Vacaciones pensando en todos

Muchas cosas que no queremos, cambian una vez somos mamás. El color del pezón, el porcentaje de grasa, la gravedad o el tamaño de las pochechas, las horas de pereza, la frecuencia del canchis canchis, (como alguna vez vi que le decían al arte amatorio en un programa de Laura en América) el aguante del hígado y, sí, las anheladas e idolatradas vacaciones. El ideal que tenemos de vacaciones cambia drásticamente después de un hijo, pasaremos de ser esas mujeres que solo se metían a la piscina para apaciguar el calor, a no salir de ella por estar jugando al tiburón, olvidaremos lo que es tener un hermoso color dorado y seremos las reinas del bloqueador y la cachucha, nos preocuparemos por las horas que el restaurante sirve el almuerzo,  y saborearemos una única cerveza en toda la tarde, porque hay un menor bajo nuestro cuidado.




Entonces si así son las cosas, sí se pueden llamar vacaciones?

Para empezar uno debería ser lo suficientemente sensato para no salir de viaje con un bebé de menos de seis meses, a menos que quiera encartarse y extrañar más que nunca su hogar.

Cuando Lolo tenía tres meses, a mi 10% y a mi se nos ocurrió la maravillosa idea de irnos a pasar un fin de semana a un hotel. Acabábamos de descubrir esta nueva vida de pañales, trasnocho y agotamiento y sentíamos que nos merecíamos un descanso a 30 grados centígrados. Jua. Reservamos un hotel con 4 piscinas, a pesar de que el pediatra nos recomendó todavía no meter a un Lolo de tres meses, en esa poceta llena de bacterias y cloro. Imagine el cuadro: Nos veíamos “divinos”, “cómodos” y “divertidísimos” debajo de un parasol echándole agua cristal a ese Lolo de cachetes rojos, que a pesar del sudor de nuestros brazos quería estar cargado y no semi acostado en la hamaca “plegable” que decidimos llevarle pagando exceso de equipaje. El calor despertó en nosotros una especia de psicosis y por el miedo a una deshidratación o insolación decidimos pasar el fin de semana en el cuarto sin prender el aire acondicionado y optamos por el room service para que los otros huéspedes y nosotros pudiéramos comer en paz. Primera conclusión: Espere a que el retoño cumpla un año y ya reciba comida, ya se siente, ya camine, ya se pueda meter a la piscina y ya se le pueda echar bloqueador.

A ese primer intento fallido no lo llamaré vacación por respeto a la palabra. Pero debo confesarles que del segundo intento en adelante hemos tenido unas vacaciones increíbles. ¿Cómo lo hemos logrado? Con dos cosas: cambiando el chip y teniendo actitud.

1 – Cambiando el chip. Ahora somos tres y nuestras vacaciones, así como nuestra vida, deben ser pensadas para los tres. Para qué amargarme pensando en el color dorado que podría haber ganado, para qué amargarme viendo a la gente borracha hacer el oso, para qué amargarme porque quiero hacer shopping y no puedo, para que amargarme porque me falta media ciudad por conocer y mi bebé ya no aguanta más, para que amargarme armando planes no aptos para niños? Ya nuestras vacaciones no son tirados en una asoleadora con un Martini en la mano y 6 en la cabeza, porque eso no divierte a Lolo. Tampoco son jugando Mindcraft todo el día en una Tablet porque eso no divierte a los papás. Ahora nuestras vacaciones son el resultado de la búsqueda de algo que nos divierta a todos. La asoleadora la cambie por las piscinas panditas, y los 6 martinis por uno que me dura toda la mañana. ¿Que si extraño las largas horas de bronceo? Sí, el color de mis piernas dan fe de ello. ¿Qué las preferiría a cambio de ver a Lolo feliz tragando agua en una piscina? No.

2 – No hay nada que requiera más actitud en la vida que tener hijos. Tener la actitud para gozárselos. Tener la actitud para meterse a una piscina a la que no le cabe un prójimo más. Tener la actitud para tomarse un margarita mientras se hacen castillos en la arena. Tener la actitud para sonreír a pesar del calor o del cansancio. Tener la actitud para salir corriendo al baño cuando el niño hace de las suyas. Tener la actitud para acostarlo en dos sillas rimax si es necesario. Tener la actitud para divertirse así el plan esté aburrrido. Tener la actitud para llevarlo en hombros con tal de recorrer el parque completo. Tener la actitud  de emocionarse viendo la misma tortuga una y mil veces. Tener la actitud para sentir esa maratón como una vacación.

Sin esas dos cosas, además de lo básico como llevar pañitos húmedos, pintas de más, dolex, cuentos y chucherías a la mano, es imposible gozarse unas vacaciones. Así que relájese, disfrute a sus hijos que para eso los tuvo, e incluso vuelva a gozarse cosas que sin ellos le estarían muy mal vistas, como gritar las 500 veces que repite deslizarse por el tobogán, bailar descoordinada y con su hijo en brazos tratando de seguir al recreacionista, llenar un plato en el buffet de sólo pasteles y dulces, asombrarse de ver una mariposa, andar despelucada o incluso con una teta al aire y quedarse dormida a las 8 de la noche.




Y de ñapa un acróstico (por si creían que lo más ñero que había en este post era la referencia al canchis canchis) con tips para recordar:

Vayan a un lugar pensado para niños. Para qué ir a conocer el Louvre si el niño aún no le interesa saber quien es La Gioconda. Ya llegara la edad para esos paseos.

Acepte que viene con niños y disfrute los planes que puede hacer con ellos. Enterrarse en la arena, hacer burbujas con un pitillo, salpicar agua, caminar, hacer fila 50 veces para el tobogán también es divertido.

Cambie el chip. Los viajes en familia hacen familia. Ver a los hijos felices con uno, teniendo experiencias nuevas es absolutamente genial.

Acuéstese cuando su hijo haga la siesta o al menos relájese con su 10%, créame que esa energía la va a necesitar cuando se despierte.

Cree buenos recuerdos. Sus hijos podrán recordarlo como el que estaba “por ahí” en vacaciones o el que se las gozó con ellos a la par.

Invite a los abuelos a algún paseo. Gozarán con usted y podrán quedarse con el retoño una hora mientras usted se da un premio en el spa.

Olvídese de la disciplina, son vacaciones. Si su hijo no quiere comer lechuga, que no coma. Si no quiere dormirse a las 8, que no se duerma. No se estrese.

No acordarse de la mitad del paseo por una borrachera tampoco es descansar.

Evite irse de paseo con gente sin hijos que no entiende su nueva dinámica, que lo hará sentir mal por no recibir esos tequilas de más, y que propondrá planes y restaurantes en los que no caben sus hijos.

Se vale separar otro fin de semana aparte para irse sola con su 10% a modo de desquite. Para que se tome todos los martinis que quiera, se broncee hasta que le duela ponerse un brasier y extrañe enormemente la cara que podría hacer su retoño si estuviera ahí en esa piscina.




Nuwe y su matata - años 80 BLOG

Acaba de pasar el día de la madre, ese único día al año que como mejor lo dijo mi nuevo dios Jimmy Fallon es la oportunidad para decirle a mamá “tu me diste la vida, me criaste, todo lo que soy es por ti, ahora déjame comprarte unos tulipanes y un desayuno y quedaremos a mano”. Por cuestiones de logística yo no estuve con la mía pero madrugué a llamarla y en ese preciso instante en el que me disponía a destilar todo un repertorio de frases cursis y de agradecimientos clichesudos por teléfono, ella con la sinceridad que a algunos molesta, me dijo, palabras más palabras menos: no te preocupes, yo no le paro bolas a esas cosas, porque hoy es un día cualquiera convertido en una fecha comercial.

A pesar de su afirmación, por culpa del capitalismo que me corre por las venas me sentía culpable por no estar con ella ese día, por no ser una de esas familias atrapadas en el trancón de la autopista dispuestas a entender con el precio indecente de un ajiaco, términos como crédito, plusvalía, inflación, demanda, prestamistas, avaricia y paga-diario.

Y mientras me trataba de convencer de que el día de la madre era tan sólo un día más y que lo importante era demostrarle que la amábamos, respetábamos y le agradecíamos su labor en todo momento, una angustia peor que la culpa se apoderó de mi en forma de pregunta: ¿Si lo he hecho todos, toditos, todos los días? Creo que haciendo un promedio poco exhaustivo en mi cabeza, de entrada hay varios días que entran a pérdida: la gran mayoría de mi adolescencia, los que no recuerdo de mi niñez pero que ahora con Lolo sé que fueron varios, algunos muchos cuando tuve mi primer novio y otro par nada despreciables desde que soy mamá. Un balance poco esperanzador para una hija que asegura dar la vida por su madre.

Y entonces me di cuenta que hacer una lista de agradecimientos y perdón era caer en ese sentimentalismo barato que ella y yo odiamos. Ese sentimentalismo urgido de cursilería que nos rehusamos a usar a diario porque no significa nada para nosotras. Ese sentimentalismo que cree que son mejores las citas bajadas de internet que un buen chiste negro y una sonrisa. Fue entonces cuando me di cuenta que, aunque hubiera sido genial, yo no necesitaba estar ese día con ella, ni elogiarla exageradamente porque a pesar de la sumatoria de nuestros días malos, los realmente buenos y significativos también eran muchos y ninguno había sido un día de la madre.

Ella sabe que la amo más que a nadie así no se lo diga, pero siempre se lo escriba por whastapp, ella sabe que a veces me saca la piedra y que yo, así prometa lo contrario, se la voy a seguir sacando a ella, ella sabe que estoy orgullosa de todo lo que ha hecho y de todo lo que hace y por eso a diario pido su aprobación para todo lo que hago, ella sabe que mis tres llamadas al día sin tener nada nuevo que contar son sólo para saber que está bien, ella sabe que es una fecha comercial y yo sé que celebrarla la hace sentirse especial, ella sabe que yo soy una buena mamá (perdonen la modestia) porque ella es mi mamá, y se lo escribo por acá porque aunque ella todo lo sabe, se hace la que no, porque siempre es bueno oírlo de alguien más.

Y yo sé que ella sabe y se siente orgullosa, aunque no me lo confiese, que hemos peleado como locas porque no podemos parecernos más. Y no me refiero a nuestros rasgos, a nuestras cabezas llenas de canas, a nuestra habilidad de comer harinas sin parar y no rodar, a nuestra blancura difícil de broncear, a nuestras piernas que reciben piropos y a las arañitas han salido a decorarlas, a nuestras manos de venas pronunciadas y nudillos “rodillones”.

Somos iguales más allá de la genética. “Son igualiticas” decía mi papá tratando de arbitrar alguna de nuestras peleas y yo sentía éstas palabras como una puñalada rastrera. Pasé de ser una niña que se ponía sus tacones y sus gafas soñando con ser como ella a una adolescente que criticaba cada una de sus palabras. Hoy soy mamá y serlo me ha hecho entenderla pero sobretodo me ha devuelto la sensación de la niña chiquita que la admiraba y la llamaba cada 5 minutos porque sin ella se aburría. La única diferencia es que ahora la admiro más y la llamo a cada rato porque la necesito y se que ella lo necesita. Somos igualiticas… y al escribirlo el pánico y la frustración que sentía de adolescente por tan sólo considerar que eso fuera posible, ha sido reemplazado por el orgullo y la satisfacción de saber que es una realidad.

Somos iguales en muchas cosas que nos hacen extraordinarias y somos iguales en muchas otras que nos hacen insoportables. Si tu terquedad, que es la misma mía, te hace ponerlo en duda, tu 10% y el mío pueden corroborarlo.

Nuwe y su matata

Hoy a sus más de 60 años sólo puedo decirle que lo ha hecho de maravilla, que las veces que cree que la ha embarrado no son tantas como ella piensa y que descubrir una reacción en mi que alguna vez critiqué en ella sólo me hace entenderla, quererla más y darme cuenta que no lo estoy haciendo tan mal o al menos que nada grave va a pasar.

Sólo hay una cosa no heredé de ella y que por más que intenté no fui capaz de copiar: su increíble manera de cocinar, así que seguiré conformándome con llamarla cada que me da por poner un pie en la cocina y seguiré aguantándome la pena de ponerla a preparar mis antojos cuando viene de visita. Eso sí, le ruego a esa genética tuya que ha hecho que yo a los 30 esté llena de canas que siga haciendo de las suyas y me permita envejecer como tú, de esa manera tan hermosa y natural que sólo las que no viven esclavas de la belleza terminan logrando.

Voy a tener que dejar de escribir acá porque voy a terminar pidiéndote perdón por no haber tenido una niña que me haga expiar todas mis culpas o por aquella tarde que buscaste por media ciudad unos pompones azules, los mismos que encontraste a las 8 de la noche en un Gran Piñata que estaba a punto de cerrar, los mismos popochos y perfectos pompones azules soñados por cualquier porrista de Millonarios, los mismos que tuve que apachurrar en mi maleta para que nadie los viera cuando la profesora dijo: ¿todas trajeron sus pimpones azules?.

Ay no, mi 10% pregunta donde se guarda en esta casa el papel higiénico, así que hasta acá llego el post de hoy porque sabemos que en esta casa la única que encuentra las cosas soy yo, y si no voy y se lo muestro “después la hijueputa soy yo”. 

Si me oyeron? No puede ser, soy mi mamá y eso me parece genial!

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Se acuerdan aquel post, aclamado por muchas y odiado por otros, sobre la teoría del 10 %? Pues, hace unos días el porcentaje que lo inspiró, mi 10 %, me dio uno de los mejores regalos de la vida. Yo había recibido por mail una sarta de palabras llenas de odio por parte de otro papá al que al parecer su falta de sentido del humor no le permitió disfrutar el texto y tomándolo a título personal, me acusaba de falta de consideración con los hombres. Ante mi extrañeza, mi 10% me explicó que no hay que pararle bolas a ese tipo de gente que no sólo no entiende lo que es sarcasmo y no se da cuenta que es un artículo escrito para divertir y con cero ínfulas de convertirse en teoría irrefutable de la verdad. Días después, al ver que yo seguía un poco molesta con el tema, dejó esta aclaración en mi correo y, por supuesto, yo morí de amor y quise rebatir yo misma ese 10 %. Hoy es martes de post-parto y como no he terminado mi post sobre “la dejada de Lolo en el jardín” aprovecho para compartirles esto tan bonito. Un mensaje para todas porque somos unas berracas y lo somos gracias a ellos:

Yo soy el 10%

Y estoy seguro que muchas veces lo merezco, hay otras en las que claramente no y algunas, especialmente las noches, en que creo que el 10% eres tú.

Yo Soy el orgulloso 10%

Estas caritas tan juntas y felices, no podrían estarlo sin el 10%

Ante todo soy una persona sensata y debo confesarte que te escribo porque soy consciente que lo que hago, según tú, para merecer ese 10%, no solo me lo merezco sino que incluso un poco más también sería justo. Sin embargo he decidido renunciar, no a mi 10%, sino a todo eso que me atribuyes. No creas que estoy peleando por un porcentaje más grande. Yo tengo claro que soy un 10% aunque tenga mis momentos de 100%.

Soy consciente que sin ti a la cabeza, esta casa no funcionaría como lo hace. Soy un 10% porque vi, presencié y hasta padecí desde la tribuna, los duros cambios y esfuerzos físicos por los que pasaste durante y después del embarazo. Sé que yo, al que una gripa lo deja incapacitado por 6 días, no hubiera aguantado sin quejarme como tu lo hiciste.

Soy un 10% porque no falta el que se atreva a dudar de mi paternidad, así digan que Lolo es mi copia y yo insista que tiene tus ojos, pero nunca nadie podrá dudar de tu maternidad. Soy un 10% porque para hacer las 3 cosas que haces al mismo tiempo sin que te afecte, yo tengo que escoger una y concentrarme en ella. Soy un 10% porque tu eres la que sabe cuando pedir la cita al médico, cuando hay que poner las vacunas, cuando hay que cambiar el pañal, como cantarle “sana que sana colita de rana” para que Lolo se calme y hasta como entretenerlo en un avión para no importunar al resto de pasajeros. Soy un 10% porque tienes un sentido común y una maniobra mucho más poderosa que yo para cuidar un bebé. Soy un 10% porque has tenido que renunciar a muchas más cosas físicas, personales y profesionales que yo. Y soy un 10% porque no hubiera podido escoger a alguien para pasar juntos el resto de la vida, que estuviera por debajo del 90%.

Pero me rehuso a creer que soy el 10% simplemente por recibir más piropos por ser papá que tu por ser mamá.

De hecho soy un 10% muy importante y necesario, y tu me lo haces ver a diario, pero era muy difícil que el tarado Troll que te escribió improperios desde Chile, lo supiera. Y traté de pensar una serie de cosas que hago que me podrían hacer pelear por un 50% con opciones de triunfo, pero haga lo que haga, es innegable que haces 90 cosas más que yo. Aún así hay unas que yo hago mejor :

1. Soy yo el que frunció todos los músculos de la cara, como cuando uno va a partir el ganchito de plástico que viene con las medias, escondido detrás de una pared, mientras tú sonreías y te hacías la güevona en esas vacaciones familiares. Estaba así fruncido porque sabía lo que me esperaba. Más tarde fui, ya en la casa, el saco de boxeo en el que descargaste toda tu ira, protestas y disgustos padecidos por ti, todo el fin de semana. Aunque debo confesar que ser tu espacio de desahogo ha sido genial.

2. Soy yo quien tiene el turno de la noche. Desde que Lolo dejo de despertarse cada 3 horas a tomar leche, no sé en que momento se me asignó, porque nunca lo hablamos, ser la persona que ante cualquier quejido del bebé, corre por él. He llegado a la conclusión que “como Lolo es tuyo todo el día, si llora por la noche es mío”. Pero mi turno de la noche me ha permitido desarrollar una especie de oído biónico para estar alerta ante cualquier quejido del pequeño que me ha permitido atenderlo en momentos en los que tú, mi flamante 90%, está tirada en la cama escurriendo una baba sobre la almohada mientras sueñas, seguramente, con el segundo. Y sentirme responsable de esa cara tuya de descanso… la verdad, se siente genial.

3. Gracias a mi oído biónico he logrado sorprenderte trayendo a Lolo a nuestra cama, calmándolo y entregándote deliciosos momentos de “arrunche” mañanero con él. Diría que por promover estos invaluables momentos de dicha y arrejuntamiento familiar me merezco otro 10%. Pero, esto que suena tan delicioso, me ha llevado a ser acusado de ser el instigador y principal cabecilla del delito de colecho. Mientras te angustias y me cuentas que fulanito si duerme en su cuarto todo la noche yo te relajo y te explico que un par de horas de hacinamiento no le hacen mal a nadie. Que hacemos si ahí el niño, y la mamá que no tiene que levantarse por él, duermen mejor? Y tiene su lógica, invertimos una importante suma en la cama, cuna, corral del bebé, pero nunca nadie probó el colchón. Caso muy diferente a nuestra cómoda, ergonómica y patentada indeformable cama. Fomentar el desorden también se siente genial.

4. Cuando tu no puedes más yo entro al rescate. Hay días duros o como dirías tu misma, días Juemadre y en ese justo instante cuando Lolo va a hacer despertar el Hulk interior de toda madre, tu sabiamente previniendo la hecatombe que se aproxima me pides un relevo. Hulk respira y trata de volver a la calma y yo cual superhéroe salvo el momento. O por ejemplo, cuando él no puede o no quiere dormirse. Tu estás con él en su cuarto y él empieza a tratar de prender la luz, a balbucear de más, se levanta, se acuesta, llama a papá y cuando asomo tímidamente mi cabeza por la puerta estira los brazos pidiendo que me acueste con ustedes. Al 10% casi nunca lo piden! Y cuando esto pasa es genial. Muchas veces nos ha sorprendido la media noche a los tres tratando de acomodarnos en una cama de 1,20 x 1,00 en donde no sé como, terminamos cómodamente dormidos. Y sentirse el superhéroe que te ha rescatado y ser la pieza que hacia falta para que todos cayeran dormidos se siente súper genial.

Pero no todo ha sido ternura, también hemos tenido diversión. Para que tengas un ejemplo te recuerdo estas dos situaciones que sin este 10%, jamás hubieras vivido:

Como bien sabes, he jurado oír llorar a Lolo en medio de reuniones de trabajo y he salido al lobby a buscarlos  pensando que han venido a visitarme sin avisar. También lo he buscado como loco mientras paso por un parque, incluso una noche lo oí llorar y me paré como un ente para traerlo a la cama; cuando llegué a su cuarto, con total sorpresa vi que no estaba, entré en pánico. Fueron segundos de eterna angustia, cómo te iba a decir que perdí al bebé en nuestra propia casa, en nuestra propia presencia, en medio de la noche y bajo mi turno de vigilancia? El susto fue mayor cuando te sentí parada a mi lado pronunciando esa temible frase: Qué haces? Mi cerebro estaba trabajando rápido tratando de tejer una respuesta. Por un segundo me imaginé siendo Angelina Jolie en esa película en la que le cambian al hijo y ella se da cuenta pero nadie le cree. Lo tenía más o menos claro, el plan era ir por una linterna buscar primero en su habitación, luego debajo de muebles y camas, prender las luces, nada de gritos de pánico, luego llamar a la portería, a la Sijin, al Gaula, la Armada, la Defensoría del Pueblo y armar un pequeño bloque de búsqueda. Giré lentamente para decirle: No se que hice a Lolo; pero de mi boca sólo lograron salir las sílabas Lo…Lo.

  • Lolo está en nuestra cama, lo llevaste hace rato, que estás haciendo aquí?
  • Te juro que lo oí llorar…

O esa vez cuando por dármelas de considerado, oí llorar a un Lolo con apenas semanas de nacido y me ofrecí a traértelo para que empezaras tu dura labor de lactancia. Me paré como un zombie y tú y tu inevitable procedimiento de verificación de procesos escudriñó de arriba abajo mi posición, mi proceder, mi caminar y mi manera de cargar al niño, para luego, con tono increpante y azarador decirme: Andrés, la cabeza!. Yo me asusté, sería posible que yo en medio de mi aletargamiento por falta de sueño estuviera cargando un cuerpo sin cabeza? Pasé mi mano desde la espalda de Lolo para arriba y verifiqué que su cabecita ahí estaba pegada a su cuello y dije: Si, ahí la tiene. En vez de pararte a ahorcarme (aunque la episiotomía que por esos días no te dejaba moverte rápido, te lo hubiera impedido) te atacaste de la risa y horas después dándome un café me explicaste que un bebé recién nacido no ha desarrollado los músculos del cuello y al alzarlo hay que tenerle la cabeza con una mano.

Aún hoy te burlas de mi inteligente respuesta. Para mi, fue la iniciación a descubrir que como papá soy necesario e irremplazable pero que, afortunadamente, me llevas una gran ventaja.

Yo me siento orgulloso de ser tu apoyo. Darte moral en muchos casos es más importante que pararse a media noche mientras te dejamos dormir. Hacerte ver que lo estás haciendo bien es más valioso que reducir dos décimas la velocidad a la elaboración de un tetero y hacerte feliz es mil veces más poderoso que quedarse con él mientras vas a la peluquería.

Soy el papá, y uno excelente (valga la modestia) soy el apoyo, soy la moral, soy tu bolsa de boxeo, soy el orgulloso poseedor del título de 10% y se siente genial.

Deja de pararle bolas a todo lo que lees en internet.

Yoyu.

December: Month that intoxicates us in happiness, love to the world and good desires. It’s the perfect month to share with your family. The novenas, candle night, Christmas Eve, fool’s day, new year’s eve, the magi… a thousand and one excuses to have incredible moments with them. The hangover comes in January when we realize that the excess of family, just as the one with food, has its contraindications. Overcoming family vacations without at least a squabble is a complete challenge and requires a lot of patience, tolerance and love (now I understand why these words always go in Christmas slogans).




If someone has returned from holidays without feeling the desire for at least one second of choking a family member, as nice as he is, he must be an orphan, be pending on being sanctified, or as in most cases, be a man. It’s not a secret that we women complicate things a lot more, especially when we are moms.

My advice to not mess up future vacations or start counterpointing a family member, which will later bring regret, is to prepare the best answer to give against adversities. By adversities I mean a series of unfortunate comments that didn’t had the opportunity to have a trip through the brain before getting to the mouth and that once you are a mom there will always be someone who will make it. For the one who makes them they might be inconsequential and fun, but for us they wake up the Charles Manson that we have inside.

  1. “Today you girls are weak. I don’t understand why you complain. For me it was hard, with four babies in a row, without a babysitter, with cloth diapers and a husband like the ones in those days that didn’t help at all.”

Answer that you would like to give: What a misery that you had to live in that era. I suppose that, besides disposable diapers, safe contraconception methods were not invented yet, because who the hell would want 4 children in 5 years. Actually, how did you get pregnant with a husband that wasn’t at home? I understand your problems but I would also be consumed.

Answer that you should give: Smile and send them to Coventry.

  1. “I would’ve already slapped that kid; he won’t whine like that to me.”

Answer that you would like to give: If you had children (because paradoxically this phrase is always given by people without children) that if in the middle of the whining I get equally or more violent than him, the thing will get worse to the point of triggering World War III. By being condescending I’m trying for you to have a nice moment and carry out things the good way. In the tranquility and intimacy of our house I’ll see how to fix it.

Answer that you should give: Smile and send them to Coventry.

  1. “Are you gonna sleep now? Don’t be so boring!”

Answer that you would like to give: You find it boring that I spent all the day at the pool, not laid down tanning like you did, but playing shark, drowned and jellyfish (introduce your face in the water and make bubbles until you can’t have one more broken vessel). You find it boring that I had to go to the pool again while you were napping before lunch? I think I should rest because you aren’t going to help me take care of him and you are only going to carry him 5 seconds for the pic you’re going to take.

Answer that you should give: Smile and send them to Coventry

  1. “Lolo is spoiled and apathetic, you should see Faustina’s grandson how sympathetic he is with everybody.”

Answer that you would like to give: If you visited him more often maybe you wouldn’t be such a stranger to him. If you knew him a little bit more you would know that he doesn’t like to be forced to be hugged, that it hurts him when they squish his cheeks and that he gets scared when you scream at him, even if it’s that tong twister that you think it’s funny. Maybe that’s why he runs away frightened all the time. Lolo isn’t apathetic, he is selective. Ah and I don’t care about Faustina’s grandson.

Answer that you should give: Smile and send them to Coventry.

  1. “The kid was fine until his mom arrived”

Answer that you would like to give: What the f… hell are you trying to say? I’m not even going to try to elaborate an answer, come here and receive your slap.

Answer that you should give: Smile, send them to Coventry and go for a drink.

If the drink doesn’t help think that everything can always be worse, I know some that came up with this jewel: “I don’t know who that kid looks like, because that person is not from this side of the family.”

And if you felt identified, alluded or attacked with at least one of these phrases, just smile and send me to Coventry. To be a happy mom sometimes that’s all you need.

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