De todas mis fiestas, recuerdo con nitidez la primera ostentosa que tuve de cumpleaños. Tenía 7 años y por ostentosa me refiero a que mis papás alquilaron el salón comunal, me compraron una piñata de Guri Guri, el muñeco de moda por ese entonces, contrataron recreacionistas de camisetas rojas que en algún momento también hacían de magos y meseros, las sorpresa eran jacks o catapis, como le dice mi 10%, y nadie se quejó del nivel de gluten de los perros calientes. De mis onomásticos anteriores tengo como prueba un par de fotos, pocas para mi gusto pero hay que recordar que la cámara era de rollo y mi mamá no era adicta a Instagram.

fiestas del 1 al 4

Las fotos comprueban que mis progenitores celebraron mis primeros años de vida, y también comprueban que para celebrar esos primeros años de mi maravillosa existencia, valga la pena decirlo, no era necesario hacer una fiesta en la estratosfera. Y la primera razón es que por más que me esfuerce me es inútil recordar mi primer, mi segundo o incluso mi tercer cumpleaños sin tener que recurrir a una sesión de regresión. Celebrar un año más de vida de alguien amado, en especial de un hijo, es una emoción que no nos cabe en el pecho. Pero al parecer, la moda de las mamás de ahora, es botar la emoción y la casa por la ventana, para organizar fiestonononones más pensados en deslumbrar a los adultos que divertir a los pequeños.

Las fiestas infantiles del momento me asustan. Cada vez que recibo una invitación de la mano del portero, un ligero escalofrío recorre mi cuerpo. Mientras leo en voz alta “Te invito a mi fiesta para celebrar mi cumpleaños número 1” …mi mente dice no no no no me invites y entiende lo siguiente:

“Te invito a mi súper fiesta de la que no recordaré nada porque tengo un año. Te invito a que me veas dormir la mitad de la tarde, que te lleves de recuerdo una botella de agua personalizada con mi nombre que botaras tan pronto salgas de acá. Te espero para que te burles de mis papás tratando de tomarme una foto sin llorar, al lado del muñeco de Disney de moda en versión gigante y mal oliente. Te espero a las 2 de la tarde con un buen regalo porque las sorpresas que tenemos son impresionantes. No olvides traer a tu hijo porque aunque no parezca la fiesta es para él.”




Las mamás de antes, creo, no se devanaban los sesos pensando una fiesta temática para un niño menor de dos años, que nadie (al menos cercano) ya hubiera hecho. La piñata se llenaba de basura, por basura me refiero a pequeños muñecos de plástico deformes y unicolores, porque lo divertido era partirla con un palo de escoba sin llevarse la cabeza de alguno de los invitados. Las sorpresas eran la basura que cada niño lograba salvar de la piñata o el popular Jacks (siii, el mismo catapis). Eran fiestas bonitas en las que corríamos los muebles de la sala para tener más espacio y toda la familia se turnaba la inflada de las bombas para no hiperventilar. Fiestas geniales en las que nos reuníamos alrededor de una mesa a cantar un cumpleaños feliz y callábamos solemnemente, a modo de ritual, durante 4 segundos mientras el homenajeado pedía deseos secretos al soplar las velas. ¿En qué momento organizar una fiesta infantil alcanzó niveles tan estrafalarios en los que a veces ni siquiera hay tiempo de pensar los deseos antes de soplar las velas?

Me perdonarán las anfitrionas de fiestas hermosas que superan el presupuesto que invertí en mi matrimonio, pero entre tantas arandelas parece escapárseles la magia de celebrar y agradecer un año más de vida. No quiero arruinarles la inversión pero esas fiestas no las disfruta el cumpleañero por ahora. Con una torta, unas velas, tres bombas y una tarde de diversión y cariño es suficiente para los primeros años. El resto, las arandelas, son sólo para que los adultos inflemos pecho y nos regocijemos en el ego. Yo he decidido ahorrarme esa platica para cuando Lolo me pida su fiesta, me diga claramente los nombres de los amigos que quiere invitar,me diga donde la quiere y como la quiere, me diga convencido de qué sabor quiere la torta, escoja lleno de emoción la decoración y me pida no tomarle fotos porque quiere seguir jugando con sus invitados.

Este año, Lolo cumplió 3 años y yo me rehusé con todas mis fuerzas, y mi 10% con toda su billetera, a celebrarle su cumpleaños como parece que debíamos celebrarlo. Dijimos que no a alquilar un sitio lleno de actividades que cobran el minuto más caro que un parqueadero en la 82. Dijimos que no a buscar quienes tienen hijos en nuestra lista de contactos cercanos y no cercanos para conseguir un quorum decente de niños. Dijimos que no a gastarnos lo que nos vale un mes de mercado en sorpresas descrestadoras y útiles para los invitados. Hicimos una cartelera con todos los momentos importantes desde que supimos que íbamos a ser papás, organizamos foto por foto con Lolo y con cada foto recordamos divertidas anécdotas, se la expusimos a Lolo y su cara sonreía con cada historia, de repente no nos cabía el agradecimiento en el pecho por estos tres años que lleva Lorenzo a nuestro lado alegrándonos la vida. Así, sin arandelas, tuvimos la mejor celebración de todas hasta ahora. Puede que Lolo tampoco se acuerde cuando crezca de la cartelera de su cumpleaños número 3, pero al menos la satisfacción en mi pecho y las lágrimas en los ojos de mi 10%, me confirmaron que celebramos lo importante sin gastarnos un dineral. Prometo hacerle una cartelera cada año que le recuerde a él y nos recuerde a nosotros lo afortunados que somos de celebrar otro año juntos.

Fiesta de Lolo año 3

Habrá cumpleaños de francachelas y comilonas que nos hagan sentir como reyes rodeados de amigos, pero también, mientras pueda hacerlo, habrá carteleras que los tres releeremos en la intimidad de nuestra casa conmemorando la vida. Y así, de pronto podremos garantizar que entre tanta arandela no se nos embolate lo importante.





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Martes de Post-Parto - Abrazables pellizcables

Niños que dan ganas de abrazar y niños que dan ganas de pellizcar. ¿Los han visto? Sé que todas saben a lo que me refiero. Los niños son por naturaleza tiernos y apapachables, es muy difícil no caer rendidas ante sus cachetes, a sus medias lenguas chillonas y ocurrentes, a sus manitas suaves y regordetas. Pero hay unos, que aunque tengan más cachetes que Quico nos inspiran pellizcarlos y no precisamente como una expresión de amor. Nada tiene que ver con qué tan modelos de portada de revista parezcan. La ternura y la simpatía por un niño, así como el desagrado por el, radica en su comportamiento.




Los niños son niños, harán pataletas, llorarán, gritarán, no se quedaran quietos. Pero basta pasar una hora con un niño para ver la línea divisoria entre esa actitud infantil normal de un niño y una desesperante.

Yo, como toda mamá de mi generación, leí sobre crianza con apego, disciplina positiva, sobre el diálogo por encima de todo y en todo momento, sobre la manera correcta de hablarle a nuestros hijos para que entendieran el porque de nuestra decisión. Y hoy, a pocos días de que Lolo cumpla tres años me atrevo a decir que algunas lo entendimos todo mal. Nos hemos preocupado tanto por pulir y perfeccionar la crianza, que en ese miedo que nos han inculcado de no generarle traumas a los niños, olvidamos que a veces cuando mamá o papá dicen que No, es No, sin importar que no tengamos una razón que los niños en este momento de su vida puedan entender.

Tengo tres hermanos mayores, todos hombres. Soy la única niña y la menor, o en otras palabras, soy la consentida. Ser la consentida a veces se confunde con ser la malcriada, y no niego que alguna vez me haya portado como tal. Pero sobre todo se traduce en ser consentidora. Y yo soy absurdamente consentidora. Soy tan consentidora que si no fuera por una dosis de mi 10% en el momento adecuado y el ejemplo de algunos niños que quiero pellizcar, me podría cagar (no encuentro otra palabra mejor) a Lorenzo a punta de mimos. Nuestra crianza, sea la que sea, hace de nuestros hijos unos niños abrazables o unos pellizcables.

Los terribles dos años llegaron para cuestionarme y para obligarme a hacer unos ajustes en materia de educación en mi casa. Pasamos de un bebé que necesita todos nuestros mimos y abrazos, a un niño que necesita mimos, abrazos y aprender a obedecer. Y comencé a debatirme cuando ser un poco de derecha y cuando ser un poco liberal con Lolo. Yo tengo amigas a las que nunca les he oído alzar la voz y otras a las que quisiera ablandar un poco y, con lo que voy a decir a continuación puede que una horda de mujeres me ataque, pero estar en compañía de los niños con los que han sido un tris más estrictos es más ameno y llevadero. Los niños pellizcables no permiten el juego, mandan todo el tiempo, parecen unos adultos encerrados en un cuerpo pequeño, necesita ser el centro de atención siempre, son unos mini dictadores y tienen a sus pies unos padres que con tal de evitar el conflicto, optan por negociarlo todo. Pues yo no quiero negociarlo todo.

Si de algo me he dado cuenta, es que los limites que ponemos en casa nos salvan la vida cuando estamos afuera. Y no hablo de limites consensuados sino de órdenes y reglas con una voz fuerte y clara. Le tememos tanto a la palabra orden, la tenemos tan ligada a la opresión y a un carácter negativo, que creemos que darle un par de ellas a nuestros hijos es traumatizarlos e irrespetarlos.

Desconfío un poco, mucho seamos sinceras, de esas mamás que sin importar el nivel de pataleta del niño no pierden la compostura. Me cuestionan esas mamás que justifican todas las rabieta con un “es que tiene sueño”. Y me preocupa que Lolo llegué a ser uno de esos niños que dan ganas de pellizcar en vez de abrazar.




Debo confesar que no siempre pensé así. Confíe mucho tiempo en que el amor por los hijos consistía en sólo darles amor y más amor. Y que ese amor se traducía en cero gritos, en olvidarme de mis necesidades, en suplir al 100% las suyas y en verlo siempre sonriendo. Tenía razón en una cosa, el amor por los hijos sí consiste en darles amor y más amor. Pero ese amor no me convierte en una esclava de todos sus deseos, ese amor me da derecho a decir No, ese amor me obliga a no negociarlo todo y ese amor veces puede que no lo haga sonreír. Y tuve que compartir con un par de niños pellizcables, e incluso ver al mío haciéndome quedar mal un par de veces, para dame cuenta de eso. 

He pasado tardes con niños fabulosos que sin dejar de ser niños y llorar a ratos, pelear por un juguete y ponerse bravos, son tiernos, amorosos y disciplinados. He pasado otras tantas con niños que me asustan, me desesperan y quisiera pellizcar. He llegado a casa angustiada de pensar que si no pongo claros los límites, el niño que van a querer pellizcar es el mío.

Fui la consentida de mi casa y aún así recuerdo más de un No que me supo a cacho en su momento y hoy lo agradezco con el alma. Cuando tenía 13 años mi papá me prohibió tener novio, todas mis amigas tenían, todo el mundo tenía!,  pero mi papá retrogrado insistía en hacerme pasar la vergüenza de quedar al frente de todos como una niña chiquita. Hice pataleta, lloré, le escribí cartas a mi papá exponiendo mis razones, él me escribió otro par con las suyas. Razones que me parecieron exageradas y tontas. Hoy, muchos años después, como por no delatar los 33 que este año cumplo, entiendo todos y cada uno de sus motivos y sobretodo los agradezco. Mis amigas de esa época pasaron por las manos de casi todos mis amigos de esa época. Yo, seguro soy recordada como la bobita que no dejaban tener novio y que para mi dicha y fortuna (he visto lo que le ha hecho la adultez a algunos de ellos por Facebook) no aparece en su lista de conquistas. Tenía trece años y ni en ese momento entendí las razones. Lolo va a cumplir 3, no todas mis razones tiene que entenderlas pero si obedecerlas.

Ya no admiro a la mamá que concilia todo, más bien le temo y le huyo a su retoño. Ya no critico a la que le exige un poco más a su hijo sino que me declaro fan enamorada de su hijo abrazable.


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Regalos mamá

Con seguridad este domingo muchas de nosotras estaremos celebrando el día de la madre.

Con seguridad puedo decirles que la parranda se puede alargar porque el lunes es festivo.

Con seguridad, y un poco de indignación, les aviso que el festivo no es por nosotras.

La ascensión del señor, es la verdadera razón por la que este lunes nadie irá a trabajar, y no por el abnegado e impecable trabajo que hacemos como mamás. No es que quiera quitarle mérito a Jesús, y a la maravillosa escena que relata la iglesia católica, de cómo ascendió a los cielos después de 40 días de resucitado. Pero, aunque estoy a años luz de levitar, me atrevo a decir que ser mamá es igual de sorprendente. Si la gente supiera, como nosotras, los cojones que se necesitan para serlo, abrirían la boca con tan sólo vernos caminar. Por eso, por decisión unilateral, en mi casa celebraremos más que la ascensión del señor, la ascensión de la madre, porque si de subir al cielo se trata, ser mamá es una de las pocas maneras que conozco de hacerlo, sin pasar antes por una mortaja.




Este domingo y este lunes festejaré la decisión de haber sido madre. Festejaré tener un hijo que me enseña la vida. Festejaré esa felicidad que siento al abrazar a mi familia y que aún no logro expresar en palabras. Festejaré que soy una verraca, que mi mamá, mi suegra, mis cuñadas y amigas también lo son. Festejaré que no soy mejor que cualquier otra mamá pero que soy la mejor para mi hijo. Festejaré que soy mamá y que gracias a ello ya he tocado el cielo. Y declararé que este lunes es festivo, gracias a las valientes mujeres que al convertirnos en madres llenamos el mundo de oxido de carbono, la vida de esperanza y las redes sociales de fotos empalagosas.

¡Feliz día de la madre, feliz lunes festivo de la ascensión de la madre, feliz y larga vida como madres! Que todos los días las llenen de amor y este domingo de regalos! Si, de muchos regalos. Porque somos mamás pero no tan madres como para desaprovechar esta oportunidad del año de ser tratadas como reinas.

Mi parte celestial asegura que Lolo, mi 10% y mi mamá son los regalos perfectos para este día de la madre. Mi parte terrenal considera que no hay regalo que se les iguale mientras babea y pega la nariz frente a una vitrina. Soy mamá y soy mujer, y a las mujeres también nos hacen felices las cosas materiales, los detalles y las sorpresas. Así que si aún desconfía de la celebración que le van a tener en casa, comparta esta pequeña lista entre sus más cercanos para que le saquen una lágrima, digo una sonrisa (de la primera ya se encargara el regalo hecho a mano que le traiga su hijo del jardín).

 

  1. Lavar los platos del desayuno “sorpresa” que nos van a hacer. Que se levanten un poco más temprano a prepararnos nuestra comida favorita, es un regalo obligatorio. Pero como sabemos que para hacer una tostada ustedes usan todos los pequeños electrodomésticos de la cocina, este año queremos que también se tomen la molestia de lavarnos después de usarlos. El detallazo esta vez, será volver a ver la cocina como la dejó la empleada el viernes. Si señores, a limpiar la mancha pegajosa de la estufa, a lavar los 6 sartenes que usan para un huevo frito, las 10 cucharas que usan para probar el chocolate y los 15 platos que sólo al verlos en el lavaplatos recordamos que teníamos.
  2. Soltar al mentiroso que llevan dentro. Si, siempre les hemos pedido honestidad pero por esta vez, queremos que nos mientan y se escapen a comprarnos un regalo sorpresa. Queda prohibido por esta vez la frase de traqueto que desinfla de: “vamos a donde tu quieras para que escojas tu regalo”. Podemos ser antojadas y complicadas, y al llevarnos a escoger nuestro regalo puede que vayan a la fija, pero también nos queda una extraña sensación de descuido y falta de atención. Tómense unos segundos para pensar que nos podría gustar (una carta, una reserva en un restaurante, un spa, un perfume, una cartera, etc.) échele la culpa al tráfico o a una reunión de última hora y cumpla su misión para hacernos sentir importantes y amadas.
  3. Démonos un tiempo. Lo único que realmente puede hacernos falta de nuestra vida pre-mamás, es el tiempo de sobra que teníamos antes para malgastar. ¿Puede ser posible un día en el que mamá oficialmente tenga el día libre? Tener un día libre de afanes puede ser el regalo perfecto. Un día en el que podamos levantarnos tarde, perder una hora canaliando y viendo vanalidades en E o Warner, desayunar con una mano libre, tomarnos un café mientras leemos un libro, poder volver a la cama a perder el tiempo buscando que ver en Netflix y preocuparse por almorzar o comer cuando el hambre nos recuerde que hay que hacerlo. Los amamos con locura pero tener un tiempo a solas puede hacernos amarlos un poco más.



  4. Con esa mamá para que juguetes. De la autoestima y el amor propio nos encargamos nosotras pero un empujón a punta de piropos nunca será demasiado. Díganos, y que le suene real y no a niño repitiendo un mandado, que estamos bonitas, que nos vemos mejor ahora que a los 25, que cómo pudimos parir y vernos tan regias, que nos haría mil hijos más si mañana se ganara el baloto, que nos escogería otra vez si pudiera devolver el tiempo, que las estrías, la celulitis igual nos hubiera alcanzado a esta edad pero que como son causadas por un hijo están llenas de sex appeal y que somos una versión mejoradas de nosotras mismas desde que somos mamás. Los días especiales están diseñados para inflarle el ego a la gente y el día de la madre para retribuirnos todo lo que hacemos en el año a punta de elogios exagerados.

 En todo caso, si la cocina queda hecha un desastre espere al lunes que vuelva la empleada; si la llevan a escoger su regalo no escatime esfuerzos para llevarse lo que más le guste; si no le dan libre ni media mañana tómesela cualquier día del año; y si no la morbosean como obrero de construcción, párese frente a un espejo y sepa que no hay mujer más perfecta  en el mundo que esa a la que llaman Mamá.

¡Feliz día mamasotas!




 

Vacaciones pensando en todos

Muchas cosas que no queremos, cambian una vez somos mamás. El color del pezón, el porcentaje de grasa, la gravedad o el tamaño de las pochechas, las horas de pereza, la frecuencia del canchis canchis, (como alguna vez vi que le decían al arte amatorio en un programa de Laura en América) el aguante del hígado y, sí, las anheladas e idolatradas vacaciones. El ideal que tenemos de vacaciones cambia drásticamente después de un hijo, pasaremos de ser esas mujeres que solo se metían a la piscina para apaciguar el calor, a no salir de ella por estar jugando al tiburón, olvidaremos lo que es tener un hermoso color dorado y seremos las reinas del bloqueador y la cachucha, nos preocuparemos por las horas que el restaurante sirve el almuerzo,  y saborearemos una única cerveza en toda la tarde, porque hay un menor bajo nuestro cuidado.




Entonces si así son las cosas, sí se pueden llamar vacaciones?

Para empezar uno debería ser lo suficientemente sensato para no salir de viaje con un bebé de menos de seis meses, a menos que quiera encartarse y extrañar más que nunca su hogar.

Cuando Lolo tenía tres meses, a mi 10% y a mi se nos ocurrió la maravillosa idea de irnos a pasar un fin de semana a un hotel. Acabábamos de descubrir esta nueva vida de pañales, trasnocho y agotamiento y sentíamos que nos merecíamos un descanso a 30 grados centígrados. Jua. Reservamos un hotel con 4 piscinas, a pesar de que el pediatra nos recomendó todavía no meter a un Lolo de tres meses, en esa poceta llena de bacterias y cloro. Imagine el cuadro: Nos veíamos “divinos”, “cómodos” y “divertidísimos” debajo de un parasol echándole agua cristal a ese Lolo de cachetes rojos, que a pesar del sudor de nuestros brazos quería estar cargado y no semi acostado en la hamaca “plegable” que decidimos llevarle pagando exceso de equipaje. El calor despertó en nosotros una especia de psicosis y por el miedo a una deshidratación o insolación decidimos pasar el fin de semana en el cuarto sin prender el aire acondicionado y optamos por el room service para que los otros huéspedes y nosotros pudiéramos comer en paz. Primera conclusión: Espere a que el retoño cumpla un año y ya reciba comida, ya se siente, ya camine, ya se pueda meter a la piscina y ya se le pueda echar bloqueador.

A ese primer intento fallido no lo llamaré vacación por respeto a la palabra. Pero debo confesarles que del segundo intento en adelante hemos tenido unas vacaciones increíbles. ¿Cómo lo hemos logrado? Con dos cosas: cambiando el chip y teniendo actitud.

1 – Cambiando el chip. Ahora somos tres y nuestras vacaciones, así como nuestra vida, deben ser pensadas para los tres. Para qué amargarme pensando en el color dorado que podría haber ganado, para qué amargarme viendo a la gente borracha hacer el oso, para qué amargarme porque quiero hacer shopping y no puedo, para que amargarme porque me falta media ciudad por conocer y mi bebé ya no aguanta más, para que amargarme armando planes no aptos para niños? Ya nuestras vacaciones no son tirados en una asoleadora con un Martini en la mano y 6 en la cabeza, porque eso no divierte a Lolo. Tampoco son jugando Mindcraft todo el día en una Tablet porque eso no divierte a los papás. Ahora nuestras vacaciones son el resultado de la búsqueda de algo que nos divierta a todos. La asoleadora la cambie por las piscinas panditas, y los 6 martinis por uno que me dura toda la mañana. ¿Que si extraño las largas horas de bronceo? Sí, el color de mis piernas dan fe de ello. ¿Qué las preferiría a cambio de ver a Lolo feliz tragando agua en una piscina? No.

2 – No hay nada que requiera más actitud en la vida que tener hijos. Tener la actitud para gozárselos. Tener la actitud para meterse a una piscina a la que no le cabe un prójimo más. Tener la actitud para tomarse un margarita mientras se hacen castillos en la arena. Tener la actitud para sonreír a pesar del calor o del cansancio. Tener la actitud para salir corriendo al baño cuando el niño hace de las suyas. Tener la actitud para acostarlo en dos sillas rimax si es necesario. Tener la actitud para divertirse así el plan esté aburrrido. Tener la actitud para llevarlo en hombros con tal de recorrer el parque completo. Tener la actitud  de emocionarse viendo la misma tortuga una y mil veces. Tener la actitud para sentir esa maratón como una vacación.

Sin esas dos cosas, además de lo básico como llevar pañitos húmedos, pintas de más, dolex, cuentos y chucherías a la mano, es imposible gozarse unas vacaciones. Así que relájese, disfrute a sus hijos que para eso los tuvo, e incluso vuelva a gozarse cosas que sin ellos le estarían muy mal vistas, como gritar las 500 veces que repite deslizarse por el tobogán, bailar descoordinada y con su hijo en brazos tratando de seguir al recreacionista, llenar un plato en el buffet de sólo pasteles y dulces, asombrarse de ver una mariposa, andar despelucada o incluso con una teta al aire y quedarse dormida a las 8 de la noche.




Y de ñapa un acróstico (por si creían que lo más ñero que había en este post era la referencia al canchis canchis) con tips para recordar:

Vayan a un lugar pensado para niños. Para qué ir a conocer el Louvre si el niño aún no le interesa saber quien es La Gioconda. Ya llegara la edad para esos paseos.

Acepte que viene con niños y disfrute los planes que puede hacer con ellos. Enterrarse en la arena, hacer burbujas con un pitillo, salpicar agua, caminar, hacer fila 50 veces para el tobogán también es divertido.

Cambie el chip. Los viajes en familia hacen familia. Ver a los hijos felices con uno, teniendo experiencias nuevas es absolutamente genial.

Acuéstese cuando su hijo haga la siesta o al menos relájese con su 10%, créame que esa energía la va a necesitar cuando se despierte.

Cree buenos recuerdos. Sus hijos podrán recordarlo como el que estaba “por ahí” en vacaciones o el que se las gozó con ellos a la par.

Invite a los abuelos a algún paseo. Gozarán con usted y podrán quedarse con el retoño una hora mientras usted se da un premio en el spa.

Olvídese de la disciplina, son vacaciones. Si su hijo no quiere comer lechuga, que no coma. Si no quiere dormirse a las 8, que no se duerma. No se estrese.

No acordarse de la mitad del paseo por una borrachera tampoco es descansar.

Evite irse de paseo con gente sin hijos que no entiende su nueva dinámica, que lo hará sentir mal por no recibir esos tequilas de más, y que propondrá planes y restaurantes en los que no caben sus hijos.

Se vale separar otro fin de semana aparte para irse sola con su 10% a modo de desquite. Para que se tome todos los martinis que quiera, se broncee hasta que le duela ponerse un brasier y extrañe enormemente la cara que podría hacer su retoño si estuviera ahí en esa piscina.




Aquí, cantando victoria

Alguien me dijo alguna vez que el peor error que uno podía cometer como mamá, era cantar victoria. Creo, sin lugar a dudas, que es uno de los mejores consejos que he recibido, incluso para la vida misma. Pero también creo que vale la pena celebrar cada pequeña victoria por el mero placer de saber que algo estás haciendo bien. Por eso hoy, arriesgándome un poco, quiero salir a ondear esa bandera de la victoria, por ser mamá. Hoy soy ese Leonardo di Caprio en el Lobo de Wall Street, caminando con los brazos abiertos, la frente en alto y el pecho hinchado porque me siento orgullosa de mi hogar.




Debo confesar que después de ser mamá, un par de veces, había dudado de haberlo sido. Por momentos, me entraba una extraña sensación parecida al susto o al arrepentimiento. Algunas veces, me daba estrés no tener siquiera la opción de renunciar, por aquellas cosas de la maternidad y su irreversibilidad. Otras, seguro por el cansancio, me sentía culpable por anhelar unos minutos de una vida sin hijos. Y muchas, muchas otras, me preguntaba en silencio si apostarle a este hogar había sido la decisión correcta.

Este fin de semana, tuve todas mis respuestas.

El sábado pasé el día como cuando éramos novios con mi 10%. Estuvimos arrunchados hasta las 11 de la mañana viendo House of Cards, almorzamos vodka, nos fuimos a Estéreo Picnic, bebimos ron, nos reencontramos con amigos, bailamos y cuando la adultez nos pasó factura, huimos para volver a la cama. La pasamos increíble.

El domingo en la tarde, con los ojos ardiéndonos todavía por la falta de sueño, moríamos de ganas e impaciencia por encontrarnos con Lorenzo. La carcajada con incredulidad de él, al vernos asomar por su ventana nos hizo aguar ojo, y sin decir nada nos apretujamos los tres en un abrazo infinito.

Cualquier duda que pude haber tenido frente a la maternidad, se disipó en ese momento y para siempre.

¿Qué día prefería?  Ambos. No podría decirles cual día estuvo mejor. Cada uno, como diría un amigo con bajo criterio para escoger novias, tuvo lo suyo.

La cuestión no era escoger cual de los dos días había estado mejor. Todo se resumía a saber con claridad de cual de los dos días podría prescindir, sin que eso afectara mi felicidad. Creo que está claro que ni tres vodkas y 5 rones superan la feliz borrachera que me provoca pasar una tarde en casa con mi 10% y Lolo.

¿Sábado o domingo? Ambos. Este fin de semana me di cuenta que puedo tener ambos. Pero aunque me gustan esos sábados, debo reconocer que me supo más a felicidad el domingo.




La ecuación es sencilla. En este momento de mi vida, a mis treinta y pico, que ya disfruté varios años llenos de sólo sábados, agradezco infinitamente poder saber a que saben los domingos.

Eso que tanta gente me ha expuesto como argumento para no tener hijos, como la pérdida de la libertad, el no poder tomarse un trago, no poder estar a solas con la pareja, no viajar, etc., no son reales, porque sí se pueden tener. Lo que pasa es que una vez tienes hijos comprendes que de muchos de ellos se puede, y es más divertido, prescindir. (De muchos he dicho, pero ni se les ocurra incluir en esa lista la apretujada con el marido, a eso si es muy aburrido renunciar).

A lo que voy es que mi vida sigue teniendo sentido si me pierdo otro par de fiestas, pero en cambio no tiene ninguno, si jamás descubro lo que se siente ese abrazo infinito. Decido quedarme con mis sábados esporádicos y mi resto de días que parecen domingos.

Ésta es mi victoria, que más que victoria es agradecimiento por tener una vida llena de domingos que no me saben a guayabo. Por tener una familia que me pone a volar más que el bareto que vi fumarse a Snoop Dog. Por la oportunidad que me dio la maternidad de saber lo que vale la pena en la vida. Y por todos aquellos que por no tener un hijo, o por vivir intensamente muchos sábados, creen que son más felices que yo. Me regodeo de mi victoria porque construir un hogar no me sabe a otra cosa sino a triunfo.




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Martes de Post-Parto - La Nuwe

Martes de Post-Parto – La Nuwe

Ya estamos en mitad de febrero y muchas de nosotras aún no hemos podido deshacernos de esos kilos que ganamos en diciembre. Yo he empezado dieta 5 veces este año, cada una con una duración de 8 horas. Semana Santa viene pisándome los talones con invitaciones a lugares muy espirituales para visitar en bikini, y yo sigo feliz yendo a la panadería de la esquina a las seis de la tarde para acabar con las provisiones de pan trenza para una semana. A mi la fuerza de voluntad me la quedaron debiendo sobretodo cuando de harinas se trata. Puedo decirle que no a cualquiera sin que me de pena o cargo de conciencia, excepto si al que tengo que negármele es a un chocolate. Varias mamás fit con millón de seguidores en Instagram aseguran que la maternidad no tiene la culpa de nuestras llantas. Pero la verdad es que si. Y no me refiero a las secuelas del parto sino a las patologías que desarrollamos una vez somos madres y nos predisponen a la gordura. Por eso, he diseñado un efectivo plan de contingencia para que la maternidad no nos siga redimiendo calorías al por mayor. Detecte sus síntomas y atáquelos.





          Síndrome de la caneca.

Enfermedad heredada de nuestros padres que hace que nos llevemos a la boca las sobras de nuestros hijos porque dejarlas decorando el plato nos parece un desperdicio. Estudios demuestran que las sobras no alimentan y que son las encargadas de ese gordito que saca en la espalda un brasier.

Medicación: Suavemente aleje las sobras conteniendo la respiración y con voz dulce dígale a su marido que su hijo le manda “eso” con mucho cariño.

Mantra: No soy una caneca

 

          Mal agudo del Menú.

Sensación de despilfarro al pedir el menú infantil en un restaurante y constatar que tu hijo se lo hubiera comido todo, si tuviera 18 años. Si eres capaz de superar el síndrome de la caneca con las sobras de spaguetti en el restaurante seguramente no lo vas a lograr con la sorpresa-postre que viene con ellos.

Medicación: Pedir para ti, sólo una ensalada

Mantra: No se puede confiar ni en la cajita feliz

 

           Trastorno Obsesivo Compulsivo de Limpieza.

Trastorno caracterizado por la necesidad de la madre de ir chupando el cono de su hijo para que el helado derretido no caiga sobre sus manos y ropa. Está comprobado que el niño, con o sin su intervención, se va a ensuciar. Permítale gozar de la sensación de estar pegachento y libérese de un par de calorías extra que no necesita.

Medicación: Mire a la dirección opuesta en la que se encuentre su niño comiendo helado.

Mantra: No soy Mónica Geller

 



          Virus de barriga adquirida.

Sensación de no poder alzar un bebé sin el apoyo de nuestra barriga. La madre se acostumbra a llevar al bebé en brazos echando para adelante la cola y la pelvis a fin de tener más estabilidad, pero con el riesgo de ser confundida con Jabba the Hutt o ser felicitada por el nuevo bebé que viene en camino.

Medicación: Apriete la barriga como si le fueran a tomar una foto cada 3 segundos.

Mantra: No soy el Señor Barriga.

 

            Pereza Crónica.

Enfermedad que hace que no seamos capaces de servirle un vaso de agua a nuestro 10% a las 11 de la noche, que usemos el ascensor para ir al segundo piso y que no cambiemos el noticiero del senado porque tenemos que pararnos para alcanzar el control.

Medicación: Haga todos los favores que le pidan

Mantra: No soy un parásito

 

Cucharitis crónica.

Consiste en la necesidad de la madre de probar más de cinco veces lo que está preparando para su retoño, sabiendo bien que con dos es más que suficiente. Se considera una enfermedad crónica cuando la madre cucharea la leche en polvo o el milo cada vez que pone un pie en la cocina, como si ese polvo no fuera tan adictivo como la cocaína.

Medicación: Clausurar la cocina y permitir el acceso sólo a profesionales.

Mantra: La cucharita solo de arrunchis

 

        Diabetes inducida

También conocida como la ansiedad de la madre por comerse todos los dulces recogidos por los hijos en una piñata o Halloween, con el fin de evitar caries dentales e hiperactividad en los pequeños. La madre prefiere auto provocarse una diabetes tipo I con tal de evitar que la elevada ingesta de azúcar llegue a la sangre de sus pequeños y la haga vivir una noche de terror.

Medicación: Hágale un roto a la bolsa de la sorpresa.

Mantra: No soy una yonki

 

Seguir al pie de la letra la medicación, repetir el mantra las veces que sea necesario y si en 3 meses, junto con un régimen alimenticio balanceado, tres horas de spinning diarias y una visita semanal a la esteticista, no ha logrado ver resultados, escríbame para devolverle el dinero por el tiempo perdido.

 




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Hasta que la muerte

“Hasta que la muerte nos separe … y ojalá yo no sea responsable de la tuya no es precisamente la frase que queremos oír el día de nuestro matrimonio. Pero sin lugar a dudas pasará por nuestra cabeza después de años de convivencia o de un hijo. Hormonas alborotadas, falta de todo (sueño, tiempo y sexo) son regalos preciosos que llegan al hogar después de un hijo, y pocas veces estamos preparadas para capotear sus consecuencias.




Nos advirtieron de la depresión post-parto, nos recomendaron paciencia con los bebés, nos repitieron que jamás pusiéramos a nuestro hijo por encima de nuestro esposo, pero nadie nunca siquiera mencionó, que algunas veces sentiríamos algo muy distinto al amor y más parecido a la cólera por esos hombres que se hicieron padres con nosotras.

¿Estoy desarrollando una personalidad psicótica o todas sentimos ganas de ahorcar a nuestros 10% al menos una vez a la semana?

¿Estaré desarrollando un trastorno bipolar que me hace detestar por segundos al hombre por el que en otros me derrito?

Ser mamás pone a prueba cada pedacito de nosotras y como si la tarea ya no fuera lo suficientemente complicada también le pone un par de obstáculos a nuestra relación de pareja. La llegada de un hijo, eso que ambos anhelábamos con tanto amor, trae en las circunstancias más amenas, un aumento del 30% en las discusiones en la casa (me acabo de inventar esa cifra pero es que suena bonito ponerle numero a los hechos).

Y entonces casi sin darnos cuenta empezamos a lidiar con dos nuevos integrantes en el hogar: un bebé que llora cada 3 horas y una trifulca que estalla casi con la misma frecuencia. La rabia puede poseernos por pendejaditas, pendejadas y pendejadotas.

 Pendejaditas tales como

  • La velocidad parsimoniosa que adoptan para hacer lo que nosotras haríamos a mil. Preparar un tetero; abrir una puerta cuando venimos con el retoño dormido en nuestros brazos entumecidos y a punto de encontrar paz sólo en la amputación; alcanzar un pañito húmedo mientras tratamos de evitar que la caca haga contacto con las sábanas; encontrar la billetera para salir a la calle. A veces siento que a mi 10% le divierte verme encartada a más no poder y desacelera su capacidad motriz de aposta con tal de gozar con mi tortura.

  • La desfachatez que tienen para llegar 30 minutos después de la hora acordada como si no pasara nada.

 Pendejadas tales como

  • Su capacidad para embobarse con el celular cuando queremos que jueguen con nuestros hijos. Mirar el celular en mi casa puede hacer estallar la tercera guerra mundial, sobretodo si su uso no es para contestar un mail importante sino para ver las últimas novedades en Instagram. Yo trato de verlo cuando Lolo duerme o está en el jardín, y me saca de casillas que mi 10% vuelva de un día de trabajo y no lo deje a un lado para compartir con nosotros dedicándonos toda su atención. Suena loco y neurótico pero hace la diferencia… lo malo es que a veces salgo regañada por eso de “predica pero no aplica” cuando quiero tomar una foto, ver la hora o llamar a mi mamá.




  • Su habilidad de desarrollar un oído inmune al llanto que les permite seguir concentrados en el último artículo de la revista Semana o roncando en el quinto sueño mientras nosotras esperamos que se apersonen de la situación.

 Pendejadotas tales como

  • Su talento para hacer exactamente lo opuesto a lo que nosotras esperamos. En los temas de crianza se hace evidente más que nunca, cuando ellos quieren regañar a grito herido y nosotras queremos conciliar, o al revés.

  • Su increíble perspicacia para alistar la pañalera y dejar absolutamente todo lo importante en casa.

Inútil atacarlos con cantaleta porque para cada argumento nuestro ellos tienen cinco explicaciones, imposible quedarnos calladas porque somos mujeres, absurdo agredirlos porque los amamos con locura y soberbio pensar que ellos no quieren también degollarnos. Y he ahí el meollo del asunto: Si ellos nos sacan la piedra nosotros los sacamos de quicio. Y es en ese momento, cuando el corazón se acelera, la voz sube tres tonos, las pupilas se dilatan y nos transformamos en esa señora cantaletuda que sólo se merece unos cachos, cuando más tenemos que probarnos mutuamente que somos un equipo y que ese amor que nos juramos un día sino sigue intacto es sólo porque está más fuerte que nunca. La pendejadita, pendejada o pendejadota no es tan grave como parece pero lo que podamos decir en esos momentos si.

“Prometo no irme lanza en ristre contra ti cuando tengamos hijos” es una frase que no se me ocurrió en mis votos matrimoniales pero que si viajara en el tiempo se la agregaría a expensas de dañar el romanticismo del momento. Por ahora, creo que vale la pena repetirla mentalmente, o en voz alta dependiendo del nivel de desespero que nos embriague o del nivel de insoportabilidad que nos domine.

Alguna vez escribí que lograr un matrimonio feliz era una maratón pero que lograrlo con hijos era una triatlón. Lo que no dije fue que ganar la triatlón se siente increíble y superar cualquier excusa que nos insta a renunciar nos hace más fuertes.

No me imagino la vida sin mi 10%, creo en el matrimonio hasta que la muerte nos separe (mientras exista amor del bonito, del de verdad-verdad) y no me da pena confesar que a veces lo detesto y él me detesta. De sólo pensar en un divorcio y todo lo que ello implica, incluida mi vuelta al ruedo y a ese plan de levante para el que perdí todo flow, práctica y destreza, se me revuelven las entrañas. Pienso que lograr una vida en pareja feliz es de los mejores regalos que podemos hacernos y por eso vale la pena apostarle con toda nuestra convicción.

Yo le aposté a mi 10% desde el día que decidimos estar juntos y aún así a ratos me contagio de los escépticos y pienso que va a ser imposible llegar a viejitos juntos. Pero después recuerdo que mi mejor plan de jubilación es envejecer al lado de esa persona con la que podemos odiarnos a ratos pero amarnos en todos nuestros momentos y así dejar que sea la muerte, la única insolente zarrapastrosa capaz de separarnos.





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Aprovéchalo Mientras Puedas

Aprovéchalo Mientras Puedas

 

“Aprovéchalo mientras puedas” es una de las frases que oigo con más frecuencia cuando la gente me ve con Lolo. Me resulta inevitable hacer una autoevaluación mental cada vez que alguien me la dice. En un segundo, se recrea en mi cabeza todo un problema algebraico que cruza las horas vividas de Lolo con las horas que hemos estado separados; las cosas que hemos hecho con las que hubiéramos podido hacer; los besos que nos hemos dado con las rabietas que hemos tenido; los momentos que me lo quiero comer a picos y los momentos que lo quiero rifar. El balance, por positivo que sea, siempre me deja la misma incógnita ¿sí lo estoy aprovechando al máximo?.




“Disfrútalo ahora que deja” alguien vuelve a decir, y entonces de repente, prefiero hacerme chichi en los pantalones, que ir al baño y perderme un minuto de Lolo jugando con un carrito. En mi cabeza, el problema matemático es ahora desplazado por un gigantesco reloj de arena que me recuerda que el tiempo de disfrutar a mi hijo se está acabando y que nada puedo hacer para evitar que el cronómetro detenga su cuenta regresiva. ¿Cuánto tiempo me queda?¿En serio el tiempo de disfrutar a mi hijo se está acabando?

Y justo en el instante en el que trato inútilmente de juntar mis dedos índices para detener el tiempo (crecí viendo Fuera de este mundo), justo en ese preciso instante, descubro que no necesito a Lolo chiquito eternamente para disfrutarlo. Para aprovecharlo al máximo necesito verlo crecer. ¿Por qué? Sencillo, porque no decidí ser mamá para tener un bebé, sino para tener un hijo.
Estamos convencidas, o nos han convencido, que los hijos sólo se pueden aprovechar al máximo mientras son unos cachetes andantes. Que sólo podremos disfrutarlos hasta minutos antes de la temida adolescencia. Que son nuestros hasta el día que nos piden ser menos cariñosos en público, y que somos indispensables para su vida hasta que no dependen económicamente de nosotros. Mentira. Se nos olvida que aprovecharlos a ellos significa aprovechar cada etapa de la maternidad. Sí, esa misma maternidad que en los primeros años de vida de nuestros hijos nos hace anhelar unos minutos de soledad, y que en los últimos años de nosotras, parecen ser demasiados.

La recomendación no debe ser “aprovecha a tu hijo mientras se pueda” sino “aprovéchate a ti como mamá cada que puedas”.
Aprovéchalo a los seis meses y déjalo dormir las veces que quiera encima tuyo. Aprovéchalo al año cuando empieza a caminar como un borracho. A los dos cuando descubre que te ama y no puede parar de darte besos. A los tres cuando cada historia y cada apunte son para morirse de la risa. A los cuatro cuando la jornada en el colegio te lo roba más horas. A los cinco cuando sus por qués te dejan sin argumentos, a los seis, a los siete, a los ocho, a los nueve, a los diez cuando quiera que lo aplaudas a lo lejos, a los 14 cuando quiera que lo lleves a ese concierto, a los 16 cuando necesite que le enseñes a manejar, a los 18 cuando no sepa que quiere estudiar o cuando algún pendejo o estúpida le rompa el corazón, a los 20 cuando se te arrunche sólo para pedir un aumento en la mesada, a los 22 cuando tenga su primer trabajo así sea regando matas o sirviendo hamburguesas, a los 35 cuando se sienta orgulloso de pagarte la cuenta en un restaurante, a los 40 cuando necesite que vaya y le cuide a los niños, al perro o a los gatos, y así… ser la mamá que cada etapa demanda hasta que se pueda.




Yo pienso aprovechar los instantes muchos o pocos que me da la maternidad, aprovechar las 24 horas del día que lo tengo cerquita hoy y aprovechar el minuto que lo pueda ver o incluso sólo oír en unos años. Aprovechar que soy mamá. Es verdad que mientras son chiquitos no podemos dejar de apretarlos, olerlos, mimarlos. Pero quién dijo que aprovecharlos no es también verlos graduarse, sentirse orgulloso porque conozcan el mundo (así nos toque enterarnos por su última foto en Instagram), poder discutir con ellos por quien votar en las próximas elecciones, consentirles un guayabo o incluso achantarlos frente a alguna noviecita.

En unos años, dicen las abuelas que se pasan volando, Lolo ya no gritará mami mami mami y rogará que no le suelte la mano. En unos años su amor verdadero será otro tipo de mami (ay siento un dolor en mi panza muy parecido a los celos). Pero de tanto en tanto vendrá a visitarme, pondrá su mano sobre la mía y querrá, así sea por unas escasas horas, aprovecharme mientras pueda.




En un post pasado, “Ser mamá es hacer todo lo que una vez criticaste” les compartí una lista de cosas que prometemos antes de ser mamás. Palabras que todas o casi todas tenemos que tragarnos alguna vez en la vida.

Una amiga de esas que uno quiere y odia por joven, hermosa, talentosa, inteligente, chistosa y bacana hizo de ese post algo maravilloso: 11 ilustraciones con mis palabras y yo no podía dejar de compartirlo con ustedes.

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Mamá e hijo vistos por los ojos de la talentosa Amalia Restrepo @amaaalia

11790175_10205732444883450_768499441_oDíganme por favor que no soy la única mamá que ha sucumbido a los avances tecnológicos con tal de terminar de almorzar, de oír el chisme completo de una amiga o incluso para dormir cinco minutos más. Si bien no quiero que mi hijo viva hipnotizado por estos aparatos tampoco voy a desconocer que son parte de esta generación y no somos miembros de una comunidad Amish.
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Cuenta la leyenda que ciertos niños han llegado a cumplir los 4 años sin saber que existe algo más dulce que un banano. No conocen el placer de hostigarse a punta de nutella, ni han sentido el divertido burbujeo en la nariz que provoca una gaseosa. Mi más sentido pésame con ellos. Gracias mamá por dejarme probar estas delicias cuando mi metabolismo las podía quemar en un segundo.

11793795_10205732443923426_2088098361_oNo es falta de amor propio es practicidad. Si bien antes de ser mamá me hubiera rehusado a salir a la calle con un poco de frizz, ahora no puede añorar más las colas de caballo. Los jeans, los tenis y las camisetas se volvieron mis mejores amigas. Y el look se complementa con un poco de jugo de mora (casualmente el día que tengo pantalón blanco), con una manito de grasa en mi camisa, un poquito de mocos, pintura, chocolate o cualquier material escandaloso y difícil de sacar.

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Cama-cuna: 2´000.000.

Juego de sábanas: 120.000.

Monitor con intercomunicadores y cámara de visión nocturna: 1´200.000

Que toda la familia duerma plácidamente: No tiene precio




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Antes de ser mamá me burlé durante años de mi hermano mayor y su manera de tomar por los hombros a mi sobrino como última advertencia a un llamado de atención. Me parecía exagerado, poco paciente, mal geniado, desmesurado … hasta que fui mamá. Esas ganas que  nos dan de espichar a los niños no siempre son producto de la ternura y de la suavidad de sus cachetes. Y el amor más grande del planeta también nos muestra la impotencia más berraca.

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Si no eres parte de esa minoría bendecida por la genética, después del parto y durante un par de meses, andarás por la calle con tu bebé y la gente se preguntará a que hora encargaste el otro. Yo me tenía tanta fe que la ropa que lleve para salir de la clínica no me cupo y tuve que volverme a poner la de maternidad con la que llegue. Ahora sufro con las sobras de Lolo que terminan en mi plato, con las piñatas llenas de cosas deliciosas, con halloween, con ir a hacer mercado, con los refrigerios que Lolo se rehusa a comer y a mi me da pesar botar destapados, con la leche de tarro que me acabo a cucharadas recordando mi niñez en la que juraba que eran quipitos.

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“Yo le hubiera dado una cachetada y listo, problema resuelto” decía mi amiga sin hijos después de relatarme un viaje en avión al lado de un niño. Mientras oigo sus consejos desde la ingenuidad de no saber como es esto, cruzo los dedos para que Lolo no haga una pataleta en su presencia y ella tenga que verme darle el control del tv y no una cachetada para que pueda terminar de contarme su historia. Si algo he aprendido de una pataleta es que o la hace Lolo o la hago yo, nunca los dos al tiempo.

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Me lo advirtieron en los cursos psicoprofilácticos, me lo dijo mi mamá, lo oí de mis amigas y aún así pasé noches enteras en urgencias porque a mi modo de ver ese reflujo estaba fuera de lo normal. Después de pasar horas rogando que nos hicieran todos los exámenes y de ver niños que realmente necesitaba atención, nosotros somnolientos, cansados y hambrientos no sabíamos como rogarle al doctor que nos dejara ir a casa.

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A propósito.. que hago haciendo este post en estos minutos valiosos??????

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Y en realidad no me imaginaba que teniendo a Lolo la más beneficiada iba a ser yo misma, porque con mis aciertos y desaciertos, sin un hijo no sería la persona que soy hoy.

Vale la pena,además de agradecer y reconocer el talento de Amalia Restrepo, divertirse con sus ilustraciones. Cuando tengas un rato, síguela en Instagram @amaaalia

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Según teorías, soy una pésima mamá

Alguna se ha puesto en la tarea de averiguar cuántas teorías de crianza existen? Cuántos métodos para dormir con o sin lágrimas se han escrito? Cuántos tips para criar niños felices, seguros, educados y cero narcisistas han rotado nuestras amigas en FB? Yo no. Aunque me atrevería a afirmar que cualquier número por debajo de 50 es poca cosa. Poner en google teorías de crianza arroja cerca de 355.000 resultados y todas aseguran tener la verdad absoluta para que usted no la embarré como mamá. Aunque no soy demasiado metódica en este tema de ser mamá y en estos dos años he sido más empírica que teórica, debo confesar que de tanto en tanto recurro a google como mi consejero de cabecera. Me ha sacado de aprietos un par de veces y otras tantas me ha enredado la cabeza. He buscado desde como hacer una papilla de fruta hasta cuando salir corriendo a urgencias.

Últimamente, debido a que varias mamás me miran con benevolencia y pesar mientras me advierten que Lolo ya va a llegar a “los terribles dos años” como ellas lo llaman, mis preferidas han sido las búsquedas relacionadas con crianza. Me he encontrado con una cantidad de teorías y disparates que lo único para lo que me han servido es para martillarme la cabeza con el siguiente subtexto: todo lo has hecho mal. Me pregunto si mi mamá también fue víctima de esta sensación o si la benefició ser madre en una época desprovista de demasiada información. Si me pongo a ver pocas de las cosas que ahora recomiendan hacer con los hijos las hicieron conmigo… y ni les digo las que recomiendan no hacer. Y hasta donde sé no estoy traumatizada. Supongo que quienes escriben estas guías quieren en lo más profundo de su corazón hacerme la vida más fácil con evidencia que mis papás no tuvieron, pero, a mi en particular, terminan por hacerme sentir impotente, incapaz y, precisamente, mala madre.

Llevo dos años acertando y embarrándola a la par en esto de ser mamá. Y aunque hay días que siento que me falta teoría para no enloquecer también hay otros que siento que el instinto y el corazón fueron la mejor opción. Por eso he aprendido a relajarme con el tema y a convencerme que no sólo cada niño es diferente sino que cada mamá también. Y que la culpa no es de las teorías sino de nuestra tendencia a creer que son verdades absolutas para nuestro caso particular. Yo he ido creando las mías propias basadas en mi temperamento, en el de Lolo y en el de mi 10%. Y puede que ni siquiera a nosotros nos funcione del todo pero al menos es la nuestra y no nos talla. Aún así de tanto en tanto se viralizan frases en las redes que me gritan lo pésima mamá que soy: “No más narcisistas ante una pataleta no dé su brazo a torcer” “Lo peor que puede hacer es compartir la cama con sus hijos” “No ponga apodos, llámelos por su nombre” “Si no prueban el dulce nunca lo van a extrañar”… podría seguir enumerando más citas famosas, pero de seguro quedarían evidenciadas mis falencias como madre y alguien se atrevería a llamar al bienestar familiar. Estos son algunos de mis muchos pecados:

“No más narcisistas, ante una pataleta no dé su brazo a torcer”

Ante esta afirmación necesito una maestría completa. Entiendo que hay berrinches que no pueden ser solucionados dándole al niño lo que reclama pero hay miles otros que no pueden ser ignorados y mucho menos batallados con la misma intensidad. Muchas veces me ha funcionado tratar de razonar con Lolo y en otras situaciones me ha funcionado un simple No más en un tono más agudo. Todo ese manejo de la autoridad nunca me ha quedado claro y me debato constantemente entre el Hitler que la sociedad quiere que sea y el Mockus que muchas veces se necesita. Cada vez más me pregunto “que hago” “que hacen las buenas mamás en estos casos” “que hace ésa que se ve tan tranquila” y la verdad, sólo la razón y la potencia de la pataleta terminan por dictaminar mi manera de actuar. Sí he dado mi brazo a torcer, si por eso se entiende que a veces he cedido porque si bien no todo puede ser como Lolo dice tampoco todo puede ser siempre como yo digo.

“Los padres no deben dormir con sus hijos”

Yo fui recibida en la cama de mis papás hasta una edad en la que me puedo acordar y puedo decir que fue una de las mejores cosas que tuvo mi niñez (y adultez). Atravesar a oscuras el pasillo entre mi cuarto y el de mis papás, con el frio en la espalda que provocan los fantasmas imaginarios, con la aturdidez de un sueño interrumpido pero con la necesidad de llegar a un puerto seguro, su cama, y ser bienvenida con un abrazo, es de las mejores sensaciones que tengo en mi memoria. Poner los pies entre las piernas de mi papá, sentir su respiración y volverme a quedar dormida porque ahí en medio de ellos, el miedo y el frio desaparecía. Hoy, si mi carácter tiene sus fallas no creo que ésta sea la causa, mis papás no se han divorciado y yo tengo la seguridad que siempre puedo llegar a ellos, mi puerto seguro, cuando nuevos fantasmas insisten en aparecer. Bienvenido Lolo, cabes en medio de estos dos gladiadores dispuestos a velar tu sueño todas esas noches que, aún no me explico como, llegas tanteando paredes hasta nuestro cuarto.

“Debemos llamar a los niños por su nombre”

Cosita. Cuenta mi mamá que cuando me preguntaban mi nombre yo contestaba Cosita. Un tío, de esos fenomenales, con todo el amor del mundo me puso ese apodo y yo me sentía la persona más amada sobre el planeta tierra cuando alguien la usaba para llamarme. Mi 10% a veces mientras abraza a Lolo y le hace cosquillas con su barba lo llama Mi bultico y Lolo muere de risa. Mi 10% se llama Andrés, él lo sabe como sabe que es un 100%. Las palabras son poderosas y por eso hay que cuidar lo que decimos pero mucho más la manera como las decimos. La Cosita creció y nunca se sintió como un objeto. Una manera de referirte a alguien con amor nunca va ser perjudicial. Yo soy LaNuwe porque mi 10% terminó por darme ese apodo y aunque me gusta mi nombre, siento que esa manera de llamarme es mucho más especial y en ella van implícitos miles de sentimientos que sólo él y yo entendemos. La gente en los bancos, las llamadas a lista en clase, los certificados de votación, mi mamá enojada, demasiada gente puede usar el Ana María. En cambio sólo unos, casualmente los más cercanos al corazón, me dicen nena, fea, cosita, nube, moscorrofia, grilla y yo vuelvo a sentirme amada e importante. Ya llegará el día en que así como tuve también el carácter para pedir que me quitaran apodos que no me gustaban en el colegio, Lolo haga lo suyo y me haga saber con cuales se siente feliz. Puede que lo primero que me quite sea el “Lolo” o puede que me deje seguir usándolo junto con las mil y un palabras con que lo llamo cada vez que me dan ganas de espicharlo y que para mi expresan más que decirle tan sólo: Lorenzo. Y si la cosa es que vamos a preocuparnos por nimiedades pues entonces empecemos una campaña en contra de nombres pavorosos dolorosos de pronunciar e imanes para el bullying.

“Si no prueban el dulce nunca lo van a extrañar”

Si no es ahora, CUANDO? Entiendo que los tiempos han cambiado y ahora hay una cultura más saludable en el mundo. Entiendo la importancia de frutas y verduras y alimentos libres de gluten. De hecho me gustan y las como a diario pero ante un brownie me tiemblan las piernas, se me dilatan las pupilas y no hay trozitos de manzana que valgan. Sin haber sido una obesa, puedo reconstruir mi niñez a través de las delicias que me comía sin temor a engordar. En la alacena mi mamá siempre tenía una caja de chocolatinas Jet, una caja de gansitos, otra de herpos y paquetes de papas. Esa alacena no tenía llave y en mi casa mis hermanos y yo le dábamos fin a ese cajón igual que al frutero encima de la mesa del comedor. Yo personalmente me siento incapacitada de negarle placeres a Lolo cero saludables y 100% deliciosos. Ya llegará a mi edad y tendrá que dosificarlos. Pero si no es de niño que uno puede comer este tipo de cosas sin preocupaciones, aunque si con mesura, (nadie quiere una crisis de hiperactividad, una ida a emergencias por dolor de estomago y varias idas al odontopediatra por caries) entonces cuando? Nunca? Algunos dirán que es mejor que no los prueben porque nunca sabrán de que se están perdiendo: adelante los apoyo en esa iniciativa en la que tendrán que no volver a la casa de los abuelos, no volver a piñatas, no llevarlos a hacer mercado, no ver televisión y básicamente irse a vivir a una comunidad Amish.

Ya hay demasiadas cosas en mi vida que necesitan ser hechas metódicamente, la maternidad por fortuna me va seguir halando por el lado del instinto y el corazón. Mi consejo: no siga mi consejo que como mamá no sé lo que estoy haciendo y según varias teorías está comprobado que soy pésima, pero sobretodo dejemos de analizar todo demasiado y de, como diría mi abuela, hilar tan delgado por favor. Todo en exceso en malo, todo en carencia es triste. Y si al del vecino le funciona no significa que uno tenga que hacerlo así … y viceversa.

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