Martes de Post-Parto - mordisco

A Lolo me lo mordieron. No les puedo explicar la rabia y la impotencia que se siente. Ser mamá es sentir dolor físico y del alma por una herida que no es tuya. Cuando alguien le hace daño, poco o mucho, a lo que más amas, el corazón se te resquebraja de una manera que jamás habías experimentado. A todas nos ha pasado de diferentes maneras, así que supongo que no necesito describir el sentimiento. El punto es que me lo mordió un niño nuevo en el jardín.




La primera vez, porque fueron varias, la rabia me hizo agüar ojo, pero invocando la calma, asumí que ese tipo de cosas suelen pasar entre niños y lo dejé pasar.

  • “Dile a Fulanito (debo confesar, aunque sea un poco infantil de mi parte, que pronunciar el nombre real del niño me produce cierto malestar) que no se muerde a las personas.”

La segunda vez, con una mezcla de rabia, estupefacción y congoja, quería salir y pellizcar a Fulanito mientras la profesora apenada volvía a disculparse conmigo. La angustia me hizo hacer mil preguntas. Al parecer Fulanito había decidido dejar su marca en varios compañeros, lo que lo eximia de ser un asunto personal con mi chiquito; y lidiaba con un proceso de adaptación nada fácil para las profesoras, lo que me hacía todo el tema más entendible pero no menos doloroso.

  • “Dile a Fulanito que vaya y muerda una hamburguesa o en su defecto, a su abuela (esto último lo pensé pero no lo dije), siéntate lejos de él y si te hace cualquier cosa vas inmediatamente donde tu profesora.”

La tercera vez, mientras oía las explicaciones de la profesora, mi mente hacía una lista de los posibles jardines a los que podríamos cambiarnos. Me imaginé escribiendo una carta a la rectora pidiendo que escogiera entre la familia de Fulanito y nosotros,  porque bastante nos esforzábamos en casa para crear un ambiente lleno de amor como para permitir ese tipo de violencia reiterativa en el jardín. Por algo llamado educación o estupidez mantuve la cordura, por algo llamado shock, solo dije que esperaba que no volviera a pasar y que tomaran otro tipo de medidas porque las que tenían obviamente no estaban funcionando, y por algo llamado trabajo en equipo o matrimonio, salí a llamar a mi 10% porque la rabia y la consternación ya me sobrepasaban.




  • “No se muerde, no se muerde, no se muerde chino pendejo (eso último también lo pensé pero no lo dije) es lo que tienes que decirle.”

Mi papá que ese día estaba en casa, aún más bravo que yo con el tema, me pidió permiso para darle unos consejos de defensa personal a Lolo. Aunque me reí de sólo imaginarme a mi papá explicándole a Lolo como morder a su verdugo y, aunque mi primer impulso por la rabia, era rogarle a mi chiquito que fuera a dejarle sus hermosos dientes marcados a Fulanito, mi conciencia, los ideales que tengo de crianza y un apoyo creciente a que podemos superar un proceso de paz que nos enseñe a convivir en armonía, no me lo permitieron.

Esa noche mientras yo buscaba en google sobre mordidas (y jardines), decidimos, no se si erradamente y a pesar de que dicen que la tercera es la vencida, esperar y observar como transcurría la semana y si aparecía un cuarto episodio armar la trifulca en el jardín. Pospuse la idea del cambio de jardín. Un mordisco es algo indeseado como una gripa, y aunque ambas cosas le han ocurrido a Lolo en el jardín no significa que sacándolo de allí nunca vuelvan a ocurrir. Mi búsqueda se centró en ¿Qué hago si muerden a mi hijo?

Me sorprendió que en todo lado hablaban de cómo tratar al niño mordelón pero en ninguna parte daban tips para el niño que ha sido mordido. Yo estaba llena de dudas, no quería que mi hijo viera este tipo de violencia como algo habitual y normal, no quería dejarle la percepción de que te pueden lastimar y no hay consecuencias, no quería que creyera que a pesar de sus tres mordiscos sus papás seguían tranquilos mandándolo a la boca del lobo.

Los días pasaron y yo no volví a oír de Fulanito, desconozco si la razón fue que Lolo se ha salvado de sus ataques o si sus ataques han cesado. Cruzo los dedos por la segunda.

Ayer me lo volvieron a morder y no fue en el jardín. Lo mordieron en casa de una amiga. Lo mordieron a dos pasos míos y entendí por primera vez del todo a las profesoras. Lo mordieron a dos pasos de la otra mamá y entendí por primera vez a la mamá de Fulanito.

Sólo en ese momento entendí que si bien un mordisco es una señal de alerta para guiar al niño mordelón y darle otras explicaciones al niño mordido, es sobretodo un dolor lleno de angustia para la mamá del uno y del otro.

Hace un tiempo leí en un post de una amiga (www.amosermama.co) algo sobre los mordiscos, Caro preguntaba que era preferible: ser la mamá del niño que muerde o del niño que es mordido? Y sólo se me ocurre contestarle hoy, que ninguna.

Si eres la mamá del niño mordido, estallas en ira, te culpas por no haber estado más cerca para impedirlo, te estresas pensando que puede ocurrir nuevamente, sientes pánico de que imite esa conducta,te angustias de pensar que más grande permita otras afrentas contra él y te duele enormemente el corazón.

Si eres la mamá del niño mordelón, estallas en angustia, te preguntas que has hecho para que tu hijo tenga esa reacción, te culpas porque quizá hay algo que está fallando en casa o en tu educación, te estresas pensando que ahí se esconde un problema mayor, sientes pánico de que lo repita una y otra vez, te angustias de pensar que te has equivocado y te duele enormemente el corazón.

Un mordisco nos duele a ambas. Y a veces la mejor solución la tenemos a la mano y no nos damos cuenta, está al frente nuestro, la lección de qué hacer nos la dan nuestros propios hijos: llorar, reconciliarse, volver a jugar y olvidar. Porque nadie nos garantiza que no vayamos a asumir el papel de la otra mamá en otro momento de la vida.




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Martes de Post-Parto - Gripa

Son las 3 de la tarde. Hace un frio espeluznante y delicioso. Sí, delicioso, debo confesar que la atmosfera que crea el frio me encanta. Me siento en los alpes suizos, o mejor aún, recuerdo épocas de mi niñez que me llenan de nostalgia, en esta Bogotá gris y lluviosa. ¿Algo mejor que un arrunchis con cobija peluda? El frío es la excusa perfecta para usar saquitos peludos y chaquetotas, prender la chimenea y comer chocolates de más. Así estoy en este momento, sentada en la cama con una cobija que más parece el abominable hombre las nieves (sin lo abominable), una snikers que ya va por la mitad, un café extra grande y Lorenzo a mi lado, que hace una siesta tardía y perjudicial para la hora de dormir esta noche. El plan podría ser perfecto si no fuera por una tonelada de mocos que producimos a causa de la tercera gripa del año que nos da, y eso que apenas estamos comenzando abril.




Iba a aprovechar la siesta de Lorenzo para cerrar también mis ojos llorosos, pero me di cuenta que el timing no podía ser más perfecto para escribir sobre un post que me han pedido desde hace días: La tormentosa e interminable relación entre la gripa y el jardín.

Hace unos meses, cuando decidimos escoger el jardín para nuestros pequeños, con lupa y mucha meticulosidad evaluamos todas las variables: la seguridad de las instalaciones, el carisma de sus profesoras, la cantidad de ceros a la izquierda de la matricula, la cercanía a nuestra casa, el método de enseñanza, la calidad de la merienda y, algunas más quisquillosas, hasta la pinta de los padres de familia. Cada jardín parecía un universo diferente y nos costó un par de noches escoger el que más nos convencía. La decisión quizás no hubiera sido tan difícil, si en vez de mirar las cosas que los diferenciaban, hubiéramos observado la única que es común a todos: los virus. No existe un jardín desprovisto de ellos ni mamás que no se quejen de la cantidad de gripas, piojos y eruptivas que sus niños contraen allí. Una vez nuestros hijos entran al jardín tenemos la extraña sensación de que pasan más días apestados que sanos.

A todas nos dijeron “no es sino que entre al jardín y se le peguen todos los virus”. Y todas nos dijimos mentalmente, como para no sentirnos una mamífera cruel e irracional abandonando a sus crías, “es necesario que coja defensas de una vez por todas” Pues, la bendita cogida de defensas nos cobra aproximadamente 5 días de incapacidad al mes. Al paso que voy, no estaría mal pedirle un reembolso de una pensión al jardín por la sumatoria de todos los días que Lolo termina quedándose en casa por una gripa.

Al principio alcancé a dudar del sistema inmunológico de Lolo y corrí al pediatra muchas veces ante al evidencia de los primeros síntomas. Después de oír muchas veces el famoso “es normal que los niños se enfermen cada mes” o el aniquilador “eso es viral”, ya me evito la salida de casa y tengo un botiquín dotado con las vitaminas y medicamentos básicos para estos casos.




No sé que me molesta más, empezar a ver los mocos transparentes que anuncian la llegada de una gripa o empezar a recibir los mensajes del grupo de whatsapp del jardín con las quejas, consejos y sugerencias de todas las mamás aburridas con la peste.  A una de esas mamás, a principios de febrero le pareció que lo que necesitaba el jardín era un desinfectador de ambiente en cada salón y una revisión diaria de la super intendencia de higiene y salud (si eso existe) para que el jardín no siguiera propagando y reproduciendo los virus de todos los niños. Me burlé, la catalogue de exagerada, le trate de explicar con mis dedos gordos que me hacen escribir brutalidades en WhatsApp, que el mundo era un lugar lleno de virus y que no podíamos desinfectarlo por completo ni aislar las zonas por donde pasan a diario nuestros hijos. A mi segunda maluquera a principios de marzo, porque valga la pena aclarar que la gripa del niño no sólo se nos pega sino que sufre una transformación genética que hace que nuestra gripa no sea un simple resfriado sino una asquerosa peste bubónica, no me parecía una idea tan mala llenar cada esquina del jardín de esos aparatos que purifican el ambiente. Hoy, a mi tercera, estoy considerando seriamente una visita de la OMS o al menos pienso sugerir en el estresante grupito de WhatsApp de “mamitas y papitos” del jardín, que por favor no manden al jardín a los niños que empiezan a sentirse mal. Entiendo más que nadie el complique y el desbarajuste para nuestras labores diarias el tener que dejar a los niños en casa, pero es la única solución efectiva para reducir estas epidemias grupales, sobretodo en esta temporada esperada de lluvias.

Si a finales de abril vuelvo a caer por otra gripa no me temblará la mano para recomendarle a las directivas de cada jardín que contraten los servicios de ADN, la Agencia de Detección de Niños de Monsters Inc para que dos macancanes enfundados en trajes y mascarillas salten a desinfectar y a aislar a cada niño que se presente a las aulas con síntomas de gripa o cualquier otra enfermedad contagiosa. 

Por ahora me tomaré una aguapanela con jengibre y limón,  esperaré que la dosis de dólex que Lolo debe tomarse en la noche le produzcan el sueño necesario para contrarrestar que siga dormido a las 4pm, y aguardaré pacientemente la siguiente gripa con tal de que lo que se me venga encima el próximo mes no sea una epidemia de piojos.

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Lolo está oficialmente en vacaciones. El viernes pasado mientras con lágrima en el ojo yo recibía el informe de sus profesoras y una carpeta llena de los trabajos más divinos y peor pintados de la historia, una pregunta se iba apoderando de mi cabeza: ¿y ahora que voy a hacer?

Vacaciones - La Nuwe FB

Reconozco que el tema de las vacaciones me venía estresando por culpa de las mismas mamás. No hay una mamá que me haya cruzado en las últimas semanas que no me haya puesto su cara de tránsito lento cuanto tocaba el tema de la proximidad de las vacaciones, y eso me puso prevenida. VA CA CIO NES, pensaba en esa palabra que cuando chiquita era un sueño y ahora se convertía en pesadilla. VA CA CIO NES y de repente empezaba a ver mamás con caras de angustia, a oír sus voces de desaliento, a imaginarme la casa patas arriba, a niños descontrolados corriendo sin pañal, a verme reflejada en un espejo mal peinada y llena de harina, a oír los vidrios de las ventanas agrietarse por la cercanía de una una hecatombe. Cursos de vacaciones? Semanas culturales donde los abuelos? Televisión en demanda? Actividades caseras? Contratar una recreacionista? Entrenamiento militar? Trabajo forzoso? Sesiones de hipnosis? De todo se me pasó por la cabeza.

Aparte de todo leí en alguna parte que no deberíamos agobiar a los niños con actividades y cursos durante las vacaciones y que más bien deberíamos darles la oportunidad de conocer el aburrimiento en casa para que despierten su imaginación. Y, pues si… pero no. Unas cuentas horas de aburrimiento al día son necesarias pero semanas completas son un desperdicio. Además no quiero aburrirme yo también y contar como una prisionera los días en el calendario que faltan para volver al jardín. Mi mamá siempre tenía un curso de vacaciones listo para mi y aún así creo que colmaba su paciencia cuando en la tarde la llamaba 5 veces a la oficina a decirle: estoy aburrida. Supongo que debo agradecerle por mi imaginación porque los videos que soy capaz de armarle a mi 10% no soy cualquier pendejada

Por otro lado tampoco me sentía preparada para ese curso de vacaciones recomendado por una amiga. Lolo aún está muy pequeño y la verdad me sale más caro que un summer camp en Minnesota y en ese caso prefiero hacer la inversión para su primer semestre de universidad.

Así, que como con todo lo que me parece difícil en la vida opte por relajarme. Lo primero que noté es que la organización de mi tiempo debería cambiar inmediatamente. Esas 4 horas libres en la mañana que me parecían tan poca cosa, tan escasas, tan rápidas, tan insuficientes para alcanzar a hacer de todo ya no están y a nadie le voy a negar que las voy a extrañar.

Mi plan, madrugar un poco, trasnochar otro tanto y aprovechar las siestas que, por fortuna, Lolo no ha dejado de hacer. De mi depende que éstas, nuestras primeras vacaciones oficiales sean divertidas y se pasen en 5 minutos, o sean tan aburridoras que parezcan los mismos 5 minutos pero bajo el agua. La clave: hacer de todo un parche. La ventaja: ya no hay afanes. El reto: disfrutar esos momentos. El propósito: no olvidar que finalmente son vacaciones y que la idea es descansar. El secreto: planificar. La motivación: quemar energía como ellos ayuda a adelgazar. El tip: olvidarse de los tacones y la ropa fina. El mantra: se va a crecer y hay que aprovechar este culicagado. La recomendación: intégrese con sus pares, es decir otras mamás con hijos de edades similares con las que pueda tomarse un café mientras ven a sus pequeños pelear por la misma pelota.

Pensando precisamente en otras mamás, me impuse el reto de hacer esto último posible. Entonces pensé en las cosas necesarias, fundamentales y casi obvias para que cualquier mamá pudiera solucionar por lo menos una tarde su “Síndrome de Vacaciones”. No una hora, ni un ratico sino TODA una tarde y diseñe una lista de exigencias:

1. Un lugar que tenga variedad de juegos para el niño.

2. Un lugar bonito, agradable, seguro.

3. Un lugar en el que me sienta tranquila porque el niño está jugando acompañado de expertos.

4. Un lugar en el que yo pueda tomarme un cafecito mientras lo veo jugar y echo lora con otras mamás.

5. Un lugar en el que yo pueda jugar con él y nos divirtamos juntos con juegos que me hubiera soñado de niña.

6. Un lugar al que sea fácil llegar y que tenga parqueadero.

Y como si alguien me hubiera leído la mente apareció Chiky Place. Un lugar que cumple con todas mis exigencias y que quiero que todas vayan a conocer conmigo.

Vamos a pasar una tarde con nuestros chiquitines en Chiky Place, para hacerlo sólo tienes que publicar una foto en tu Instagram o Facebook donde muestres algún juego loco, creativo, medio ridículo y hasta desesperado, que hayas inventado para entretenerte con tu hijo en vacaciones. IMPORTANTE: Debes citar en tu post a @LaNuwe y @Chikyplacebogota en Instagram o LaNuwe y Chiky Place Bogotá en Facebook.

Vacaciones - La Nuwe @ChikyPlace

Chiky Place Bogotá elegirá las 10 mamás que me acompañarán toda una tarde a jugar con nuestros bebés y darnos ese respiro que estamos necesitando en estas vacaciones.

Así que a publicar esta semana sus fotos porque el próximo martes 30 de junio elegiremos las 10 ganadoras.

Prepárense para una tarde de alivio en medio de este mes, calificado por muchas como el más difícil del año. Yo por lo pronto, mientras espero sus fotos impaciente, seguiré poniéndole buena cara a la temporada de vacaciones que por lo que veo no va a ser tan desastrosa como la pintan.

“El dolor de espalda no te lo vas a aguantar” “el parto es tenaz” “si es por cesárea la recuperación es muy larga” “la lactancia duele mucho mientras te acostumbras” “ahora sí vas a saber que es el cansancio” “no vas a volver a dormir”.

Después del “felicitaciones” obligatorio, oí éstas y otras frases una y otra vez cuando daba la noticia de mi embarazo. Frases que comenzaban a revelarme la maravillosa pero exigente labor que se me venía encima. Y sí, fue difícil, fue agotador, fue desgastante pero nada, lean bien, NADA, hasta ahora, puedo compararlo con el intenso dolor y desgarramiento que nos produjo a Lolo y a mi la entrada al jardín. Y no era para menos, después de 31 meses (estoy contando mis meses de embarazo también) por primera vez Lolo y yo teníamos que separarnos asumiendo que podíamos y debíamos (así fuera por unas escasas horas) llevar a cabo otras actividades sin nuestra dedicación exclusiva mutua. Por más que muchas veces, atareada porque las siestas de Lolo no me daban el tiempo suficiente para llevar a cabo otras tareas, anhele tener ese tiempo para mi, o por más que supiera que Lolo estaba necesitando ese nuevo espacio de exploración y aprendizaje, la presión que tenía en el pecho le jugaba a mi cerebro una mala pasada y trataba de convencerlo de que ni Lolo ni yo necesitábamos pasar por esto todavía. Alcancé a dudar pero sabía muy en el fondo que había llegado el momento de que yo volviera a tener una vida sin él y él sin mi… por un ratico. Era el fin de una era o al menos así lo sentía y eso tenía que dolernos a ambos.

Nuwe Blog Jardin BLOG Lista

     Día 1.

Madre e hijo entramos al salón de clases. Lolo abrazado como un koala a mi se rehúsa a recibir los juguetes que las profesoras dulcemente le van mostrando. Me proponen que me quede hoy acompañándolo en sus clases y un pedazo de mi alma vuelve al cuerpo. Evito hacer mucho contacto visual con las profesoras a riesgo de que me hagan preguntas que hagan que el enorme esfuerzo que estoy haciendo por parecer feliz y emocionada resulte obsoleto y termine por liberar esas lágrimas que vengo conteniendo desde la casa. Esfuerzo inútil porque una de ellas al ver que Lolo no quiere integrarse al juego y sigue abrazado a mi pierna pregunta: “¿es la primera vez que se separan?”. Asiento con la cabeza, aprieto mis dientes tratando de evitar que al abrir la boca todos puedan ver el nudo en mi garganta, mis ojos se llenan de lágrimas y mientras sonrío y me hago la güevona buscando algo inexistente en mi cartera me recrimino mentalmente mi falta de elocuencia y tranquilidad en este momento. Hemos logrado algunos progresos en el parque donde parece por segundos olvidarse de mi presencia, pero pasadas las 10:30 Lolo entra en desespero y por consejo de la profesora decidimos dejar hasta ahí por hoy. Tan sólo dar dos pasos afuera del jardín siento como el cuerpo de Lolo se relaja y mi corazón, más que mi mente, comienza a restarle prioridad a las tareas profesionales que me han adelantado la decisión de meterlo al jardín.

     Día 2.

Padre e hijo entran al salón de clases. Mi 10%, ahora convertido en 100%, se tomó la mañana para estar con Lolo en el jardín, puede que al estar más apegado a mi se sienta mucho más tranquilo y desenvuelto con él. Si seguimos así van a tener que cobrarnos otro matricula en el jardín o al menos hacernos un descuento familiar. Me quedo en casa y trato de empezar a llevar a cabo la enorme lista de cosas que tengo por hacer sin Lolo pero no logro pensar en nada que no sea precisamente él. Vuelven a mi cabeza las palabras de la directora que me pide que le demos el tiempo necesario para adaptarse porque separase de su figura de apego (yo) no es tan sencillo. Con la casa en silencio por primera vez, leyendo una y otra vez el mismo párrafo sin poderme concentrar, de pronto me doy cuenta que mi figura de apego durante todo este tiempo ha sido Lolo y nadie está aquí para abrazarme y consolarme. Descubro que el duelo es de los dos y que yo también necesito empezar a adaptarme.

     Día 3.

El día negro. Lolo va a quedarse solo porque con nosotros acompañándolo no siente la necesidad de interactuar con nadie más. Por votación unánime, o más bien por mandato dictatorial, se me declara incapaz y mi 100% es el encargado de dejar a Lolo en el jardín. Los despido con la mejor sonrisa que puedo fingir mientras se alejan en bicicleta, yo voy por el carro y salgo detrás de ellos con la idea de parquearme en un café cercano porque han prometido llamarme si el llanto es inconsolable. Por esas cosas ridículas que uno hace por la curiosidad me parqueo dos carros atrás de la entrada del jardín y alcanzó a ver como mi 100% entrega a un Lolo desesperado y compungido. Mi 100% y yo nos quedamos mirando una puerta cerrada, no decimos nada pero ambos lloramos. Después cometo el peor error de mi vida: decido no ir a ese café y me siento en el carro a leer un libro como si saber que sólo un muro me separa de Lolo hiciera menos difícil este momento. Ya he logrado leer dos páginas del libro que llevé pero un ruido familiar me distrae, abro la ventana para oírlo mejor y reconozco ese aullido al estilo Chewbacca que sólo Lolo puede hacer. Me bajo del carro acerco lo más que puedo mi oreja a un pequeño hueco que encuentro en una esquina y oigo, ahora si con nitidez, el llanto desconsolado de mi chiquito. Se me termina de romper el alma y sin saber que hacer mientras él grita adentro yo me ataco a llorar afuera. Miro mi celular y no entiendo por que no llaman si yo oigo un llanto inconsolable. Hablo con una amiga que es tan exagerada como yo y que ya pasó por lo mismo y mientras trata de tranquilizarme llora conmigo al otro lado del teléfono. Finalmente me convence de ir por ese café que tenía planeado. Doy dos pasos pero suena mi celular, son las 10 am:

-Aló? (oigo por una oreja el llanto de Lolo en vivo y por la otra en diferido)

– Ya puedes venir por Lorenzo.

Una profesora con todo el cariño y paciencia lo alza tratando de calmarlo. Entro al salón, los ojos de Lolo llenos de lágrimas y los míos rojos e hinchados se encuentran, nos abrazamos y sentimos que ahora es más fácil respirar, como por arte de magia la congoja que sentíamos desaparece.

    Día 4.

Nos han repetido una y otra vez que la tranquilidad de quedarse en el jardín se la trasmitimos nosotros pero o somos los peores actores del mundo o él parece leernos entre líneas. Todos estos días, a pesar de nuestro corazón roto, nos hemos sobreactuado de entusiasmo al nivel que tengo la sensación que si Lolo hablara nos diría: entonces vayan ustedes. Al despedirnos le decimos a Lolo que a nosotros también nos hace mucha falta estar con él todo el tiempo pero que, como él, vamos a estar bien durante estas pocas horas. Lorenzo llora un poco en la entrada al jardín pero, según nos cuentan más tarde, se calma al entrar al salón. Yo me siento culpable pero en algún lado he leído que es normal y trato de no botarle mucha corriente al tema. Tan intensa como no puedo dejar de serlo, llego por él a las 10:30. Lolo juega en el parque y aunque tiene “cara de sol” es decir, ojo medio aguado, ceño fruncido y jeta inyectada con biopolímeros, no parece estar sufriendo como ayer. El abrazo lleno de sentimiento de ayer se repite y mientras Lolo me empuja hacia la puerta pienso que esto va a durar más de una semana. Me autoconsuelo acordándome de uno de mis sobrinos que en su primer mes de jardín prefirió sentarse al lado del portero y hacerle la visita mientras pasaban las 4 horas para que volviera mamá. Mi cuñada lo supo por error de otra mamá meses después, afortunadamente.

     Día 5:

Lolo hace pucheros al despedirse y sin dejar de hacer su aullido Chewbbaquesco le tira brazos a la profesora. Yo voy por él a las 10.30 y cuando me ve ahí parada mirándolo jugar me sonríe y se me acerca para que lo alce pero sin el afán y desespero de antes. Tengo ganas llorar pero esta vez no es por angustia, es por una extraña mezcla de alegría por verlo bien y de nostalgia de darme cuenta que mi bebé esta creciendo. Éste es quizás el primer eslabón que soltamos y comienzo a entender lo que mi mamá siempre me ha dicho: los hijos son prestados.

     Día 6:

El puchero mañanero aún es una constante pero cuando llego por él, una hora más tarde que el día anterior, me encuentro con un Lolo lleno de tierra de arriba abajo, prueba irrefutable para mi de que la ha pasado de maravilla. Al verme sonríe, hace el amague de venir a abrazarme y al ver que me ha engañado ríe un poco más mientras corriendo, ahora sí, se tira a mis brazos. Yo también sonrío: estamos casi al otro lado.

 Con el paso de los días la situación ha ido mejorando para todos. Aún estoy esperando ese domingo que Lolo se pare en la puerta de la casa maleta en mano porque quiere ir al jardín, como me contó una amiga que le pasa ahora con su hija. Pero por lo menos tampoco he tenido que vivir una escena digna de The Walking Dead, como cuenta otro de mis hermanos, que mientras caminaba de regreso al carro lo perseguía mi sobrino arrastrándose desesperadamente tratando de alcanzarlo como si mi hermano fuera el último trozo de carne fresca en el mundo y mi sobrino el más hambriento de los zombies. Al otro día las profesoras lo felicitaban y mientras decían que ningún otro papá hubiera sido capaz, mi hermano ponía su mejor cara de orgullo tratando de ocultar que se sentía como un soberano zapato.

Lolo está empezando a disfrutar su jardín, cada día me lo entregan más sucio que el día anterior como si supieran que, por alguna razón, eso me hace feliz. Yo, por mi parte, me reencontré conmigo y recordé que sola también me caigo muy bien, la culpa que me hacía sentir egoísta poco a poco ha sido desplazada por la satisfacción de cumplir metas personales y profesionales, los reencuentros con Lolo cada medio día parecen de película romántica gringa y nuestras tardes son mucho más divertidas porque ahora, más que nunca, son nuestro momento de dedicación exclusiva mutua.

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Jardín BLOG Original

En esta casa empezó oficialmente la búsqueda de Jardín para Lolo. Primero hicimos una lista de los 5 que más nos gustaban basados en 4 criterios: la cercanía, la metodología, la infraestructura y las recomendaciones de amigos y familiares. Dedicamos una mañana a visitar nuestras opciones, al almuerzo las comparamos, a la noche hicimos cuentas y antes de dormirnos ya teníamos una decisión: nos quedamos con el que nos sentíamos a gusto sin importar lo cerca o lejos, si era una casa–garaje-vieja reformada o un aspirante a premio de arquitectura, seguridad y diseño o si tenía o no convenio con los 5 colegios más caros, más fifis y mejor rankiados. Cantamos victoria y, como siempre en la vida, recibimos un pastelazo en la cara que nos demostraba que el proceso apenas comenzaba. El pastel en mi nariz esta vez venía en forma de formulario de inscripción.
Hay alguien que se sienta cómodo contestándolos? Yo no. O me siento la más lambona, mentirosa y convencida describiendo lo perfecto que es mi hijo o me siento la más tonta, ingenua y ácida confesando verdades que bien podrían costarme el cupo.

Hay formularios de todas las clases pero eso sí, casi todos están llenos de preguntas presuntuosas que no esperan una respuesta sincera sino una adecuada y conveniente. Hay unos que te los cobran, otros que indagan tanto en tu vida que si uno los cargara en la billetera bien podrían reemplazar el certificado judicial o una certificación bancaria.
El hecho es que leer las preguntas del formulario de nuestro jardín escogido despertó en mi cierto tipo de morbo, por decirlo de alguna manera, y empecé a buscar como loca formularios de jardines infantiles en internet para saber si todos eran iguales. En pro de la verdad diré que no todos pero si la gran mayoría, y si los juntamos todos, podría jurar que ni siquiera Yahoo Answers tiene un compilado tan grande de preguntas absurdas. Algunas de hecho inentendibles por su redacción o por su fallido intento de sonar profesionales, ilustradas o como diría mi mamá leida (así sin tilde y con acento en la e).
No me pude contener y me puse a la tarea de recopilar las mejores preguntas a fin de crear el formulario ideal. Por mejores preguntas quiero decir ridículas y por formulario ideal quiero decir irrisorio. Cuando lo tuve listo, me di cuenta que un formulario por más preguntas ocurrentes que tuviera estaría incompleto sin una respuesta sensata que le hiciera compañía. Así que yo, invocando a los genios autores y redactores de los formularios para que me impregnaran de su lógica, su elocuencia, su claridad y su simpleza me senté a contestarlas.
He aquí el resultado:

Archivo 7-04-15 21 24 08

Debo confesar que el desatino de algunas de estas respuestas no distan mucho de las verdaderas que enviamos hace unos días en el formulario real de nuestro jardín escogido, el cual mi 10% llenó y envió sin consultarme. Cuando lo revisé, la mayoría de sus respuestas me situaron en la delgada línea entre un ataque de risa y uno de ira. No sólo lo había llenado con su singular caligrafía, afeminada y decorada, aún bajo la advertencia de “debe ser llenado a máquina de escribir, computadora o a letra de molde”, no había adjuntado la foto requerida sino que además cuando le preguntaron por la autonomía del niño al comer, al vestirse y para controlar esfínteres contestó que Lolo comía tres veces al día más dos meriendas y que no molesta cuando lo vestimos, excepto cuando le cambiamos el pañal.

Por increíble que parezca después de reunirnos con la directora fuimos aceptados y no tenemos que esperar hasta el próximo semestre, así que publico este post a pesar del peso que siento en el pecho y de mi ojo aguado porque mañana será nuestro primer día de jardín. Estoy segura que a Lolo le va a ir muy bien… a mi no sé.

Continuará…

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