estaba en el banco de leche buscándola para que me aliviara el dolor y me repitiera por veinteava vez que era lo que estaba haciendo mal. No he olvidado la cantidad de noches que me desperté con la teta al aire y un Lolo que desafiando la ley de gravedad dormía sobre mi brazo desgonzado. No he olvidado muchas cosas difíciles de la maternidad que a ratos me hacen darle la razón a un amigo que asegura que “un hijo es un exceso”, pero, tal ves por aquel adagio que asegura que la lengua castiga, después de parodiar a mi abuela diciendo “vade retro” cuando me preguntaban por el segundo, tengo que confesarles que me antojé de otro bebé y sé perfectamente porque.

Por la bendita nostalgia. Ver a Lolo crecer es increíble pero también es un constante recordatorio de momentos que no se van a volver a repetir. Esas tardes de siesta encima de mi pecho ya no son físicamente posibles ni cómodas para él o para mi. Poderlo llevar a todo lado en el cargador pegadito a mi pecho no sólo es contraproducente para mi espalda sino imposible porque Lolo ahora lo que quiere es correr. Y aunque me sueño con darle la oportunidad al destino y al azar de que me den una Lola he decidido aguantarme las ganas de volver a estar embarazada. Razones tengo muchas y bastante serias y complejas pero antes de rebatir las críticas que aseguran que no tener hermanos es perjudicial y que los hijos únicos son egocéntricos, malcriados y sobreprotegidos les voy a exponer mis 5 razones triviales para no buscar el segundo:

  1. Los aviones.

Y no me refiero a pagar 4 tiquetes, que ya de por si es toda una mega razón, sino a un aspecto más de diseño y logística. Da la casualidad que cuando salimos de paseo, a mí casi siempre me toca o en un Boeing 787 o un Airbus A 330. Aviones que, a riesgo de salir vaciada por un exnovio piloto, tienen hileras de 2 o de 3 sillas. El que diseñó estos aviones pensó en tres tipos de viajeros: solitarios, parejas y parejas con un hijo. Hay unos aviones, usualmente los de vuelos internacionales que tienen 4, pero como dije antes a mi casi siempre me tocan los otros. Y para mi es señal divina que el mundo está diseñado para que los Vargas Medina sigamos siendo tres y no cuatro. Es más, dentro de poco a Lolo le van a empezar a cobrar el tiquete, mal presagio para nuestros futuros viajes, pero también quiere decir que podemos usar las 3 sillas libremente y no sólo 2 de la hilera y así ya no sufriré por esa pobre tercera persona que finge su peor sonrisa al descubrir que debe ir al lado de una familia con bebé en ese vuelo que quería dormir plácidamente. Los puristas dirán que papá y mamá pueden dividirse y hacerse cargo cada uno de un niño… y pues si, obvio, pero nosotros sólo con Lolo a veces nos pegamos encartadas monumentales buscando un tetero. Además ésta es una familia intensa que le gusta andar por el mundo juntos y hacinados, sino me cree pregúnteme como luce mi cama de las 4 de la mañana en adelante.

        2. El colegio.

Lolo no se ha terminado de amañar al jardín y ya nos están diciendo que lo mejor es que vayamos pensando en el cupo del colegio. Si los precios del jardín modificaron nuestras finanzas, los del colegio las van a recortar y los de la universidad las van a liquidar. Quisiera tener otro bebé pero la verdad es que por donde le mire no hay manera que en este momento de la vida podamos con dos colegios. Y para tener que dejar a uno analfabeto y soltero para que cuide de mi en la vejez prefiero desde ya redactar una carta autenticada en notaría que libere a Lolo de la culpa de dejarme feliz en una casa de ancianos jugando póker con amigas octogenarias. Y, aunque hay quienes aseguran que uno la logra a nosotros nos tocaría empezar a recortar las salidas los fines de semana, vender el carro y las bicicletas, cancelar los canales en HD, encomendarnos al dios de mi mamá y dejar de pagar la salud prepagada, no volver a montar en avión, renunciar a Oma (Oma = Omaida = La administradora, la más, la manager, la chef, la organizadora, la empleada que realmente es la jefe de esta casa), limitar el consumo de carne en el hogar y comenzar una dieta balanceada de agua raspada y viento molido a fin de poder, a 36 cuotas, asumir los gastos de formularios, matrículas, uniformes, materiales, pensiones, transporte y salidas extracurriculares. Análisis basado en el supuesto de tener otro hijo varón. En caso de que el segundo fuera más bien una Lola pongo inmediatamente en venta un riñón y mi hígado para poder comprar todas esas pendejaditas preciosas que hacen para las niñas.

  1. Los planes.

Desde que supe que estaba embarazada hay 3 planes que mi 100% y yo nos soñábamos hacer con un hijo y hoy, cuando Lolo se acerca a su segundo aniversario, los vemos cada vez más cerca. 1. Llevarlo a cine a comer crispetas, perro caliente y chocolatina así sea a repetirnos por sexta vez la película de muñecos de la temporada. 2. También esperamos impacientes que cumpla 3 años o más, que es supuestamente cuando el cerebro empieza realmente a tener la capacidad de guardar recuerdos, para irnos más endeudados que estudiante con el icetex a conocer a Mickey Mouse. 3. Y, ésta puede sonar muy boba pero no lo es, salir a comer con Lolo y conversar los tres sin mirar el reloj, sin tener que esconder los cuchillos, sin tener que pedir la carta y la cuenta casi al mismo tiempo, sin pararse del sitio con la vergüenza de haber dejado nuestra mesa y lo que la rodea como una fiel réplica de una marranera y sin tener que ponerle en el último momento un video en el celular a Lolo para poder terminar ese último bocado.

La verdad es que si ya no tuve el segundo retoño seguidito tenerlo en este momento significaría posponer un poco más estos planes soñados y renunciar a otros espacios y momentos que hemos ido ganando a medida que Lolo crece. Y aunque a algunos les suene a egoísmo a mi me suena a sensatez. 

  1. Las escapaditas.

Durante estos casi dos años, mi 100% y yo hemos sido papás de tiempo completo. No tenemos nana ni abuelas cerca que nos puedan ayudar diariamente o al menos semanalmente para pegarnos una escapadita. Si usted nos ve en un cine, en un restaurante, viendo una obra de teatro, o en una fiesta es realmente un momento memorable en el que el universo conspiró para que la visita de mis papás además coincidiera con el pago de la quincena. Y si ya me parece suficiente trabajo conseguir que alguien de entera confianza se quede con Lolo imagínese como haría con dos. Y para esas escapadas de varios días que mi 100% y yo nos pegamos de vez en cuando nos tocaría contratar ahora sí una niñera que le colabore a los abuelos, lo que no sería tan sencillo teniendo en cuenta que a mi con un solo riñón y sin hígado sólo me quedaría por vender, sin perder mi honra, un pulmón. 

  1. Por qué quiero, puedo y no me da miedo.

Y punto. Que maravilla que volviéramos a aplicar esta respuesta infantil en nuestra vida adulta, la cantidad de problemas, malentendidos y favores engorrosos que nos ahorraríamos no serían poca cosa. Y ni que decir del bien que le haríamos a miles de niños que tuviéramos la sensatez de saber si estamos o no preparados para tenerlos. Porque tener un hijo te cambia la vida pero sobretodo te hace responsable de otra. Y la decisión de tenerlo no puede ser producto de un antojo sino de una mezcla homogénea de corazón y razón. Los Vargas Medina en este momento no quieren, no pueden y les da miedo apostarle al segundo. Y digo “en este momento” porque me queda claro que decir un no rotundo, un jamás o un nunca es un atajo directo al futuro en el que nos retractaremos.

Yo por ahora me conformo con los dos bebés de esta casa, Lolo y mi 100%. Y seguiré tratando de explicar que no tener hermanos no es tan grave como lo pintan y haré mi mejor esfuerzo para no torcer los ojos y subir el tono de mi voz cuando me digan que tener sólo un hijo no es familia. Les recuerdo que las parejas sin hijos son una bonita familia, las parejas con muchos hijos son una bonita familia, las parejas con perro, gato o tortuga son una bonita familia, las parejas de dos mamás o dos papás son una bonita familia, mamá e hijo sin papá son una bonita familia, papá con hijos y sin mamá son una bonita familia y podría seguir enumerando clases de familias pero creo que ya entendieron mi punto: que lo bonito es lo que aprendes, lo que sacrificas y lo que das por todos los que amas. Familia es ese lugar donde te dan ganas de ser cada día mejor, donde se te hincha el corazón, donde te quitas los zapatos en cualquier esquina, donde te hacen lavar la loza, donde te exigen una hora de llegada y donde siempre hay una olla de arroz esperando que le des una cucharada.

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“El dolor de espalda no te lo vas a aguantar” “el parto es tenaz” “si es por cesárea la recuperación es muy larga” “la lactancia duele mucho mientras te acostumbras” “ahora sí vas a saber que es el cansancio” “no vas a volver a dormir”.

Después del “felicitaciones” obligatorio, oí éstas y otras frases una y otra vez cuando daba la noticia de mi embarazo. Frases que comenzaban a revelarme la maravillosa pero exigente labor que se me venía encima. Y sí, fue difícil, fue agotador, fue desgastante pero nada, lean bien, NADA, hasta ahora, puedo compararlo con el intenso dolor y desgarramiento que nos produjo a Lolo y a mi la entrada al jardín. Y no era para menos, después de 31 meses (estoy contando mis meses de embarazo también) por primera vez Lolo y yo teníamos que separarnos asumiendo que podíamos y debíamos (así fuera por unas escasas horas) llevar a cabo otras actividades sin nuestra dedicación exclusiva mutua. Por más que muchas veces, atareada porque las siestas de Lolo no me daban el tiempo suficiente para llevar a cabo otras tareas, anhele tener ese tiempo para mi, o por más que supiera que Lolo estaba necesitando ese nuevo espacio de exploración y aprendizaje, la presión que tenía en el pecho le jugaba a mi cerebro una mala pasada y trataba de convencerlo de que ni Lolo ni yo necesitábamos pasar por esto todavía. Alcancé a dudar pero sabía muy en el fondo que había llegado el momento de que yo volviera a tener una vida sin él y él sin mi… por un ratico. Era el fin de una era o al menos así lo sentía y eso tenía que dolernos a ambos.

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     Día 1.

Madre e hijo entramos al salón de clases. Lolo abrazado como un koala a mi se rehúsa a recibir los juguetes que las profesoras dulcemente le van mostrando. Me proponen que me quede hoy acompañándolo en sus clases y un pedazo de mi alma vuelve al cuerpo. Evito hacer mucho contacto visual con las profesoras a riesgo de que me hagan preguntas que hagan que el enorme esfuerzo que estoy haciendo por parecer feliz y emocionada resulte obsoleto y termine por liberar esas lágrimas que vengo conteniendo desde la casa. Esfuerzo inútil porque una de ellas al ver que Lolo no quiere integrarse al juego y sigue abrazado a mi pierna pregunta: “¿es la primera vez que se separan?”. Asiento con la cabeza, aprieto mis dientes tratando de evitar que al abrir la boca todos puedan ver el nudo en mi garganta, mis ojos se llenan de lágrimas y mientras sonrío y me hago la güevona buscando algo inexistente en mi cartera me recrimino mentalmente mi falta de elocuencia y tranquilidad en este momento. Hemos logrado algunos progresos en el parque donde parece por segundos olvidarse de mi presencia, pero pasadas las 10:30 Lolo entra en desespero y por consejo de la profesora decidimos dejar hasta ahí por hoy. Tan sólo dar dos pasos afuera del jardín siento como el cuerpo de Lolo se relaja y mi corazón, más que mi mente, comienza a restarle prioridad a las tareas profesionales que me han adelantado la decisión de meterlo al jardín.

     Día 2.

Padre e hijo entran al salón de clases. Mi 10%, ahora convertido en 100%, se tomó la mañana para estar con Lolo en el jardín, puede que al estar más apegado a mi se sienta mucho más tranquilo y desenvuelto con él. Si seguimos así van a tener que cobrarnos otro matricula en el jardín o al menos hacernos un descuento familiar. Me quedo en casa y trato de empezar a llevar a cabo la enorme lista de cosas que tengo por hacer sin Lolo pero no logro pensar en nada que no sea precisamente él. Vuelven a mi cabeza las palabras de la directora que me pide que le demos el tiempo necesario para adaptarse porque separase de su figura de apego (yo) no es tan sencillo. Con la casa en silencio por primera vez, leyendo una y otra vez el mismo párrafo sin poderme concentrar, de pronto me doy cuenta que mi figura de apego durante todo este tiempo ha sido Lolo y nadie está aquí para abrazarme y consolarme. Descubro que el duelo es de los dos y que yo también necesito empezar a adaptarme.

     Día 3.

El día negro. Lolo va a quedarse solo porque con nosotros acompañándolo no siente la necesidad de interactuar con nadie más. Por votación unánime, o más bien por mandato dictatorial, se me declara incapaz y mi 100% es el encargado de dejar a Lolo en el jardín. Los despido con la mejor sonrisa que puedo fingir mientras se alejan en bicicleta, yo voy por el carro y salgo detrás de ellos con la idea de parquearme en un café cercano porque han prometido llamarme si el llanto es inconsolable. Por esas cosas ridículas que uno hace por la curiosidad me parqueo dos carros atrás de la entrada del jardín y alcanzó a ver como mi 100% entrega a un Lolo desesperado y compungido. Mi 100% y yo nos quedamos mirando una puerta cerrada, no decimos nada pero ambos lloramos. Después cometo el peor error de mi vida: decido no ir a ese café y me siento en el carro a leer un libro como si saber que sólo un muro me separa de Lolo hiciera menos difícil este momento. Ya he logrado leer dos páginas del libro que llevé pero un ruido familiar me distrae, abro la ventana para oírlo mejor y reconozco ese aullido al estilo Chewbacca que sólo Lolo puede hacer. Me bajo del carro acerco lo más que puedo mi oreja a un pequeño hueco que encuentro en una esquina y oigo, ahora si con nitidez, el llanto desconsolado de mi chiquito. Se me termina de romper el alma y sin saber que hacer mientras él grita adentro yo me ataco a llorar afuera. Miro mi celular y no entiendo por que no llaman si yo oigo un llanto inconsolable. Hablo con una amiga que es tan exagerada como yo y que ya pasó por lo mismo y mientras trata de tranquilizarme llora conmigo al otro lado del teléfono. Finalmente me convence de ir por ese café que tenía planeado. Doy dos pasos pero suena mi celular, son las 10 am:

-Aló? (oigo por una oreja el llanto de Lolo en vivo y por la otra en diferido)

– Ya puedes venir por Lorenzo.

Una profesora con todo el cariño y paciencia lo alza tratando de calmarlo. Entro al salón, los ojos de Lolo llenos de lágrimas y los míos rojos e hinchados se encuentran, nos abrazamos y sentimos que ahora es más fácil respirar, como por arte de magia la congoja que sentíamos desaparece.

    Día 4.

Nos han repetido una y otra vez que la tranquilidad de quedarse en el jardín se la trasmitimos nosotros pero o somos los peores actores del mundo o él parece leernos entre líneas. Todos estos días, a pesar de nuestro corazón roto, nos hemos sobreactuado de entusiasmo al nivel que tengo la sensación que si Lolo hablara nos diría: entonces vayan ustedes. Al despedirnos le decimos a Lolo que a nosotros también nos hace mucha falta estar con él todo el tiempo pero que, como él, vamos a estar bien durante estas pocas horas. Lorenzo llora un poco en la entrada al jardín pero, según nos cuentan más tarde, se calma al entrar al salón. Yo me siento culpable pero en algún lado he leído que es normal y trato de no botarle mucha corriente al tema. Tan intensa como no puedo dejar de serlo, llego por él a las 10:30. Lolo juega en el parque y aunque tiene “cara de sol” es decir, ojo medio aguado, ceño fruncido y jeta inyectada con biopolímeros, no parece estar sufriendo como ayer. El abrazo lleno de sentimiento de ayer se repite y mientras Lolo me empuja hacia la puerta pienso que esto va a durar más de una semana. Me autoconsuelo acordándome de uno de mis sobrinos que en su primer mes de jardín prefirió sentarse al lado del portero y hacerle la visita mientras pasaban las 4 horas para que volviera mamá. Mi cuñada lo supo por error de otra mamá meses después, afortunadamente.

     Día 5:

Lolo hace pucheros al despedirse y sin dejar de hacer su aullido Chewbbaquesco le tira brazos a la profesora. Yo voy por él a las 10.30 y cuando me ve ahí parada mirándolo jugar me sonríe y se me acerca para que lo alce pero sin el afán y desespero de antes. Tengo ganas llorar pero esta vez no es por angustia, es por una extraña mezcla de alegría por verlo bien y de nostalgia de darme cuenta que mi bebé esta creciendo. Éste es quizás el primer eslabón que soltamos y comienzo a entender lo que mi mamá siempre me ha dicho: los hijos son prestados.

     Día 6:

El puchero mañanero aún es una constante pero cuando llego por él, una hora más tarde que el día anterior, me encuentro con un Lolo lleno de tierra de arriba abajo, prueba irrefutable para mi de que la ha pasado de maravilla. Al verme sonríe, hace el amague de venir a abrazarme y al ver que me ha engañado ríe un poco más mientras corriendo, ahora sí, se tira a mis brazos. Yo también sonrío: estamos casi al otro lado.

 Con el paso de los días la situación ha ido mejorando para todos. Aún estoy esperando ese domingo que Lolo se pare en la puerta de la casa maleta en mano porque quiere ir al jardín, como me contó una amiga que le pasa ahora con su hija. Pero por lo menos tampoco he tenido que vivir una escena digna de The Walking Dead, como cuenta otro de mis hermanos, que mientras caminaba de regreso al carro lo perseguía mi sobrino arrastrándose desesperadamente tratando de alcanzarlo como si mi hermano fuera el último trozo de carne fresca en el mundo y mi sobrino el más hambriento de los zombies. Al otro día las profesoras lo felicitaban y mientras decían que ningún otro papá hubiera sido capaz, mi hermano ponía su mejor cara de orgullo tratando de ocultar que se sentía como un soberano zapato.

Lolo está empezando a disfrutar su jardín, cada día me lo entregan más sucio que el día anterior como si supieran que, por alguna razón, eso me hace feliz. Yo, por mi parte, me reencontré conmigo y recordé que sola también me caigo muy bien, la culpa que me hacía sentir egoísta poco a poco ha sido desplazada por la satisfacción de cumplir metas personales y profesionales, los reencuentros con Lolo cada medio día parecen de película romántica gringa y nuestras tardes son mucho más divertidas porque ahora, más que nunca, son nuestro momento de dedicación exclusiva mutua.

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Se acuerdan aquel post, aclamado por muchas y odiado por otros, sobre la teoría del 10 %? Pues, hace unos días el porcentaje que lo inspiró, mi 10 %, me dio uno de los mejores regalos de la vida. Yo había recibido por mail una sarta de palabras llenas de odio por parte de otro papá al que al parecer su falta de sentido del humor no le permitió disfrutar el texto y tomándolo a título personal, me acusaba de falta de consideración con los hombres. Ante mi extrañeza, mi 10% me explicó que no hay que pararle bolas a ese tipo de gente que no sólo no entiende lo que es sarcasmo y no se da cuenta que es un artículo escrito para divertir y con cero ínfulas de convertirse en teoría irrefutable de la verdad. Días después, al ver que yo seguía un poco molesta con el tema, dejó esta aclaración en mi correo y, por supuesto, yo morí de amor y quise rebatir yo misma ese 10 %. Hoy es martes de post-parto y como no he terminado mi post sobre “la dejada de Lolo en el jardín” aprovecho para compartirles esto tan bonito. Un mensaje para todas porque somos unas berracas y lo somos gracias a ellos:

Yo soy el 10%

Y estoy seguro que muchas veces lo merezco, hay otras en las que claramente no y algunas, especialmente las noches, en que creo que el 10% eres tú.

Yo Soy el orgulloso 10%

Estas caritas tan juntas y felices, no podrían estarlo sin el 10%

Ante todo soy una persona sensata y debo confesarte que te escribo porque soy consciente que lo que hago, según tú, para merecer ese 10%, no solo me lo merezco sino que incluso un poco más también sería justo. Sin embargo he decidido renunciar, no a mi 10%, sino a todo eso que me atribuyes. No creas que estoy peleando por un porcentaje más grande. Yo tengo claro que soy un 10% aunque tenga mis momentos de 100%.

Soy consciente que sin ti a la cabeza, esta casa no funcionaría como lo hace. Soy un 10% porque vi, presencié y hasta padecí desde la tribuna, los duros cambios y esfuerzos físicos por los que pasaste durante y después del embarazo. Sé que yo, al que una gripa lo deja incapacitado por 6 días, no hubiera aguantado sin quejarme como tu lo hiciste.

Soy un 10% porque no falta el que se atreva a dudar de mi paternidad, así digan que Lolo es mi copia y yo insista que tiene tus ojos, pero nunca nadie podrá dudar de tu maternidad. Soy un 10% porque para hacer las 3 cosas que haces al mismo tiempo sin que te afecte, yo tengo que escoger una y concentrarme en ella. Soy un 10% porque tu eres la que sabe cuando pedir la cita al médico, cuando hay que poner las vacunas, cuando hay que cambiar el pañal, como cantarle “sana que sana colita de rana” para que Lolo se calme y hasta como entretenerlo en un avión para no importunar al resto de pasajeros. Soy un 10% porque tienes un sentido común y una maniobra mucho más poderosa que yo para cuidar un bebé. Soy un 10% porque has tenido que renunciar a muchas más cosas físicas, personales y profesionales que yo. Y soy un 10% porque no hubiera podido escoger a alguien para pasar juntos el resto de la vida, que estuviera por debajo del 90%.

Pero me rehuso a creer que soy el 10% simplemente por recibir más piropos por ser papá que tu por ser mamá.

De hecho soy un 10% muy importante y necesario, y tu me lo haces ver a diario, pero era muy difícil que el tarado Troll que te escribió improperios desde Chile, lo supiera. Y traté de pensar una serie de cosas que hago que me podrían hacer pelear por un 50% con opciones de triunfo, pero haga lo que haga, es innegable que haces 90 cosas más que yo. Aún así hay unas que yo hago mejor :

1. Soy yo el que frunció todos los músculos de la cara, como cuando uno va a partir el ganchito de plástico que viene con las medias, escondido detrás de una pared, mientras tú sonreías y te hacías la güevona en esas vacaciones familiares. Estaba así fruncido porque sabía lo que me esperaba. Más tarde fui, ya en la casa, el saco de boxeo en el que descargaste toda tu ira, protestas y disgustos padecidos por ti, todo el fin de semana. Aunque debo confesar que ser tu espacio de desahogo ha sido genial.

2. Soy yo quien tiene el turno de la noche. Desde que Lolo dejo de despertarse cada 3 horas a tomar leche, no sé en que momento se me asignó, porque nunca lo hablamos, ser la persona que ante cualquier quejido del bebé, corre por él. He llegado a la conclusión que “como Lolo es tuyo todo el día, si llora por la noche es mío”. Pero mi turno de la noche me ha permitido desarrollar una especie de oído biónico para estar alerta ante cualquier quejido del pequeño que me ha permitido atenderlo en momentos en los que tú, mi flamante 90%, está tirada en la cama escurriendo una baba sobre la almohada mientras sueñas, seguramente, con el segundo. Y sentirme responsable de esa cara tuya de descanso… la verdad, se siente genial.

3. Gracias a mi oído biónico he logrado sorprenderte trayendo a Lolo a nuestra cama, calmándolo y entregándote deliciosos momentos de “arrunche” mañanero con él. Diría que por promover estos invaluables momentos de dicha y arrejuntamiento familiar me merezco otro 10%. Pero, esto que suena tan delicioso, me ha llevado a ser acusado de ser el instigador y principal cabecilla del delito de colecho. Mientras te angustias y me cuentas que fulanito si duerme en su cuarto todo la noche yo te relajo y te explico que un par de horas de hacinamiento no le hacen mal a nadie. Que hacemos si ahí el niño, y la mamá que no tiene que levantarse por él, duermen mejor? Y tiene su lógica, invertimos una importante suma en la cama, cuna, corral del bebé, pero nunca nadie probó el colchón. Caso muy diferente a nuestra cómoda, ergonómica y patentada indeformable cama. Fomentar el desorden también se siente genial.

4. Cuando tu no puedes más yo entro al rescate. Hay días duros o como dirías tu misma, días Juemadre y en ese justo instante cuando Lolo va a hacer despertar el Hulk interior de toda madre, tu sabiamente previniendo la hecatombe que se aproxima me pides un relevo. Hulk respira y trata de volver a la calma y yo cual superhéroe salvo el momento. O por ejemplo, cuando él no puede o no quiere dormirse. Tu estás con él en su cuarto y él empieza a tratar de prender la luz, a balbucear de más, se levanta, se acuesta, llama a papá y cuando asomo tímidamente mi cabeza por la puerta estira los brazos pidiendo que me acueste con ustedes. Al 10% casi nunca lo piden! Y cuando esto pasa es genial. Muchas veces nos ha sorprendido la media noche a los tres tratando de acomodarnos en una cama de 1,20 x 1,00 en donde no sé como, terminamos cómodamente dormidos. Y sentirse el superhéroe que te ha rescatado y ser la pieza que hacia falta para que todos cayeran dormidos se siente súper genial.

Pero no todo ha sido ternura, también hemos tenido diversión. Para que tengas un ejemplo te recuerdo estas dos situaciones que sin este 10%, jamás hubieras vivido:

Como bien sabes, he jurado oír llorar a Lolo en medio de reuniones de trabajo y he salido al lobby a buscarlos  pensando que han venido a visitarme sin avisar. También lo he buscado como loco mientras paso por un parque, incluso una noche lo oí llorar y me paré como un ente para traerlo a la cama; cuando llegué a su cuarto, con total sorpresa vi que no estaba, entré en pánico. Fueron segundos de eterna angustia, cómo te iba a decir que perdí al bebé en nuestra propia casa, en nuestra propia presencia, en medio de la noche y bajo mi turno de vigilancia? El susto fue mayor cuando te sentí parada a mi lado pronunciando esa temible frase: Qué haces? Mi cerebro estaba trabajando rápido tratando de tejer una respuesta. Por un segundo me imaginé siendo Angelina Jolie en esa película en la que le cambian al hijo y ella se da cuenta pero nadie le cree. Lo tenía más o menos claro, el plan era ir por una linterna buscar primero en su habitación, luego debajo de muebles y camas, prender las luces, nada de gritos de pánico, luego llamar a la portería, a la Sijin, al Gaula, la Armada, la Defensoría del Pueblo y armar un pequeño bloque de búsqueda. Giré lentamente para decirle: No se que hice a Lolo; pero de mi boca sólo lograron salir las sílabas Lo…Lo.

  • Lolo está en nuestra cama, lo llevaste hace rato, que estás haciendo aquí?
  • Te juro que lo oí llorar…

O esa vez cuando por dármelas de considerado, oí llorar a un Lolo con apenas semanas de nacido y me ofrecí a traértelo para que empezaras tu dura labor de lactancia. Me paré como un zombie y tú y tu inevitable procedimiento de verificación de procesos escudriñó de arriba abajo mi posición, mi proceder, mi caminar y mi manera de cargar al niño, para luego, con tono increpante y azarador decirme: Andrés, la cabeza!. Yo me asusté, sería posible que yo en medio de mi aletargamiento por falta de sueño estuviera cargando un cuerpo sin cabeza? Pasé mi mano desde la espalda de Lolo para arriba y verifiqué que su cabecita ahí estaba pegada a su cuello y dije: Si, ahí la tiene. En vez de pararte a ahorcarme (aunque la episiotomía que por esos días no te dejaba moverte rápido, te lo hubiera impedido) te atacaste de la risa y horas después dándome un café me explicaste que un bebé recién nacido no ha desarrollado los músculos del cuello y al alzarlo hay que tenerle la cabeza con una mano.

Aún hoy te burlas de mi inteligente respuesta. Para mi, fue la iniciación a descubrir que como papá soy necesario e irremplazable pero que, afortunadamente, me llevas una gran ventaja.

Yo me siento orgulloso de ser tu apoyo. Darte moral en muchos casos es más importante que pararse a media noche mientras te dejamos dormir. Hacerte ver que lo estás haciendo bien es más valioso que reducir dos décimas la velocidad a la elaboración de un tetero y hacerte feliz es mil veces más poderoso que quedarse con él mientras vas a la peluquería.

Soy el papá, y uno excelente (valga la modestia) soy el apoyo, soy la moral, soy tu bolsa de boxeo, soy el orgulloso poseedor del título de 10% y se siente genial.

Deja de pararle bolas a todo lo que lees en internet.

Yoyu.

Jardín BLOG Original

En esta casa empezó oficialmente la búsqueda de Jardín para Lolo. Primero hicimos una lista de los 5 que más nos gustaban basados en 4 criterios: la cercanía, la metodología, la infraestructura y las recomendaciones de amigos y familiares. Dedicamos una mañana a visitar nuestras opciones, al almuerzo las comparamos, a la noche hicimos cuentas y antes de dormirnos ya teníamos una decisión: nos quedamos con el que nos sentíamos a gusto sin importar lo cerca o lejos, si era una casa–garaje-vieja reformada o un aspirante a premio de arquitectura, seguridad y diseño o si tenía o no convenio con los 5 colegios más caros, más fifis y mejor rankiados. Cantamos victoria y, como siempre en la vida, recibimos un pastelazo en la cara que nos demostraba que el proceso apenas comenzaba. El pastel en mi nariz esta vez venía en forma de formulario de inscripción.
Hay alguien que se sienta cómodo contestándolos? Yo no. O me siento la más lambona, mentirosa y convencida describiendo lo perfecto que es mi hijo o me siento la más tonta, ingenua y ácida confesando verdades que bien podrían costarme el cupo.

Hay formularios de todas las clases pero eso sí, casi todos están llenos de preguntas presuntuosas que no esperan una respuesta sincera sino una adecuada y conveniente. Hay unos que te los cobran, otros que indagan tanto en tu vida que si uno los cargara en la billetera bien podrían reemplazar el certificado judicial o una certificación bancaria.
El hecho es que leer las preguntas del formulario de nuestro jardín escogido despertó en mi cierto tipo de morbo, por decirlo de alguna manera, y empecé a buscar como loca formularios de jardines infantiles en internet para saber si todos eran iguales. En pro de la verdad diré que no todos pero si la gran mayoría, y si los juntamos todos, podría jurar que ni siquiera Yahoo Answers tiene un compilado tan grande de preguntas absurdas. Algunas de hecho inentendibles por su redacción o por su fallido intento de sonar profesionales, ilustradas o como diría mi mamá leida (así sin tilde y con acento en la e).
No me pude contener y me puse a la tarea de recopilar las mejores preguntas a fin de crear el formulario ideal. Por mejores preguntas quiero decir ridículas y por formulario ideal quiero decir irrisorio. Cuando lo tuve listo, me di cuenta que un formulario por más preguntas ocurrentes que tuviera estaría incompleto sin una respuesta sensata que le hiciera compañía. Así que yo, invocando a los genios autores y redactores de los formularios para que me impregnaran de su lógica, su elocuencia, su claridad y su simpleza me senté a contestarlas.
He aquí el resultado:

Archivo 7-04-15 21 24 08

Debo confesar que el desatino de algunas de estas respuestas no distan mucho de las verdaderas que enviamos hace unos días en el formulario real de nuestro jardín escogido, el cual mi 10% llenó y envió sin consultarme. Cuando lo revisé, la mayoría de sus respuestas me situaron en la delgada línea entre un ataque de risa y uno de ira. No sólo lo había llenado con su singular caligrafía, afeminada y decorada, aún bajo la advertencia de “debe ser llenado a máquina de escribir, computadora o a letra de molde”, no había adjuntado la foto requerida sino que además cuando le preguntaron por la autonomía del niño al comer, al vestirse y para controlar esfínteres contestó que Lolo comía tres veces al día más dos meriendas y que no molesta cuando lo vestimos, excepto cuando le cambiamos el pañal.

Por increíble que parezca después de reunirnos con la directora fuimos aceptados y no tenemos que esperar hasta el próximo semestre, así que publico este post a pesar del peso que siento en el pecho y de mi ojo aguado porque mañana será nuestro primer día de jardín. Estoy segura que a Lolo le va a ir muy bien… a mi no sé.

Continuará…

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