Mi 100% y yo somos adictos a las fotos. Además del niño interior que recomiendan no dejar morir para ser felices, llevamos adentro un adolescente egocéntrico adicto a tomar fotos con el celular. Y desde que nació Lolo queríamos hacernos un estudio de fotos profesional, bueno, para ser exactos no desde que nació, pues queríamos esperar unos meses prudentes para darle tiempo a la ratica más hermosa que ha pisado este planeta de abrir bien los ojos, ganar un poco de kilos y perder un poco de pelo. El tiempo fue pasando y casi que la ratica es un adolescente con acné a la que le damos oso y no nos habíamos tomado dichas fotos. Pero apareció Mil Historias en mi vida. Sin una sesión de maquillaje, sin luces, sin vestuario de época (que valga la pena aclarar me parece frondio), sin mayores pretensiones que perseguirnos un ratico y PUM hicieron magia y me entregaron 300 momentos maravillosos e inmortalizados. Les comparto unas pocas para que vean el lindo trabajo de Maria Adelaida y Mateo y noten que todos somos fotogénicos si nos miran con los ojos adecuados.

Anímense a hacerse un estudio, vale la pena tener unas fotos familiares en mejor resolución que las selfies que nos tomamos con el celular.

Eso sí, tengan en cuenta que hacerse un estudio fotográfico es tan adictivo como los tatuajes, te haces uno y quieres hacerte 20 más. 

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Ser mamá es que te inviten a la playa y pongas en google “consejos para ir a la playa con bebé” antes de organizar tu maleta, llamar al pediatra y ponerte a dieta. Yo me leo todos los tips y quedo más triste y aburrida que cuando desempolvo el bikini y me doy cuenta que ya no soy talla s ni 34c. Si uno le hiciera caso a estos consejos, que parecen escritos por alguien sin hijos, uno se ahorraría esa plata y se quedaría en la comodidad de su casa. Te recomiendan no salir a la playa entre las 11 y las 4 de la tarde como si encerrarte a ver televisión, jugar parqués, leer una novela o tomarte un traguito en la sombra fueran opciones posibles con un bebé que se alborota viendo el agua y sólo quiere jugar con la arena. Te advierten que por ningún motivo permitas que el agua del mar o la piscina toque sus oídos o sea bebida, como si fuera muy fácil prohibirles que chapoteen agua como expresión máxima de felicidad.

Te recuerdan que todo el tiempo deben llevar en su cabeza un sombrero y no te advierten que lograr que lo tengan puesto por más de 5 minutos es gracias a una contienda de engaños y promesas. Te repiten una y otra vez que mínimo cada dos horas hay que estarles repitiendo la dosis de bloqueador solar, cuando todos sabemos que si queremos ver hacer show a un niño sólo es necesario acercarnos lentamente con la mano untada de crema y tocarles la cara. O yo soy muy mala mamá o cumplir estos requisitos es para machas. Lolo se levanta a las 8.00, mientras nos bañamos y desayunamos nos dan las 10:00, bajamos a la playa y las horas que tenemos para jugar antes y después de la siesta son preciso esas horas prohibidas. Aparte de todo, le encanta jugar con la arena y por jugar me refiero a comerla, masticarla y saborearla a pesar de mis intentos de obstaculizar el camino entre su mano y su boca. Es feliz chapoteando agua que vuela en todas direcciones llegando inevitablemente a mis oídos, a los de él y a los de cualquiera que tenga la desgracia de estar al lado de nosotros. Y entre juego y juego podría jurar que entre los Vargas Medina nos hemos bebido media piscina y un cuarto de mar con la buena noticia que aún no nos han diagnosticado una infección intestinal. Hace un par de días tuvimos un paseo a la playa y sin haber seguido los consejos de google y en contra de todos los pronósticos regresamos vivos, sin insoladas, sin otitis, sin infecciones e invictos de llamar al pediatra. De mis clases de sociales recuerdo ahora que los críticos de la constitución de 1991 decían que era tan utópica que parecía haber sido redactada para ángeles. Es la misma sensación que tengo con estas listas de tips para ir a la playa con bebé. Y por andar pensando en estos consejos pasamos por alto cosas sencillas que pueden hacernos más fácil la vida en el mar:

1. Bikini straples.

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Este modelo ha sido de mis favoritos por años. El no haber pasado todavía por algún procedimiento quirúrgico que me suba la autoestima y otras cosas, hace que con éste tipo de bikini me vea más plana que Martina García y que deba asegurarme cada 10 minutos que el pezón sigue resguardado del sol. Detalles insignificantes y soportables a cambio de no tener un nudo en la nuca que me talle y unos hombros libres de tiras para broncearse. El problema es que también parecen ser los favoritos de Lolo y ahora las olas no son las únicas que quieren arrebatarlo. Con un bebé ya no hay manera de jugar en la playa sin terminar usando este bikini como cinturón. Si usted es mamá sepa que con este modelo va a tener a un esposo estresado encima suyo diciéndole cada 5 segundos que se tape y a un par de extraños muy sonrientes, complacidos y embobados viéndola jugar en el mar con su bebé. Las etiquetas de los bikinis strapless deberían venir con una clara advertencia: para evitar posibles destapes involuntarios y poco artísticos esta pieza no debe comprarse si se tienen hijos menores de 5 años, llévelo bajo su responsabilidad, procure permanecer bajo la vigilancia de un adulto responsable, o llévese sólo la tanga y finja ser europea que le va a dar lo mismo.

2. Accesorios

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Este mundo capitalista, frívolo y superficial vende los accesorias más divinos para la playa. Yo me antojo de todos, sombreros, gafas, cintas, pañoletas, pulseras, collares, aretes, carteras y hasta maquillaje. Pero ahora soy mamá y, en consecuencia, soy consciente de que cualquier accesorio que me ponga encima es un posible juguete, un arma corto punzante y seguramente un objeto perdido en las profundidades del mar. Ahorremos disgustos, insoladas y pérdidas innecesarias. A cambio pava elegante de $150.000 que se cae con la brisa del mar luzca con orgullo una cachucha de $30.000 que se ajusta de manera más estable a la cabeza. Los aretes, collares, manillas y relojes sólo se ven bien en los catálogos de vestidos de baño, en la vida real dejan bronceados poco atractivos, se vuelven opacos con la continua untada de protector solar y son los objetos más deseados para chupar por los bebés o simplemente halar, herir y botar. Así que mejor evite que el hueco de la oreja se le vuelva una raya, de irritar los ojos de media familia sumergiéndose en el mar buscando algo que la corriente ya puede tener en Australia o incluso de atragantar a un pobre pecesito hambriento. Lleve un buen par de gafas pero no las más caras porque la arena deja unas hermosas rayas en sus lentes, las olas se las pueden robar o, si tiene un sobrino caspa, puede perderlas porque a él le pareció divertidísimo tirarlas lo más lejos posible a ver quien las podía encontrar. Acuérdese que menos es más y nada mejor que lo natural para rimar con playa, brisa y mar. Así que, sea a no sea mamá, desmovilícese y renuncie al maquillaje, uno cree que se ve como la modelo de sports illustrated cuando en realidad se ve más tibia y sin bañar que una ruana de lana virgen y, de paso, con esa pestañina grumosa y base revuelta con sudor revela todos esos años que maquillándose pensó que podía negar.

3. Bronceador

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Todas soñamos con un bronceado que amerite que nos canten ese famoso jingle de hace años que decía “mira su color dorado tan intenso…” y para esto nuestro amigo fiel ha sido el bronceador. Tenemos metido en la cabeza que entre más aceitoso sea y menos valor numérico tenga en su etiqueta más rápido y fácil lograremos nuestro cometido. Ideas erradas que nos garantizan insoladas épicas. Ser mamá es, entre otras cosas, renunciar estoicamente a esas tandas de bronceo en las que uno se echaba a dormir y se paraba escasamente a recibir el siguiente margarita, echarse agua, cambiar de lado y, si ya no podía más con el calor, buscar una sombrita. Con hijos uno puede fácilmente recibir el triple de sol pero por estar jugando no se da cuenta como poco a poco sus hombros se van achicharrando. La verdad es que con o sin hijos el mejor aliado es el bloqueador, pero si usted es mamá usarlo en vez del bronceador no es una opción sino una obligación. Créame que es la única manera de no ser la fiel copia de Patricio el amigo de Bob Esponja (apodo que se ganó mi hermano mayor en estas vacaciones). Además del bloqueador no sobra buscar a ratos la esquina de la piscina donde haga sombra, usar una buena cachucha y para los chiquitos nada mejor que esos vestidos de baño de buzo enterizos que los protegen del sol y de paso reducen de 10 a 5 lágrimas el proceso traumático de untarles bloqueador por todo el cuerpo a cada rato.

4. La fotografía perfecta

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A menos que usted viaje con un umpa lumpa que sea fotógrafo profesional, con al menos 2 años de experiencia, que se dedique estos días de playa a perseguirla a usted y a su familia para captar el momento exacto, que le corrija el brillo con un pañuelo, que tenga una cámara con lentes intercambiables, que le ponga icopor blanco debajo de la cara si lo necesita, que le controle el frizz y que le borre el gordito con photoshop: Olvídese de lograr la fotografía perfecta. Por culpa de seguir en Instagram a mamás modelos como Giselle Bunchen uno cree que esa foto familiar en la playa es pan comido… pero en la que el bebé no sale llorando a usted se le alcanza a ver una sombrita de pezón, en la que el bebé mira sonriente a la cámara a usted se le ve el gordito que odia, en la que el cielo se ve azul y ese pájaro volando a usted se le ve el pelo afectado por la humedad y los poros abiertos y sudados en su máxima expresión y en la que usted sale medianamente decente el bebé sale vomitando parte del agua que ha tragado todo el día. Así que relájese para que el paseo no se le vuelva buscar fotos perfectas sino pasar momentos inolvidables, porque de usted depende que en unos años su hijo vea una foto genial y se acuerde como lo obligaron a tomársela o que vea una foto normal y se acuerde de lo sabroso que la pasó ese día en la piscina con usted.

5. Pañales de agua

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Los pañales de agua son el gran aliado de los paseos a la playa y en mi pañalera nunca faltan. Están diseñados para no hincharse cual pez globo al contacto con el agua y además, después de las pastillas de azúcar, son el mejor placebo inventado por el hombre. A las mamás nos dan tranquilidad porque juramos que gracias a algún tipo de tecnología de punta los miados del bebé mágicamente no pasan a la piscina (jua). A los otros turistas les dan seguridad y confianza para nadar en la misma piscina sin la angustia de ser abordados por un mini bollo flotador o tragar agua con cloro y miados inodoros de bebé. Pero si usted es mamá y ha pasado más de 3 vacaciones en el mar como yo, sabe que con estos pañales no se puede bajar la guardia. Si bien logran su misión de brindar comodidad al bebé no cuentan con un nivel de agarre y contención del popis 100% efectivo. La experiencia me ha enseñado que al menor indicio de posible número 2 (en mi caso Lolo hace una sonrisa de boca cerrada con belfo y enrojecimiento de mejillas) lo mejor es salir de la piscina, buscar refugio y controlar la situación alejados del agua. Créame, los sólidos se ablandan con el agua y con las altas temperaturas.

Disfrute sus días en el mar que ver a los hijos felices no tiene precio, eso sí, no se le olvide sonreír y hacerse la güevona todo el paseo porque haga lo que haga la van a criticar. Poco importa que su hijo se haya portado divinamente todo el paseo, la van a criticar por esos 5 segundos que lo vieron a grito herido. Poco importa que usted haya estado pendiente todo el tiempo de su bebé, la van a criticar por ese segundo que miró al horizonte y lo hizo tragar agua. Poco importa que le haya echado bloqueador sagradamente cada 2 horas, la van a criticar porque el niño tiene los cachetes rojos. Poco importa que sean las 12 y caiga el sol en pleno, la van a criticar por no quitarle nunca el “neopreno” y no dejar que el niño reciba sol de verdad. Poco importa que usted sepa que el coche es un estorbo porque no rueda en la arena, la van a criticar cuando la vean alzar al bebé y acostarlo en un colchón de toallas. Poco importa que usted haya sido precavida y haya llevado un paquete de papas como snack, la van a criticar por no haber llevado más bien una porción de papaya. Y poco importa que esas abdominales hayan sido efectivas, la van a criticar cuando la vean en vestido de baño. Pero mucho menos importa que la critiquen porque usted está en el mar y como dice la canción ahí la vida es más sabrosa.

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Cuando finalmente mi 100% y yo decidimos que queríamos ser papás siempre tuvimos claro que sólo queríamos serlo una vez. La única opción en ese momento para tener más de un hijo hubiera sido que yo heredara esa manía de mi familia de tener gemelos en todas las generaciones, pero, ante la evidencia demostrada, sabemos que eso no pasó. Puedo afirmar sin temor a equivocarme que tuve uno de los embarazos más sabrosos del mundo, que tener a Lolo ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida y que, aunque suene a cliché, si es real que uno estrena una parte del corazón que ni con los sobrinos más amados había usado. Pero a pesar de todo esto, pensar en un segundo hijo era un proyecto que superaba mis capacidades.

Esperando el primero...

Foto: Alejo Mejía

Lolo está a punto de cumplir 2 años y yo todavía me acuerdo de esos primeros 15 días de post-parto en los que para movilizarme a una velocidad normal y sin dolor por la casa hubiera necesitado un segway, también recuerdo esos meses de lactancia materna en el que si la enfermera no estaba en mi casa yo estaba en el banco de leche buscándola para que me aliviara el dolor y me repitiera por veinteava vez que era lo que estaba haciendo mal. No he olvidado la cantidad de noches que me desperté con la teta al aire y un Lolo que desafiando la ley de gravedad dormía sobre mi brazo desgonzado. No he olvidado muchas cosas difíciles de la maternidad que a ratos me hacen darle la razón a un amigo que asegura que “un hijo es un exceso”, pero, tal ves por aquel adagio que asegura que la lengua castiga, después de parodiar a mi abuela diciendo “vade retro” cuando me preguntaban por el segundo, tengo que confesarles que me antojé de otro bebé y sé perfectamente porque.

Por la bendita nostalgia. Ver a Lolo crecer es increíble pero también es un constante recordatorio de momentos que no se van a volver a repetir. Esas tardes de siesta encima de mi pecho ya no son físicamente posibles ni cómodas para él o para mi. Poderlo llevar a todo lado en el cargador pegadito a mi pecho no sólo es contraproducente para mi espalda sino imposible porque Lolo ahora lo que quiere es correr. Y aunque me sueño con darle la oportunidad al destino y al azar de que me den una Lola he decidido aguantarme las ganas de volver a estar embarazada. Razones tengo muchas y bastante serias y complejas pero antes de rebatir las críticas que aseguran que no tener hermanos es perjudicial y que los hijos únicos son egocéntricos, malcriados y sobreprotegidos les voy a exponer mis 5 razones triviales para no buscar el segundo:

  1. Los aviones.

Y no me refiero a pagar 4 tiquetes, que ya de por si es toda una mega razón, sino a un aspecto más de diseño y logística. Da la casualidad que cuando salimos de paseo, a mí casi siempre me toca o en un Boeing 787 o un Airbus A 330. Aviones que, a riesgo de salir vaciada por un exnovio piloto, tienen hileras de 2 o de 3 sillas. El que diseñó estos aviones pensó en tres tipos de viajeros: solitarios, parejas y parejas con un hijo. Hay unos aviones, usualmente los de vuelos internacionales que tienen 4, pero como dije antes a mi casi siempre me tocan los otros. Y para mi es señal divina que el mundo está diseñado para que los Vargas Medina sigamos siendo tres y no cuatro. Es más, dentro de poco a Lolo le van a empezar a cobrar el tiquete, mal presagio para nuestros futuros viajes, pero también quiere decir que podemos usar las 3 sillas libremente y no sólo 2 de la hilera y así ya no sufriré por esa pobre tercera persona que finge su peor sonrisa al descubrir que debe ir al lado de una familia con bebé en ese vuelo que quería dormir plácidamente. Los puristas dirán que papá y mamá pueden dividirse y hacerse cargo cada uno de un niño… y pues si, obvio, pero nosotros sólo con Lolo a veces nos pegamos encartadas monumentales buscando un tetero. Además ésta es una familia intensa que le gusta andar por el mundo juntos y hacinados, sino me cree pregúnteme como luce mi cama de las 4 de la mañana en adelante.

        2. El colegio.

Lolo no se ha terminado de amañar al jardín y ya nos están diciendo que lo mejor es que vayamos pensando en el cupo del colegio. Si los precios del jardín modificaron nuestras finanzas, los del colegio las van a recortar y los de la universidad las van a liquidar. Quisiera tener otro bebé pero la verdad es que por donde le mire no hay manera que en este momento de la vida podamos con dos colegios. Y para tener que dejar a uno analfabeto y soltero para que cuide de mi en la vejez prefiero desde ya redactar una carta autenticada en notaría que libere a Lolo de la culpa de dejarme feliz en una casa de ancianos jugando póker con amigas octogenarias. Y, aunque hay quienes aseguran que uno la logra a nosotros nos tocaría empezar a recortar las salidas los fines de semana, vender el carro y las bicicletas, cancelar los canales en HD, encomendarnos al dios de mi mamá y dejar de pagar la salud prepagada, no volver a montar en avión, renunciar a Oma (Oma = Omaida = La administradora, la más, la manager, la chef, la organizadora, la empleada que realmente es la jefe de esta casa), limitar el consumo de carne en el hogar y comenzar una dieta balanceada de agua raspada y viento molido a fin de poder, a 36 cuotas, asumir los gastos de formularios, matrículas, uniformes, materiales, pensiones, transporte y salidas extracurriculares. Análisis basado en el supuesto de tener otro hijo varón. En caso de que el segundo fuera más bien una Lola pongo inmediatamente en venta un riñón y mi hígado para poder comprar todas esas pendejaditas preciosas que hacen para las niñas.

  1. Los planes.

Desde que supe que estaba embarazada hay 3 planes que mi 100% y yo nos soñábamos hacer con un hijo y hoy, cuando Lolo se acerca a su segundo aniversario, los vemos cada vez más cerca. 1. Llevarlo a cine a comer crispetas, perro caliente y chocolatina así sea a repetirnos por sexta vez la película de muñecos de la temporada. 2. También esperamos impacientes que cumpla 3 años o más, que es supuestamente cuando el cerebro empieza realmente a tener la capacidad de guardar recuerdos, para irnos más endeudados que estudiante con el icetex a conocer a Mickey Mouse. 3. Y, ésta puede sonar muy boba pero no lo es, salir a comer con Lolo y conversar los tres sin mirar el reloj, sin tener que esconder los cuchillos, sin tener que pedir la carta y la cuenta casi al mismo tiempo, sin pararse del sitio con la vergüenza de haber dejado nuestra mesa y lo que la rodea como una fiel réplica de una marranera y sin tener que ponerle en el último momento un video en el celular a Lolo para poder terminar ese último bocado.

La verdad es que si ya no tuve el segundo retoño seguidito tenerlo en este momento significaría posponer un poco más estos planes soñados y renunciar a otros espacios y momentos que hemos ido ganando a medida que Lolo crece. Y aunque a algunos les suene a egoísmo a mi me suena a sensatez. 

  1. Las escapaditas.

Durante estos casi dos años, mi 100% y yo hemos sido papás de tiempo completo. No tenemos nana ni abuelas cerca que nos puedan ayudar diariamente o al menos semanalmente para pegarnos una escapadita. Si usted nos ve en un cine, en un restaurante, viendo una obra de teatro, o en una fiesta es realmente un momento memorable en el que el universo conspiró para que la visita de mis papás además coincidiera con el pago de la quincena. Y si ya me parece suficiente trabajo conseguir que alguien de entera confianza se quede con Lolo imagínese como haría con dos. Y para esas escapadas de varios días que mi 100% y yo nos pegamos de vez en cuando nos tocaría contratar ahora sí una niñera que le colabore a los abuelos, lo que no sería tan sencillo teniendo en cuenta que a mi con un solo riñón y sin hígado sólo me quedaría por vender, sin perder mi honra, un pulmón. 

  1. Por qué quiero, puedo y no me da miedo.

Y punto. Que maravilla que volviéramos a aplicar esta respuesta infantil en nuestra vida adulta, la cantidad de problemas, malentendidos y favores engorrosos que nos ahorraríamos no serían poca cosa. Y ni que decir del bien que le haríamos a miles de niños que tuviéramos la sensatez de saber si estamos o no preparados para tenerlos. Porque tener un hijo te cambia la vida pero sobretodo te hace responsable de otra. Y la decisión de tenerlo no puede ser producto de un antojo sino de una mezcla homogénea de corazón y razón. Los Vargas Medina en este momento no quieren, no pueden y les da miedo apostarle al segundo. Y digo “en este momento” porque me queda claro que decir un no rotundo, un jamás o un nunca es un atajo directo al futuro en el que nos retractaremos.

Yo por ahora me conformo con los dos bebés de esta casa, Lolo y mi 100%. Y seguiré tratando de explicar que no tener hermanos no es tan grave como lo pintan y haré mi mejor esfuerzo para no torcer los ojos y subir el tono de mi voz cuando me digan que tener sólo un hijo no es familia. Les recuerdo que las parejas sin hijos son una bonita familia, las parejas con muchos hijos son una bonita familia, las parejas con perro, gato o tortuga son una bonita familia, las parejas de dos mamás o dos papás son una bonita familia, mamá e hijo sin papá son una bonita familia, papá con hijos y sin mamá son una bonita familia y podría seguir enumerando clases de familias pero creo que ya entendieron mi punto: que lo bonito es lo que aprendes, lo que sacrificas y lo que das por todos los que amas. Familia es ese lugar donde te dan ganas de ser cada día mejor, donde se te hincha el corazón, donde te quitas los zapatos en cualquier esquina, donde te hacen lavar la loza, donde te exigen una hora de llegada y donde siempre hay una olla de arroz esperando que le des una cucharada.

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Se acuerdan aquel post, aclamado por muchas y odiado por otros, sobre la teoría del 10 %? Pues, hace unos días el porcentaje que lo inspiró, mi 10 %, me dio uno de los mejores regalos de la vida. Yo había recibido por mail una sarta de palabras llenas de odio por parte de otro papá al que al parecer su falta de sentido del humor no le permitió disfrutar el texto y tomándolo a título personal, me acusaba de falta de consideración con los hombres. Ante mi extrañeza, mi 10% me explicó que no hay que pararle bolas a ese tipo de gente que no sólo no entiende lo que es sarcasmo y no se da cuenta que es un artículo escrito para divertir y con cero ínfulas de convertirse en teoría irrefutable de la verdad. Días después, al ver que yo seguía un poco molesta con el tema, dejó esta aclaración en mi correo y, por supuesto, yo morí de amor y quise rebatir yo misma ese 10 %. Hoy es martes de post-parto y como no he terminado mi post sobre “la dejada de Lolo en el jardín” aprovecho para compartirles esto tan bonito. Un mensaje para todas porque somos unas berracas y lo somos gracias a ellos:

Yo soy el 10%

Y estoy seguro que muchas veces lo merezco, hay otras en las que claramente no y algunas, especialmente las noches, en que creo que el 10% eres tú.

Yo Soy el orgulloso 10%

Estas caritas tan juntas y felices, no podrían estarlo sin el 10%

Ante todo soy una persona sensata y debo confesarte que te escribo porque soy consciente que lo que hago, según tú, para merecer ese 10%, no solo me lo merezco sino que incluso un poco más también sería justo. Sin embargo he decidido renunciar, no a mi 10%, sino a todo eso que me atribuyes. No creas que estoy peleando por un porcentaje más grande. Yo tengo claro que soy un 10% aunque tenga mis momentos de 100%.

Soy consciente que sin ti a la cabeza, esta casa no funcionaría como lo hace. Soy un 10% porque vi, presencié y hasta padecí desde la tribuna, los duros cambios y esfuerzos físicos por los que pasaste durante y después del embarazo. Sé que yo, al que una gripa lo deja incapacitado por 6 días, no hubiera aguantado sin quejarme como tu lo hiciste.

Soy un 10% porque no falta el que se atreva a dudar de mi paternidad, así digan que Lolo es mi copia y yo insista que tiene tus ojos, pero nunca nadie podrá dudar de tu maternidad. Soy un 10% porque para hacer las 3 cosas que haces al mismo tiempo sin que te afecte, yo tengo que escoger una y concentrarme en ella. Soy un 10% porque tu eres la que sabe cuando pedir la cita al médico, cuando hay que poner las vacunas, cuando hay que cambiar el pañal, como cantarle “sana que sana colita de rana” para que Lolo se calme y hasta como entretenerlo en un avión para no importunar al resto de pasajeros. Soy un 10% porque tienes un sentido común y una maniobra mucho más poderosa que yo para cuidar un bebé. Soy un 10% porque has tenido que renunciar a muchas más cosas físicas, personales y profesionales que yo. Y soy un 10% porque no hubiera podido escoger a alguien para pasar juntos el resto de la vida, que estuviera por debajo del 90%.

Pero me rehuso a creer que soy el 10% simplemente por recibir más piropos por ser papá que tu por ser mamá.

De hecho soy un 10% muy importante y necesario, y tu me lo haces ver a diario, pero era muy difícil que el tarado Troll que te escribió improperios desde Chile, lo supiera. Y traté de pensar una serie de cosas que hago que me podrían hacer pelear por un 50% con opciones de triunfo, pero haga lo que haga, es innegable que haces 90 cosas más que yo. Aún así hay unas que yo hago mejor :

1. Soy yo el que frunció todos los músculos de la cara, como cuando uno va a partir el ganchito de plástico que viene con las medias, escondido detrás de una pared, mientras tú sonreías y te hacías la güevona en esas vacaciones familiares. Estaba así fruncido porque sabía lo que me esperaba. Más tarde fui, ya en la casa, el saco de boxeo en el que descargaste toda tu ira, protestas y disgustos padecidos por ti, todo el fin de semana. Aunque debo confesar que ser tu espacio de desahogo ha sido genial.

2. Soy yo quien tiene el turno de la noche. Desde que Lolo dejo de despertarse cada 3 horas a tomar leche, no sé en que momento se me asignó, porque nunca lo hablamos, ser la persona que ante cualquier quejido del bebé, corre por él. He llegado a la conclusión que “como Lolo es tuyo todo el día, si llora por la noche es mío”. Pero mi turno de la noche me ha permitido desarrollar una especie de oído biónico para estar alerta ante cualquier quejido del pequeño que me ha permitido atenderlo en momentos en los que tú, mi flamante 90%, está tirada en la cama escurriendo una baba sobre la almohada mientras sueñas, seguramente, con el segundo. Y sentirme responsable de esa cara tuya de descanso… la verdad, se siente genial.

3. Gracias a mi oído biónico he logrado sorprenderte trayendo a Lolo a nuestra cama, calmándolo y entregándote deliciosos momentos de “arrunche” mañanero con él. Diría que por promover estos invaluables momentos de dicha y arrejuntamiento familiar me merezco otro 10%. Pero, esto que suena tan delicioso, me ha llevado a ser acusado de ser el instigador y principal cabecilla del delito de colecho. Mientras te angustias y me cuentas que fulanito si duerme en su cuarto todo la noche yo te relajo y te explico que un par de horas de hacinamiento no le hacen mal a nadie. Que hacemos si ahí el niño, y la mamá que no tiene que levantarse por él, duermen mejor? Y tiene su lógica, invertimos una importante suma en la cama, cuna, corral del bebé, pero nunca nadie probó el colchón. Caso muy diferente a nuestra cómoda, ergonómica y patentada indeformable cama. Fomentar el desorden también se siente genial.

4. Cuando tu no puedes más yo entro al rescate. Hay días duros o como dirías tu misma, días Juemadre y en ese justo instante cuando Lolo va a hacer despertar el Hulk interior de toda madre, tu sabiamente previniendo la hecatombe que se aproxima me pides un relevo. Hulk respira y trata de volver a la calma y yo cual superhéroe salvo el momento. O por ejemplo, cuando él no puede o no quiere dormirse. Tu estás con él en su cuarto y él empieza a tratar de prender la luz, a balbucear de más, se levanta, se acuesta, llama a papá y cuando asomo tímidamente mi cabeza por la puerta estira los brazos pidiendo que me acueste con ustedes. Al 10% casi nunca lo piden! Y cuando esto pasa es genial. Muchas veces nos ha sorprendido la media noche a los tres tratando de acomodarnos en una cama de 1,20 x 1,00 en donde no sé como, terminamos cómodamente dormidos. Y sentirse el superhéroe que te ha rescatado y ser la pieza que hacia falta para que todos cayeran dormidos se siente súper genial.

Pero no todo ha sido ternura, también hemos tenido diversión. Para que tengas un ejemplo te recuerdo estas dos situaciones que sin este 10%, jamás hubieras vivido:

Como bien sabes, he jurado oír llorar a Lolo en medio de reuniones de trabajo y he salido al lobby a buscarlos  pensando que han venido a visitarme sin avisar. También lo he buscado como loco mientras paso por un parque, incluso una noche lo oí llorar y me paré como un ente para traerlo a la cama; cuando llegué a su cuarto, con total sorpresa vi que no estaba, entré en pánico. Fueron segundos de eterna angustia, cómo te iba a decir que perdí al bebé en nuestra propia casa, en nuestra propia presencia, en medio de la noche y bajo mi turno de vigilancia? El susto fue mayor cuando te sentí parada a mi lado pronunciando esa temible frase: Qué haces? Mi cerebro estaba trabajando rápido tratando de tejer una respuesta. Por un segundo me imaginé siendo Angelina Jolie en esa película en la que le cambian al hijo y ella se da cuenta pero nadie le cree. Lo tenía más o menos claro, el plan era ir por una linterna buscar primero en su habitación, luego debajo de muebles y camas, prender las luces, nada de gritos de pánico, luego llamar a la portería, a la Sijin, al Gaula, la Armada, la Defensoría del Pueblo y armar un pequeño bloque de búsqueda. Giré lentamente para decirle: No se que hice a Lolo; pero de mi boca sólo lograron salir las sílabas Lo…Lo.

  • Lolo está en nuestra cama, lo llevaste hace rato, que estás haciendo aquí?
  • Te juro que lo oí llorar…

O esa vez cuando por dármelas de considerado, oí llorar a un Lolo con apenas semanas de nacido y me ofrecí a traértelo para que empezaras tu dura labor de lactancia. Me paré como un zombie y tú y tu inevitable procedimiento de verificación de procesos escudriñó de arriba abajo mi posición, mi proceder, mi caminar y mi manera de cargar al niño, para luego, con tono increpante y azarador decirme: Andrés, la cabeza!. Yo me asusté, sería posible que yo en medio de mi aletargamiento por falta de sueño estuviera cargando un cuerpo sin cabeza? Pasé mi mano desde la espalda de Lolo para arriba y verifiqué que su cabecita ahí estaba pegada a su cuello y dije: Si, ahí la tiene. En vez de pararte a ahorcarme (aunque la episiotomía que por esos días no te dejaba moverte rápido, te lo hubiera impedido) te atacaste de la risa y horas después dándome un café me explicaste que un bebé recién nacido no ha desarrollado los músculos del cuello y al alzarlo hay que tenerle la cabeza con una mano.

Aún hoy te burlas de mi inteligente respuesta. Para mi, fue la iniciación a descubrir que como papá soy necesario e irremplazable pero que, afortunadamente, me llevas una gran ventaja.

Yo me siento orgulloso de ser tu apoyo. Darte moral en muchos casos es más importante que pararse a media noche mientras te dejamos dormir. Hacerte ver que lo estás haciendo bien es más valioso que reducir dos décimas la velocidad a la elaboración de un tetero y hacerte feliz es mil veces más poderoso que quedarse con él mientras vas a la peluquería.

Soy el papá, y uno excelente (valga la modestia) soy el apoyo, soy la moral, soy tu bolsa de boxeo, soy el orgulloso poseedor del título de 10% y se siente genial.

Deja de pararle bolas a todo lo que lees en internet.

Yoyu.

Cuando pensamos en hacerle un homenaje a las mamás siempre pensamos en las cosas altruistas que somos capaces de hacer una vez tenemos hijos. Crear vida, sacrificar una carrera profesional, decir que no queremos ese pedazo de pastel sólo porque vemos una carita que ya le puso el ojo, trabajar las 24 horas… la lista puede ser larga y todas nos la sabemos de memoria. Yo agradezco que muchos reconozcan que nuestra labor es fundamental, valiosa y difícil de reemplazar. Pero hay otro tipo de nimiedades imperceptibles y dadas por sentado que hacemos día a día por las que no recibimos crédito alguno y que merecen ser mencionadas a fin de que cuando alguien se cruce con nosotras en vez de criticarnos nos elogie o al menos nos entienda.

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  1. Estar arreglada.

Recuerdo casi con nostalgia aquellas hermosas pérdidas de tiempo en la mañana midiéndome las 18 pintas posibles para salir a la calle, recuerdo vagamente como podía poner mi playlist favorito y en medio de cantos desafinados con cepillo en mano iba haciéndome un blower perfecto, añoro cuando mantenía mis uñas pintadas con el color de moda y tengo algunos flashes de tiempos memorables donde me maquillaba sin afanes. Salir regia a la calle era toda una rutina de no menos de una hora y hoy, con todo el tema de ser mamá, esta rutina sufrió un severo recorte justo y cuando más lo necesitábamos, porque la maternidad y el embarazo por bien llevados que sean, nos golpean fuertemente. Y sí, una vez nos volvemos mamás estamos más cansadas, más ojerosas, más flácidas y más calvas pero esto no puede traducirse en una renuncia a lo más divertido de ser mujeres. Nadie dijo que iba a ser fácil pero convertirnos en las exponentes por excelencia de la tibieza no es una opción. Como bien dicen por ahí, primero muerta que sencilla.

El arte ahora está en verte producida pero casual en menos de 20 minutos, la astucia está en que la primera pinta que escojas sea la ganadora y si no lo es, llevarla con estilo el resto de día, la destreza está en verte regia y a la moda con un despeluque genial desprovisto de plancha. Cuando vemos una mujer bien arreglada en la calle no podemos saber a ciencia cierta cuanto tiempo se demoró en lograr dicho resultado pero cuando vemos una mujer bien arreglada en la calle llevando un coche y un niño de la mano sabemos a ciencia cierta que fue poco y eso, al mejor estilo de los realities que piden hacer maravillas en tiempo record, amerita un reconocimiento. Reconozcámosle a todas las mamás del mundo el talento para verse lindas sin el tiempo y el descanso que tienen el resto de mujeres.

  1. Llegar puntual.

La puntualidad siempre ha sido una de mis exigencias y obviamente viviendo en un país como éste, también ha sido la razón de muchas de mis peleas. Ahora que soy mamá en vez de volverme un poco más flexible con el tema me he vuelto más paranoica. Llegar puntual en ésta ciudad, o en cualquier ciudad capital latinoamericana, es un arte, un estrés y un chiste, pero no un imposible. Las mujeres que somos mamás y llegamos puntuales nos merecemos más que un reconocimiento: un premio, un busto o en su defecto un bono ilimitado en una tienda de zapatos. Es hora de que todos reconozcan las maratones que corremos las mamás para llegar a tiempo a un lugar. La mejor manera que se me ocurre es que comiencen a ser puntuales, que les de vergüenza cuando no lo logren o al menos que escojan de manera muy delicada la excusa que van a dar cuando lleguen tarde porque siempre habrá una mamá oyéndola y retorciéndose de la ira. Si yo, que soy mamá, que tengo que bañarme, vestirme y arreglarme (para que me reconozcan el punto anterior) bañar, vestir, alimentar y mimar al bebé, escogerle la pinta al marido, alistar la pañalera, preparar snacks para el camino, empacar coche, alistar mi cartera, parar a mitad de camino a cambiar un pañal…etc., si yo puedo llegar a tiempo, usted que no tiene hijos, no solo puede sino debería hacerlo. Si este esfuerzo no me lo reconocen al menos reconozcan que llegar tarde no siempre es culpa de Petro sino de la pereza.

  1. Tener un matrimonio feliz.

Siempre hemos oído que mantener vivo el amor y no dejarse matar por la monotonía es una de las cosas más difíciles en una relación. Y si. Del enamoramiento desenfrenado del comienzo en el que un peo nos provocaba ternura o una carcajada va quedando solo un olorcito maluco que ya no nos parece tan divertido. Salir arreglada de la casa es un chiste comparado con mantener el amor igual o más bonito que el día uno. Y si la cosa nos parece complicada entre dos seres humanos súmele un tercero. Un hijo, con todas las cosas lindas que trae, también pone a ratos a tambalear eso que creíamos tan sólido. Nosotras estamos más irritables consecuencia clara de la falta de descanso y ellos…pues ellos también han trasnochado con nosotras y no están en sus mejores condiciones para aguantarnos. Aparecen peleas que no conocíamos pensando en la manera de como criar a los hijos y nuestras convicciones chocan entre si porque cada uno cree que es mejor hacer las cosas de una u otra manera. Nosotras enamoradas por completo del nuevo integrante familiar olvidamos a ratos que ya teníamos otro amor de la vida que no se puede descuidar. Ahora la labor es más desafiante y nada mejor que respirar las veces que sean necesarias para encontrar la claridad que nos haga apostarle al primer amor por encima de todo para que el segundo crezca en un hogar que valga la pena. Si mantener un matrimonio es una maratón mantener uno con hijos es una triatlón. Encontrar parejas bonitas en medio de un mundo que ya no cree en cuentos de hadas es fantástico pero encontrar parejas felices y enamoradas con hijos es realmente fenomenal. Y es algo tan difícil que el crédito hay que compartirlo con ese 10% que en este caso se vuele un 100.

  1. Hablar de temas de actualidad.

Si bien el tema que más dominamos es el de la maternidad, cuando encuentre una mamá con la que pueda sostener una conversación acerca del último revés de algún político, o comentar un libro que no sea 50 sombras de Grey, o debatir cualquier tema interesante de actualidad: Atesórela. Entre levantarnos a media noche a lidiar un llanto, madrugar a preparar un tetero, arreglarnos para llegar a tiempo, consentir al marido, ver un capítulo de La Casa de Mickey Mouse por veinteava vez, inventar un juego para que nos reciban el almuerzo, salir al parque, hacer mercado, llamar a la mamá, luchar para que en la noche por fin se queden dormidos, arreglar el desorden, etc., queda muy poco tiempo para ver un noticiero y muy poca energía para leer más de dos páginas de un libro o ver una película completa. Así que disculpe si algunas veces parecemos disco rayado con el tema de la crianza o si no estamos enteradas del último look de las Kardashians pero también denos el crédito cuando se siente a nuestro lado y podamos hablar de Carrie, la bipolar agente de la CIA y no de Callie, la gatita Sherrif de Lindo-rincón-amistoso. Eso si, consejo de mamá, húyale a la mujer sin hijos que anda como loca buscando boletas para el Pretelgate porque le dijeron que era el espectáculo de moda en Colombia.

  5.   Antojarse del segundo.

Si yo diseñara un concurso para premiar a las madres, habría un galardón especial dedicado a todas aquellas que después de haber pasado por un primer embarazo, un primer parto, un primer post-parto, una primera lactancia deciden libremente tener un segundo hijo e incluso un tercero. Nadie les reconoce su valentía, dedicación y locura. Quedar embarazada de tu primer hijo es como ir a Disney por primera vez, estás extasiado con todo lo que ves, no puedes creer semejante maravilla, quieres hacer absolutamente todo, es tu mejor experiencia pero al mismo tiempo descubres que las boletas para entrar son carísimas, las filas para cada atracción son mortales y el cansancio que te queda encima no te lo habías imaginado. Quedar embarazada de tu segundo hijo es volver a Disney, sabes que la experiencia va a ser increíble pero también sabes todo lo que te va a costar. Y si ésa osadía no merece un reconocimiento especial no se que más puede tenerlo. Dicen que los segundos hijos se crían solos pero con uno para mi ya es bastante difícil estar arreglada, llegar puntual, seguir felizmente casada, estar enterada de lo que pasa en el mundo o simplemente ir a cine, por eso todo mi reconocimiento a aquellas que deciden ser mamás una y otra vez teniendo plena conciencia de lo duro del trabajo… bueno y también toda mi envidia porque sus billeteras claramente están mucho más acolchadas que la mía.

Por último, les pido que si la próxima vez que nos veamos parezco recién levantada, nada me combina, el pelo me brilla de lo cochino, llego media hora tarde, ando de pelea con mi 10%, no se quién es Nicolás Gaviria y en vez de buscar el segundo bebé ando rifando el primero, abráceme porque estoy en uno de esos días Juemadre, dígame que me veo linda sin maquillaje, que ser puntual es para la clase media, que nadie sabe quién es Nicolás, ni Paloma, ni Frank Underwood y que mejor deje de joder porque la manera como me mira mi bebé y mi 10% es el mejor reconocimiento y la mejor razón para ser feliz.

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Después de mi artículo de los tipos de mamá, alguien me escribió diciéndome que me había hecho falta una: la mamá sacrificio. Esa a la que le parece una herejía tener una niñera. Después de 1 año y 9 meses (edad exacta de Lolo) me vengo a dar cuenta que soy esa mamá exagerada, que debe y tiene que hacer todo lo que se refiere a Lolo. Imagino perfectamente las cosas que me critican mis familiares cuando les da por darme rejo a mis espaldas, y esa es una de ellas.

MEJOR QUE NUNCA BLOG

Yo me la paso con Lolo y cuando hay algo que tengo que hacer sin él, mi mundo colapsa, bueno, no sólo el mío. Yo entro en crisis y el primer perjudicado es mi 10%, pongo mi peor cara de ternero degollado y pregunto suavemente si será muy grave que no vaya a la oficina por un par de horas. Cuando mi 10% no puede, los segundos damnificados son mis papás, miro el calendario a ver si mi compromiso coincide con su visita, si no, los llamo y pensando que no se dan cuenta de mis oscuros intereses les pregunto si no tienen ganas de adelantar su llegada a la “calurosa y poco congestionada” Bogotá. La mayoría de veces mi 10% y mis papás me resuelven la vida. Y si no, recurro a mi cuarta víctima: Oma. No estoy hablando de la cadena de café, sino de la directora, subdirectora, jefe administrativa, coordinadora de la limpieza, organización, funcionamiento y alimentación de mi hogar.

En el último mes, tuve que recurrir a ellos más de la cuenta. Despedirme de Lolo cada vez que tenía que salir de casa, cuando no era en medio de un mar de lágrimas y abrazos, era gracias a toda una logística de escape coreografiada y medida, digna de cualquier agente de la CIA.

Todo esto, para que a los 5 minutos, con los ojos hinchados de llorar, todavía llenos de lágrimas y con la voz entrecortada, yo llamara a preguntar como seguía mi chiquito y me dijeran que estaba mejor que nunca. Mejor que nunca? Hombre, es reconfortante saber que tu hijo quedó en buenas manos, que está tranquilo y feliz, pero MEJOR QUE NUNCA? ¿Tan intensa soy que se siente aliviado sin mi? ¿entonces que fue ese show que hizo para que no me fuera, puro teatro?Es que acaso no me extraña?

Al parecer, o al menos lo que me han dicho sus cuidadores, no. Es decir, por momentos empieza a buscarme por toda la casa, a ratos se para en la puerta con la llave pensando que estoy por llegar o va de cuarto en cuarto revisando las puertas pensando que estoy detrás de una, como solemos jugar. Pero lo cierto es que Lolo no entra en crisis como yo. Es más, no sólo no echa de menos a su cuidadora estrella (modestia aparte) sino que para colmo de males se comporta de maravilla o, para seguir escociéndome la herida, se porta MEJOR QUE NUNCA. En un comienzo llegue a pensar que eran mentiras piadosas que me decían para que yo estuviera tranquila cuando me iba. Y si, obvio, muchas veces no me dicen todo lo que pasa en el día para no preocuparme. Pero con el tiempo, empecé a descubrir que los niños se portan diferente, por no decir mejor que nunca, cuando no estamos cerca. Lo notaba cuando veía al hijo de mi amiga pasando una tarde solo con la tía, lo confirmaba cuando veía a mis sobrinitos un fin de semana solos con los abuelos y me sorprendía cuando recibía las fotos de Lolo en mi ausencia comiéndose todo el almuerzo.

Alguna vez escribí que los hijos estaban diseñados para hacernos quedar mal, pensando en esas veces en las que chicaneamos alguno de sus logros o buen comportamiento y en público hacen todo lo contrario. Pero he descubierto que su verdadera cualidad para hacernos quedar como un zapato es portarse como unos príncipes cuando no estamos, con el cruel objeto de darle credibilidad a esa frase que odiamos: “el niño estaba bien hasta que llegó la mamá”. Y aunque me dicen esta frase a menudo tengo mis oídos entrenados para que conviertan esas palabras odiosas, pero ciertas, en “eres una madre excelente, mira como tienes de bien educado a tu hijo que no nos dio lora cuidarlo”.

La cosa es que uno nunca sabe la clase de mamá que va a ser hasta que tiene un hijo. Y yo acabo de darme cuenta que como mamá soy muy parecida a una novia intensa y celosa. No tengo niñera, no he querido meter a Lolo al jardín hasta que cumpla 2 años, yo misma lo llevo y me quedo con él las dos mañanas a la semana que va a pre-jardín, yo me baño con él, hago mercado con él, monto en bici con él, voy al médico con él, entro al baño con él, peleo con él y me reconcilio con él.

Y si esto me convierte en una novia intensa y celosa debo confesar que no me falta mi novio canalla. Un hijo es como ese novio que todas tuvimos de adolescentes. Un convencido que sabe que nos pone a correr a la primera llamada, un muchachito consentido que necesita ser criado y al que nos sentimos capaces de cambiar, un chico malo que hace lo que le prohibimos por puro placer, un coquetón que no tiene problema en olvidarse de nosotras por irse detrás de una niña en la calle, un don Juan que sabe que nos domina tirándonos un beso, un conchudo que sabe que siempre le limpiaremos sus cagadas y, aparte de todo, un descarado que después de haber pasado una tarde increíble con otra gente se atreve a hacernos un show de celos tan pronto nos volvemos a encontrar. La verdad sea dicha, como mamá soy una novia celosa y Lolo como hijo es mi novio bandido.

Pero, a diferencia de la inocencia de adolescente que me hizo ganarme varios cachos, esta vez si puedo asegurar que si Lolo se porta más juicioso sin mi y hace un escándalo cuando me ve, es para demostrarme su cariño. Estamos enamorados, nos extrañamos, marcamos territorio, nos aguantamos muchas cosas, entre esas tener por momentos que estar separados, nos conocemos todos nuestros achaques y cuando nos volvemos a encontrar nos desquitamos. O es que acaso, ustedes no se portan mejor en presencia de aquellas personas con las que sienten menos confianza?

Mamá no hay sino una y no me refiero a que seamos irremplazables, que lo somos, sino a que cada una es diferente a otra. Hay mamás trabajadoras que ven como fracasadas a las que se quedan en casa, mientras que las que se quedan en casa las ven como desalmadas. Hay mamás estrictas, consentidoras, relajadas, intensas, regañonas como también hay otras que, desafiando la lógica y lo natural, se ausentan. Uno se topa con todas en la vida. Todas nos enseñan algo. A veces cosas que quieres imitar y muchas veces cosas que no quieres repetir. Obviamente hay más de 5 clases y de diferentes voltajes pero yo suelo cruzarme repetidamente con estas 5:

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  1. Mamá Biodegradable.

Casi siempre es aquella mamá que parrandeó cruzando todos los límites en su juventud, usó, y abusó, de todo lo que le ofrecieron y ahora en compensación necesita que su hijo no consuma nada que no sea orgánico, saludable, libre de gluten, libre de grasa, libre de diversión y libre de sabor. Su espíritu y su estilo es hippie pero necesita las comodidades que tiene gracias a su familia. Soñaba con un parto natural en el agua, sin anestesia, con sus amigos alrededor tomando vino y con su “doula” enseñándole ejercicios de respiración. Podría sacarte los ojos si te ve dándole una Óreo a tu hijo o en el peor de los casos te la cambiará por unas galleticas de sagú, ajonjolí y quinua que sólo pueden saber rico con una cucharada de mermelada encima. Vende entre sus amigas hamburguesas de lentejas que hace en los ratos libres y aunque tiene un discurso claro sobre los efectos nocivos de una Tablet sobre los niños y el entorno familiar, razones de peso para jamás comprar una, de tanto en tanto, cuando no logra calmar una pataleta con un par de maracas, la verás dejándolos jugar con su celular con tal de no perder la razón. Es defensora de la lactancia a demanda y si es posible hasta los 12 años. La reconocerás porque no sale de casa sin su fular.

  1. Mamá Pantalla.

Es la típica mamá que no le gustan los niños pero tuvo 2 o 3 porque le enseñaron que para ser familia había que tener hijos. Nunca ha ido al parque con sus hijos porque la mata el aburrimiento, nunca la verás esperando a sus hijos a la llegada del bus porque para eso está la empleada, nunca hizo el curso psicoprofiláctico porque habían tardes con amigas mucho más interesantes, nunca la verás ayudando a hacer una tarea porque para eso está el papá y el colegio, nunca la verás sentada con sus hijos inventando un juego nuevo o leyendo un libro pero, eso sí, siempre tendrá la voz entonada y lista para una cantaleta. Es ese tipo de ser que es querido con todos pero siempre está reprendiendo a sus hijos. Ella siempre te dará un consejo de maternidad porque jura tener todas las respuestas. Es la que se jacta de ser estricta por amor pero uno le ve lo estricta por todo lado pero por ninguno el amor. Siempre te va a mirar mal o a criticar porque te pasas de consentidora y porque dejas que tu hijo se pase a tu cama. Se ha autoconvencido que para ser una buena madre hay que ser la mano dura y dejarle toda la diversión al papá. Es la mamá pantalla porque aunque lea esto no se va a sentir identificada y seguirá creyendo que ella no nos parece fiera ni mala madre. Y aunque alardea de lo orgullosa que está de sus hijos y de lo mucho que los ama por redes sociales, cuando uno la ve con ellos parece que le estorbaran. La reconocerás porque siempre está tomando vino con sus amigas.

  1. Mamá Maravilla.

Odiada por todas. No sabemos que pacto tiene con el demonio pero salió de la clínica sin barriga. A los 15 días ya cabía en sus jeans de adolescente y a los 2 meses estaba en bikini paseándose por la playa. Hace ejercicio pero no es exageradamente fitness y fácilmente la puedes ver comiéndose una hamburguesa con papas fritas y malteada. Su matrimonio, es de esos escasos y ridículos casos que legitiman los cuentos de hadas; su esposo, casi siempre deportista exitoso, es millonario, súper churro, amoroso, detallista y, para colmo de males, divertido; sus hijos, no sólo podrían ser parte del catálogo de Gap sino que desde ya se los están peleando en Harvard y Oxford para que estudien allí; y ella, aunque bien podría vivir de su marido, es el triple de exitosa. De este espécimen hay 10 en el mundo, y si usted no mide 1,80, no es un ángel de Victoria Secret o no es Gisele Bundchen, por más que lo haga bien es una heroína, pero jamás la mujer maravilla. La reconocerás porque mientras la miras de reojo en tu cabeza dirás “mmm yo le haría”. 

  1. Mamá Problema.

Es la queja hecha persona. Cuando estaba embarazada le molestaba hasta respirar y rezaba para que el bebé no se amañara en la barriga hasta las 40 semanas. Como dice la canción: malo si sí, malo si no. El mundo entero está condenado a oírle día y noche que el tiempo no le alcanza, que el niño la cansa demasiado, que la empleada no sirve para nada y que los días siendo mamá son muy largos. Ha cambiado de pediatra más de 3 veces y ahora que encontró al perfecto, lo tiene aburrido con tanta llamadera. Ha pedido cita en todos los colegios de la ciudad y su hijo ya ha pasado por 3 en menos de un año. Suele pasar que su bebé es el más juicioso y el más simpático pero ella siempre va a encontrar algo de que quejarse. Es ese tipo de persona que siempre se está quejando del dolor de espalda y a la que el mundo le huele un poco mal. Si la invitan a algún lado consulta el estado del tiempo, vías de acceso, el tráfico, empaca una pañalera como para ir al Amazonas pero termina quedándose en casa para no interrumpir la siesta del bebé. La reconocerás porque siempre menospreciará tu cansancio y siempre creerá que tu vida es más fácil. 

  1. Mamá Despistada.

No sabemos como ha sobrevivido un bebé bajo sus cuidados. Cree ciegamente que el pañal va a durar las 12 horas que promete el comercial, nunca se acuerda a que horas hay que darle el antibiótico y su particular manera de alzar al bebé nos recuerda que los niños pequeños son de caucho. Sospechamos que los golpes que se ha dado el bebé han sido bajo sus cuidados y en su pañalera siempre falta algo, casualmente el pañal. Es esa mamá que olvida todo. Olvida que el lunes es feriado y aún así alista a los niños para ir al colegio, olvida que tenía que mandar disfrazado al chiqui al jardín y haciéndole tres huecos a una bolsa negra improvisa un disfraz de basura. Puede haber estado todo el día con el niño y solo hasta que una amiga le dice que el pobrecito está muy colorado se da cuenta que tiene fiebre. Suele pasarle que al llegar al supermercado se acuerda que ha dejado algo en el carro: el bebé. Y es esa mamá que tiene un carné de vacunación por cada vez que lo ha llevado a vacunar. La reconocerás por su cara de asombro al preguntar en el shower de otra amiga “¿eso era para eso?”

Seguro ya identificaste a tus amigas pero todavía no sabes cuál eres tú. Seguramente eres como yo: una mamá collage. De esas que tenemos de todo un poquito y que, casi podríamos describirnos como los horóscopos: soy Despistada pero con ascendente Problema, aunque dependiendo del mes del año me vuelvo Biodegradable, algunos días muy duros me convierto en Pantalla y, depende con los ojos que me mire, a ratos soy Maravilla. Yo, por ejemplo, después de visitar mi amiga Biodegradable, durante una semana hago que mi familia solo coma ensalada de quinua y galletas de arroz soplado. Cuando veo a mi amiga Pantalla, siento que todo lo estoy haciendo mal, que soy muy suave con Lolo y que por eso se va a quedar solterón y por un día trato de implementar en mi casa el régimen del terror. Cuando veo a mi amiga Maravilla (la verdad no tengo amigas maravilla, pero las sigo en Instagram), prometo una y otra vez sacar tiempito para hacer ejercicio y no volver a subir fotos en las que no estoy maquillada. He sido mil veces la mamá problema que cuando llega mi 10% lo hago pensar en pedirme el divorcio, contratar 3 nanas u hospitalizarme en un psiquiátrico después de mi decálogo de quejas. Y por supuesto, como mamá primeriza he tenido mis descaches y me da cierto fresquito saber que no soy la única que se ha bajado del carro y ha dejado adentro las llaves y el bebé. O sí?

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Razones para irse de paseo sin hijos hay muchas y sin lugar a dudas, razones para viajar con ellos más. Aún así, de tanto en tanto, yo diría que debido al instinto de supervivencia, nos invade la idea de viajar solos. ¿Qué tan beneficioso es para nosotras (y nuestro 10%) darnos estas escapaditas? ¿Qué tan traumático y perjudicial es para nuestros chiquis?
No sé. No soy ni psicóloga, ni pediatra ni pitonisa. Lolo no ha cumplido dos años y yo ya me he escapado dos veces. Habrá quienes digan que soy una madre desnaturalizada. No faltará quien asegure que por esto ya le generé traumas de abandono, confianza y dependencia. Otros estarán de acuerdo conmigo en que un par de días libres de paternidad y maternidad son necesarios al menos una vez al año.

Tengo dos amigas que este semestre van a hacer su primer viaje sin hijos y desde que tomaron la decisión me llaman a diario a preguntar como fui capaz. Después de entender que no me están haciendo un reproche sino que me están lanzando un genuino grito de ayuda, me senté a pensar seriamente ¡¿cómo fui capaz!?
Y la verdad no lo sé. Se me ocurren dos consejos inmediatos. Primero, responsabilice a alguien más de comprar los tiquetes. En mi caso mi 10% es el encargado de organizar fechas, tiquetes e itinerarios, si esta labor quedara en mis manos claramente nuestro primer viaje sin Lolo sería para celebrar nuestras bodas de oro. Y, segundo, deje al bebé con sus personas favoritas; las suyas y las de él. En mi caso, sólo estoy tranquila si se queda con mis papás, en parte porque sé como son sus cuidados y ellos conocen los míos, y en gran parte porque Lolo enloquece de amor apenas los ve.

Una cosa es cierta, el mes inmediatamente anterior al viaje un nudo se va a posar de manera permanentemente en su garganta y un par de lágrimas caerán por sus mejillas cada vez que piense en el momento de la despedida. Se va a sentir mala madre, irresponsable y a parte de todo conchuda, lo que hará que no sea capaz de pedir una ayuda extra para poder ir a hacerse un pedicure decente antes del viaje. Las mamás nos reconocemos unas a otras por la ausencia o por el precario estado de nuestro manicure.

Llega el gran día y, contrario a todos los pronósticos, somos capaces de salir de casa dejando lo que más amamos en el mundo. Qué contradicción! Se acerca el descanso que tanto decíamos que nos merecíamos y no podemos dejar de sentirnos culpables. Y para colmo de males todas las expectativas que teníamos del viaje empiezan a chocar con la realidad.

Expectativa #1. Vamos a dormir todo lo que no hemos podido y un día nos pegamos una rumba de locos.
Jua.
Realidad. Uno sigue con el horario de casa pegado en el inconsciente, es normal abrir el ojo incluso antes de lo acostumbrado. Y de sólo pensar que puedes perder un día de descanso lidiando con un guayabo infernal, terminas de plan zanahorio, por cierto delicioso, y yéndote a dormir mucho antes de lo planeado sin entender cómo has podido funcionar estos meses con la cantidad de cansancio que tenías acumulado.

Expectativa #2. Vamos a desconectarnos del mundo.
Jua, jua.
Realidad. Esta vez más que nunca le sacaras leche a tu plan de datos para saber a que hora se levantó tu bebé, si comió, si jugó, si está contento, si lloró. Mi consejo: pide que te manden fotos y habla con la persona que te lo está cuidando pero ni de riesgos pidas verlo en tiempo real. Tan pronto tu lo veas querrás teletransportarte, mientras que él, con un desespero en crescendo, tratará de entender por qué no puede agarrar a su mamá. Si todo iba bien sin ti, que seguro va bien, habrás ocasionado un desastre. Y darás pie a la temida frase de “el niño estaba bien hasta que vio a la mamá”

Expectativa #3. Vamos a desentendernos del tema bebé y seremos felices
Jua, jua, jua.
Realidad. Por una extraña coincidencia o por obra de un destino envidioso y macabro siempre vas a tener una pareja al lado viajando con sus hijos. En el avión, en el restaurante, en la piscina habrá una familia feliz que te embuchará de culpa. Pensarás “yo me lo hubiera podido traer” y llorarás porque siempre habrá un niño que te recuerda al tuyo. Sufrirás si lo ves reír porque es una risa que te recuerda que te estás perdiendo la del tuyo y sufrirás si lo ves llorar porque te preguntarás si al tuyo lo están consolando.

Expectativa #4. Vamos a viajar sin angustia. ¡Que felicidad no estresarse en un aeropuerto!
Jua, jua, jua y jua
Realidad. Nos damos cuenta que los aeropuertos son babyfriendly. Qué desilusión volver a hacer una fila de inmigración después de sentirnos casi diplomáticos sobrepasando al resto de mortales empujando nuestro coche. Ya no hay azafata que te sonría porque tu bebé le parece la cosa más divina del mundo y la fila para conseguir un taxi no avanza gracias a que aparece gente con bebé a la que le dan prioridad.

Expectativa #5. Esto le va a servir al bebé para ganar independencia.
Juaaaaaaaaa!!!!
Realidad. Sí, mientras tu no estás. Cuando se reencuentren, te mirara con algo de duda (segundos que te harán sentir la peor mamá del mundo) y cuando confirme que no es un engaño se abalanzará sobre ti y no te soltará por 3 semanas o más, a riesgo de que te le vuelvas a perder, no querrá que te le despegues medio centímetro. Lo bueno es que vas a llegar con energía renovada y recargada para lidiar con estos consentimientos y volver a acumular cansancio hasta la próxima escapadita.

Una cosa si sé, a pesar del panorama tenebroso que te acabo de describir, vale la pena escaparse y no dejarse amedrentar por el miedo o la culpa. Son unos pocos días para ti que llevas meses viviendo para otros. Días que estarán llenos de charlas largas y sin afanes, de arrunches sin límite de tiempo, de silencios necesarios, de un regreso a la realidad revitalizado y un reencuentro lleno de emoción inexplicable.

DCIM100GOPRO

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No hay nada más angustiante, nada más triste, nada más aburridor y nada más desgastante que ver al hijo de uno enfermo. Me parte el alma verle sus ojitos enfermos y no poder hacer nada más que seguir las instrucciones del médico y aumentar los niveles de consentimiento (que ya de por si yo me los puse bastante altos). Siempre que lo veo indefenso, sin poder siquiera decirme donde le duele me gustaría tener el súper poder de quitarle todos sus males así me tocara aguantármelos a mi.

La evidencia indica que todas tenemos ese súper poder, pero mal diseñado. Una vez empezamos a ver signos de recuperación en nuestro bebé, ese preciso instante en que sentimos que estamos a punto de coronar y volver a ver la luz del sol, el virus, obviamente mutado en uno más fuerte, pasa a nosotras. Bravo! Hemos logrado sentir lo que sentía nuestro pequeño y ahora no hay quien cuide de nosotras.
Lolo acaba de superar un virus que nos tuvo encerrados 5 días. 5 días inventándome planes y actividades divertidas para hacer en casa. 5 días lavándole la cola en el lavamanos porque la cosa estaba tan aguada que no había bolsa de pañitos que aguantara. 5 días llamando a la droguería por otro tarrito de crema antipañalitis. 5 días lavando el extractor de jugos (tarea nada fácil) cada 2 horas para hacerle jugo de manzana natural. 5 días tomándome el jugo de manzana natural que Lolo rechazaba. 5 días corriendo con una cuchara de pedialyte y una galleta de soda detrás de Lolo. Y por supuesto 5 noches desvelada cuidando que no volvieran las temidas altas temperaturas y limpiando sábanas.
Hoy, 5 días después, Lolo corre feliz, salta, grita, pide calle. Anda tan alborotado que, supongo, es su manera de recuperar el tiempo perdido durante sus días de convalecencia. Yo, por el contrario no quiero y si pudiera no me pararía de la cama. Pero soy mamá, una que no tiene niñera, ni suegra ni mamá cerca (lo que a veces resulta bastante saludable y el resto de tiempo bastante traumático) así que la incapacidad que me ha dado el doctor es tan obsoleta en esta casa como la elíptica que una vez juré usar todos los días. No tengo opción, hago un esfuerzo sobrehumano por seguirle el ritmo a Lolo y al dinosaurio rosado que no para de saltar detrás de él y que al parecer es tan solo una consecuencia de la fiebre que tengo. Dónde carajos está mi 10% cuando más lo necesito?
Como es de suponer a mi 10% también se le ha pegado el dichoso virus, pero como él es hombre está realmente débil, desahuciado y achacoso; si fuéramos católicos ya me habría hecho llamar al obispo para aquello de los santos óleos. Comparamos los síntomas y comprobamos que tenemos exactamente lo mismo, aunque mi 10% insiste en asegurar que lo de él es mucho más grave porque sino podría pararse a echarme una mano con Lolo. Nada que hacer, hay una falla (en realidad varias, que valdrá la pena ponerlas en un futuro post) de diseño en todo esto de la maternidad y mientras identifico a quién hacerle el reclamo no tengo de otra que cuidar de Lolo, cuidar de mi 10% y eventualmente, si me queda algo de tiempo, cuidarme a mi. Ser mamá significa no tener derecho a enfermarse para poder seguir velando por todos. El problema es que en efecto nos enfermamos, nos cansamos, nos quejamos pero sea como sea tenemos que seguir funcionando. 

Si la madre naturaleza fuera realmente madre, las mamás seríamos inmunes a cualquier tipo de enfermedad al menos durante los primeros 5 años de vida de nuestro bebé. Pero…qué estoy diciendo? Debe ser la fiebre hablando por mi, corrijo: si la madre naturaleza no sólo fuera madre sino además tan sabia como dicen, las mamás estaríamos blindadas de por vida a cualquier virus, enfermedad o accidente. Si el universo tuviera alguna lógica nos mantendría a las mamás a salvo para poder seguir cuidando de todos. No sé que efecto tienen mis abrazos en Lolo pero logran calmarle cualquier malestar, cualquier miedo y cualquier congoja. Es el mismo efecto que tiene sobre mi las arrunchadas con mi mamá. Y así como quisiera poder estar siempre ahí lista para darle a Lolo el abrazo que necesita también quisiera que mi mamá siempre estuviera aquí cerquita para darme el mío.

Insisto, toda mamá debería ser inmune y, por ahí derechito, eterna.

NOTA: Si después de leer este artículo, no sabes a que me refiero con “Mi 10%”, haz click aquí.

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Por muy buen papá que usted sea, el 90% de la paternidad recae sobre nosotras las mamás…

Sin un discurso ultra feminista, usando brasier, afeitándonos las piernas, sin salir a marchar, sin despreciar al género masculino y sin quererlo destruir, las mamás hemos logrado darle la vuelta a uno de esos aspectos que hasta hace 50 años, parecía imposible: el rol de los hombres en el hogar. Nuestros abuelos no hacían lo que hicieron nuestros papás y nuestros papás no se acercan a lo que hoy hacen nuestros esposos.

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Los papás de hoy reivindican su paternidad siendo más maternales. Nos acompañan al ginecólogo y al pediatra, cambian pañales, hacen teteros, llegan temprano, tienen licencia de paternidad, limpian vómitos, se levantan a media noche y si por mi fuera hasta darían teta. Muchos creerán que este cambio ha significado un repartición de cargas entre papás y mamás llegando a un equilibrado 50-50. Pero después de una larga y consciente reflexión ante el espejo, he llegado a la conclusión que por muy buen papá que usted sea, su ayuda representa el 10 por ciento dejando el 90 restante sobre nuestros hombros o, para ser más exacta, sobre nuestras caderas. Es mi teoría, a la que llamaremos “La teoría del 10%” basada en ningún estudio científico y comprobada únicamente por un caso de éxito: el mío. Antes de lanzarme tomates o darme unfollow (para que vean que soy una mamá vanguardista) déjenme explicar la teoría del 10% ya que tengo el extraño presentimiento que también aplica para usted:

Tenemos un gran 100% que representa nuestro universo como padres de familia. 50% de mamá 50 % de papá … hasta que analizamos nuestras variables.

Un espermatozoide fecunda un óvulo. El espermatozoide es de ellos, el óvulo nuestro. Perfecto! Se mantiene el equilibrio:

50 50

El óvulo está en un ovario, el ovario está en una trompa de Falopio, la trompa está en… para no hacer esto más largo resumo: todo esto está en nuestra barriga. Por cuestiones de diseño y biología quedamos:

48 52

Durante los primeros tres meses de embarazo ellos siguen su vida normal mientras nosotras sufrimos mareos, náuseas, vómito, acidez, ganas incontrolables de orinar a toda hora, cansancio y sueño excesivo. Molestias que nos dejan en un:

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El resto del embarazo nosotras sufrimos estreñimiento, incontinencia urinaria, hinchazón de pies y tobillos, dolor de espalda, calambres, estrías, manchas, kilos de más y por si fuera poco nos volvemos unas maquinitas expendedoras de gases del tracto digestivo. Ellos claramente nos ganan en eso de ser maquinitas expendedoras pero para ellos no es una molestia sino una diversión, teniendo en cuenta los otros síntomas el porcentaje de ellos sigue a la baja:

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Eso si, no es que estos primeros meses todo sea paz y amor para ellos. Ya que les corresponde calmarnos los antojos, soportar estoicamente nuestros cambios de ánimo y aprender a manejar el alboroto de nuestras hormonas. Aceptemos que no somos nada fáciles y cedamos un poco:

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Llega el parto. Ni siquiera voy a desgastarme hablando de esto, con una pequeña lista de palabras creo que pueden hacerse una idea: contracción, pujar, placenta, tapón mucoso, cordón umbilical, tacto vaginal, episiotomía, membranas, dilatación, desgarro, epidural, expulsión, cavidad, pañal de maternidad. Lo más coherente es que quedamos en un:

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Después aparece nuestra amiga la lactancia que por bien que nos trate nos arranca miles de lágrimas y a algunas hasta un poquito de piel. En honor a nuestras pochecas, que no vuelven a ser las mismas, acordemos un:

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Vale aclarar que cuando les preguntamos si estamos gordas, si allá abajo la cosa se siente diferente o que si nuestro cuerpo era mejor antes, nos mienten cariñosamente y nos llenan de autoconfianza. Gracias, así que tomen este abono:

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Comienza la crianza que hace ver todo lo anterior como un paseo y ellos siguen ahí siendo la mano dura cuando la necesitamos y reemplazándonos cuando la paciencia comienza a flaquear. Les doy varios puntos extra porque bien podrían hacerse los desentendidos y no lo hacen.

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Nosotras nos acostumbramos, por no decir resignamos, a ir al baño en 2 minutos con la puerta abierta mientras tratamos de que el bebé, que siempre nos acompaña, no haga estragos debido a su obsesión con el papel higiénico. Ellos fingen estreñimiento, cada entrada al baño no es de menos de 20 minutos y su única compañía es el celular. Odio resaltar lo obvio pero nosotras volvemos a ganar:

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Ellos nunca saben donde están guardadas las cosas, pueden dormir más que nosotras pero siempre aseguran estar más cansados, no pueden hacer dos cosas al mismo tiempo y si fueran ellos los que quedaran embarazados se agotarían las existencias de anestesia en el mundo, la licencia de maternidad duraría 3 años y le seguirían otros 2 de incapacidad por traumatismo. Ahora nos quedan debiendo:

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Les perdono un poco su deuda y les dejó un -20% porque por el hecho de ayudarnos tienen que aguantar (no se como lo hacen) que les digamos una y otra vez que como ellos hacen las cosas no es, además deben soportar nuestras órdenes y recriminaciones disfrazadas de consejos amorosos: “no mi amor es mejor que le pongas el pañal como yo se lo pongo, de razón que ayer amaneció con la pijama mojada”, “corazón ya te he dicho que es mejor si alzas al bebé como yo lo hago”, “mi vida que no revuelvas el tetero así, cuantas veces te lo tengo que decir?, yo ya lo hubiera hecho y con una sola mano”.

Una cosa si es innegable ser papás les eleva el sex appeal, nada despierta más suspiros que verlos cargar un bebé. Una mujer con un bebe en brazos por la calle nos da pesar. Un hombre con un bebé en brazos nos hace envidiar a la esposa, querer ser madres 10 veces y tratamos de coquetearle diciendo un: tan divino!!!!! La paternidad los vuelve tan increíblemente sexys y a la vez tan tiernos que el único capaz de igualarles podría ser el gato con botas de Shrek. Esta batalla si la tenemos perdida…recuperan lo que deben y se ganan un 10, he ahí el famoso 10%

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Un 10% nada despreciable porque se siente como un 80%. Sin ese 10 nuestra existencia sería muy miserable. No cabe duda que con ese porcentaje nos hacen la vida mucho más fácil, feliz y divertida; y aunque la mitad de las veces los queremos ahorcar, el hecho de no tenerlos al lado sería el pasaporte directo a un hospital psiquiátrico.

Si después de analizar los datos usted es de las afortunadas que puede incluir a su esposo en la muestra, vaya bese, apapache y dele una noche libre a su 10%. No se le olvide que por más que amé a su bebé primero está su marido. En mi casa Lolo, por más increíble que sea, no desbanca del trono a Nuwo, finalmente es con él, con mi 10% , con el que voy a compartir el resto de vida. Además a mi 10% no va a empezar a darle pena abrazarme en público, no se va a conseguir una novia y le va a seguir pareciendo parchado viajar conmigo…. espero!.

Si usted es de las verracas que únicamente tuvo el 2% del espermatozoide, es mi ídolo y me le quito el sombrero porque a falta de ese 10% usted se merece un 200%.

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