Regalos mamá

Con seguridad este domingo muchas de nosotras estaremos celebrando el día de la madre.

Con seguridad puedo decirles que la parranda se puede alargar porque el lunes es festivo.

Con seguridad, y un poco de indignación, les aviso que el festivo no es por nosotras.

La ascensión del señor, es la verdadera razón por la que este lunes nadie irá a trabajar, y no por el abnegado e impecable trabajo que hacemos como mamás. No es que quiera quitarle mérito a Jesús, y a la maravillosa escena que relata la iglesia católica, de cómo ascendió a los cielos después de 40 días de resucitado. Pero, aunque estoy a años luz de levitar, me atrevo a decir que ser mamá es igual de sorprendente. Si la gente supiera, como nosotras, los cojones que se necesitan para serlo, abrirían la boca con tan sólo vernos caminar. Por eso, por decisión unilateral, en mi casa celebraremos más que la ascensión del señor, la ascensión de la madre, porque si de subir al cielo se trata, ser mamá es una de las pocas maneras que conozco de hacerlo, sin pasar antes por una mortaja.




Este domingo y este lunes festejaré la decisión de haber sido madre. Festejaré tener un hijo que me enseña la vida. Festejaré esa felicidad que siento al abrazar a mi familia y que aún no logro expresar en palabras. Festejaré que soy una verraca, que mi mamá, mi suegra, mis cuñadas y amigas también lo son. Festejaré que no soy mejor que cualquier otra mamá pero que soy la mejor para mi hijo. Festejaré que soy mamá y que gracias a ello ya he tocado el cielo. Y declararé que este lunes es festivo, gracias a las valientes mujeres que al convertirnos en madres llenamos el mundo de oxido de carbono, la vida de esperanza y las redes sociales de fotos empalagosas.

¡Feliz día de la madre, feliz lunes festivo de la ascensión de la madre, feliz y larga vida como madres! Que todos los días las llenen de amor y este domingo de regalos! Si, de muchos regalos. Porque somos mamás pero no tan madres como para desaprovechar esta oportunidad del año de ser tratadas como reinas.

Mi parte celestial asegura que Lolo, mi 10% y mi mamá son los regalos perfectos para este día de la madre. Mi parte terrenal considera que no hay regalo que se les iguale mientras babea y pega la nariz frente a una vitrina. Soy mamá y soy mujer, y a las mujeres también nos hacen felices las cosas materiales, los detalles y las sorpresas. Así que si aún desconfía de la celebración que le van a tener en casa, comparta esta pequeña lista entre sus más cercanos para que le saquen una lágrima, digo una sonrisa (de la primera ya se encargara el regalo hecho a mano que le traiga su hijo del jardín).

 

  1. Lavar los platos del desayuno “sorpresa” que nos van a hacer. Que se levanten un poco más temprano a prepararnos nuestra comida favorita, es un regalo obligatorio. Pero como sabemos que para hacer una tostada ustedes usan todos los pequeños electrodomésticos de la cocina, este año queremos que también se tomen la molestia de lavarnos después de usarlos. El detallazo esta vez, será volver a ver la cocina como la dejó la empleada el viernes. Si señores, a limpiar la mancha pegajosa de la estufa, a lavar los 6 sartenes que usan para un huevo frito, las 10 cucharas que usan para probar el chocolate y los 15 platos que sólo al verlos en el lavaplatos recordamos que teníamos.
  2. Soltar al mentiroso que llevan dentro. Si, siempre les hemos pedido honestidad pero por esta vez, queremos que nos mientan y se escapen a comprarnos un regalo sorpresa. Queda prohibido por esta vez la frase de traqueto que desinfla de: “vamos a donde tu quieras para que escojas tu regalo”. Podemos ser antojadas y complicadas, y al llevarnos a escoger nuestro regalo puede que vayan a la fija, pero también nos queda una extraña sensación de descuido y falta de atención. Tómense unos segundos para pensar que nos podría gustar (una carta, una reserva en un restaurante, un spa, un perfume, una cartera, etc.) échele la culpa al tráfico o a una reunión de última hora y cumpla su misión para hacernos sentir importantes y amadas.
  3. Démonos un tiempo. Lo único que realmente puede hacernos falta de nuestra vida pre-mamás, es el tiempo de sobra que teníamos antes para malgastar. ¿Puede ser posible un día en el que mamá oficialmente tenga el día libre? Tener un día libre de afanes puede ser el regalo perfecto. Un día en el que podamos levantarnos tarde, perder una hora canaliando y viendo vanalidades en E o Warner, desayunar con una mano libre, tomarnos un café mientras leemos un libro, poder volver a la cama a perder el tiempo buscando que ver en Netflix y preocuparse por almorzar o comer cuando el hambre nos recuerde que hay que hacerlo. Los amamos con locura pero tener un tiempo a solas puede hacernos amarlos un poco más.



  4. Con esa mamá para que juguetes. De la autoestima y el amor propio nos encargamos nosotras pero un empujón a punta de piropos nunca será demasiado. Díganos, y que le suene real y no a niño repitiendo un mandado, que estamos bonitas, que nos vemos mejor ahora que a los 25, que cómo pudimos parir y vernos tan regias, que nos haría mil hijos más si mañana se ganara el baloto, que nos escogería otra vez si pudiera devolver el tiempo, que las estrías, la celulitis igual nos hubiera alcanzado a esta edad pero que como son causadas por un hijo están llenas de sex appeal y que somos una versión mejoradas de nosotras mismas desde que somos mamás. Los días especiales están diseñados para inflarle el ego a la gente y el día de la madre para retribuirnos todo lo que hacemos en el año a punta de elogios exagerados.

 En todo caso, si la cocina queda hecha un desastre espere al lunes que vuelva la empleada; si la llevan a escoger su regalo no escatime esfuerzos para llevarse lo que más le guste; si no le dan libre ni media mañana tómesela cualquier día del año; y si no la morbosean como obrero de construcción, párese frente a un espejo y sepa que no hay mujer más perfecta  en el mundo que esa a la que llaman Mamá.

¡Feliz día mamasotas!




 

Aquí, cantando victoria

Alguien me dijo alguna vez que el peor error que uno podía cometer como mamá, era cantar victoria. Creo, sin lugar a dudas, que es uno de los mejores consejos que he recibido, incluso para la vida misma. Pero también creo que vale la pena celebrar cada pequeña victoria por el mero placer de saber que algo estás haciendo bien. Por eso hoy, arriesgándome un poco, quiero salir a ondear esa bandera de la victoria, por ser mamá. Hoy soy ese Leonardo di Caprio en el Lobo de Wall Street, caminando con los brazos abiertos, la frente en alto y el pecho hinchado porque me siento orgullosa de mi hogar.




Debo confesar que después de ser mamá, un par de veces, había dudado de haberlo sido. Por momentos, me entraba una extraña sensación parecida al susto o al arrepentimiento. Algunas veces, me daba estrés no tener siquiera la opción de renunciar, por aquellas cosas de la maternidad y su irreversibilidad. Otras, seguro por el cansancio, me sentía culpable por anhelar unos minutos de una vida sin hijos. Y muchas, muchas otras, me preguntaba en silencio si apostarle a este hogar había sido la decisión correcta.

Este fin de semana, tuve todas mis respuestas.

El sábado pasé el día como cuando éramos novios con mi 10%. Estuvimos arrunchados hasta las 11 de la mañana viendo House of Cards, almorzamos vodka, nos fuimos a Estéreo Picnic, bebimos ron, nos reencontramos con amigos, bailamos y cuando la adultez nos pasó factura, huimos para volver a la cama. La pasamos increíble.

El domingo en la tarde, con los ojos ardiéndonos todavía por la falta de sueño, moríamos de ganas e impaciencia por encontrarnos con Lorenzo. La carcajada con incredulidad de él, al vernos asomar por su ventana nos hizo aguar ojo, y sin decir nada nos apretujamos los tres en un abrazo infinito.

Cualquier duda que pude haber tenido frente a la maternidad, se disipó en ese momento y para siempre.

¿Qué día prefería?  Ambos. No podría decirles cual día estuvo mejor. Cada uno, como diría un amigo con bajo criterio para escoger novias, tuvo lo suyo.

La cuestión no era escoger cual de los dos días había estado mejor. Todo se resumía a saber con claridad de cual de los dos días podría prescindir, sin que eso afectara mi felicidad. Creo que está claro que ni tres vodkas y 5 rones superan la feliz borrachera que me provoca pasar una tarde en casa con mi 10% y Lolo.

¿Sábado o domingo? Ambos. Este fin de semana me di cuenta que puedo tener ambos. Pero aunque me gustan esos sábados, debo reconocer que me supo más a felicidad el domingo.




La ecuación es sencilla. En este momento de mi vida, a mis treinta y pico, que ya disfruté varios años llenos de sólo sábados, agradezco infinitamente poder saber a que saben los domingos.

Eso que tanta gente me ha expuesto como argumento para no tener hijos, como la pérdida de la libertad, el no poder tomarse un trago, no poder estar a solas con la pareja, no viajar, etc., no son reales, porque sí se pueden tener. Lo que pasa es que una vez tienes hijos comprendes que de muchos de ellos se puede, y es más divertido, prescindir. (De muchos he dicho, pero ni se les ocurra incluir en esa lista la apretujada con el marido, a eso si es muy aburrido renunciar).

A lo que voy es que mi vida sigue teniendo sentido si me pierdo otro par de fiestas, pero en cambio no tiene ninguno, si jamás descubro lo que se siente ese abrazo infinito. Decido quedarme con mis sábados esporádicos y mi resto de días que parecen domingos.

Ésta es mi victoria, que más que victoria es agradecimiento por tener una vida llena de domingos que no me saben a guayabo. Por tener una familia que me pone a volar más que el bareto que vi fumarse a Snoop Dog. Por la oportunidad que me dio la maternidad de saber lo que vale la pena en la vida. Y por todos aquellos que por no tener un hijo, o por vivir intensamente muchos sábados, creen que son más felices que yo. Me regodeo de mi victoria porque construir un hogar no me sabe a otra cosa sino a triunfo.




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Post-Parto - Lactancia

La maternidad nos hace mucho daño a algunas. Y no, esta vez no estoy hablando de las estrías que ganamos, del pelo que perdemos o de las horas de sueño que necesitamos. La maternidad nos vuelve intensas, cantaletudas y profetas. Si algo nos ha funcionado queremos que todas lo sepan, lo imiten y lo oigan una y otra vez de nuestra boca. La lactancia, por ejemplo, es uno de esos temas polémicos de la maternidad que más nos enloquece. Cada vez más, me privo de tocarlo en una reunión, junto con la política y la religión. Los tres temas tienen en común fanáticos que no quieren escuchar sino evangelizar. Razón suficiente para tampoco haber hablado sobre la lactancia en un post anterior.

Como no tengo el derecho ni tampoco es mi intención dar cátedra sobre el tema, me limitaré a describir las 4 frases que detesto de la lactancia basada en mi experiencia personal. Lo que no significa que lo que yo crea deba tomarse como consejo, filosofía de vida o verdad universal.




1 “Si no lactaste por lo menos los primeros seis meses eres una despiadada, tu hijo se enfermará y no tendrá un vínculo fuerte contigo”.

Señoras, soy entonces una cruel despiadada con un pezón frágil que me hizo ver al diablo durante el primer mes a pesar de las cremas de caléndula, el vino rojo y el extractor de leche. Señoras, soy una despiadada que soportó el dolor durante un mes, fecha exacta que la lactancia dejo de arder, doler y sangrar. Soy una despiadada que para evitar una mastitis visitaba semanalmente un lugar llamado “el banco de leche” donde me hacían ver el diablo de nuevo estripándome una pocheca que insistía en obstruirse. Soy una cruel despiadada que a los tres meses sin poder levantar los brazos del dolor, con fiebre de 40 grados, sin poder alzar y cuidar a mi bebé y sin niñera, volví por última vez al banco de leche con una mastitis. Ese día renuncié a la lactancia, porque ese día, amamantar dejó de ser un momento íntimo y bonito con mi hijo y pasó a ser un problema que me cohibía de cuidarlo, me botaba a la cama y hacía de la maternidad algo que no debía ser: una tortura. Si señoras, lacté sólo tres meses de manera exclusiva y mi hijo ni se enfermó ni perdió su apego. Sobrevivimos las gripas como cualquiera, jamás hemos estado hospitalizados y somos inseparables, es más, para algunos, demasiado intensos el uno con el otro.

2 “Si lactas a un niño que habla, camina y tiene dientes eres una cochina”.

Señoras, si para algunas la lactancia resulta más fácil desde el comienzo antes que juzgarlas debo declararles mi envidia. A pesar de que estaba mentalizada para lactar 6 meses, tiempo que me parecía razonable, suficiente y perfecto para que los niños empezaran a deleitarse con otros sabores y para que las mamás pudiéramos volver a ponernos camisas de cuellos cerrados y sin botones, admiro (tal vez por no haberlo podido hacer) a las que pueden hacerlo por un tiempo más prolongado. Las envidio y admiro porque con el amor infinito de una madre siguen haciendo una labor nada sencilla con la convicción de darle lo mejor a sus hijos. También las entiendo y les brindo mi más sincera sonrisa de apoyo cuando me explican con un poco de cansancio que no encuentran la manera menos traumática de, literalmente, destetar a un niño que por grande que esté no quiere renunciar a esa zona de confort.




3 “Si lactas en público eres una desvergonzada”

Señoras y señores, hay que ser muy desalmado en esta vida para negarse a amamantar a un niño hambriento y negarle la posibilidad de calmar su llanto alimentándolo, simplemente porque estamos en público. Lactar no tiene nada de morboso, no consolar a un niño sí. Sepa de una vez, que el niño no está jugando, está saciando una necesidad que no tiene, a los ojos de personas sensatas, ninguna connotación sexual, ni exhibicionista y, mucho menos, desagradable. Existe un trato que se le da a un par de tetas que no amamantan más desagradable y morboso, difícil de entender pero fácil de ver, si revisáramos el grupo de whastapp de varios. Si usted es de esos necesitados que se la pasa rotando fotos de mega tetas siliconudas a todos sus contactos pero se indigna de ver a una madre lactando en un restaurante, es hora de ir al psicólogo. La solución es sencilla si tanto le molesta: mire a los ojos y no el escote… “mis ojos están aquí y no aquí ” es una verdad que venimos reclamando las mujeres desde hace años.

4 “Si no te gusta lactar o ver lactar en público eres una mojigata”.

Señoras, a mi nunca me gustó lactar con espectadores. No creo que eso me convierta en una mojigata o doble moralista. Tampoco he querido salir en Soho y no por eso hago vade retro a las que lo hacen. Para mi lactar era un momento intimo con mi hijo y, además como al principio era muy bizoña, prefería poder estar en la comodidad de mi privacidad para no cometer errores. Por ejemplo siempre olvidaba proteger la teta que no estaba en uso y terminaba lista para cambio de ropa y baño. Además se me hacía muy difícil no usar la almohada de lactancia y andar con ella encima para todo lado me parecía un poco engorroso. Amaba la privacidad para lactar porque para mi significaba tranquilidad y comodidad. Sepan que las tetas me parecen divinas, tanto como a cualquier hombre, me parecen divinas para el uso de la intimidad con mi 10%, me parecen divinas en su labor de alimentar, me parece divinas en la portada de una revista y me parecieron aún más divinas en la portada de la revista fucsia con Cristina Warner amamantando. Pero ni a mi 10% se las presto en mitad de un centro comercial, ni a mi hijo se las puse sin una mantita en público. Esa soy yo, supongo que desde ahora apodada la mojigata. La misma mojigata a la que le da pena salir en una revista en toples de sólo pensar que su papá vea su pezón, la misma mojigata que usaba una mantica en caso de tener que lactar estando en la calle, la misma mojigata que le parecen divinas las viejas que salen en Soho y la misma mojigata que puede ver a otras mujeres menos mojigatas lactar en la calle sin juzgar, sin mirar mal y sin satanizar.




Cada una tiene una experiencia distinta con la lactancia. Buena o mala, y lo único que hace insoportable este tema es la necesidad que tenemos de volver general algo tan particular y personal. Hay tantos colores y formas de pezones como maneras de vivir la lactancia. No somos ni flojas, ni despiadadas, ni exhibicionistas, ni cochinas, ni mojigatas. Detesto esas cuatro frases, detesto que alguien que jamás haya lactado opine sin conocimiento de causa, detesto que las que lo hayamos hecho nos juzguemos, y detesto que queramos defender una u otra posición con la férrea y ciega convicción de un fanático. A cambio de 4 frases obsoletas propongo 4 pasos para una lactancia feliz:

1 DE TETA

2 DONDE

3 Y HASTA CUANDO

4 USTED QUIERA

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Canciones Infantiles FBFinal

Pasarán los años, cambiarán las épocas, nacerán nuevos ritmos y las canciones infantiles seguirán repitiéndose. Cuando nació Lolo uno de los regalos más lindos que recibí fue una colección de música. Dos CDs de canciones modernas, lindas, entonadas, perfectamente musicalizadas, con voces melodiosas y además personalizadas. Pero las canciones de siempre, ésas de voces chillonas y acordes simples, ésas que me cantaba mi mamá, son las que a Lolo le generan fascinación. Gracias a Youtube he recordado canciones que juraba no tener en mi repertorio; la vaca lechera, pinocho en el hospital de los muñecos, la muñeca vestida de azul, el avión minino, cucu cucu cantaba la rana, pin pon, los elefantes que se balanceaban… entre otras.




Mi mente torcida influenciada por canciones como El Taxi y los años que llevo encima desprovistos de cierta ingenuidad han logrado que encuentre en estas canciones otros significados que no imaginaba en mi niñez. Unos muy traumáticos, otros muy cuestionables y algunos muy “descachados”. Las canciones con su música pegajosa que se repite una y otra vez en nuestra cabeza nos dejan grandes enseñanzas, sino que lo digan ciertos ingenieros y constructores de nuestro país que al parecer utilizan como material para sus edificios la receta de esta tonada:

“El puente está quebrado
con qué lo curaremos
con cáscaras de huevo”

Seguro no seré la primera en quejarse de la canción “Arroz con leche”. En ella se plantea que todos debemos casarnos y además, hacerlo sin tener en cuenta criterios como el amor, el respeto y la admiración; que además, como mujeres no tenemos otra utilidad social aparte de las labores domésticas. Y, como si fuera poco, nos exige no trancarle el paso al hombre de la casa que quiere salir a divertirse.

“Arroz con leche me quiero casar
con una señorita de la capital
que sepa coser, que sepa planchar
que sepa abrir la puerta para ir a jugar”

Si fuera por estas cualidades yo seguiría soltera, la única que cumplí cuando me casé, y a medias, es que nací en la capital. Y como seguramente mi papá está leyendo esto, debo decirles que también el de señorita. Pero a pesar de parecerme una canción machista, retrograda y pegajosa debo reconocerle su valor y el adelanto de pensamiento para su época. Es, tal vez, la primera canción infantil en apoyar el matrimonio igualitario y eso merece aplaudirlo.

“Yo soy la viudita del barrio del rey
me quiero casar y no sé con quien
con esta sí, con esta no
con esta señorita me caso yo”

Pero si Arroz con leche nos dictamina como ser niñas de bien, Pinocho además de ser una canción trágica y traumática es una radiografía tristísima de la realidad de nuestro país.

“Hasta el viejo hospital de los muñecos
llego el pobre Pinocho malherido
porque un espantapájaros bandido
lo sorprendió dormido y lo atacó”

Ni dormidos podemos descansar. La frase no nos inquieta, al parecer llevamos años registrando bombas, masacres, atentados y actos violentos muchos ocurridos en la noche que cuenta con la desprevención como su aliada. Otra razón más para promover el colecho o acaso ¿qué niño va a querer dormir solo después de oír semejante historia?

“Llegó con su nariz hecha pedazos
y una pierna en tres partes astillada
una lesión interna y delicada
y el médico de guardia lo atendió
A un viejo cirujano llamaron con urgencia
y con su vieja ciencia pronto lo remendó
pero dijo a los otros muñecos internados
todo esto ha sido en vano le falta el corazón”

No sabemos que EPS tenía Pinocho, pero por lo menos sabemos que estaba al día porque lo recibieron en ese viejo hospital sin mayores contratiempos y fue atendido por un medico y además un cirujano. Afortunado.

“El caso es que Pinocho estaba grave
y en sí de su desmayo no salía
el viejo cirujano no sabía
a quien pedir prestado un corazón”

Vaya lío con la escasa donación de órganos. Eso sumado a la crisis del sistema de salud, del POS, de las prepagadas nos deja claro que muchas veces lo único que nos puede salvar es un milagro.

“Entonces llego el hada protectora
y viendo que Pinocho se moría
le puso un corazón de fantasía
y Pinocho sonriendo despertó”

El párrafo que le falta a esta canción debería decir que tan pronto Pinocho sonrió demandó al hospital por falta de disponibilidad de recursos y por engañarlo con el trasplante de un corazón que por sus características parece haber sido comprado en el mercado negro.

Y para no desviarnos de temas referentes a la salud, si usted es de las mías, también habrá creído por años que a la pobre muñequita vestida de azul le dio un resfriado porque la sacaron a pasear.

“Tengo una muñeca vestida de azul
zapaticos blancos, delantal de tul
la lleve a paseo y se me constipó
la tengo en la cama con mucho dolor”

Lo cierto es que a la pobre si la sacaron pero no fue un chiflón lo que le hizo daño sino la falta de agua, fibra y fruta en el paseo. Con esa dieta que llevamos en las vacaciones cualquiera se estriñe. Y si aparte la muñeca vestida de azul es como el 90% de las mujeres que no nos sentimos tranquilas para entrar al baño si no es en nuestra propia casa, la cosa se pone más grave. La constipación no es más que la dificultad de evacuar un bollito (lo pongo en diminutivo para que no suene tan guache aunque debería ir en aumentativo). Todos sabemos que esa dificultad causa mucho malestar, ahora entiendo que a la muñeca le hacía falta un descongestionante pero no precisamente uno nasal.

Y si la pobre muñeca está de malas ni hablemos de la vaca lechera difamada. No sé mucho de ganadería pero creo que una buena vaca es una vaca lechera y, en mi caso, una vaca que da leche condensada es una fantasía.
Entonces, que alguien me explique cómo es que una vaca que produce un elixir que puede superar las 300 calorías por cuchara, es una vaca salada?

“Tengo una vaca lechera
no es una vaca cualquiera
me da leche condensada
ay que vaca tan salada
tolon tolon tolon tolon”

En un sentido literal puedo asegurar que la vaca no es salada sino demasiado azucarada, su problema, supongo, es serlo no precisamente con estevia. Pero en sentido figurado entiendo que la pobre está es de malas. En el mundo entero cada vez menos gente consume leche entera, y si una vaca extraordinaria tiene la capacidad de producir otra variedad, tiene que ser muy poco afortunada para dar leche condensada y no leche de almendras que vale el triple. El pobre lechero perdió la oportunidad de ser millonario a consta del fitness y lo sabía… ay que vaca tan salada.

Lo único cierto es que ésas canciones infantiles y muchas que necesitarían otro post son fabulosas; no en vano han perdurado y perdurarán. Puede que detrás de sus frases inocentes, si uno se pone a hilar delgado, encuentre mensajes poco actuales y errados, pero las prefiero a muchos reggaetones que en vez de indirectas tiernas nos lanzan sugerencias explicitas. Prefiero pedirle a Lolo que se consiga una novia “que sepa coser y que sepa bordar” y no una que sólo chupe chévere porque “ eso en cuatro no se ve”.

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En un post pasado, “Ser mamá es hacer todo lo que una vez criticaste” les compartí una lista de cosas que prometemos antes de ser mamás. Palabras que todas o casi todas tenemos que tragarnos alguna vez en la vida.

Una amiga de esas que uno quiere y odia por joven, hermosa, talentosa, inteligente, chistosa y bacana hizo de ese post algo maravilloso: 11 ilustraciones con mis palabras y yo no podía dejar de compartirlo con ustedes.

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Mamá e hijo vistos por los ojos de la talentosa Amalia Restrepo @amaaalia

11790175_10205732444883450_768499441_oDíganme por favor que no soy la única mamá que ha sucumbido a los avances tecnológicos con tal de terminar de almorzar, de oír el chisme completo de una amiga o incluso para dormir cinco minutos más. Si bien no quiero que mi hijo viva hipnotizado por estos aparatos tampoco voy a desconocer que son parte de esta generación y no somos miembros de una comunidad Amish.
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Cuenta la leyenda que ciertos niños han llegado a cumplir los 4 años sin saber que existe algo más dulce que un banano. No conocen el placer de hostigarse a punta de nutella, ni han sentido el divertido burbujeo en la nariz que provoca una gaseosa. Mi más sentido pésame con ellos. Gracias mamá por dejarme probar estas delicias cuando mi metabolismo las podía quemar en un segundo.

11793795_10205732443923426_2088098361_oNo es falta de amor propio es practicidad. Si bien antes de ser mamá me hubiera rehusado a salir a la calle con un poco de frizz, ahora no puede añorar más las colas de caballo. Los jeans, los tenis y las camisetas se volvieron mis mejores amigas. Y el look se complementa con un poco de jugo de mora (casualmente el día que tengo pantalón blanco), con una manito de grasa en mi camisa, un poquito de mocos, pintura, chocolate o cualquier material escandaloso y difícil de sacar.

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Cama-cuna: 2´000.000.

Juego de sábanas: 120.000.

Monitor con intercomunicadores y cámara de visión nocturna: 1´200.000

Que toda la familia duerma plácidamente: No tiene precio




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Antes de ser mamá me burlé durante años de mi hermano mayor y su manera de tomar por los hombros a mi sobrino como última advertencia a un llamado de atención. Me parecía exagerado, poco paciente, mal geniado, desmesurado … hasta que fui mamá. Esas ganas que  nos dan de espichar a los niños no siempre son producto de la ternura y de la suavidad de sus cachetes. Y el amor más grande del planeta también nos muestra la impotencia más berraca.

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Si no eres parte de esa minoría bendecida por la genética, después del parto y durante un par de meses, andarás por la calle con tu bebé y la gente se preguntará a que hora encargaste el otro. Yo me tenía tanta fe que la ropa que lleve para salir de la clínica no me cupo y tuve que volverme a poner la de maternidad con la que llegue. Ahora sufro con las sobras de Lolo que terminan en mi plato, con las piñatas llenas de cosas deliciosas, con halloween, con ir a hacer mercado, con los refrigerios que Lolo se rehusa a comer y a mi me da pesar botar destapados, con la leche de tarro que me acabo a cucharadas recordando mi niñez en la que juraba que eran quipitos.

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“Yo le hubiera dado una cachetada y listo, problema resuelto” decía mi amiga sin hijos después de relatarme un viaje en avión al lado de un niño. Mientras oigo sus consejos desde la ingenuidad de no saber como es esto, cruzo los dedos para que Lolo no haga una pataleta en su presencia y ella tenga que verme darle el control del tv y no una cachetada para que pueda terminar de contarme su historia. Si algo he aprendido de una pataleta es que o la hace Lolo o la hago yo, nunca los dos al tiempo.

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Me lo advirtieron en los cursos psicoprofilácticos, me lo dijo mi mamá, lo oí de mis amigas y aún así pasé noches enteras en urgencias porque a mi modo de ver ese reflujo estaba fuera de lo normal. Después de pasar horas rogando que nos hicieran todos los exámenes y de ver niños que realmente necesitaba atención, nosotros somnolientos, cansados y hambrientos no sabíamos como rogarle al doctor que nos dejara ir a casa.

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A propósito.. que hago haciendo este post en estos minutos valiosos??????

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Y en realidad no me imaginaba que teniendo a Lolo la más beneficiada iba a ser yo misma, porque con mis aciertos y desaciertos, sin un hijo no sería la persona que soy hoy.

Vale la pena,además de agradecer y reconocer el talento de Amalia Restrepo, divertirse con sus ilustraciones. Cuando tengas un rato, síguela en Instagram @amaaalia

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Mamás, lean las siguientes preguntas y contesten SI o NO con total honestidad.

1. De todos los proyectos que has emprendido en la vida, ¿ser mamá es de lejos el más desafiante, difícil y desgastante?

2. ¿Has sentido ganas incontrolables de llorar?

3. ¿Hay días que has sentido que has fracasado como mamá?

4. ¿Has perdido la paciencia por una cucharada que no te quieren recibir?

5. ¿Sabes el verdadero significado de la palabra cansancio?

6. ¿Sientes nostalgia al recordar tu barriga antes de ser mamá?

7. ¿No logras explicarte como hacían las mujeres de antes con 8 o más hijos?

8. ¿Te has sentido frustrada no sólo por las cosas que has dejado de hacer sino también por las que no has logrado que haga tu bebé?

Si todas o la mayoría de tus respuestas son un rotundo sí, eres mamá. Sabes lo maravilloso y lo tenebroso que significa serlo. Sabes que es una labor para machas. Sabes que hay días que queremos renunciar, salir corriendo, tirar la toalla, ponerle mute al mundo entero. Sabes que hay momentos dolorosamente ruidosos pero llenos de soledad. Sabes que hay otros peores llenos de incertidumbre. Sabes que por más que lo hayamos hecho bien hay días que todo sale mal. Y sobretodo, sabes que por más que queramos hacer las cosas bien a veces las hacemos mal.

Conoces la desazón y la impotencia que sentimos frente a una pataleta. Conoces el miedo al sufrimiento ajeno. Conoces la angustia de tener la responsabilidad de construir una buena o mala vida en tus manos. Sientes por primera vez lo que es un grito herido y la frustración que lo provoca. Sabes, conoces y sientes lo jodidamente difícil que es ser una buena mamá y no enloquecer en el intento. Entonces… si todas sabemos y conocemos esto ¿por qué a veces somos tan cabronas entre nosotras?

Mamás Cabronas

Mamás Cabronas

A mi me parece normal que alguien que no ha tenido hijos o que no quiere tenerlos tuerza los ojos y haga mala cara cuando Lolo pega un grito en un lugar público. Pues no tienen ni idea de la lucha que llevamos día a día, de las horas de sueño que nos faltaron y de las batallas que hemos escogido perder por un poco de paz. Pero que alguien, al que a lo mejor sus hijos le han hecho escándalos peores, me haga cara de “yo si supe criar a los míos” me la vuela.

La maternidad es jodidamente maravillosa. Pero se vuelve jodidamente aburridora cuando la volvemos una competencia. Y lastimosamente, en esto último las mujeres somos expertas. Si dar vida nos enaltece, nuestro trato con otras mamás nos denigra. El tan famoso bullying es ahora una tendencia entre mamás. Y no me refiero esta vez a que nos preocupe que nuestros hijos sean victimas de ello. Me refiero al bullying que nos profesamos de tanto en tanto entre nosotras. Una mirada, un silencio, una palabra, un adjetivo, una frase, un desplante son suficientes para aniquilar la poca fe de una madre encartada en un mal día. Somos exponentes del matoneo preciso cuando más deberíamos ser solidarias. Yo he sido víctima de esos consejos disfrazados, de esos silencios aniquiladores, de esas miradas lastimeras y me he sentido fatal. Pero también, como si me hubiera olvidado de mis malos días, he sido verdugo.

Es que es la típica situación en la que le buscamos lo malo a todo con tal de podernos sentir por unos segundos, que somos más que la otra. Es una jugada perversa pero tan humana que al mismo tiempo es inevitable.

Si lactamos, hacemos sentir mal a la que no; y solo cuando la vemos al borde del llanto, no dejamos de repetir los beneficios en defensas, proteínas, desarrollo del cerebro, fortalecimiento de huesos, que puede tener. Ahora que si no lactamos, miramos con desdén a la que no lo ha podido destetar; y con pánico a la que le sigue dando teta a los 3 años.

Si trabajamos, criticamos a la que se queda en la casa tachándola como mínimo de mantenida, pasando por otros calificativos no menos ofensivos como chupa-sangre, zángana, gusana, anticuada y hasta trepadora. Pero si nosotras nos quedamos en casa, la crítica va a esa “madre desnaturalizada” que prefirió salir a trabajar antes que dedicarle un par de años a su hijo.

Si después del embarazo logramos recuperar nuestro peso, literalmente acabamos con la pobre que no tachándola de glotona, dejada, sedentaria y perezosa. Pero si nunca pudimos bajar la pancita, las otras son unas plásticas, cocas, superficiales operadas y brutas.

Si le damos comida al bebé cada que pide, entonces nos dicen que estamos criando un obeso. Pero si no nos recibe comida, entonces nos dicen que es un tema de gusto, que al bebé no le gusta lo que le doy y en resumen todo termina en que no sabemos cocinar.

Si ponemos un poco de disciplina, entonces estamos criando al niño bajo un régimen del terror que va a deribar en un ser inseguro que no pondrá un pie en la calle por miedo a que le hagan daño. Pero si somos flexibles, conciliadoras, amantes del diálogo, entonces somos unas güevonas que nos la dejamos montar de un niño malcriado.

Si nuestro hijo habla, camina, pinta, baila y canta primero que los otros es porque a las otras mamás les ha faltado ponerles más atención y dedicación. Si son los otros los que hacen todo primero es porque están sobre estimulados.

Entonces decidí romper el círculo. Mi promesa es ponerme en los zapatos de las otras: dejar de creerme mejor porque mi hijo no llora en los aviones, dejar de sentirme fatal porque todavía no habla, alegrarme porque “Fulanito” ya dejó el pañal, no entristecerme porque hay niños que se duermen las 7:30 en su cama y regalar sonrisas y abrazos en vez de miradas y comentarios sobradores.

Nunca sabremos a ciencia cierta si lo que pasa en la vida de la otra está bien, si es ideal, si así están diseñados los bebés o si esa es la actitud correcta de una madre. Lo que si está claro es que si alguien sabe primero que algo está mal somos las mamás, no hay necesidad que venga otra a recordárnoslo y aplastárnoslo en la cara. 

Reconozcámoslo, somos mujeres y cuando queremos somos bien cabronas. Entonces embadurnémonos de mantequilla para que todo el bullying nos resbale y que el único que nos preocupe sea el que nosotras mismas queremos hacer y que por fortuna desde ahora, estamos conteniendo.

Vergüenzas con Lolo FB

Lo mejor y lo peor que me ha traído la maternidad es la pérdida de vergüenza. No es casualidad que usemos la palabra embarazoso para describir sucesos bochornosos, ya que desde ese preciso momento nos enfrentamos a una serie de acontecimientos que nos sonrojan, nos delatan y, perdón la palabra, nos emputan. Las visitas al ginecólogo nos liberan de tapujos, y ése es sólo el comienzo.

Durante años me quejé de la facilidad que tenían mis papás para hacerme sonrojar en frente de amigos, pretendientes y desconocidos. En algún momento sospeché que lo hacían de aposta, hoy estoy segura de ello. Cuando somos hijos no entendemos porque se empeñan en hacernos sentir así. Cuando somos padres finalmente lo sabemos.

Las mamás y papás han decidido forjar el carácter de sus hijos adolescentes a punta de pena porque en sus primeros años, cuando éstos eran bebés, han forjado el de ellos de la misma manera. Mi hipótesis es sencilla: los hijos nos hacen perder la vergüenza a punta de “osos” durante casi toda su niñez, se especializan en hacernos quedar mal en todo momento. En retaliación y a modo de venganza tenemos toda su adolescencia y parte de la adultez para desquitarnos.

Lolo con sus escasos dos años ha ido formándome una personalidad libre de timidez.

En unas vacaciones, Lolo chapoteaba agua en una piscina de cuyo nombre no quiero acordarme. Confiado en la seguridad que su pañal de agua le brindaba decide hacer la digestión. Yo veo su sonrisa característica de labios apretados para estos menesteres y lo saco de la piscina a la velocidad de la luz tan pronto veo un hilo de agua de otro color nadando como una lombriz en el agua. Con la toalla de bronceo logro limpiar el desastre que ya ha llegado también a sus piernas. El estrés me salva de vomitar. Y la vergüenza con el resto de turistas me genera un ataque de risa nervioso. Descubro que el calor, el agua y al parecer la arepa de huevo crean una mezcla demasiado peligrosa para ser contenida por un humilde pañal de agua. Los otros días los dedico al mar no me atrevo a dar la cara por la piscina.

Hay días que Lolo decide soltar un peito en el ascensor. Contrario a lo que la gente puede pensar, ese pequeño con carita de ángel, sonrisa contagiosa, mirada de galán de novela puede producir unos olores altamente contaminantes similares a los de un adulto enguayabado. Cuando semejante oprobio se expande por las narices de todos siento las miradas inquisidoras que sospechan más de la madre que del angelito.

“Ana María deja que Lolo experimente con la comida de esa manera le cogerá gusto” me repetía mi pediatra. Y si, Lolo es feliz comiendo spaguettis y untándoselos, espichando una papa en su mano y embutiéndosela después en la boca y yo también. Nunca pensé que ver comer a un hijo generara tanta satisfacción y felicidad, pero en los restaurantes esto es insoportable. Lolo quiere ser dueño de su comida como lo es en casa y eso no parece gustarle mucho al resto de gente. La vergüenza de pararse de la mesa se aliviana un poco limpiando con pañitos húmedos y dejando una buena propina.

Suelen decirme que en un años tendré que espantar mucha jovencita enamorada en la puerta de mi casa pero hasta que llegue ese momento sufro cada vez que una quiere interactuar con Lolo… “Lolo mira saluda a Valentina, mira que niña más linda, mira que te está dando la mano, ella te quería conocer, ay la vas a abrazar que bueno, no Lolo no, suéltale el pelo, Lolo, por favor no se lo arranques, Lorenzo suelta a Valentina, Lolo con la arena no, en el pelo noooooo”. La mamá de Valentina huye despavorida de nuestro lado no sin antes lanzarnos miradas que si las pusiera en palabras, este post sería uno muy grosero, y yo me quedo sola en la arenera sintiéndome la peor mamá del universo.

A pesar de haber lactado escasos tres meses Lolo tiene una fascinación por meter la mano en mi brasier. No me alcanzan los dedos de la mano y los pies para contarles el sin número de veces que por culpa de su manía he andado por la calle exhibiendo más de la cuenta. No es gratuito que en muchos sitios me hayan atendido con una sonrisa inusual y una lentitud exagerada. Y yo que pensaba que lo difícil había sido quitarle esa maña al papá.

Y si les contara las cantidad de veces que le he dicho a mi mamá o a mi suegra que Lolo no come esto o lo otro y de la mano de ellas no sólo lo recibe, sino que lo devora, repite y pide más. Defenderse es poco útil en estos casos porque la sonrisa ganadora de ellas te harán sentir no sólo mentirosa, mala cocinera y antipática sino además una pésima persona.

La verdad es que todos estos “osos” son tan sólo la antesala al paredón de la vergüenza. Apenas Lolo comience a hablar, la cosa se pondrá peluda de verdad. Historias de apuntes de niños hay mil y todas son excesivamente divertidas precisamente porque dejan muy mal paradas a las mamás o al menos sin algo que decir.

– “Uy mire ese negro tan feo se parece como a usted”. Daniel Medina. 6 años. A su tío costeño.

– “Yo voy a almorzar pero si no cocina usted”. Manuela. 5 años. A su abuelita.

– “Me das un beso? Si pero espere me saco este moco”. Maria Alejandra. 4 años. A la amiga de su abuelita.

– “Y qué hace tu mamá todo el día? Regañarme y hablar por celular”. Juan José. 8 años.

– “Quién era Simón Bolívar? Pues Cristóbal Colón”. Andrés Medina. 8 años.

– “Por qué no aprendes a tocar piano? Porque de grande quiero ser bruta como mi mamá“. Ana María Medina. 6 años.

Con todo esto y con lo que me falta, desde ya les aseguro que no me voy a aguantar las ganas de salir a buscarlo en pijama y despelucada si ha incumplido la hora acordada. No me voy a morder la lengua frente a su novia cuando me pregunte hasta que edad se orinó en la cama. Voy a gozar cuando haga su primer gol y yo seré la loca demente en la tribuna disfrazada de porrista gritando: “ése es mi bebé”. No me temblará la voz para contar un mal chiste delante de sus amigos, ni la mano para tomarme una selfie con él en su primer día de universidad antes de entrar al salón. Y mucho menos me contendré de besuquearlo en frente de quien sea. Lolo renegará y creerá que no ha hecho nada en la vida para que yo le haga pasar por estos momentos bochornosos. Yo sonreiré y me haré la güevona porque la teoría de la vergüenza habrá completado su ciclo.

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Lolo está oficialmente en vacaciones. El viernes pasado mientras con lágrima en el ojo yo recibía el informe de sus profesoras y una carpeta llena de los trabajos más divinos y peor pintados de la historia, una pregunta se iba apoderando de mi cabeza: ¿y ahora que voy a hacer?

Vacaciones - La Nuwe FB

Reconozco que el tema de las vacaciones me venía estresando por culpa de las mismas mamás. No hay una mamá que me haya cruzado en las últimas semanas que no me haya puesto su cara de tránsito lento cuanto tocaba el tema de la proximidad de las vacaciones, y eso me puso prevenida. VA CA CIO NES, pensaba en esa palabra que cuando chiquita era un sueño y ahora se convertía en pesadilla. VA CA CIO NES y de repente empezaba a ver mamás con caras de angustia, a oír sus voces de desaliento, a imaginarme la casa patas arriba, a niños descontrolados corriendo sin pañal, a verme reflejada en un espejo mal peinada y llena de harina, a oír los vidrios de las ventanas agrietarse por la cercanía de una una hecatombe. Cursos de vacaciones? Semanas culturales donde los abuelos? Televisión en demanda? Actividades caseras? Contratar una recreacionista? Entrenamiento militar? Trabajo forzoso? Sesiones de hipnosis? De todo se me pasó por la cabeza.

Aparte de todo leí en alguna parte que no deberíamos agobiar a los niños con actividades y cursos durante las vacaciones y que más bien deberíamos darles la oportunidad de conocer el aburrimiento en casa para que despierten su imaginación. Y, pues si… pero no. Unas cuentas horas de aburrimiento al día son necesarias pero semanas completas son un desperdicio. Además no quiero aburrirme yo también y contar como una prisionera los días en el calendario que faltan para volver al jardín. Mi mamá siempre tenía un curso de vacaciones listo para mi y aún así creo que colmaba su paciencia cuando en la tarde la llamaba 5 veces a la oficina a decirle: estoy aburrida. Supongo que debo agradecerle por mi imaginación porque los videos que soy capaz de armarle a mi 10% no soy cualquier pendejada

Por otro lado tampoco me sentía preparada para ese curso de vacaciones recomendado por una amiga. Lolo aún está muy pequeño y la verdad me sale más caro que un summer camp en Minnesota y en ese caso prefiero hacer la inversión para su primer semestre de universidad.

Así, que como con todo lo que me parece difícil en la vida opte por relajarme. Lo primero que noté es que la organización de mi tiempo debería cambiar inmediatamente. Esas 4 horas libres en la mañana que me parecían tan poca cosa, tan escasas, tan rápidas, tan insuficientes para alcanzar a hacer de todo ya no están y a nadie le voy a negar que las voy a extrañar.

Mi plan, madrugar un poco, trasnochar otro tanto y aprovechar las siestas que, por fortuna, Lolo no ha dejado de hacer. De mi depende que éstas, nuestras primeras vacaciones oficiales sean divertidas y se pasen en 5 minutos, o sean tan aburridoras que parezcan los mismos 5 minutos pero bajo el agua. La clave: hacer de todo un parche. La ventaja: ya no hay afanes. El reto: disfrutar esos momentos. El propósito: no olvidar que finalmente son vacaciones y que la idea es descansar. El secreto: planificar. La motivación: quemar energía como ellos ayuda a adelgazar. El tip: olvidarse de los tacones y la ropa fina. El mantra: se va a crecer y hay que aprovechar este culicagado. La recomendación: intégrese con sus pares, es decir otras mamás con hijos de edades similares con las que pueda tomarse un café mientras ven a sus pequeños pelear por la misma pelota.

Pensando precisamente en otras mamás, me impuse el reto de hacer esto último posible. Entonces pensé en las cosas necesarias, fundamentales y casi obvias para que cualquier mamá pudiera solucionar por lo menos una tarde su “Síndrome de Vacaciones”. No una hora, ni un ratico sino TODA una tarde y diseñe una lista de exigencias:

1. Un lugar que tenga variedad de juegos para el niño.

2. Un lugar bonito, agradable, seguro.

3. Un lugar en el que me sienta tranquila porque el niño está jugando acompañado de expertos.

4. Un lugar en el que yo pueda tomarme un cafecito mientras lo veo jugar y echo lora con otras mamás.

5. Un lugar en el que yo pueda jugar con él y nos divirtamos juntos con juegos que me hubiera soñado de niña.

6. Un lugar al que sea fácil llegar y que tenga parqueadero.

Y como si alguien me hubiera leído la mente apareció Chiky Place. Un lugar que cumple con todas mis exigencias y que quiero que todas vayan a conocer conmigo.

Vamos a pasar una tarde con nuestros chiquitines en Chiky Place, para hacerlo sólo tienes que publicar una foto en tu Instagram o Facebook donde muestres algún juego loco, creativo, medio ridículo y hasta desesperado, que hayas inventado para entretenerte con tu hijo en vacaciones. IMPORTANTE: Debes citar en tu post a @LaNuwe y @Chikyplacebogota en Instagram o LaNuwe y Chiky Place Bogotá en Facebook.

Vacaciones - La Nuwe @ChikyPlace

Chiky Place Bogotá elegirá las 10 mamás que me acompañarán toda una tarde a jugar con nuestros bebés y darnos ese respiro que estamos necesitando en estas vacaciones.

Así que a publicar esta semana sus fotos porque el próximo martes 30 de junio elegiremos las 10 ganadoras.

Prepárense para una tarde de alivio en medio de este mes, calificado por muchas como el más difícil del año. Yo por lo pronto, mientras espero sus fotos impaciente, seguiré poniéndole buena cara a la temporada de vacaciones que por lo que veo no va a ser tan desastrosa como la pintan.

Según teorías, soy una pésima mamá

Alguna se ha puesto en la tarea de averiguar cuántas teorías de crianza existen? Cuántos métodos para dormir con o sin lágrimas se han escrito? Cuántos tips para criar niños felices, seguros, educados y cero narcisistas han rotado nuestras amigas en FB? Yo no. Aunque me atrevería a afirmar que cualquier número por debajo de 50 es poca cosa. Poner en google teorías de crianza arroja cerca de 355.000 resultados y todas aseguran tener la verdad absoluta para que usted no la embarré como mamá. Aunque no soy demasiado metódica en este tema de ser mamá y en estos dos años he sido más empírica que teórica, debo confesar que de tanto en tanto recurro a google como mi consejero de cabecera. Me ha sacado de aprietos un par de veces y otras tantas me ha enredado la cabeza. He buscado desde como hacer una papilla de fruta hasta cuando salir corriendo a urgencias.

Últimamente, debido a que varias mamás me miran con benevolencia y pesar mientras me advierten que Lolo ya va a llegar a “los terribles dos años” como ellas lo llaman, mis preferidas han sido las búsquedas relacionadas con crianza. Me he encontrado con una cantidad de teorías y disparates que lo único para lo que me han servido es para martillarme la cabeza con el siguiente subtexto: todo lo has hecho mal. Me pregunto si mi mamá también fue víctima de esta sensación o si la benefició ser madre en una época desprovista de demasiada información. Si me pongo a ver pocas de las cosas que ahora recomiendan hacer con los hijos las hicieron conmigo… y ni les digo las que recomiendan no hacer. Y hasta donde sé no estoy traumatizada. Supongo que quienes escriben estas guías quieren en lo más profundo de su corazón hacerme la vida más fácil con evidencia que mis papás no tuvieron, pero, a mi en particular, terminan por hacerme sentir impotente, incapaz y, precisamente, mala madre.

Llevo dos años acertando y embarrándola a la par en esto de ser mamá. Y aunque hay días que siento que me falta teoría para no enloquecer también hay otros que siento que el instinto y el corazón fueron la mejor opción. Por eso he aprendido a relajarme con el tema y a convencerme que no sólo cada niño es diferente sino que cada mamá también. Y que la culpa no es de las teorías sino de nuestra tendencia a creer que son verdades absolutas para nuestro caso particular. Yo he ido creando las mías propias basadas en mi temperamento, en el de Lolo y en el de mi 10%. Y puede que ni siquiera a nosotros nos funcione del todo pero al menos es la nuestra y no nos talla. Aún así de tanto en tanto se viralizan frases en las redes que me gritan lo pésima mamá que soy: “No más narcisistas ante una pataleta no dé su brazo a torcer” “Lo peor que puede hacer es compartir la cama con sus hijos” “No ponga apodos, llámelos por su nombre” “Si no prueban el dulce nunca lo van a extrañar”… podría seguir enumerando más citas famosas, pero de seguro quedarían evidenciadas mis falencias como madre y alguien se atrevería a llamar al bienestar familiar. Estos son algunos de mis muchos pecados:

“No más narcisistas, ante una pataleta no dé su brazo a torcer”

Ante esta afirmación necesito una maestría completa. Entiendo que hay berrinches que no pueden ser solucionados dándole al niño lo que reclama pero hay miles otros que no pueden ser ignorados y mucho menos batallados con la misma intensidad. Muchas veces me ha funcionado tratar de razonar con Lolo y en otras situaciones me ha funcionado un simple No más en un tono más agudo. Todo ese manejo de la autoridad nunca me ha quedado claro y me debato constantemente entre el Hitler que la sociedad quiere que sea y el Mockus que muchas veces se necesita. Cada vez más me pregunto “que hago” “que hacen las buenas mamás en estos casos” “que hace ésa que se ve tan tranquila” y la verdad, sólo la razón y la potencia de la pataleta terminan por dictaminar mi manera de actuar. Sí he dado mi brazo a torcer, si por eso se entiende que a veces he cedido porque si bien no todo puede ser como Lolo dice tampoco todo puede ser siempre como yo digo.

“Los padres no deben dormir con sus hijos”

Yo fui recibida en la cama de mis papás hasta una edad en la que me puedo acordar y puedo decir que fue una de las mejores cosas que tuvo mi niñez (y adultez). Atravesar a oscuras el pasillo entre mi cuarto y el de mis papás, con el frio en la espalda que provocan los fantasmas imaginarios, con la aturdidez de un sueño interrumpido pero con la necesidad de llegar a un puerto seguro, su cama, y ser bienvenida con un abrazo, es de las mejores sensaciones que tengo en mi memoria. Poner los pies entre las piernas de mi papá, sentir su respiración y volverme a quedar dormida porque ahí en medio de ellos, el miedo y el frio desaparecía. Hoy, si mi carácter tiene sus fallas no creo que ésta sea la causa, mis papás no se han divorciado y yo tengo la seguridad que siempre puedo llegar a ellos, mi puerto seguro, cuando nuevos fantasmas insisten en aparecer. Bienvenido Lolo, cabes en medio de estos dos gladiadores dispuestos a velar tu sueño todas esas noches que, aún no me explico como, llegas tanteando paredes hasta nuestro cuarto.

“Debemos llamar a los niños por su nombre”

Cosita. Cuenta mi mamá que cuando me preguntaban mi nombre yo contestaba Cosita. Un tío, de esos fenomenales, con todo el amor del mundo me puso ese apodo y yo me sentía la persona más amada sobre el planeta tierra cuando alguien la usaba para llamarme. Mi 10% a veces mientras abraza a Lolo y le hace cosquillas con su barba lo llama Mi bultico y Lolo muere de risa. Mi 10% se llama Andrés, él lo sabe como sabe que es un 100%. Las palabras son poderosas y por eso hay que cuidar lo que decimos pero mucho más la manera como las decimos. La Cosita creció y nunca se sintió como un objeto. Una manera de referirte a alguien con amor nunca va ser perjudicial. Yo soy LaNuwe porque mi 10% terminó por darme ese apodo y aunque me gusta mi nombre, siento que esa manera de llamarme es mucho más especial y en ella van implícitos miles de sentimientos que sólo él y yo entendemos. La gente en los bancos, las llamadas a lista en clase, los certificados de votación, mi mamá enojada, demasiada gente puede usar el Ana María. En cambio sólo unos, casualmente los más cercanos al corazón, me dicen nena, fea, cosita, nube, moscorrofia, grilla y yo vuelvo a sentirme amada e importante. Ya llegará el día en que así como tuve también el carácter para pedir que me quitaran apodos que no me gustaban en el colegio, Lolo haga lo suyo y me haga saber con cuales se siente feliz. Puede que lo primero que me quite sea el “Lolo” o puede que me deje seguir usándolo junto con las mil y un palabras con que lo llamo cada vez que me dan ganas de espicharlo y que para mi expresan más que decirle tan sólo: Lorenzo. Y si la cosa es que vamos a preocuparnos por nimiedades pues entonces empecemos una campaña en contra de nombres pavorosos dolorosos de pronunciar e imanes para el bullying.

“Si no prueban el dulce nunca lo van a extrañar”

Si no es ahora, CUANDO? Entiendo que los tiempos han cambiado y ahora hay una cultura más saludable en el mundo. Entiendo la importancia de frutas y verduras y alimentos libres de gluten. De hecho me gustan y las como a diario pero ante un brownie me tiemblan las piernas, se me dilatan las pupilas y no hay trozitos de manzana que valgan. Sin haber sido una obesa, puedo reconstruir mi niñez a través de las delicias que me comía sin temor a engordar. En la alacena mi mamá siempre tenía una caja de chocolatinas Jet, una caja de gansitos, otra de herpos y paquetes de papas. Esa alacena no tenía llave y en mi casa mis hermanos y yo le dábamos fin a ese cajón igual que al frutero encima de la mesa del comedor. Yo personalmente me siento incapacitada de negarle placeres a Lolo cero saludables y 100% deliciosos. Ya llegará a mi edad y tendrá que dosificarlos. Pero si no es de niño que uno puede comer este tipo de cosas sin preocupaciones, aunque si con mesura, (nadie quiere una crisis de hiperactividad, una ida a emergencias por dolor de estomago y varias idas al odontopediatra por caries) entonces cuando? Nunca? Algunos dirán que es mejor que no los prueben porque nunca sabrán de que se están perdiendo: adelante los apoyo en esa iniciativa en la que tendrán que no volver a la casa de los abuelos, no volver a piñatas, no llevarlos a hacer mercado, no ver televisión y básicamente irse a vivir a una comunidad Amish.

Ya hay demasiadas cosas en mi vida que necesitan ser hechas metódicamente, la maternidad por fortuna me va seguir halando por el lado del instinto y el corazón. Mi consejo: no siga mi consejo que como mamá no sé lo que estoy haciendo y según varias teorías está comprobado que soy pésima, pero sobretodo dejemos de analizar todo demasiado y de, como diría mi abuela, hilar tan delgado por favor. Todo en exceso en malo, todo en carencia es triste. Y si al del vecino le funciona no significa que uno tenga que hacerlo así … y viceversa.

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Sin Razón BLOG

Hace poco me preguntaron mis razones para haber sido mamá y debo confesar que no supe que contestar. En un principio creí que mi bloqueo era producto del menosprecio que sentía en los ojos de mi interlocutor ante la sorpresa de que una mujer en pleno siglo XXI, estudiada, “viajada”, inteligente, divertida y capaz decidiera ser madre en un mundo que ya no se lo exige. Unos minutos después me di cuenta que no tenía una respuesta porque era mi hemisferio izquierdo el que estaba buscando las razones.

Siempre creí, y estaba segura de ello, que la decisión de tener a Lolo había sido más racional que pasional… hasta ahora. Si bien las ganas de ser papás nos estaban carcomiendo cuando decidimos meternos en la grande, sentía que lo que realmente me había impulsado no era el tic tac de ese reloj biológico que algunas aseguran sentir sino más bien una hoja de excell, que una noche hicimos con mi 10%, que concluía que no sólo estábamos en una edad ideal sino que nuestras finanzas aguantarían varios meses mi “holgazanería”.

Hoy, un par de años después, entiendo que nunca tomamos esa decisión con la cabeza sino con las entrañas. Y que las justificaciones racionales que me daba a mi misma para tenerlo solamente trataban de reforzar la decisión que, sin darme cuenta, yo ya había tomado con el corazón. Tener un hijo nunca va a ser una decisión racional porque de seguro si lo pensáramos más de dos veces no lo haríamos. Y ahí radica lo maravilloso de serlo.

Leo con fascinación la cantidad de artículos que a diario publican con mil y un razones por las cuales es mejor no tener hijos y siento que fácilmente yo podría aportar a esa lista 50 razones más. Podemos encontrar razones para todo en la vida. Cuando de justificar una idea se trata, la cabeza es experta en encontrar los argumentos adecuados y más cuando el tema es “ser mamá”, pues razones para no tener hijos hay mil.

Decidir tener hijos porque racionalmente creemos que es lo mejor no es posible. No encuentro un argumento coherente y sensato para decidir tenerlos, en cambio encuentro muchos para no hacerlo. Con los hijos se pierde mucho. Pierdes tiempo, pierdes horas de sueño, pierdes tu estómago plano, pierdes noches con amigos, pierdes plata, pierdes tranquilidad, pierdes trabajos, pierdes intimidad, pierdes idas a cine, pierdes guayabos en cama, pierdes paredes, pierdes el orden, pierdes trabajos, pierdes pelo, pierdes un poquito de ti. Pierdes la paciencia y conoces la peor versión de ti. Sabrás que eres un Hulk en potencia y con una pendejada vas a estallar. Desconocerás ese sentimiento en el pecho que te hace gritar, zarandiar y llorar. Y por unos minutos creerás que nada vale la pena porque todo lo has hecho mal. Pierdes la certeza y comienzas a vivir con la incertidumbre de no saber si estas literalmente ¨cagándote” la vida de alguien. Puedes leerte todas las teorías de crianza, puedes aprender del ejemplo de amigos y familiares, puedes recibir consejos hasta del portero, puedes ver todos los programas de la Super Niñera, puedes hacer talleres de coaching para padres y aún así nunca sabrás si lo estás haciendo bien porque sin importar lo que hagas o como lo hagas, el mundo se encargará de achacarle a tus hijos un par de traumas, problemas cognitivos y reacciones psicológicas consecuencias de tu manera de criarlo. Pierdes la inocencia porque te das cuenta que el único pan que venía debajo del brazo, era el brazo de reina que se asoma cuando decides ponerte camisas esqueleto.

Pierdes un montón de cosas que se me hacen fácil enumerar y ganas un montón que, a pesar de ser mamá, soy incapaz de redactar. Debe ser porque la satisfacción y la felicidad me sobrepasa de tal manera que no puedo ponerlo en palabras. Y porque siento que si me atreviera a hacerlo caería en ese tipo de cursilería que sólo entiende el que la padece.

No sé porque fui mamá y no tengo una respuesta coherente, al menos para alguien que no lo haya sido. No hay quien pueda hacer una lista con el porque vale la pena ser mamá, o por lo menos, yo no soy capaz. Ser mamá es la decisión más irracional, estúpida y poco práctica que podemos tomar. Y aún así, si pudiera devolver el tiempo creo que volvería a dejar de tomarme las pastillas anticonceptivas. No es un secreto que la mayoría de cosas en la vida que te quitan el aliento, te cambian, te maravillan, te hacen crecer y te hacen feliz son aquellas que precisamente no pensaste con la cabeza.

O acaso podemos enamorarnos locamente de alguien sólo porque nos digan que es el partidazo del año? Yo me enamoré de un paisa con más mala fama que Charlie Sheen pero no quise oír consejos, no analicé las probabilidades, no hice un top 10 con las razones para no meterme con él, no pensé racionalmente que la cosa podría salir mal, no me deje convencer cuando me decían “el que es nunca deja de ser”. Yo sólo sentí que juntos éramos felices como nunca lo habíamos sido. Y PUM, a pesar de tener 1001 razones para salir con ese otro prospecto seguro y confiable que me recomendaba la cabeza, me casé con el que me hacía alucinar. Apostarle a esa decisión que nada tenía que ver con la razón fue lo mejor que me pudo pasar.

Por eso no voy a enumerar las razones por las que ser mamá vale la pena. La que ya lo es, lo sabe; la que no lo es, ni se lo puede imaginar; y la que no quiere, lo va a demeritar. Buscar razones para mi es la prueba fehaciente de la necesidad de reafirmar una decisión que no está muy clara. Yo no necesito hacer una lista por las cuales vale la pena ser mamá, simplemente sé que es la peor/mejor decisión que he tomado en la vida y que de no haberla tomado sé que, en algún punto de mi vida más adelante, me hubiera frustrado. Así que prefiero dejar las listas de pros y contras para otros asuntos menos emocionales. Nadie tiene la razón, nadie sabe nada, el universo no le está mandando una señal si encesta ese papel en la caneca, ese top 10 que está leyendo también pudo ser escrito por alguien que no tiene la menor idea o que opina todo lo contrario.

Así que después de un silencio incómodo lo único que atine decirle a mi interlocutor era que había sido mamá por la misma razón por la que hacía todo en la vida: porque sentía que eso me iba a hacer inmensamente feliz. Por fortuna esta vez tampoco me equivoqué al darle un segundo sí a ese paisa maluco que se volvió mi 100%, y por eso no tengo que buscar razones lógicas, racionales y prácticas que me auto convenzan de mi decisión.