Aquí, cantando victoria

Alguien me dijo alguna vez que el peor error que uno podía cometer como mamá, era cantar victoria. Creo, sin lugar a dudas, que es uno de los mejores consejos que he recibido, incluso para la vida misma. Pero también creo que vale la pena celebrar cada pequeña victoria por el mero placer de saber que algo estás haciendo bien. Por eso hoy, arriesgándome un poco, quiero salir a ondear esa bandera de la victoria, por ser mamá. Hoy soy ese Leonardo di Caprio en el Lobo de Wall Street, caminando con los brazos abiertos, la frente en alto y el pecho hinchado porque me siento orgullosa de mi hogar.




Debo confesar que después de ser mamá, un par de veces, había dudado de haberlo sido. Por momentos, me entraba una extraña sensación parecida al susto o al arrepentimiento. Algunas veces, me daba estrés no tener siquiera la opción de renunciar, por aquellas cosas de la maternidad y su irreversibilidad. Otras, seguro por el cansancio, me sentía culpable por anhelar unos minutos de una vida sin hijos. Y muchas, muchas otras, me preguntaba en silencio si apostarle a este hogar había sido la decisión correcta.

Este fin de semana, tuve todas mis respuestas.

El sábado pasé el día como cuando éramos novios con mi 10%. Estuvimos arrunchados hasta las 11 de la mañana viendo House of Cards, almorzamos vodka, nos fuimos a Estéreo Picnic, bebimos ron, nos reencontramos con amigos, bailamos y cuando la adultez nos pasó factura, huimos para volver a la cama. La pasamos increíble.

El domingo en la tarde, con los ojos ardiéndonos todavía por la falta de sueño, moríamos de ganas e impaciencia por encontrarnos con Lorenzo. La carcajada con incredulidad de él, al vernos asomar por su ventana nos hizo aguar ojo, y sin decir nada nos apretujamos los tres en un abrazo infinito.

Cualquier duda que pude haber tenido frente a la maternidad, se disipó en ese momento y para siempre.

¿Qué día prefería?  Ambos. No podría decirles cual día estuvo mejor. Cada uno, como diría un amigo con bajo criterio para escoger novias, tuvo lo suyo.

La cuestión no era escoger cual de los dos días había estado mejor. Todo se resumía a saber con claridad de cual de los dos días podría prescindir, sin que eso afectara mi felicidad. Creo que está claro que ni tres vodkas y 5 rones superan la feliz borrachera que me provoca pasar una tarde en casa con mi 10% y Lolo.

¿Sábado o domingo? Ambos. Este fin de semana me di cuenta que puedo tener ambos. Pero aunque me gustan esos sábados, debo reconocer que me supo más a felicidad el domingo.




La ecuación es sencilla. En este momento de mi vida, a mis treinta y pico, que ya disfruté varios años llenos de sólo sábados, agradezco infinitamente poder saber a que saben los domingos.

Eso que tanta gente me ha expuesto como argumento para no tener hijos, como la pérdida de la libertad, el no poder tomarse un trago, no poder estar a solas con la pareja, no viajar, etc., no son reales, porque sí se pueden tener. Lo que pasa es que una vez tienes hijos comprendes que de muchos de ellos se puede, y es más divertido, prescindir. (De muchos he dicho, pero ni se les ocurra incluir en esa lista la apretujada con el marido, a eso si es muy aburrido renunciar).

A lo que voy es que mi vida sigue teniendo sentido si me pierdo otro par de fiestas, pero en cambio no tiene ninguno, si jamás descubro lo que se siente ese abrazo infinito. Decido quedarme con mis sábados esporádicos y mi resto de días que parecen domingos.

Ésta es mi victoria, que más que victoria es agradecimiento por tener una vida llena de domingos que no me saben a guayabo. Por tener una familia que me pone a volar más que el bareto que vi fumarse a Snoop Dog. Por la oportunidad que me dio la maternidad de saber lo que vale la pena en la vida. Y por todos aquellos que por no tener un hijo, o por vivir intensamente muchos sábados, creen que son más felices que yo. Me regodeo de mi victoria porque construir un hogar no me sabe a otra cosa sino a triunfo.




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Martes de Post-Parto - La Nuwe

Martes de Post-Parto – La Nuwe

Ya estamos en mitad de febrero y muchas de nosotras aún no hemos podido deshacernos de esos kilos que ganamos en diciembre. Yo he empezado dieta 5 veces este año, cada una con una duración de 8 horas. Semana Santa viene pisándome los talones con invitaciones a lugares muy espirituales para visitar en bikini, y yo sigo feliz yendo a la panadería de la esquina a las seis de la tarde para acabar con las provisiones de pan trenza para una semana. A mi la fuerza de voluntad me la quedaron debiendo sobretodo cuando de harinas se trata. Puedo decirle que no a cualquiera sin que me de pena o cargo de conciencia, excepto si al que tengo que negármele es a un chocolate. Varias mamás fit con millón de seguidores en Instagram aseguran que la maternidad no tiene la culpa de nuestras llantas. Pero la verdad es que si. Y no me refiero a las secuelas del parto sino a las patologías que desarrollamos una vez somos madres y nos predisponen a la gordura. Por eso, he diseñado un efectivo plan de contingencia para que la maternidad no nos siga redimiendo calorías al por mayor. Detecte sus síntomas y atáquelos.





          Síndrome de la caneca.

Enfermedad heredada de nuestros padres que hace que nos llevemos a la boca las sobras de nuestros hijos porque dejarlas decorando el plato nos parece un desperdicio. Estudios demuestran que las sobras no alimentan y que son las encargadas de ese gordito que saca en la espalda un brasier.

Medicación: Suavemente aleje las sobras conteniendo la respiración y con voz dulce dígale a su marido que su hijo le manda “eso” con mucho cariño.

Mantra: No soy una caneca

 

          Mal agudo del Menú.

Sensación de despilfarro al pedir el menú infantil en un restaurante y constatar que tu hijo se lo hubiera comido todo, si tuviera 18 años. Si eres capaz de superar el síndrome de la caneca con las sobras de spaguetti en el restaurante seguramente no lo vas a lograr con la sorpresa-postre que viene con ellos.

Medicación: Pedir para ti, sólo una ensalada

Mantra: No se puede confiar ni en la cajita feliz

 

           Trastorno Obsesivo Compulsivo de Limpieza.

Trastorno caracterizado por la necesidad de la madre de ir chupando el cono de su hijo para que el helado derretido no caiga sobre sus manos y ropa. Está comprobado que el niño, con o sin su intervención, se va a ensuciar. Permítale gozar de la sensación de estar pegachento y libérese de un par de calorías extra que no necesita.

Medicación: Mire a la dirección opuesta en la que se encuentre su niño comiendo helado.

Mantra: No soy Mónica Geller

 



          Virus de barriga adquirida.

Sensación de no poder alzar un bebé sin el apoyo de nuestra barriga. La madre se acostumbra a llevar al bebé en brazos echando para adelante la cola y la pelvis a fin de tener más estabilidad, pero con el riesgo de ser confundida con Jabba the Hutt o ser felicitada por el nuevo bebé que viene en camino.

Medicación: Apriete la barriga como si le fueran a tomar una foto cada 3 segundos.

Mantra: No soy el Señor Barriga.

 

            Pereza Crónica.

Enfermedad que hace que no seamos capaces de servirle un vaso de agua a nuestro 10% a las 11 de la noche, que usemos el ascensor para ir al segundo piso y que no cambiemos el noticiero del senado porque tenemos que pararnos para alcanzar el control.

Medicación: Haga todos los favores que le pidan

Mantra: No soy un parásito

 

Cucharitis crónica.

Consiste en la necesidad de la madre de probar más de cinco veces lo que está preparando para su retoño, sabiendo bien que con dos es más que suficiente. Se considera una enfermedad crónica cuando la madre cucharea la leche en polvo o el milo cada vez que pone un pie en la cocina, como si ese polvo no fuera tan adictivo como la cocaína.

Medicación: Clausurar la cocina y permitir el acceso sólo a profesionales.

Mantra: La cucharita solo de arrunchis

 

        Diabetes inducida

También conocida como la ansiedad de la madre por comerse todos los dulces recogidos por los hijos en una piñata o Halloween, con el fin de evitar caries dentales e hiperactividad en los pequeños. La madre prefiere auto provocarse una diabetes tipo I con tal de evitar que la elevada ingesta de azúcar llegue a la sangre de sus pequeños y la haga vivir una noche de terror.

Medicación: Hágale un roto a la bolsa de la sorpresa.

Mantra: No soy una yonki

 

Seguir al pie de la letra la medicación, repetir el mantra las veces que sea necesario y si en 3 meses, junto con un régimen alimenticio balanceado, tres horas de spinning diarias y una visita semanal a la esteticista, no ha logrado ver resultados, escríbame para devolverle el dinero por el tiempo perdido.

 




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Post-Parto - Lactancia

La maternidad nos hace mucho daño a algunas. Y no, esta vez no estoy hablando de las estrías que ganamos, del pelo que perdemos o de las horas de sueño que necesitamos. La maternidad nos vuelve intensas, cantaletudas y profetas. Si algo nos ha funcionado queremos que todas lo sepan, lo imiten y lo oigan una y otra vez de nuestra boca. La lactancia, por ejemplo, es uno de esos temas polémicos de la maternidad que más nos enloquece. Cada vez más, me privo de tocarlo en una reunión, junto con la política y la religión. Los tres temas tienen en común fanáticos que no quieren escuchar sino evangelizar. Razón suficiente para tampoco haber hablado sobre la lactancia en un post anterior.

Como no tengo el derecho ni tampoco es mi intención dar cátedra sobre el tema, me limitaré a describir las 4 frases que detesto de la lactancia basada en mi experiencia personal. Lo que no significa que lo que yo crea deba tomarse como consejo, filosofía de vida o verdad universal.




1 “Si no lactaste por lo menos los primeros seis meses eres una despiadada, tu hijo se enfermará y no tendrá un vínculo fuerte contigo”.

Señoras, soy entonces una cruel despiadada con un pezón frágil que me hizo ver al diablo durante el primer mes a pesar de las cremas de caléndula, el vino rojo y el extractor de leche. Señoras, soy una despiadada que soportó el dolor durante un mes, fecha exacta que la lactancia dejo de arder, doler y sangrar. Soy una despiadada que para evitar una mastitis visitaba semanalmente un lugar llamado “el banco de leche” donde me hacían ver el diablo de nuevo estripándome una pocheca que insistía en obstruirse. Soy una cruel despiadada que a los tres meses sin poder levantar los brazos del dolor, con fiebre de 40 grados, sin poder alzar y cuidar a mi bebé y sin niñera, volví por última vez al banco de leche con una mastitis. Ese día renuncié a la lactancia, porque ese día, amamantar dejó de ser un momento íntimo y bonito con mi hijo y pasó a ser un problema que me cohibía de cuidarlo, me botaba a la cama y hacía de la maternidad algo que no debía ser: una tortura. Si señoras, lacté sólo tres meses de manera exclusiva y mi hijo ni se enfermó ni perdió su apego. Sobrevivimos las gripas como cualquiera, jamás hemos estado hospitalizados y somos inseparables, es más, para algunos, demasiado intensos el uno con el otro.

2 “Si lactas a un niño que habla, camina y tiene dientes eres una cochina”.

Señoras, si para algunas la lactancia resulta más fácil desde el comienzo antes que juzgarlas debo declararles mi envidia. A pesar de que estaba mentalizada para lactar 6 meses, tiempo que me parecía razonable, suficiente y perfecto para que los niños empezaran a deleitarse con otros sabores y para que las mamás pudiéramos volver a ponernos camisas de cuellos cerrados y sin botones, admiro (tal vez por no haberlo podido hacer) a las que pueden hacerlo por un tiempo más prolongado. Las envidio y admiro porque con el amor infinito de una madre siguen haciendo una labor nada sencilla con la convicción de darle lo mejor a sus hijos. También las entiendo y les brindo mi más sincera sonrisa de apoyo cuando me explican con un poco de cansancio que no encuentran la manera menos traumática de, literalmente, destetar a un niño que por grande que esté no quiere renunciar a esa zona de confort.




3 “Si lactas en público eres una desvergonzada”

Señoras y señores, hay que ser muy desalmado en esta vida para negarse a amamantar a un niño hambriento y negarle la posibilidad de calmar su llanto alimentándolo, simplemente porque estamos en público. Lactar no tiene nada de morboso, no consolar a un niño sí. Sepa de una vez, que el niño no está jugando, está saciando una necesidad que no tiene, a los ojos de personas sensatas, ninguna connotación sexual, ni exhibicionista y, mucho menos, desagradable. Existe un trato que se le da a un par de tetas que no amamantan más desagradable y morboso, difícil de entender pero fácil de ver, si revisáramos el grupo de whastapp de varios. Si usted es de esos necesitados que se la pasa rotando fotos de mega tetas siliconudas a todos sus contactos pero se indigna de ver a una madre lactando en un restaurante, es hora de ir al psicólogo. La solución es sencilla si tanto le molesta: mire a los ojos y no el escote… “mis ojos están aquí y no aquí ” es una verdad que venimos reclamando las mujeres desde hace años.

4 “Si no te gusta lactar o ver lactar en público eres una mojigata”.

Señoras, a mi nunca me gustó lactar con espectadores. No creo que eso me convierta en una mojigata o doble moralista. Tampoco he querido salir en Soho y no por eso hago vade retro a las que lo hacen. Para mi lactar era un momento intimo con mi hijo y, además como al principio era muy bizoña, prefería poder estar en la comodidad de mi privacidad para no cometer errores. Por ejemplo siempre olvidaba proteger la teta que no estaba en uso y terminaba lista para cambio de ropa y baño. Además se me hacía muy difícil no usar la almohada de lactancia y andar con ella encima para todo lado me parecía un poco engorroso. Amaba la privacidad para lactar porque para mi significaba tranquilidad y comodidad. Sepan que las tetas me parecen divinas, tanto como a cualquier hombre, me parecen divinas para el uso de la intimidad con mi 10%, me parecen divinas en su labor de alimentar, me parece divinas en la portada de una revista y me parecieron aún más divinas en la portada de la revista fucsia con Cristina Warner amamantando. Pero ni a mi 10% se las presto en mitad de un centro comercial, ni a mi hijo se las puse sin una mantita en público. Esa soy yo, supongo que desde ahora apodada la mojigata. La misma mojigata a la que le da pena salir en una revista en toples de sólo pensar que su papá vea su pezón, la misma mojigata que usaba una mantica en caso de tener que lactar estando en la calle, la misma mojigata que le parecen divinas las viejas que salen en Soho y la misma mojigata que puede ver a otras mujeres menos mojigatas lactar en la calle sin juzgar, sin mirar mal y sin satanizar.




Cada una tiene una experiencia distinta con la lactancia. Buena o mala, y lo único que hace insoportable este tema es la necesidad que tenemos de volver general algo tan particular y personal. Hay tantos colores y formas de pezones como maneras de vivir la lactancia. No somos ni flojas, ni despiadadas, ni exhibicionistas, ni cochinas, ni mojigatas. Detesto esas cuatro frases, detesto que alguien que jamás haya lactado opine sin conocimiento de causa, detesto que las que lo hayamos hecho nos juzguemos, y detesto que queramos defender una u otra posición con la férrea y ciega convicción de un fanático. A cambio de 4 frases obsoletas propongo 4 pasos para una lactancia feliz:

1 DE TETA

2 DONDE

3 Y HASTA CUANDO

4 USTED QUIERA

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Hasta que la muerte

“Hasta que la muerte nos separe … y ojalá yo no sea responsable de la tuya no es precisamente la frase que queremos oír el día de nuestro matrimonio. Pero sin lugar a dudas pasará por nuestra cabeza después de años de convivencia o de un hijo. Hormonas alborotadas, falta de todo (sueño, tiempo y sexo) son regalos preciosos que llegan al hogar después de un hijo, y pocas veces estamos preparadas para capotear sus consecuencias.




Nos advirtieron de la depresión post-parto, nos recomendaron paciencia con los bebés, nos repitieron que jamás pusiéramos a nuestro hijo por encima de nuestro esposo, pero nadie nunca siquiera mencionó, que algunas veces sentiríamos algo muy distinto al amor y más parecido a la cólera por esos hombres que se hicieron padres con nosotras.

¿Estoy desarrollando una personalidad psicótica o todas sentimos ganas de ahorcar a nuestros 10% al menos una vez a la semana?

¿Estaré desarrollando un trastorno bipolar que me hace detestar por segundos al hombre por el que en otros me derrito?

Ser mamás pone a prueba cada pedacito de nosotras y como si la tarea ya no fuera lo suficientemente complicada también le pone un par de obstáculos a nuestra relación de pareja. La llegada de un hijo, eso que ambos anhelábamos con tanto amor, trae en las circunstancias más amenas, un aumento del 30% en las discusiones en la casa (me acabo de inventar esa cifra pero es que suena bonito ponerle numero a los hechos).

Y entonces casi sin darnos cuenta empezamos a lidiar con dos nuevos integrantes en el hogar: un bebé que llora cada 3 horas y una trifulca que estalla casi con la misma frecuencia. La rabia puede poseernos por pendejaditas, pendejadas y pendejadotas.

 Pendejaditas tales como

  • La velocidad parsimoniosa que adoptan para hacer lo que nosotras haríamos a mil. Preparar un tetero; abrir una puerta cuando venimos con el retoño dormido en nuestros brazos entumecidos y a punto de encontrar paz sólo en la amputación; alcanzar un pañito húmedo mientras tratamos de evitar que la caca haga contacto con las sábanas; encontrar la billetera para salir a la calle. A veces siento que a mi 10% le divierte verme encartada a más no poder y desacelera su capacidad motriz de aposta con tal de gozar con mi tortura.

  • La desfachatez que tienen para llegar 30 minutos después de la hora acordada como si no pasara nada.

 Pendejadas tales como

  • Su capacidad para embobarse con el celular cuando queremos que jueguen con nuestros hijos. Mirar el celular en mi casa puede hacer estallar la tercera guerra mundial, sobretodo si su uso no es para contestar un mail importante sino para ver las últimas novedades en Instagram. Yo trato de verlo cuando Lolo duerme o está en el jardín, y me saca de casillas que mi 10% vuelva de un día de trabajo y no lo deje a un lado para compartir con nosotros dedicándonos toda su atención. Suena loco y neurótico pero hace la diferencia… lo malo es que a veces salgo regañada por eso de “predica pero no aplica” cuando quiero tomar una foto, ver la hora o llamar a mi mamá.




  • Su habilidad de desarrollar un oído inmune al llanto que les permite seguir concentrados en el último artículo de la revista Semana o roncando en el quinto sueño mientras nosotras esperamos que se apersonen de la situación.

 Pendejadotas tales como

  • Su talento para hacer exactamente lo opuesto a lo que nosotras esperamos. En los temas de crianza se hace evidente más que nunca, cuando ellos quieren regañar a grito herido y nosotras queremos conciliar, o al revés.

  • Su increíble perspicacia para alistar la pañalera y dejar absolutamente todo lo importante en casa.

Inútil atacarlos con cantaleta porque para cada argumento nuestro ellos tienen cinco explicaciones, imposible quedarnos calladas porque somos mujeres, absurdo agredirlos porque los amamos con locura y soberbio pensar que ellos no quieren también degollarnos. Y he ahí el meollo del asunto: Si ellos nos sacan la piedra nosotros los sacamos de quicio. Y es en ese momento, cuando el corazón se acelera, la voz sube tres tonos, las pupilas se dilatan y nos transformamos en esa señora cantaletuda que sólo se merece unos cachos, cuando más tenemos que probarnos mutuamente que somos un equipo y que ese amor que nos juramos un día sino sigue intacto es sólo porque está más fuerte que nunca. La pendejadita, pendejada o pendejadota no es tan grave como parece pero lo que podamos decir en esos momentos si.

“Prometo no irme lanza en ristre contra ti cuando tengamos hijos” es una frase que no se me ocurrió en mis votos matrimoniales pero que si viajara en el tiempo se la agregaría a expensas de dañar el romanticismo del momento. Por ahora, creo que vale la pena repetirla mentalmente, o en voz alta dependiendo del nivel de desespero que nos embriague o del nivel de insoportabilidad que nos domine.

Alguna vez escribí que lograr un matrimonio feliz era una maratón pero que lograrlo con hijos era una triatlón. Lo que no dije fue que ganar la triatlón se siente increíble y superar cualquier excusa que nos insta a renunciar nos hace más fuertes.

No me imagino la vida sin mi 10%, creo en el matrimonio hasta que la muerte nos separe (mientras exista amor del bonito, del de verdad-verdad) y no me da pena confesar que a veces lo detesto y él me detesta. De sólo pensar en un divorcio y todo lo que ello implica, incluida mi vuelta al ruedo y a ese plan de levante para el que perdí todo flow, práctica y destreza, se me revuelven las entrañas. Pienso que lograr una vida en pareja feliz es de los mejores regalos que podemos hacernos y por eso vale la pena apostarle con toda nuestra convicción.

Yo le aposté a mi 10% desde el día que decidimos estar juntos y aún así a ratos me contagio de los escépticos y pienso que va a ser imposible llegar a viejitos juntos. Pero después recuerdo que mi mejor plan de jubilación es envejecer al lado de esa persona con la que podemos odiarnos a ratos pero amarnos en todos nuestros momentos y así dejar que sea la muerte, la única insolente zarrapastrosa capaz de separarnos.





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Aprovéchalo Mientras Puedas

Aprovéchalo Mientras Puedas

 

“Aprovéchalo mientras puedas” es una de las frases que oigo con más frecuencia cuando la gente me ve con Lolo. Me resulta inevitable hacer una autoevaluación mental cada vez que alguien me la dice. En un segundo, se recrea en mi cabeza todo un problema algebraico que cruza las horas vividas de Lolo con las horas que hemos estado separados; las cosas que hemos hecho con las que hubiéramos podido hacer; los besos que nos hemos dado con las rabietas que hemos tenido; los momentos que me lo quiero comer a picos y los momentos que lo quiero rifar. El balance, por positivo que sea, siempre me deja la misma incógnita ¿sí lo estoy aprovechando al máximo?.




“Disfrútalo ahora que deja” alguien vuelve a decir, y entonces de repente, prefiero hacerme chichi en los pantalones, que ir al baño y perderme un minuto de Lolo jugando con un carrito. En mi cabeza, el problema matemático es ahora desplazado por un gigantesco reloj de arena que me recuerda que el tiempo de disfrutar a mi hijo se está acabando y que nada puedo hacer para evitar que el cronómetro detenga su cuenta regresiva. ¿Cuánto tiempo me queda?¿En serio el tiempo de disfrutar a mi hijo se está acabando?

Y justo en el instante en el que trato inútilmente de juntar mis dedos índices para detener el tiempo (crecí viendo Fuera de este mundo), justo en ese preciso instante, descubro que no necesito a Lolo chiquito eternamente para disfrutarlo. Para aprovecharlo al máximo necesito verlo crecer. ¿Por qué? Sencillo, porque no decidí ser mamá para tener un bebé, sino para tener un hijo.
Estamos convencidas, o nos han convencido, que los hijos sólo se pueden aprovechar al máximo mientras son unos cachetes andantes. Que sólo podremos disfrutarlos hasta minutos antes de la temida adolescencia. Que son nuestros hasta el día que nos piden ser menos cariñosos en público, y que somos indispensables para su vida hasta que no dependen económicamente de nosotros. Mentira. Se nos olvida que aprovecharlos a ellos significa aprovechar cada etapa de la maternidad. Sí, esa misma maternidad que en los primeros años de vida de nuestros hijos nos hace anhelar unos minutos de soledad, y que en los últimos años de nosotras, parecen ser demasiados.

La recomendación no debe ser “aprovecha a tu hijo mientras se pueda” sino “aprovéchate a ti como mamá cada que puedas”.
Aprovéchalo a los seis meses y déjalo dormir las veces que quiera encima tuyo. Aprovéchalo al año cuando empieza a caminar como un borracho. A los dos cuando descubre que te ama y no puede parar de darte besos. A los tres cuando cada historia y cada apunte son para morirse de la risa. A los cuatro cuando la jornada en el colegio te lo roba más horas. A los cinco cuando sus por qués te dejan sin argumentos, a los seis, a los siete, a los ocho, a los nueve, a los diez cuando quiera que lo aplaudas a lo lejos, a los 14 cuando quiera que lo lleves a ese concierto, a los 16 cuando necesite que le enseñes a manejar, a los 18 cuando no sepa que quiere estudiar o cuando algún pendejo o estúpida le rompa el corazón, a los 20 cuando se te arrunche sólo para pedir un aumento en la mesada, a los 22 cuando tenga su primer trabajo así sea regando matas o sirviendo hamburguesas, a los 35 cuando se sienta orgulloso de pagarte la cuenta en un restaurante, a los 40 cuando necesite que vaya y le cuide a los niños, al perro o a los gatos, y así… ser la mamá que cada etapa demanda hasta que se pueda.




Yo pienso aprovechar los instantes muchos o pocos que me da la maternidad, aprovechar las 24 horas del día que lo tengo cerquita hoy y aprovechar el minuto que lo pueda ver o incluso sólo oír en unos años. Aprovechar que soy mamá. Es verdad que mientras son chiquitos no podemos dejar de apretarlos, olerlos, mimarlos. Pero quién dijo que aprovecharlos no es también verlos graduarse, sentirse orgulloso porque conozcan el mundo (así nos toque enterarnos por su última foto en Instagram), poder discutir con ellos por quien votar en las próximas elecciones, consentirles un guayabo o incluso achantarlos frente a alguna noviecita.

En unos años, dicen las abuelas que se pasan volando, Lolo ya no gritará mami mami mami y rogará que no le suelte la mano. En unos años su amor verdadero será otro tipo de mami (ay siento un dolor en mi panza muy parecido a los celos). Pero de tanto en tanto vendrá a visitarme, pondrá su mano sobre la mía y querrá, así sea por unas escasas horas, aprovecharme mientras pueda.




Canciones Infantiles FBFinal

Pasarán los años, cambiarán las épocas, nacerán nuevos ritmos y las canciones infantiles seguirán repitiéndose. Cuando nació Lolo uno de los regalos más lindos que recibí fue una colección de música. Dos CDs de canciones modernas, lindas, entonadas, perfectamente musicalizadas, con voces melodiosas y además personalizadas. Pero las canciones de siempre, ésas de voces chillonas y acordes simples, ésas que me cantaba mi mamá, son las que a Lolo le generan fascinación. Gracias a Youtube he recordado canciones que juraba no tener en mi repertorio; la vaca lechera, pinocho en el hospital de los muñecos, la muñeca vestida de azul, el avión minino, cucu cucu cantaba la rana, pin pon, los elefantes que se balanceaban… entre otras.




Mi mente torcida influenciada por canciones como El Taxi y los años que llevo encima desprovistos de cierta ingenuidad han logrado que encuentre en estas canciones otros significados que no imaginaba en mi niñez. Unos muy traumáticos, otros muy cuestionables y algunos muy “descachados”. Las canciones con su música pegajosa que se repite una y otra vez en nuestra cabeza nos dejan grandes enseñanzas, sino que lo digan ciertos ingenieros y constructores de nuestro país que al parecer utilizan como material para sus edificios la receta de esta tonada:

“El puente está quebrado
con qué lo curaremos
con cáscaras de huevo”

Seguro no seré la primera en quejarse de la canción “Arroz con leche”. En ella se plantea que todos debemos casarnos y además, hacerlo sin tener en cuenta criterios como el amor, el respeto y la admiración; que además, como mujeres no tenemos otra utilidad social aparte de las labores domésticas. Y, como si fuera poco, nos exige no trancarle el paso al hombre de la casa que quiere salir a divertirse.

“Arroz con leche me quiero casar
con una señorita de la capital
que sepa coser, que sepa planchar
que sepa abrir la puerta para ir a jugar”

Si fuera por estas cualidades yo seguiría soltera, la única que cumplí cuando me casé, y a medias, es que nací en la capital. Y como seguramente mi papá está leyendo esto, debo decirles que también el de señorita. Pero a pesar de parecerme una canción machista, retrograda y pegajosa debo reconocerle su valor y el adelanto de pensamiento para su época. Es, tal vez, la primera canción infantil en apoyar el matrimonio igualitario y eso merece aplaudirlo.

“Yo soy la viudita del barrio del rey
me quiero casar y no sé con quien
con esta sí, con esta no
con esta señorita me caso yo”

Pero si Arroz con leche nos dictamina como ser niñas de bien, Pinocho además de ser una canción trágica y traumática es una radiografía tristísima de la realidad de nuestro país.

“Hasta el viejo hospital de los muñecos
llego el pobre Pinocho malherido
porque un espantapájaros bandido
lo sorprendió dormido y lo atacó”

Ni dormidos podemos descansar. La frase no nos inquieta, al parecer llevamos años registrando bombas, masacres, atentados y actos violentos muchos ocurridos en la noche que cuenta con la desprevención como su aliada. Otra razón más para promover el colecho o acaso ¿qué niño va a querer dormir solo después de oír semejante historia?

“Llegó con su nariz hecha pedazos
y una pierna en tres partes astillada
una lesión interna y delicada
y el médico de guardia lo atendió
A un viejo cirujano llamaron con urgencia
y con su vieja ciencia pronto lo remendó
pero dijo a los otros muñecos internados
todo esto ha sido en vano le falta el corazón”

No sabemos que EPS tenía Pinocho, pero por lo menos sabemos que estaba al día porque lo recibieron en ese viejo hospital sin mayores contratiempos y fue atendido por un medico y además un cirujano. Afortunado.

“El caso es que Pinocho estaba grave
y en sí de su desmayo no salía
el viejo cirujano no sabía
a quien pedir prestado un corazón”

Vaya lío con la escasa donación de órganos. Eso sumado a la crisis del sistema de salud, del POS, de las prepagadas nos deja claro que muchas veces lo único que nos puede salvar es un milagro.

“Entonces llego el hada protectora
y viendo que Pinocho se moría
le puso un corazón de fantasía
y Pinocho sonriendo despertó”

El párrafo que le falta a esta canción debería decir que tan pronto Pinocho sonrió demandó al hospital por falta de disponibilidad de recursos y por engañarlo con el trasplante de un corazón que por sus características parece haber sido comprado en el mercado negro.

Y para no desviarnos de temas referentes a la salud, si usted es de las mías, también habrá creído por años que a la pobre muñequita vestida de azul le dio un resfriado porque la sacaron a pasear.

“Tengo una muñeca vestida de azul
zapaticos blancos, delantal de tul
la lleve a paseo y se me constipó
la tengo en la cama con mucho dolor”

Lo cierto es que a la pobre si la sacaron pero no fue un chiflón lo que le hizo daño sino la falta de agua, fibra y fruta en el paseo. Con esa dieta que llevamos en las vacaciones cualquiera se estriñe. Y si aparte la muñeca vestida de azul es como el 90% de las mujeres que no nos sentimos tranquilas para entrar al baño si no es en nuestra propia casa, la cosa se pone más grave. La constipación no es más que la dificultad de evacuar un bollito (lo pongo en diminutivo para que no suene tan guache aunque debería ir en aumentativo). Todos sabemos que esa dificultad causa mucho malestar, ahora entiendo que a la muñeca le hacía falta un descongestionante pero no precisamente uno nasal.

Y si la pobre muñeca está de malas ni hablemos de la vaca lechera difamada. No sé mucho de ganadería pero creo que una buena vaca es una vaca lechera y, en mi caso, una vaca que da leche condensada es una fantasía.
Entonces, que alguien me explique cómo es que una vaca que produce un elixir que puede superar las 300 calorías por cuchara, es una vaca salada?

“Tengo una vaca lechera
no es una vaca cualquiera
me da leche condensada
ay que vaca tan salada
tolon tolon tolon tolon”

En un sentido literal puedo asegurar que la vaca no es salada sino demasiado azucarada, su problema, supongo, es serlo no precisamente con estevia. Pero en sentido figurado entiendo que la pobre está es de malas. En el mundo entero cada vez menos gente consume leche entera, y si una vaca extraordinaria tiene la capacidad de producir otra variedad, tiene que ser muy poco afortunada para dar leche condensada y no leche de almendras que vale el triple. El pobre lechero perdió la oportunidad de ser millonario a consta del fitness y lo sabía… ay que vaca tan salada.

Lo único cierto es que ésas canciones infantiles y muchas que necesitarían otro post son fabulosas; no en vano han perdurado y perdurarán. Puede que detrás de sus frases inocentes, si uno se pone a hilar delgado, encuentre mensajes poco actuales y errados, pero las prefiero a muchos reggaetones que en vez de indirectas tiernas nos lanzan sugerencias explicitas. Prefiero pedirle a Lolo que se consiga una novia “que sepa coser y que sepa bordar” y no una que sólo chupe chévere porque “ eso en cuatro no se ve”.

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En un post pasado, “Ser mamá es hacer todo lo que una vez criticaste” les compartí una lista de cosas que prometemos antes de ser mamás. Palabras que todas o casi todas tenemos que tragarnos alguna vez en la vida.

Una amiga de esas que uno quiere y odia por joven, hermosa, talentosa, inteligente, chistosa y bacana hizo de ese post algo maravilloso: 11 ilustraciones con mis palabras y yo no podía dejar de compartirlo con ustedes.

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Mamá e hijo vistos por los ojos de la talentosa Amalia Restrepo @amaaalia

11790175_10205732444883450_768499441_oDíganme por favor que no soy la única mamá que ha sucumbido a los avances tecnológicos con tal de terminar de almorzar, de oír el chisme completo de una amiga o incluso para dormir cinco minutos más. Si bien no quiero que mi hijo viva hipnotizado por estos aparatos tampoco voy a desconocer que son parte de esta generación y no somos miembros de una comunidad Amish.
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Cuenta la leyenda que ciertos niños han llegado a cumplir los 4 años sin saber que existe algo más dulce que un banano. No conocen el placer de hostigarse a punta de nutella, ni han sentido el divertido burbujeo en la nariz que provoca una gaseosa. Mi más sentido pésame con ellos. Gracias mamá por dejarme probar estas delicias cuando mi metabolismo las podía quemar en un segundo.

11793795_10205732443923426_2088098361_oNo es falta de amor propio es practicidad. Si bien antes de ser mamá me hubiera rehusado a salir a la calle con un poco de frizz, ahora no puede añorar más las colas de caballo. Los jeans, los tenis y las camisetas se volvieron mis mejores amigas. Y el look se complementa con un poco de jugo de mora (casualmente el día que tengo pantalón blanco), con una manito de grasa en mi camisa, un poquito de mocos, pintura, chocolate o cualquier material escandaloso y difícil de sacar.

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Cama-cuna: 2´000.000.

Juego de sábanas: 120.000.

Monitor con intercomunicadores y cámara de visión nocturna: 1´200.000

Que toda la familia duerma plácidamente: No tiene precio




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Antes de ser mamá me burlé durante años de mi hermano mayor y su manera de tomar por los hombros a mi sobrino como última advertencia a un llamado de atención. Me parecía exagerado, poco paciente, mal geniado, desmesurado … hasta que fui mamá. Esas ganas que  nos dan de espichar a los niños no siempre son producto de la ternura y de la suavidad de sus cachetes. Y el amor más grande del planeta también nos muestra la impotencia más berraca.

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Si no eres parte de esa minoría bendecida por la genética, después del parto y durante un par de meses, andarás por la calle con tu bebé y la gente se preguntará a que hora encargaste el otro. Yo me tenía tanta fe que la ropa que lleve para salir de la clínica no me cupo y tuve que volverme a poner la de maternidad con la que llegue. Ahora sufro con las sobras de Lolo que terminan en mi plato, con las piñatas llenas de cosas deliciosas, con halloween, con ir a hacer mercado, con los refrigerios que Lolo se rehusa a comer y a mi me da pesar botar destapados, con la leche de tarro que me acabo a cucharadas recordando mi niñez en la que juraba que eran quipitos.

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“Yo le hubiera dado una cachetada y listo, problema resuelto” decía mi amiga sin hijos después de relatarme un viaje en avión al lado de un niño. Mientras oigo sus consejos desde la ingenuidad de no saber como es esto, cruzo los dedos para que Lolo no haga una pataleta en su presencia y ella tenga que verme darle el control del tv y no una cachetada para que pueda terminar de contarme su historia. Si algo he aprendido de una pataleta es que o la hace Lolo o la hago yo, nunca los dos al tiempo.

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Me lo advirtieron en los cursos psicoprofilácticos, me lo dijo mi mamá, lo oí de mis amigas y aún así pasé noches enteras en urgencias porque a mi modo de ver ese reflujo estaba fuera de lo normal. Después de pasar horas rogando que nos hicieran todos los exámenes y de ver niños que realmente necesitaba atención, nosotros somnolientos, cansados y hambrientos no sabíamos como rogarle al doctor que nos dejara ir a casa.

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A propósito.. que hago haciendo este post en estos minutos valiosos??????

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Y en realidad no me imaginaba que teniendo a Lolo la más beneficiada iba a ser yo misma, porque con mis aciertos y desaciertos, sin un hijo no sería la persona que soy hoy.

Vale la pena,además de agradecer y reconocer el talento de Amalia Restrepo, divertirse con sus ilustraciones. Cuando tengas un rato, síguela en Instagram @amaaalia

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Mamás, lean las siguientes preguntas y contesten SI o NO con total honestidad.

1. De todos los proyectos que has emprendido en la vida, ¿ser mamá es de lejos el más desafiante, difícil y desgastante?

2. ¿Has sentido ganas incontrolables de llorar?

3. ¿Hay días que has sentido que has fracasado como mamá?

4. ¿Has perdido la paciencia por una cucharada que no te quieren recibir?

5. ¿Sabes el verdadero significado de la palabra cansancio?

6. ¿Sientes nostalgia al recordar tu barriga antes de ser mamá?

7. ¿No logras explicarte como hacían las mujeres de antes con 8 o más hijos?

8. ¿Te has sentido frustrada no sólo por las cosas que has dejado de hacer sino también por las que no has logrado que haga tu bebé?

Si todas o la mayoría de tus respuestas son un rotundo sí, eres mamá. Sabes lo maravilloso y lo tenebroso que significa serlo. Sabes que es una labor para machas. Sabes que hay días que queremos renunciar, salir corriendo, tirar la toalla, ponerle mute al mundo entero. Sabes que hay momentos dolorosamente ruidosos pero llenos de soledad. Sabes que hay otros peores llenos de incertidumbre. Sabes que por más que lo hayamos hecho bien hay días que todo sale mal. Y sobretodo, sabes que por más que queramos hacer las cosas bien a veces las hacemos mal.

Conoces la desazón y la impotencia que sentimos frente a una pataleta. Conoces el miedo al sufrimiento ajeno. Conoces la angustia de tener la responsabilidad de construir una buena o mala vida en tus manos. Sientes por primera vez lo que es un grito herido y la frustración que lo provoca. Sabes, conoces y sientes lo jodidamente difícil que es ser una buena mamá y no enloquecer en el intento. Entonces… si todas sabemos y conocemos esto ¿por qué a veces somos tan cabronas entre nosotras?

Mamás Cabronas

Mamás Cabronas

A mi me parece normal que alguien que no ha tenido hijos o que no quiere tenerlos tuerza los ojos y haga mala cara cuando Lolo pega un grito en un lugar público. Pues no tienen ni idea de la lucha que llevamos día a día, de las horas de sueño que nos faltaron y de las batallas que hemos escogido perder por un poco de paz. Pero que alguien, al que a lo mejor sus hijos le han hecho escándalos peores, me haga cara de “yo si supe criar a los míos” me la vuela.

La maternidad es jodidamente maravillosa. Pero se vuelve jodidamente aburridora cuando la volvemos una competencia. Y lastimosamente, en esto último las mujeres somos expertas. Si dar vida nos enaltece, nuestro trato con otras mamás nos denigra. El tan famoso bullying es ahora una tendencia entre mamás. Y no me refiero esta vez a que nos preocupe que nuestros hijos sean victimas de ello. Me refiero al bullying que nos profesamos de tanto en tanto entre nosotras. Una mirada, un silencio, una palabra, un adjetivo, una frase, un desplante son suficientes para aniquilar la poca fe de una madre encartada en un mal día. Somos exponentes del matoneo preciso cuando más deberíamos ser solidarias. Yo he sido víctima de esos consejos disfrazados, de esos silencios aniquiladores, de esas miradas lastimeras y me he sentido fatal. Pero también, como si me hubiera olvidado de mis malos días, he sido verdugo.

Es que es la típica situación en la que le buscamos lo malo a todo con tal de podernos sentir por unos segundos, que somos más que la otra. Es una jugada perversa pero tan humana que al mismo tiempo es inevitable.

Si lactamos, hacemos sentir mal a la que no; y solo cuando la vemos al borde del llanto, no dejamos de repetir los beneficios en defensas, proteínas, desarrollo del cerebro, fortalecimiento de huesos, que puede tener. Ahora que si no lactamos, miramos con desdén a la que no lo ha podido destetar; y con pánico a la que le sigue dando teta a los 3 años.

Si trabajamos, criticamos a la que se queda en la casa tachándola como mínimo de mantenida, pasando por otros calificativos no menos ofensivos como chupa-sangre, zángana, gusana, anticuada y hasta trepadora. Pero si nosotras nos quedamos en casa, la crítica va a esa “madre desnaturalizada” que prefirió salir a trabajar antes que dedicarle un par de años a su hijo.

Si después del embarazo logramos recuperar nuestro peso, literalmente acabamos con la pobre que no tachándola de glotona, dejada, sedentaria y perezosa. Pero si nunca pudimos bajar la pancita, las otras son unas plásticas, cocas, superficiales operadas y brutas.

Si le damos comida al bebé cada que pide, entonces nos dicen que estamos criando un obeso. Pero si no nos recibe comida, entonces nos dicen que es un tema de gusto, que al bebé no le gusta lo que le doy y en resumen todo termina en que no sabemos cocinar.

Si ponemos un poco de disciplina, entonces estamos criando al niño bajo un régimen del terror que va a deribar en un ser inseguro que no pondrá un pie en la calle por miedo a que le hagan daño. Pero si somos flexibles, conciliadoras, amantes del diálogo, entonces somos unas güevonas que nos la dejamos montar de un niño malcriado.

Si nuestro hijo habla, camina, pinta, baila y canta primero que los otros es porque a las otras mamás les ha faltado ponerles más atención y dedicación. Si son los otros los que hacen todo primero es porque están sobre estimulados.

Entonces decidí romper el círculo. Mi promesa es ponerme en los zapatos de las otras: dejar de creerme mejor porque mi hijo no llora en los aviones, dejar de sentirme fatal porque todavía no habla, alegrarme porque “Fulanito” ya dejó el pañal, no entristecerme porque hay niños que se duermen las 7:30 en su cama y regalar sonrisas y abrazos en vez de miradas y comentarios sobradores.

Nunca sabremos a ciencia cierta si lo que pasa en la vida de la otra está bien, si es ideal, si así están diseñados los bebés o si esa es la actitud correcta de una madre. Lo que si está claro es que si alguien sabe primero que algo está mal somos las mamás, no hay necesidad que venga otra a recordárnoslo y aplastárnoslo en la cara. 

Reconozcámoslo, somos mujeres y cuando queremos somos bien cabronas. Entonces embadurnémonos de mantequilla para que todo el bullying nos resbale y que el único que nos preocupe sea el que nosotras mismas queremos hacer y que por fortuna desde ahora, estamos conteniendo.

Vergüenzas con Lolo FB

Lo mejor y lo peor que me ha traído la maternidad es la pérdida de vergüenza. No es casualidad que usemos la palabra embarazoso para describir sucesos bochornosos, ya que desde ese preciso momento nos enfrentamos a una serie de acontecimientos que nos sonrojan, nos delatan y, perdón la palabra, nos emputan. Las visitas al ginecólogo nos liberan de tapujos, y ése es sólo el comienzo.

Durante años me quejé de la facilidad que tenían mis papás para hacerme sonrojar en frente de amigos, pretendientes y desconocidos. En algún momento sospeché que lo hacían de aposta, hoy estoy segura de ello. Cuando somos hijos no entendemos porque se empeñan en hacernos sentir así. Cuando somos padres finalmente lo sabemos.

Las mamás y papás han decidido forjar el carácter de sus hijos adolescentes a punta de pena porque en sus primeros años, cuando éstos eran bebés, han forjado el de ellos de la misma manera. Mi hipótesis es sencilla: los hijos nos hacen perder la vergüenza a punta de “osos” durante casi toda su niñez, se especializan en hacernos quedar mal en todo momento. En retaliación y a modo de venganza tenemos toda su adolescencia y parte de la adultez para desquitarnos.

Lolo con sus escasos dos años ha ido formándome una personalidad libre de timidez.

En unas vacaciones, Lolo chapoteaba agua en una piscina de cuyo nombre no quiero acordarme. Confiado en la seguridad que su pañal de agua le brindaba decide hacer la digestión. Yo veo su sonrisa característica de labios apretados para estos menesteres y lo saco de la piscina a la velocidad de la luz tan pronto veo un hilo de agua de otro color nadando como una lombriz en el agua. Con la toalla de bronceo logro limpiar el desastre que ya ha llegado también a sus piernas. El estrés me salva de vomitar. Y la vergüenza con el resto de turistas me genera un ataque de risa nervioso. Descubro que el calor, el agua y al parecer la arepa de huevo crean una mezcla demasiado peligrosa para ser contenida por un humilde pañal de agua. Los otros días los dedico al mar no me atrevo a dar la cara por la piscina.

Hay días que Lolo decide soltar un peito en el ascensor. Contrario a lo que la gente puede pensar, ese pequeño con carita de ángel, sonrisa contagiosa, mirada de galán de novela puede producir unos olores altamente contaminantes similares a los de un adulto enguayabado. Cuando semejante oprobio se expande por las narices de todos siento las miradas inquisidoras que sospechan más de la madre que del angelito.

“Ana María deja que Lolo experimente con la comida de esa manera le cogerá gusto” me repetía mi pediatra. Y si, Lolo es feliz comiendo spaguettis y untándoselos, espichando una papa en su mano y embutiéndosela después en la boca y yo también. Nunca pensé que ver comer a un hijo generara tanta satisfacción y felicidad, pero en los restaurantes esto es insoportable. Lolo quiere ser dueño de su comida como lo es en casa y eso no parece gustarle mucho al resto de gente. La vergüenza de pararse de la mesa se aliviana un poco limpiando con pañitos húmedos y dejando una buena propina.

Suelen decirme que en un años tendré que espantar mucha jovencita enamorada en la puerta de mi casa pero hasta que llegue ese momento sufro cada vez que una quiere interactuar con Lolo… “Lolo mira saluda a Valentina, mira que niña más linda, mira que te está dando la mano, ella te quería conocer, ay la vas a abrazar que bueno, no Lolo no, suéltale el pelo, Lolo, por favor no se lo arranques, Lorenzo suelta a Valentina, Lolo con la arena no, en el pelo noooooo”. La mamá de Valentina huye despavorida de nuestro lado no sin antes lanzarnos miradas que si las pusiera en palabras, este post sería uno muy grosero, y yo me quedo sola en la arenera sintiéndome la peor mamá del universo.

A pesar de haber lactado escasos tres meses Lolo tiene una fascinación por meter la mano en mi brasier. No me alcanzan los dedos de la mano y los pies para contarles el sin número de veces que por culpa de su manía he andado por la calle exhibiendo más de la cuenta. No es gratuito que en muchos sitios me hayan atendido con una sonrisa inusual y una lentitud exagerada. Y yo que pensaba que lo difícil había sido quitarle esa maña al papá.

Y si les contara las cantidad de veces que le he dicho a mi mamá o a mi suegra que Lolo no come esto o lo otro y de la mano de ellas no sólo lo recibe, sino que lo devora, repite y pide más. Defenderse es poco útil en estos casos porque la sonrisa ganadora de ellas te harán sentir no sólo mentirosa, mala cocinera y antipática sino además una pésima persona.

La verdad es que todos estos “osos” son tan sólo la antesala al paredón de la vergüenza. Apenas Lolo comience a hablar, la cosa se pondrá peluda de verdad. Historias de apuntes de niños hay mil y todas son excesivamente divertidas precisamente porque dejan muy mal paradas a las mamás o al menos sin algo que decir.

– “Uy mire ese negro tan feo se parece como a usted”. Daniel Medina. 6 años. A su tío costeño.

– “Yo voy a almorzar pero si no cocina usted”. Manuela. 5 años. A su abuelita.

– “Me das un beso? Si pero espere me saco este moco”. Maria Alejandra. 4 años. A la amiga de su abuelita.

– “Y qué hace tu mamá todo el día? Regañarme y hablar por celular”. Juan José. 8 años.

– “Quién era Simón Bolívar? Pues Cristóbal Colón”. Andrés Medina. 8 años.

– “Por qué no aprendes a tocar piano? Porque de grande quiero ser bruta como mi mamá“. Ana María Medina. 6 años.

Con todo esto y con lo que me falta, desde ya les aseguro que no me voy a aguantar las ganas de salir a buscarlo en pijama y despelucada si ha incumplido la hora acordada. No me voy a morder la lengua frente a su novia cuando me pregunte hasta que edad se orinó en la cama. Voy a gozar cuando haga su primer gol y yo seré la loca demente en la tribuna disfrazada de porrista gritando: “ése es mi bebé”. No me temblará la voz para contar un mal chiste delante de sus amigos, ni la mano para tomarme una selfie con él en su primer día de universidad antes de entrar al salón. Y mucho menos me contendré de besuquearlo en frente de quien sea. Lolo renegará y creerá que no ha hecho nada en la vida para que yo le haga pasar por estos momentos bochornosos. Yo sonreiré y me haré la güevona porque la teoría de la vergüenza habrá completado su ciclo.

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Desde el primer día que sabemos que estamos embarazadas nuestra cabeza comienza a organizar las ideas que tenemos acerca de la maternidad. Ideas que aunque están llenas de sentimientos bonitos están muy alejadas de la realidad. Queremos ser las mejores mamás, queremos criar los hijos más educados y felices, queremos alimentarnos de la manera más sana y divertida, queremos hacerlo todo tan perfecto que, de repente mientras sentimos esas pataditas deliciosas en el estómago, pensamos que todas las mamás que conocemos lo han hecho mal y “No” eso no nos va a pasar a nosotras. Tenemos tantas percepciones, juzgamientos y conceptos divagando por nuestra cabeza, mientras andamos con una barrigota buscando baños por el mundo, que sólo hasta que ese bebé respira por si mismo por primera vez, nos damos cuenta de lo inútiles que son. Cualquier idea que podamos tener frente a cómo seremos como mamás no es más que una ilusión, no en vano idea e ilusión son sinónimos. Saber que vamos a ser madres despierta, en unas más que en otras, un aire de superioridad frente a las que ya lo son, pues estamos convencidas que nosotras podemos hacerlo mejor.

Yo me sentía la última Coca-Cola del desierto cuando estaba embarazada. Y no precisamente porque me sentía sexy con esos kilos de más (con un poco de oso lo reconozco) sino porque juraba y comía mocos que con haberme leído todas las teorías de lactancia, de crianza o de sueño, haber hecho el curso psicoprofiláctico juiciosa y haber visto experiencias desastrosas en amigos y familiares, yo estaba lista para convertirme en la mejor mamá del mundo sin repetir esos errores. Recuerdo haber visitado a amigos con hijos y salir diciendo con ese tono sobrador que adoptamos cuando creemos tener la razón “yo si lo voy a mandar a dormir a su cuarto solo desde los 3 meses, ¡qué es ese hacinamiento en el que viven! … pobres”. Recuerdo haber almorzado con mis hermanos y sus hijos y decir entre risas “yo sí les voy a parar bolas, les voy a jugar y no los voy a embobar con el celular”. Recuerdo haber visto una mamá en el parque hablándole fuerte a su bebé y haber pensado “yo si no voy a perder la paciencia, tiene uno que ser muy malo para hablarle así a un hijo”. Recuerdo haber oído a amigas quejarse de la lactancia y mientras les decía que las entendía pensaba que eran muy flojas, que en ese video del curso psicoprofiláctico me lo habían explicado todo bien para que no doliera y que “yo si iba a cumplir los 6 meses mínimos de lactancia exclusiva para que mi bebé estuviera lleno de defensas y creáramos ese vinculo afectivo exclusivo”. Ahora la que recibe a Lolo en su cama, la que pone un video en el celular para poder hablar un minuto con sus hermanos, la que ha subido el tono de su voz y la que sólo aguantó tres meses de lactancia soy yo. Soy yo a pesar de haber jurado no hacerlo (o hacerlo mejor) desde la comodidad que da el imaginar las situaciones pero no vivirlas.

Hoy, celebrando el cumpleaños número dos de Lolo, pienso en mi, pero mi versión del pasado, en esa yo embarazada llena de líquidos, ilusión y prepotencia que creía sabérselas todas. Y, no sé si me dan ganas de abrazarla o de cachetearla. He descubierto que sólo el hacer te va dictando el deber y que ser una buena mamá también implica mirar a las otras con suavidad porque ahora si sabes que un momento difícil lo vivimos todas. Hay días que me siento la reina del mundo porque el comportamiento de Lolo le dice al mundo en la cara que todo lo he hecho bien. Hay otros, que la pataleta de Lolo hace que todos me miren con esa cara de haberme tirado al muchachito. Por fortuna ya no soy esa embarazada ingenua y entiendo que, como la vida misma, hay días que es más fácil ser mamá…y mujer. Y puedo reconocer sin temor a que me juzguen que ser mamá es hacer todo lo que una vez critiqué o juré no hacer. Éstas son algunas de las frases que usó mi yo embarazada y que le producen risa a mi yo después de dos años:

1. Yo si lo voy a poner a dormir solo en su cuarto

2. Yo si le voy a dar sólo leche materna hasta los 6 meses

3. Yo si no lo voy a embobar con el televisor, el celular o una tablet.

4. Yo si no voy a perder la paciencia

5. Yo si lo voy a regañar como se debe ante una pataleta

6. Yo si no voy a inundar mis redes sociales con fotos de mi bebé.

7. Yo si voy a recuperar mi peso rapidito

8. Yo si no le voy a dar comida chatarra, gaseosas o chocolates

9. Yo si no voy a llevarlo de vacaciones hasta que tenga 3 años y se acuerde

10. Yo si no voy a salir a la calle desarreglada

11. Yo si no voy a reducir en número y calidad mis deberes matrimoniales

12. Yo si no voy a limpiarle un sucio de la cara con mi dedo untado de babas

13. Yo si no voy a salir corriendo a urgencias por cualquier bobada

14. Yo si no voy a poner a mi hijo antes que a mi misma

15. Yo si no me voy a dejar tomar fotos recién parida en la clínica

16. Yo si no voy a recibir a nadie antes del primer mes de nacido

17. Yo si no voy a decir las frases típicas de mi mamá

Cada día sigo sumándole frases a la lista. Y mientras más me alejo de ese ideal de ser mamá absurdo que me había impuesto más feliz me enfrento cada día a la maternidad. O como mejor lo diría en su hashtag Freda Dueñas la maternidad me ha vuelto #FelizmenteImperfecta.

 

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