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Dicen que la clave de la felicidad está en no compararse con nadie… o al menos no con alguien que esté en una situación mucho mejor que la nuestra. Se podría pensar que si lo hacemos al revés, con alguien que esté en una situación peor, la cosa podría funcionar.

Pero después de la explosión de dicha, satisfacción y agradecimiento llega la culpa, el pesar y hasta el remordimiento. Así que, a la larga, siempre va a ser más sano no compararse, ni mirando para arriba ni mirando para abajo. Yo lo tengo claro, aunque ojo, por tenerlo claro no estoy diciendo que lo haga. No tengo que repetirles que soy mamá, es decir, predico cosas que no aplico, enseño cosas que no sé, cocino cosas que no me como y exijo cosas que no hago. Y es que desde el primer día que hacemos público nuestro embarazo empiezan las comparaciones, casi siempre (por no decir siempre) odiosas.

“Cómo se puso de fea, hinchada y brotada.”

“Yo no me engordé tanto como ella, debe tener esa barriga llena de estrías.” 

“Disque lo va a tener en clínica, con médico profesional, anestesia y si algo se complica le hacen cesárea; mucha floja.” 

Dentro del universo de “mamitas y papitos” (como vilmente insisten en llamarnos profesores y enfermeras) si no fuera por las comparaciones de seguro no habría tema que tocar con otros ¨papitos y mamitas”.

“El mío ya pasa la noche derecho, el tuyo no?”

“El mío caminó a los 9 meses, el tuyo no?”

“El mío ya había dejado el pañal, el tetero y hasta hablaba cuando tenía esa edad. Como así, el tuyo no?” 




Obviamente, y por fortuna valga la pena decirlo, para cada mamá no habrá mejor hijo que el propio. Sabemos que hay más bonitos, más juiciosos, más inteligentes, más simpáticos, menos llorones y aún así, no me pregunten por qué, ninguno es ni será mejor que el de nosotros. Debe ser por esto que la mayoría de veces en lugar de ser solidarias con otras mamás, preferimos alardear e incluso mentir para sentir que nuestro rol está siendo mejor desempeñado.

“Obvio, desde los 3 meses nosotros no sabemos lo que es levantarse a media noche.”

“Pero por supuesto, antes nos tocó atajarlo sino a los 8 meses correría en una maratón.”

“Por favor, el mío ya empezó clases de mandarín pero el alemán sigue siendo su favorito.”

Yo, como todas, he alardeado, exagerado, omitido y mentido haciendo quedar bien a Lolo. Pero un día cedí, decidí no contestarle a mi “oponente¨ con más elucubraciones maternales y descubrí que todas somos iguales. Lo único que queremos es saber si la estamos cagando o lo estamos haciendo bien y para eso necesitamos compararnos.

  • Pepito (el nombre real ha sido modificado para proteger su identidad) come de todo. Todas las frutas y todos los vegetales le encantan.
  • Que bueno, en cambio a Lulo (el nombre también ha sido modificado para proteger su identidad) no le gustan las frutas ni las verduras, no hemos podido con eso.
  • Bueno, Pepito no come todas. A veces me recibe mango o banano. Pero no siempre y es una peleadera. Y las verduras toca cocinadas y escondidas en un pedazo de carne. En fin, casi siempre termino cuñándole con un tetero para que se alimente.

Siendo las cosas así, a manera de labor social he decidido confesar mis verdades para que cuando se comparen conmigo: se compadezcan, me miren con cara de sobradoras o, mejor aún, se relajen: Lorenzo caminó a los 13 meses y no antes, aún nos despierta a la madrugada, la mayoría de esas despertadas me lo llevo a mi cama, todavía pide tetero para dormirse por las noches, sólo dice mamá, papá, tete, pepa y amapatacamaaatapita, que no he logrado saber que significa; a veces es tan inquieto y alborotado que me hace quedar muy mal con la visita, no le gustan las frutas, es una verdadera odisea cambiarle un pañal y la mayoría de cosas me las pide con un llantico constante y desesperante parecido al de Chewbacca.

Eso si, debo reconocer: El mío, desde los dos meses, posa para las fotos, el tuyo no?

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They say that they key to happiness is not comparing yourself to anyone else… or at least not with someone who is in a situation much better than ours. We could think that if we do it backwards, with someone who is in a worse situation, it could work. But after the bliss explosion, satisfaction and thankfulness comes guilt, pity and even remorse. So in the long term, it will always be better to not compare yourself, not looking neither up nor down. I have it clear, but be careful, having it clear doesn’t mean I do it. I don’t have to repeat to you guys that I am a mom, in other words, I preach things that I don’t apply, I teach things that I don’t know, I cook things that I don’t eat and I demand things that I don’t do. Since that first day that we make public our pregnancy the comparisons start, almost always (not to say always) hateful.




“She turned so ugly, porky and full of rashes.”

“I didn’t fatten as much as her, she must have her belly full of stretch marks”.

“She’s gonna have him at a clinic, with a professional doctor, anesthesia and if something goes wrong they’ll do a cesarean section; she’s so weak”.

In the universe of “mommies and daddies” (how vilely teachers and nurses insist in calling us) if it wasn’t for comparisons there wouldn’t be any topics to touch with other “mommies and daddies” for sure.

“Mine can pass a night strait, doesn’t yours?”

“Mine walked when he was 9 months old, didn’t yours”

“Mine stopped using diapers, feeding bottle and even spoke when he was that age. How come yours doesn’t”

Obviously, and luckily it’s something worth saying, for each mom there’s no better child than her own. We know there are more cute, compliant, intelligent, sympathetic, less weeping and even so, don’t ask me why, no one will be better than ours. That might be why the majority of times instead of being compassive with other moms, we prefer to brag and even lie to feel that our role is being executed better.

“Since the third month we don’t know what it is to wake up at midnight”.

“Off course, we actually had to catch him up because if not at the 8th month he would run a marathon”.

“Please, mine already started taking mandarin classes but german is still his favorite”.

My self, like all others, have bragged, exaggerated, omitted and lied making Lolo show off. But one day I gave up, decided not to respond to my “opponent” with more maternal musings and discovered that we are all the same. The only thing we want to know is if we are messing up or doing it well and in order to do that we need to compare ourselves.

Jonnie Doe (the real name has been changed to protect his identity) eats everything. He loves all fruits and veggies.

“Awesome, but Lulo (his name has been changed as well in order to protect his identity) doesn’t like fruits or veggies, we haven’t been able to change that.”

“Okay, Jonnie Doe doesn’t eat all of them. He sometimes accepts to receive mango or banana. But not always and it’s a quarrel. And veggies have to be cooked and hidden in a piece of meat. Well, I always end up complementing with a feeding bottle in order to nourish him”.

Things being like that, as a social labor I have decided to confess my truths so that when you compare with me: look at me with a snobbish face, conmmiserate me or, even better, relax yourselves: Lorenzo walked when he was 13 months old and not before, he still wakes us up at dawn, the majority of those wake ups I take him to my bed, he still asks for a feeding bottle to sleep at night, only says “mamá, papá, tete, pepa and amapatacamaatapita”, which I haven’t been able to figure out its meaning; he is sometimes so restless and rowdy that he makes me feel embarrassed with guests, he doesn’t like fruits, it’s a true odyssey to change his diapers and he asks for most things with a little, constant and exasperating weeping similar to Chewbacca’s.

However, I do have to recognize: Since he was 2 months old, my son poses for pics, doesn’t yours?

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Sabemos que no soy la mamá perfecta, entonces: quién me dijo a mi que podía ponerme a dar lecciones sobre como ser una buena mamá? De donde vengo yo a decir porque sí y porque no se deben tener hijos? Con que derecho vengo yo a dármelas de la super mamá?

Días después, en realidad segundos, de haber publicado mi primera entrada al blog, al releerla la odié y me odie infinitamente. Odié verme como esa persona que cree estar convencida de cómo deben hacerse las cosas cuando la verdad es que la mayoría de veces no tengo ni idea de lo que estoy haciendo. No la tengo. Como seguramente tampoco la tienen otras mamás.

Yo, mamá primeriza, inexperta, acaparadora, malcriadora y, aunque no se lo acepte a mi marido, muchas veces neurótica, tuve el descaro de pensar que la tenía completamente clara como para escribir sobre el tema.

Yo, la misma mamá que a pesar de lo intensa una mañana por hacer 5 minutos más de pereza ignorando los intentos de Lorenzo por llamar mi atención, parpadee medio segundo, quiero creer que no fue más, y sólo fui capaz de despertar con el golpe de Lorenzo contra el suelo. No tuvo que quedarle una cicatriz estilo Harry Potter para que yo me sintiera como una piltrafa durante una semana cada vez que le veía la frente.

Yo, la misma mamá que me las doy de dogmática y psicorrígida más de una noche me he llevado a Lorenzo a dormir entre mi esposo y yo justificando que a veces uno necesita descansar y volver a experimentar lo que es dormir 7 horas seguidas cuando la verdad es que es absolutamente delicioso despertar con una mini mano babeada que trata de abrirte los ojos.

Yo, la misma mamá que me jacto de ser cero exagerada he pasado toda una noche en urgencias esperando que le hagan toda clase de exámenes a Lorenzo porque andaba paniquiada con un poquito de reflujo. Y por culpa de Dr. House he vuelto a mi casa sintiéndome humillada por la cara complaciente de los doctores que en verdad quieren gritarme “primeriza!! por qué nos haces perder el tiempo??” y con una formula médica recetando goticas de valeriana… para mi.

Y es que hasta ahora me entero que ser mamá no es sabérselas todas. Siempre nos dijeron que los bebés no venían con manual de instrucciones pero no mencionaron que el de ser mamá ni siquiera está escrito. La mayoría de veces no sabemos lo que tenemos que hacer, tan sólo esperamos que lo que estemos haciendo lo estemos haciendo bien. Pues la verdad es que no hay mamás perfectas pero tenemos convencidos a medio mundo de que lo somos. O al menos la mía ha hecho tan bien su trabajo que no creo que haya una mejor.

Podemos no ser perfectas pero nos damos el lujo de acercarnos por momentos porque también es cierto que por cada golpe que Lorenzo se ha dado lo he salvado de 50. Por cada gripa que no se ha vuelto una pulmonía he inventado las mil maneras de darle dolex, limpiarle la nariz con suero y una jeringa o tomarle la temperatura sin que los vecinos crean que lo estoy torturando. Por cada noche en la que he promovido su indisciplina llevándomelo a la cama he pasado otras 30 al lado de su cuna cantándole con mi voz de tarro canciones inventadas y explicándole con argumentos, que está lejos de entender,  por qué debe dormir en su cuarto. Por cada vez que me he quejado porque no me deja hacer nada hay 10.000 veces más que se me ha inflado el ego e hinchado el corazón porque sólo quiere estar conmigo. Y porque gracias a su alto grado de mamitis he perfeccionado el arte de estar lista en 5 minutos y aún así verme regia.

Así las cosas, estoy dispuesta a seguir equivocándome. Me estoy preparando por ejemplo para ser la mejor mentirosa de la historia con tal de que mi versión de Papá Noel y el ratón Pérez sean lo suficientemente verídicas y divertidas. Aprenderé a fingir que no me importa cuando me ruegue con lágrimas en los ojos que no lo deje en el jardín. Estoy practicando mis métodos uribistas para cuando tenga que expiarle su historial en el computador. Y por supuesto estoy practicando mi cara de querida cuando me presente esas flacuchentas sin gracia que se conseguirá de novias.

Porque así con todas mis metidas de pata, mis errores, mis rabietas, mis mentiras y mis regaños solamente espero poder ser la mejor mamá para Lorenzo.

Captura de pantalla 2015-01-06 a las 11.09.15 p.m.

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EL COCHE
Andrés un día se antojo de ser papá y se dedicó día y noche a contagiarme las ganas. Debe ser por ese espíritu de paternindad que se le despertó antes que a mi, que antes de que yo sospechara que estaba embarazada, Andrés lo daba por hecho.

Aunque yo ya estaba padeciendo algunos de los molestos síntomas de los primeros meses, me rehusaba a creer que la idea que hace un mes me parecía inconcebible, hubiera sido concebida. Andrés en cambio, estaba tan seguro de mi estado que las dos rayitas azules de la prueba de embarazo simplemente fueron la luz verde que necesitaba para llorar y gritar pero sobretodo para comenzar a hacer la lista de todo lo que necesitaba comprar. Andrés tan o más adicto al shopping que yo, había descubierto un nuevo universo de cosas por comprar y eso lo emocionaba. Entre la lista a la que cada noche le agregaba nuevos ítems había un preciado número 1: El coche. De todo podríamos prescindir en caso de querer ser cautos excepto del coche. Fue así como se dedicó a estudiar todos y cada uno de los coches creados hasta el momento, todas las marcas, las formas, los colores, el número de ruedas, los precios…y llegó a la conclusión que sólo encontraría el coche de sus sueños y a un precio razonable en Miami. Si señores, cuando menos lo pensé éramos ésa pareja de la que tanto nos habíamos burlado y habíamos criticado. En mi defensa, o para sentirme mejor conmigo misma, debo decir que la razón principal del viaje era pasear y descansar y pues… ya estando allá, que carajos, compremos cositas. Mónica Geller dando pitos e instrucciones a Rachel y a Phoebe para encontrar su vestido de novia soñado, era un chiste comparado con las explicaciones de Andrés para encontrar el coche perfecto. Sus condiciones: “One hand fold, tres ruedas, y que le sirva recién nacido y grande, no pienso comprar dos coches”

Dentro de mi ignorancia frente al tema cochesistico me aventuré a sugerirle a Andrés que no fuera uno muy grande ya que la mayoría del tiempo sería yo versus el coche más Lolo. Y así empezó el recorrido a cuanto mall y almacén de bebé que se nos cruzara en el camino. 5 días, 5 malls, cero playa y el coche no aparecía.

Una caja olvidada en el más alto anaquel del Burlington fue la señal de que la búsqueda había terminado. Andrés estaba complacido, feliz y satisfecho con su hallazgo. Era un coche de tres ruedas todoterreno, one hand fold, se le podía acoplar la silla del carro para llevar al recién nacido y para cuando el bebé creciera timón y pito para que fuera manejando, cinturones de seguridad ajustables, un portavasos para el tetero y otros dos para el café de los papás, bolsillos impermeables a cada lado, mommy hook para la cartera y los paquetes de la mamá, compartimento inferior que soportaba hasta 4 kilos y para colmo de males marca Jeep: Andrés no cabía de la felicidad. El coche superaba todas las expectativas y cumplía de sobra con todos los requerimientos. Todos, excepto el mío. Era tan grande que aunque se desdoblara con una mano su peso requería las dos, ocupaba la mitad de la sala, no cabía en el baúl de ningún taxi, meterlo en un ascensor era un verdadero ejercicio de contorsionismo, bloqueaba el paso en restaurantes y era el trauma de los operarios cuando viajábamos en avión. Creo que las aerolíneas están cambiando sus políticas para cobrar sobrecupo por coches que superen ciertas dimensiones después de habernos tenido como pasajeros. Inconvenientes menores comparado con la pesadilla que era mantener a Lorenzo más de dos minutos sentado en su coche. Desde el primer día lo odió. Lo intentamos todo apostándole a que lo que le molestaba era la falta de costumbre. Pasaron los meses y Lorenzo dejó de retorcerse a gritos en el coche porque nunca volvió a usarlo. Recuperé mi peso en cuestión de semanas porque adonde sea que yo fuera Lorenzo iba encima mío. Andrés se rehusaba a darle de baja al coche de sus sueños a tal punto que él mismo se apodó “el loco del coche” porque iba detrás de nosotros arrastrándolo lleno de paquetes pero sin bebé. Y así fue como los que terminamos por acostumbrarnos fuimos nosotros.

Todo funcionaba bien hasta que el peso de Lorenzo dejó de sacarme músculo y comenzó a dejarme espasmos. Debíamos tomar medidas urgentes, efectivas y drásticas: compramos un paseador, de cuatro ruedas de plástico que se trancan y tuercen con cualquier piedrita, sin timón para ir jugando a lo Maggie Simpson, sin bolsillos impermeables, sin mommy hook, sin portavasos, se dobla con un empujón que pareciera que lo va a desbaratar, marca gato y comprado en Bogotá-Colombia. A Lorenzo le gusta su nuevo coche (no tanto como el carro de mercar) y aún así cada tanto hace pucheros y llora logrando volver a los brazos de mamá.

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Ser o no ser mamá. Es una discusión que se ha empezado a apoderar de nuestras “noches de chicas”, de los timelines en twitter, de los blogs de moda, de las editoriales de revista, de las visitas a la suegra y hasta de las obligadas, y por fortuna cortas, conversaciones de ascensor. Es un tema que toca tantas susceptibilidades tanto para la que lo es como para la que no lo quiere ser que termina como “por variar” enfrentando a mujeres contra mujeres.

Para mi, dicho debate no debería siquiera de existir. Que la que no quiere ser mamá no lo sea. No tener hijos no significa que seamos personas egoístas, inmaduras o superficiales, como muchos padres de familia desesperadamente tratan de ofender a quien expresa su deseo de no tener hijos. Ahora bien, tampoco significa que seamos más inteligentes, mas conscientes, más felices o más “cool” si no los tenemos.

Soy mamá. Y me desgasta enormemente ver otras mamás buscando razones descabelladas, para refutar, entre otros, el argumento de “hay sobrepoblación en el mundo como para traer otra persona más a gastar los pocos recursos que nos quedan”. La que no quiere ser mamá ya tomó su decisión así que déjenla en paz, por más que le queramos explicar lo increíble que es el amor por un hijo jamás va a siquiera alcanzar a imaginárselo. Ahí si como bien dice el dicho “el que lo vive es quien o goza” así que no seamos tan mamomas o, valga la pena decirlo, tan mamás. La  verdadera y realmente válida discusión debería ser: si ya soy mamá, que tipo de mamá quiero ser?.

El embarazo a pesar de sus incomodidades y nauseas, es fácil. El parto no es tan grave como lo pintan o por algún mandato divino a uno hasta se le olvida. Las trasnochadas dando tetero y no rumbiando no son todas y no son para siempre. Lo difícil no es ser mamá, lo difícil es ser una buena. Lo desafiante es garantizarle a tus hijos que vienen a ser parte de un hogar feliz, es seguir amando y consintiendo a tu esposo, a tus padres, a tus suegros, a tu empleada, porque con el ejemplo le enseñas más que con una cantaleta y una jalada de orejas. El reto es dedicarle el tiempo que puedas pero tiempo de verdad, no con tu mente en el celular. La tarea es llenarlos de amor así a veces nos digan que nos los vamos a tirar. Lo difícil es sacrificar mil cosas que te gustaría hacer pero que comparadas con estar con ellos resultan poco importantes (el gimnasio puede esperar, si no tengo un perfecto manicure no me voy a morir, si me pierdo el chiste del momento en el chat tampoco pasa nada…) Lo importante es no buscar como deshacernos de ellos a cada oportunidad que tenemos, es realmente esa vecina, ese programa de tv mejor que estar conmigo así sea haciendo mercado?. Lo osado y heroico es que seas tu quien se arriesgue a criarlos y no tu empleada o la abuela. Por más buenas que sean, la empleada no podrá remplazarte y la genialidad de la abuela es precisamente que los pueda malcriar. Lo audaz de ser madre no es haber soportado una panza y 20 kilos de más por 9 meses (ni tampoco haber logrado bajarlos) es acostarte, seguramente acabada, con la satisfacción de que tu bebé es un bebé feliz gracias a ti.

Estoy rodeada de mujeres que han decidido no ser madres con argumentos que parecen más excusas que razones. Es triste, pero lo realmente sobrecogedor es estar rodeada de mamás que decidieron serlo al parecer por las razones equivocadas.

Aplaudo de pie a aquellas mujeres valientes que analizaron a fondo el oficio de ser mamá y decidieron no serlo no porque les preocupaba perder noches de rumba o tardes de shopping sino porque llegaron a la conclusión que de que no podrían ser lo mejor para ese bebé. Aplaudo, aún más, a aquellas con agallas que lo analizaron, decidieron serlo y se esfuerzan cada día por ser las mejores. A las otras, prefiero no decirles nada porque lo único que podría decir ya no tiene sentido: ojalá hubieras seguido planificando.

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