Cuando pensamos en hacerle un homenaje a las mamás siempre pensamos en las cosas altruistas que somos capaces de hacer una vez tenemos hijos. Crear vida, sacrificar una carrera profesional, decir que no queremos ese pedazo de pastel sólo porque vemos una carita que ya le puso el ojo, trabajar las 24 horas… la lista puede ser larga y todas nos la sabemos de memoria. Yo agradezco que muchos reconozcan que nuestra labor es fundamental, valiosa y difícil de reemplazar. Pero hay otro tipo de nimiedades imperceptibles y dadas por sentado que hacemos día a día por las que no recibimos crédito alguno y que merecen ser mencionadas a fin de que cuando alguien se cruce con nosotras en vez de criticarnos nos elogie o al menos nos entienda.

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  1. Estar arreglada.

Recuerdo casi con nostalgia aquellas hermosas pérdidas de tiempo en la mañana midiéndome las 18 pintas posibles para salir a la calle, recuerdo vagamente como podía poner mi playlist favorito y en medio de cantos desafinados con cepillo en mano iba haciéndome un blower perfecto, añoro cuando mantenía mis uñas pintadas con el color de moda y tengo algunos flashes de tiempos memorables donde me maquillaba sin afanes. Salir regia a la calle era toda una rutina de no menos de una hora y hoy, con todo el tema de ser mamá, esta rutina sufrió un severo recorte justo y cuando más lo necesitábamos, porque la maternidad y el embarazo por bien llevados que sean, nos golpean fuertemente. Y sí, una vez nos volvemos mamás estamos más cansadas, más ojerosas, más flácidas y más calvas pero esto no puede traducirse en una renuncia a lo más divertido de ser mujeres. Nadie dijo que iba a ser fácil pero convertirnos en las exponentes por excelencia de la tibieza no es una opción. Como bien dicen por ahí, primero muerta que sencilla.

El arte ahora está en verte producida pero casual en menos de 20 minutos, la astucia está en que la primera pinta que escojas sea la ganadora y si no lo es, llevarla con estilo el resto de día, la destreza está en verte regia y a la moda con un despeluque genial desprovisto de plancha. Cuando vemos una mujer bien arreglada en la calle no podemos saber a ciencia cierta cuanto tiempo se demoró en lograr dicho resultado pero cuando vemos una mujer bien arreglada en la calle llevando un coche y un niño de la mano sabemos a ciencia cierta que fue poco y eso, al mejor estilo de los realities que piden hacer maravillas en tiempo record, amerita un reconocimiento. Reconozcámosle a todas las mamás del mundo el talento para verse lindas sin el tiempo y el descanso que tienen el resto de mujeres.

  1. Llegar puntual.

La puntualidad siempre ha sido una de mis exigencias y obviamente viviendo en un país como éste, también ha sido la razón de muchas de mis peleas. Ahora que soy mamá en vez de volverme un poco más flexible con el tema me he vuelto más paranoica. Llegar puntual en ésta ciudad, o en cualquier ciudad capital latinoamericana, es un arte, un estrés y un chiste, pero no un imposible. Las mujeres que somos mamás y llegamos puntuales nos merecemos más que un reconocimiento: un premio, un busto o en su defecto un bono ilimitado en una tienda de zapatos. Es hora de que todos reconozcan las maratones que corremos las mamás para llegar a tiempo a un lugar. La mejor manera que se me ocurre es que comiencen a ser puntuales, que les de vergüenza cuando no lo logren o al menos que escojan de manera muy delicada la excusa que van a dar cuando lleguen tarde porque siempre habrá una mamá oyéndola y retorciéndose de la ira. Si yo, que soy mamá, que tengo que bañarme, vestirme y arreglarme (para que me reconozcan el punto anterior) bañar, vestir, alimentar y mimar al bebé, escogerle la pinta al marido, alistar la pañalera, preparar snacks para el camino, empacar coche, alistar mi cartera, parar a mitad de camino a cambiar un pañal…etc., si yo puedo llegar a tiempo, usted que no tiene hijos, no solo puede sino debería hacerlo. Si este esfuerzo no me lo reconocen al menos reconozcan que llegar tarde no siempre es culpa de Petro sino de la pereza.

  1. Tener un matrimonio feliz.

Siempre hemos oído que mantener vivo el amor y no dejarse matar por la monotonía es una de las cosas más difíciles en una relación. Y si. Del enamoramiento desenfrenado del comienzo en el que un peo nos provocaba ternura o una carcajada va quedando solo un olorcito maluco que ya no nos parece tan divertido. Salir arreglada de la casa es un chiste comparado con mantener el amor igual o más bonito que el día uno. Y si la cosa nos parece complicada entre dos seres humanos súmele un tercero. Un hijo, con todas las cosas lindas que trae, también pone a ratos a tambalear eso que creíamos tan sólido. Nosotras estamos más irritables consecuencia clara de la falta de descanso y ellos…pues ellos también han trasnochado con nosotras y no están en sus mejores condiciones para aguantarnos. Aparecen peleas que no conocíamos pensando en la manera de como criar a los hijos y nuestras convicciones chocan entre si porque cada uno cree que es mejor hacer las cosas de una u otra manera. Nosotras enamoradas por completo del nuevo integrante familiar olvidamos a ratos que ya teníamos otro amor de la vida que no se puede descuidar. Ahora la labor es más desafiante y nada mejor que respirar las veces que sean necesarias para encontrar la claridad que nos haga apostarle al primer amor por encima de todo para que el segundo crezca en un hogar que valga la pena. Si mantener un matrimonio es una maratón mantener uno con hijos es una triatlón. Encontrar parejas bonitas en medio de un mundo que ya no cree en cuentos de hadas es fantástico pero encontrar parejas felices y enamoradas con hijos es realmente fenomenal. Y es algo tan difícil que el crédito hay que compartirlo con ese 10% que en este caso se vuele un 100.

  1. Hablar de temas de actualidad.

Si bien el tema que más dominamos es el de la maternidad, cuando encuentre una mamá con la que pueda sostener una conversación acerca del último revés de algún político, o comentar un libro que no sea 50 sombras de Grey, o debatir cualquier tema interesante de actualidad: Atesórela. Entre levantarnos a media noche a lidiar un llanto, madrugar a preparar un tetero, arreglarnos para llegar a tiempo, consentir al marido, ver un capítulo de La Casa de Mickey Mouse por veinteava vez, inventar un juego para que nos reciban el almuerzo, salir al parque, hacer mercado, llamar a la mamá, luchar para que en la noche por fin se queden dormidos, arreglar el desorden, etc., queda muy poco tiempo para ver un noticiero y muy poca energía para leer más de dos páginas de un libro o ver una película completa. Así que disculpe si algunas veces parecemos disco rayado con el tema de la crianza o si no estamos enteradas del último look de las Kardashians pero también denos el crédito cuando se siente a nuestro lado y podamos hablar de Carrie, la bipolar agente de la CIA y no de Callie, la gatita Sherrif de Lindo-rincón-amistoso. Eso si, consejo de mamá, húyale a la mujer sin hijos que anda como loca buscando boletas para el Pretelgate porque le dijeron que era el espectáculo de moda en Colombia.

  5.   Antojarse del segundo.

Si yo diseñara un concurso para premiar a las madres, habría un galardón especial dedicado a todas aquellas que después de haber pasado por un primer embarazo, un primer parto, un primer post-parto, una primera lactancia deciden libremente tener un segundo hijo e incluso un tercero. Nadie les reconoce su valentía, dedicación y locura. Quedar embarazada de tu primer hijo es como ir a Disney por primera vez, estás extasiado con todo lo que ves, no puedes creer semejante maravilla, quieres hacer absolutamente todo, es tu mejor experiencia pero al mismo tiempo descubres que las boletas para entrar son carísimas, las filas para cada atracción son mortales y el cansancio que te queda encima no te lo habías imaginado. Quedar embarazada de tu segundo hijo es volver a Disney, sabes que la experiencia va a ser increíble pero también sabes todo lo que te va a costar. Y si ésa osadía no merece un reconocimiento especial no se que más puede tenerlo. Dicen que los segundos hijos se crían solos pero con uno para mi ya es bastante difícil estar arreglada, llegar puntual, seguir felizmente casada, estar enterada de lo que pasa en el mundo o simplemente ir a cine, por eso todo mi reconocimiento a aquellas que deciden ser mamás una y otra vez teniendo plena conciencia de lo duro del trabajo… bueno y también toda mi envidia porque sus billeteras claramente están mucho más acolchadas que la mía.

Por último, les pido que si la próxima vez que nos veamos parezco recién levantada, nada me combina, el pelo me brilla de lo cochino, llego media hora tarde, ando de pelea con mi 10%, no se quién es Nicolás Gaviria y en vez de buscar el segundo bebé ando rifando el primero, abráceme porque estoy en uno de esos días Juemadre, dígame que me veo linda sin maquillaje, que ser puntual es para la clase media, que nadie sabe quién es Nicolás, ni Paloma, ni Frank Underwood y que mejor deje de joder porque la manera como me mira mi bebé y mi 10% es el mejor reconocimiento y la mejor razón para ser feliz.

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Embarazo: 40 semanas (en mi caso 38) en el que, aún no logro entender muy bien como, creamos vida en nuestra barriga. Periodo en el cual experimentamos cambios morfológicos indeseados, transformaciones físicas increíbles, algunos trastornos psicológicos tiernos otros desesperantes, alteraciones hormonales, incontables malestares emocionales, algunos daños patológicos y (sobretodo si eres mamá primeriza) un sin número de despilfarros monetarios comprando cosas inútiles para el bebé que está por nacer.
Quedar embarazada por primera vez es sinónimo de malgastar. No hay producto que veamos exhibido que no consideremos indispensable, práctico y necesario.
Esperando a mi primer hijo compré muchas cosas inútiles convencida de que me harían la vida más fácil. Hoy, lo único que se me ocurre hacer con ellas es una venta de garaje donde pueda embaucar a otras mamás primerizas, inocentes y entusiasmadas como yo. Si alguna está interesada, estos son algunos de mis artículos en venta:

Zapatos antes del año.

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Hay algo más divino que un par de zapatos diminutos imitando los modelos de adulto? Hoy en día hay mocacines, tenis, botas incluso sandalias que como prototipos hechos a escala son perfectos pero como accesorios útiles, indispensables y prácticos son un verdadero fracaso. No hay un modelo, por bonito que sea, que permanezca adherido al pie por más de 20 minutos, los que se quedan más de 20 son realmente difíciles de poner y corremos el riesgo de cortar el flujo sanguíneo del pie de nuestros pequeños. El zapato, si bien es un accesorio, su principal función es la de proteger al pie mientras se realizan actividades. Así que pongámonos serias: dormir, babear, llorar, dormir, estar alzado, comer, eructar, dormir, hacer poco, dormir, vomitar y dormir no son actividades que requieran el uso de un zapato, es más, son actividades que se disfrutan más en la comodidad y suavidad de unas medias. Que vivan las medias hasta que los bebés se aburran de gatear y que vivan los zapatos antes del año… pero colgados en el retrovisor del carro.

Protectores para bordes de mesa.

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Mi peor pesadilla era ver incrustada la esquina de la mesa del comedor en un ojo de Lolo o en sus cercanías, así que la mañana de un domingo me dediqué a volver mi casa un lugar seguro y habitable para un bebé. La promesa de venta de estas piezas de plástico, hay unas incluso acolchadas, es absorber el impacto previniendo lesiones graves por golpes o caídas. Traducción: las tenía que tener. Las busqué por internet, las pedí, las esperé impacientemente y más me demoré en pegarlas en su lugar que en ver a Lolo caminando tranquilamente con dos en la mano y otra en la boca. Mi hijo ha sobrevivido, como dirían los expertos en seguridad en un “ambiente hostil” lleno de bordes de mesas de vidrio. Proteger la casa con este tipo de artículos es a mi modo de ver uno de los mejores placebos de la historia. Yo, y de seguro muchas de ustedes, sobreviví en una casa donde los vasos eran de metal o tarros de mermelada reciclados, sin tapas para las tomas de corriente, con piezas de estralandía regadas por el suelo, con tres hermanos hombres rodando por las escaleras, yendo a la tienda por una botella de Coca-Cola en envase de vidrio para el almuerzo y, acá muchas enloquecerán, tomándomela!

Brasier para lactancia.

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No dudo que sean cómodos y hasta prácticos, pero existe algo más feo? Tras de que uno sale de la clínica sintiéndose realmente mal, no sólo por lo barrigona y fofa sino porque realmente en el parto recibes una paliza, no hay derecho tener que sumarle feura y falta de glamour al asunto. La primera vez que me lo puse me sentí usando el famoso brasier de conos de Madonna pero despojado de todo sex appeal o para ser más exactos, era una mala imitación del autoretrato de Frida Kahlo “columna rota”.

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La primera semana que Lorenzo se me pegaba a comer lloré mis ojos, hoy con esa prueba superada, estoy por creer que mis lágrimas no eran producto del dolor sino de la vergüenza de ver a mis pobres téticas metidas en semejante oprobio. Creo que solo lo usé una vez a riesgo de que mi 10% no me volviera a tocar un pelo. Y seamos sinceras cualquier top, y de esos si hay muchos y muy bonitos, sirve. Eso si, infaltables los protectores para no andar por ahí jugando a las camisetas mojadas.

Plato con chupa.

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Es verdad que el juego más divertido de los niños es tirar al suelo cualquier objeto que vean pagando sobre la mesa, por eso, este artículo nos parece el mejor invento después del bombillo eléctrico. Pero no lo es. Primero, fíjese que la superficie de su mesa sea lisa, preferiblemente de vidrio, de lo contrario nunca pegara y será un plato cualquiera. Segundo, si pega, el juego será despegarlo aplicando toda la fuerza del mundo dejando un lindo decorado de sopa de espinacas en el techo y en todos los comensales. Tercero, en el mejor de los casos, el niño meterá sus dos manos completas en la comida al menor descuido suyo y el plato estará tan bien pegado que estará fuera de su poder ponerlo a una distancia segura del bebé a tiempo.

En mi caso también fue un error comprar cucharas y tenedores de plástico especiales para bebé. A Lorenzo le gustan los cubiertos de plata y las cucharitas de postre son sus favoritas. Hasta el momento, afortunadamente, no hemos tenido problemas con los ojos y los tenedores pero no me responsabilizo así que compre su kit de cubiertos.

Tetero que simula el pezón.

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De sólo pronunciarlo me da risa y acordarme de su valor me dan ganas de llorar. Es un tetero que, en teoría, hace que el bebé haga el mismo ejercicio de succión que cuando le damos pecho a fin de no malacostumbrarlo. Habrá a quien le funcione y no hay enfermera que no lo recomiende pero yo y sobretodo Lolo, lo odiamos. Empezando porque no hay manera de que el tamañote de ese chupo se parezca al tamañito de mi pezón. Y su lento fluir de leche colmaba la paciencia de Lolo, y no es extraño, es muy diferente jugar con una teta natural que con una de plástico…bueno, habrá algunos que pueden contradecirme.

Ojo, no todas las cosas inútiles para mi, lo han sido para otras mamás. Hay inventos maravillosos que Lorenzo rechazó desde el comienzo y ahí se exonera mi culpa como derrochadora porque no había manera de preverlo. Por ejemplo a Lolo nunca le gustó el coche, alcancé a tener tres y actualmente solo me verán usarlo si nos agarra una siesta en la calle, ya muchas conocen mi experiencia con el primero que compré. El chupo sólo lo usó un día, después lo aborreció y en lugar de calmar un llanto con él, podíamos provocarlo. Los tres meses inmediatamente anteriores a que Lolo empezara a caminar, desesperaba y jorobada hubiera sido capaz de vender mi alma al diablo por un caminador porque él sólo quería caminar pero, como aún no era capaz, lo hacía agarrado de mi dedo índice. Un alma caritativa me lo regaló y no tengo cara para decirle que ese caminador de unos ceros considerables a la derecha no tuvo a Lolo sentado ahí 2 minutos completos.
Podría seguir enumerando otro par de cosas que están empolvándose en el deposito de mi casa, pero como nadie aprende en cuero ajeno, mi premio de consolación es que ustedes vayan y cometan sus propios errores con su propio dinero.




Una vez al año, solo una, el mundo entero nos hace sentir como una mamá maravilla. Poco importa si tus familiares realmente te consideran una gran mamá, al parecer por el simple hecho de haber concebido un hijo (no estoy diciendo que sea fácil, pero comparado con el resto, puede ser lo menos importante) ese día todos quieren rendirnos pleitesía. Ese día a todas nos dicen que somos las mejores mamás del mundo y nosotros les creemos. Los vendedores de flores y chocolates hacen su agosto. Y siempre hay alguien, que a falta de imaginación, sale con la frase “El día de la madre debería ser todos los días del año”.

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Que barbaridad! Si todos los días fueran de la madre entonces ¿cuál día podría ir la madre a cambiar los regalos que no le gustaron, digo, quedaron?.
Si todos los días fueran de la madre las ciudades colapsarían por culpa de la movilidad y entonces el alcalde, atascado en una autopista con su madre, tendría que llamar a su gabinete para institucionalizar el día de la madre sin carro.
Y por si fuera poco, si todos los días fueran de la madre, la loza sucia de los desayunos que nos llevarían a la cama todas las mañanas, quedaría a cargo de nuestros hijos y esposos, y todas sabemos lo que eso significa.
Por más que lo pienso esa frasecita tan repetida, además de ser el peor cliché, después de “feliz día de la madre para usted que no es mamá pero si mamasita”, es una aberración.

Lo cierto es que por cada día de la madre hay otros tantos días muy “hijuemadres”. Y en vez de proponer un año entero celebrando el primero, deberíamos proponer otra fecha para celebrar también el haber sobrevivido a los otros. Otro día del año para recordar que ser mamá es haber estado fuera de casillas. Un día Juemadre en contraposición al día de la madre en el que le hiciéramos un homenaje a esos días en los que estamos a punto de perder la paciencia y lo único que queremos es olvidar, por un instante, que somos mamás. Porque si bien la maternidad es lo mejor que nos ha pasado, por momentos pasa de ser un comercial de Johnson y Johnson a ser una película de terror japonesa.

Porque sí, hay días difíciles, muy difíciles, días Juemadre. Días en los que mientras tratamos inútilmente de impedir que nuestras lágrimas salgan “sueltas como gavete” (perdón, el reggeaton me ha hecho mucho daño) o mientras tratamos de calmarnos infructuosamente contando hasta diez, nuestros chiquitos insisten en empujarnos al límite de nuestra cordura como si quisieran descubrir de que tanto somos capaces.

Días tan Juemadre que una simple sentada a comer, con dos intentos fallidos de coronar una cucharita de sopa en la boca de ellos, nos puede quitar el apetito al mejor estilo de una novela mexicana.

Días Juemadre que justo cuando nuestro hijo está teniendo su peor comportamiento, tenemos que soportar al lado al niño perfecto y por supuesto, a los ojos inquisidores de su mamá haciéndonos sentir como una madrastra de Disney que todo lo ha venido haciendo mal.

Días Juemadre que necesitamos hacer una pataleta peor que la que le estamos tratando de calmar a nuestro hijo o al menos tener un segundo para sentarnos en una esquina a llorar.

Días Juemadre en los que entendemos a nuestras mamás, pero quisiéramos hacerles el reclamo por no habernos advertido que muy escondida dentro de tanta alegría, por momentos, aparece una angustia agotadora.

Lo bueno es que no son todos los días, ni son la mayoría, ni mucho menos las 24 horas. A veces son tan solo 5 minutos de desespero que terminan en un ataque de besos porque nos convencieron con la gracia aprendida del día.
Lo malo, estos días que nos parecen tan difíciles no son nada comparado con lo que se nos viene encima.

Hay una frase que mi mamá me ha dicho dos veces en la vida: “ahora es que vas a empezar a sufrir”. La primera vez me la dijo cuando tuve mi primer novio, valga la pena aclarar que tuve que rogarle a mi papá muchos meses para que me dejara tener uno, así que cuando la oí, me pareció exagerada, mal intencionada y fuera de lugar. Seis meses después, ella me abrazaba mientras yo, atragantada con mis lágrimas, trataba de exorcizar mi primera tusa y empezaba a entender lo que ella me había querido advertir.
La segunda vez fue cuando le conté que estaba embarazada y esta vez si quedé loca. Si dos rayitas azules nos habían puesto tan felices a las dos, cuál era el lío?
El lío es que aunque es totalmente cierto ese otro cliché que dice que uno no sabe lo que es la felicidad infinita hasta que tiene un hijo (lo siento por las que no son mamás que están cansadas de este argumento y no lo creen, pero es verdad) también es cierto que una vez se es mamá se conoce por primera vez lo que es un dolor del alma. Y lo que años atrás hubiéramos considerado como una tragedia, pasa a ser un chiste comparado con lo que ahora tememos que nos pase y sobretodo que le pase a nuestros hijos.
Y es aquí cuando los días Juemadre se vuelven realmente difíciles.
Tener hijos es saber que tus hijos te romperán el corazón y no precisamente por un llanto inconsolable o por un rayón en el sofá nuevo. Nos lo romperán de verdad y muchas veces, y de alguna manera seguiremos ahí pendientes de cada paso como siguen nuestros papás a pesar de nuestras estocadas contra ellos. Una vez se es madre aprendemos a plancharnos el corazón arrugado cada tanto. Sonreímos y nos hacemos las güevonas esta vez para nosotras, porque sabemos que lo Juemadre es recuperarnos de los golpes que le van a dar en el corazón a ellos, que valga la pena decirlo, la mitad es nuestro.

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