Madre primeriza, vengo del futuro, tengo un mensaje para usted, tranquila, no todo va a estar bien.

 

¿Se siente usted agobiada porque su hijo todo se lo comunica llorando?

Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Su hijo aprenderá a hablar, dirá palabras con una pronunciación que la hará morir de amor, construirá frases que usted querrá anotar en una agenda que se llame “los mejores apuntes de mi hijo”. Pero prepárese, habrá momentos del día que lo único que añorará es un minuto de silencio. Un segundo sin ese tono agudo que rebota en sus tímpanos y que se repite como un loop eterno con las palabras “mamá” “¿por qué?” “mamaaaaaa”.

¿Se siente usted desesperada porque para salir a la calle debe cargar un equipaje de mano que cualquier aerolínea le obligaría aforar por exceso de peso?

Un equipaje lleno de artículos esenciales como pañales, pañitos, cambiador, mudas de repuesto, crema antipañalitis, tetero limpio, tetero limpio dos por si acaso, juguete para entretener 1, juguete para entretener 2? Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Usted desempolvará la carterita de mano porque ellos dejan el pañal. Pero prepárese para en el proceso trapear mas pisos que Cenicienta, cambiar más ropa que presentador de los Oscar, pararse en la mejor parte de la película y atravesar medio cine ante los respiros de queja del resto de espectadores para llevarlo al baño y, peor que todo lo dicho anteriormente junto, conocer baños de mala muerte porque su hijo necesita ahí y solo ahí hacer el temido número dos.

¿Se siente usted jorobada porque su hijo para caminar y no darse contra el mundo necesita agarrarse de su dedo índice todo el tiempo para recorrer una y otra vez el mismo restaurante?

Tranquila, vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Usted recuperará su columna vertebral porque los niños aprenden a caminar. Pero prepárese porque lo difícil va a ser que su hijo le de la mano al cruzar la calle, que camine junto a usted en un centro comercial y que no salga a correr en el supermercado creyendo que esconderse de usted lo mas lejos que pueda es divertido.

¿Se siente usted cochina porque el tiempo para bañarse se lo dictan las cada vez menos siestas que su hijo puede hacer en su cuna y no encima suyo?

Tranquila, vengo del fututo, tengo un hijo de casi 5 años. Usted volverá a tener tiempo para usted. Tendrá horas para reencontrarse con usted. Pero prepárese por más tiempo a solas que tenga sepa de una vez que después de ser madre el tiempo no le vuelve a alcanzar a uno para nada.

¿Se siente usted cansada?

Duerme menos de 6 horas de corrido. Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. El cansancio físico pierde poder, usted volverá a dormir 8 y hasta 10 horas en la noche. Pero prepárese viene el cansancio emocional y mental de controlar una pataleta, de explicar un “No”, de manejar los situaciones difíciles en el colegio, de conversar sobre los amigos. El cansancio de criar que no se recupera con unas horas de sueño.

¿Se siente usted perdidamente enamorada de su bebé?

Tranquila, vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años y si usted cree que está enamorada de ese pequeño bulto, no sabe lo que le espera. El amor que sentía por mi bebé es una minucia insignificante comparada con lo que siento hoy por mi hijo. Si de algo estoy segura es que el amor no para de crecer. Entre más lo conozco, entre más puedo ver su personalidad, entre más lo oigo hablar, entre más lo veo relacionarse con el mundo, entre más recibo sus besos dados por convicción, entre más escucho sus conclusiones, me doy cuenta que si bien los retos de la maternidad cada día son más grandes mi amor por él crece y se multiplica a la misma velocidad.

Tranquila, no todo va a estar bien pero se pone cada vez mejor.

 

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En el 2000, seis meses antes de graduarme del colegio sufrí la primera y la peor tusa de vida. Mis escasos 16 años hicieron que yo documentara ese sentimiento como: el fin del mundo. Con los años descubrí que ésa tusa, que me hizo llorar lágrimas desproporcionales ahora que pienso en el mequetrefe que las provocó, no sería la última y además se convertiría en la taza medidora para las futuras.

Ninguna alcanzó hasta hoy el nivel “fin del mundo” que tuvo la primera. Supongo que me volví buena en aquello de las tusas, o descubrí con el tiempo, que la única manera de que una tusa acabe con mi existencia es porque al mismo tiempo un meteorito se dirige hacia la tierra y Bruce Willis no es capaz de detenerlo. Sé manejar casi todas las tusas, excepto una. Una tusa eterna que nos deja el corazón más arrugado que frente sin botox y que poco tiene que ver con las tusas que me provocaron novios de pacotilla, que si supieran cuánto los lloré se sentirían en la obligación de indemnizarme.

No, no es la tusa televisiva, esa que nos hace sentir vacías y desoladas porque vimos el capítulo final de nuestra serie favorita. ¿Cómo podremos vivir sin la espera semanal por un capítulo nuevo? ¿Cómo podremos vivir un año ante la certeza de que en el siguiente no se estrenará una nueva temporada? Aunque esta tusa es dura, sobre todo porque no sabemos cómo manejarla (¿abusar del licor y llamar en medio de nuestra borrachera a los guionistas que vilmente escribieron el punto final?), es la que superamos más fácil: stalkeamos google ante la ilusión de que sus productores se arriesguen a hacer al menos un spin off de la serie, le apostamos al “un clavo saca otro clavo” escudriñando Netflix y cuando menos nos damos cuenta ya estamos trasnochando por otra serie y ya le hemos hecho el duelo a otras tres.

Tampoco voy a hablar de la tusa de la independencia, esa que le da a uno después de haberse ido de la casa y descubrir que el cuarto de uno, el que uno dejo intacto, no fue conservado como un museo sino convertido en la nueva sala de televisión. Yo me independicé y me fui a comer arroz con atún a mi diminuto apartamento de soltera. Compré todo lo necesario para vivir excepto una lavadora. Todos los jueves llegaba a casa de mamá con una bolsa de ropa sucia y salía de ahí almorzada y con una bolsa de ropa limpia. Era una vida perfecta, esquivando responsabilidades, pero siendo un adulto independiente. Pero un jueves llegué y mi cama se la habían llevado a la finca, mi sofá se lo habían regalado a mi hermano mayor, la ropa que había dejado “por si acaso” la tenía puesta Ceci, la empleada de mi mamá y mis papas se ofrecían a regalarme su lavadora porque en Falabella había una con secadora en promoción que querían comprar. Y entonces, lloré, porque, aunque yo me había ido antes, ese día oficialmente me habían echado del hogar.

Pero no, de esa no se trata este post, tampoco de la tusa discriminatoria que más que ninguna otra ataca al ego, lo masacra, lo acribilla y lo pisotea después de muerto. Es la tusa que requiere para poder ser superada de altas dosis de amor propio, inyecciones de autoestima, un cariñito en el salón de belleza y un metódico plan de venganza. La llamo la tusa discriminatoria porque es causada por la inaudita negativa de un tercero que poco te conoce y te juzga sin muchas bases, para evitarte el ingreso a un lugar: Quizás les suena familiar:

  • Hoy tenemos una fiesta privada, no permitimos personas en tennis, no están en la lista, etc…. Cualquier bouncer fortachón a la entrada de un bar.
  • Lamentamos informarle que no tenemos cupo para su hijo… Cualquier colegio con ínfulas de aristócrata.
  • No me importa que usted sea la hija, tengo que anunciarla, ¿me recuerda su nombre?… El portero del conjunto de mi mamá.,
  • Te metería al grupo, pero no se quién es el administrador. Cualquier bobo…bueno, yo alguna vez.

Pero yo les quería hablar, perdón que me haya desviado, de la tusa maternal.

Tusa Maternal: Dícese del duelo que una madre debe hacerle a todos y cada uno de los logros de sus hijos. Por logros me refiero a esas cosas que hacen los hijos para restregarnos en la cara que ya no son nuestros bebés y que necesitan de nosotros cada vez menos. Por duelo me refiero al ojo aguado y al pecho estripado que experimentamos debido a que esos chiquitos de verdad se crecen a mil. 

La tusa comienza desde el nacimiento de un hijo, le sigue la salida del primer diente y de ahí para adelante, jamás se detiene.

El niño ya tiene un diente quiere decir ya no necesita que yo le machaque la comida.

El niño ya camina quiere decir que falta poco para que salga corriendo detrás de una suripanta.

El niño ya va al colegio quiere decir que ya casi le da vergüenza que lo besuquee.

El niño ya cambió de voz quiere decir que ya casi soy abuela.

El niño compró apartamento quiere decir que es hora de que le regale una lavadora.

Ser mamá es vivir de tusa en tusa. Yo en este momento estoy entusada porque mi hijo entró al colegio, es la misma tusa que debió tener mi mamá cuando me fui a vivir sola, la que de seguro tuvo mi abuela cuando mi mamá se casó a escondidas con mi papá, la que voy a tener cuando mi hijo cambie de voz y me pida una afeitadora, la que mi mamá tuvo cuando me gradué por no decir cuando encontró escondidas entre mis medias unas pastillas anticonceptivas, y la que todas tenemos cuando Facebook nos recuerda fotos de nuestros hijos de hace tres años.

Esta tusa es eterna porque quien la provoca es alguien absolutamente encantador, porque no hay nada que pueda hacer ese encantador para que lo dejemos de amar, porque no hay nada que no nos los recuerde, porque no queremos ni podemos superarla y porque no hay nada más gratificante que ver a los hijos crecer así sea a costa de nuestro corazón roto.

Nada que hacer:  ser mamá es vivir enamorada y entusada toda la vida.

 

 

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A la entrada del jardín de Lolo oigo a una mamá argentina aterrada de los procesos de admisión a los colegios en nuestro país. Asiento en silencio con el mismo desazón de ella (y con algo de pena como si la culpa fuera mía) a cada una de sus frases (todas ciertas) sobre la prepotencia de muchos, sobre la exageración de papeleo, sobre las entrevistas poco amorosas, sobre la burocracia estilo embajada, mientras recuerdo que una hora antes, de uno de esos colegios a los que soñaba entrar, me han llamado a negarle el cupo a mi hijo.

Mientras ella sigue hablando, recuerdo que llevo una hora tratando de asimilar la tusa, porque así se siente una negativa de este estilo, y otros pocos minutos tratando de no tomar éste rechazo a título personal. ¿En qué momento este país que sigue perteneciendo al tercer mundo se volvió tan snob?




La mamá argentina ha terminado su queja y sale mi hijo sonriente a abrazarme… me es imposible entender, mientras lo lleno de besos, como a un niño tan lleno de amor, de ternura, de inteligencia le han negado un cupo. Comienzo a pensar si en el famoso play day en el que los analizan, se demoró más que otros terminando un rompecabezas, si salto dos veces y no tres, si no coloreó el sol amarillo sino naranja o si se salió un poco de la raya…

Camino a casa, me canta el himno nacional emocionado, justo en uno de los días, de tantos que nos da éste país, en el que no me siento orgullosa de él. En la tarde mientras jugamos en el parque me enseña, porque es él el que me enseña a mí, los colores en inglés y en español, me recita por décimo quinta vez el orden de los planetas y me muestra feliz el dibujo que ha hecho de su papá. Me cuenta que el rinoceronte, su animal favorito de la semana, respira en el agua pero también fuera de ella.

Hacia las seis de la tarde me grita desde el otro lado de la piscina “te amo” mientras orgulloso me muestra que ya sabe sumergirse sin “tragarse ningún pescado”. En la noche leemos un cuento, me interrumpe para decir las líneas que ya sabe de memoria y para inventar unas nuevas. Cae dormido, camino a mi cuarto veo el tablero en el que horas antes ha escrito “Lolo, mamá y papá” y reconozco, gracias al proceso de resignación en el que va mi tusa, que el famoso colegio del no, es el que se lo pierde.

¿En qué momento me volví tan snob? ¿Cómo pude considerar que un colegio que en su entrevista me dejo claro el análisis a mi alcurnia podría ser el lugar perfecto para los próximos 12 años de vida de mi hijo? ¿Cómo pude ser tan snob de pensar que sólo un colegio de estos de tradición, bono y carta de presentación podía darle a mi hijo lo mejor? ¿Es que acaso no había visto suficientes noticias ésta semana?

Mi tusa llega a la etapa de la culpa y a modo de flash back trato de recrear cada una de las respuestas que dimos mi esposo y yo en la entrevista para darme látigo, porque a esta altura, después de una tarde entera dedicada a mi hijo, comienzo a creer que fuimos nosotros los del error. ¿Qué no les habrá gustado? ¿Cuáles eran las respuestas correctas? ¿Qué lunarcito maligno nos encontraron como familia?

Al día siguiente me levanto con las palabras en mi cabeza de la psicóloga que muy diligentemente llamó a darme las malas nuevas: “no te tengo buenas noticias y la única razón es que este año tuvimos muchos hermanitos y muchos ex alumnos y ellos ocuparon los cupos disponibles”. Me reprocho el haberme mordido la lengua para decirle “y entonces, ¿por qué no venden primero los formularios a esas familias, y si les queda algún cupo si se atreven a ofrecer el formulario (que no es regalado) al resto de viles mortales?”.

Algo anda mal con nuestra educación y uno de sus muchos problemas, comienza en las admisiones.

Entiendo que deban estar seguros que aceptándonos no van a quebrar a punta de pensiones morosas, pero si el tema del cupo es exclusivamente bancario, ahorrémonos entrevistas y play days, y agendemos una reunión con mi contador y mi médico de cabecera.

Mi contador a punta de números, declaraciones de renta, extractos bancarios y verificaciones en data crédito podrá explicarles mejor como nuestros bolsillos podrían soportar el peso de matrículas, pensiones, uniformes, transporte, alimentación y extra curriculares. Por otro lado, mi médico podría hablarles del perfecto estado de mis riñones en caso de que por alguna razón necesiten uno como soporte de pago.

Me queda claro que quieran darle el cupo a “gente de bien” y no a hampones mal habidos, pero un apellido cachesudo o una profesión (a no ser que sea sicario o narcotraficante) poco puede ilustrarlos en el tema. ¿O ustedes tampoco han visto suficientes noticias estos días? Recordemos que en este país hay un par de ministros bien asalariados que no me atrevería a describir como “gente de bien”. Así que si el tema es de apellidos, haberlo dicho antes y recomendarles al futuro presidente del norte para que les explique la manera más rápida y eficiente de construir un muro que evite el paso de personas indeseables a sus instalaciones.

Para comenzar podrían poner una lista en su página web que diga que los Díaz, los García, los Vargas, los Medina, los Mejía, los Castellanos y apellidos semejantes, son demasiado chibchas para sus aulas. De paso, podrían dejar de visitar jardines para dejarles sus brochures y guardarlos para repartirlos en una kermess de algún club de esos que sólo recibe a “gente de bien”.

Si quieren insistir en las entrevistas para conocernos como familia y descubrir si somos un hogar bonito, honesto y merecedor de un cupo, debo decirles que sus psicólogas están haciendo las preguntas equivocadas. El colegio en el que estudió mi papá, el porcentaje de acciones de mi esposo en la empresa, los países que hemos visitado en el último año y el estrato del barrio en el que vivimos poco puede darles una idea de eso, aunque por supuesto les deja claro que tan pudientes somos… y en ese caso, repito, media hora con mi contador puede ser más que suficiente.

Con la resignación de quien no puede hacer nada para cambiar el sistema seguí llenando formularios, pidiendo cartas de presentación a amigos y a extraños pero que sean de la comunidad, imprimiendo fotos, extractos bancarios, yendo a todas las charlas informativas y entrevistas y capando horas de trabajo que me permitieran producir para convencerlos de que tengo una familia hermosa y autosostenible.

Muchos dirán que es mi tusa hablando, pero para el momento que escribo este post ya estoy del otro lado. Mi despecho escolar se ha comportado como mi despecho adolescente y me ha permitido expandirme y conocer nuevos horizontes. He descubierto colegios amorosos, preocupados por la familia, por los valores, por el ser humano, por la felicidad de los niños garantizando además una educación académica de alto nivel. Y ese ha sido el clavo que le ha puesto punto final a mi despecho.




A la larga lo más triste de todo este asunto escolar, ha sido descubrir como un tema tan importante como la educación delata las características más superfluas del snobismo de nuestro país. Colegios snobistas y padres snobistas, como yo, que por querer lo mejor para nuestros hijos tratamos de encajar a la fuerza en una burbuja tóxica.  

Si la educación de alta calidad en nuestro país es proporcional al status, tradición y valor de los colegios, seguiremos negándole la oportunidad a muchos niños con todas las capacidades de recibir una educación adecuada. Y eso lo único que demuestra es que además de snobs somos pendejos.

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Hasta que la muerte

“Hasta que la muerte nos separe … y ojalá yo no sea responsable de la tuya no es precisamente la frase que queremos oír el día de nuestro matrimonio. Pero sin lugar a dudas pasará por nuestra cabeza después de años de convivencia o de un hijo. Hormonas alborotadas, falta de todo (sueño, tiempo y sexo) son regalos preciosos que llegan al hogar después de un hijo, y pocas veces estamos preparadas para capotear sus consecuencias.




Nos advirtieron de la depresión post-parto, nos recomendaron paciencia con los bebés, nos repitieron que jamás pusiéramos a nuestro hijo por encima de nuestro esposo, pero nadie nunca siquiera mencionó, que algunas veces sentiríamos algo muy distinto al amor y más parecido a la cólera por esos hombres que se hicieron padres con nosotras.

¿Estoy desarrollando una personalidad psicótica o todas sentimos ganas de ahorcar a nuestros 10% al menos una vez a la semana?

¿Estaré desarrollando un trastorno bipolar que me hace detestar por segundos al hombre por el que en otros me derrito?

Ser mamás pone a prueba cada pedacito de nosotras y como si la tarea ya no fuera lo suficientemente complicada también le pone un par de obstáculos a nuestra relación de pareja. La llegada de un hijo, eso que ambos anhelábamos con tanto amor, trae en las circunstancias más amenas, un aumento del 30% en las discusiones en la casa (me acabo de inventar esa cifra pero es que suena bonito ponerle numero a los hechos).

Y entonces casi sin darnos cuenta empezamos a lidiar con dos nuevos integrantes en el hogar: un bebé que llora cada 3 horas y una trifulca que estalla casi con la misma frecuencia. La rabia puede poseernos por pendejaditas, pendejadas y pendejadotas.

 Pendejaditas tales como

  • La velocidad parsimoniosa que adoptan para hacer lo que nosotras haríamos a mil. Preparar un tetero; abrir una puerta cuando venimos con el retoño dormido en nuestros brazos entumecidos y a punto de encontrar paz sólo en la amputación; alcanzar un pañito húmedo mientras tratamos de evitar que la caca haga contacto con las sábanas; encontrar la billetera para salir a la calle. A veces siento que a mi 10% le divierte verme encartada a más no poder y desacelera su capacidad motriz de aposta con tal de gozar con mi tortura.

  • La desfachatez que tienen para llegar 30 minutos después de la hora acordada como si no pasara nada.

 Pendejadas tales como

  • Su capacidad para embobarse con el celular cuando queremos que jueguen con nuestros hijos. Mirar el celular en mi casa puede hacer estallar la tercera guerra mundial, sobretodo si su uso no es para contestar un mail importante sino para ver las últimas novedades en Instagram. Yo trato de verlo cuando Lolo duerme o está en el jardín, y me saca de casillas que mi 10% vuelva de un día de trabajo y no lo deje a un lado para compartir con nosotros dedicándonos toda su atención. Suena loco y neurótico pero hace la diferencia… lo malo es que a veces salgo regañada por eso de “predica pero no aplica” cuando quiero tomar una foto, ver la hora o llamar a mi mamá.




  • Su habilidad de desarrollar un oído inmune al llanto que les permite seguir concentrados en el último artículo de la revista Semana o roncando en el quinto sueño mientras nosotras esperamos que se apersonen de la situación.

 Pendejadotas tales como

  • Su talento para hacer exactamente lo opuesto a lo que nosotras esperamos. En los temas de crianza se hace evidente más que nunca, cuando ellos quieren regañar a grito herido y nosotras queremos conciliar, o al revés.

  • Su increíble perspicacia para alistar la pañalera y dejar absolutamente todo lo importante en casa.

Inútil atacarlos con cantaleta porque para cada argumento nuestro ellos tienen cinco explicaciones, imposible quedarnos calladas porque somos mujeres, absurdo agredirlos porque los amamos con locura y soberbio pensar que ellos no quieren también degollarnos. Y he ahí el meollo del asunto: Si ellos nos sacan la piedra nosotros los sacamos de quicio. Y es en ese momento, cuando el corazón se acelera, la voz sube tres tonos, las pupilas se dilatan y nos transformamos en esa señora cantaletuda que sólo se merece unos cachos, cuando más tenemos que probarnos mutuamente que somos un equipo y que ese amor que nos juramos un día sino sigue intacto es sólo porque está más fuerte que nunca. La pendejadita, pendejada o pendejadota no es tan grave como parece pero lo que podamos decir en esos momentos si.

“Prometo no irme lanza en ristre contra ti cuando tengamos hijos” es una frase que no se me ocurrió en mis votos matrimoniales pero que si viajara en el tiempo se la agregaría a expensas de dañar el romanticismo del momento. Por ahora, creo que vale la pena repetirla mentalmente, o en voz alta dependiendo del nivel de desespero que nos embriague o del nivel de insoportabilidad que nos domine.

Alguna vez escribí que lograr un matrimonio feliz era una maratón pero que lograrlo con hijos era una triatlón. Lo que no dije fue que ganar la triatlón se siente increíble y superar cualquier excusa que nos insta a renunciar nos hace más fuertes.

No me imagino la vida sin mi 10%, creo en el matrimonio hasta que la muerte nos separe (mientras exista amor del bonito, del de verdad-verdad) y no me da pena confesar que a veces lo detesto y él me detesta. De sólo pensar en un divorcio y todo lo que ello implica, incluida mi vuelta al ruedo y a ese plan de levante para el que perdí todo flow, práctica y destreza, se me revuelven las entrañas. Pienso que lograr una vida en pareja feliz es de los mejores regalos que podemos hacernos y por eso vale la pena apostarle con toda nuestra convicción.

Yo le aposté a mi 10% desde el día que decidimos estar juntos y aún así a ratos me contagio de los escépticos y pienso que va a ser imposible llegar a viejitos juntos. Pero después recuerdo que mi mejor plan de jubilación es envejecer al lado de esa persona con la que podemos odiarnos a ratos pero amarnos en todos nuestros momentos y así dejar que sea la muerte, la única insolente zarrapastrosa capaz de separarnos.





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Después de mi artículo de los tipos de mamá, alguien me escribió diciéndome que me había hecho falta una: la mamá sacrificio. Esa a la que le parece una herejía tener una niñera. Después de 1 año y 9 meses (edad exacta de Lolo) me vengo a dar cuenta que soy esa mamá exagerada, que debe y tiene que hacer todo lo que se refiere a Lolo. Imagino perfectamente las cosas que me critican mis familiares cuando les da por darme rejo a mis espaldas, y esa es una de ellas.

MEJOR QUE NUNCA BLOG

Yo me la paso con Lolo y cuando hay algo que tengo que hacer sin él, mi mundo colapsa, bueno, no sólo el mío. Yo entro en crisis y el primer perjudicado es mi 10%, pongo mi peor cara de ternero degollado y pregunto suavemente si será muy grave que no vaya a la oficina por un par de horas. Cuando mi 10% no puede, los segundos damnificados son mis papás, miro el calendario a ver si mi compromiso coincide con su visita, si no, los llamo y pensando que no se dan cuenta de mis oscuros intereses les pregunto si no tienen ganas de adelantar su llegada a la “calurosa y poco congestionada” Bogotá. La mayoría de veces mi 10% y mis papás me resuelven la vida. Y si no, recurro a mi cuarta víctima: Oma. No estoy hablando de la cadena de café, sino de la directora, subdirectora, jefe administrativa, coordinadora de la limpieza, organización, funcionamiento y alimentación de mi hogar.

En el último mes, tuve que recurrir a ellos más de la cuenta. Despedirme de Lolo cada vez que tenía que salir de casa, cuando no era en medio de un mar de lágrimas y abrazos, era gracias a toda una logística de escape coreografiada y medida, digna de cualquier agente de la CIA.

Todo esto, para que a los 5 minutos, con los ojos hinchados de llorar, todavía llenos de lágrimas y con la voz entrecortada, yo llamara a preguntar como seguía mi chiquito y me dijeran que estaba mejor que nunca. Mejor que nunca? Hombre, es reconfortante saber que tu hijo quedó en buenas manos, que está tranquilo y feliz, pero MEJOR QUE NUNCA? ¿Tan intensa soy que se siente aliviado sin mi? ¿entonces que fue ese show que hizo para que no me fuera, puro teatro?Es que acaso no me extraña?

Al parecer, o al menos lo que me han dicho sus cuidadores, no. Es decir, por momentos empieza a buscarme por toda la casa, a ratos se para en la puerta con la llave pensando que estoy por llegar o va de cuarto en cuarto revisando las puertas pensando que estoy detrás de una, como solemos jugar. Pero lo cierto es que Lolo no entra en crisis como yo. Es más, no sólo no echa de menos a su cuidadora estrella (modestia aparte) sino que para colmo de males se comporta de maravilla o, para seguir escociéndome la herida, se porta MEJOR QUE NUNCA. En un comienzo llegue a pensar que eran mentiras piadosas que me decían para que yo estuviera tranquila cuando me iba. Y si, obvio, muchas veces no me dicen todo lo que pasa en el día para no preocuparme. Pero con el tiempo, empecé a descubrir que los niños se portan diferente, por no decir mejor que nunca, cuando no estamos cerca. Lo notaba cuando veía al hijo de mi amiga pasando una tarde solo con la tía, lo confirmaba cuando veía a mis sobrinitos un fin de semana solos con los abuelos y me sorprendía cuando recibía las fotos de Lolo en mi ausencia comiéndose todo el almuerzo.

Alguna vez escribí que los hijos estaban diseñados para hacernos quedar mal, pensando en esas veces en las que chicaneamos alguno de sus logros o buen comportamiento y en público hacen todo lo contrario. Pero he descubierto que su verdadera cualidad para hacernos quedar como un zapato es portarse como unos príncipes cuando no estamos, con el cruel objeto de darle credibilidad a esa frase que odiamos: “el niño estaba bien hasta que llegó la mamá”. Y aunque me dicen esta frase a menudo tengo mis oídos entrenados para que conviertan esas palabras odiosas, pero ciertas, en “eres una madre excelente, mira como tienes de bien educado a tu hijo que no nos dio lora cuidarlo”.

La cosa es que uno nunca sabe la clase de mamá que va a ser hasta que tiene un hijo. Y yo acabo de darme cuenta que como mamá soy muy parecida a una novia intensa y celosa. No tengo niñera, no he querido meter a Lolo al jardín hasta que cumpla 2 años, yo misma lo llevo y me quedo con él las dos mañanas a la semana que va a pre-jardín, yo me baño con él, hago mercado con él, monto en bici con él, voy al médico con él, entro al baño con él, peleo con él y me reconcilio con él.

Y si esto me convierte en una novia intensa y celosa debo confesar que no me falta mi novio canalla. Un hijo es como ese novio que todas tuvimos de adolescentes. Un convencido que sabe que nos pone a correr a la primera llamada, un muchachito consentido que necesita ser criado y al que nos sentimos capaces de cambiar, un chico malo que hace lo que le prohibimos por puro placer, un coquetón que no tiene problema en olvidarse de nosotras por irse detrás de una niña en la calle, un don Juan que sabe que nos domina tirándonos un beso, un conchudo que sabe que siempre le limpiaremos sus cagadas y, aparte de todo, un descarado que después de haber pasado una tarde increíble con otra gente se atreve a hacernos un show de celos tan pronto nos volvemos a encontrar. La verdad sea dicha, como mamá soy una novia celosa y Lolo como hijo es mi novio bandido.

Pero, a diferencia de la inocencia de adolescente que me hizo ganarme varios cachos, esta vez si puedo asegurar que si Lolo se porta más juicioso sin mi y hace un escándalo cuando me ve, es para demostrarme su cariño. Estamos enamorados, nos extrañamos, marcamos territorio, nos aguantamos muchas cosas, entre esas tener por momentos que estar separados, nos conocemos todos nuestros achaques y cuando nos volvemos a encontrar nos desquitamos. O es que acaso, ustedes no se portan mejor en presencia de aquellas personas con las que sienten menos confianza?