EL COCHE
Andrés un día se antojo de ser papá y se dedicó día y noche a contagiarme las ganas. Debe ser por ese espíritu de paternindad que se le despertó antes que a mi, que antes de que yo sospechara que estaba embarazada, Andrés lo daba por hecho.

Aunque yo ya estaba padeciendo algunos de los molestos síntomas de los primeros meses, me rehusaba a creer que la idea que hace un mes me parecía inconcebible, hubiera sido concebida. Andrés en cambio, estaba tan seguro de mi estado que las dos rayitas azules de la prueba de embarazo simplemente fueron la luz verde que necesitaba para llorar y gritar pero sobretodo para comenzar a hacer la lista de todo lo que necesitaba comprar. Andrés tan o más adicto al shopping que yo, había descubierto un nuevo universo de cosas por comprar y eso lo emocionaba. Entre la lista a la que cada noche le agregaba nuevos ítems había un preciado número 1: El coche. De todo podríamos prescindir en caso de querer ser cautos excepto del coche. Fue así como se dedicó a estudiar todos y cada uno de los coches creados hasta el momento, todas las marcas, las formas, los colores, el número de ruedas, los precios…y llegó a la conclusión que sólo encontraría el coche de sus sueños y a un precio razonable en Miami. Si señores, cuando menos lo pensé éramos ésa pareja de la que tanto nos habíamos burlado y habíamos criticado. En mi defensa, o para sentirme mejor conmigo misma, debo decir que la razón principal del viaje era pasear y descansar y pues… ya estando allá, que carajos, compremos cositas. Mónica Geller dando pitos e instrucciones a Rachel y a Phoebe para encontrar su vestido de novia soñado, era un chiste comparado con las explicaciones de Andrés para encontrar el coche perfecto. Sus condiciones: “One hand fold, tres ruedas, y que le sirva recién nacido y grande, no pienso comprar dos coches”

Dentro de mi ignorancia frente al tema cochesistico me aventuré a sugerirle a Andrés que no fuera uno muy grande ya que la mayoría del tiempo sería yo versus el coche más Lolo. Y así empezó el recorrido a cuanto mall y almacén de bebé que se nos cruzara en el camino. 5 días, 5 malls, cero playa y el coche no aparecía.

Una caja olvidada en el más alto anaquel del Burlington fue la señal de que la búsqueda había terminado. Andrés estaba complacido, feliz y satisfecho con su hallazgo. Era un coche de tres ruedas todoterreno, one hand fold, se le podía acoplar la silla del carro para llevar al recién nacido y para cuando el bebé creciera timón y pito para que fuera manejando, cinturones de seguridad ajustables, un portavasos para el tetero y otros dos para el café de los papás, bolsillos impermeables a cada lado, mommy hook para la cartera y los paquetes de la mamá, compartimento inferior que soportaba hasta 4 kilos y para colmo de males marca Jeep: Andrés no cabía de la felicidad. El coche superaba todas las expectativas y cumplía de sobra con todos los requerimientos. Todos, excepto el mío. Era tan grande que aunque se desdoblara con una mano su peso requería las dos, ocupaba la mitad de la sala, no cabía en el baúl de ningún taxi, meterlo en un ascensor era un verdadero ejercicio de contorsionismo, bloqueaba el paso en restaurantes y era el trauma de los operarios cuando viajábamos en avión. Creo que las aerolíneas están cambiando sus políticas para cobrar sobrecupo por coches que superen ciertas dimensiones después de habernos tenido como pasajeros. Inconvenientes menores comparado con la pesadilla que era mantener a Lorenzo más de dos minutos sentado en su coche. Desde el primer día lo odió. Lo intentamos todo apostándole a que lo que le molestaba era la falta de costumbre. Pasaron los meses y Lorenzo dejó de retorcerse a gritos en el coche porque nunca volvió a usarlo. Recuperé mi peso en cuestión de semanas porque adonde sea que yo fuera Lorenzo iba encima mío. Andrés se rehusaba a darle de baja al coche de sus sueños a tal punto que él mismo se apodó “el loco del coche” porque iba detrás de nosotros arrastrándolo lleno de paquetes pero sin bebé. Y así fue como los que terminamos por acostumbrarnos fuimos nosotros.

Todo funcionaba bien hasta que el peso de Lorenzo dejó de sacarme músculo y comenzó a dejarme espasmos. Debíamos tomar medidas urgentes, efectivas y drásticas: compramos un paseador, de cuatro ruedas de plástico que se trancan y tuercen con cualquier piedrita, sin timón para ir jugando a lo Maggie Simpson, sin bolsillos impermeables, sin mommy hook, sin portavasos, se dobla con un empujón que pareciera que lo va a desbaratar, marca gato y comprado en Bogotá-Colombia. A Lorenzo le gusta su nuevo coche (no tanto como el carro de mercar) y aún así cada tanto hace pucheros y llora logrando volver a los brazos de mamá.

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Ser o no ser mamá. Es una discusión que se ha empezado a apoderar de nuestras “noches de chicas”, de los timelines en twitter, de los blogs de moda, de las editoriales de revista, de las visitas a la suegra y hasta de las obligadas, y por fortuna cortas, conversaciones de ascensor. Es un tema que toca tantas susceptibilidades tanto para la que lo es como para la que no lo quiere ser que termina como “por variar” enfrentando a mujeres contra mujeres.

Para mi, dicho debate no debería siquiera de existir. Que la que no quiere ser mamá no lo sea. No tener hijos no significa que seamos personas egoístas, inmaduras o superficiales, como muchos padres de familia desesperadamente tratan de ofender a quien expresa su deseo de no tener hijos. Ahora bien, tampoco significa que seamos más inteligentes, mas conscientes, más felices o más “cool” si no los tenemos.

Soy mamá. Y me desgasta enormemente ver otras mamás buscando razones descabelladas, para refutar, entre otros, el argumento de “hay sobrepoblación en el mundo como para traer otra persona más a gastar los pocos recursos que nos quedan”. La que no quiere ser mamá ya tomó su decisión así que déjenla en paz, por más que le queramos explicar lo increíble que es el amor por un hijo jamás va a siquiera alcanzar a imaginárselo. Ahí si como bien dice el dicho “el que lo vive es quien o goza” así que no seamos tan mamomas o, valga la pena decirlo, tan mamás. La  verdadera y realmente válida discusión debería ser: si ya soy mamá, que tipo de mamá quiero ser?.

El embarazo a pesar de sus incomodidades y nauseas, es fácil. El parto no es tan grave como lo pintan o por algún mandato divino a uno hasta se le olvida. Las trasnochadas dando tetero y no rumbiando no son todas y no son para siempre. Lo difícil no es ser mamá, lo difícil es ser una buena. Lo desafiante es garantizarle a tus hijos que vienen a ser parte de un hogar feliz, es seguir amando y consintiendo a tu esposo, a tus padres, a tus suegros, a tu empleada, porque con el ejemplo le enseñas más que con una cantaleta y una jalada de orejas. El reto es dedicarle el tiempo que puedas pero tiempo de verdad, no con tu mente en el celular. La tarea es llenarlos de amor así a veces nos digan que nos los vamos a tirar. Lo difícil es sacrificar mil cosas que te gustaría hacer pero que comparadas con estar con ellos resultan poco importantes (el gimnasio puede esperar, si no tengo un perfecto manicure no me voy a morir, si me pierdo el chiste del momento en el chat tampoco pasa nada…) Lo importante es no buscar como deshacernos de ellos a cada oportunidad que tenemos, es realmente esa vecina, ese programa de tv mejor que estar conmigo así sea haciendo mercado?. Lo osado y heroico es que seas tu quien se arriesgue a criarlos y no tu empleada o la abuela. Por más buenas que sean, la empleada no podrá remplazarte y la genialidad de la abuela es precisamente que los pueda malcriar. Lo audaz de ser madre no es haber soportado una panza y 20 kilos de más por 9 meses (ni tampoco haber logrado bajarlos) es acostarte, seguramente acabada, con la satisfacción de que tu bebé es un bebé feliz gracias a ti.

Estoy rodeada de mujeres que han decidido no ser madres con argumentos que parecen más excusas que razones. Es triste, pero lo realmente sobrecogedor es estar rodeada de mamás que decidieron serlo al parecer por las razones equivocadas.

Aplaudo de pie a aquellas mujeres valientes que analizaron a fondo el oficio de ser mamá y decidieron no serlo no porque les preocupaba perder noches de rumba o tardes de shopping sino porque llegaron a la conclusión que de que no podrían ser lo mejor para ese bebé. Aplaudo, aún más, a aquellas con agallas que lo analizaron, decidieron serlo y se esfuerzan cada día por ser las mejores. A las otras, prefiero no decirles nada porque lo único que podría decir ya no tiene sentido: ojalá hubieras seguido planificando.

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