Este será el quinto año que celebro el día de la madre, en realidad el sexto si cuento el de mayo de 2013 con una panza a un mes de estallar.

He pasado por todos los requerimientos de regalo para que mis seres amados se congracien conmigo en este día. Para los primeros años mi regalo soñado era un día libre. Libre de todos los deberes, de todas las cosas y rutinas que precisamente me hacían merecedora de una felicitación, pero de las que yo quería huir por unas horas. No es para menos, los primeros años son los más agotadores y no había ramo de flores, caja de chocolates o par de botas nuevas que superaran mi humilde deseo de desaparecer para todos y poder dormir en paz, comer caliente y andar sin afanes.

Otros años, con el cansancio inicial superado y ávida de regalos, empezaba desde febrero una campaña más cochina que candidato presidencial y cualquier cosa que veía y me gustaba era enviada al whatsapp de mi esposo con la nota “mira esto tan lindo, ya casi es mayo, he sido una buena madre, ojo pues, después sigue el día del padre, te amo”.

Este año, para mi sorpresa he sido cauta, no he hecho lista, solo he mandado un mensaje a whastapp y ya ni siquiera pido un día libre, porque los parches con un Lolo que baila, habla, canta y pregunta todo, son mil veces más divertidos que acostarme a descansar.

Supongo que he tardado 5 años en reconocer y darme cuenta que si bien amo los regalos (no vaya ser que mi esposo se lo tome literal y me quite la dicha de destapar algo este año) por primera vez entiendo la importancia y el “por qué” celebrar el día de la madre.

Ser mamá ha sido una experiencia de humildad, fortaleza y descubrimiento y para mi.

De humildad porque solo la maternidad ha sido capaz de ponerme de frente a mis errores, me ha obligado a mirarlos a los ojos y hacer algo con ellos diferente a negarlos.

De fortaleza porque solo la maternidad me ha enfrentado a mis peores miedos sin darme si quiera el chance de esquivarlos o ignorarnos.

De descubrimiento porque solo a través de ella fui capaz de reconocer un lado oscuro tan propio de mi esencia como mis más iluminadas sonrisas.

Han sido 5 años en los que he llorado de rabia, impotencia y dolor, y esas lágrimas me han hecho crecer. Pero también he llorado de alegría y agradecimiento, y esas lágrimas me han devuelto un poco de la humanidad que no sabía que había perdido. 

De la maternidad hoy, 5 años después de haber empezado a andar su camino, sin hormonas alborotadas y durmiendo las noches (al menos la gran mayoría) de corrido, puedo decir a riesgo de sonar cursi y monotemática, que es el mejor regalo que me he dado, y literalmente empacado, en la vida.

Nada me había cuestionado tanto en la vida, nada me había retado tanto pero nada jamás me había regalado tanta felicidad.

Ser mamá es y será siempre mi mejor regalo. Porque con todo el cansancio y el dolor en el alma que a veces conlleva, es mi milagro, mi sueño cumplido, el camino que escogí y quiero seguir recorriendo. Es el mejor regalo porque solo la maternidad me ha dado la posibilidad de conocerme a fondo, me ha obligado a reinventarme, a corregirme una y otra vez y ha sembrado en mi el deseo de convertirme en un ser humano más consciente y poderoso del que era antes de tener a un hombrecito en casa que me llamara mamá. 

La importancia del día de la madre para mi, 5 años después de serlo, radica en celebrar que solo una madre sabe a ciencia cierta de qué esta hecha. Si bien la valía de una mujer no radica en ser madre, las que lo somos conocemos a fondo ese valor porque muchas veces lo hemos cuestionado.

5 años después de ser madre, reconozco que el mejor regalo para una mamá es precisamente poder haberlo sido.  

Feliz día a todas ustedes mamás que me leen, que se han vuelto mis cómplices, mis psiquiatras y muchas veces mis consejeras, el mejor regalo ya se lo dieron ustedes mismas y nació de su barriga, pero celebren como nunca este fin de semana porque gracias a nosotras las familias se construyen, gracias a nosotras hay niños felices en el mundo. Y las cosas lindas que le regalan color al mundo como la familia, el amor y los hijos siempre será algo que vale la pena celebrar. Así que celebremos porque al final de la jornada solo nosotras sabemos cuánto lo merecemos.

 

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Madre primeriza, vengo del futuro, tengo un mensaje para usted, tranquila, no todo va a estar bien.

 

¿Se siente usted agobiada porque su hijo todo se lo comunica llorando?

Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Su hijo aprenderá a hablar, dirá palabras con una pronunciación que la hará morir de amor, construirá frases que usted querrá anotar en una agenda que se llame “los mejores apuntes de mi hijo”. Pero prepárese, habrá momentos del día que lo único que añorará es un minuto de silencio. Un segundo sin ese tono agudo que rebota en sus tímpanos y que se repite como un loop eterno con las palabras “mamá” “¿por qué?” “mamaaaaaa”.

¿Se siente usted desesperada porque para salir a la calle debe cargar un equipaje de mano que cualquier aerolínea le obligaría aforar por exceso de peso?

Un equipaje lleno de artículos esenciales como pañales, pañitos, cambiador, mudas de repuesto, crema antipañalitis, tetero limpio, tetero limpio dos por si acaso, juguete para entretener 1, juguete para entretener 2? Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Usted desempolvará la carterita de mano porque ellos dejan el pañal. Pero prepárese para en el proceso trapear mas pisos que Cenicienta, cambiar más ropa que presentador de los Oscar, pararse en la mejor parte de la película y atravesar medio cine ante los respiros de queja del resto de espectadores para llevarlo al baño y, peor que todo lo dicho anteriormente junto, conocer baños de mala muerte porque su hijo necesita ahí y solo ahí hacer el temido número dos.

¿Se siente usted jorobada porque su hijo para caminar y no darse contra el mundo necesita agarrarse de su dedo índice todo el tiempo para recorrer una y otra vez el mismo restaurante?

Tranquila, vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Usted recuperará su columna vertebral porque los niños aprenden a caminar. Pero prepárese porque lo difícil va a ser que su hijo le de la mano al cruzar la calle, que camine junto a usted en un centro comercial y que no salga a correr en el supermercado creyendo que esconderse de usted lo mas lejos que pueda es divertido.

¿Se siente usted cochina porque el tiempo para bañarse se lo dictan las cada vez menos siestas que su hijo puede hacer en su cuna y no encima suyo?

Tranquila, vengo del fututo, tengo un hijo de casi 5 años. Usted volverá a tener tiempo para usted. Tendrá horas para reencontrarse con usted. Pero prepárese por más tiempo a solas que tenga sepa de una vez que después de ser madre el tiempo no le vuelve a alcanzar a uno para nada.

¿Se siente usted cansada?

Duerme menos de 6 horas de corrido. Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. El cansancio físico pierde poder, usted volverá a dormir 8 y hasta 10 horas en la noche. Pero prepárese viene el cansancio emocional y mental de controlar una pataleta, de explicar un “No”, de manejar los situaciones difíciles en el colegio, de conversar sobre los amigos. El cansancio de criar que no se recupera con unas horas de sueño.

¿Se siente usted perdidamente enamorada de su bebé?

Tranquila, vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años y si usted cree que está enamorada de ese pequeño bulto, no sabe lo que le espera. El amor que sentía por mi bebé es una minucia insignificante comparada con lo que siento hoy por mi hijo. Si de algo estoy segura es que el amor no para de crecer. Entre más lo conozco, entre más puedo ver su personalidad, entre más lo oigo hablar, entre más lo veo relacionarse con el mundo, entre más recibo sus besos dados por convicción, entre más escucho sus conclusiones, me doy cuenta que si bien los retos de la maternidad cada día son más grandes mi amor por él crece y se multiplica a la misma velocidad.

Tranquila, no todo va a estar bien pero se pone cada vez mejor.

 

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Amo la navidad. Amo su banda sonora de villancicos y las maracas a cargo de la persona menos rítmica de la familia, o sea: yo. Amo su exceso de calorías y la necesidad de que alguien se coma ese último pedazo de natilla, o sea: yo. Amo sus luces, incluso las exageradas que podrían catalogarse como contaminación visual, o sea: las de mi vecina. Amo su poder para reunir familias y reencontrar amigos y amo los regalos… ¿cómo no podría amar los regalos?

Sí, amo los regalos. Pero no el consumismo y el despilfarro exagerado del que casi todos nos contagiamos en esta fecha con tal de ver sonreír a los que amamos. Y sobre todo para ver felices a nuestros niños. Nos repetimos sin cesar “la navidad es para ellos”,  para tener la licencia para comprarles todo lo que han pedido, todo lo que necesitan, todo lo que no han pedido y todo lo que no necesitan.




He pasado navidades con regalos que no caben en la sala. He visto a niños destapar regalos tras regalos y llorar al final porque además del lego de star wars, además de la scooter, además de la pista de carros, además de la bicicleta falta otro regalo pedido que no ha llegado.

Para los papas la escena es incomprensible. ¿cómo después de tantos regalos increíbles aparecen estas lagrimas incontenibles?

Para un par de adultos coherentes la respuesta es simple:

Atosigamos a nuestros hijos con tantos regalos que el afán por destaparlos todos hace imposible observar y disfrutar el primero. Pero peor aún, atosigamos a nuestros hijos con tantos regalos que se vuelve imposible enseñarles a estar agradecidos.

Esta es la segunda navidad para Lolo. No cuento la primera en la que tenía solo 6 meses y para la que así me tilden de madre desnaturalizada no le compre ningún regalo y durmió toda la noche. Tampoco cuento la segunda en la que después de bailar tres villancicos, Lorenzo competía con mi abuela en ronquidos antes de las 10. En cambio, ésta será la que gozará de una manera más consciente y voy a rescatar algo que hicimos el año pasado y que nos funcionó de maravilla.

La llamaré: la teoría de los 4 regalos y les aseguro que es una buena manera para que esta navidad hagamos felices a nuestros hijos sin volverlos caprichosos e insaciables.

La tarea es simple: Compra sólo cuatro regalos:

  1. El regalo que sueñe. Debe ser un juguete que tu hijo de verdad anhele. Puede que en la carta escriba 10 juguetes soñados pero como la idea es enseñarles austeridad, valdría la pena decirle que Papá Noél o el Niño Dios o quien sea que entregue los regalos, solo traerá uno, así que es mejor que sea especifico con el que más quiera. Créanme uno es suficiente. Destaparlo, armarlo, ponerle pilas, entenderlo, usarlo etc, puede tomarles el resto de la noche y la mañana a ellos y a nosotros. Disfrutemos con ellos ese momento y evitémonos ver juguetes tirados y desechados por toda la sala antes de haberles sacado todo el provecho.
  1. El regalo que necesite. Ahí las mamás somos expertas y como ya le compramos un juguete soñado, ahora podemos empacarle la sudadera que le hace falta, el reemplazo de la pijama que acabó este año, la maleta para el colegio, etc. Un objeto que no desvela al niño pero que le será útil. Tampoco está mal que aprendan a emocionarse con este tipo de regalos. Yo a Lolo le hago tanto show cuando destapa regalos que son ropa que los “wauuuu” ya le salen naturales. Al parecer se me fue la mano porque el pobre salta sin parar al destapar un par de medias, y bueno, así tiene a mis tías comiendo de su mano.
  1. El regalo que enseñe. En mi caso Lorenzo muere por los cuentos y aunque tenemos la biblioteca llena, cada noche antes de dormir siempre tenemos la sensación de querer leer un libro nuevo. Pero dependiendo de la edad, pueden ser libros para colorear, flash cards de números o animales, juegos de mesa. Lo bonito de este tipo de regalos es que además de ser funcionales llevan implícito el uso en nuestra compañía. Leer un cuento juntos, armar un castillo de madera juntos, jugar mímica un viernes en la noche. Objetos que enseñan pero que fortalecen lazos familiares y promueven espacios para que compartamos con ellos tiempo de verdad.
  1. El regalo que no es para ti. Este año llevamos a Lolo a darle regalos a niños que no tienen sus mismas comodidades. Comprar algo para donar, llevarlo, compartir con otras personas. Creo que fue la manera perfecta de terminar el ciclo y reforzar valores como la generosidad y el agradecimiento que a veces no sabemos cómo enseñar.

Hagamos la prueba… no criemos niños insaciables que se volverán adultos insatisfechos. Enseñémosles a estar agradecidos por lo que tienen. Que aprendan el valor de cada regalo y el esfuerzo que hacemos por dárselo. Es muy difícil hacerles entender que cada regalo nos cuesta si ven lo fácil que es recibir 10 de un solo tacazo. Es imposible que observen, descubran y disfruten el primero si hay 10 más esperando por ser destapados.

El año pasado en realidad sólo le compramos un regalo. Uno solo. Uno que sabíamos que iba a disfrutar. Uno por el que se babeaba en la vitrina de juguetes. Uno que no tenía. Sólo uno. Los abuelos se encargaron de la ropa. Y una tía de los libros que igual lo enloquecieron. Y listo!

Amo la navidad.  Amo haber creído en Papa Noel y amo tener un hijo con quien volverme Papá Noel. Pero no amo ese despilfarro que hace que el 24 termine con niños inconformes, desagradecidos y groseros, y de paso, con papas malgeniados, desilusionados y arruinados.

Para este año a la teoría de los 4 regalos le sumaré un quinto punto: Destapar los regalos a las 12 en punto. ¿Por qué nos da pesar ver a los niños desesperados por sus regalos? A mis papás no les daba pesar hacerme esperar, tampoco morían de tristeza de verme cabecear haciéndole centinela al árbol, y mucho menos desesperaban al inventarme y hacerme inventar juegos para que el reloj andará un poquito más rápido.

Pero ahora a todos nos da pesar hacer esperar a los niños ¡pobres niños! ¿Por qué subvaloramos a los niños de ahora? Los he visto despiertos a las doce y hasta más tarde otros días normales. ¿Por qué no aprovechamos la navidad para enseñarles un poco de paciencia, de esfuerzo y perseverancia? 

Si el palo no está para cucharas compren sólo un regalo y ahí sí, mi recomendación es que sea un juguete. Feliz navidad, sigan tomándose fotos con todos los Papa Noeles de la calle que asustan al niño y nos emocionan a nosotras y creen toda la magia alrededor de esta fecha para sus hijos que sólo creerán en ella unos pocos años.

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A la entrada del jardín de Lolo oigo a una mamá argentina aterrada de los procesos de admisión a los colegios en nuestro país. Asiento en silencio con el mismo desazón de ella (y con algo de pena como si la culpa fuera mía) a cada una de sus frases (todas ciertas) sobre la prepotencia de muchos, sobre la exageración de papeleo, sobre las entrevistas poco amorosas, sobre la burocracia estilo embajada, mientras recuerdo que una hora antes, de uno de esos colegios a los que soñaba entrar, me han llamado a negarle el cupo a mi hijo.

Mientras ella sigue hablando, recuerdo que llevo una hora tratando de asimilar la tusa, porque así se siente una negativa de este estilo, y otros pocos minutos tratando de no tomar éste rechazo a título personal. ¿En qué momento este país que sigue perteneciendo al tercer mundo se volvió tan snob?




La mamá argentina ha terminado su queja y sale mi hijo sonriente a abrazarme… me es imposible entender, mientras lo lleno de besos, como a un niño tan lleno de amor, de ternura, de inteligencia le han negado un cupo. Comienzo a pensar si en el famoso play day en el que los analizan, se demoró más que otros terminando un rompecabezas, si salto dos veces y no tres, si no coloreó el sol amarillo sino naranja o si se salió un poco de la raya…

Camino a casa, me canta el himno nacional emocionado, justo en uno de los días, de tantos que nos da éste país, en el que no me siento orgullosa de él. En la tarde mientras jugamos en el parque me enseña, porque es él el que me enseña a mí, los colores en inglés y en español, me recita por décimo quinta vez el orden de los planetas y me muestra feliz el dibujo que ha hecho de su papá. Me cuenta que el rinoceronte, su animal favorito de la semana, respira en el agua pero también fuera de ella.

Hacia las seis de la tarde me grita desde el otro lado de la piscina “te amo” mientras orgulloso me muestra que ya sabe sumergirse sin “tragarse ningún pescado”. En la noche leemos un cuento, me interrumpe para decir las líneas que ya sabe de memoria y para inventar unas nuevas. Cae dormido, camino a mi cuarto veo el tablero en el que horas antes ha escrito “Lolo, mamá y papá” y reconozco, gracias al proceso de resignación en el que va mi tusa, que el famoso colegio del no, es el que se lo pierde.

¿En qué momento me volví tan snob? ¿Cómo pude considerar que un colegio que en su entrevista me dejo claro el análisis a mi alcurnia podría ser el lugar perfecto para los próximos 12 años de vida de mi hijo? ¿Cómo pude ser tan snob de pensar que sólo un colegio de estos de tradición, bono y carta de presentación podía darle a mi hijo lo mejor? ¿Es que acaso no había visto suficientes noticias ésta semana?

Mi tusa llega a la etapa de la culpa y a modo de flash back trato de recrear cada una de las respuestas que dimos mi esposo y yo en la entrevista para darme látigo, porque a esta altura, después de una tarde entera dedicada a mi hijo, comienzo a creer que fuimos nosotros los del error. ¿Qué no les habrá gustado? ¿Cuáles eran las respuestas correctas? ¿Qué lunarcito maligno nos encontraron como familia?

Al día siguiente me levanto con las palabras en mi cabeza de la psicóloga que muy diligentemente llamó a darme las malas nuevas: “no te tengo buenas noticias y la única razón es que este año tuvimos muchos hermanitos y muchos ex alumnos y ellos ocuparon los cupos disponibles”. Me reprocho el haberme mordido la lengua para decirle “y entonces, ¿por qué no venden primero los formularios a esas familias, y si les queda algún cupo si se atreven a ofrecer el formulario (que no es regalado) al resto de viles mortales?”.

Algo anda mal con nuestra educación y uno de sus muchos problemas, comienza en las admisiones.

Entiendo que deban estar seguros que aceptándonos no van a quebrar a punta de pensiones morosas, pero si el tema del cupo es exclusivamente bancario, ahorrémonos entrevistas y play days, y agendemos una reunión con mi contador y mi médico de cabecera.

Mi contador a punta de números, declaraciones de renta, extractos bancarios y verificaciones en data crédito podrá explicarles mejor como nuestros bolsillos podrían soportar el peso de matrículas, pensiones, uniformes, transporte, alimentación y extra curriculares. Por otro lado, mi médico podría hablarles del perfecto estado de mis riñones en caso de que por alguna razón necesiten uno como soporte de pago.

Me queda claro que quieran darle el cupo a “gente de bien” y no a hampones mal habidos, pero un apellido cachesudo o una profesión (a no ser que sea sicario o narcotraficante) poco puede ilustrarlos en el tema. ¿O ustedes tampoco han visto suficientes noticias estos días? Recordemos que en este país hay un par de ministros bien asalariados que no me atrevería a describir como “gente de bien”. Así que si el tema es de apellidos, haberlo dicho antes y recomendarles al futuro presidente del norte para que les explique la manera más rápida y eficiente de construir un muro que evite el paso de personas indeseables a sus instalaciones.

Para comenzar podrían poner una lista en su página web que diga que los Díaz, los García, los Vargas, los Medina, los Mejía, los Castellanos y apellidos semejantes, son demasiado chibchas para sus aulas. De paso, podrían dejar de visitar jardines para dejarles sus brochures y guardarlos para repartirlos en una kermess de algún club de esos que sólo recibe a “gente de bien”.

Si quieren insistir en las entrevistas para conocernos como familia y descubrir si somos un hogar bonito, honesto y merecedor de un cupo, debo decirles que sus psicólogas están haciendo las preguntas equivocadas. El colegio en el que estudió mi papá, el porcentaje de acciones de mi esposo en la empresa, los países que hemos visitado en el último año y el estrato del barrio en el que vivimos poco puede darles una idea de eso, aunque por supuesto les deja claro que tan pudientes somos… y en ese caso, repito, media hora con mi contador puede ser más que suficiente.

Con la resignación de quien no puede hacer nada para cambiar el sistema seguí llenando formularios, pidiendo cartas de presentación a amigos y a extraños pero que sean de la comunidad, imprimiendo fotos, extractos bancarios, yendo a todas las charlas informativas y entrevistas y capando horas de trabajo que me permitieran producir para convencerlos de que tengo una familia hermosa y autosostenible.

Muchos dirán que es mi tusa hablando, pero para el momento que escribo este post ya estoy del otro lado. Mi despecho escolar se ha comportado como mi despecho adolescente y me ha permitido expandirme y conocer nuevos horizontes. He descubierto colegios amorosos, preocupados por la familia, por los valores, por el ser humano, por la felicidad de los niños garantizando además una educación académica de alto nivel. Y ese ha sido el clavo que le ha puesto punto final a mi despecho.




A la larga lo más triste de todo este asunto escolar, ha sido descubrir como un tema tan importante como la educación delata las características más superfluas del snobismo de nuestro país. Colegios snobistas y padres snobistas, como yo, que por querer lo mejor para nuestros hijos tratamos de encajar a la fuerza en una burbuja tóxica.  

Si la educación de alta calidad en nuestro país es proporcional al status, tradición y valor de los colegios, seguiremos negándole la oportunidad a muchos niños con todas las capacidades de recibir una educación adecuada. Y eso lo único que demuestra es que además de snobs somos pendejos.

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Los hijos valen plata, mucha plata. Un dicho popular asegura que los niños vienen con el pan debajo del brazo. Si tomara esta frase literal, el dichoso pan no serviría para nada porque no hay producto que dure menos en mi casa que éste. O, tendría que confesar que el día del parto mi atención se dividía entre el pequeño ser que me cambiaría la vida para siempre, y el exquisito pan (ojalá trenza con queso) que traía consigo.




Hubiera sido difícil no sucumbir al pan calientico recién salido del horno antes de lactar por primera vez.  Por fortuna el pan no se presenta en términos tan literales. Pero sin lugar a dudas, lo que sería absolutamente genial sería que con cada niño viniera también un cheque en blanco firmado al portador. Los hijos valen plata pero también valen la pena, así que nos las arreglamos sin el bendito cheque para sobrevivir.

Le cortamos los piecitos a las pijamas para que les sirvan un par de meses más, recibimos herencias de los primos y amigos cercanos, lloramos de dicha cuando la tienda infantil anuncia promociones épicas, nos arremolinamos frente a la góndola que tiene la ropa con el 70% de descuento así nunca encontremos la talla que buscamos, guardamos en una servilleta la mitad de la hamburguesa para dársela recalentada a la comida.

Hacemos muchas cosas para ahorrar unos pesitos con tal de algún día poder comprar el plan de educación pre-pagada para nuestros hijos. Y aún así, a final de mes nos preguntamos ¿A dónde se fue nuestra plata? En pendejadas…Los únicos culpables no son los carteles de los pañales o cuadernos…




  1. En cepillos de dientes. Dicen los odontólogos que hay que cambiarlos cada tres meses, pero de seguro esos odontólogos, jamás han visto la velocidad con que un niño acaba uno en cinco días. En su afán por devorar la crema, los niños muerden y succionan el cepillo dejando sus cerdas como pelo de troll noventero. Un cepillo cuesta $7.000, digamos que somos lichigas y nos las arreglamos un mes entero con la porquería en que lo convierte nuestro hijo. Al año son $84.000
  1. En chucherías. Un niño promedio, de padres relajados que lo dejan comer una que otra delicia con cero nutrientes, destapa 1 o 2 paquetes de galguerías más de dos días a la semana. Paquetes que casi siempre quedan con la mitad del producto sin consumir y usualmente desperdigado por nuestra cartera. Un paquete de papas por poner un ejemplo vale $1.000, redondeemos en que destapamos uno diario, son $7.000 a la semana, $28.000 al mes, $336.000 al año.

 

  1. En bolitas y dulcecitos. Es muy difícil ahorrar si uno llega a casa sin monedas para el marrano. Los niños son especialistas en vaciar monederos con tal de ver salir por un tubo transparente unos dulces casi siempre desabridos que de hecho casi nunca terminan en su boca. Y como diría un amigo economista de 100 en 100 se descompleta el sueldo. Ahora súmele que estas dispensadoras de dulces sólo reciben de 200 o de 500. Yo le apuesto que al mes pierdo en monedas $25.000 teniendo en cuenta que varias veces se me tragan la moneda y tengo que usar otra moneda más. Al año estamos hablando de $300.000

 

  1. En jabón líquido y shampoo. Mi hijo, como la gran mayoría, detesta que se los aplique pero ama jugar con ellos y hacer burbujas y espuma por toda la ducha. Al parecer asume que ese es su verdadero y valioso uso mientras la plata se va literalmente por el drenaje. Un shampoo y un jabón líquido, depende de la marca y de un tamaño moderado, cuesta mas o menos $10.000 cada uno. Duran en promedio 2 meses, en un año podemos gastarnos $120.000.

 

  1. En maquinitas de juegos. La superintendencia debería verificar que no exista un cartel de las maquinitas también. La adicción que generan hacen que uno termine dejando medio sueldo entre luces, sonidos y tickets al mejor estilo de Las Vegas, y no hay manera de hacer rendir 50.000 pesos por más de 20 minutos. Eso sin contar que dudo de mi nivel de matemáticas con cada resta que dichas máquinas le hacen a mi tarjeta recién recargada, por algún tipo de brutalidad mía o malicia indígena de los dueños siempre creo que me queda más crédito del que en realidad tengo. Cuando sea grande, pensaré seriamente en la posibilidad de montar un negocio de estos, de seguro las ganancias semanales serían un lindo simbolismo de que los niños vienen con el pan debajo del brazo. Digamos que uno carga la tarjeta con 30.000, digamos que uno va dos veces al mes, digamos que uno se antoja de otros 10.000, de otros y de otros, se gasta $60.000 (y créame que la ha sacado barata). Al mes serían $120.000 y al año $1´440.000.




Mal contado, esto suma $2´280.000 que bien podrían cubrir dos meses de jardín, más el par de botas que nos soñamos, más una mascarilla facial.

Así que mejor ni hablo de la ropa que se les queda como nueva, del juguete de moda que sólo usan los primeros 10 minutos después de destaparlo, de los desmaquillantes que no volvimos a usar por caer dormidas sin lavarnos la cara, de los pañitos que despilfarramos limpiando no sólo colas (sino cachetes, manos, pisos, espejos, camisas, mocos, baños públicos), de la faldita para salir a bailar que jamás nos hemos estrenado, del bloqueador que hemos comprado 5 veces en un año porque siempre olvidamos en que cartera lo guardamos, del manicure que pagamos y se nos daña recién hecho.

Aich me duele el bolsillo. Los hijos valen plata… que va, corrijo, los hijos valen oro y tenerlos es un despilfarro delicioso.

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¿Alguna vez jugaron “Yo nunca he…”? Seguro que sí. Es el juego por excelencia de los adolescentes para averiguar verdades, descrestar amigos y, obvio, emborracharse. Gracias a este juego  supe que una amiga ya no era virgen, que todos han meado alguna vez en la ducha y que un ex novio era una verdadera piltrafa. En esa época después de cada frase de “Yo nunca he…” si uno sí lo había hecho se tomaba un trago. Hoy haré lo mismo con ustedes a la distancia, espero que en mi nombre se tomen al menos 5. Juguemos “Yo nunca he…”:




    • Yo nunca he dejado a mi hijo arrugarse como una uva pasa en la tina, para alcanzar a vestirme y maquillarme. (No quedé espectacular pero al menos decente)
    • Yo nunca le corté un dedo por cortarle una uña. (Me dolió más a mi, lo juro)
    • Yo nunca he olvidado untarle bloqueador en clima frío. (Con verle los cachetes rojos por la noche es suficiente castigo)
    • Yo nunca le he dado gaseosa light. (Les juro, tiene menos azúcar que un té)
    • Yo nunca he dado una vuelta más a la manzana en el carro para que se duerma. (Necesitaba escribir un post)
    • Yo nunca pensé quitarle el pañal apenas cumpliera dos años. (Es que me daba física pereza)
    • Yo nunca lo he llevado a una piñata el día equivocado. (En mi defensa, no me equivoqué en la hora y llegué, como cosa rara, muy puntual)
    • Yo nunca he hecho de comida dos noches seguidas perros calientes, ponga la comida chatarra que más se repite en su casa. (Saber que uno va a la fija no tiene precio)
    • Yo nunca he gritado “Ya no más” (Aunque sepa que no se debe gritar).
    • Yo nunca he limpiado sus cachetes y su nariz con mi índice untado de babas. (Y eso que en la cartera tenía pañuelos, pañitos húmedos y jabón desinfectante)
    • Yo nunca lo he mandado al jardín un día que no había clase. (Y que encartada me pegué)
    • Yo nunca he olvidado revisar cibercolegios a diario. (¿No pueden también mandarme los mensajes por Whatsapp? ¿Al menos los urgentes?)
    • Yo nunca lo he dejado ver televisión más de la hora recomendada por expertos. (¿Ya le habré ocasionado daños irreversibles?)
    • Yo nunca he dicho groserías delante de él. (Una vez, un par. Bueno, muchas veces)
    • Yo nunca me río cuando se las oigo decir a Lolo. (Es que le suenan divino)
    • Yo nunca he olvidado llevar dolex, curitas y elementos básicos de un botiquín para viajar con niños a lugares donde la droguería más cercana queda a dos horas en lancha. (Digamos que soy positiva)
    • Yo nunca tengo que buscar el registro civil de nacimiento de Lolo para poder decir su número. (Pero lo tengo anotado en el celular)
    • Yo nunca he dicho “Dile a tu papá” con tal de zafarme de hacerle el favor. (Sin que el papá me oiga, obviamente)
    • Yo nunca he preparado comida horrorosa que mi hijo igual se ha comido. (Yo la he probado al final y no me explico cómo lo hizo)
    • Yo nunca le he dado dulces antes, durante o después del almuerzo. (Si no es ahora que los quema jugando, entonces cuándo?)
    • Yo nunca he puesto en duda que ser mamá fue la mejor decisión. (Han sido unos segundos en unos días de esos bien malos)
    • Yo nunca me he dormido antes que Lolo y lo he dejado viendo babytv hasta que le de sueño. (Hay días que ni tres bebidas energizantes ayudan)
    • Yo nunca le he prestado mi Ipad, aunque Lolo asegura que es de él, para almorzar sin afanes en un restaurante. (Juegos educativos casi siempre. Bueno, algunas veces)
    • Yo nunca he peleado con mi 10% porque no hace las cosas con Lolo como yo las hago. (Y eso que a su manera a veces es mejor)
    • Yo nunca he criticado a otras mamás. (Y después un comportamiento de Lolo me ha hecho tragar mis palabras)
    • Yo nunca quise tomarme una selfie acostada en la cama con Lolo pero el celular se me resbaló de las manos y cayó directo y con toda la fuerza de gravedad sobre su frente (Lolo lloró, mi 10% llegó corriendo preocupado, yo dije “no sé que le pasó”, la pena no me dejó confesar la selfie… hasta hoy…ojalá no me lea)




Juro solemnemente que a pesar de estos, y otros “yo nunca he” que seguro se me escapan, he criado un niño feliz, saludable y normal. Por cada metida de pata cometida podría apostar que he tenido un par de buenos aciertos. No seré perfecta, no prepararé las mejores sopas ni podré dar charlas de crianza, pero algo tengo que estar haciendo bien. O al menos la sonrisa de Lolo cada vez que me ve, de eso me tiene convencida. A fin de cuentas, yo nunca he sido tan feliz como desde que me convertí en mamá. Salud… Nos va a dar guayabo a todas, verdad?

 




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Pellizcables. Si esta palabra de verdad existiera en el diccionario, su definición sería algo así como: eso que no hacemos pero que podríamos hacer si no estuviera mal hecho. La moral no significa que a veces no nos den ganas de hacer cosas, sino no hacerlas. Al parecer, en este momento alguien recoge firmas para quitarme a Lorenzo porque mis palabras fomentan a la violencia. Es broma, no sobra aclarar. Me acusaron de fomentar la violencia por utilizar una palabra tan atroz como pellizcable contra un niño, como si por el hecho de desearlo, estoy segura que no soy la única que se le ha cruzado por la cabeza, significara que lo hubiera hecho. Que pena con las santísimas vírgenes Maria que jamás han torcido ojo ante un niño inmanejable ajeno. Niños que parece que se le salieron de la mano a las mamás. Cuento con la suerte de ser una niña que nunca fue golpeada por sus padres para castigarla y adoctrinarla. Cuento con la inteligencia y el amor para no hacerlo con mi hijo. Y es ese amor, el que me refuerza cada día más, que hacer que mi hijo respete ciertas normas lo convierte en un ser amoroso, respetuoso y respetable. Negociarlo todo porque el niño así lo quiere sólo lo vuelve egocéntrico, sordo ante las necesidades de otros y prepotente. Por naturaleza ya tenemos que aprender a manejar las pataletas normales de un niño como para sumarle a ellas, una actitud peor debido a un niño que sabe que siempre puede hacer lo que quiere. Tampoco olvidemos que todas tenemos algo llamado sentido común, y algo mejor aún, llamado instinto maternal, lo que nos permite saltarlos ciertas reglas por diversas situaciones particulares (que hoy está enfermo, que el llanto es además por otro problema, que su negativa tiene otras razones , etc) En mi casa hay varias reglas, normas, órdenes, póngale el nombre que quiera… A modo de ejemplo una a continuación:

1pm: En mi casa siempre se sirve el almuerzo a la una en punto. Papá viene hambriento del trabajo, a mamá le suenan las tripas del hambre y Lorenzo jugando con unos bloques dice que no quiere almorzar.

  • Ana: Lolo está servido el almuerzo, vamos
  • Lolo: No
  • Ana: ¿No tienes hambre?
  • Lolo: No
  • Ana: Ok, mamá si tiene mucha. Puedes quedarte jugando, cuando tengas hambre me avisas, pero mamá si se va a sentar a la mesa a almorzar con papá. (Obligar a comer a alguien que no tiene hambre si me parece un acto violento)
  • Lolo: uaaaaa uaaaaa (No sé claramente como describir el llanto, pero el caso es que Lorenzo quiere que yo siga sentada a su lado y no reciba mis alimentos)




Cuando Lolo era bebé me senté a la mesa frente a mi almuerzo frío muchas veces cuando ya todos los comensales se habían retirado. Lolo era un bebé y a veces tenía que amamantarlo a esa hora, o a veces me quedaba arrullándolo para que durmiera, etc. Hoy está por cumplir tres años y entiende lo que es la empatía, el bienestar del otro, sabe que tiene necesidades pero que papá, mamá, los abuelos, sus amigos y primos, también.

  • Ana: amor, si quieres me acompañas así no tengas hambre y ahora seguimos jugando. Tenemos toda la tarde para jugar.
  • Lolo: No
  • Ana: ok, entonces quédate jugando y mamá viene apenas termine.
  • Lolo: No.

Alguien está diciendo demasiados NO y no soy yo.

Me siento a la mesa y almuerzo con mi 10%. La primera vez Lolo vino a tratar de halarme de la mano para pararme de la mesa de una manera agresiva, lloró, le conté hasta 10 y cuando la calma regresó se sentó a almorzar al lado mío por decisión propia. Después jugamos toda la tarde. La segunda vez primero dijo que no quería almorzar, y al rato cuando íbamos por la mitad llegó a la mesa y se nos unió. Ha habido unas veces que decide quedarse jugando y almuerza dos horas después, hay otras que a la primera viene y se sienta, pero aprendió a respetar. En este caso, respetó el hambre de sus papás y nos regaló esos 10 minutos, gracias a un no no-negociable que una vez usé.

Los niños tienen muchas necesidades que debemos satisfacerle nosotras, pero a medida que crecen, sobretodo después de los dos años, también debemos satisfacerles una necesidad y es la de conocer el mundo y aprender a relacionarse con él. Porque oh sorpresa no vivimos en una isla desierta. Sólo con estos límites y un no a tiempo entienden que ellos tienen necesidades pero también el resto de personas. Una regla mínima de respeto que nos permite decir que estamos educando seres humanos capaces de relacionarse con los otros, de respetar espacios, de sentir empatía por el otro y, eso que tanto nos cuesta de adultos, que es ponerse en los zapatos del otro.

Póngase a la tarea de ver niños a los que nunca se les dice que no y se darán cuenta de lo difíciles que son. Hasta la vida misma se pone difícil. Salir a la calle es una odisea. Jugar con ellos, a menos que sea todo como ellos dicen, es imposible. Y ni les digo los problemas que tienen de adultos. Yo quiero que mi hijo respete a otros niños, que respete a sus abuelos, que se respete a si mismo. Sólo así podrá exigir respeto también. Quiero un hijo que entienda que la idea del otro también puede funcionar, e incluso puede ser mejor, y no uno que imponga la suya a como de lugar porque así ha funcionado siempre en casa. Quiero un hijo que también pueda decir que No, cuando algo le parece incorrecto. Quiero un hijo que entienda que no todo es negociable, como quisiera que lo entendieran nuestros políticos. Quiero un hijo que pueda relacionarse con la sociedad de manera amorosa y el trato amoroso nace del respeto. Tengo varios no no-negociables y van cambiando a medida que Lolo va creciendo, todos basados en el respeto hacia él y hacia nosotros que somos su universo más cercano en este momento. No creo que sea violento querer entregarle a la sociedad un hombre amoroso que respete que hay ciertos límites que todos debemos respetar para una convivencia llena de amor. Ya lo dijo mejor que yo, Jean Paul Sartre “Mi libertad se termina donde empieza la de los demás”.




Hace unos años un sobrino sufrió un accidente que nos volcó a todos con exceso de mimos sobre él. Necesitaba todo nuestro apoyo y amor, y durante su convalecencia y recuperación hicimos todo para complacerlo. Recuerdo un día que recorrí tres supermercados en busca de un helado especifico que él pedía, y estaba bien, era el momento de no escatimar esfuerzos para hacerlo sentir mejor. Después, alguien muy acertado le explicó a su mamá, quien después me lo contó a mi, la necesidad de no desdibujar las reglas de casa, no suprimirle sus tareas domésticas y escolares, no olvidar las horas establecidas para dormir, para ver tv, y no evitar corregir si tenía una conducta grosera a pesar de su situación. Su “desventaja” (que no lo es) no podía ser la excusa para manipular al mundo, ni nuestra razón para victimizarlo y de paso limitarlo. Si alguna vez se cruzan con un niño adorable, respetuoso, amoroso y de muy buen humor puede ser él.




Los niños son capaces de cosas maravillosas, no limitemos su potencial creyendo que no pueden entender y aprender de un no no-negociable. Igual cada quien tiene derecho a criar bajo las creencias que considere más prudentes y adecuadas…y ojalá la suerte nos acompañe a todas en esta tarea. 

 

Martes de Post-Parto - 10 días con la suegra

 

Suegra. Una de las palabras a la que más le tememos las esposas y, novias del mundo. Esa misma que dicen que es mejor tener bien lejos una vez nos casamos, y aún más lejos cuando tengamos hijos. Por tradición, por ver en exceso los cuentachistes o por simple brutalidad, la gran mayoría de nosotras la consideramos una enemiga o rival. Creemos que viene de visita para hacernos la vida más difícil, creemos que cuando dice “el día esta muy frío” nos está culpando a nosotras, oímos “eres una mala madre” cuando dice “en mi época yo lo hacía así”, tomamos por quejas sus historias o por regaños sus consejos, y por alguna especie de celos sin sentido, creemos que nos quiere robar eso que nosotras le robamos primero, su hijo.




10 días con mi suegra, podría ser el titulo de una película de terror o de una comedia romántica, donde Meryl Streep (la suegra malvada) le haría la vida imposible a Jennifer Aniston (la abnegada, bella y paciente nuera). Al parecer, soy pésima guionista porque adivinen quien acaba de pasar 10 días en casa de su suegra y ya la extraña. En estos 10 días descubrí que, por fortuna, mi suegra no es una malvada y que, por desgracia, yo no me parezco a Jennifer Aniston. Pasé 10 días en casa de mi suegra y no tengo quejas. Pasé 2 días sola con ella y sin mi 10% y nunca me sentí una extraña. Pasé 10 días que me parecieron 5. Pasé 10 días y el último le estaba rogando a mi 10% que corriéramos los tiquetes una noche más. Pasé 10 días que me hicieron conocerla mejor y quererla más.  Pasé 10 días que me hicieron lamentar enormemente que vivamos en ciudades diferentes.

Pero sobretodo me di cuenta de tres cosas sobre las suegras que no quiero dejar pasar:

  1. La suegra también es mamá. Suena obvio, pero la gran mayoría de veces lo olvidamos. Es una mamá que sabe más que nosotras lo que significa amar a un hijo, porque ha tenido que aprender a amarlo con la distancia que traen los años y la nueva familia. Sabe lo que significa amar a alguien que tenías en exclusiva y ahora debes compartir con otra. Es una mamá maestra en sonreír y hacerse la güevona porque aunque cree que su hijo pudo haber escogido una mejor mujer como esposa, acepta que ésta es la que lo hace feliz. Es la mamá del hombre que escogimos para envejecer y eso debería ser razón suficiente para amarla infinitamente. Es una mamá como nosotras que hace la labor más difícil de la maternidad: seguir velando por un hijo sin traspasar las barreras que se alzaron cuando se convirtió en esposo.

  1. La suegra puede ser mi otra mamá. Los consentimientos que en estos 10 días recibí de mi suegra bien podrían hacer tambalear el primer puesto en el que tengo a mi mamá. Me llevó a la peluquería, me llevo de shopping, me hizo sopita de arroz, se arruncho conmigo y con Lolo a hacer la siesta, me echo flores por mi labor como mamá y sólo le faltó ponerse brava conmigo por alguna bobada para parecerse por completo a la mía mama. Las suegras son mamás desaprovechadas si no les damos el chance de entrar en nuestras vidas. Una vez las vemos a través de ese lente de la maternidad ganamos una segunda mamá maravillosa.




  1. La suegra algún día seré yo. Si usted es de las que todavía se rehúsa a dar el brazo a torcer con la suegra, déjeme recordarle que algún día usted desempeñará ese papel y más le vale que empieza a rogar por una nuera que no sea como usted. Las nueras pueden ser las malvadas de la historia y, depende de lo que digan al oído del marido antes de dormir, pueden acercar o alejar más a su madrecita. Piense en todo el amor que le tiene a su hijo y lo que disfruta de su compañía,  dígame si no quisiera poder disfrutar eso, así sea por escasos momentos, en la edad adulta. La suegra seré yo y sólo espero que mi nuera permita esos espacios.

Eso sí, si usted tiene mujeres en vez de varones relájese. En ese caso su yerno será perfecto y para él usted también lo será.

Estoy tan romanticona que ahora en el guión de mi película Meryl Streep es la mamá abnegada que se da golpes de pecho por no haber impedido la boda de su hijo con Angelina Jolie. Pero como ya sabemos que eso no es lo mío, sólo me queda decirles que las únicas razones para despotricar de su suegra es si la de ustedes: (1) le sigue presentando candidatas a su 10%, le tapa escapadas con amiguitas o recuerda con nostalgia delante de usted lo buena que era la exnovia; (2) se apareció con dos maletas y un baúl en la puerta de su casa para pasar unas vacaciones y hoy, después de 4 años, no se ha ido;  (3) le exigió una prueba de ADN cuando supo que estaba embarazada; y (4) asegura que su nieto está malcriado desconociendo el trabajo extra que hemos tenido que hacer con su hijo.




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Regalos mamá

Con seguridad este domingo muchas de nosotras estaremos celebrando el día de la madre.

Con seguridad puedo decirles que la parranda se puede alargar porque el lunes es festivo.

Con seguridad, y un poco de indignación, les aviso que el festivo no es por nosotras.

La ascensión del señor, es la verdadera razón por la que este lunes nadie irá a trabajar, y no por el abnegado e impecable trabajo que hacemos como mamás. No es que quiera quitarle mérito a Jesús, y a la maravillosa escena que relata la iglesia católica, de cómo ascendió a los cielos después de 40 días de resucitado. Pero, aunque estoy a años luz de levitar, me atrevo a decir que ser mamá es igual de sorprendente. Si la gente supiera, como nosotras, los cojones que se necesitan para serlo, abrirían la boca con tan sólo vernos caminar. Por eso, por decisión unilateral, en mi casa celebraremos más que la ascensión del señor, la ascensión de la madre, porque si de subir al cielo se trata, ser mamá es una de las pocas maneras que conozco de hacerlo, sin pasar antes por una mortaja.




Este domingo y este lunes festejaré la decisión de haber sido madre. Festejaré tener un hijo que me enseña la vida. Festejaré esa felicidad que siento al abrazar a mi familia y que aún no logro expresar en palabras. Festejaré que soy una verraca, que mi mamá, mi suegra, mis cuñadas y amigas también lo son. Festejaré que no soy mejor que cualquier otra mamá pero que soy la mejor para mi hijo. Festejaré que soy mamá y que gracias a ello ya he tocado el cielo. Y declararé que este lunes es festivo, gracias a las valientes mujeres que al convertirnos en madres llenamos el mundo de oxido de carbono, la vida de esperanza y las redes sociales de fotos empalagosas.

¡Feliz día de la madre, feliz lunes festivo de la ascensión de la madre, feliz y larga vida como madres! Que todos los días las llenen de amor y este domingo de regalos! Si, de muchos regalos. Porque somos mamás pero no tan madres como para desaprovechar esta oportunidad del año de ser tratadas como reinas.

Mi parte celestial asegura que Lolo, mi 10% y mi mamá son los regalos perfectos para este día de la madre. Mi parte terrenal considera que no hay regalo que se les iguale mientras babea y pega la nariz frente a una vitrina. Soy mamá y soy mujer, y a las mujeres también nos hacen felices las cosas materiales, los detalles y las sorpresas. Así que si aún desconfía de la celebración que le van a tener en casa, comparta esta pequeña lista entre sus más cercanos para que le saquen una lágrima, digo una sonrisa (de la primera ya se encargara el regalo hecho a mano que le traiga su hijo del jardín).

 

  1. Lavar los platos del desayuno “sorpresa” que nos van a hacer. Que se levanten un poco más temprano a prepararnos nuestra comida favorita, es un regalo obligatorio. Pero como sabemos que para hacer una tostada ustedes usan todos los pequeños electrodomésticos de la cocina, este año queremos que también se tomen la molestia de lavarnos después de usarlos. El detallazo esta vez, será volver a ver la cocina como la dejó la empleada el viernes. Si señores, a limpiar la mancha pegajosa de la estufa, a lavar los 6 sartenes que usan para un huevo frito, las 10 cucharas que usan para probar el chocolate y los 15 platos que sólo al verlos en el lavaplatos recordamos que teníamos.
  2. Soltar al mentiroso que llevan dentro. Si, siempre les hemos pedido honestidad pero por esta vez, queremos que nos mientan y se escapen a comprarnos un regalo sorpresa. Queda prohibido por esta vez la frase de traqueto que desinfla de: “vamos a donde tu quieras para que escojas tu regalo”. Podemos ser antojadas y complicadas, y al llevarnos a escoger nuestro regalo puede que vayan a la fija, pero también nos queda una extraña sensación de descuido y falta de atención. Tómense unos segundos para pensar que nos podría gustar (una carta, una reserva en un restaurante, un spa, un perfume, una cartera, etc.) échele la culpa al tráfico o a una reunión de última hora y cumpla su misión para hacernos sentir importantes y amadas.
  3. Démonos un tiempo. Lo único que realmente puede hacernos falta de nuestra vida pre-mamás, es el tiempo de sobra que teníamos antes para malgastar. ¿Puede ser posible un día en el que mamá oficialmente tenga el día libre? Tener un día libre de afanes puede ser el regalo perfecto. Un día en el que podamos levantarnos tarde, perder una hora canaliando y viendo vanalidades en E o Warner, desayunar con una mano libre, tomarnos un café mientras leemos un libro, poder volver a la cama a perder el tiempo buscando que ver en Netflix y preocuparse por almorzar o comer cuando el hambre nos recuerde que hay que hacerlo. Los amamos con locura pero tener un tiempo a solas puede hacernos amarlos un poco más.



  4. Con esa mamá para que juguetes. De la autoestima y el amor propio nos encargamos nosotras pero un empujón a punta de piropos nunca será demasiado. Díganos, y que le suene real y no a niño repitiendo un mandado, que estamos bonitas, que nos vemos mejor ahora que a los 25, que cómo pudimos parir y vernos tan regias, que nos haría mil hijos más si mañana se ganara el baloto, que nos escogería otra vez si pudiera devolver el tiempo, que las estrías, la celulitis igual nos hubiera alcanzado a esta edad pero que como son causadas por un hijo están llenas de sex appeal y que somos una versión mejoradas de nosotras mismas desde que somos mamás. Los días especiales están diseñados para inflarle el ego a la gente y el día de la madre para retribuirnos todo lo que hacemos en el año a punta de elogios exagerados.

 En todo caso, si la cocina queda hecha un desastre espere al lunes que vuelva la empleada; si la llevan a escoger su regalo no escatime esfuerzos para llevarse lo que más le guste; si no le dan libre ni media mañana tómesela cualquier día del año; y si no la morbosean como obrero de construcción, párese frente a un espejo y sepa que no hay mujer más perfecta  en el mundo que esa a la que llaman Mamá.

¡Feliz día mamasotas!




 

Martes de POst-Parto - Batallas que no se pelean

Hace unos días, mientras estaba en el parque con Lorenzo, de la nada, como suele pasar en esta ciudad, el sol desapareció de repente para darle paso a uno de los aguaceros más escandalosos del año. Al sentir las primeras gotas y ver la nube negra en el cielo corrimos a casa, pero la lluvia caía a tal velocidad que llegar secos iba a ser una misión imposible. Igual corrimos, yo angustiada de pensar en una gripa, de ensuciar mis zapatos o de dañar mi pelo que había amanecido manejable; Lolo feliz de ver como la lluvia transformaba nuestro aspecto, sin esquivar charcos y salpicando con sus zapatos, los zapatos que yo me preocupaba por resguardar. Nos bastó media cuadra para quedar lavados y nos faltaba una para llegar a casa. Desaceleré el paso, me dispuse a disfrutar con Lolo ese momento para él insólito: mojarse con mamá. Creo que debo modificar esa frase en caso de que todos seamos igual de mal pensados. Corrijo: me dispuse a disfrutar con Lolo ese momento para él insólito: mojarse con la lluvia acompañado de mamá. Volvimos a casa a paso lento, metiéndonos en todos los charcos, levantando la cara hacia el cielo con los ojos cerrados para sentir las gotas caer. Cuando llegamos a la portería, una vecina nos dijo que nos íbamos a enfermar por jugar con la lluvia. Me sentí acusada, irresponsable, mala madre, me vi saliendo a urgencias por una pulmonía y escribiendo al jardín que mañana sería otro día que Lolo caparía clase. Pero ver la cara de Lorenzo bien valía la pena, oírle en su media lengua, relatándole a papá una y otra vez la aventura, me recordó algo que hace mucho quería escribir: la importancia de escoger las batallas que vamos a pelear.




Lejos estoy de ser ese prototipo de mamá de comercial que nunca pierde la paciencia y que sabe siempre como conciliar. Pero me matan las ganas de vivir feliz y tranquila, así que en pro de poder seguir exprimiéndole felicidad a cualquier pendejada, decidí darme una mano y escoger bien esas batallas, o dicho en otras palabras, decidí escoger las cosas por las que no me voy a estresar.

Correr bajo la lluvia. Según estudios, la mojada varía dependiendo del peso del humano y de la dirección e intensidad del viento. Soy pésima corredora, de direcciones escasamente entiendo la de mi casa y me faltaron 6 medallas de scout para aprender eso de babearse el dedo y alzarlo para saber a donde sopla el viento. Esta batalla no la voy a pelear: Caminaré y me mojaré, llegaré a la casa y me secaré. Check.

Obligar la hora de dormir. Uno de los castigos en los campos de concentración era no dejar dormir, eso enloquecía en cuestión de días. Lo inverso, obligar a Lolo a dormir cuando no tiene sueño, me enloquece a mi. Tenemos una hora establecida para dormir y es maravilloso, pero, como no somos robots, hay días que dicha rutina no se cumple. Estresarse por eso no es lo mío. Lorenzo a veces hace siesta, a veces no. Los días que la hace al medio día es fantástico porque se levanta a las 2pm y a las 8pm de nuevo está listo para dormir. Si no la hace, mamá recreacionista aparece y desde las 5.30 a las 7.30 hago mil malabares para que no caiga dormido demasiado temprano. Si la hace de 2 a 5pm llamo a mi 10% y le informo que vamos a tener una noche movida, él se entusiasma pensando cochinadas, y yo le aclaro que guarde esa energía para después de las 10 porque Lolo no va a caer antes de esa hora. Alguna vez una mamá me dijo que su hija sí o sí hacía siesta a las 12 y sí o sí estaba dormida en su cama a las 7pm. No quise preguntarte cuales eran las medidas coercitivas para el sí o sí, pero obligar a Lolo a dormir me recuerda el desespero que a mi me da tratar de dormir y no poder, en una noche de desvelo. Ya llegará el día que las madrugadas mortales que exigen los colegios lo derroten en su cama por arte de magia antes de las 8. Mientras tanto, sé que algunos días tendré que servirme un café extra, inventarme unas actividades exprimidoras de energía y posponer el capitulo de la serie que estoy viendo con mi 10% para otra noche. Un malgenio menos. Check.

Rogar para comer. ¿Existe acaso algo más aburridor que llevar una cuchara a una boca cerrada y a una cara que se voltea haciendo el feo? Las comidas se sirven a una hora en esta casa y, en un día normal, toda la familia se sienta a la mesa. Pero como, por fortuna, los días no siempre son iguales, hay unos que a Don Lorenzo (porque a veces se porta como si se mandara solo o como un dictador) no le dan ganas de comer, mientras el resto de la familia muere de hambre. El sonido de mis tripas no es un buen consejero a la hora de convencer a Don Lolo de sentarse a la mesa. En esos días, opto por almorzar tranquila con mi 10% y, una vez saciadas mis necesidades alimenticias, espero con la barriga llena y el corazón contento que al Don le de hambre. Y le da, créanme, se sienta y se come todo solo. Mi mamá cuenta que nunca nos obligo a comer a mi y a mis hermanos… y está comprobado que el problema siempre ha sido que paremos de hacerlo. Comer, no rogar y dejar la comida lista en la mesa. Una pelea menos. Check.




Dialogar en una pataleta. Hay pataletas de pataletas. Hay unas que con contarle hasta 10 en voz alta quedan solucionadas. Hay otras que implican tirada al piso y otra serie de intransigencias que, por más crianza respetuosa que quiera aplicar, no pienso negociar porque más que pataleta son berrinche. Escoger pelear esta batalla implica primero detectar el tipo de pataleta a la que nos enfrentamos. Mientras la pataleta este en un nivel medio-bajo y existan razones entendibles, abrazo a Lolo, contamos hasta diez, negociamos y seguimos felices nuestra vida. Si la pataleta está en un nivel extra profesional y las razones no son negociables, ni siquiera pierdo mi tiempo intentando dialogar con unos gritos que tapan mi voz. Bueno, la verdad digo algo así como: “Tienes derecho a estar bravo, pero yo no entiendo a los gritos, cuando te calmes y ya no tengas rabia hablamos” y me voy a hacer cualquier cosa… Ayuda que estemos en casa y no hayan caras de extraños desaprobando la conducta del niño y de la madre. Los gritos cesan al rato, y aparece un Lolo medio apenado del show que acaba de dar. Tal cual como me pasa a mi cuando me salgo de la ropa en una discusión y después quiero volver donde el afectado como si nada, sabiendo que exageré. En el 99% de los casos parece que su desahogo a solas lo hubiera hecho razonar; quiero pensar que es así, porque luego regresa para hacer eso a lo que tanto se negaba minutos antes, sin que lo obliguemos. Así que yo decido no dialogar en todas las pataletas, por mi bien y por el de él. Check.

Defender la maternidad. Ser mamá es maravilloso, increíble, indescriptible, único y bla bla bla, si usted es mamá sabe perfectamente de lo que le estoy hablando. Si no lo es y no quiere serlo no tiene sentido que yo me enfrasque en un dialogo a defender una posición que por más información e ideas que usted tenga en la cabeza no va a entender. Amo a muchas de mis amigas sin hijos y parte de ese amor se traduce en no quererlas convencer de ser madres. Antes hasta me molestaba ver como algunas se escudaban en el cliché de que sin hijos tendrían más plata, salvarían el planeta, podrían conocer todos los rincones del mundo sin una pañalera, o que podrían dormir hasta tarde un domingo. Ahora me resbala, yo sé lo que es ser mamá, lo que eso significa, los cojones que se necesitan, la alegría infinita que se siente y no tengo que tratar inútilmente de persuadir a alguien que, para justificar su decisión de no serlo, me expone razones forzadas que son apenas un color de la la amplia paleta tonos que tiene la maternidad; y que sólo entiendo yo porque he vivido la experiencia. Cualquier cosa que me digan en contra de la maternidad, se ve diminuta e intrascendente cuando miro a Lolo. Eso nadie me lo hará cambiar jamás. Una batalla menos. Check.




Se me empiezan a ocurrir muchas más como: Las arrugas y mi fiel propósito de no acartonar mi cara con Bótox todavía, aceptar que me case con un hombre que no entiende la puntualidad, o recapacitar y no volver a hablar de política con amigos… pero este post ya quedó demasiado largo por hoy, así que ahí les dejo mi lista de las batallas que por ahora no pienso pelear, ¿cuál es la de ustedes?

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