Madre primeriza, vengo del futuro, tengo un mensaje para usted, tranquila, no todo va a estar bien.

 

¿Se siente usted agobiada porque su hijo todo se lo comunica llorando?

Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Su hijo aprenderá a hablar, dirá palabras con una pronunciación que la hará morir de amor, construirá frases que usted querrá anotar en una agenda que se llame “los mejores apuntes de mi hijo”. Pero prepárese, habrá momentos del día que lo único que añorará es un minuto de silencio. Un segundo sin ese tono agudo que rebota en sus tímpanos y que se repite como un loop eterno con las palabras “mamá” “¿por qué?” “mamaaaaaa”.

¿Se siente usted desesperada porque para salir a la calle debe cargar un equipaje de mano que cualquier aerolínea le obligaría aforar por exceso de peso?

Un equipaje lleno de artículos esenciales como pañales, pañitos, cambiador, mudas de repuesto, crema antipañalitis, tetero limpio, tetero limpio dos por si acaso, juguete para entretener 1, juguete para entretener 2? Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Usted desempolvará la carterita de mano porque ellos dejan el pañal. Pero prepárese para en el proceso trapear mas pisos que Cenicienta, cambiar más ropa que presentador de los Oscar, pararse en la mejor parte de la película y atravesar medio cine ante los respiros de queja del resto de espectadores para llevarlo al baño y, peor que todo lo dicho anteriormente junto, conocer baños de mala muerte porque su hijo necesita ahí y solo ahí hacer el temido número dos.

¿Se siente usted jorobada porque su hijo para caminar y no darse contra el mundo necesita agarrarse de su dedo índice todo el tiempo para recorrer una y otra vez el mismo restaurante?

Tranquila, vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Usted recuperará su columna vertebral porque los niños aprenden a caminar. Pero prepárese porque lo difícil va a ser que su hijo le de la mano al cruzar la calle, que camine junto a usted en un centro comercial y que no salga a correr en el supermercado creyendo que esconderse de usted lo mas lejos que pueda es divertido.

¿Se siente usted cochina porque el tiempo para bañarse se lo dictan las cada vez menos siestas que su hijo puede hacer en su cuna y no encima suyo?

Tranquila, vengo del fututo, tengo un hijo de casi 5 años. Usted volverá a tener tiempo para usted. Tendrá horas para reencontrarse con usted. Pero prepárese por más tiempo a solas que tenga sepa de una vez que después de ser madre el tiempo no le vuelve a alcanzar a uno para nada.

¿Se siente usted cansada?

Duerme menos de 6 horas de corrido. Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. El cansancio físico pierde poder, usted volverá a dormir 8 y hasta 10 horas en la noche. Pero prepárese viene el cansancio emocional y mental de controlar una pataleta, de explicar un “No”, de manejar los situaciones difíciles en el colegio, de conversar sobre los amigos. El cansancio de criar que no se recupera con unas horas de sueño.

¿Se siente usted perdidamente enamorada de su bebé?

Tranquila, vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años y si usted cree que está enamorada de ese pequeño bulto, no sabe lo que le espera. El amor que sentía por mi bebé es una minucia insignificante comparada con lo que siento hoy por mi hijo. Si de algo estoy segura es que el amor no para de crecer. Entre más lo conozco, entre más puedo ver su personalidad, entre más lo oigo hablar, entre más lo veo relacionarse con el mundo, entre más recibo sus besos dados por convicción, entre más escucho sus conclusiones, me doy cuenta que si bien los retos de la maternidad cada día son más grandes mi amor por él crece y se multiplica a la misma velocidad.

Tranquila, no todo va a estar bien pero se pone cada vez mejor.

 

Sigue La Nuwe en Facebook
Sigue La Nuwe en Instagram
Sigue La Nuwe en Twitter
Sigue a Vargato en Instagram, apoya al 10%

Por supuesto que ser madre es el trabajo más gratificante que he tenido, pero también es el más difícil, y lo digo con conocimiento de causa: que conste que me gradué de una universidad exigente, que estoy casada y que he tenido trabajos de pacotilla, por no usar la palabra empezada con M, que me han exigido trabajar más de 14 horas diarias. Así que repito, ser mamá es muy difícil, pero es además demasiado estresante.

Creo que antes no era así, o de pronto sí. Pero como a mí me tocó ésta generación, diré que la maternidad en esta época es más difícil que nunca.

Tenemos la presión de ser mamás dedicadas, esposas ejemplares, profesionales exitosas y como si fuera poco ahora tenemos que estar tonificadas. Esperan que seamos perfectas ¿Cómo no podría ser estresante semejante petición?

La verdad es que yo podría ser la mamá perfecta si no se me fuera todo el día siendo la mamá.

Y, para serles aún más sincera, sería la mamá perfecta y les aconsejaría que lo fueran si sirviera para algo. Sepan de una vez que poco importa lo cuasi perfectas que seamos como mamás,  siempre habrá alguien que tendrá algo de que culparnos.

Acá sólo 4 de tantos:

  1. La adolescencia. Durante este periodo de pacotilla (de nuevo me rehuso a usar la palabra que empieza por m) no hay manera que le ganemos una batalla a nuestros hijos sin antes ser descritas como: la peor mamá del mundo.

Poco importará que todo lo hagamos pensando en el bien de ellos, poco importará que hayamos soportado todos los malestares de un embarazo para traerlos al mundo, poco importará que los hayamos parido con dolor… poco importará porque la berrionda adolescencia se encargara de hacerle creer a nuestros hijos que somos sus peores enemigas y mientras ellos corren a encerrarse a su cuarto les susurrará al oído: Todo es culpa se su madre. 

  1. Los psicólogos y psiquiatras. No se ofendan profesionales de esta materia, no es nada personal. Al menos no es nada mío contra ustedes, aunque me atrevería a decir que sí es de ustedes contra nosotras.

Tanto esforzarnos para que no les pase nada malo a nuestros hijos, tanto desvelarnos para que ellos puedan dormir plácidamente, tanto seguir cuentas en Instagram para poderles hacer unos snacks saludables, tanto angustiarnos para que nadie les haga daño, tanto leer artículos, teorías  y pendejadas para potenciarles todo su talento, tanto aburrirnos algunas tardes con tal de verlos a ellos felices, tantos sacrificios que hacemos por su bienestar, tanto amor que no nos cabe en el pecho por ellos para que dentro de unos años, cuando vayan a un psicólogo porque algo en su vida no está marchando como debería, este les diga: Todo es culpa de su madre.

  1. La noviecita o el noviecito. Este personaje primero nos arrebatará lo que más amamos y acto seguido, sin ningún tipo pudor, se dedicará a criticarnos a nuestras espaldas.

Si nos preocupamos porque ya es la hora de llegada y no aparecen, la noviecita o noviecito dirá que somos unas intensas. Si no queremos ser abuelas antes de tiempo, la noviecita o el noviecito dirá que somos unas metiches. Si carraspeamos la garganta insinuando que la visita ha llegado a su fin, la noviecita o el noviecito dirá que somos unas groseras que nos acostamos con las gallinas. Si no damos permiso para que vaya a hacer y deshacer en una finca, la noviecita o el noviecito dirá que somos unas amargadas que olvidamos que alguna vez también fuimos jóvenes. En pocas palabras el noviecito o la noviecita les dirá: Todo es culpa de su madre. 

4. Las otras madres. Estas hijuemadres si que nos encontrarán defectos en cada respiración.

Miraran de reojo cada pataleta para decir que somos muy consentidoras pero torcerán los ojos con cualquier comportamiento para decir que somos muy malgeniadas. Ellas si que nos culparan porque sí y porque no. Y cuando vean que nuestro hijo se equivoca en algo o no es tan bueno como el de ellas para alguna actividad, le dirán a las otras madres jijuemadres: Todo es culpa de su madre. 

Entre la adolescencia, los psicólogos o psiquiatras, los amoríos de turno y las otras madres jijuemadres, nos van a joder. Así que relajémonos, no somos perfectas ni tenemos que serlo. La culpa siempre será nuestra… sino pregúntele a mi mamá que repite como lora mojada: “ah claro la culpa siempre es mía, la hijue pacotilla (por no usar la otra palabra con p) siempre soy yo”. Y eso que no le he contado la conclusión que me dieron esa vez que hice constelaciones familiares…

Mamás del mundo, no importa que tan perfectas o imperfectas seamos como madres, siempre habrá un psicólogo que nos culpará de todo. Pero el consuelo, que incluso es un verdadero premio, es que siempre habrá un hijo que nos amará infinitamente a pesar de todo.

Sigue La Nuwe en Facebook
Sigue La Nuwe en Instagram
Sigue La Nuwe en Twitter
Sigue a Vargato en Instagram, apoya al 10%

La maternidad me ha vuelto monotemática, mono neurona y para colmo de males, súper miedosa. Y no hablo del temor que sentimos como mamás de que algo malo pueda pasarles a nuestros hijos, ni del miedo que nos agobia al dejarlos al cuidado de alguien más.  No me refiero a los miedos reales con los que aprendemos a vivir.

Hablo del terror que tener un niño en casa produce. Sí, tener un hijo es terrorífico.  Terrorífico porque dicen que pueden ver energías que nosotros ya no, terrorífico porque se ríen y hablan con esquinas de la casa, terrorífico porque sus juguetes suenan cuando no están en uso. Yo estoy llena de paranoias por culpa de las  las películas de terror. Los directores de cine se han encargado de poner miles de niños como protagonistas de sus películas de miedo y han alimentando mi cerebro con ideas macabras.  

La primera vez que mi hijo me despertó a las tres de la mañana gritando que había algo en su cama no sé cómo me contuve de llamar a un médium para que me dijera que nada sobrenatural estaba pasando en su cuarto. De verdad no entiendo cómo no llamé a un sacerdote a que rociara agua bendita si después del incidente mi hijo se resistía a poner un pie sobre la cama y me escalaba hasta el cuello si intentaba ponerlo de nuevo sobre ella, al mejor estilo de la niña del aro, valga la pena la analogía.. Traté de no hacerme videos y me tranquilice leyendo sobre lo normal que son las pesadillas en los niños entre los 2 y los 7 años…lo que pasa es que al mismo tiempo seguí viendo películas de terror, que por supuesto le pusieron un nivel de adrenalina mayor a este oficio de por sí lleno de voltaje, llamado maternidad.

Creo que mi vida sería más fácil si en vez de haber visto tantas películas de este género me hubiera dedicado juiciosa a ver comedias románticas.

Si nunca hubiera visto “Sexto sentido” me parecería extremadamente tierno y no un poquito estresante que mi hijo me diga que Luigi, su amigo imaginario, está sentado al lado mío y me va a acompañar hasta que él regrese del colegio para que no me sienta sola.

 

Si nunca hubiera visto “Actividad Paranormal” no brincaría de la cama cuando abro los ojos a media noche y veo a mi hijo parado mirándome fijamente para que lo suba para arruncharse conmigo.

Si nunca hubiera visto “Actividad Paranormal 2” no rogaría que nada raro se moviera o apareciera cuando veo a mi bebé dormir a través de la pantalla a blanco y negro del monitor.

Si nunca hubiera visto “El orfanato” no me daría un mini infarto cuando volteo a mirar y mi hijo está jugando con una media en la cabeza.

Si nunca hubiera visto “Mama” no me daría un tris de miedo cuando mi hijo decide ser un perro, caminar como un perro, comer como un perro y lamerse como un perro.

Si nunca hubiera visto “La mano que mece la cuna” no hubiera descartado la posibilidad de tener una nana. 

Si nunca hubiera visto “El exorcista” una orinada de mi hijo en los pantalones con amigos de visita podría parecerme un accidente normal y no una señal de alarma.

Si nunca hubiera visto “It” llevar a mi hijo a una piñata con payasos no sería mortificante.

Si nunca hubiera visto “The shinning” no le pondría tanto pereque a mi 10% para escoger el hotel para ir de vacaciones y no le tendría tanta fobia a ver gemelas vestidas exactamente igual por la calle.

Si nunca hubiera visto “El bebé de Rosmery” no desconfiaría tanto de vecinos queridos y amables que se ofrecen a cuidar a mi hijo cuando sea necesario.

Si nunca hubiera visto “Annabelle” no me traumatizaría cuando de repente en la noche suena un juguete de pilas al que puedo jurar haber apagado.

¿Por qué no puedo pensar más bien que los juguetes de mi hijo han cobrado vida pero son amorosos y divertidos como en Toy story?

Si jamás hubiera visto éstas y otras películas no se me aceleraría el corazón cuando se va la luz en mi casa, no me imaginaría que estoy rodeada por fantasmas cuando el frío hace que necesite dos cobijas extras para dormir, no sentiría que tengo que correr cuando subo la escalera y todo queda apagado detrás mío, no me daría tanta curiosidad ver jugar a mi hijo solo y tratar de escuchar si le habla a alguien más que a sus juguetes.

Y sobre todo, si nunca hubiera visto “Terror en la calle Elm” no me parecería tan difícil dejar a mi hijo al cuidado de su papá, cuando a éste le da por ponerse este saco.

 

 

Los hijos valen plata, mucha plata. Un dicho popular asegura que los niños vienen con el pan debajo del brazo. Si tomara esta frase literal, el dichoso pan no serviría para nada porque no hay producto que dure menos en mi casa que éste. O, tendría que confesar que el día del parto mi atención se dividía entre el pequeño ser que me cambiaría la vida para siempre, y el exquisito pan (ojalá trenza con queso) que traía consigo.




Hubiera sido difícil no sucumbir al pan calientico recién salido del horno antes de lactar por primera vez.  Por fortuna el pan no se presenta en términos tan literales. Pero sin lugar a dudas, lo que sería absolutamente genial sería que con cada niño viniera también un cheque en blanco firmado al portador. Los hijos valen plata pero también valen la pena, así que nos las arreglamos sin el bendito cheque para sobrevivir.

Le cortamos los piecitos a las pijamas para que les sirvan un par de meses más, recibimos herencias de los primos y amigos cercanos, lloramos de dicha cuando la tienda infantil anuncia promociones épicas, nos arremolinamos frente a la góndola que tiene la ropa con el 70% de descuento así nunca encontremos la talla que buscamos, guardamos en una servilleta la mitad de la hamburguesa para dársela recalentada a la comida.

Hacemos muchas cosas para ahorrar unos pesitos con tal de algún día poder comprar el plan de educación pre-pagada para nuestros hijos. Y aún así, a final de mes nos preguntamos ¿A dónde se fue nuestra plata? En pendejadas…Los únicos culpables no son los carteles de los pañales o cuadernos…




  1. En cepillos de dientes. Dicen los odontólogos que hay que cambiarlos cada tres meses, pero de seguro esos odontólogos, jamás han visto la velocidad con que un niño acaba uno en cinco días. En su afán por devorar la crema, los niños muerden y succionan el cepillo dejando sus cerdas como pelo de troll noventero. Un cepillo cuesta $7.000, digamos que somos lichigas y nos las arreglamos un mes entero con la porquería en que lo convierte nuestro hijo. Al año son $84.000
  1. En chucherías. Un niño promedio, de padres relajados que lo dejan comer una que otra delicia con cero nutrientes, destapa 1 o 2 paquetes de galguerías más de dos días a la semana. Paquetes que casi siempre quedan con la mitad del producto sin consumir y usualmente desperdigado por nuestra cartera. Un paquete de papas por poner un ejemplo vale $1.000, redondeemos en que destapamos uno diario, son $7.000 a la semana, $28.000 al mes, $336.000 al año.

 

  1. En bolitas y dulcecitos. Es muy difícil ahorrar si uno llega a casa sin monedas para el marrano. Los niños son especialistas en vaciar monederos con tal de ver salir por un tubo transparente unos dulces casi siempre desabridos que de hecho casi nunca terminan en su boca. Y como diría un amigo economista de 100 en 100 se descompleta el sueldo. Ahora súmele que estas dispensadoras de dulces sólo reciben de 200 o de 500. Yo le apuesto que al mes pierdo en monedas $25.000 teniendo en cuenta que varias veces se me tragan la moneda y tengo que usar otra moneda más. Al año estamos hablando de $300.000

 

  1. En jabón líquido y shampoo. Mi hijo, como la gran mayoría, detesta que se los aplique pero ama jugar con ellos y hacer burbujas y espuma por toda la ducha. Al parecer asume que ese es su verdadero y valioso uso mientras la plata se va literalmente por el drenaje. Un shampoo y un jabón líquido, depende de la marca y de un tamaño moderado, cuesta mas o menos $10.000 cada uno. Duran en promedio 2 meses, en un año podemos gastarnos $120.000.

 

  1. En maquinitas de juegos. La superintendencia debería verificar que no exista un cartel de las maquinitas también. La adicción que generan hacen que uno termine dejando medio sueldo entre luces, sonidos y tickets al mejor estilo de Las Vegas, y no hay manera de hacer rendir 50.000 pesos por más de 20 minutos. Eso sin contar que dudo de mi nivel de matemáticas con cada resta que dichas máquinas le hacen a mi tarjeta recién recargada, por algún tipo de brutalidad mía o malicia indígena de los dueños siempre creo que me queda más crédito del que en realidad tengo. Cuando sea grande, pensaré seriamente en la posibilidad de montar un negocio de estos, de seguro las ganancias semanales serían un lindo simbolismo de que los niños vienen con el pan debajo del brazo. Digamos que uno carga la tarjeta con 30.000, digamos que uno va dos veces al mes, digamos que uno se antoja de otros 10.000, de otros y de otros, se gasta $60.000 (y créame que la ha sacado barata). Al mes serían $120.000 y al año $1´440.000.




Mal contado, esto suma $2´280.000 que bien podrían cubrir dos meses de jardín, más el par de botas que nos soñamos, más una mascarilla facial.

Así que mejor ni hablo de la ropa que se les queda como nueva, del juguete de moda que sólo usan los primeros 10 minutos después de destaparlo, de los desmaquillantes que no volvimos a usar por caer dormidas sin lavarnos la cara, de los pañitos que despilfarramos limpiando no sólo colas (sino cachetes, manos, pisos, espejos, camisas, mocos, baños públicos), de la faldita para salir a bailar que jamás nos hemos estrenado, del bloqueador que hemos comprado 5 veces en un año porque siempre olvidamos en que cartera lo guardamos, del manicure que pagamos y se nos daña recién hecho.

Aich me duele el bolsillo. Los hijos valen plata… que va, corrijo, los hijos valen oro y tenerlos es un despilfarro delicioso.

Sigue La Nuwe en Facebook
Sigue La Nuwe en Instagram
Sigue La Nuwe en Twitter
Sigue a Vargato en Instagram, apoya al 10%

Si todavía no tienes tu GORRA DE SONRÍE haz clic aquí!!!

El 8 de junio decidí quedarme en casa con Lolo a jugar y a practicar la dejada del pañal. Para las ortodoxas que se asombraron porque mi hijo ya tenia 2 años y 11 meses y no le había quitado el pañal, sólo quiero sonreírles y hacerme la güevona. Llámele pereza, llámele timing o llámele “cada niño tiene un proceso diferente”. Siendo sincera, debo decirles que mi intuición de mamá me decía hace rato que era hora, pero mi condición de humana me obligaba a hacerle el quite al asunto. Pero un día me llene de valor, me abastecí de jabón rey, y traté de recordar mis clases de yoga prenatal para no perder la paciencia. “tengo chichi” empecé a decir cada vez que quería ir al baño y así Lolo me dijera que no quería me lo llevaba a hacer conmigo. Escuché muchas frases disfrazadas de consejos, que durante el proceso se volvieron mitos que me llenaron de falsas expectativas. Descubrí que uno deja el pañal en un día pero eso no significa que el niño también. Así que para que no se estresen inútilmente o se den golpes de pecho porque Fulanita dice que su hija lo logro sin esfuerzo, les comparto las frases-mitos que por poco hacen que Lolo pase de los pañales de bebé a los de adulto sin unos años en el intermedio.




“Esperar que el niño esté listo”. La frase la repite todo el mundo como si hiciera parte de una oración zen, pero no dejan de mirarte con una sonrisa de compasión y regaño si tu hijo ya ha cumplido los dos años, habla, canta, baila y aún usa pañal. Lo cierto es que ellos deben estar listos, pero también y sobretodo nosotras. Si nosotras no estamos listas el proceso será tormentoso y estará destinado al fracaso. Habrá accidentes leves que requerirán un trapero y otra pantaloneta, y habrá accidentes para los que quisieras tener el traje de protección que usan los médicos para los pacientes en cuarentena, o al menos una gripa tenaz que no permita que por tu nariz se cuelen olores causantes de arcadas. Si no estás preparada para soportar con paciencia y amor este tipo de eventos, explotarás en ira, gritarás, llorarás y de paso asustarás a un pequeño bañado en popo que sólo necesita un abrazo para intentarlo la próxima vez. ¿Estás lista mamá?

“No pierdas la paciencia”

 Así ellos estén listos y así nosotras estemos listas, sentir un poco de rabia, desconsuelo e impotencia en algún accidente es normal, sobretodo cuando ya nos sentimos en la otra orilla del charco y estamos más bien encima de uno de miados. Algunas robots dirán que jamás su cordura permitió el paso a estas pasiones tan cavernícolas, quizás a ellas, encerrarse en un baño de centro comercial a limpiar a punta de pañito húmedo una cagadita no avisada, les parece un buen parche, o quizás simplemente son mejores seres humanos que yo. Se puede perder la paciencia, claro que se puede, pero la verdad es que no ayuda perderla delante de ellos. No queremos que le cojan miedo a la taza o que se estriñan por temor. No perder la paciencia es un buen consejo pero a ratos un mito. Si sienten que la pierden no se sientan asesinas en potencia, simplemente humanas. Cuenten hasta 10, piensen que somos una partícula ínfima de este universo y que la cagada no es tan cagada, sonrían, respiren, abracen a sus chiquitos (si los quieren alzar allá ustedes con la untada de brazo) y vuélvanlo a intentar. Limpiar un culito de bebé es mucho más ameno que uno de anciano, así que relájense que a ellos de pronto les cobraremos la labor dentro de unos años.

“El niño te avisa cuando ya no quiera pañal”

 Al parecer hay niños que con la elocuencia de un sabio vienen y te avisan que ya no quieren ese adminiculo de primera necesidad altamente contaminante. En mi caso (no faltará quien me culpe por esto) Lolo más que elocuente es práctico, y si no fuera porque empezamos a convencerlo del proceso hubiéramos podido llegar a celebrar los 12 años con pañal, porque para su lógica era muy cómodo no tener que interrumpir un juego, una película, no tener que usar un baño público (trauma heredado por mi, lo reconozco) o no tener que apretar de más los esfínteres en un trancón y sufrir con cada hueco bogotano. A mi no me avisaron, yo le pregunté a Lolo muchas veces, hubo varios intentos antes y varias renuncias el mismo día, hasta que esta vez, mi hijo parecía tener la disposición y yo la convicción.

“En una semana deja el pañal”

A esta frase quisiera contestar como dicen los actores en el teatro antes de salir a función “Mierda Mierda Mierda”. Hay páginas de internet que te dicen como lograrlo en 5 e incluso en 3 días. Repito, no faltará la mamá postre que te diga que si los niños están realmente listos dejarán el pañal de un día para otro y sin accidentes, pero yo de postre no tengo nada y soy más bien común y corriente tirando a demasiado normalita. Y para los viles mortales como yo, el proceso puede durar semanas o incluso meses, para poder decir, sin temor a que los pantalones mojados de tu hijo de contradigan, que ya se superó la era del pañal. La verdad es que los niños dejan el pañal en un día, si con eso quieres decir que desde ese día no le volviste a poner uno. Pero lo dejan en varios meses, si con eso quieres decir que llevas más de 30 días sin accidentes.

“No lo premies o castigues”

En lo de castigarlo creo que todos estamos de acuerdo, pero en lo del premio todas caemos en la tentación, así la teoría repita y repita que no debemos hacerlo. Conozco mamás que premiaron con gomitas, otras con stickers y otras con visitas a parques. El acierto de llegar a la tasa para una miada o para el temido número 2 merece una celebración. En mi casa cantamos y bailamos como bobos con cada sentada de Lolo y por cada acierto le damos un M&M (sí uno, no la bolsa entera, son varias idas al baño en un día y nadie quiere un coma diabético) y una carita feliz pintada en la pared. A Lolo se le volvió un juego, pide premio para mamá cuando ve que estoy en el baño, pinta sus propias caritas tristes cuando no lo logra y salta, con la misma falta de ritmo de los papás, cada vez que la taza canta en señal de haber recibido sus líquidos y sólidos.

“No hay afán”

Cada niño tiene su proceso y nadie mejor que nosotras para saber el momento indicado. En ese orden de ideas no vale la pena apresurarse. Pero lo cierto es que tampoco podemos quedarnos atrás demasiado, dejar el pañal es un paso que todos deben dar tarde o temprano, es un paso que los empodera con una independencia maravillosa, y es un paso que les abre posibilidades en el mundo. Y así no nos guste, el mundo tiene unas dinámicas de las que no podemos relegarnos. “Para el siguiente nivel los niños ya deben ir al baño”, “El curso se dicta a niños de 3 a 4 años que ya no usen pañal”, “sigue mamá a tu control pediátrico, para empezar deja el niño en calzoncillos”, etc.  Y eso sin contar que los berriondos son una rentica importante en la canasta familiar.




A modo de tips:

  • A mi me funcionó quedarme en la casa los primeros 5 días, saliendo sólo al jardín, donde las guías me apoyaban con el proceso. Las tardes en casa te dan la tranquilidad de, perdón la redundancia, estar en casa. Tienes toda la ropa a tu disposición, puedes estar en bola, tienes a la mano trapero, toallas, jabón y dado el caso la ducha.
  • Salir de casa días después, aún sin tener la certeza de que todas las veces tu hijo avisa, es una especie de reto que a ellos les ayuda a entender mucho más el proceso. Empaca tres pintas, pañitos húmedos e invítalo a conocer el baño de todos los lugares a donde vayan.
  • Para salir de casa e ir más tranquila puedes usar los famosos “pull up” pero debes recordarle ir al baño cada tanto para que ambos no se confíen en el pañal y pierdan terreno ganado.
  • Si eres más guerrera y audaz, puedes comprar unos calzoncillos de entrenamiento (yo los compré en Mothercare, ahí perdonarán la cuña pero sé que muchas me van a preguntar) que tienen una especie de forro en toalla. Evitará que los accidentes sean mayores pero tu hijo igual se mojará y entenderá la dinámica.
  • Relájense. Los accidentes no son tan graves así que dejen la preguntadera cada 15 minutos. La idea tampoco es desesperar a los pobres con “¿tienes chichi?” a cada rato.
  • Quítate de la cabeza que en tantos días no habrá accidentes. Cuando le pregunté a una amiga cuánto se había demorado en quitarle el pañal a su hijo me dijo “3 meses”. Yo llevaba dos días y esto me pareció una exageración, días después agradecí su respuesta porque descubrí que en medio de muchos aciertos se cola uno que otro accidente. No fijarse una meta sino vivir el día a día también les disminuye las ganas de llorar y la rabia cuando no la logran.
  • Jamás canten victoria. Yo ya salgo con Lolo a la calle, voy a cine, al parque, incluso él bailó en su clausura sin pañal y hasta hemos cogido carretera de tres horas. Pero todavía cargo en mi bolso tres pintas, un pull-up por si la desconfianza o la comodidad se apoderan de mi, le pregunto a cada rato si quiere ir al baño y sigo festejando cada ida al baño como la primera.
  • Como dicen por ahí “nadie aprende en cuero ajeno” así que vivan su proceso como mejor les funcione en casa… no crean en todo lo que dice internet (incluido este martes de post-parto) y no se dejen achicopalar por ninguna mamá postre o robot que asegure que todo fue fácil, natural y sin complicaciones. Y chao que tengo chichi. Perdón, es la costumbre de andar avisando a ver si alguien más en casa me copia.





Sigue La Nuwe en Facebook
Sigue La Nuwe en Instagram
Sigue La Nuwe en Twitter
Sigue a Vargato en Instagram, apoya al 10%

Si todavía no tienes tu GORRA DE SONRÍE haz clic aquí!!!

¿Alguna vez jugaron “Yo nunca he…”? Seguro que sí. Es el juego por excelencia de los adolescentes para averiguar verdades, descrestar amigos y, obvio, emborracharse. Gracias a este juego  supe que una amiga ya no era virgen, que todos han meado alguna vez en la ducha y que un ex novio era una verdadera piltrafa. En esa época después de cada frase de “Yo nunca he…” si uno sí lo había hecho se tomaba un trago. Hoy haré lo mismo con ustedes a la distancia, espero que en mi nombre se tomen al menos 5. Juguemos “Yo nunca he…”:




    • Yo nunca he dejado a mi hijo arrugarse como una uva pasa en la tina, para alcanzar a vestirme y maquillarme. (No quedé espectacular pero al menos decente)
    • Yo nunca le corté un dedo por cortarle una uña. (Me dolió más a mi, lo juro)
    • Yo nunca he olvidado untarle bloqueador en clima frío. (Con verle los cachetes rojos por la noche es suficiente castigo)
    • Yo nunca le he dado gaseosa light. (Les juro, tiene menos azúcar que un té)
    • Yo nunca he dado una vuelta más a la manzana en el carro para que se duerma. (Necesitaba escribir un post)
    • Yo nunca pensé quitarle el pañal apenas cumpliera dos años. (Es que me daba física pereza)
    • Yo nunca lo he llevado a una piñata el día equivocado. (En mi defensa, no me equivoqué en la hora y llegué, como cosa rara, muy puntual)
    • Yo nunca he hecho de comida dos noches seguidas perros calientes, ponga la comida chatarra que más se repite en su casa. (Saber que uno va a la fija no tiene precio)
    • Yo nunca he gritado “Ya no más” (Aunque sepa que no se debe gritar).
    • Yo nunca he limpiado sus cachetes y su nariz con mi índice untado de babas. (Y eso que en la cartera tenía pañuelos, pañitos húmedos y jabón desinfectante)
    • Yo nunca lo he mandado al jardín un día que no había clase. (Y que encartada me pegué)
    • Yo nunca he olvidado revisar cibercolegios a diario. (¿No pueden también mandarme los mensajes por Whatsapp? ¿Al menos los urgentes?)
    • Yo nunca lo he dejado ver televisión más de la hora recomendada por expertos. (¿Ya le habré ocasionado daños irreversibles?)
    • Yo nunca he dicho groserías delante de él. (Una vez, un par. Bueno, muchas veces)
    • Yo nunca me río cuando se las oigo decir a Lolo. (Es que le suenan divino)
    • Yo nunca he olvidado llevar dolex, curitas y elementos básicos de un botiquín para viajar con niños a lugares donde la droguería más cercana queda a dos horas en lancha. (Digamos que soy positiva)
    • Yo nunca tengo que buscar el registro civil de nacimiento de Lolo para poder decir su número. (Pero lo tengo anotado en el celular)
    • Yo nunca he dicho “Dile a tu papá” con tal de zafarme de hacerle el favor. (Sin que el papá me oiga, obviamente)
    • Yo nunca he preparado comida horrorosa que mi hijo igual se ha comido. (Yo la he probado al final y no me explico cómo lo hizo)
    • Yo nunca le he dado dulces antes, durante o después del almuerzo. (Si no es ahora que los quema jugando, entonces cuándo?)
    • Yo nunca he puesto en duda que ser mamá fue la mejor decisión. (Han sido unos segundos en unos días de esos bien malos)
    • Yo nunca me he dormido antes que Lolo y lo he dejado viendo babytv hasta que le de sueño. (Hay días que ni tres bebidas energizantes ayudan)
    • Yo nunca le he prestado mi Ipad, aunque Lolo asegura que es de él, para almorzar sin afanes en un restaurante. (Juegos educativos casi siempre. Bueno, algunas veces)
    • Yo nunca he peleado con mi 10% porque no hace las cosas con Lolo como yo las hago. (Y eso que a su manera a veces es mejor)
    • Yo nunca he criticado a otras mamás. (Y después un comportamiento de Lolo me ha hecho tragar mis palabras)
    • Yo nunca quise tomarme una selfie acostada en la cama con Lolo pero el celular se me resbaló de las manos y cayó directo y con toda la fuerza de gravedad sobre su frente (Lolo lloró, mi 10% llegó corriendo preocupado, yo dije “no sé que le pasó”, la pena no me dejó confesar la selfie… hasta hoy…ojalá no me lea)




Juro solemnemente que a pesar de estos, y otros “yo nunca he” que seguro se me escapan, he criado un niño feliz, saludable y normal. Por cada metida de pata cometida podría apostar que he tenido un par de buenos aciertos. No seré perfecta, no prepararé las mejores sopas ni podré dar charlas de crianza, pero algo tengo que estar haciendo bien. O al menos la sonrisa de Lolo cada vez que me ve, de eso me tiene convencida. A fin de cuentas, yo nunca he sido tan feliz como desde que me convertí en mamá. Salud… Nos va a dar guayabo a todas, verdad?

 




Sigue La Nuwe en Facebook
Sigue La Nuwe en Instagram
Sigue La Nuwe en Twitter
Sigue a Vargato en Instagram, apoya al 10%

Si todavía no tienes tu GORRA DE SONRÍE haz clic aquí!!!