Se acuerdan aquel post, aclamado por muchas y odiado por otros, sobre la teoría del 10 %? Pues, hace unos días el porcentaje que lo inspiró, mi 10 %, me dio uno de los mejores regalos de la vida. Yo había recibido por mail una sarta de palabras llenas de odio por parte de otro papá al que al parecer su falta de sentido del humor no le permitió disfrutar el texto y tomándolo a título personal, me acusaba de falta de consideración con los hombres. Ante mi extrañeza, mi 10% me explicó que no hay que pararle bolas a ese tipo de gente que no sólo no entiende lo que es sarcasmo y no se da cuenta que es un artículo escrito para divertir y con cero ínfulas de convertirse en teoría irrefutable de la verdad. Días después, al ver que yo seguía un poco molesta con el tema, dejó esta aclaración en mi correo y, por supuesto, yo morí de amor y quise rebatir yo misma ese 10 %. Hoy es martes de post-parto y como no he terminado mi post sobre “la dejada de Lolo en el jardín” aprovecho para compartirles esto tan bonito. Un mensaje para todas porque somos unas berracas y lo somos gracias a ellos:

Yo soy el 10%

Y estoy seguro que muchas veces lo merezco, hay otras en las que claramente no y algunas, especialmente las noches, en que creo que el 10% eres tú.

Yo Soy el orgulloso 10%

Estas caritas tan juntas y felices, no podrían estarlo sin el 10%

Ante todo soy una persona sensata y debo confesarte que te escribo porque soy consciente que lo que hago, según tú, para merecer ese 10%, no solo me lo merezco sino que incluso un poco más también sería justo. Sin embargo he decidido renunciar, no a mi 10%, sino a todo eso que me atribuyes. No creas que estoy peleando por un porcentaje más grande. Yo tengo claro que soy un 10% aunque tenga mis momentos de 100%.

Soy consciente que sin ti a la cabeza, esta casa no funcionaría como lo hace. Soy un 10% porque vi, presencié y hasta padecí desde la tribuna, los duros cambios y esfuerzos físicos por los que pasaste durante y después del embarazo. Sé que yo, al que una gripa lo deja incapacitado por 6 días, no hubiera aguantado sin quejarme como tu lo hiciste.

Soy un 10% porque no falta el que se atreva a dudar de mi paternidad, así digan que Lolo es mi copia y yo insista que tiene tus ojos, pero nunca nadie podrá dudar de tu maternidad. Soy un 10% porque para hacer las 3 cosas que haces al mismo tiempo sin que te afecte, yo tengo que escoger una y concentrarme en ella. Soy un 10% porque tu eres la que sabe cuando pedir la cita al médico, cuando hay que poner las vacunas, cuando hay que cambiar el pañal, como cantarle “sana que sana colita de rana” para que Lolo se calme y hasta como entretenerlo en un avión para no importunar al resto de pasajeros. Soy un 10% porque tienes un sentido común y una maniobra mucho más poderosa que yo para cuidar un bebé. Soy un 10% porque has tenido que renunciar a muchas más cosas físicas, personales y profesionales que yo. Y soy un 10% porque no hubiera podido escoger a alguien para pasar juntos el resto de la vida, que estuviera por debajo del 90%.

Pero me rehuso a creer que soy el 10% simplemente por recibir más piropos por ser papá que tu por ser mamá.

De hecho soy un 10% muy importante y necesario, y tu me lo haces ver a diario, pero era muy difícil que el tarado Troll que te escribió improperios desde Chile, lo supiera. Y traté de pensar una serie de cosas que hago que me podrían hacer pelear por un 50% con opciones de triunfo, pero haga lo que haga, es innegable que haces 90 cosas más que yo. Aún así hay unas que yo hago mejor :

1. Soy yo el que frunció todos los músculos de la cara, como cuando uno va a partir el ganchito de plástico que viene con las medias, escondido detrás de una pared, mientras tú sonreías y te hacías la güevona en esas vacaciones familiares. Estaba así fruncido porque sabía lo que me esperaba. Más tarde fui, ya en la casa, el saco de boxeo en el que descargaste toda tu ira, protestas y disgustos padecidos por ti, todo el fin de semana. Aunque debo confesar que ser tu espacio de desahogo ha sido genial.

2. Soy yo quien tiene el turno de la noche. Desde que Lolo dejo de despertarse cada 3 horas a tomar leche, no sé en que momento se me asignó, porque nunca lo hablamos, ser la persona que ante cualquier quejido del bebé, corre por él. He llegado a la conclusión que “como Lolo es tuyo todo el día, si llora por la noche es mío”. Pero mi turno de la noche me ha permitido desarrollar una especie de oído biónico para estar alerta ante cualquier quejido del pequeño que me ha permitido atenderlo en momentos en los que tú, mi flamante 90%, está tirada en la cama escurriendo una baba sobre la almohada mientras sueñas, seguramente, con el segundo. Y sentirme responsable de esa cara tuya de descanso… la verdad, se siente genial.

3. Gracias a mi oído biónico he logrado sorprenderte trayendo a Lolo a nuestra cama, calmándolo y entregándote deliciosos momentos de “arrunche” mañanero con él. Diría que por promover estos invaluables momentos de dicha y arrejuntamiento familiar me merezco otro 10%. Pero, esto que suena tan delicioso, me ha llevado a ser acusado de ser el instigador y principal cabecilla del delito de colecho. Mientras te angustias y me cuentas que fulanito si duerme en su cuarto todo la noche yo te relajo y te explico que un par de horas de hacinamiento no le hacen mal a nadie. Que hacemos si ahí el niño, y la mamá que no tiene que levantarse por él, duermen mejor? Y tiene su lógica, invertimos una importante suma en la cama, cuna, corral del bebé, pero nunca nadie probó el colchón. Caso muy diferente a nuestra cómoda, ergonómica y patentada indeformable cama. Fomentar el desorden también se siente genial.

4. Cuando tu no puedes más yo entro al rescate. Hay días duros o como dirías tu misma, días Juemadre y en ese justo instante cuando Lolo va a hacer despertar el Hulk interior de toda madre, tu sabiamente previniendo la hecatombe que se aproxima me pides un relevo. Hulk respira y trata de volver a la calma y yo cual superhéroe salvo el momento. O por ejemplo, cuando él no puede o no quiere dormirse. Tu estás con él en su cuarto y él empieza a tratar de prender la luz, a balbucear de más, se levanta, se acuesta, llama a papá y cuando asomo tímidamente mi cabeza por la puerta estira los brazos pidiendo que me acueste con ustedes. Al 10% casi nunca lo piden! Y cuando esto pasa es genial. Muchas veces nos ha sorprendido la media noche a los tres tratando de acomodarnos en una cama de 1,20 x 1,00 en donde no sé como, terminamos cómodamente dormidos. Y sentirse el superhéroe que te ha rescatado y ser la pieza que hacia falta para que todos cayeran dormidos se siente súper genial.

Pero no todo ha sido ternura, también hemos tenido diversión. Para que tengas un ejemplo te recuerdo estas dos situaciones que sin este 10%, jamás hubieras vivido:

Como bien sabes, he jurado oír llorar a Lolo en medio de reuniones de trabajo y he salido al lobby a buscarlos  pensando que han venido a visitarme sin avisar. También lo he buscado como loco mientras paso por un parque, incluso una noche lo oí llorar y me paré como un ente para traerlo a la cama; cuando llegué a su cuarto, con total sorpresa vi que no estaba, entré en pánico. Fueron segundos de eterna angustia, cómo te iba a decir que perdí al bebé en nuestra propia casa, en nuestra propia presencia, en medio de la noche y bajo mi turno de vigilancia? El susto fue mayor cuando te sentí parada a mi lado pronunciando esa temible frase: Qué haces? Mi cerebro estaba trabajando rápido tratando de tejer una respuesta. Por un segundo me imaginé siendo Angelina Jolie en esa película en la que le cambian al hijo y ella se da cuenta pero nadie le cree. Lo tenía más o menos claro, el plan era ir por una linterna buscar primero en su habitación, luego debajo de muebles y camas, prender las luces, nada de gritos de pánico, luego llamar a la portería, a la Sijin, al Gaula, la Armada, la Defensoría del Pueblo y armar un pequeño bloque de búsqueda. Giré lentamente para decirle: No se que hice a Lolo; pero de mi boca sólo lograron salir las sílabas Lo…Lo.

  • Lolo está en nuestra cama, lo llevaste hace rato, que estás haciendo aquí?
  • Te juro que lo oí llorar…

O esa vez cuando por dármelas de considerado, oí llorar a un Lolo con apenas semanas de nacido y me ofrecí a traértelo para que empezaras tu dura labor de lactancia. Me paré como un zombie y tú y tu inevitable procedimiento de verificación de procesos escudriñó de arriba abajo mi posición, mi proceder, mi caminar y mi manera de cargar al niño, para luego, con tono increpante y azarador decirme: Andrés, la cabeza!. Yo me asusté, sería posible que yo en medio de mi aletargamiento por falta de sueño estuviera cargando un cuerpo sin cabeza? Pasé mi mano desde la espalda de Lolo para arriba y verifiqué que su cabecita ahí estaba pegada a su cuello y dije: Si, ahí la tiene. En vez de pararte a ahorcarme (aunque la episiotomía que por esos días no te dejaba moverte rápido, te lo hubiera impedido) te atacaste de la risa y horas después dándome un café me explicaste que un bebé recién nacido no ha desarrollado los músculos del cuello y al alzarlo hay que tenerle la cabeza con una mano.

Aún hoy te burlas de mi inteligente respuesta. Para mi, fue la iniciación a descubrir que como papá soy necesario e irremplazable pero que, afortunadamente, me llevas una gran ventaja.

Yo me siento orgulloso de ser tu apoyo. Darte moral en muchos casos es más importante que pararse a media noche mientras te dejamos dormir. Hacerte ver que lo estás haciendo bien es más valioso que reducir dos décimas la velocidad a la elaboración de un tetero y hacerte feliz es mil veces más poderoso que quedarse con él mientras vas a la peluquería.

Soy el papá, y uno excelente (valga la modestia) soy el apoyo, soy la moral, soy tu bolsa de boxeo, soy el orgulloso poseedor del título de 10% y se siente genial.

Deja de pararle bolas a todo lo que lees en internet.

Yoyu.

Jardín BLOG Original

En esta casa empezó oficialmente la búsqueda de Jardín para Lolo. Primero hicimos una lista de los 5 que más nos gustaban basados en 4 criterios: la cercanía, la metodología, la infraestructura y las recomendaciones de amigos y familiares. Dedicamos una mañana a visitar nuestras opciones, al almuerzo las comparamos, a la noche hicimos cuentas y antes de dormirnos ya teníamos una decisión: nos quedamos con el que nos sentíamos a gusto sin importar lo cerca o lejos, si era una casa–garaje-vieja reformada o un aspirante a premio de arquitectura, seguridad y diseño o si tenía o no convenio con los 5 colegios más caros, más fifis y mejor rankiados. Cantamos victoria y, como siempre en la vida, recibimos un pastelazo en la cara que nos demostraba que el proceso apenas comenzaba. El pastel en mi nariz esta vez venía en forma de formulario de inscripción.
Hay alguien que se sienta cómodo contestándolos? Yo no. O me siento la más lambona, mentirosa y convencida describiendo lo perfecto que es mi hijo o me siento la más tonta, ingenua y ácida confesando verdades que bien podrían costarme el cupo.

Hay formularios de todas las clases pero eso sí, casi todos están llenos de preguntas presuntuosas que no esperan una respuesta sincera sino una adecuada y conveniente. Hay unos que te los cobran, otros que indagan tanto en tu vida que si uno los cargara en la billetera bien podrían reemplazar el certificado judicial o una certificación bancaria.
El hecho es que leer las preguntas del formulario de nuestro jardín escogido despertó en mi cierto tipo de morbo, por decirlo de alguna manera, y empecé a buscar como loca formularios de jardines infantiles en internet para saber si todos eran iguales. En pro de la verdad diré que no todos pero si la gran mayoría, y si los juntamos todos, podría jurar que ni siquiera Yahoo Answers tiene un compilado tan grande de preguntas absurdas. Algunas de hecho inentendibles por su redacción o por su fallido intento de sonar profesionales, ilustradas o como diría mi mamá leida (así sin tilde y con acento en la e).
No me pude contener y me puse a la tarea de recopilar las mejores preguntas a fin de crear el formulario ideal. Por mejores preguntas quiero decir ridículas y por formulario ideal quiero decir irrisorio. Cuando lo tuve listo, me di cuenta que un formulario por más preguntas ocurrentes que tuviera estaría incompleto sin una respuesta sensata que le hiciera compañía. Así que yo, invocando a los genios autores y redactores de los formularios para que me impregnaran de su lógica, su elocuencia, su claridad y su simpleza me senté a contestarlas.
He aquí el resultado:

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Debo confesar que el desatino de algunas de estas respuestas no distan mucho de las verdaderas que enviamos hace unos días en el formulario real de nuestro jardín escogido, el cual mi 10% llenó y envió sin consultarme. Cuando lo revisé, la mayoría de sus respuestas me situaron en la delgada línea entre un ataque de risa y uno de ira. No sólo lo había llenado con su singular caligrafía, afeminada y decorada, aún bajo la advertencia de “debe ser llenado a máquina de escribir, computadora o a letra de molde”, no había adjuntado la foto requerida sino que además cuando le preguntaron por la autonomía del niño al comer, al vestirse y para controlar esfínteres contestó que Lolo comía tres veces al día más dos meriendas y que no molesta cuando lo vestimos, excepto cuando le cambiamos el pañal.

Por increíble que parezca después de reunirnos con la directora fuimos aceptados y no tenemos que esperar hasta el próximo semestre, así que publico este post a pesar del peso que siento en el pecho y de mi ojo aguado porque mañana será nuestro primer día de jardín. Estoy segura que a Lolo le va a ir muy bien… a mi no sé.

Continuará…

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Cuando pensamos en hacerle un homenaje a las mamás siempre pensamos en las cosas altruistas que somos capaces de hacer una vez tenemos hijos. Crear vida, sacrificar una carrera profesional, decir que no queremos ese pedazo de pastel sólo porque vemos una carita que ya le puso el ojo, trabajar las 24 horas… la lista puede ser larga y todas nos la sabemos de memoria. Yo agradezco que muchos reconozcan que nuestra labor es fundamental, valiosa y difícil de reemplazar. Pero hay otro tipo de nimiedades imperceptibles y dadas por sentado que hacemos día a día por las que no recibimos crédito alguno y que merecen ser mencionadas a fin de que cuando alguien se cruce con nosotras en vez de criticarnos nos elogie o al menos nos entienda.

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  1. Estar arreglada.

Recuerdo casi con nostalgia aquellas hermosas pérdidas de tiempo en la mañana midiéndome las 18 pintas posibles para salir a la calle, recuerdo vagamente como podía poner mi playlist favorito y en medio de cantos desafinados con cepillo en mano iba haciéndome un blower perfecto, añoro cuando mantenía mis uñas pintadas con el color de moda y tengo algunos flashes de tiempos memorables donde me maquillaba sin afanes. Salir regia a la calle era toda una rutina de no menos de una hora y hoy, con todo el tema de ser mamá, esta rutina sufrió un severo recorte justo y cuando más lo necesitábamos, porque la maternidad y el embarazo por bien llevados que sean, nos golpean fuertemente. Y sí, una vez nos volvemos mamás estamos más cansadas, más ojerosas, más flácidas y más calvas pero esto no puede traducirse en una renuncia a lo más divertido de ser mujeres. Nadie dijo que iba a ser fácil pero convertirnos en las exponentes por excelencia de la tibieza no es una opción. Como bien dicen por ahí, primero muerta que sencilla.

El arte ahora está en verte producida pero casual en menos de 20 minutos, la astucia está en que la primera pinta que escojas sea la ganadora y si no lo es, llevarla con estilo el resto de día, la destreza está en verte regia y a la moda con un despeluque genial desprovisto de plancha. Cuando vemos una mujer bien arreglada en la calle no podemos saber a ciencia cierta cuanto tiempo se demoró en lograr dicho resultado pero cuando vemos una mujer bien arreglada en la calle llevando un coche y un niño de la mano sabemos a ciencia cierta que fue poco y eso, al mejor estilo de los realities que piden hacer maravillas en tiempo record, amerita un reconocimiento. Reconozcámosle a todas las mamás del mundo el talento para verse lindas sin el tiempo y el descanso que tienen el resto de mujeres.

  1. Llegar puntual.

La puntualidad siempre ha sido una de mis exigencias y obviamente viviendo en un país como éste, también ha sido la razón de muchas de mis peleas. Ahora que soy mamá en vez de volverme un poco más flexible con el tema me he vuelto más paranoica. Llegar puntual en ésta ciudad, o en cualquier ciudad capital latinoamericana, es un arte, un estrés y un chiste, pero no un imposible. Las mujeres que somos mamás y llegamos puntuales nos merecemos más que un reconocimiento: un premio, un busto o en su defecto un bono ilimitado en una tienda de zapatos. Es hora de que todos reconozcan las maratones que corremos las mamás para llegar a tiempo a un lugar. La mejor manera que se me ocurre es que comiencen a ser puntuales, que les de vergüenza cuando no lo logren o al menos que escojan de manera muy delicada la excusa que van a dar cuando lleguen tarde porque siempre habrá una mamá oyéndola y retorciéndose de la ira. Si yo, que soy mamá, que tengo que bañarme, vestirme y arreglarme (para que me reconozcan el punto anterior) bañar, vestir, alimentar y mimar al bebé, escogerle la pinta al marido, alistar la pañalera, preparar snacks para el camino, empacar coche, alistar mi cartera, parar a mitad de camino a cambiar un pañal…etc., si yo puedo llegar a tiempo, usted que no tiene hijos, no solo puede sino debería hacerlo. Si este esfuerzo no me lo reconocen al menos reconozcan que llegar tarde no siempre es culpa de Petro sino de la pereza.

  1. Tener un matrimonio feliz.

Siempre hemos oído que mantener vivo el amor y no dejarse matar por la monotonía es una de las cosas más difíciles en una relación. Y si. Del enamoramiento desenfrenado del comienzo en el que un peo nos provocaba ternura o una carcajada va quedando solo un olorcito maluco que ya no nos parece tan divertido. Salir arreglada de la casa es un chiste comparado con mantener el amor igual o más bonito que el día uno. Y si la cosa nos parece complicada entre dos seres humanos súmele un tercero. Un hijo, con todas las cosas lindas que trae, también pone a ratos a tambalear eso que creíamos tan sólido. Nosotras estamos más irritables consecuencia clara de la falta de descanso y ellos…pues ellos también han trasnochado con nosotras y no están en sus mejores condiciones para aguantarnos. Aparecen peleas que no conocíamos pensando en la manera de como criar a los hijos y nuestras convicciones chocan entre si porque cada uno cree que es mejor hacer las cosas de una u otra manera. Nosotras enamoradas por completo del nuevo integrante familiar olvidamos a ratos que ya teníamos otro amor de la vida que no se puede descuidar. Ahora la labor es más desafiante y nada mejor que respirar las veces que sean necesarias para encontrar la claridad que nos haga apostarle al primer amor por encima de todo para que el segundo crezca en un hogar que valga la pena. Si mantener un matrimonio es una maratón mantener uno con hijos es una triatlón. Encontrar parejas bonitas en medio de un mundo que ya no cree en cuentos de hadas es fantástico pero encontrar parejas felices y enamoradas con hijos es realmente fenomenal. Y es algo tan difícil que el crédito hay que compartirlo con ese 10% que en este caso se vuele un 100.

  1. Hablar de temas de actualidad.

Si bien el tema que más dominamos es el de la maternidad, cuando encuentre una mamá con la que pueda sostener una conversación acerca del último revés de algún político, o comentar un libro que no sea 50 sombras de Grey, o debatir cualquier tema interesante de actualidad: Atesórela. Entre levantarnos a media noche a lidiar un llanto, madrugar a preparar un tetero, arreglarnos para llegar a tiempo, consentir al marido, ver un capítulo de La Casa de Mickey Mouse por veinteava vez, inventar un juego para que nos reciban el almuerzo, salir al parque, hacer mercado, llamar a la mamá, luchar para que en la noche por fin se queden dormidos, arreglar el desorden, etc., queda muy poco tiempo para ver un noticiero y muy poca energía para leer más de dos páginas de un libro o ver una película completa. Así que disculpe si algunas veces parecemos disco rayado con el tema de la crianza o si no estamos enteradas del último look de las Kardashians pero también denos el crédito cuando se siente a nuestro lado y podamos hablar de Carrie, la bipolar agente de la CIA y no de Callie, la gatita Sherrif de Lindo-rincón-amistoso. Eso si, consejo de mamá, húyale a la mujer sin hijos que anda como loca buscando boletas para el Pretelgate porque le dijeron que era el espectáculo de moda en Colombia.

  5.   Antojarse del segundo.

Si yo diseñara un concurso para premiar a las madres, habría un galardón especial dedicado a todas aquellas que después de haber pasado por un primer embarazo, un primer parto, un primer post-parto, una primera lactancia deciden libremente tener un segundo hijo e incluso un tercero. Nadie les reconoce su valentía, dedicación y locura. Quedar embarazada de tu primer hijo es como ir a Disney por primera vez, estás extasiado con todo lo que ves, no puedes creer semejante maravilla, quieres hacer absolutamente todo, es tu mejor experiencia pero al mismo tiempo descubres que las boletas para entrar son carísimas, las filas para cada atracción son mortales y el cansancio que te queda encima no te lo habías imaginado. Quedar embarazada de tu segundo hijo es volver a Disney, sabes que la experiencia va a ser increíble pero también sabes todo lo que te va a costar. Y si ésa osadía no merece un reconocimiento especial no se que más puede tenerlo. Dicen que los segundos hijos se crían solos pero con uno para mi ya es bastante difícil estar arreglada, llegar puntual, seguir felizmente casada, estar enterada de lo que pasa en el mundo o simplemente ir a cine, por eso todo mi reconocimiento a aquellas que deciden ser mamás una y otra vez teniendo plena conciencia de lo duro del trabajo… bueno y también toda mi envidia porque sus billeteras claramente están mucho más acolchadas que la mía.

Por último, les pido que si la próxima vez que nos veamos parezco recién levantada, nada me combina, el pelo me brilla de lo cochino, llego media hora tarde, ando de pelea con mi 10%, no se quién es Nicolás Gaviria y en vez de buscar el segundo bebé ando rifando el primero, abráceme porque estoy en uno de esos días Juemadre, dígame que me veo linda sin maquillaje, que ser puntual es para la clase media, que nadie sabe quién es Nicolás, ni Paloma, ni Frank Underwood y que mejor deje de joder porque la manera como me mira mi bebé y mi 10% es el mejor reconocimiento y la mejor razón para ser feliz.

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Después de mi artículo de los tipos de mamá, alguien me escribió diciéndome que me había hecho falta una: la mamá sacrificio. Esa a la que le parece una herejía tener una niñera. Después de 1 año y 9 meses (edad exacta de Lolo) me vengo a dar cuenta que soy esa mamá exagerada, que debe y tiene que hacer todo lo que se refiere a Lolo. Imagino perfectamente las cosas que me critican mis familiares cuando les da por darme rejo a mis espaldas, y esa es una de ellas.

MEJOR QUE NUNCA BLOG

Yo me la paso con Lolo y cuando hay algo que tengo que hacer sin él, mi mundo colapsa, bueno, no sólo el mío. Yo entro en crisis y el primer perjudicado es mi 10%, pongo mi peor cara de ternero degollado y pregunto suavemente si será muy grave que no vaya a la oficina por un par de horas. Cuando mi 10% no puede, los segundos damnificados son mis papás, miro el calendario a ver si mi compromiso coincide con su visita, si no, los llamo y pensando que no se dan cuenta de mis oscuros intereses les pregunto si no tienen ganas de adelantar su llegada a la “calurosa y poco congestionada” Bogotá. La mayoría de veces mi 10% y mis papás me resuelven la vida. Y si no, recurro a mi cuarta víctima: Oma. No estoy hablando de la cadena de café, sino de la directora, subdirectora, jefe administrativa, coordinadora de la limpieza, organización, funcionamiento y alimentación de mi hogar.

En el último mes, tuve que recurrir a ellos más de la cuenta. Despedirme de Lolo cada vez que tenía que salir de casa, cuando no era en medio de un mar de lágrimas y abrazos, era gracias a toda una logística de escape coreografiada y medida, digna de cualquier agente de la CIA.

Todo esto, para que a los 5 minutos, con los ojos hinchados de llorar, todavía llenos de lágrimas y con la voz entrecortada, yo llamara a preguntar como seguía mi chiquito y me dijeran que estaba mejor que nunca. Mejor que nunca? Hombre, es reconfortante saber que tu hijo quedó en buenas manos, que está tranquilo y feliz, pero MEJOR QUE NUNCA? ¿Tan intensa soy que se siente aliviado sin mi? ¿entonces que fue ese show que hizo para que no me fuera, puro teatro?Es que acaso no me extraña?

Al parecer, o al menos lo que me han dicho sus cuidadores, no. Es decir, por momentos empieza a buscarme por toda la casa, a ratos se para en la puerta con la llave pensando que estoy por llegar o va de cuarto en cuarto revisando las puertas pensando que estoy detrás de una, como solemos jugar. Pero lo cierto es que Lolo no entra en crisis como yo. Es más, no sólo no echa de menos a su cuidadora estrella (modestia aparte) sino que para colmo de males se comporta de maravilla o, para seguir escociéndome la herida, se porta MEJOR QUE NUNCA. En un comienzo llegue a pensar que eran mentiras piadosas que me decían para que yo estuviera tranquila cuando me iba. Y si, obvio, muchas veces no me dicen todo lo que pasa en el día para no preocuparme. Pero con el tiempo, empecé a descubrir que los niños se portan diferente, por no decir mejor que nunca, cuando no estamos cerca. Lo notaba cuando veía al hijo de mi amiga pasando una tarde solo con la tía, lo confirmaba cuando veía a mis sobrinitos un fin de semana solos con los abuelos y me sorprendía cuando recibía las fotos de Lolo en mi ausencia comiéndose todo el almuerzo.

Alguna vez escribí que los hijos estaban diseñados para hacernos quedar mal, pensando en esas veces en las que chicaneamos alguno de sus logros o buen comportamiento y en público hacen todo lo contrario. Pero he descubierto que su verdadera cualidad para hacernos quedar como un zapato es portarse como unos príncipes cuando no estamos, con el cruel objeto de darle credibilidad a esa frase que odiamos: “el niño estaba bien hasta que llegó la mamá”. Y aunque me dicen esta frase a menudo tengo mis oídos entrenados para que conviertan esas palabras odiosas, pero ciertas, en “eres una madre excelente, mira como tienes de bien educado a tu hijo que no nos dio lora cuidarlo”.

La cosa es que uno nunca sabe la clase de mamá que va a ser hasta que tiene un hijo. Y yo acabo de darme cuenta que como mamá soy muy parecida a una novia intensa y celosa. No tengo niñera, no he querido meter a Lolo al jardín hasta que cumpla 2 años, yo misma lo llevo y me quedo con él las dos mañanas a la semana que va a pre-jardín, yo me baño con él, hago mercado con él, monto en bici con él, voy al médico con él, entro al baño con él, peleo con él y me reconcilio con él.

Y si esto me convierte en una novia intensa y celosa debo confesar que no me falta mi novio canalla. Un hijo es como ese novio que todas tuvimos de adolescentes. Un convencido que sabe que nos pone a correr a la primera llamada, un muchachito consentido que necesita ser criado y al que nos sentimos capaces de cambiar, un chico malo que hace lo que le prohibimos por puro placer, un coquetón que no tiene problema en olvidarse de nosotras por irse detrás de una niña en la calle, un don Juan que sabe que nos domina tirándonos un beso, un conchudo que sabe que siempre le limpiaremos sus cagadas y, aparte de todo, un descarado que después de haber pasado una tarde increíble con otra gente se atreve a hacernos un show de celos tan pronto nos volvemos a encontrar. La verdad sea dicha, como mamá soy una novia celosa y Lolo como hijo es mi novio bandido.

Pero, a diferencia de la inocencia de adolescente que me hizo ganarme varios cachos, esta vez si puedo asegurar que si Lolo se porta más juicioso sin mi y hace un escándalo cuando me ve, es para demostrarme su cariño. Estamos enamorados, nos extrañamos, marcamos territorio, nos aguantamos muchas cosas, entre esas tener por momentos que estar separados, nos conocemos todos nuestros achaques y cuando nos volvemos a encontrar nos desquitamos. O es que acaso, ustedes no se portan mejor en presencia de aquellas personas con las que sienten menos confianza?

Una vez al año, solo una, el mundo entero nos hace sentir como una mamá maravilla. Poco importa si tus familiares realmente te consideran una gran mamá, al parecer por el simple hecho de haber concebido un hijo (no estoy diciendo que sea fácil, pero comparado con el resto, puede ser lo menos importante) ese día todos quieren rendirnos pleitesía. Ese día a todas nos dicen que somos las mejores mamás del mundo y nosotros les creemos. Los vendedores de flores y chocolates hacen su agosto. Y siempre hay alguien, que a falta de imaginación, sale con la frase “El día de la madre debería ser todos los días del año”.

Juemadre Original BLOG

Que barbaridad! Si todos los días fueran de la madre entonces ¿cuál día podría ir la madre a cambiar los regalos que no le gustaron, digo, quedaron?.
Si todos los días fueran de la madre las ciudades colapsarían por culpa de la movilidad y entonces el alcalde, atascado en una autopista con su madre, tendría que llamar a su gabinete para institucionalizar el día de la madre sin carro.
Y por si fuera poco, si todos los días fueran de la madre, la loza sucia de los desayunos que nos llevarían a la cama todas las mañanas, quedaría a cargo de nuestros hijos y esposos, y todas sabemos lo que eso significa.
Por más que lo pienso esa frasecita tan repetida, además de ser el peor cliché, después de “feliz día de la madre para usted que no es mamá pero si mamasita”, es una aberración.

Lo cierto es que por cada día de la madre hay otros tantos días muy “hijuemadres”. Y en vez de proponer un año entero celebrando el primero, deberíamos proponer otra fecha para celebrar también el haber sobrevivido a los otros. Otro día del año para recordar que ser mamá es haber estado fuera de casillas. Un día Juemadre en contraposición al día de la madre en el que le hiciéramos un homenaje a esos días en los que estamos a punto de perder la paciencia y lo único que queremos es olvidar, por un instante, que somos mamás. Porque si bien la maternidad es lo mejor que nos ha pasado, por momentos pasa de ser un comercial de Johnson y Johnson a ser una película de terror japonesa.

Porque sí, hay días difíciles, muy difíciles, días Juemadre. Días en los que mientras tratamos inútilmente de impedir que nuestras lágrimas salgan “sueltas como gavete” (perdón, el reggeaton me ha hecho mucho daño) o mientras tratamos de calmarnos infructuosamente contando hasta diez, nuestros chiquitos insisten en empujarnos al límite de nuestra cordura como si quisieran descubrir de que tanto somos capaces.

Días tan Juemadre que una simple sentada a comer, con dos intentos fallidos de coronar una cucharita de sopa en la boca de ellos, nos puede quitar el apetito al mejor estilo de una novela mexicana.

Días Juemadre que justo cuando nuestro hijo está teniendo su peor comportamiento, tenemos que soportar al lado al niño perfecto y por supuesto, a los ojos inquisidores de su mamá haciéndonos sentir como una madrastra de Disney que todo lo ha venido haciendo mal.

Días Juemadre que necesitamos hacer una pataleta peor que la que le estamos tratando de calmar a nuestro hijo o al menos tener un segundo para sentarnos en una esquina a llorar.

Días Juemadre en los que entendemos a nuestras mamás, pero quisiéramos hacerles el reclamo por no habernos advertido que muy escondida dentro de tanta alegría, por momentos, aparece una angustia agotadora.

Lo bueno es que no son todos los días, ni son la mayoría, ni mucho menos las 24 horas. A veces son tan solo 5 minutos de desespero que terminan en un ataque de besos porque nos convencieron con la gracia aprendida del día.
Lo malo, estos días que nos parecen tan difíciles no son nada comparado con lo que se nos viene encima.

Hay una frase que mi mamá me ha dicho dos veces en la vida: “ahora es que vas a empezar a sufrir”. La primera vez me la dijo cuando tuve mi primer novio, valga la pena aclarar que tuve que rogarle a mi papá muchos meses para que me dejara tener uno, así que cuando la oí, me pareció exagerada, mal intencionada y fuera de lugar. Seis meses después, ella me abrazaba mientras yo, atragantada con mis lágrimas, trataba de exorcizar mi primera tusa y empezaba a entender lo que ella me había querido advertir.
La segunda vez fue cuando le conté que estaba embarazada y esta vez si quedé loca. Si dos rayitas azules nos habían puesto tan felices a las dos, cuál era el lío?
El lío es que aunque es totalmente cierto ese otro cliché que dice que uno no sabe lo que es la felicidad infinita hasta que tiene un hijo (lo siento por las que no son mamás que están cansadas de este argumento y no lo creen, pero es verdad) también es cierto que una vez se es mamá se conoce por primera vez lo que es un dolor del alma. Y lo que años atrás hubiéramos considerado como una tragedia, pasa a ser un chiste comparado con lo que ahora tememos que nos pase y sobretodo que le pase a nuestros hijos.
Y es aquí cuando los días Juemadre se vuelven realmente difíciles.
Tener hijos es saber que tus hijos te romperán el corazón y no precisamente por un llanto inconsolable o por un rayón en el sofá nuevo. Nos lo romperán de verdad y muchas veces, y de alguna manera seguiremos ahí pendientes de cada paso como siguen nuestros papás a pesar de nuestras estocadas contra ellos. Una vez se es madre aprendemos a plancharnos el corazón arrugado cada tanto. Sonreímos y nos hacemos las güevonas esta vez para nosotras, porque sabemos que lo Juemadre es recuperarnos de los golpes que le van a dar en el corazón a ellos, que valga la pena decirlo, la mitad es nuestro.

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