Este será el quinto año que celebro el día de la madre, en realidad el sexto si cuento el de mayo de 2013 con una panza a un mes de estallar.

He pasado por todos los requerimientos de regalo para que mis seres amados se congracien conmigo en este día. Para los primeros años mi regalo soñado era un día libre. Libre de todos los deberes, de todas las cosas y rutinas que precisamente me hacían merecedora de una felicitación, pero de las que yo quería huir por unas horas. No es para menos, los primeros años son los más agotadores y no había ramo de flores, caja de chocolates o par de botas nuevas que superaran mi humilde deseo de desaparecer para todos y poder dormir en paz, comer caliente y andar sin afanes.

Otros años, con el cansancio inicial superado y ávida de regalos, empezaba desde febrero una campaña más cochina que candidato presidencial y cualquier cosa que veía y me gustaba era enviada al whatsapp de mi esposo con la nota “mira esto tan lindo, ya casi es mayo, he sido una buena madre, ojo pues, después sigue el día del padre, te amo”.

Este año, para mi sorpresa he sido cauta, no he hecho lista, solo he mandado un mensaje a whastapp y ya ni siquiera pido un día libre, porque los parches con un Lolo que baila, habla, canta y pregunta todo, son mil veces más divertidos que acostarme a descansar.

Supongo que he tardado 5 años en reconocer y darme cuenta que si bien amo los regalos (no vaya ser que mi esposo se lo tome literal y me quite la dicha de destapar algo este año) por primera vez entiendo la importancia y el “por qué” celebrar el día de la madre.

Ser mamá ha sido una experiencia de humildad, fortaleza y descubrimiento y para mi.

De humildad porque solo la maternidad ha sido capaz de ponerme de frente a mis errores, me ha obligado a mirarlos a los ojos y hacer algo con ellos diferente a negarlos.

De fortaleza porque solo la maternidad me ha enfrentado a mis peores miedos sin darme si quiera el chance de esquivarlos o ignorarnos.

De descubrimiento porque solo a través de ella fui capaz de reconocer un lado oscuro tan propio de mi esencia como mis más iluminadas sonrisas.

Han sido 5 años en los que he llorado de rabia, impotencia y dolor, y esas lágrimas me han hecho crecer. Pero también he llorado de alegría y agradecimiento, y esas lágrimas me han devuelto un poco de la humanidad que no sabía que había perdido. 

De la maternidad hoy, 5 años después de haber empezado a andar su camino, sin hormonas alborotadas y durmiendo las noches (al menos la gran mayoría) de corrido, puedo decir a riesgo de sonar cursi y monotemática, que es el mejor regalo que me he dado, y literalmente empacado, en la vida.

Nada me había cuestionado tanto en la vida, nada me había retado tanto pero nada jamás me había regalado tanta felicidad.

Ser mamá es y será siempre mi mejor regalo. Porque con todo el cansancio y el dolor en el alma que a veces conlleva, es mi milagro, mi sueño cumplido, el camino que escogí y quiero seguir recorriendo. Es el mejor regalo porque solo la maternidad me ha dado la posibilidad de conocerme a fondo, me ha obligado a reinventarme, a corregirme una y otra vez y ha sembrado en mi el deseo de convertirme en un ser humano más consciente y poderoso del que era antes de tener a un hombrecito en casa que me llamara mamá. 

La importancia del día de la madre para mi, 5 años después de serlo, radica en celebrar que solo una madre sabe a ciencia cierta de qué esta hecha. Si bien la valía de una mujer no radica en ser madre, las que lo somos conocemos a fondo ese valor porque muchas veces lo hemos cuestionado.

5 años después de ser madre, reconozco que el mejor regalo para una mamá es precisamente poder haberlo sido.  

Feliz día a todas ustedes mamás que me leen, que se han vuelto mis cómplices, mis psiquiatras y muchas veces mis consejeras, el mejor regalo ya se lo dieron ustedes mismas y nació de su barriga, pero celebren como nunca este fin de semana porque gracias a nosotras las familias se construyen, gracias a nosotras hay niños felices en el mundo. Y las cosas lindas que le regalan color al mundo como la familia, el amor y los hijos siempre será algo que vale la pena celebrar. Así que celebremos porque al final de la jornada solo nosotras sabemos cuánto lo merecemos.

 

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Amo la navidad. Amo su banda sonora de villancicos y las maracas a cargo de la persona menos rítmica de la familia, o sea: yo. Amo su exceso de calorías y la necesidad de que alguien se coma ese último pedazo de natilla, o sea: yo. Amo sus luces, incluso las exageradas que podrían catalogarse como contaminación visual, o sea: las de mi vecina. Amo su poder para reunir familias y reencontrar amigos y amo los regalos… ¿cómo no podría amar los regalos?

Sí, amo los regalos. Pero no el consumismo y el despilfarro exagerado del que casi todos nos contagiamos en esta fecha con tal de ver sonreír a los que amamos. Y sobre todo para ver felices a nuestros niños. Nos repetimos sin cesar “la navidad es para ellos”,  para tener la licencia para comprarles todo lo que han pedido, todo lo que necesitan, todo lo que no han pedido y todo lo que no necesitan.




He pasado navidades con regalos que no caben en la sala. He visto a niños destapar regalos tras regalos y llorar al final porque además del lego de star wars, además de la scooter, además de la pista de carros, además de la bicicleta falta otro regalo pedido que no ha llegado.

Para los papas la escena es incomprensible. ¿cómo después de tantos regalos increíbles aparecen estas lagrimas incontenibles?

Para un par de adultos coherentes la respuesta es simple:

Atosigamos a nuestros hijos con tantos regalos que el afán por destaparlos todos hace imposible observar y disfrutar el primero. Pero peor aún, atosigamos a nuestros hijos con tantos regalos que se vuelve imposible enseñarles a estar agradecidos.

Esta es la segunda navidad para Lolo. No cuento la primera en la que tenía solo 6 meses y para la que así me tilden de madre desnaturalizada no le compre ningún regalo y durmió toda la noche. Tampoco cuento la segunda en la que después de bailar tres villancicos, Lorenzo competía con mi abuela en ronquidos antes de las 10. En cambio, ésta será la que gozará de una manera más consciente y voy a rescatar algo que hicimos el año pasado y que nos funcionó de maravilla.

La llamaré: la teoría de los 4 regalos y les aseguro que es una buena manera para que esta navidad hagamos felices a nuestros hijos sin volverlos caprichosos e insaciables.

La tarea es simple: Compra sólo cuatro regalos:

  1. El regalo que sueñe. Debe ser un juguete que tu hijo de verdad anhele. Puede que en la carta escriba 10 juguetes soñados pero como la idea es enseñarles austeridad, valdría la pena decirle que Papá Noél o el Niño Dios o quien sea que entregue los regalos, solo traerá uno, así que es mejor que sea especifico con el que más quiera. Créanme uno es suficiente. Destaparlo, armarlo, ponerle pilas, entenderlo, usarlo etc, puede tomarles el resto de la noche y la mañana a ellos y a nosotros. Disfrutemos con ellos ese momento y evitémonos ver juguetes tirados y desechados por toda la sala antes de haberles sacado todo el provecho.
  1. El regalo que necesite. Ahí las mamás somos expertas y como ya le compramos un juguete soñado, ahora podemos empacarle la sudadera que le hace falta, el reemplazo de la pijama que acabó este año, la maleta para el colegio, etc. Un objeto que no desvela al niño pero que le será útil. Tampoco está mal que aprendan a emocionarse con este tipo de regalos. Yo a Lolo le hago tanto show cuando destapa regalos que son ropa que los “wauuuu” ya le salen naturales. Al parecer se me fue la mano porque el pobre salta sin parar al destapar un par de medias, y bueno, así tiene a mis tías comiendo de su mano.
  1. El regalo que enseñe. En mi caso Lorenzo muere por los cuentos y aunque tenemos la biblioteca llena, cada noche antes de dormir siempre tenemos la sensación de querer leer un libro nuevo. Pero dependiendo de la edad, pueden ser libros para colorear, flash cards de números o animales, juegos de mesa. Lo bonito de este tipo de regalos es que además de ser funcionales llevan implícito el uso en nuestra compañía. Leer un cuento juntos, armar un castillo de madera juntos, jugar mímica un viernes en la noche. Objetos que enseñan pero que fortalecen lazos familiares y promueven espacios para que compartamos con ellos tiempo de verdad.
  1. El regalo que no es para ti. Este año llevamos a Lolo a darle regalos a niños que no tienen sus mismas comodidades. Comprar algo para donar, llevarlo, compartir con otras personas. Creo que fue la manera perfecta de terminar el ciclo y reforzar valores como la generosidad y el agradecimiento que a veces no sabemos cómo enseñar.

Hagamos la prueba… no criemos niños insaciables que se volverán adultos insatisfechos. Enseñémosles a estar agradecidos por lo que tienen. Que aprendan el valor de cada regalo y el esfuerzo que hacemos por dárselo. Es muy difícil hacerles entender que cada regalo nos cuesta si ven lo fácil que es recibir 10 de un solo tacazo. Es imposible que observen, descubran y disfruten el primero si hay 10 más esperando por ser destapados.

El año pasado en realidad sólo le compramos un regalo. Uno solo. Uno que sabíamos que iba a disfrutar. Uno por el que se babeaba en la vitrina de juguetes. Uno que no tenía. Sólo uno. Los abuelos se encargaron de la ropa. Y una tía de los libros que igual lo enloquecieron. Y listo!

Amo la navidad.  Amo haber creído en Papa Noel y amo tener un hijo con quien volverme Papá Noel. Pero no amo ese despilfarro que hace que el 24 termine con niños inconformes, desagradecidos y groseros, y de paso, con papas malgeniados, desilusionados y arruinados.

Para este año a la teoría de los 4 regalos le sumaré un quinto punto: Destapar los regalos a las 12 en punto. ¿Por qué nos da pesar ver a los niños desesperados por sus regalos? A mis papás no les daba pesar hacerme esperar, tampoco morían de tristeza de verme cabecear haciéndole centinela al árbol, y mucho menos desesperaban al inventarme y hacerme inventar juegos para que el reloj andará un poquito más rápido.

Pero ahora a todos nos da pesar hacer esperar a los niños ¡pobres niños! ¿Por qué subvaloramos a los niños de ahora? Los he visto despiertos a las doce y hasta más tarde otros días normales. ¿Por qué no aprovechamos la navidad para enseñarles un poco de paciencia, de esfuerzo y perseverancia? 

Si el palo no está para cucharas compren sólo un regalo y ahí sí, mi recomendación es que sea un juguete. Feliz navidad, sigan tomándose fotos con todos los Papa Noeles de la calle que asustan al niño y nos emocionan a nosotras y creen toda la magia alrededor de esta fecha para sus hijos que sólo creerán en ella unos pocos años.

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Los hijos valen plata, mucha plata. Un dicho popular asegura que los niños vienen con el pan debajo del brazo. Si tomara esta frase literal, el dichoso pan no serviría para nada porque no hay producto que dure menos en mi casa que éste. O, tendría que confesar que el día del parto mi atención se dividía entre el pequeño ser que me cambiaría la vida para siempre, y el exquisito pan (ojalá trenza con queso) que traía consigo.




Hubiera sido difícil no sucumbir al pan calientico recién salido del horno antes de lactar por primera vez.  Por fortuna el pan no se presenta en términos tan literales. Pero sin lugar a dudas, lo que sería absolutamente genial sería que con cada niño viniera también un cheque en blanco firmado al portador. Los hijos valen plata pero también valen la pena, así que nos las arreglamos sin el bendito cheque para sobrevivir.

Le cortamos los piecitos a las pijamas para que les sirvan un par de meses más, recibimos herencias de los primos y amigos cercanos, lloramos de dicha cuando la tienda infantil anuncia promociones épicas, nos arremolinamos frente a la góndola que tiene la ropa con el 70% de descuento así nunca encontremos la talla que buscamos, guardamos en una servilleta la mitad de la hamburguesa para dársela recalentada a la comida.

Hacemos muchas cosas para ahorrar unos pesitos con tal de algún día poder comprar el plan de educación pre-pagada para nuestros hijos. Y aún así, a final de mes nos preguntamos ¿A dónde se fue nuestra plata? En pendejadas…Los únicos culpables no son los carteles de los pañales o cuadernos…




  1. En cepillos de dientes. Dicen los odontólogos que hay que cambiarlos cada tres meses, pero de seguro esos odontólogos, jamás han visto la velocidad con que un niño acaba uno en cinco días. En su afán por devorar la crema, los niños muerden y succionan el cepillo dejando sus cerdas como pelo de troll noventero. Un cepillo cuesta $7.000, digamos que somos lichigas y nos las arreglamos un mes entero con la porquería en que lo convierte nuestro hijo. Al año son $84.000
  1. En chucherías. Un niño promedio, de padres relajados que lo dejan comer una que otra delicia con cero nutrientes, destapa 1 o 2 paquetes de galguerías más de dos días a la semana. Paquetes que casi siempre quedan con la mitad del producto sin consumir y usualmente desperdigado por nuestra cartera. Un paquete de papas por poner un ejemplo vale $1.000, redondeemos en que destapamos uno diario, son $7.000 a la semana, $28.000 al mes, $336.000 al año.

 

  1. En bolitas y dulcecitos. Es muy difícil ahorrar si uno llega a casa sin monedas para el marrano. Los niños son especialistas en vaciar monederos con tal de ver salir por un tubo transparente unos dulces casi siempre desabridos que de hecho casi nunca terminan en su boca. Y como diría un amigo economista de 100 en 100 se descompleta el sueldo. Ahora súmele que estas dispensadoras de dulces sólo reciben de 200 o de 500. Yo le apuesto que al mes pierdo en monedas $25.000 teniendo en cuenta que varias veces se me tragan la moneda y tengo que usar otra moneda más. Al año estamos hablando de $300.000

 

  1. En jabón líquido y shampoo. Mi hijo, como la gran mayoría, detesta que se los aplique pero ama jugar con ellos y hacer burbujas y espuma por toda la ducha. Al parecer asume que ese es su verdadero y valioso uso mientras la plata se va literalmente por el drenaje. Un shampoo y un jabón líquido, depende de la marca y de un tamaño moderado, cuesta mas o menos $10.000 cada uno. Duran en promedio 2 meses, en un año podemos gastarnos $120.000.

 

  1. En maquinitas de juegos. La superintendencia debería verificar que no exista un cartel de las maquinitas también. La adicción que generan hacen que uno termine dejando medio sueldo entre luces, sonidos y tickets al mejor estilo de Las Vegas, y no hay manera de hacer rendir 50.000 pesos por más de 20 minutos. Eso sin contar que dudo de mi nivel de matemáticas con cada resta que dichas máquinas le hacen a mi tarjeta recién recargada, por algún tipo de brutalidad mía o malicia indígena de los dueños siempre creo que me queda más crédito del que en realidad tengo. Cuando sea grande, pensaré seriamente en la posibilidad de montar un negocio de estos, de seguro las ganancias semanales serían un lindo simbolismo de que los niños vienen con el pan debajo del brazo. Digamos que uno carga la tarjeta con 30.000, digamos que uno va dos veces al mes, digamos que uno se antoja de otros 10.000, de otros y de otros, se gasta $60.000 (y créame que la ha sacado barata). Al mes serían $120.000 y al año $1´440.000.




Mal contado, esto suma $2´280.000 que bien podrían cubrir dos meses de jardín, más el par de botas que nos soñamos, más una mascarilla facial.

Así que mejor ni hablo de la ropa que se les queda como nueva, del juguete de moda que sólo usan los primeros 10 minutos después de destaparlo, de los desmaquillantes que no volvimos a usar por caer dormidas sin lavarnos la cara, de los pañitos que despilfarramos limpiando no sólo colas (sino cachetes, manos, pisos, espejos, camisas, mocos, baños públicos), de la faldita para salir a bailar que jamás nos hemos estrenado, del bloqueador que hemos comprado 5 veces en un año porque siempre olvidamos en que cartera lo guardamos, del manicure que pagamos y se nos daña recién hecho.

Aich me duele el bolsillo. Los hijos valen plata… que va, corrijo, los hijos valen oro y tenerlos es un despilfarro delicioso.

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¿Alguna vez jugaron “Yo nunca he…”? Seguro que sí. Es el juego por excelencia de los adolescentes para averiguar verdades, descrestar amigos y, obvio, emborracharse. Gracias a este juego  supe que una amiga ya no era virgen, que todos han meado alguna vez en la ducha y que un ex novio era una verdadera piltrafa. En esa época después de cada frase de “Yo nunca he…” si uno sí lo había hecho se tomaba un trago. Hoy haré lo mismo con ustedes a la distancia, espero que en mi nombre se tomen al menos 5. Juguemos “Yo nunca he…”:




    • Yo nunca he dejado a mi hijo arrugarse como una uva pasa en la tina, para alcanzar a vestirme y maquillarme. (No quedé espectacular pero al menos decente)
    • Yo nunca le corté un dedo por cortarle una uña. (Me dolió más a mi, lo juro)
    • Yo nunca he olvidado untarle bloqueador en clima frío. (Con verle los cachetes rojos por la noche es suficiente castigo)
    • Yo nunca le he dado gaseosa light. (Les juro, tiene menos azúcar que un té)
    • Yo nunca he dado una vuelta más a la manzana en el carro para que se duerma. (Necesitaba escribir un post)
    • Yo nunca pensé quitarle el pañal apenas cumpliera dos años. (Es que me daba física pereza)
    • Yo nunca lo he llevado a una piñata el día equivocado. (En mi defensa, no me equivoqué en la hora y llegué, como cosa rara, muy puntual)
    • Yo nunca he hecho de comida dos noches seguidas perros calientes, ponga la comida chatarra que más se repite en su casa. (Saber que uno va a la fija no tiene precio)
    • Yo nunca he gritado “Ya no más” (Aunque sepa que no se debe gritar).
    • Yo nunca he limpiado sus cachetes y su nariz con mi índice untado de babas. (Y eso que en la cartera tenía pañuelos, pañitos húmedos y jabón desinfectante)
    • Yo nunca lo he mandado al jardín un día que no había clase. (Y que encartada me pegué)
    • Yo nunca he olvidado revisar cibercolegios a diario. (¿No pueden también mandarme los mensajes por Whatsapp? ¿Al menos los urgentes?)
    • Yo nunca lo he dejado ver televisión más de la hora recomendada por expertos. (¿Ya le habré ocasionado daños irreversibles?)
    • Yo nunca he dicho groserías delante de él. (Una vez, un par. Bueno, muchas veces)
    • Yo nunca me río cuando se las oigo decir a Lolo. (Es que le suenan divino)
    • Yo nunca he olvidado llevar dolex, curitas y elementos básicos de un botiquín para viajar con niños a lugares donde la droguería más cercana queda a dos horas en lancha. (Digamos que soy positiva)
    • Yo nunca tengo que buscar el registro civil de nacimiento de Lolo para poder decir su número. (Pero lo tengo anotado en el celular)
    • Yo nunca he dicho “Dile a tu papá” con tal de zafarme de hacerle el favor. (Sin que el papá me oiga, obviamente)
    • Yo nunca he preparado comida horrorosa que mi hijo igual se ha comido. (Yo la he probado al final y no me explico cómo lo hizo)
    • Yo nunca le he dado dulces antes, durante o después del almuerzo. (Si no es ahora que los quema jugando, entonces cuándo?)
    • Yo nunca he puesto en duda que ser mamá fue la mejor decisión. (Han sido unos segundos en unos días de esos bien malos)
    • Yo nunca me he dormido antes que Lolo y lo he dejado viendo babytv hasta que le de sueño. (Hay días que ni tres bebidas energizantes ayudan)
    • Yo nunca le he prestado mi Ipad, aunque Lolo asegura que es de él, para almorzar sin afanes en un restaurante. (Juegos educativos casi siempre. Bueno, algunas veces)
    • Yo nunca he peleado con mi 10% porque no hace las cosas con Lolo como yo las hago. (Y eso que a su manera a veces es mejor)
    • Yo nunca he criticado a otras mamás. (Y después un comportamiento de Lolo me ha hecho tragar mis palabras)
    • Yo nunca quise tomarme una selfie acostada en la cama con Lolo pero el celular se me resbaló de las manos y cayó directo y con toda la fuerza de gravedad sobre su frente (Lolo lloró, mi 10% llegó corriendo preocupado, yo dije “no sé que le pasó”, la pena no me dejó confesar la selfie… hasta hoy…ojalá no me lea)




Juro solemnemente que a pesar de estos, y otros “yo nunca he” que seguro se me escapan, he criado un niño feliz, saludable y normal. Por cada metida de pata cometida podría apostar que he tenido un par de buenos aciertos. No seré perfecta, no prepararé las mejores sopas ni podré dar charlas de crianza, pero algo tengo que estar haciendo bien. O al menos la sonrisa de Lolo cada vez que me ve, de eso me tiene convencida. A fin de cuentas, yo nunca he sido tan feliz como desde que me convertí en mamá. Salud… Nos va a dar guayabo a todas, verdad?

 




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Vacaciones pensando en todos

Muchas cosas que no queremos, cambian una vez somos mamás. El color del pezón, el porcentaje de grasa, la gravedad o el tamaño de las pochechas, las horas de pereza, la frecuencia del canchis canchis, (como alguna vez vi que le decían al arte amatorio en un programa de Laura en América) el aguante del hígado y, sí, las anheladas e idolatradas vacaciones. El ideal que tenemos de vacaciones cambia drásticamente después de un hijo, pasaremos de ser esas mujeres que solo se metían a la piscina para apaciguar el calor, a no salir de ella por estar jugando al tiburón, olvidaremos lo que es tener un hermoso color dorado y seremos las reinas del bloqueador y la cachucha, nos preocuparemos por las horas que el restaurante sirve el almuerzo,  y saborearemos una única cerveza en toda la tarde, porque hay un menor bajo nuestro cuidado.




Entonces si así son las cosas, sí se pueden llamar vacaciones?

Para empezar uno debería ser lo suficientemente sensato para no salir de viaje con un bebé de menos de seis meses, a menos que quiera encartarse y extrañar más que nunca su hogar.

Cuando Lolo tenía tres meses, a mi 10% y a mi se nos ocurrió la maravillosa idea de irnos a pasar un fin de semana a un hotel. Acabábamos de descubrir esta nueva vida de pañales, trasnocho y agotamiento y sentíamos que nos merecíamos un descanso a 30 grados centígrados. Jua. Reservamos un hotel con 4 piscinas, a pesar de que el pediatra nos recomendó todavía no meter a un Lolo de tres meses, en esa poceta llena de bacterias y cloro. Imagine el cuadro: Nos veíamos “divinos”, “cómodos” y “divertidísimos” debajo de un parasol echándole agua cristal a ese Lolo de cachetes rojos, que a pesar del sudor de nuestros brazos quería estar cargado y no semi acostado en la hamaca “plegable” que decidimos llevarle pagando exceso de equipaje. El calor despertó en nosotros una especia de psicosis y por el miedo a una deshidratación o insolación decidimos pasar el fin de semana en el cuarto sin prender el aire acondicionado y optamos por el room service para que los otros huéspedes y nosotros pudiéramos comer en paz. Primera conclusión: Espere a que el retoño cumpla un año y ya reciba comida, ya se siente, ya camine, ya se pueda meter a la piscina y ya se le pueda echar bloqueador.

A ese primer intento fallido no lo llamaré vacación por respeto a la palabra. Pero debo confesarles que del segundo intento en adelante hemos tenido unas vacaciones increíbles. ¿Cómo lo hemos logrado? Con dos cosas: cambiando el chip y teniendo actitud.

1 – Cambiando el chip. Ahora somos tres y nuestras vacaciones, así como nuestra vida, deben ser pensadas para los tres. Para qué amargarme pensando en el color dorado que podría haber ganado, para qué amargarme viendo a la gente borracha hacer el oso, para qué amargarme porque quiero hacer shopping y no puedo, para que amargarme porque me falta media ciudad por conocer y mi bebé ya no aguanta más, para que amargarme armando planes no aptos para niños? Ya nuestras vacaciones no son tirados en una asoleadora con un Martini en la mano y 6 en la cabeza, porque eso no divierte a Lolo. Tampoco son jugando Mindcraft todo el día en una Tablet porque eso no divierte a los papás. Ahora nuestras vacaciones son el resultado de la búsqueda de algo que nos divierta a todos. La asoleadora la cambie por las piscinas panditas, y los 6 martinis por uno que me dura toda la mañana. ¿Que si extraño las largas horas de bronceo? Sí, el color de mis piernas dan fe de ello. ¿Qué las preferiría a cambio de ver a Lolo feliz tragando agua en una piscina? No.

2 – No hay nada que requiera más actitud en la vida que tener hijos. Tener la actitud para gozárselos. Tener la actitud para meterse a una piscina a la que no le cabe un prójimo más. Tener la actitud para tomarse un margarita mientras se hacen castillos en la arena. Tener la actitud para sonreír a pesar del calor o del cansancio. Tener la actitud para salir corriendo al baño cuando el niño hace de las suyas. Tener la actitud para acostarlo en dos sillas rimax si es necesario. Tener la actitud para divertirse así el plan esté aburrrido. Tener la actitud para llevarlo en hombros con tal de recorrer el parque completo. Tener la actitud  de emocionarse viendo la misma tortuga una y mil veces. Tener la actitud para sentir esa maratón como una vacación.

Sin esas dos cosas, además de lo básico como llevar pañitos húmedos, pintas de más, dolex, cuentos y chucherías a la mano, es imposible gozarse unas vacaciones. Así que relájese, disfrute a sus hijos que para eso los tuvo, e incluso vuelva a gozarse cosas que sin ellos le estarían muy mal vistas, como gritar las 500 veces que repite deslizarse por el tobogán, bailar descoordinada y con su hijo en brazos tratando de seguir al recreacionista, llenar un plato en el buffet de sólo pasteles y dulces, asombrarse de ver una mariposa, andar despelucada o incluso con una teta al aire y quedarse dormida a las 8 de la noche.




Y de ñapa un acróstico (por si creían que lo más ñero que había en este post era la referencia al canchis canchis) con tips para recordar:

Vayan a un lugar pensado para niños. Para qué ir a conocer el Louvre si el niño aún no le interesa saber quien es La Gioconda. Ya llegara la edad para esos paseos.

Acepte que viene con niños y disfrute los planes que puede hacer con ellos. Enterrarse en la arena, hacer burbujas con un pitillo, salpicar agua, caminar, hacer fila 50 veces para el tobogán también es divertido.

Cambie el chip. Los viajes en familia hacen familia. Ver a los hijos felices con uno, teniendo experiencias nuevas es absolutamente genial.

Acuéstese cuando su hijo haga la siesta o al menos relájese con su 10%, créame que esa energía la va a necesitar cuando se despierte.

Cree buenos recuerdos. Sus hijos podrán recordarlo como el que estaba “por ahí” en vacaciones o el que se las gozó con ellos a la par.

Invite a los abuelos a algún paseo. Gozarán con usted y podrán quedarse con el retoño una hora mientras usted se da un premio en el spa.

Olvídese de la disciplina, son vacaciones. Si su hijo no quiere comer lechuga, que no coma. Si no quiere dormirse a las 8, que no se duerma. No se estrese.

No acordarse de la mitad del paseo por una borrachera tampoco es descansar.

Evite irse de paseo con gente sin hijos que no entiende su nueva dinámica, que lo hará sentir mal por no recibir esos tequilas de más, y que propondrá planes y restaurantes en los que no caben sus hijos.

Se vale separar otro fin de semana aparte para irse sola con su 10% a modo de desquite. Para que se tome todos los martinis que quiera, se broncee hasta que le duela ponerse un brasier y extrañe enormemente la cara que podría hacer su retoño si estuviera ahí en esa piscina.




Aprovéchalo Mientras Puedas

Aprovéchalo Mientras Puedas

 

“Aprovéchalo mientras puedas” es una de las frases que oigo con más frecuencia cuando la gente me ve con Lolo. Me resulta inevitable hacer una autoevaluación mental cada vez que alguien me la dice. En un segundo, se recrea en mi cabeza todo un problema algebraico que cruza las horas vividas de Lolo con las horas que hemos estado separados; las cosas que hemos hecho con las que hubiéramos podido hacer; los besos que nos hemos dado con las rabietas que hemos tenido; los momentos que me lo quiero comer a picos y los momentos que lo quiero rifar. El balance, por positivo que sea, siempre me deja la misma incógnita ¿sí lo estoy aprovechando al máximo?.




“Disfrútalo ahora que deja” alguien vuelve a decir, y entonces de repente, prefiero hacerme chichi en los pantalones, que ir al baño y perderme un minuto de Lolo jugando con un carrito. En mi cabeza, el problema matemático es ahora desplazado por un gigantesco reloj de arena que me recuerda que el tiempo de disfrutar a mi hijo se está acabando y que nada puedo hacer para evitar que el cronómetro detenga su cuenta regresiva. ¿Cuánto tiempo me queda?¿En serio el tiempo de disfrutar a mi hijo se está acabando?

Y justo en el instante en el que trato inútilmente de juntar mis dedos índices para detener el tiempo (crecí viendo Fuera de este mundo), justo en ese preciso instante, descubro que no necesito a Lolo chiquito eternamente para disfrutarlo. Para aprovecharlo al máximo necesito verlo crecer. ¿Por qué? Sencillo, porque no decidí ser mamá para tener un bebé, sino para tener un hijo.
Estamos convencidas, o nos han convencido, que los hijos sólo se pueden aprovechar al máximo mientras son unos cachetes andantes. Que sólo podremos disfrutarlos hasta minutos antes de la temida adolescencia. Que son nuestros hasta el día que nos piden ser menos cariñosos en público, y que somos indispensables para su vida hasta que no dependen económicamente de nosotros. Mentira. Se nos olvida que aprovecharlos a ellos significa aprovechar cada etapa de la maternidad. Sí, esa misma maternidad que en los primeros años de vida de nuestros hijos nos hace anhelar unos minutos de soledad, y que en los últimos años de nosotras, parecen ser demasiados.

La recomendación no debe ser “aprovecha a tu hijo mientras se pueda” sino “aprovéchate a ti como mamá cada que puedas”.
Aprovéchalo a los seis meses y déjalo dormir las veces que quiera encima tuyo. Aprovéchalo al año cuando empieza a caminar como un borracho. A los dos cuando descubre que te ama y no puede parar de darte besos. A los tres cuando cada historia y cada apunte son para morirse de la risa. A los cuatro cuando la jornada en el colegio te lo roba más horas. A los cinco cuando sus por qués te dejan sin argumentos, a los seis, a los siete, a los ocho, a los nueve, a los diez cuando quiera que lo aplaudas a lo lejos, a los 14 cuando quiera que lo lleves a ese concierto, a los 16 cuando necesite que le enseñes a manejar, a los 18 cuando no sepa que quiere estudiar o cuando algún pendejo o estúpida le rompa el corazón, a los 20 cuando se te arrunche sólo para pedir un aumento en la mesada, a los 22 cuando tenga su primer trabajo así sea regando matas o sirviendo hamburguesas, a los 35 cuando se sienta orgulloso de pagarte la cuenta en un restaurante, a los 40 cuando necesite que vaya y le cuide a los niños, al perro o a los gatos, y así… ser la mamá que cada etapa demanda hasta que se pueda.




Yo pienso aprovechar los instantes muchos o pocos que me da la maternidad, aprovechar las 24 horas del día que lo tengo cerquita hoy y aprovechar el minuto que lo pueda ver o incluso sólo oír en unos años. Aprovechar que soy mamá. Es verdad que mientras son chiquitos no podemos dejar de apretarlos, olerlos, mimarlos. Pero quién dijo que aprovecharlos no es también verlos graduarse, sentirse orgulloso porque conozcan el mundo (así nos toque enterarnos por su última foto en Instagram), poder discutir con ellos por quien votar en las próximas elecciones, consentirles un guayabo o incluso achantarlos frente a alguna noviecita.

En unos años, dicen las abuelas que se pasan volando, Lolo ya no gritará mami mami mami y rogará que no le suelte la mano. En unos años su amor verdadero será otro tipo de mami (ay siento un dolor en mi panza muy parecido a los celos). Pero de tanto en tanto vendrá a visitarme, pondrá su mano sobre la mía y querrá, así sea por unas escasas horas, aprovecharme mientras pueda.




Canciones Infantiles FBFinal

Pasarán los años, cambiarán las épocas, nacerán nuevos ritmos y las canciones infantiles seguirán repitiéndose. Cuando nació Lolo uno de los regalos más lindos que recibí fue una colección de música. Dos CDs de canciones modernas, lindas, entonadas, perfectamente musicalizadas, con voces melodiosas y además personalizadas. Pero las canciones de siempre, ésas de voces chillonas y acordes simples, ésas que me cantaba mi mamá, son las que a Lolo le generan fascinación. Gracias a Youtube he recordado canciones que juraba no tener en mi repertorio; la vaca lechera, pinocho en el hospital de los muñecos, la muñeca vestida de azul, el avión minino, cucu cucu cantaba la rana, pin pon, los elefantes que se balanceaban… entre otras.




Mi mente torcida influenciada por canciones como El Taxi y los años que llevo encima desprovistos de cierta ingenuidad han logrado que encuentre en estas canciones otros significados que no imaginaba en mi niñez. Unos muy traumáticos, otros muy cuestionables y algunos muy “descachados”. Las canciones con su música pegajosa que se repite una y otra vez en nuestra cabeza nos dejan grandes enseñanzas, sino que lo digan ciertos ingenieros y constructores de nuestro país que al parecer utilizan como material para sus edificios la receta de esta tonada:

“El puente está quebrado
con qué lo curaremos
con cáscaras de huevo”

Seguro no seré la primera en quejarse de la canción “Arroz con leche”. En ella se plantea que todos debemos casarnos y además, hacerlo sin tener en cuenta criterios como el amor, el respeto y la admiración; que además, como mujeres no tenemos otra utilidad social aparte de las labores domésticas. Y, como si fuera poco, nos exige no trancarle el paso al hombre de la casa que quiere salir a divertirse.

“Arroz con leche me quiero casar
con una señorita de la capital
que sepa coser, que sepa planchar
que sepa abrir la puerta para ir a jugar”

Si fuera por estas cualidades yo seguiría soltera, la única que cumplí cuando me casé, y a medias, es que nací en la capital. Y como seguramente mi papá está leyendo esto, debo decirles que también el de señorita. Pero a pesar de parecerme una canción machista, retrograda y pegajosa debo reconocerle su valor y el adelanto de pensamiento para su época. Es, tal vez, la primera canción infantil en apoyar el matrimonio igualitario y eso merece aplaudirlo.

“Yo soy la viudita del barrio del rey
me quiero casar y no sé con quien
con esta sí, con esta no
con esta señorita me caso yo”

Pero si Arroz con leche nos dictamina como ser niñas de bien, Pinocho además de ser una canción trágica y traumática es una radiografía tristísima de la realidad de nuestro país.

“Hasta el viejo hospital de los muñecos
llego el pobre Pinocho malherido
porque un espantapájaros bandido
lo sorprendió dormido y lo atacó”

Ni dormidos podemos descansar. La frase no nos inquieta, al parecer llevamos años registrando bombas, masacres, atentados y actos violentos muchos ocurridos en la noche que cuenta con la desprevención como su aliada. Otra razón más para promover el colecho o acaso ¿qué niño va a querer dormir solo después de oír semejante historia?

“Llegó con su nariz hecha pedazos
y una pierna en tres partes astillada
una lesión interna y delicada
y el médico de guardia lo atendió
A un viejo cirujano llamaron con urgencia
y con su vieja ciencia pronto lo remendó
pero dijo a los otros muñecos internados
todo esto ha sido en vano le falta el corazón”

No sabemos que EPS tenía Pinocho, pero por lo menos sabemos que estaba al día porque lo recibieron en ese viejo hospital sin mayores contratiempos y fue atendido por un medico y además un cirujano. Afortunado.

“El caso es que Pinocho estaba grave
y en sí de su desmayo no salía
el viejo cirujano no sabía
a quien pedir prestado un corazón”

Vaya lío con la escasa donación de órganos. Eso sumado a la crisis del sistema de salud, del POS, de las prepagadas nos deja claro que muchas veces lo único que nos puede salvar es un milagro.

“Entonces llego el hada protectora
y viendo que Pinocho se moría
le puso un corazón de fantasía
y Pinocho sonriendo despertó”

El párrafo que le falta a esta canción debería decir que tan pronto Pinocho sonrió demandó al hospital por falta de disponibilidad de recursos y por engañarlo con el trasplante de un corazón que por sus características parece haber sido comprado en el mercado negro.

Y para no desviarnos de temas referentes a la salud, si usted es de las mías, también habrá creído por años que a la pobre muñequita vestida de azul le dio un resfriado porque la sacaron a pasear.

“Tengo una muñeca vestida de azul
zapaticos blancos, delantal de tul
la lleve a paseo y se me constipó
la tengo en la cama con mucho dolor”

Lo cierto es que a la pobre si la sacaron pero no fue un chiflón lo que le hizo daño sino la falta de agua, fibra y fruta en el paseo. Con esa dieta que llevamos en las vacaciones cualquiera se estriñe. Y si aparte la muñeca vestida de azul es como el 90% de las mujeres que no nos sentimos tranquilas para entrar al baño si no es en nuestra propia casa, la cosa se pone más grave. La constipación no es más que la dificultad de evacuar un bollito (lo pongo en diminutivo para que no suene tan guache aunque debería ir en aumentativo). Todos sabemos que esa dificultad causa mucho malestar, ahora entiendo que a la muñeca le hacía falta un descongestionante pero no precisamente uno nasal.

Y si la pobre muñeca está de malas ni hablemos de la vaca lechera difamada. No sé mucho de ganadería pero creo que una buena vaca es una vaca lechera y, en mi caso, una vaca que da leche condensada es una fantasía.
Entonces, que alguien me explique cómo es que una vaca que produce un elixir que puede superar las 300 calorías por cuchara, es una vaca salada?

“Tengo una vaca lechera
no es una vaca cualquiera
me da leche condensada
ay que vaca tan salada
tolon tolon tolon tolon”

En un sentido literal puedo asegurar que la vaca no es salada sino demasiado azucarada, su problema, supongo, es serlo no precisamente con estevia. Pero en sentido figurado entiendo que la pobre está es de malas. En el mundo entero cada vez menos gente consume leche entera, y si una vaca extraordinaria tiene la capacidad de producir otra variedad, tiene que ser muy poco afortunada para dar leche condensada y no leche de almendras que vale el triple. El pobre lechero perdió la oportunidad de ser millonario a consta del fitness y lo sabía… ay que vaca tan salada.

Lo único cierto es que ésas canciones infantiles y muchas que necesitarían otro post son fabulosas; no en vano han perdurado y perdurarán. Puede que detrás de sus frases inocentes, si uno se pone a hilar delgado, encuentre mensajes poco actuales y errados, pero las prefiero a muchos reggaetones que en vez de indirectas tiernas nos lanzan sugerencias explicitas. Prefiero pedirle a Lolo que se consiga una novia “que sepa coser y que sepa bordar” y no una que sólo chupe chévere porque “ eso en cuatro no se ve”.

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Vergüenzas con Lolo FB

Lo mejor y lo peor que me ha traído la maternidad es la pérdida de vergüenza. No es casualidad que usemos la palabra embarazoso para describir sucesos bochornosos, ya que desde ese preciso momento nos enfrentamos a una serie de acontecimientos que nos sonrojan, nos delatan y, perdón la palabra, nos emputan. Las visitas al ginecólogo nos liberan de tapujos, y ése es sólo el comienzo.

Durante años me quejé de la facilidad que tenían mis papás para hacerme sonrojar en frente de amigos, pretendientes y desconocidos. En algún momento sospeché que lo hacían de aposta, hoy estoy segura de ello. Cuando somos hijos no entendemos porque se empeñan en hacernos sentir así. Cuando somos padres finalmente lo sabemos.

Las mamás y papás han decidido forjar el carácter de sus hijos adolescentes a punta de pena porque en sus primeros años, cuando éstos eran bebés, han forjado el de ellos de la misma manera. Mi hipótesis es sencilla: los hijos nos hacen perder la vergüenza a punta de “osos” durante casi toda su niñez, se especializan en hacernos quedar mal en todo momento. En retaliación y a modo de venganza tenemos toda su adolescencia y parte de la adultez para desquitarnos.

Lolo con sus escasos dos años ha ido formándome una personalidad libre de timidez.

En unas vacaciones, Lolo chapoteaba agua en una piscina de cuyo nombre no quiero acordarme. Confiado en la seguridad que su pañal de agua le brindaba decide hacer la digestión. Yo veo su sonrisa característica de labios apretados para estos menesteres y lo saco de la piscina a la velocidad de la luz tan pronto veo un hilo de agua de otro color nadando como una lombriz en el agua. Con la toalla de bronceo logro limpiar el desastre que ya ha llegado también a sus piernas. El estrés me salva de vomitar. Y la vergüenza con el resto de turistas me genera un ataque de risa nervioso. Descubro que el calor, el agua y al parecer la arepa de huevo crean una mezcla demasiado peligrosa para ser contenida por un humilde pañal de agua. Los otros días los dedico al mar no me atrevo a dar la cara por la piscina.

Hay días que Lolo decide soltar un peito en el ascensor. Contrario a lo que la gente puede pensar, ese pequeño con carita de ángel, sonrisa contagiosa, mirada de galán de novela puede producir unos olores altamente contaminantes similares a los de un adulto enguayabado. Cuando semejante oprobio se expande por las narices de todos siento las miradas inquisidoras que sospechan más de la madre que del angelito.

“Ana María deja que Lolo experimente con la comida de esa manera le cogerá gusto” me repetía mi pediatra. Y si, Lolo es feliz comiendo spaguettis y untándoselos, espichando una papa en su mano y embutiéndosela después en la boca y yo también. Nunca pensé que ver comer a un hijo generara tanta satisfacción y felicidad, pero en los restaurantes esto es insoportable. Lolo quiere ser dueño de su comida como lo es en casa y eso no parece gustarle mucho al resto de gente. La vergüenza de pararse de la mesa se aliviana un poco limpiando con pañitos húmedos y dejando una buena propina.

Suelen decirme que en un años tendré que espantar mucha jovencita enamorada en la puerta de mi casa pero hasta que llegue ese momento sufro cada vez que una quiere interactuar con Lolo… “Lolo mira saluda a Valentina, mira que niña más linda, mira que te está dando la mano, ella te quería conocer, ay la vas a abrazar que bueno, no Lolo no, suéltale el pelo, Lolo, por favor no se lo arranques, Lorenzo suelta a Valentina, Lolo con la arena no, en el pelo noooooo”. La mamá de Valentina huye despavorida de nuestro lado no sin antes lanzarnos miradas que si las pusiera en palabras, este post sería uno muy grosero, y yo me quedo sola en la arenera sintiéndome la peor mamá del universo.

A pesar de haber lactado escasos tres meses Lolo tiene una fascinación por meter la mano en mi brasier. No me alcanzan los dedos de la mano y los pies para contarles el sin número de veces que por culpa de su manía he andado por la calle exhibiendo más de la cuenta. No es gratuito que en muchos sitios me hayan atendido con una sonrisa inusual y una lentitud exagerada. Y yo que pensaba que lo difícil había sido quitarle esa maña al papá.

Y si les contara las cantidad de veces que le he dicho a mi mamá o a mi suegra que Lolo no come esto o lo otro y de la mano de ellas no sólo lo recibe, sino que lo devora, repite y pide más. Defenderse es poco útil en estos casos porque la sonrisa ganadora de ellas te harán sentir no sólo mentirosa, mala cocinera y antipática sino además una pésima persona.

La verdad es que todos estos “osos” son tan sólo la antesala al paredón de la vergüenza. Apenas Lolo comience a hablar, la cosa se pondrá peluda de verdad. Historias de apuntes de niños hay mil y todas son excesivamente divertidas precisamente porque dejan muy mal paradas a las mamás o al menos sin algo que decir.

– “Uy mire ese negro tan feo se parece como a usted”. Daniel Medina. 6 años. A su tío costeño.

– “Yo voy a almorzar pero si no cocina usted”. Manuela. 5 años. A su abuelita.

– “Me das un beso? Si pero espere me saco este moco”. Maria Alejandra. 4 años. A la amiga de su abuelita.

– “Y qué hace tu mamá todo el día? Regañarme y hablar por celular”. Juan José. 8 años.

– “Quién era Simón Bolívar? Pues Cristóbal Colón”. Andrés Medina. 8 años.

– “Por qué no aprendes a tocar piano? Porque de grande quiero ser bruta como mi mamá“. Ana María Medina. 6 años.

Con todo esto y con lo que me falta, desde ya les aseguro que no me voy a aguantar las ganas de salir a buscarlo en pijama y despelucada si ha incumplido la hora acordada. No me voy a morder la lengua frente a su novia cuando me pregunte hasta que edad se orinó en la cama. Voy a gozar cuando haga su primer gol y yo seré la loca demente en la tribuna disfrazada de porrista gritando: “ése es mi bebé”. No me temblará la voz para contar un mal chiste delante de sus amigos, ni la mano para tomarme una selfie con él en su primer día de universidad antes de entrar al salón. Y mucho menos me contendré de besuquearlo en frente de quien sea. Lolo renegará y creerá que no ha hecho nada en la vida para que yo le haga pasar por estos momentos bochornosos. Yo sonreiré y me haré la güevona porque la teoría de la vergüenza habrá completado su ciclo.

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Lolo está oficialmente en vacaciones. El viernes pasado mientras con lágrima en el ojo yo recibía el informe de sus profesoras y una carpeta llena de los trabajos más divinos y peor pintados de la historia, una pregunta se iba apoderando de mi cabeza: ¿y ahora que voy a hacer?

Vacaciones - La Nuwe FB

Reconozco que el tema de las vacaciones me venía estresando por culpa de las mismas mamás. No hay una mamá que me haya cruzado en las últimas semanas que no me haya puesto su cara de tránsito lento cuanto tocaba el tema de la proximidad de las vacaciones, y eso me puso prevenida. VA CA CIO NES, pensaba en esa palabra que cuando chiquita era un sueño y ahora se convertía en pesadilla. VA CA CIO NES y de repente empezaba a ver mamás con caras de angustia, a oír sus voces de desaliento, a imaginarme la casa patas arriba, a niños descontrolados corriendo sin pañal, a verme reflejada en un espejo mal peinada y llena de harina, a oír los vidrios de las ventanas agrietarse por la cercanía de una una hecatombe. Cursos de vacaciones? Semanas culturales donde los abuelos? Televisión en demanda? Actividades caseras? Contratar una recreacionista? Entrenamiento militar? Trabajo forzoso? Sesiones de hipnosis? De todo se me pasó por la cabeza.

Aparte de todo leí en alguna parte que no deberíamos agobiar a los niños con actividades y cursos durante las vacaciones y que más bien deberíamos darles la oportunidad de conocer el aburrimiento en casa para que despierten su imaginación. Y, pues si… pero no. Unas cuentas horas de aburrimiento al día son necesarias pero semanas completas son un desperdicio. Además no quiero aburrirme yo también y contar como una prisionera los días en el calendario que faltan para volver al jardín. Mi mamá siempre tenía un curso de vacaciones listo para mi y aún así creo que colmaba su paciencia cuando en la tarde la llamaba 5 veces a la oficina a decirle: estoy aburrida. Supongo que debo agradecerle por mi imaginación porque los videos que soy capaz de armarle a mi 10% no soy cualquier pendejada

Por otro lado tampoco me sentía preparada para ese curso de vacaciones recomendado por una amiga. Lolo aún está muy pequeño y la verdad me sale más caro que un summer camp en Minnesota y en ese caso prefiero hacer la inversión para su primer semestre de universidad.

Así, que como con todo lo que me parece difícil en la vida opte por relajarme. Lo primero que noté es que la organización de mi tiempo debería cambiar inmediatamente. Esas 4 horas libres en la mañana que me parecían tan poca cosa, tan escasas, tan rápidas, tan insuficientes para alcanzar a hacer de todo ya no están y a nadie le voy a negar que las voy a extrañar.

Mi plan, madrugar un poco, trasnochar otro tanto y aprovechar las siestas que, por fortuna, Lolo no ha dejado de hacer. De mi depende que éstas, nuestras primeras vacaciones oficiales sean divertidas y se pasen en 5 minutos, o sean tan aburridoras que parezcan los mismos 5 minutos pero bajo el agua. La clave: hacer de todo un parche. La ventaja: ya no hay afanes. El reto: disfrutar esos momentos. El propósito: no olvidar que finalmente son vacaciones y que la idea es descansar. El secreto: planificar. La motivación: quemar energía como ellos ayuda a adelgazar. El tip: olvidarse de los tacones y la ropa fina. El mantra: se va a crecer y hay que aprovechar este culicagado. La recomendación: intégrese con sus pares, es decir otras mamás con hijos de edades similares con las que pueda tomarse un café mientras ven a sus pequeños pelear por la misma pelota.

Pensando precisamente en otras mamás, me impuse el reto de hacer esto último posible. Entonces pensé en las cosas necesarias, fundamentales y casi obvias para que cualquier mamá pudiera solucionar por lo menos una tarde su “Síndrome de Vacaciones”. No una hora, ni un ratico sino TODA una tarde y diseñe una lista de exigencias:

1. Un lugar que tenga variedad de juegos para el niño.

2. Un lugar bonito, agradable, seguro.

3. Un lugar en el que me sienta tranquila porque el niño está jugando acompañado de expertos.

4. Un lugar en el que yo pueda tomarme un cafecito mientras lo veo jugar y echo lora con otras mamás.

5. Un lugar en el que yo pueda jugar con él y nos divirtamos juntos con juegos que me hubiera soñado de niña.

6. Un lugar al que sea fácil llegar y que tenga parqueadero.

Y como si alguien me hubiera leído la mente apareció Chiky Place. Un lugar que cumple con todas mis exigencias y que quiero que todas vayan a conocer conmigo.

Vamos a pasar una tarde con nuestros chiquitines en Chiky Place, para hacerlo sólo tienes que publicar una foto en tu Instagram o Facebook donde muestres algún juego loco, creativo, medio ridículo y hasta desesperado, que hayas inventado para entretenerte con tu hijo en vacaciones. IMPORTANTE: Debes citar en tu post a @LaNuwe y @Chikyplacebogota en Instagram o LaNuwe y Chiky Place Bogotá en Facebook.

Vacaciones - La Nuwe @ChikyPlace

Chiky Place Bogotá elegirá las 10 mamás que me acompañarán toda una tarde a jugar con nuestros bebés y darnos ese respiro que estamos necesitando en estas vacaciones.

Así que a publicar esta semana sus fotos porque el próximo martes 30 de junio elegiremos las 10 ganadoras.

Prepárense para una tarde de alivio en medio de este mes, calificado por muchas como el más difícil del año. Yo por lo pronto, mientras espero sus fotos impaciente, seguiré poniéndole buena cara a la temporada de vacaciones que por lo que veo no va a ser tan desastrosa como la pintan.

Lorenzo-43

Si hago una barrida rápida por mi cabeza puedo encontrar muchas razones por las que ser mamá hoy es mucho mejor que haberlo sido en cualquier tiempo pasado.

Se me ocurren razones de peso, como el rol activo que ahora desempeñan los papás; razones médicas, como las vacunas para los niños, la epidural para nosotras y los métodos de anticoncepción certeros para evitar la sorpresa del segundo hijo demasiado pronto; razones educativas, como los colegios bilingües, los jardines infantiles con cámaras de seguridad (¿?); razones saludables, porque superamos aquella extraña (aunque deliciosa) práctica de nuestras abuelas de recuperarse a punta de sancocho de gallina los 40 días de dieta; razones prácticas, como el extractor automático, los pañitos húmedos, el esterilizador de teteros para horno microondas, los pañales desechables, la pera saca-mocos, youtube; razones bobas, como que la ropa de maternidad antes las hacía ver a todas como un globo aerostático y ahora es linda y hasta sexy; o incluso razones tecnológicas porque no se que haríamos las mamás de hoy sin el celular para tomar las 500 fotos diarias que tomamos de nuestro bebé haciendo las cosas más increíbles, como mirar al techo.

Podría seguir enumerando razones y, seguramente, hasta terminaría escribiendo una lista similar justificando lo contrario, que ser mamá en otra época era más fácil, más tranquilo y por supuesto mejor o al menos más considerado, ya que estar embarazada era sinónimo de enfermedad y como seres inválidos y desvalidos merecíamos todos los cuidados y consideraciones.

Pero tener hijos en este momento cuenta con un elemento muy valioso: hoy se es mamá por elección. Obvio, aún nos falta camino por recorrer pero poco a poco vamos siendo la mayoría. Ser mamá es una decisión que nuestras abuelas ni por un segundo se atrevían a cuestionar, tener un hijo (una decena en realidad) era lo que tocaba, y peor aún, lo único que había para hacer. Que maravilla que vivamos una época en que la mujer puede tomar libremente esta decisión y que maravilla será, cuando además esta decisión no tenga ninguna recriminación.

Hoy somos mamás, o no lo somos, porque lo soñamos y porque así lo queremos. Sentirnos libres de tomar esta decisión nos empodera y nos hace mujeres maravillosas. Y por maravillosas me refiero a que somos tercas, obstinadas, calculadoras, exageradas, maniáticas, intensas, dramáticas. Y si a eso le sumamos la palabra mamás hay que añadir también estorbosas. 

Nos volvimos un estorbo para los ecologistas, que nos ven como un grupo de personas ignorantes e irreflexivas con el medio ambiente, que deciden traer más habitantes a una tierra que no puede aguantar más gente socavando y liquidando sus recursos.

Nos volvimos un estorbo para nuestras amigas que no tienen hijos a punta de pedirles que nos reunamos en restaurantes con parque y no en el bar ruidoso de moda, a punta de pedir que las “girls night out” sean más bien a plena luz del día con una mimosa con más jugo que champaña y no una botella entera de aguardiente.

Nos volvimos un estorbo para nosotras mismas porque en nuestro afán de querer ser exitosas profesionalmente, de estar flacas, de estar a la moda, de ser buenas mamás, de ser excelentes esposas nos pusimos la vara demasiado alta y nos creímos el cuento de que podemos hacer todo.

Nos volvimos un estorbo para las NoMo (No Mothers) que nos ven como una especie menos evolucionada, tonta y retrograda carente de metas personales y profesionales.

Nos volvimos un estorbo para los gerentes de recursos humanos que después de una licencia de maternidad o de un año sabático dedicado a nuestros hijos creen que estamos obsoletas, fuera de praxis y para colmo de males, dementes con aquello de querer limitar las horas extra.

Son las 10pm de un día difícil estoy agotada, aunque no tanto como recuerdo haberlo estado durante los primeros 4 meses de vida de Lolo, ya la casa está en silencio… por fin! Pero a mi me faltan por hacer un montón de cosas aparte de ser mamá que me apasionan. Y en medio de ese extraño desespero que me dice que no voy a ser capaz de hacerlo todo, respiro y trato de auto convencerme que ser mamá tampoco es un estorbo para mi.

Despoblar la tierra para que en un siglo no la habite ningún humano depredador y voraz destructor del medio ambiente me parece poco desafiante e irrespetuoso con nuestra historia, aunque debo reconocer que sería genial como guión para la próxima película de Christopher Nolan. Esperen, creo que ya la hizo. Y no es una idea tan disparatada sabiendo que hace poco fue descubierto un planeta a quinientos años luz con características muy similares a la tierra. Así que, queridos ecologistas en vez de castrarnos las ganas de ser felices porque no se donan a la Nasa y empezamos los tramites para poblar ese planeta?

Amigas sin hijos, el hecho de que tenga llenas mis redes sociales de fotos de bebés, de artículos cursis y reivindicadores de la maternidad no significa que no pueda hablar de otros temas y que no necesite de cuando en cuando una salida de esas en las que nos divertíamos con el bullying sano al que estamos acostumbradas con una cerveza en la mano. Y por cierto, no se les va a gangrenar un dedo por darle like de vez en cuando a mis fotos, se los juro, está más que comprobado.

Generación NoMo, admiro, aplaudo y respeto su decisión. No les pido que admiren, aplaudan y respeten la mía, con que dejen de mirarme con esa gesto mezcla de lástima y condescendencia es suficiente. No soy bruta, sumisa, resignada, mantenida, trepadora o frustrada. Por el contrario, soy el perfecto ejemplo del multitasking que se achacan la mayoría de mujeres haciendo la mitad de las cosas.

Respetados miopes de recursos humanos el hecho der ser mamá no ha invalidado mis títulos profesionales y, si de competencias laborales y personales se trata, la labor que he hecho en casa en este tiempo tiene más liderazgo, trabajo en equipo, resolución de problemas, ideas innovadoras y aprovechamiento de recursos que el de cualquier gerente con el que me puedan comparar. Y si el problema es que consideras que la maternidad me volvió demasiado sensible creo tampoco deberías contratar gente con mascotas, enamorada o ligeramente fabulosa.

Ser mamá no es un estorbo, la clase de mamá que queremos ser las mujeres de hoy si. Y eso es lo mejor que nos ha podido pasar a nosotras como mujeres y a ellos como hijos.

Falta poco para que la adolescencia de mi hijo haga de las suyas y me vuelva un verdadero estorbo que abochornará su vida social, ni hablar cuando me atrape la demencia senil y me convierta en un estorbo también para mi nuera.

Por ahora, no sólo me siento orgullosa de ser la clase de estorbo que soy sino además me declaro el obstáculo más dichoso y capaz de este planeta…y del próximo a poblar.

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