Este será el quinto año que celebro el día de la madre, en realidad el sexto si cuento el de mayo de 2013 con una panza a un mes de estallar.

He pasado por todos los requerimientos de regalo para que mis seres amados se congracien conmigo en este día. Para los primeros años mi regalo soñado era un día libre. Libre de todos los deberes, de todas las cosas y rutinas que precisamente me hacían merecedora de una felicitación, pero de las que yo quería huir por unas horas. No es para menos, los primeros años son los más agotadores y no había ramo de flores, caja de chocolates o par de botas nuevas que superaran mi humilde deseo de desaparecer para todos y poder dormir en paz, comer caliente y andar sin afanes.

Otros años, con el cansancio inicial superado y ávida de regalos, empezaba desde febrero una campaña más cochina que candidato presidencial y cualquier cosa que veía y me gustaba era enviada al whatsapp de mi esposo con la nota “mira esto tan lindo, ya casi es mayo, he sido una buena madre, ojo pues, después sigue el día del padre, te amo”.

Este año, para mi sorpresa he sido cauta, no he hecho lista, solo he mandado un mensaje a whastapp y ya ni siquiera pido un día libre, porque los parches con un Lolo que baila, habla, canta y pregunta todo, son mil veces más divertidos que acostarme a descansar.

Supongo que he tardado 5 años en reconocer y darme cuenta que si bien amo los regalos (no vaya ser que mi esposo se lo tome literal y me quite la dicha de destapar algo este año) por primera vez entiendo la importancia y el “por qué” celebrar el día de la madre.

Ser mamá ha sido una experiencia de humildad, fortaleza y descubrimiento y para mi.

De humildad porque solo la maternidad ha sido capaz de ponerme de frente a mis errores, me ha obligado a mirarlos a los ojos y hacer algo con ellos diferente a negarlos.

De fortaleza porque solo la maternidad me ha enfrentado a mis peores miedos sin darme si quiera el chance de esquivarlos o ignorarnos.

De descubrimiento porque solo a través de ella fui capaz de reconocer un lado oscuro tan propio de mi esencia como mis más iluminadas sonrisas.

Han sido 5 años en los que he llorado de rabia, impotencia y dolor, y esas lágrimas me han hecho crecer. Pero también he llorado de alegría y agradecimiento, y esas lágrimas me han devuelto un poco de la humanidad que no sabía que había perdido. 

De la maternidad hoy, 5 años después de haber empezado a andar su camino, sin hormonas alborotadas y durmiendo las noches (al menos la gran mayoría) de corrido, puedo decir a riesgo de sonar cursi y monotemática, que es el mejor regalo que me he dado, y literalmente empacado, en la vida.

Nada me había cuestionado tanto en la vida, nada me había retado tanto pero nada jamás me había regalado tanta felicidad.

Ser mamá es y será siempre mi mejor regalo. Porque con todo el cansancio y el dolor en el alma que a veces conlleva, es mi milagro, mi sueño cumplido, el camino que escogí y quiero seguir recorriendo. Es el mejor regalo porque solo la maternidad me ha dado la posibilidad de conocerme a fondo, me ha obligado a reinventarme, a corregirme una y otra vez y ha sembrado en mi el deseo de convertirme en un ser humano más consciente y poderoso del que era antes de tener a un hombrecito en casa que me llamara mamá. 

La importancia del día de la madre para mi, 5 años después de serlo, radica en celebrar que solo una madre sabe a ciencia cierta de qué esta hecha. Si bien la valía de una mujer no radica en ser madre, las que lo somos conocemos a fondo ese valor porque muchas veces lo hemos cuestionado.

5 años después de ser madre, reconozco que el mejor regalo para una mamá es precisamente poder haberlo sido.  

Feliz día a todas ustedes mamás que me leen, que se han vuelto mis cómplices, mis psiquiatras y muchas veces mis consejeras, el mejor regalo ya se lo dieron ustedes mismas y nació de su barriga, pero celebren como nunca este fin de semana porque gracias a nosotras las familias se construyen, gracias a nosotras hay niños felices en el mundo. Y las cosas lindas que le regalan color al mundo como la familia, el amor y los hijos siempre será algo que vale la pena celebrar. Así que celebremos porque al final de la jornada solo nosotras sabemos cuánto lo merecemos.

 

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Madre primeriza, vengo del futuro, tengo un mensaje para usted, tranquila, no todo va a estar bien.

 

¿Se siente usted agobiada porque su hijo todo se lo comunica llorando?

Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Su hijo aprenderá a hablar, dirá palabras con una pronunciación que la hará morir de amor, construirá frases que usted querrá anotar en una agenda que se llame “los mejores apuntes de mi hijo”. Pero prepárese, habrá momentos del día que lo único que añorará es un minuto de silencio. Un segundo sin ese tono agudo que rebota en sus tímpanos y que se repite como un loop eterno con las palabras “mamá” “¿por qué?” “mamaaaaaa”.

¿Se siente usted desesperada porque para salir a la calle debe cargar un equipaje de mano que cualquier aerolínea le obligaría aforar por exceso de peso?

Un equipaje lleno de artículos esenciales como pañales, pañitos, cambiador, mudas de repuesto, crema antipañalitis, tetero limpio, tetero limpio dos por si acaso, juguete para entretener 1, juguete para entretener 2? Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Usted desempolvará la carterita de mano porque ellos dejan el pañal. Pero prepárese para en el proceso trapear mas pisos que Cenicienta, cambiar más ropa que presentador de los Oscar, pararse en la mejor parte de la película y atravesar medio cine ante los respiros de queja del resto de espectadores para llevarlo al baño y, peor que todo lo dicho anteriormente junto, conocer baños de mala muerte porque su hijo necesita ahí y solo ahí hacer el temido número dos.

¿Se siente usted jorobada porque su hijo para caminar y no darse contra el mundo necesita agarrarse de su dedo índice todo el tiempo para recorrer una y otra vez el mismo restaurante?

Tranquila, vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Usted recuperará su columna vertebral porque los niños aprenden a caminar. Pero prepárese porque lo difícil va a ser que su hijo le de la mano al cruzar la calle, que camine junto a usted en un centro comercial y que no salga a correr en el supermercado creyendo que esconderse de usted lo mas lejos que pueda es divertido.

¿Se siente usted cochina porque el tiempo para bañarse se lo dictan las cada vez menos siestas que su hijo puede hacer en su cuna y no encima suyo?

Tranquila, vengo del fututo, tengo un hijo de casi 5 años. Usted volverá a tener tiempo para usted. Tendrá horas para reencontrarse con usted. Pero prepárese por más tiempo a solas que tenga sepa de una vez que después de ser madre el tiempo no le vuelve a alcanzar a uno para nada.

¿Se siente usted cansada?

Duerme menos de 6 horas de corrido. Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. El cansancio físico pierde poder, usted volverá a dormir 8 y hasta 10 horas en la noche. Pero prepárese viene el cansancio emocional y mental de controlar una pataleta, de explicar un “No”, de manejar los situaciones difíciles en el colegio, de conversar sobre los amigos. El cansancio de criar que no se recupera con unas horas de sueño.

¿Se siente usted perdidamente enamorada de su bebé?

Tranquila, vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años y si usted cree que está enamorada de ese pequeño bulto, no sabe lo que le espera. El amor que sentía por mi bebé es una minucia insignificante comparada con lo que siento hoy por mi hijo. Si de algo estoy segura es que el amor no para de crecer. Entre más lo conozco, entre más puedo ver su personalidad, entre más lo oigo hablar, entre más lo veo relacionarse con el mundo, entre más recibo sus besos dados por convicción, entre más escucho sus conclusiones, me doy cuenta que si bien los retos de la maternidad cada día son más grandes mi amor por él crece y se multiplica a la misma velocidad.

Tranquila, no todo va a estar bien pero se pone cada vez mejor.

 

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Martes de Post-Parto - mordisco

A Lolo me lo mordieron. No les puedo explicar la rabia y la impotencia que se siente. Ser mamá es sentir dolor físico y del alma por una herida que no es tuya. Cuando alguien le hace daño, poco o mucho, a lo que más amas, el corazón se te resquebraja de una manera que jamás habías experimentado. A todas nos ha pasado de diferentes maneras, así que supongo que no necesito describir el sentimiento. El punto es que me lo mordió un niño nuevo en el jardín.




La primera vez, porque fueron varias, la rabia me hizo agüar ojo, pero invocando la calma, asumí que ese tipo de cosas suelen pasar entre niños y lo dejé pasar.

  • “Dile a Fulanito (debo confesar, aunque sea un poco infantil de mi parte, que pronunciar el nombre real del niño me produce cierto malestar) que no se muerde a las personas.”

La segunda vez, con una mezcla de rabia, estupefacción y congoja, quería salir y pellizcar a Fulanito mientras la profesora apenada volvía a disculparse conmigo. La angustia me hizo hacer mil preguntas. Al parecer Fulanito había decidido dejar su marca en varios compañeros, lo que lo eximia de ser un asunto personal con mi chiquito; y lidiaba con un proceso de adaptación nada fácil para las profesoras, lo que me hacía todo el tema más entendible pero no menos doloroso.

  • “Dile a Fulanito que vaya y muerda una hamburguesa o en su defecto, a su abuela (esto último lo pensé pero no lo dije), siéntate lejos de él y si te hace cualquier cosa vas inmediatamente donde tu profesora.”

La tercera vez, mientras oía las explicaciones de la profesora, mi mente hacía una lista de los posibles jardines a los que podríamos cambiarnos. Me imaginé escribiendo una carta a la rectora pidiendo que escogiera entre la familia de Fulanito y nosotros,  porque bastante nos esforzábamos en casa para crear un ambiente lleno de amor como para permitir ese tipo de violencia reiterativa en el jardín. Por algo llamado educación o estupidez mantuve la cordura, por algo llamado shock, solo dije que esperaba que no volviera a pasar y que tomaran otro tipo de medidas porque las que tenían obviamente no estaban funcionando, y por algo llamado trabajo en equipo o matrimonio, salí a llamar a mi 10% porque la rabia y la consternación ya me sobrepasaban.




  • “No se muerde, no se muerde, no se muerde chino pendejo (eso último también lo pensé pero no lo dije) es lo que tienes que decirle.”

Mi papá que ese día estaba en casa, aún más bravo que yo con el tema, me pidió permiso para darle unos consejos de defensa personal a Lolo. Aunque me reí de sólo imaginarme a mi papá explicándole a Lolo como morder a su verdugo y, aunque mi primer impulso por la rabia, era rogarle a mi chiquito que fuera a dejarle sus hermosos dientes marcados a Fulanito, mi conciencia, los ideales que tengo de crianza y un apoyo creciente a que podemos superar un proceso de paz que nos enseñe a convivir en armonía, no me lo permitieron.

Esa noche mientras yo buscaba en google sobre mordidas (y jardines), decidimos, no se si erradamente y a pesar de que dicen que la tercera es la vencida, esperar y observar como transcurría la semana y si aparecía un cuarto episodio armar la trifulca en el jardín. Pospuse la idea del cambio de jardín. Un mordisco es algo indeseado como una gripa, y aunque ambas cosas le han ocurrido a Lolo en el jardín no significa que sacándolo de allí nunca vuelvan a ocurrir. Mi búsqueda se centró en ¿Qué hago si muerden a mi hijo?

Me sorprendió que en todo lado hablaban de cómo tratar al niño mordelón pero en ninguna parte daban tips para el niño que ha sido mordido. Yo estaba llena de dudas, no quería que mi hijo viera este tipo de violencia como algo habitual y normal, no quería dejarle la percepción de que te pueden lastimar y no hay consecuencias, no quería que creyera que a pesar de sus tres mordiscos sus papás seguían tranquilos mandándolo a la boca del lobo.

Los días pasaron y yo no volví a oír de Fulanito, desconozco si la razón fue que Lolo se ha salvado de sus ataques o si sus ataques han cesado. Cruzo los dedos por la segunda.

Ayer me lo volvieron a morder y no fue en el jardín. Lo mordieron en casa de una amiga. Lo mordieron a dos pasos míos y entendí por primera vez del todo a las profesoras. Lo mordieron a dos pasos de la otra mamá y entendí por primera vez a la mamá de Fulanito.

Sólo en ese momento entendí que si bien un mordisco es una señal de alerta para guiar al niño mordelón y darle otras explicaciones al niño mordido, es sobretodo un dolor lleno de angustia para la mamá del uno y del otro.

Hace un tiempo leí en un post de una amiga (www.amosermama.co) algo sobre los mordiscos, Caro preguntaba que era preferible: ser la mamá del niño que muerde o del niño que es mordido? Y sólo se me ocurre contestarle hoy, que ninguna.

Si eres la mamá del niño mordido, estallas en ira, te culpas por no haber estado más cerca para impedirlo, te estresas pensando que puede ocurrir nuevamente, sientes pánico de que imite esa conducta,te angustias de pensar que más grande permita otras afrentas contra él y te duele enormemente el corazón.

Si eres la mamá del niño mordelón, estallas en angustia, te preguntas que has hecho para que tu hijo tenga esa reacción, te culpas porque quizá hay algo que está fallando en casa o en tu educación, te estresas pensando que ahí se esconde un problema mayor, sientes pánico de que lo repita una y otra vez, te angustias de pensar que te has equivocado y te duele enormemente el corazón.

Un mordisco nos duele a ambas. Y a veces la mejor solución la tenemos a la mano y no nos damos cuenta, está al frente nuestro, la lección de qué hacer nos la dan nuestros propios hijos: llorar, reconciliarse, volver a jugar y olvidar. Porque nadie nos garantiza que no vayamos a asumir el papel de la otra mamá en otro momento de la vida.




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Martes de Post-Parto - 10 días con la suegra

 

Suegra. Una de las palabras a la que más le tememos las esposas y, novias del mundo. Esa misma que dicen que es mejor tener bien lejos una vez nos casamos, y aún más lejos cuando tengamos hijos. Por tradición, por ver en exceso los cuentachistes o por simple brutalidad, la gran mayoría de nosotras la consideramos una enemiga o rival. Creemos que viene de visita para hacernos la vida más difícil, creemos que cuando dice “el día esta muy frío” nos está culpando a nosotras, oímos “eres una mala madre” cuando dice “en mi época yo lo hacía así”, tomamos por quejas sus historias o por regaños sus consejos, y por alguna especie de celos sin sentido, creemos que nos quiere robar eso que nosotras le robamos primero, su hijo.




10 días con mi suegra, podría ser el titulo de una película de terror o de una comedia romántica, donde Meryl Streep (la suegra malvada) le haría la vida imposible a Jennifer Aniston (la abnegada, bella y paciente nuera). Al parecer, soy pésima guionista porque adivinen quien acaba de pasar 10 días en casa de su suegra y ya la extraña. En estos 10 días descubrí que, por fortuna, mi suegra no es una malvada y que, por desgracia, yo no me parezco a Jennifer Aniston. Pasé 10 días en casa de mi suegra y no tengo quejas. Pasé 2 días sola con ella y sin mi 10% y nunca me sentí una extraña. Pasé 10 días que me parecieron 5. Pasé 10 días y el último le estaba rogando a mi 10% que corriéramos los tiquetes una noche más. Pasé 10 días que me hicieron conocerla mejor y quererla más.  Pasé 10 días que me hicieron lamentar enormemente que vivamos en ciudades diferentes.

Pero sobretodo me di cuenta de tres cosas sobre las suegras que no quiero dejar pasar:

  1. La suegra también es mamá. Suena obvio, pero la gran mayoría de veces lo olvidamos. Es una mamá que sabe más que nosotras lo que significa amar a un hijo, porque ha tenido que aprender a amarlo con la distancia que traen los años y la nueva familia. Sabe lo que significa amar a alguien que tenías en exclusiva y ahora debes compartir con otra. Es una mamá maestra en sonreír y hacerse la güevona porque aunque cree que su hijo pudo haber escogido una mejor mujer como esposa, acepta que ésta es la que lo hace feliz. Es la mamá del hombre que escogimos para envejecer y eso debería ser razón suficiente para amarla infinitamente. Es una mamá como nosotras que hace la labor más difícil de la maternidad: seguir velando por un hijo sin traspasar las barreras que se alzaron cuando se convirtió en esposo.

  1. La suegra puede ser mi otra mamá. Los consentimientos que en estos 10 días recibí de mi suegra bien podrían hacer tambalear el primer puesto en el que tengo a mi mamá. Me llevó a la peluquería, me llevo de shopping, me hizo sopita de arroz, se arruncho conmigo y con Lolo a hacer la siesta, me echo flores por mi labor como mamá y sólo le faltó ponerse brava conmigo por alguna bobada para parecerse por completo a la mía mama. Las suegras son mamás desaprovechadas si no les damos el chance de entrar en nuestras vidas. Una vez las vemos a través de ese lente de la maternidad ganamos una segunda mamá maravillosa.




  1. La suegra algún día seré yo. Si usted es de las que todavía se rehúsa a dar el brazo a torcer con la suegra, déjeme recordarle que algún día usted desempeñará ese papel y más le vale que empieza a rogar por una nuera que no sea como usted. Las nueras pueden ser las malvadas de la historia y, depende de lo que digan al oído del marido antes de dormir, pueden acercar o alejar más a su madrecita. Piense en todo el amor que le tiene a su hijo y lo que disfruta de su compañía,  dígame si no quisiera poder disfrutar eso, así sea por escasos momentos, en la edad adulta. La suegra seré yo y sólo espero que mi nuera permita esos espacios.

Eso sí, si usted tiene mujeres en vez de varones relájese. En ese caso su yerno será perfecto y para él usted también lo será.

Estoy tan romanticona que ahora en el guión de mi película Meryl Streep es la mamá abnegada que se da golpes de pecho por no haber impedido la boda de su hijo con Angelina Jolie. Pero como ya sabemos que eso no es lo mío, sólo me queda decirles que las únicas razones para despotricar de su suegra es si la de ustedes: (1) le sigue presentando candidatas a su 10%, le tapa escapadas con amiguitas o recuerda con nostalgia delante de usted lo buena que era la exnovia; (2) se apareció con dos maletas y un baúl en la puerta de su casa para pasar unas vacaciones y hoy, después de 4 años, no se ha ido;  (3) le exigió una prueba de ADN cuando supo que estaba embarazada; y (4) asegura que su nieto está malcriado desconociendo el trabajo extra que hemos tenido que hacer con su hijo.




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Martes de POst-Parto - Batallas que no se pelean

Hace unos días, mientras estaba en el parque con Lorenzo, de la nada, como suele pasar en esta ciudad, el sol desapareció de repente para darle paso a uno de los aguaceros más escandalosos del año. Al sentir las primeras gotas y ver la nube negra en el cielo corrimos a casa, pero la lluvia caía a tal velocidad que llegar secos iba a ser una misión imposible. Igual corrimos, yo angustiada de pensar en una gripa, de ensuciar mis zapatos o de dañar mi pelo que había amanecido manejable; Lolo feliz de ver como la lluvia transformaba nuestro aspecto, sin esquivar charcos y salpicando con sus zapatos, los zapatos que yo me preocupaba por resguardar. Nos bastó media cuadra para quedar lavados y nos faltaba una para llegar a casa. Desaceleré el paso, me dispuse a disfrutar con Lolo ese momento para él insólito: mojarse con mamá. Creo que debo modificar esa frase en caso de que todos seamos igual de mal pensados. Corrijo: me dispuse a disfrutar con Lolo ese momento para él insólito: mojarse con la lluvia acompañado de mamá. Volvimos a casa a paso lento, metiéndonos en todos los charcos, levantando la cara hacia el cielo con los ojos cerrados para sentir las gotas caer. Cuando llegamos a la portería, una vecina nos dijo que nos íbamos a enfermar por jugar con la lluvia. Me sentí acusada, irresponsable, mala madre, me vi saliendo a urgencias por una pulmonía y escribiendo al jardín que mañana sería otro día que Lolo caparía clase. Pero ver la cara de Lorenzo bien valía la pena, oírle en su media lengua, relatándole a papá una y otra vez la aventura, me recordó algo que hace mucho quería escribir: la importancia de escoger las batallas que vamos a pelear.




Lejos estoy de ser ese prototipo de mamá de comercial que nunca pierde la paciencia y que sabe siempre como conciliar. Pero me matan las ganas de vivir feliz y tranquila, así que en pro de poder seguir exprimiéndole felicidad a cualquier pendejada, decidí darme una mano y escoger bien esas batallas, o dicho en otras palabras, decidí escoger las cosas por las que no me voy a estresar.

Correr bajo la lluvia. Según estudios, la mojada varía dependiendo del peso del humano y de la dirección e intensidad del viento. Soy pésima corredora, de direcciones escasamente entiendo la de mi casa y me faltaron 6 medallas de scout para aprender eso de babearse el dedo y alzarlo para saber a donde sopla el viento. Esta batalla no la voy a pelear: Caminaré y me mojaré, llegaré a la casa y me secaré. Check.

Obligar la hora de dormir. Uno de los castigos en los campos de concentración era no dejar dormir, eso enloquecía en cuestión de días. Lo inverso, obligar a Lolo a dormir cuando no tiene sueño, me enloquece a mi. Tenemos una hora establecida para dormir y es maravilloso, pero, como no somos robots, hay días que dicha rutina no se cumple. Estresarse por eso no es lo mío. Lorenzo a veces hace siesta, a veces no. Los días que la hace al medio día es fantástico porque se levanta a las 2pm y a las 8pm de nuevo está listo para dormir. Si no la hace, mamá recreacionista aparece y desde las 5.30 a las 7.30 hago mil malabares para que no caiga dormido demasiado temprano. Si la hace de 2 a 5pm llamo a mi 10% y le informo que vamos a tener una noche movida, él se entusiasma pensando cochinadas, y yo le aclaro que guarde esa energía para después de las 10 porque Lolo no va a caer antes de esa hora. Alguna vez una mamá me dijo que su hija sí o sí hacía siesta a las 12 y sí o sí estaba dormida en su cama a las 7pm. No quise preguntarte cuales eran las medidas coercitivas para el sí o sí, pero obligar a Lolo a dormir me recuerda el desespero que a mi me da tratar de dormir y no poder, en una noche de desvelo. Ya llegará el día que las madrugadas mortales que exigen los colegios lo derroten en su cama por arte de magia antes de las 8. Mientras tanto, sé que algunos días tendré que servirme un café extra, inventarme unas actividades exprimidoras de energía y posponer el capitulo de la serie que estoy viendo con mi 10% para otra noche. Un malgenio menos. Check.

Rogar para comer. ¿Existe acaso algo más aburridor que llevar una cuchara a una boca cerrada y a una cara que se voltea haciendo el feo? Las comidas se sirven a una hora en esta casa y, en un día normal, toda la familia se sienta a la mesa. Pero como, por fortuna, los días no siempre son iguales, hay unos que a Don Lorenzo (porque a veces se porta como si se mandara solo o como un dictador) no le dan ganas de comer, mientras el resto de la familia muere de hambre. El sonido de mis tripas no es un buen consejero a la hora de convencer a Don Lolo de sentarse a la mesa. En esos días, opto por almorzar tranquila con mi 10% y, una vez saciadas mis necesidades alimenticias, espero con la barriga llena y el corazón contento que al Don le de hambre. Y le da, créanme, se sienta y se come todo solo. Mi mamá cuenta que nunca nos obligo a comer a mi y a mis hermanos… y está comprobado que el problema siempre ha sido que paremos de hacerlo. Comer, no rogar y dejar la comida lista en la mesa. Una pelea menos. Check.




Dialogar en una pataleta. Hay pataletas de pataletas. Hay unas que con contarle hasta 10 en voz alta quedan solucionadas. Hay otras que implican tirada al piso y otra serie de intransigencias que, por más crianza respetuosa que quiera aplicar, no pienso negociar porque más que pataleta son berrinche. Escoger pelear esta batalla implica primero detectar el tipo de pataleta a la que nos enfrentamos. Mientras la pataleta este en un nivel medio-bajo y existan razones entendibles, abrazo a Lolo, contamos hasta diez, negociamos y seguimos felices nuestra vida. Si la pataleta está en un nivel extra profesional y las razones no son negociables, ni siquiera pierdo mi tiempo intentando dialogar con unos gritos que tapan mi voz. Bueno, la verdad digo algo así como: “Tienes derecho a estar bravo, pero yo no entiendo a los gritos, cuando te calmes y ya no tengas rabia hablamos” y me voy a hacer cualquier cosa… Ayuda que estemos en casa y no hayan caras de extraños desaprobando la conducta del niño y de la madre. Los gritos cesan al rato, y aparece un Lolo medio apenado del show que acaba de dar. Tal cual como me pasa a mi cuando me salgo de la ropa en una discusión y después quiero volver donde el afectado como si nada, sabiendo que exageré. En el 99% de los casos parece que su desahogo a solas lo hubiera hecho razonar; quiero pensar que es así, porque luego regresa para hacer eso a lo que tanto se negaba minutos antes, sin que lo obliguemos. Así que yo decido no dialogar en todas las pataletas, por mi bien y por el de él. Check.

Defender la maternidad. Ser mamá es maravilloso, increíble, indescriptible, único y bla bla bla, si usted es mamá sabe perfectamente de lo que le estoy hablando. Si no lo es y no quiere serlo no tiene sentido que yo me enfrasque en un dialogo a defender una posición que por más información e ideas que usted tenga en la cabeza no va a entender. Amo a muchas de mis amigas sin hijos y parte de ese amor se traduce en no quererlas convencer de ser madres. Antes hasta me molestaba ver como algunas se escudaban en el cliché de que sin hijos tendrían más plata, salvarían el planeta, podrían conocer todos los rincones del mundo sin una pañalera, o que podrían dormir hasta tarde un domingo. Ahora me resbala, yo sé lo que es ser mamá, lo que eso significa, los cojones que se necesitan, la alegría infinita que se siente y no tengo que tratar inútilmente de persuadir a alguien que, para justificar su decisión de no serlo, me expone razones forzadas que son apenas un color de la la amplia paleta tonos que tiene la maternidad; y que sólo entiendo yo porque he vivido la experiencia. Cualquier cosa que me digan en contra de la maternidad, se ve diminuta e intrascendente cuando miro a Lolo. Eso nadie me lo hará cambiar jamás. Una batalla menos. Check.




Se me empiezan a ocurrir muchas más como: Las arrugas y mi fiel propósito de no acartonar mi cara con Bótox todavía, aceptar que me case con un hombre que no entiende la puntualidad, o recapacitar y no volver a hablar de política con amigos… pero este post ya quedó demasiado largo por hoy, así que ahí les dejo mi lista de las batallas que por ahora no pienso pelear, ¿cuál es la de ustedes?

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Martes de Post-Parto - Gripa

Son las 3 de la tarde. Hace un frio espeluznante y delicioso. Sí, delicioso, debo confesar que la atmosfera que crea el frio me encanta. Me siento en los alpes suizos, o mejor aún, recuerdo épocas de mi niñez que me llenan de nostalgia, en esta Bogotá gris y lluviosa. ¿Algo mejor que un arrunchis con cobija peluda? El frío es la excusa perfecta para usar saquitos peludos y chaquetotas, prender la chimenea y comer chocolates de más. Así estoy en este momento, sentada en la cama con una cobija que más parece el abominable hombre las nieves (sin lo abominable), una snikers que ya va por la mitad, un café extra grande y Lorenzo a mi lado, que hace una siesta tardía y perjudicial para la hora de dormir esta noche. El plan podría ser perfecto si no fuera por una tonelada de mocos que producimos a causa de la tercera gripa del año que nos da, y eso que apenas estamos comenzando abril.




Iba a aprovechar la siesta de Lorenzo para cerrar también mis ojos llorosos, pero me di cuenta que el timing no podía ser más perfecto para escribir sobre un post que me han pedido desde hace días: La tormentosa e interminable relación entre la gripa y el jardín.

Hace unos meses, cuando decidimos escoger el jardín para nuestros pequeños, con lupa y mucha meticulosidad evaluamos todas las variables: la seguridad de las instalaciones, el carisma de sus profesoras, la cantidad de ceros a la izquierda de la matricula, la cercanía a nuestra casa, el método de enseñanza, la calidad de la merienda y, algunas más quisquillosas, hasta la pinta de los padres de familia. Cada jardín parecía un universo diferente y nos costó un par de noches escoger el que más nos convencía. La decisión quizás no hubiera sido tan difícil, si en vez de mirar las cosas que los diferenciaban, hubiéramos observado la única que es común a todos: los virus. No existe un jardín desprovisto de ellos ni mamás que no se quejen de la cantidad de gripas, piojos y eruptivas que sus niños contraen allí. Una vez nuestros hijos entran al jardín tenemos la extraña sensación de que pasan más días apestados que sanos.

A todas nos dijeron “no es sino que entre al jardín y se le peguen todos los virus”. Y todas nos dijimos mentalmente, como para no sentirnos una mamífera cruel e irracional abandonando a sus crías, “es necesario que coja defensas de una vez por todas” Pues, la bendita cogida de defensas nos cobra aproximadamente 5 días de incapacidad al mes. Al paso que voy, no estaría mal pedirle un reembolso de una pensión al jardín por la sumatoria de todos los días que Lolo termina quedándose en casa por una gripa.

Al principio alcancé a dudar del sistema inmunológico de Lolo y corrí al pediatra muchas veces ante al evidencia de los primeros síntomas. Después de oír muchas veces el famoso “es normal que los niños se enfermen cada mes” o el aniquilador “eso es viral”, ya me evito la salida de casa y tengo un botiquín dotado con las vitaminas y medicamentos básicos para estos casos.




No sé que me molesta más, empezar a ver los mocos transparentes que anuncian la llegada de una gripa o empezar a recibir los mensajes del grupo de whatsapp del jardín con las quejas, consejos y sugerencias de todas las mamás aburridas con la peste.  A una de esas mamás, a principios de febrero le pareció que lo que necesitaba el jardín era un desinfectador de ambiente en cada salón y una revisión diaria de la super intendencia de higiene y salud (si eso existe) para que el jardín no siguiera propagando y reproduciendo los virus de todos los niños. Me burlé, la catalogue de exagerada, le trate de explicar con mis dedos gordos que me hacen escribir brutalidades en WhatsApp, que el mundo era un lugar lleno de virus y que no podíamos desinfectarlo por completo ni aislar las zonas por donde pasan a diario nuestros hijos. A mi segunda maluquera a principios de marzo, porque valga la pena aclarar que la gripa del niño no sólo se nos pega sino que sufre una transformación genética que hace que nuestra gripa no sea un simple resfriado sino una asquerosa peste bubónica, no me parecía una idea tan mala llenar cada esquina del jardín de esos aparatos que purifican el ambiente. Hoy, a mi tercera, estoy considerando seriamente una visita de la OMS o al menos pienso sugerir en el estresante grupito de WhatsApp de “mamitas y papitos” del jardín, que por favor no manden al jardín a los niños que empiezan a sentirse mal. Entiendo más que nadie el complique y el desbarajuste para nuestras labores diarias el tener que dejar a los niños en casa, pero es la única solución efectiva para reducir estas epidemias grupales, sobretodo en esta temporada esperada de lluvias.

Si a finales de abril vuelvo a caer por otra gripa no me temblará la mano para recomendarle a las directivas de cada jardín que contraten los servicios de ADN, la Agencia de Detección de Niños de Monsters Inc para que dos macancanes enfundados en trajes y mascarillas salten a desinfectar y a aislar a cada niño que se presente a las aulas con síntomas de gripa o cualquier otra enfermedad contagiosa. 

Por ahora me tomaré una aguapanela con jengibre y limón,  esperaré que la dosis de dólex que Lolo debe tomarse en la noche le produzcan el sueño necesario para contrarrestar que siga dormido a las 4pm, y aguardaré pacientemente la siguiente gripa con tal de que lo que se me venga encima el próximo mes no sea una epidemia de piojos.

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Vacaciones pensando en todos

Muchas cosas que no queremos, cambian una vez somos mamás. El color del pezón, el porcentaje de grasa, la gravedad o el tamaño de las pochechas, las horas de pereza, la frecuencia del canchis canchis, (como alguna vez vi que le decían al arte amatorio en un programa de Laura en América) el aguante del hígado y, sí, las anheladas e idolatradas vacaciones. El ideal que tenemos de vacaciones cambia drásticamente después de un hijo, pasaremos de ser esas mujeres que solo se metían a la piscina para apaciguar el calor, a no salir de ella por estar jugando al tiburón, olvidaremos lo que es tener un hermoso color dorado y seremos las reinas del bloqueador y la cachucha, nos preocuparemos por las horas que el restaurante sirve el almuerzo,  y saborearemos una única cerveza en toda la tarde, porque hay un menor bajo nuestro cuidado.




Entonces si así son las cosas, sí se pueden llamar vacaciones?

Para empezar uno debería ser lo suficientemente sensato para no salir de viaje con un bebé de menos de seis meses, a menos que quiera encartarse y extrañar más que nunca su hogar.

Cuando Lolo tenía tres meses, a mi 10% y a mi se nos ocurrió la maravillosa idea de irnos a pasar un fin de semana a un hotel. Acabábamos de descubrir esta nueva vida de pañales, trasnocho y agotamiento y sentíamos que nos merecíamos un descanso a 30 grados centígrados. Jua. Reservamos un hotel con 4 piscinas, a pesar de que el pediatra nos recomendó todavía no meter a un Lolo de tres meses, en esa poceta llena de bacterias y cloro. Imagine el cuadro: Nos veíamos “divinos”, “cómodos” y “divertidísimos” debajo de un parasol echándole agua cristal a ese Lolo de cachetes rojos, que a pesar del sudor de nuestros brazos quería estar cargado y no semi acostado en la hamaca “plegable” que decidimos llevarle pagando exceso de equipaje. El calor despertó en nosotros una especia de psicosis y por el miedo a una deshidratación o insolación decidimos pasar el fin de semana en el cuarto sin prender el aire acondicionado y optamos por el room service para que los otros huéspedes y nosotros pudiéramos comer en paz. Primera conclusión: Espere a que el retoño cumpla un año y ya reciba comida, ya se siente, ya camine, ya se pueda meter a la piscina y ya se le pueda echar bloqueador.

A ese primer intento fallido no lo llamaré vacación por respeto a la palabra. Pero debo confesarles que del segundo intento en adelante hemos tenido unas vacaciones increíbles. ¿Cómo lo hemos logrado? Con dos cosas: cambiando el chip y teniendo actitud.

1 – Cambiando el chip. Ahora somos tres y nuestras vacaciones, así como nuestra vida, deben ser pensadas para los tres. Para qué amargarme pensando en el color dorado que podría haber ganado, para qué amargarme viendo a la gente borracha hacer el oso, para qué amargarme porque quiero hacer shopping y no puedo, para que amargarme porque me falta media ciudad por conocer y mi bebé ya no aguanta más, para que amargarme armando planes no aptos para niños? Ya nuestras vacaciones no son tirados en una asoleadora con un Martini en la mano y 6 en la cabeza, porque eso no divierte a Lolo. Tampoco son jugando Mindcraft todo el día en una Tablet porque eso no divierte a los papás. Ahora nuestras vacaciones son el resultado de la búsqueda de algo que nos divierta a todos. La asoleadora la cambie por las piscinas panditas, y los 6 martinis por uno que me dura toda la mañana. ¿Que si extraño las largas horas de bronceo? Sí, el color de mis piernas dan fe de ello. ¿Qué las preferiría a cambio de ver a Lolo feliz tragando agua en una piscina? No.

2 – No hay nada que requiera más actitud en la vida que tener hijos. Tener la actitud para gozárselos. Tener la actitud para meterse a una piscina a la que no le cabe un prójimo más. Tener la actitud para tomarse un margarita mientras se hacen castillos en la arena. Tener la actitud para sonreír a pesar del calor o del cansancio. Tener la actitud para salir corriendo al baño cuando el niño hace de las suyas. Tener la actitud para acostarlo en dos sillas rimax si es necesario. Tener la actitud para divertirse así el plan esté aburrrido. Tener la actitud para llevarlo en hombros con tal de recorrer el parque completo. Tener la actitud  de emocionarse viendo la misma tortuga una y mil veces. Tener la actitud para sentir esa maratón como una vacación.

Sin esas dos cosas, además de lo básico como llevar pañitos húmedos, pintas de más, dolex, cuentos y chucherías a la mano, es imposible gozarse unas vacaciones. Así que relájese, disfrute a sus hijos que para eso los tuvo, e incluso vuelva a gozarse cosas que sin ellos le estarían muy mal vistas, como gritar las 500 veces que repite deslizarse por el tobogán, bailar descoordinada y con su hijo en brazos tratando de seguir al recreacionista, llenar un plato en el buffet de sólo pasteles y dulces, asombrarse de ver una mariposa, andar despelucada o incluso con una teta al aire y quedarse dormida a las 8 de la noche.




Y de ñapa un acróstico (por si creían que lo más ñero que había en este post era la referencia al canchis canchis) con tips para recordar:

Vayan a un lugar pensado para niños. Para qué ir a conocer el Louvre si el niño aún no le interesa saber quien es La Gioconda. Ya llegara la edad para esos paseos.

Acepte que viene con niños y disfrute los planes que puede hacer con ellos. Enterrarse en la arena, hacer burbujas con un pitillo, salpicar agua, caminar, hacer fila 50 veces para el tobogán también es divertido.

Cambie el chip. Los viajes en familia hacen familia. Ver a los hijos felices con uno, teniendo experiencias nuevas es absolutamente genial.

Acuéstese cuando su hijo haga la siesta o al menos relájese con su 10%, créame que esa energía la va a necesitar cuando se despierte.

Cree buenos recuerdos. Sus hijos podrán recordarlo como el que estaba “por ahí” en vacaciones o el que se las gozó con ellos a la par.

Invite a los abuelos a algún paseo. Gozarán con usted y podrán quedarse con el retoño una hora mientras usted se da un premio en el spa.

Olvídese de la disciplina, son vacaciones. Si su hijo no quiere comer lechuga, que no coma. Si no quiere dormirse a las 8, que no se duerma. No se estrese.

No acordarse de la mitad del paseo por una borrachera tampoco es descansar.

Evite irse de paseo con gente sin hijos que no entiende su nueva dinámica, que lo hará sentir mal por no recibir esos tequilas de más, y que propondrá planes y restaurantes en los que no caben sus hijos.

Se vale separar otro fin de semana aparte para irse sola con su 10% a modo de desquite. Para que se tome todos los martinis que quiera, se broncee hasta que le duela ponerse un brasier y extrañe enormemente la cara que podría hacer su retoño si estuviera ahí en esa piscina.




Martes de Post-Parto - La Nuwe

Martes de Post-Parto – La Nuwe

Ya estamos en mitad de febrero y muchas de nosotras aún no hemos podido deshacernos de esos kilos que ganamos en diciembre. Yo he empezado dieta 5 veces este año, cada una con una duración de 8 horas. Semana Santa viene pisándome los talones con invitaciones a lugares muy espirituales para visitar en bikini, y yo sigo feliz yendo a la panadería de la esquina a las seis de la tarde para acabar con las provisiones de pan trenza para una semana. A mi la fuerza de voluntad me la quedaron debiendo sobretodo cuando de harinas se trata. Puedo decirle que no a cualquiera sin que me de pena o cargo de conciencia, excepto si al que tengo que negármele es a un chocolate. Varias mamás fit con millón de seguidores en Instagram aseguran que la maternidad no tiene la culpa de nuestras llantas. Pero la verdad es que si. Y no me refiero a las secuelas del parto sino a las patologías que desarrollamos una vez somos madres y nos predisponen a la gordura. Por eso, he diseñado un efectivo plan de contingencia para que la maternidad no nos siga redimiendo calorías al por mayor. Detecte sus síntomas y atáquelos.





          Síndrome de la caneca.

Enfermedad heredada de nuestros padres que hace que nos llevemos a la boca las sobras de nuestros hijos porque dejarlas decorando el plato nos parece un desperdicio. Estudios demuestran que las sobras no alimentan y que son las encargadas de ese gordito que saca en la espalda un brasier.

Medicación: Suavemente aleje las sobras conteniendo la respiración y con voz dulce dígale a su marido que su hijo le manda “eso” con mucho cariño.

Mantra: No soy una caneca

 

          Mal agudo del Menú.

Sensación de despilfarro al pedir el menú infantil en un restaurante y constatar que tu hijo se lo hubiera comido todo, si tuviera 18 años. Si eres capaz de superar el síndrome de la caneca con las sobras de spaguetti en el restaurante seguramente no lo vas a lograr con la sorpresa-postre que viene con ellos.

Medicación: Pedir para ti, sólo una ensalada

Mantra: No se puede confiar ni en la cajita feliz

 

           Trastorno Obsesivo Compulsivo de Limpieza.

Trastorno caracterizado por la necesidad de la madre de ir chupando el cono de su hijo para que el helado derretido no caiga sobre sus manos y ropa. Está comprobado que el niño, con o sin su intervención, se va a ensuciar. Permítale gozar de la sensación de estar pegachento y libérese de un par de calorías extra que no necesita.

Medicación: Mire a la dirección opuesta en la que se encuentre su niño comiendo helado.

Mantra: No soy Mónica Geller

 



          Virus de barriga adquirida.

Sensación de no poder alzar un bebé sin el apoyo de nuestra barriga. La madre se acostumbra a llevar al bebé en brazos echando para adelante la cola y la pelvis a fin de tener más estabilidad, pero con el riesgo de ser confundida con Jabba the Hutt o ser felicitada por el nuevo bebé que viene en camino.

Medicación: Apriete la barriga como si le fueran a tomar una foto cada 3 segundos.

Mantra: No soy el Señor Barriga.

 

            Pereza Crónica.

Enfermedad que hace que no seamos capaces de servirle un vaso de agua a nuestro 10% a las 11 de la noche, que usemos el ascensor para ir al segundo piso y que no cambiemos el noticiero del senado porque tenemos que pararnos para alcanzar el control.

Medicación: Haga todos los favores que le pidan

Mantra: No soy un parásito

 

Cucharitis crónica.

Consiste en la necesidad de la madre de probar más de cinco veces lo que está preparando para su retoño, sabiendo bien que con dos es más que suficiente. Se considera una enfermedad crónica cuando la madre cucharea la leche en polvo o el milo cada vez que pone un pie en la cocina, como si ese polvo no fuera tan adictivo como la cocaína.

Medicación: Clausurar la cocina y permitir el acceso sólo a profesionales.

Mantra: La cucharita solo de arrunchis

 

        Diabetes inducida

También conocida como la ansiedad de la madre por comerse todos los dulces recogidos por los hijos en una piñata o Halloween, con el fin de evitar caries dentales e hiperactividad en los pequeños. La madre prefiere auto provocarse una diabetes tipo I con tal de evitar que la elevada ingesta de azúcar llegue a la sangre de sus pequeños y la haga vivir una noche de terror.

Medicación: Hágale un roto a la bolsa de la sorpresa.

Mantra: No soy una yonki

 

Seguir al pie de la letra la medicación, repetir el mantra las veces que sea necesario y si en 3 meses, junto con un régimen alimenticio balanceado, tres horas de spinning diarias y una visita semanal a la esteticista, no ha logrado ver resultados, escríbame para devolverle el dinero por el tiempo perdido.

 




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Hasta que la muerte

“Hasta que la muerte nos separe … y ojalá yo no sea responsable de la tuya no es precisamente la frase que queremos oír el día de nuestro matrimonio. Pero sin lugar a dudas pasará por nuestra cabeza después de años de convivencia o de un hijo. Hormonas alborotadas, falta de todo (sueño, tiempo y sexo) son regalos preciosos que llegan al hogar después de un hijo, y pocas veces estamos preparadas para capotear sus consecuencias.




Nos advirtieron de la depresión post-parto, nos recomendaron paciencia con los bebés, nos repitieron que jamás pusiéramos a nuestro hijo por encima de nuestro esposo, pero nadie nunca siquiera mencionó, que algunas veces sentiríamos algo muy distinto al amor y más parecido a la cólera por esos hombres que se hicieron padres con nosotras.

¿Estoy desarrollando una personalidad psicótica o todas sentimos ganas de ahorcar a nuestros 10% al menos una vez a la semana?

¿Estaré desarrollando un trastorno bipolar que me hace detestar por segundos al hombre por el que en otros me derrito?

Ser mamás pone a prueba cada pedacito de nosotras y como si la tarea ya no fuera lo suficientemente complicada también le pone un par de obstáculos a nuestra relación de pareja. La llegada de un hijo, eso que ambos anhelábamos con tanto amor, trae en las circunstancias más amenas, un aumento del 30% en las discusiones en la casa (me acabo de inventar esa cifra pero es que suena bonito ponerle numero a los hechos).

Y entonces casi sin darnos cuenta empezamos a lidiar con dos nuevos integrantes en el hogar: un bebé que llora cada 3 horas y una trifulca que estalla casi con la misma frecuencia. La rabia puede poseernos por pendejaditas, pendejadas y pendejadotas.

 Pendejaditas tales como

  • La velocidad parsimoniosa que adoptan para hacer lo que nosotras haríamos a mil. Preparar un tetero; abrir una puerta cuando venimos con el retoño dormido en nuestros brazos entumecidos y a punto de encontrar paz sólo en la amputación; alcanzar un pañito húmedo mientras tratamos de evitar que la caca haga contacto con las sábanas; encontrar la billetera para salir a la calle. A veces siento que a mi 10% le divierte verme encartada a más no poder y desacelera su capacidad motriz de aposta con tal de gozar con mi tortura.

  • La desfachatez que tienen para llegar 30 minutos después de la hora acordada como si no pasara nada.

 Pendejadas tales como

  • Su capacidad para embobarse con el celular cuando queremos que jueguen con nuestros hijos. Mirar el celular en mi casa puede hacer estallar la tercera guerra mundial, sobretodo si su uso no es para contestar un mail importante sino para ver las últimas novedades en Instagram. Yo trato de verlo cuando Lolo duerme o está en el jardín, y me saca de casillas que mi 10% vuelva de un día de trabajo y no lo deje a un lado para compartir con nosotros dedicándonos toda su atención. Suena loco y neurótico pero hace la diferencia… lo malo es que a veces salgo regañada por eso de “predica pero no aplica” cuando quiero tomar una foto, ver la hora o llamar a mi mamá.




  • Su habilidad de desarrollar un oído inmune al llanto que les permite seguir concentrados en el último artículo de la revista Semana o roncando en el quinto sueño mientras nosotras esperamos que se apersonen de la situación.

 Pendejadotas tales como

  • Su talento para hacer exactamente lo opuesto a lo que nosotras esperamos. En los temas de crianza se hace evidente más que nunca, cuando ellos quieren regañar a grito herido y nosotras queremos conciliar, o al revés.

  • Su increíble perspicacia para alistar la pañalera y dejar absolutamente todo lo importante en casa.

Inútil atacarlos con cantaleta porque para cada argumento nuestro ellos tienen cinco explicaciones, imposible quedarnos calladas porque somos mujeres, absurdo agredirlos porque los amamos con locura y soberbio pensar que ellos no quieren también degollarnos. Y he ahí el meollo del asunto: Si ellos nos sacan la piedra nosotros los sacamos de quicio. Y es en ese momento, cuando el corazón se acelera, la voz sube tres tonos, las pupilas se dilatan y nos transformamos en esa señora cantaletuda que sólo se merece unos cachos, cuando más tenemos que probarnos mutuamente que somos un equipo y que ese amor que nos juramos un día sino sigue intacto es sólo porque está más fuerte que nunca. La pendejadita, pendejada o pendejadota no es tan grave como parece pero lo que podamos decir en esos momentos si.

“Prometo no irme lanza en ristre contra ti cuando tengamos hijos” es una frase que no se me ocurrió en mis votos matrimoniales pero que si viajara en el tiempo se la agregaría a expensas de dañar el romanticismo del momento. Por ahora, creo que vale la pena repetirla mentalmente, o en voz alta dependiendo del nivel de desespero que nos embriague o del nivel de insoportabilidad que nos domine.

Alguna vez escribí que lograr un matrimonio feliz era una maratón pero que lograrlo con hijos era una triatlón. Lo que no dije fue que ganar la triatlón se siente increíble y superar cualquier excusa que nos insta a renunciar nos hace más fuertes.

No me imagino la vida sin mi 10%, creo en el matrimonio hasta que la muerte nos separe (mientras exista amor del bonito, del de verdad-verdad) y no me da pena confesar que a veces lo detesto y él me detesta. De sólo pensar en un divorcio y todo lo que ello implica, incluida mi vuelta al ruedo y a ese plan de levante para el que perdí todo flow, práctica y destreza, se me revuelven las entrañas. Pienso que lograr una vida en pareja feliz es de los mejores regalos que podemos hacernos y por eso vale la pena apostarle con toda nuestra convicción.

Yo le aposté a mi 10% desde el día que decidimos estar juntos y aún así a ratos me contagio de los escépticos y pienso que va a ser imposible llegar a viejitos juntos. Pero después recuerdo que mi mejor plan de jubilación es envejecer al lado de esa persona con la que podemos odiarnos a ratos pero amarnos en todos nuestros momentos y así dejar que sea la muerte, la única insolente zarrapastrosa capaz de separarnos.





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Aprovéchalo Mientras Puedas

Aprovéchalo Mientras Puedas

 

“Aprovéchalo mientras puedas” es una de las frases que oigo con más frecuencia cuando la gente me ve con Lolo. Me resulta inevitable hacer una autoevaluación mental cada vez que alguien me la dice. En un segundo, se recrea en mi cabeza todo un problema algebraico que cruza las horas vividas de Lolo con las horas que hemos estado separados; las cosas que hemos hecho con las que hubiéramos podido hacer; los besos que nos hemos dado con las rabietas que hemos tenido; los momentos que me lo quiero comer a picos y los momentos que lo quiero rifar. El balance, por positivo que sea, siempre me deja la misma incógnita ¿sí lo estoy aprovechando al máximo?.




“Disfrútalo ahora que deja” alguien vuelve a decir, y entonces de repente, prefiero hacerme chichi en los pantalones, que ir al baño y perderme un minuto de Lolo jugando con un carrito. En mi cabeza, el problema matemático es ahora desplazado por un gigantesco reloj de arena que me recuerda que el tiempo de disfrutar a mi hijo se está acabando y que nada puedo hacer para evitar que el cronómetro detenga su cuenta regresiva. ¿Cuánto tiempo me queda?¿En serio el tiempo de disfrutar a mi hijo se está acabando?

Y justo en el instante en el que trato inútilmente de juntar mis dedos índices para detener el tiempo (crecí viendo Fuera de este mundo), justo en ese preciso instante, descubro que no necesito a Lolo chiquito eternamente para disfrutarlo. Para aprovecharlo al máximo necesito verlo crecer. ¿Por qué? Sencillo, porque no decidí ser mamá para tener un bebé, sino para tener un hijo.
Estamos convencidas, o nos han convencido, que los hijos sólo se pueden aprovechar al máximo mientras son unos cachetes andantes. Que sólo podremos disfrutarlos hasta minutos antes de la temida adolescencia. Que son nuestros hasta el día que nos piden ser menos cariñosos en público, y que somos indispensables para su vida hasta que no dependen económicamente de nosotros. Mentira. Se nos olvida que aprovecharlos a ellos significa aprovechar cada etapa de la maternidad. Sí, esa misma maternidad que en los primeros años de vida de nuestros hijos nos hace anhelar unos minutos de soledad, y que en los últimos años de nosotras, parecen ser demasiados.

La recomendación no debe ser “aprovecha a tu hijo mientras se pueda” sino “aprovéchate a ti como mamá cada que puedas”.
Aprovéchalo a los seis meses y déjalo dormir las veces que quiera encima tuyo. Aprovéchalo al año cuando empieza a caminar como un borracho. A los dos cuando descubre que te ama y no puede parar de darte besos. A los tres cuando cada historia y cada apunte son para morirse de la risa. A los cuatro cuando la jornada en el colegio te lo roba más horas. A los cinco cuando sus por qués te dejan sin argumentos, a los seis, a los siete, a los ocho, a los nueve, a los diez cuando quiera que lo aplaudas a lo lejos, a los 14 cuando quiera que lo lleves a ese concierto, a los 16 cuando necesite que le enseñes a manejar, a los 18 cuando no sepa que quiere estudiar o cuando algún pendejo o estúpida le rompa el corazón, a los 20 cuando se te arrunche sólo para pedir un aumento en la mesada, a los 22 cuando tenga su primer trabajo así sea regando matas o sirviendo hamburguesas, a los 35 cuando se sienta orgulloso de pagarte la cuenta en un restaurante, a los 40 cuando necesite que vaya y le cuide a los niños, al perro o a los gatos, y así… ser la mamá que cada etapa demanda hasta que se pueda.




Yo pienso aprovechar los instantes muchos o pocos que me da la maternidad, aprovechar las 24 horas del día que lo tengo cerquita hoy y aprovechar el minuto que lo pueda ver o incluso sólo oír en unos años. Aprovechar que soy mamá. Es verdad que mientras son chiquitos no podemos dejar de apretarlos, olerlos, mimarlos. Pero quién dijo que aprovecharlos no es también verlos graduarse, sentirse orgulloso porque conozcan el mundo (así nos toque enterarnos por su última foto en Instagram), poder discutir con ellos por quien votar en las próximas elecciones, consentirles un guayabo o incluso achantarlos frente a alguna noviecita.

En unos años, dicen las abuelas que se pasan volando, Lolo ya no gritará mami mami mami y rogará que no le suelte la mano. En unos años su amor verdadero será otro tipo de mami (ay siento un dolor en mi panza muy parecido a los celos). Pero de tanto en tanto vendrá a visitarme, pondrá su mano sobre la mía y querrá, así sea por unas escasas horas, aprovecharme mientras pueda.