Martes de Post-Parto - Abrazables pellizcables

Niños que dan ganas de abrazar y niños que dan ganas de pellizcar. ¿Los han visto? Sé que todas saben a lo que me refiero. Los niños son por naturaleza tiernos y apapachables, es muy difícil no caer rendidas ante sus cachetes, a sus medias lenguas chillonas y ocurrentes, a sus manitas suaves y regordetas. Pero hay unos, que aunque tengan más cachetes que Quico nos inspiran pellizcarlos y no precisamente como una expresión de amor. Nada tiene que ver con qué tan modelos de portada de revista parezcan. La ternura y la simpatía por un niño, así como el desagrado por el, radica en su comportamiento.




Los niños son niños, harán pataletas, llorarán, gritarán, no se quedaran quietos. Pero basta pasar una hora con un niño para ver la línea divisoria entre esa actitud infantil normal de un niño y una desesperante.

Yo, como toda mamá de mi generación, leí sobre crianza con apego, disciplina positiva, sobre el diálogo por encima de todo y en todo momento, sobre la manera correcta de hablarle a nuestros hijos para que entendieran el porque de nuestra decisión. Y hoy, a pocos días de que Lolo cumpla tres años me atrevo a decir que algunas lo entendimos todo mal. Nos hemos preocupado tanto por pulir y perfeccionar la crianza, que en ese miedo que nos han inculcado de no generarle traumas a los niños, olvidamos que a veces cuando mamá o papá dicen que No, es No, sin importar que no tengamos una razón que los niños en este momento de su vida puedan entender.

Tengo tres hermanos mayores, todos hombres. Soy la única niña y la menor, o en otras palabras, soy la consentida. Ser la consentida a veces se confunde con ser la malcriada, y no niego que alguna vez me haya portado como tal. Pero sobre todo se traduce en ser consentidora. Y yo soy absurdamente consentidora. Soy tan consentidora que si no fuera por una dosis de mi 10% en el momento adecuado y el ejemplo de algunos niños que quiero pellizcar, me podría cagar (no encuentro otra palabra mejor) a Lorenzo a punta de mimos. Nuestra crianza, sea la que sea, hace de nuestros hijos unos niños abrazables o unos pellizcables.

Los terribles dos años llegaron para cuestionarme y para obligarme a hacer unos ajustes en materia de educación en mi casa. Pasamos de un bebé que necesita todos nuestros mimos y abrazos, a un niño que necesita mimos, abrazos y aprender a obedecer. Y comencé a debatirme cuando ser un poco de derecha y cuando ser un poco liberal con Lolo. Yo tengo amigas a las que nunca les he oído alzar la voz y otras a las que quisiera ablandar un poco y, con lo que voy a decir a continuación puede que una horda de mujeres me ataque, pero estar en compañía de los niños con los que han sido un tris más estrictos es más ameno y llevadero. Los niños pellizcables no permiten el juego, mandan todo el tiempo, parecen unos adultos encerrados en un cuerpo pequeño, necesita ser el centro de atención siempre, son unos mini dictadores y tienen a sus pies unos padres que con tal de evitar el conflicto, optan por negociarlo todo. Pues yo no quiero negociarlo todo.

Si de algo me he dado cuenta, es que los limites que ponemos en casa nos salvan la vida cuando estamos afuera. Y no hablo de limites consensuados sino de órdenes y reglas con una voz fuerte y clara. Le tememos tanto a la palabra orden, la tenemos tan ligada a la opresión y a un carácter negativo, que creemos que darle un par de ellas a nuestros hijos es traumatizarlos e irrespetarlos.

Desconfío un poco, mucho seamos sinceras, de esas mamás que sin importar el nivel de pataleta del niño no pierden la compostura. Me cuestionan esas mamás que justifican todas las rabieta con un “es que tiene sueño”. Y me preocupa que Lolo llegué a ser uno de esos niños que dan ganas de pellizcar en vez de abrazar.




Debo confesar que no siempre pensé así. Confíe mucho tiempo en que el amor por los hijos consistía en sólo darles amor y más amor. Y que ese amor se traducía en cero gritos, en olvidarme de mis necesidades, en suplir al 100% las suyas y en verlo siempre sonriendo. Tenía razón en una cosa, el amor por los hijos sí consiste en darles amor y más amor. Pero ese amor no me convierte en una esclava de todos sus deseos, ese amor me da derecho a decir No, ese amor me obliga a no negociarlo todo y ese amor veces puede que no lo haga sonreír. Y tuve que compartir con un par de niños pellizcables, e incluso ver al mío haciéndome quedar mal un par de veces, para dame cuenta de eso. 

He pasado tardes con niños fabulosos que sin dejar de ser niños y llorar a ratos, pelear por un juguete y ponerse bravos, son tiernos, amorosos y disciplinados. He pasado otras tantas con niños que me asustan, me desesperan y quisiera pellizcar. He llegado a casa angustiada de pensar que si no pongo claros los límites, el niño que van a querer pellizcar es el mío.

Fui la consentida de mi casa y aún así recuerdo más de un No que me supo a cacho en su momento y hoy lo agradezco con el alma. Cuando tenía 13 años mi papá me prohibió tener novio, todas mis amigas tenían, todo el mundo tenía!,  pero mi papá retrogrado insistía en hacerme pasar la vergüenza de quedar al frente de todos como una niña chiquita. Hice pataleta, lloré, le escribí cartas a mi papá exponiendo mis razones, él me escribió otro par con las suyas. Razones que me parecieron exageradas y tontas. Hoy, muchos años después, como por no delatar los 33 que este año cumplo, entiendo todos y cada uno de sus motivos y sobretodo los agradezco. Mis amigas de esa época pasaron por las manos de casi todos mis amigos de esa época. Yo, seguro soy recordada como la bobita que no dejaban tener novio y que para mi dicha y fortuna (he visto lo que le ha hecho la adultez a algunos de ellos por Facebook) no aparece en su lista de conquistas. Tenía trece años y ni en ese momento entendí las razones. Lolo va a cumplir 3, no todas mis razones tiene que entenderlas pero si obedecerlas.

Ya no admiro a la mamá que concilia todo, más bien le temo y le huyo a su retoño. Ya no critico a la que le exige un poco más a su hijo sino que me declaro fan enamorada de su hijo abrazable.


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Martes de Post-Parto - 10 días con la suegra

 

Suegra. Una de las palabras a la que más le tememos las esposas y, novias del mundo. Esa misma que dicen que es mejor tener bien lejos una vez nos casamos, y aún más lejos cuando tengamos hijos. Por tradición, por ver en exceso los cuentachistes o por simple brutalidad, la gran mayoría de nosotras la consideramos una enemiga o rival. Creemos que viene de visita para hacernos la vida más difícil, creemos que cuando dice “el día esta muy frío” nos está culpando a nosotras, oímos “eres una mala madre” cuando dice “en mi época yo lo hacía así”, tomamos por quejas sus historias o por regaños sus consejos, y por alguna especie de celos sin sentido, creemos que nos quiere robar eso que nosotras le robamos primero, su hijo.




10 días con mi suegra, podría ser el titulo de una película de terror o de una comedia romántica, donde Meryl Streep (la suegra malvada) le haría la vida imposible a Jennifer Aniston (la abnegada, bella y paciente nuera). Al parecer, soy pésima guionista porque adivinen quien acaba de pasar 10 días en casa de su suegra y ya la extraña. En estos 10 días descubrí que, por fortuna, mi suegra no es una malvada y que, por desgracia, yo no me parezco a Jennifer Aniston. Pasé 10 días en casa de mi suegra y no tengo quejas. Pasé 2 días sola con ella y sin mi 10% y nunca me sentí una extraña. Pasé 10 días que me parecieron 5. Pasé 10 días y el último le estaba rogando a mi 10% que corriéramos los tiquetes una noche más. Pasé 10 días que me hicieron conocerla mejor y quererla más.  Pasé 10 días que me hicieron lamentar enormemente que vivamos en ciudades diferentes.

Pero sobretodo me di cuenta de tres cosas sobre las suegras que no quiero dejar pasar:

  1. La suegra también es mamá. Suena obvio, pero la gran mayoría de veces lo olvidamos. Es una mamá que sabe más que nosotras lo que significa amar a un hijo, porque ha tenido que aprender a amarlo con la distancia que traen los años y la nueva familia. Sabe lo que significa amar a alguien que tenías en exclusiva y ahora debes compartir con otra. Es una mamá maestra en sonreír y hacerse la güevona porque aunque cree que su hijo pudo haber escogido una mejor mujer como esposa, acepta que ésta es la que lo hace feliz. Es la mamá del hombre que escogimos para envejecer y eso debería ser razón suficiente para amarla infinitamente. Es una mamá como nosotras que hace la labor más difícil de la maternidad: seguir velando por un hijo sin traspasar las barreras que se alzaron cuando se convirtió en esposo.

  1. La suegra puede ser mi otra mamá. Los consentimientos que en estos 10 días recibí de mi suegra bien podrían hacer tambalear el primer puesto en el que tengo a mi mamá. Me llevó a la peluquería, me llevo de shopping, me hizo sopita de arroz, se arruncho conmigo y con Lolo a hacer la siesta, me echo flores por mi labor como mamá y sólo le faltó ponerse brava conmigo por alguna bobada para parecerse por completo a la mía mama. Las suegras son mamás desaprovechadas si no les damos el chance de entrar en nuestras vidas. Una vez las vemos a través de ese lente de la maternidad ganamos una segunda mamá maravillosa.




  1. La suegra algún día seré yo. Si usted es de las que todavía se rehúsa a dar el brazo a torcer con la suegra, déjeme recordarle que algún día usted desempeñará ese papel y más le vale que empieza a rogar por una nuera que no sea como usted. Las nueras pueden ser las malvadas de la historia y, depende de lo que digan al oído del marido antes de dormir, pueden acercar o alejar más a su madrecita. Piense en todo el amor que le tiene a su hijo y lo que disfruta de su compañía,  dígame si no quisiera poder disfrutar eso, así sea por escasos momentos, en la edad adulta. La suegra seré yo y sólo espero que mi nuera permita esos espacios.

Eso sí, si usted tiene mujeres en vez de varones relájese. En ese caso su yerno será perfecto y para él usted también lo será.

Estoy tan romanticona que ahora en el guión de mi película Meryl Streep es la mamá abnegada que se da golpes de pecho por no haber impedido la boda de su hijo con Angelina Jolie. Pero como ya sabemos que eso no es lo mío, sólo me queda decirles que las únicas razones para despotricar de su suegra es si la de ustedes: (1) le sigue presentando candidatas a su 10%, le tapa escapadas con amiguitas o recuerda con nostalgia delante de usted lo buena que era la exnovia; (2) se apareció con dos maletas y un baúl en la puerta de su casa para pasar unas vacaciones y hoy, después de 4 años, no se ha ido;  (3) le exigió una prueba de ADN cuando supo que estaba embarazada; y (4) asegura que su nieto está malcriado desconociendo el trabajo extra que hemos tenido que hacer con su hijo.




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Martes de POst-Parto - Batallas que no se pelean

Hace unos días, mientras estaba en el parque con Lorenzo, de la nada, como suele pasar en esta ciudad, el sol desapareció de repente para darle paso a uno de los aguaceros más escandalosos del año. Al sentir las primeras gotas y ver la nube negra en el cielo corrimos a casa, pero la lluvia caía a tal velocidad que llegar secos iba a ser una misión imposible. Igual corrimos, yo angustiada de pensar en una gripa, de ensuciar mis zapatos o de dañar mi pelo que había amanecido manejable; Lolo feliz de ver como la lluvia transformaba nuestro aspecto, sin esquivar charcos y salpicando con sus zapatos, los zapatos que yo me preocupaba por resguardar. Nos bastó media cuadra para quedar lavados y nos faltaba una para llegar a casa. Desaceleré el paso, me dispuse a disfrutar con Lolo ese momento para él insólito: mojarse con mamá. Creo que debo modificar esa frase en caso de que todos seamos igual de mal pensados. Corrijo: me dispuse a disfrutar con Lolo ese momento para él insólito: mojarse con la lluvia acompañado de mamá. Volvimos a casa a paso lento, metiéndonos en todos los charcos, levantando la cara hacia el cielo con los ojos cerrados para sentir las gotas caer. Cuando llegamos a la portería, una vecina nos dijo que nos íbamos a enfermar por jugar con la lluvia. Me sentí acusada, irresponsable, mala madre, me vi saliendo a urgencias por una pulmonía y escribiendo al jardín que mañana sería otro día que Lolo caparía clase. Pero ver la cara de Lorenzo bien valía la pena, oírle en su media lengua, relatándole a papá una y otra vez la aventura, me recordó algo que hace mucho quería escribir: la importancia de escoger las batallas que vamos a pelear.




Lejos estoy de ser ese prototipo de mamá de comercial que nunca pierde la paciencia y que sabe siempre como conciliar. Pero me matan las ganas de vivir feliz y tranquila, así que en pro de poder seguir exprimiéndole felicidad a cualquier pendejada, decidí darme una mano y escoger bien esas batallas, o dicho en otras palabras, decidí escoger las cosas por las que no me voy a estresar.

Correr bajo la lluvia. Según estudios, la mojada varía dependiendo del peso del humano y de la dirección e intensidad del viento. Soy pésima corredora, de direcciones escasamente entiendo la de mi casa y me faltaron 6 medallas de scout para aprender eso de babearse el dedo y alzarlo para saber a donde sopla el viento. Esta batalla no la voy a pelear: Caminaré y me mojaré, llegaré a la casa y me secaré. Check.

Obligar la hora de dormir. Uno de los castigos en los campos de concentración era no dejar dormir, eso enloquecía en cuestión de días. Lo inverso, obligar a Lolo a dormir cuando no tiene sueño, me enloquece a mi. Tenemos una hora establecida para dormir y es maravilloso, pero, como no somos robots, hay días que dicha rutina no se cumple. Estresarse por eso no es lo mío. Lorenzo a veces hace siesta, a veces no. Los días que la hace al medio día es fantástico porque se levanta a las 2pm y a las 8pm de nuevo está listo para dormir. Si no la hace, mamá recreacionista aparece y desde las 5.30 a las 7.30 hago mil malabares para que no caiga dormido demasiado temprano. Si la hace de 2 a 5pm llamo a mi 10% y le informo que vamos a tener una noche movida, él se entusiasma pensando cochinadas, y yo le aclaro que guarde esa energía para después de las 10 porque Lolo no va a caer antes de esa hora. Alguna vez una mamá me dijo que su hija sí o sí hacía siesta a las 12 y sí o sí estaba dormida en su cama a las 7pm. No quise preguntarte cuales eran las medidas coercitivas para el sí o sí, pero obligar a Lolo a dormir me recuerda el desespero que a mi me da tratar de dormir y no poder, en una noche de desvelo. Ya llegará el día que las madrugadas mortales que exigen los colegios lo derroten en su cama por arte de magia antes de las 8. Mientras tanto, sé que algunos días tendré que servirme un café extra, inventarme unas actividades exprimidoras de energía y posponer el capitulo de la serie que estoy viendo con mi 10% para otra noche. Un malgenio menos. Check.

Rogar para comer. ¿Existe acaso algo más aburridor que llevar una cuchara a una boca cerrada y a una cara que se voltea haciendo el feo? Las comidas se sirven a una hora en esta casa y, en un día normal, toda la familia se sienta a la mesa. Pero como, por fortuna, los días no siempre son iguales, hay unos que a Don Lorenzo (porque a veces se porta como si se mandara solo o como un dictador) no le dan ganas de comer, mientras el resto de la familia muere de hambre. El sonido de mis tripas no es un buen consejero a la hora de convencer a Don Lolo de sentarse a la mesa. En esos días, opto por almorzar tranquila con mi 10% y, una vez saciadas mis necesidades alimenticias, espero con la barriga llena y el corazón contento que al Don le de hambre. Y le da, créanme, se sienta y se come todo solo. Mi mamá cuenta que nunca nos obligo a comer a mi y a mis hermanos… y está comprobado que el problema siempre ha sido que paremos de hacerlo. Comer, no rogar y dejar la comida lista en la mesa. Una pelea menos. Check.




Dialogar en una pataleta. Hay pataletas de pataletas. Hay unas que con contarle hasta 10 en voz alta quedan solucionadas. Hay otras que implican tirada al piso y otra serie de intransigencias que, por más crianza respetuosa que quiera aplicar, no pienso negociar porque más que pataleta son berrinche. Escoger pelear esta batalla implica primero detectar el tipo de pataleta a la que nos enfrentamos. Mientras la pataleta este en un nivel medio-bajo y existan razones entendibles, abrazo a Lolo, contamos hasta diez, negociamos y seguimos felices nuestra vida. Si la pataleta está en un nivel extra profesional y las razones no son negociables, ni siquiera pierdo mi tiempo intentando dialogar con unos gritos que tapan mi voz. Bueno, la verdad digo algo así como: “Tienes derecho a estar bravo, pero yo no entiendo a los gritos, cuando te calmes y ya no tengas rabia hablamos” y me voy a hacer cualquier cosa… Ayuda que estemos en casa y no hayan caras de extraños desaprobando la conducta del niño y de la madre. Los gritos cesan al rato, y aparece un Lolo medio apenado del show que acaba de dar. Tal cual como me pasa a mi cuando me salgo de la ropa en una discusión y después quiero volver donde el afectado como si nada, sabiendo que exageré. En el 99% de los casos parece que su desahogo a solas lo hubiera hecho razonar; quiero pensar que es así, porque luego regresa para hacer eso a lo que tanto se negaba minutos antes, sin que lo obliguemos. Así que yo decido no dialogar en todas las pataletas, por mi bien y por el de él. Check.

Defender la maternidad. Ser mamá es maravilloso, increíble, indescriptible, único y bla bla bla, si usted es mamá sabe perfectamente de lo que le estoy hablando. Si no lo es y no quiere serlo no tiene sentido que yo me enfrasque en un dialogo a defender una posición que por más información e ideas que usted tenga en la cabeza no va a entender. Amo a muchas de mis amigas sin hijos y parte de ese amor se traduce en no quererlas convencer de ser madres. Antes hasta me molestaba ver como algunas se escudaban en el cliché de que sin hijos tendrían más plata, salvarían el planeta, podrían conocer todos los rincones del mundo sin una pañalera, o que podrían dormir hasta tarde un domingo. Ahora me resbala, yo sé lo que es ser mamá, lo que eso significa, los cojones que se necesitan, la alegría infinita que se siente y no tengo que tratar inútilmente de persuadir a alguien que, para justificar su decisión de no serlo, me expone razones forzadas que son apenas un color de la la amplia paleta tonos que tiene la maternidad; y que sólo entiendo yo porque he vivido la experiencia. Cualquier cosa que me digan en contra de la maternidad, se ve diminuta e intrascendente cuando miro a Lolo. Eso nadie me lo hará cambiar jamás. Una batalla menos. Check.




Se me empiezan a ocurrir muchas más como: Las arrugas y mi fiel propósito de no acartonar mi cara con Bótox todavía, aceptar que me case con un hombre que no entiende la puntualidad, o recapacitar y no volver a hablar de política con amigos… pero este post ya quedó demasiado largo por hoy, así que ahí les dejo mi lista de las batallas que por ahora no pienso pelear, ¿cuál es la de ustedes?

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Martes de Post-Parto - Gripa

Son las 3 de la tarde. Hace un frio espeluznante y delicioso. Sí, delicioso, debo confesar que la atmosfera que crea el frio me encanta. Me siento en los alpes suizos, o mejor aún, recuerdo épocas de mi niñez que me llenan de nostalgia, en esta Bogotá gris y lluviosa. ¿Algo mejor que un arrunchis con cobija peluda? El frío es la excusa perfecta para usar saquitos peludos y chaquetotas, prender la chimenea y comer chocolates de más. Así estoy en este momento, sentada en la cama con una cobija que más parece el abominable hombre las nieves (sin lo abominable), una snikers que ya va por la mitad, un café extra grande y Lorenzo a mi lado, que hace una siesta tardía y perjudicial para la hora de dormir esta noche. El plan podría ser perfecto si no fuera por una tonelada de mocos que producimos a causa de la tercera gripa del año que nos da, y eso que apenas estamos comenzando abril.




Iba a aprovechar la siesta de Lorenzo para cerrar también mis ojos llorosos, pero me di cuenta que el timing no podía ser más perfecto para escribir sobre un post que me han pedido desde hace días: La tormentosa e interminable relación entre la gripa y el jardín.

Hace unos meses, cuando decidimos escoger el jardín para nuestros pequeños, con lupa y mucha meticulosidad evaluamos todas las variables: la seguridad de las instalaciones, el carisma de sus profesoras, la cantidad de ceros a la izquierda de la matricula, la cercanía a nuestra casa, el método de enseñanza, la calidad de la merienda y, algunas más quisquillosas, hasta la pinta de los padres de familia. Cada jardín parecía un universo diferente y nos costó un par de noches escoger el que más nos convencía. La decisión quizás no hubiera sido tan difícil, si en vez de mirar las cosas que los diferenciaban, hubiéramos observado la única que es común a todos: los virus. No existe un jardín desprovisto de ellos ni mamás que no se quejen de la cantidad de gripas, piojos y eruptivas que sus niños contraen allí. Una vez nuestros hijos entran al jardín tenemos la extraña sensación de que pasan más días apestados que sanos.

A todas nos dijeron “no es sino que entre al jardín y se le peguen todos los virus”. Y todas nos dijimos mentalmente, como para no sentirnos una mamífera cruel e irracional abandonando a sus crías, “es necesario que coja defensas de una vez por todas” Pues, la bendita cogida de defensas nos cobra aproximadamente 5 días de incapacidad al mes. Al paso que voy, no estaría mal pedirle un reembolso de una pensión al jardín por la sumatoria de todos los días que Lolo termina quedándose en casa por una gripa.

Al principio alcancé a dudar del sistema inmunológico de Lolo y corrí al pediatra muchas veces ante al evidencia de los primeros síntomas. Después de oír muchas veces el famoso “es normal que los niños se enfermen cada mes” o el aniquilador “eso es viral”, ya me evito la salida de casa y tengo un botiquín dotado con las vitaminas y medicamentos básicos para estos casos.




No sé que me molesta más, empezar a ver los mocos transparentes que anuncian la llegada de una gripa o empezar a recibir los mensajes del grupo de whatsapp del jardín con las quejas, consejos y sugerencias de todas las mamás aburridas con la peste.  A una de esas mamás, a principios de febrero le pareció que lo que necesitaba el jardín era un desinfectador de ambiente en cada salón y una revisión diaria de la super intendencia de higiene y salud (si eso existe) para que el jardín no siguiera propagando y reproduciendo los virus de todos los niños. Me burlé, la catalogue de exagerada, le trate de explicar con mis dedos gordos que me hacen escribir brutalidades en WhatsApp, que el mundo era un lugar lleno de virus y que no podíamos desinfectarlo por completo ni aislar las zonas por donde pasan a diario nuestros hijos. A mi segunda maluquera a principios de marzo, porque valga la pena aclarar que la gripa del niño no sólo se nos pega sino que sufre una transformación genética que hace que nuestra gripa no sea un simple resfriado sino una asquerosa peste bubónica, no me parecía una idea tan mala llenar cada esquina del jardín de esos aparatos que purifican el ambiente. Hoy, a mi tercera, estoy considerando seriamente una visita de la OMS o al menos pienso sugerir en el estresante grupito de WhatsApp de “mamitas y papitos” del jardín, que por favor no manden al jardín a los niños que empiezan a sentirse mal. Entiendo más que nadie el complique y el desbarajuste para nuestras labores diarias el tener que dejar a los niños en casa, pero es la única solución efectiva para reducir estas epidemias grupales, sobretodo en esta temporada esperada de lluvias.

Si a finales de abril vuelvo a caer por otra gripa no me temblará la mano para recomendarle a las directivas de cada jardín que contraten los servicios de ADN, la Agencia de Detección de Niños de Monsters Inc para que dos macancanes enfundados en trajes y mascarillas salten a desinfectar y a aislar a cada niño que se presente a las aulas con síntomas de gripa o cualquier otra enfermedad contagiosa. 

Por ahora me tomaré una aguapanela con jengibre y limón,  esperaré que la dosis de dólex que Lolo debe tomarse en la noche le produzcan el sueño necesario para contrarrestar que siga dormido a las 4pm, y aguardaré pacientemente la siguiente gripa con tal de que lo que se me venga encima el próximo mes no sea una epidemia de piojos.

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Vacaciones pensando en todos

Muchas cosas que no queremos, cambian una vez somos mamás. El color del pezón, el porcentaje de grasa, la gravedad o el tamaño de las pochechas, las horas de pereza, la frecuencia del canchis canchis, (como alguna vez vi que le decían al arte amatorio en un programa de Laura en América) el aguante del hígado y, sí, las anheladas e idolatradas vacaciones. El ideal que tenemos de vacaciones cambia drásticamente después de un hijo, pasaremos de ser esas mujeres que solo se metían a la piscina para apaciguar el calor, a no salir de ella por estar jugando al tiburón, olvidaremos lo que es tener un hermoso color dorado y seremos las reinas del bloqueador y la cachucha, nos preocuparemos por las horas que el restaurante sirve el almuerzo,  y saborearemos una única cerveza en toda la tarde, porque hay un menor bajo nuestro cuidado.




Entonces si así son las cosas, sí se pueden llamar vacaciones?

Para empezar uno debería ser lo suficientemente sensato para no salir de viaje con un bebé de menos de seis meses, a menos que quiera encartarse y extrañar más que nunca su hogar.

Cuando Lolo tenía tres meses, a mi 10% y a mi se nos ocurrió la maravillosa idea de irnos a pasar un fin de semana a un hotel. Acabábamos de descubrir esta nueva vida de pañales, trasnocho y agotamiento y sentíamos que nos merecíamos un descanso a 30 grados centígrados. Jua. Reservamos un hotel con 4 piscinas, a pesar de que el pediatra nos recomendó todavía no meter a un Lolo de tres meses, en esa poceta llena de bacterias y cloro. Imagine el cuadro: Nos veíamos “divinos”, “cómodos” y “divertidísimos” debajo de un parasol echándole agua cristal a ese Lolo de cachetes rojos, que a pesar del sudor de nuestros brazos quería estar cargado y no semi acostado en la hamaca “plegable” que decidimos llevarle pagando exceso de equipaje. El calor despertó en nosotros una especia de psicosis y por el miedo a una deshidratación o insolación decidimos pasar el fin de semana en el cuarto sin prender el aire acondicionado y optamos por el room service para que los otros huéspedes y nosotros pudiéramos comer en paz. Primera conclusión: Espere a que el retoño cumpla un año y ya reciba comida, ya se siente, ya camine, ya se pueda meter a la piscina y ya se le pueda echar bloqueador.

A ese primer intento fallido no lo llamaré vacación por respeto a la palabra. Pero debo confesarles que del segundo intento en adelante hemos tenido unas vacaciones increíbles. ¿Cómo lo hemos logrado? Con dos cosas: cambiando el chip y teniendo actitud.

1 – Cambiando el chip. Ahora somos tres y nuestras vacaciones, así como nuestra vida, deben ser pensadas para los tres. Para qué amargarme pensando en el color dorado que podría haber ganado, para qué amargarme viendo a la gente borracha hacer el oso, para qué amargarme porque quiero hacer shopping y no puedo, para que amargarme porque me falta media ciudad por conocer y mi bebé ya no aguanta más, para que amargarme armando planes no aptos para niños? Ya nuestras vacaciones no son tirados en una asoleadora con un Martini en la mano y 6 en la cabeza, porque eso no divierte a Lolo. Tampoco son jugando Mindcraft todo el día en una Tablet porque eso no divierte a los papás. Ahora nuestras vacaciones son el resultado de la búsqueda de algo que nos divierta a todos. La asoleadora la cambie por las piscinas panditas, y los 6 martinis por uno que me dura toda la mañana. ¿Que si extraño las largas horas de bronceo? Sí, el color de mis piernas dan fe de ello. ¿Qué las preferiría a cambio de ver a Lolo feliz tragando agua en una piscina? No.

2 – No hay nada que requiera más actitud en la vida que tener hijos. Tener la actitud para gozárselos. Tener la actitud para meterse a una piscina a la que no le cabe un prójimo más. Tener la actitud para tomarse un margarita mientras se hacen castillos en la arena. Tener la actitud para sonreír a pesar del calor o del cansancio. Tener la actitud para salir corriendo al baño cuando el niño hace de las suyas. Tener la actitud para acostarlo en dos sillas rimax si es necesario. Tener la actitud para divertirse así el plan esté aburrrido. Tener la actitud para llevarlo en hombros con tal de recorrer el parque completo. Tener la actitud  de emocionarse viendo la misma tortuga una y mil veces. Tener la actitud para sentir esa maratón como una vacación.

Sin esas dos cosas, además de lo básico como llevar pañitos húmedos, pintas de más, dolex, cuentos y chucherías a la mano, es imposible gozarse unas vacaciones. Así que relájese, disfrute a sus hijos que para eso los tuvo, e incluso vuelva a gozarse cosas que sin ellos le estarían muy mal vistas, como gritar las 500 veces que repite deslizarse por el tobogán, bailar descoordinada y con su hijo en brazos tratando de seguir al recreacionista, llenar un plato en el buffet de sólo pasteles y dulces, asombrarse de ver una mariposa, andar despelucada o incluso con una teta al aire y quedarse dormida a las 8 de la noche.




Y de ñapa un acróstico (por si creían que lo más ñero que había en este post era la referencia al canchis canchis) con tips para recordar:

Vayan a un lugar pensado para niños. Para qué ir a conocer el Louvre si el niño aún no le interesa saber quien es La Gioconda. Ya llegara la edad para esos paseos.

Acepte que viene con niños y disfrute los planes que puede hacer con ellos. Enterrarse en la arena, hacer burbujas con un pitillo, salpicar agua, caminar, hacer fila 50 veces para el tobogán también es divertido.

Cambie el chip. Los viajes en familia hacen familia. Ver a los hijos felices con uno, teniendo experiencias nuevas es absolutamente genial.

Acuéstese cuando su hijo haga la siesta o al menos relájese con su 10%, créame que esa energía la va a necesitar cuando se despierte.

Cree buenos recuerdos. Sus hijos podrán recordarlo como el que estaba “por ahí” en vacaciones o el que se las gozó con ellos a la par.

Invite a los abuelos a algún paseo. Gozarán con usted y podrán quedarse con el retoño una hora mientras usted se da un premio en el spa.

Olvídese de la disciplina, son vacaciones. Si su hijo no quiere comer lechuga, que no coma. Si no quiere dormirse a las 8, que no se duerma. No se estrese.

No acordarse de la mitad del paseo por una borrachera tampoco es descansar.

Evite irse de paseo con gente sin hijos que no entiende su nueva dinámica, que lo hará sentir mal por no recibir esos tequilas de más, y que propondrá planes y restaurantes en los que no caben sus hijos.

Se vale separar otro fin de semana aparte para irse sola con su 10% a modo de desquite. Para que se tome todos los martinis que quiera, se broncee hasta que le duela ponerse un brasier y extrañe enormemente la cara que podría hacer su retoño si estuviera ahí en esa piscina.




Aquí, cantando victoria

Alguien me dijo alguna vez que el peor error que uno podía cometer como mamá, era cantar victoria. Creo, sin lugar a dudas, que es uno de los mejores consejos que he recibido, incluso para la vida misma. Pero también creo que vale la pena celebrar cada pequeña victoria por el mero placer de saber que algo estás haciendo bien. Por eso hoy, arriesgándome un poco, quiero salir a ondear esa bandera de la victoria, por ser mamá. Hoy soy ese Leonardo di Caprio en el Lobo de Wall Street, caminando con los brazos abiertos, la frente en alto y el pecho hinchado porque me siento orgullosa de mi hogar.




Debo confesar que después de ser mamá, un par de veces, había dudado de haberlo sido. Por momentos, me entraba una extraña sensación parecida al susto o al arrepentimiento. Algunas veces, me daba estrés no tener siquiera la opción de renunciar, por aquellas cosas de la maternidad y su irreversibilidad. Otras, seguro por el cansancio, me sentía culpable por anhelar unos minutos de una vida sin hijos. Y muchas, muchas otras, me preguntaba en silencio si apostarle a este hogar había sido la decisión correcta.

Este fin de semana, tuve todas mis respuestas.

El sábado pasé el día como cuando éramos novios con mi 10%. Estuvimos arrunchados hasta las 11 de la mañana viendo House of Cards, almorzamos vodka, nos fuimos a Estéreo Picnic, bebimos ron, nos reencontramos con amigos, bailamos y cuando la adultez nos pasó factura, huimos para volver a la cama. La pasamos increíble.

El domingo en la tarde, con los ojos ardiéndonos todavía por la falta de sueño, moríamos de ganas e impaciencia por encontrarnos con Lorenzo. La carcajada con incredulidad de él, al vernos asomar por su ventana nos hizo aguar ojo, y sin decir nada nos apretujamos los tres en un abrazo infinito.

Cualquier duda que pude haber tenido frente a la maternidad, se disipó en ese momento y para siempre.

¿Qué día prefería?  Ambos. No podría decirles cual día estuvo mejor. Cada uno, como diría un amigo con bajo criterio para escoger novias, tuvo lo suyo.

La cuestión no era escoger cual de los dos días había estado mejor. Todo se resumía a saber con claridad de cual de los dos días podría prescindir, sin que eso afectara mi felicidad. Creo que está claro que ni tres vodkas y 5 rones superan la feliz borrachera que me provoca pasar una tarde en casa con mi 10% y Lolo.

¿Sábado o domingo? Ambos. Este fin de semana me di cuenta que puedo tener ambos. Pero aunque me gustan esos sábados, debo reconocer que me supo más a felicidad el domingo.




La ecuación es sencilla. En este momento de mi vida, a mis treinta y pico, que ya disfruté varios años llenos de sólo sábados, agradezco infinitamente poder saber a que saben los domingos.

Eso que tanta gente me ha expuesto como argumento para no tener hijos, como la pérdida de la libertad, el no poder tomarse un trago, no poder estar a solas con la pareja, no viajar, etc., no son reales, porque sí se pueden tener. Lo que pasa es que una vez tienes hijos comprendes que de muchos de ellos se puede, y es más divertido, prescindir. (De muchos he dicho, pero ni se les ocurra incluir en esa lista la apretujada con el marido, a eso si es muy aburrido renunciar).

A lo que voy es que mi vida sigue teniendo sentido si me pierdo otro par de fiestas, pero en cambio no tiene ninguno, si jamás descubro lo que se siente ese abrazo infinito. Decido quedarme con mis sábados esporádicos y mi resto de días que parecen domingos.

Ésta es mi victoria, que más que victoria es agradecimiento por tener una vida llena de domingos que no me saben a guayabo. Por tener una familia que me pone a volar más que el bareto que vi fumarse a Snoop Dog. Por la oportunidad que me dio la maternidad de saber lo que vale la pena en la vida. Y por todos aquellos que por no tener un hijo, o por vivir intensamente muchos sábados, creen que son más felices que yo. Me regodeo de mi victoria porque construir un hogar no me sabe a otra cosa sino a triunfo.




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Hasta que la muerte

“Hasta que la muerte nos separe … y ojalá yo no sea responsable de la tuya no es precisamente la frase que queremos oír el día de nuestro matrimonio. Pero sin lugar a dudas pasará por nuestra cabeza después de años de convivencia o de un hijo. Hormonas alborotadas, falta de todo (sueño, tiempo y sexo) son regalos preciosos que llegan al hogar después de un hijo, y pocas veces estamos preparadas para capotear sus consecuencias.




Nos advirtieron de la depresión post-parto, nos recomendaron paciencia con los bebés, nos repitieron que jamás pusiéramos a nuestro hijo por encima de nuestro esposo, pero nadie nunca siquiera mencionó, que algunas veces sentiríamos algo muy distinto al amor y más parecido a la cólera por esos hombres que se hicieron padres con nosotras.

¿Estoy desarrollando una personalidad psicótica o todas sentimos ganas de ahorcar a nuestros 10% al menos una vez a la semana?

¿Estaré desarrollando un trastorno bipolar que me hace detestar por segundos al hombre por el que en otros me derrito?

Ser mamás pone a prueba cada pedacito de nosotras y como si la tarea ya no fuera lo suficientemente complicada también le pone un par de obstáculos a nuestra relación de pareja. La llegada de un hijo, eso que ambos anhelábamos con tanto amor, trae en las circunstancias más amenas, un aumento del 30% en las discusiones en la casa (me acabo de inventar esa cifra pero es que suena bonito ponerle numero a los hechos).

Y entonces casi sin darnos cuenta empezamos a lidiar con dos nuevos integrantes en el hogar: un bebé que llora cada 3 horas y una trifulca que estalla casi con la misma frecuencia. La rabia puede poseernos por pendejaditas, pendejadas y pendejadotas.

 Pendejaditas tales como

  • La velocidad parsimoniosa que adoptan para hacer lo que nosotras haríamos a mil. Preparar un tetero; abrir una puerta cuando venimos con el retoño dormido en nuestros brazos entumecidos y a punto de encontrar paz sólo en la amputación; alcanzar un pañito húmedo mientras tratamos de evitar que la caca haga contacto con las sábanas; encontrar la billetera para salir a la calle. A veces siento que a mi 10% le divierte verme encartada a más no poder y desacelera su capacidad motriz de aposta con tal de gozar con mi tortura.

  • La desfachatez que tienen para llegar 30 minutos después de la hora acordada como si no pasara nada.

 Pendejadas tales como

  • Su capacidad para embobarse con el celular cuando queremos que jueguen con nuestros hijos. Mirar el celular en mi casa puede hacer estallar la tercera guerra mundial, sobretodo si su uso no es para contestar un mail importante sino para ver las últimas novedades en Instagram. Yo trato de verlo cuando Lolo duerme o está en el jardín, y me saca de casillas que mi 10% vuelva de un día de trabajo y no lo deje a un lado para compartir con nosotros dedicándonos toda su atención. Suena loco y neurótico pero hace la diferencia… lo malo es que a veces salgo regañada por eso de “predica pero no aplica” cuando quiero tomar una foto, ver la hora o llamar a mi mamá.




  • Su habilidad de desarrollar un oído inmune al llanto que les permite seguir concentrados en el último artículo de la revista Semana o roncando en el quinto sueño mientras nosotras esperamos que se apersonen de la situación.

 Pendejadotas tales como

  • Su talento para hacer exactamente lo opuesto a lo que nosotras esperamos. En los temas de crianza se hace evidente más que nunca, cuando ellos quieren regañar a grito herido y nosotras queremos conciliar, o al revés.

  • Su increíble perspicacia para alistar la pañalera y dejar absolutamente todo lo importante en casa.

Inútil atacarlos con cantaleta porque para cada argumento nuestro ellos tienen cinco explicaciones, imposible quedarnos calladas porque somos mujeres, absurdo agredirlos porque los amamos con locura y soberbio pensar que ellos no quieren también degollarnos. Y he ahí el meollo del asunto: Si ellos nos sacan la piedra nosotros los sacamos de quicio. Y es en ese momento, cuando el corazón se acelera, la voz sube tres tonos, las pupilas se dilatan y nos transformamos en esa señora cantaletuda que sólo se merece unos cachos, cuando más tenemos que probarnos mutuamente que somos un equipo y que ese amor que nos juramos un día sino sigue intacto es sólo porque está más fuerte que nunca. La pendejadita, pendejada o pendejadota no es tan grave como parece pero lo que podamos decir en esos momentos si.

“Prometo no irme lanza en ristre contra ti cuando tengamos hijos” es una frase que no se me ocurrió en mis votos matrimoniales pero que si viajara en el tiempo se la agregaría a expensas de dañar el romanticismo del momento. Por ahora, creo que vale la pena repetirla mentalmente, o en voz alta dependiendo del nivel de desespero que nos embriague o del nivel de insoportabilidad que nos domine.

Alguna vez escribí que lograr un matrimonio feliz era una maratón pero que lograrlo con hijos era una triatlón. Lo que no dije fue que ganar la triatlón se siente increíble y superar cualquier excusa que nos insta a renunciar nos hace más fuertes.

No me imagino la vida sin mi 10%, creo en el matrimonio hasta que la muerte nos separe (mientras exista amor del bonito, del de verdad-verdad) y no me da pena confesar que a veces lo detesto y él me detesta. De sólo pensar en un divorcio y todo lo que ello implica, incluida mi vuelta al ruedo y a ese plan de levante para el que perdí todo flow, práctica y destreza, se me revuelven las entrañas. Pienso que lograr una vida en pareja feliz es de los mejores regalos que podemos hacernos y por eso vale la pena apostarle con toda nuestra convicción.

Yo le aposté a mi 10% desde el día que decidimos estar juntos y aún así a ratos me contagio de los escépticos y pienso que va a ser imposible llegar a viejitos juntos. Pero después recuerdo que mi mejor plan de jubilación es envejecer al lado de esa persona con la que podemos odiarnos a ratos pero amarnos en todos nuestros momentos y así dejar que sea la muerte, la única insolente zarrapastrosa capaz de separarnos.





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Aprovéchalo Mientras Puedas

Aprovéchalo Mientras Puedas

 

“Aprovéchalo mientras puedas” es una de las frases que oigo con más frecuencia cuando la gente me ve con Lolo. Me resulta inevitable hacer una autoevaluación mental cada vez que alguien me la dice. En un segundo, se recrea en mi cabeza todo un problema algebraico que cruza las horas vividas de Lolo con las horas que hemos estado separados; las cosas que hemos hecho con las que hubiéramos podido hacer; los besos que nos hemos dado con las rabietas que hemos tenido; los momentos que me lo quiero comer a picos y los momentos que lo quiero rifar. El balance, por positivo que sea, siempre me deja la misma incógnita ¿sí lo estoy aprovechando al máximo?.




“Disfrútalo ahora que deja” alguien vuelve a decir, y entonces de repente, prefiero hacerme chichi en los pantalones, que ir al baño y perderme un minuto de Lolo jugando con un carrito. En mi cabeza, el problema matemático es ahora desplazado por un gigantesco reloj de arena que me recuerda que el tiempo de disfrutar a mi hijo se está acabando y que nada puedo hacer para evitar que el cronómetro detenga su cuenta regresiva. ¿Cuánto tiempo me queda?¿En serio el tiempo de disfrutar a mi hijo se está acabando?

Y justo en el instante en el que trato inútilmente de juntar mis dedos índices para detener el tiempo (crecí viendo Fuera de este mundo), justo en ese preciso instante, descubro que no necesito a Lolo chiquito eternamente para disfrutarlo. Para aprovecharlo al máximo necesito verlo crecer. ¿Por qué? Sencillo, porque no decidí ser mamá para tener un bebé, sino para tener un hijo.
Estamos convencidas, o nos han convencido, que los hijos sólo se pueden aprovechar al máximo mientras son unos cachetes andantes. Que sólo podremos disfrutarlos hasta minutos antes de la temida adolescencia. Que son nuestros hasta el día que nos piden ser menos cariñosos en público, y que somos indispensables para su vida hasta que no dependen económicamente de nosotros. Mentira. Se nos olvida que aprovecharlos a ellos significa aprovechar cada etapa de la maternidad. Sí, esa misma maternidad que en los primeros años de vida de nuestros hijos nos hace anhelar unos minutos de soledad, y que en los últimos años de nosotras, parecen ser demasiados.

La recomendación no debe ser “aprovecha a tu hijo mientras se pueda” sino “aprovéchate a ti como mamá cada que puedas”.
Aprovéchalo a los seis meses y déjalo dormir las veces que quiera encima tuyo. Aprovéchalo al año cuando empieza a caminar como un borracho. A los dos cuando descubre que te ama y no puede parar de darte besos. A los tres cuando cada historia y cada apunte son para morirse de la risa. A los cuatro cuando la jornada en el colegio te lo roba más horas. A los cinco cuando sus por qués te dejan sin argumentos, a los seis, a los siete, a los ocho, a los nueve, a los diez cuando quiera que lo aplaudas a lo lejos, a los 14 cuando quiera que lo lleves a ese concierto, a los 16 cuando necesite que le enseñes a manejar, a los 18 cuando no sepa que quiere estudiar o cuando algún pendejo o estúpida le rompa el corazón, a los 20 cuando se te arrunche sólo para pedir un aumento en la mesada, a los 22 cuando tenga su primer trabajo así sea regando matas o sirviendo hamburguesas, a los 35 cuando se sienta orgulloso de pagarte la cuenta en un restaurante, a los 40 cuando necesite que vaya y le cuide a los niños, al perro o a los gatos, y así… ser la mamá que cada etapa demanda hasta que se pueda.




Yo pienso aprovechar los instantes muchos o pocos que me da la maternidad, aprovechar las 24 horas del día que lo tengo cerquita hoy y aprovechar el minuto que lo pueda ver o incluso sólo oír en unos años. Aprovechar que soy mamá. Es verdad que mientras son chiquitos no podemos dejar de apretarlos, olerlos, mimarlos. Pero quién dijo que aprovecharlos no es también verlos graduarse, sentirse orgulloso porque conozcan el mundo (así nos toque enterarnos por su última foto en Instagram), poder discutir con ellos por quien votar en las próximas elecciones, consentirles un guayabo o incluso achantarlos frente a alguna noviecita.

En unos años, dicen las abuelas que se pasan volando, Lolo ya no gritará mami mami mami y rogará que no le suelte la mano. En unos años su amor verdadero será otro tipo de mami (ay siento un dolor en mi panza muy parecido a los celos). Pero de tanto en tanto vendrá a visitarme, pondrá su mano sobre la mía y querrá, así sea por unas escasas horas, aprovecharme mientras pueda.




Canciones Infantiles FBFinal

Pasarán los años, cambiarán las épocas, nacerán nuevos ritmos y las canciones infantiles seguirán repitiéndose. Cuando nació Lolo uno de los regalos más lindos que recibí fue una colección de música. Dos CDs de canciones modernas, lindas, entonadas, perfectamente musicalizadas, con voces melodiosas y además personalizadas. Pero las canciones de siempre, ésas de voces chillonas y acordes simples, ésas que me cantaba mi mamá, son las que a Lolo le generan fascinación. Gracias a Youtube he recordado canciones que juraba no tener en mi repertorio; la vaca lechera, pinocho en el hospital de los muñecos, la muñeca vestida de azul, el avión minino, cucu cucu cantaba la rana, pin pon, los elefantes que se balanceaban… entre otras.




Mi mente torcida influenciada por canciones como El Taxi y los años que llevo encima desprovistos de cierta ingenuidad han logrado que encuentre en estas canciones otros significados que no imaginaba en mi niñez. Unos muy traumáticos, otros muy cuestionables y algunos muy “descachados”. Las canciones con su música pegajosa que se repite una y otra vez en nuestra cabeza nos dejan grandes enseñanzas, sino que lo digan ciertos ingenieros y constructores de nuestro país que al parecer utilizan como material para sus edificios la receta de esta tonada:

“El puente está quebrado
con qué lo curaremos
con cáscaras de huevo”

Seguro no seré la primera en quejarse de la canción “Arroz con leche”. En ella se plantea que todos debemos casarnos y además, hacerlo sin tener en cuenta criterios como el amor, el respeto y la admiración; que además, como mujeres no tenemos otra utilidad social aparte de las labores domésticas. Y, como si fuera poco, nos exige no trancarle el paso al hombre de la casa que quiere salir a divertirse.

“Arroz con leche me quiero casar
con una señorita de la capital
que sepa coser, que sepa planchar
que sepa abrir la puerta para ir a jugar”

Si fuera por estas cualidades yo seguiría soltera, la única que cumplí cuando me casé, y a medias, es que nací en la capital. Y como seguramente mi papá está leyendo esto, debo decirles que también el de señorita. Pero a pesar de parecerme una canción machista, retrograda y pegajosa debo reconocerle su valor y el adelanto de pensamiento para su época. Es, tal vez, la primera canción infantil en apoyar el matrimonio igualitario y eso merece aplaudirlo.

“Yo soy la viudita del barrio del rey
me quiero casar y no sé con quien
con esta sí, con esta no
con esta señorita me caso yo”

Pero si Arroz con leche nos dictamina como ser niñas de bien, Pinocho además de ser una canción trágica y traumática es una radiografía tristísima de la realidad de nuestro país.

“Hasta el viejo hospital de los muñecos
llego el pobre Pinocho malherido
porque un espantapájaros bandido
lo sorprendió dormido y lo atacó”

Ni dormidos podemos descansar. La frase no nos inquieta, al parecer llevamos años registrando bombas, masacres, atentados y actos violentos muchos ocurridos en la noche que cuenta con la desprevención como su aliada. Otra razón más para promover el colecho o acaso ¿qué niño va a querer dormir solo después de oír semejante historia?

“Llegó con su nariz hecha pedazos
y una pierna en tres partes astillada
una lesión interna y delicada
y el médico de guardia lo atendió
A un viejo cirujano llamaron con urgencia
y con su vieja ciencia pronto lo remendó
pero dijo a los otros muñecos internados
todo esto ha sido en vano le falta el corazón”

No sabemos que EPS tenía Pinocho, pero por lo menos sabemos que estaba al día porque lo recibieron en ese viejo hospital sin mayores contratiempos y fue atendido por un medico y además un cirujano. Afortunado.

“El caso es que Pinocho estaba grave
y en sí de su desmayo no salía
el viejo cirujano no sabía
a quien pedir prestado un corazón”

Vaya lío con la escasa donación de órganos. Eso sumado a la crisis del sistema de salud, del POS, de las prepagadas nos deja claro que muchas veces lo único que nos puede salvar es un milagro.

“Entonces llego el hada protectora
y viendo que Pinocho se moría
le puso un corazón de fantasía
y Pinocho sonriendo despertó”

El párrafo que le falta a esta canción debería decir que tan pronto Pinocho sonrió demandó al hospital por falta de disponibilidad de recursos y por engañarlo con el trasplante de un corazón que por sus características parece haber sido comprado en el mercado negro.

Y para no desviarnos de temas referentes a la salud, si usted es de las mías, también habrá creído por años que a la pobre muñequita vestida de azul le dio un resfriado porque la sacaron a pasear.

“Tengo una muñeca vestida de azul
zapaticos blancos, delantal de tul
la lleve a paseo y se me constipó
la tengo en la cama con mucho dolor”

Lo cierto es que a la pobre si la sacaron pero no fue un chiflón lo que le hizo daño sino la falta de agua, fibra y fruta en el paseo. Con esa dieta que llevamos en las vacaciones cualquiera se estriñe. Y si aparte la muñeca vestida de azul es como el 90% de las mujeres que no nos sentimos tranquilas para entrar al baño si no es en nuestra propia casa, la cosa se pone más grave. La constipación no es más que la dificultad de evacuar un bollito (lo pongo en diminutivo para que no suene tan guache aunque debería ir en aumentativo). Todos sabemos que esa dificultad causa mucho malestar, ahora entiendo que a la muñeca le hacía falta un descongestionante pero no precisamente uno nasal.

Y si la pobre muñeca está de malas ni hablemos de la vaca lechera difamada. No sé mucho de ganadería pero creo que una buena vaca es una vaca lechera y, en mi caso, una vaca que da leche condensada es una fantasía.
Entonces, que alguien me explique cómo es que una vaca que produce un elixir que puede superar las 300 calorías por cuchara, es una vaca salada?

“Tengo una vaca lechera
no es una vaca cualquiera
me da leche condensada
ay que vaca tan salada
tolon tolon tolon tolon”

En un sentido literal puedo asegurar que la vaca no es salada sino demasiado azucarada, su problema, supongo, es serlo no precisamente con estevia. Pero en sentido figurado entiendo que la pobre está es de malas. En el mundo entero cada vez menos gente consume leche entera, y si una vaca extraordinaria tiene la capacidad de producir otra variedad, tiene que ser muy poco afortunada para dar leche condensada y no leche de almendras que vale el triple. El pobre lechero perdió la oportunidad de ser millonario a consta del fitness y lo sabía… ay que vaca tan salada.

Lo único cierto es que ésas canciones infantiles y muchas que necesitarían otro post son fabulosas; no en vano han perdurado y perdurarán. Puede que detrás de sus frases inocentes, si uno se pone a hilar delgado, encuentre mensajes poco actuales y errados, pero las prefiero a muchos reggaetones que en vez de indirectas tiernas nos lanzan sugerencias explicitas. Prefiero pedirle a Lolo que se consiga una novia “que sepa coser y que sepa bordar” y no una que sólo chupe chévere porque “ eso en cuatro no se ve”.

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En un post pasado, “Ser mamá es hacer todo lo que una vez criticaste” les compartí una lista de cosas que prometemos antes de ser mamás. Palabras que todas o casi todas tenemos que tragarnos alguna vez en la vida.

Una amiga de esas que uno quiere y odia por joven, hermosa, talentosa, inteligente, chistosa y bacana hizo de ese post algo maravilloso: 11 ilustraciones con mis palabras y yo no podía dejar de compartirlo con ustedes.

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Mamá e hijo vistos por los ojos de la talentosa Amalia Restrepo @amaaalia

11790175_10205732444883450_768499441_oDíganme por favor que no soy la única mamá que ha sucumbido a los avances tecnológicos con tal de terminar de almorzar, de oír el chisme completo de una amiga o incluso para dormir cinco minutos más. Si bien no quiero que mi hijo viva hipnotizado por estos aparatos tampoco voy a desconocer que son parte de esta generación y no somos miembros de una comunidad Amish.
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Cuenta la leyenda que ciertos niños han llegado a cumplir los 4 años sin saber que existe algo más dulce que un banano. No conocen el placer de hostigarse a punta de nutella, ni han sentido el divertido burbujeo en la nariz que provoca una gaseosa. Mi más sentido pésame con ellos. Gracias mamá por dejarme probar estas delicias cuando mi metabolismo las podía quemar en un segundo.

11793795_10205732443923426_2088098361_oNo es falta de amor propio es practicidad. Si bien antes de ser mamá me hubiera rehusado a salir a la calle con un poco de frizz, ahora no puede añorar más las colas de caballo. Los jeans, los tenis y las camisetas se volvieron mis mejores amigas. Y el look se complementa con un poco de jugo de mora (casualmente el día que tengo pantalón blanco), con una manito de grasa en mi camisa, un poquito de mocos, pintura, chocolate o cualquier material escandaloso y difícil de sacar.

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Cama-cuna: 2´000.000.

Juego de sábanas: 120.000.

Monitor con intercomunicadores y cámara de visión nocturna: 1´200.000

Que toda la familia duerma plácidamente: No tiene precio




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Antes de ser mamá me burlé durante años de mi hermano mayor y su manera de tomar por los hombros a mi sobrino como última advertencia a un llamado de atención. Me parecía exagerado, poco paciente, mal geniado, desmesurado … hasta que fui mamá. Esas ganas que  nos dan de espichar a los niños no siempre son producto de la ternura y de la suavidad de sus cachetes. Y el amor más grande del planeta también nos muestra la impotencia más berraca.

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Si no eres parte de esa minoría bendecida por la genética, después del parto y durante un par de meses, andarás por la calle con tu bebé y la gente se preguntará a que hora encargaste el otro. Yo me tenía tanta fe que la ropa que lleve para salir de la clínica no me cupo y tuve que volverme a poner la de maternidad con la que llegue. Ahora sufro con las sobras de Lolo que terminan en mi plato, con las piñatas llenas de cosas deliciosas, con halloween, con ir a hacer mercado, con los refrigerios que Lolo se rehusa a comer y a mi me da pesar botar destapados, con la leche de tarro que me acabo a cucharadas recordando mi niñez en la que juraba que eran quipitos.

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“Yo le hubiera dado una cachetada y listo, problema resuelto” decía mi amiga sin hijos después de relatarme un viaje en avión al lado de un niño. Mientras oigo sus consejos desde la ingenuidad de no saber como es esto, cruzo los dedos para que Lolo no haga una pataleta en su presencia y ella tenga que verme darle el control del tv y no una cachetada para que pueda terminar de contarme su historia. Si algo he aprendido de una pataleta es que o la hace Lolo o la hago yo, nunca los dos al tiempo.

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Me lo advirtieron en los cursos psicoprofilácticos, me lo dijo mi mamá, lo oí de mis amigas y aún así pasé noches enteras en urgencias porque a mi modo de ver ese reflujo estaba fuera de lo normal. Después de pasar horas rogando que nos hicieran todos los exámenes y de ver niños que realmente necesitaba atención, nosotros somnolientos, cansados y hambrientos no sabíamos como rogarle al doctor que nos dejara ir a casa.

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A propósito.. que hago haciendo este post en estos minutos valiosos??????

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Y en realidad no me imaginaba que teniendo a Lolo la más beneficiada iba a ser yo misma, porque con mis aciertos y desaciertos, sin un hijo no sería la persona que soy hoy.

Vale la pena,además de agradecer y reconocer el talento de Amalia Restrepo, divertirse con sus ilustraciones. Cuando tengas un rato, síguela en Instagram @amaaalia

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