En un post pasado, “Ser mamá es hacer todo lo que una vez criticaste” les compartí una lista de cosas que prometemos antes de ser mamás. Palabras que todas o casi todas tenemos que tragarnos alguna vez en la vida.

Una amiga de esas que uno quiere y odia por joven, hermosa, talentosa, inteligente, chistosa y bacana hizo de ese post algo maravilloso: 11 ilustraciones con mis palabras y yo no podía dejar de compartirlo con ustedes.

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Mamá e hijo vistos por los ojos de la talentosa Amalia Restrepo @amaaalia

11790175_10205732444883450_768499441_oDíganme por favor que no soy la única mamá que ha sucumbido a los avances tecnológicos con tal de terminar de almorzar, de oír el chisme completo de una amiga o incluso para dormir cinco minutos más. Si bien no quiero que mi hijo viva hipnotizado por estos aparatos tampoco voy a desconocer que son parte de esta generación y no somos miembros de una comunidad Amish.
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Cuenta la leyenda que ciertos niños han llegado a cumplir los 4 años sin saber que existe algo más dulce que un banano. No conocen el placer de hostigarse a punta de nutella, ni han sentido el divertido burbujeo en la nariz que provoca una gaseosa. Mi más sentido pésame con ellos. Gracias mamá por dejarme probar estas delicias cuando mi metabolismo las podía quemar en un segundo.

11793795_10205732443923426_2088098361_oNo es falta de amor propio es practicidad. Si bien antes de ser mamá me hubiera rehusado a salir a la calle con un poco de frizz, ahora no puede añorar más las colas de caballo. Los jeans, los tenis y las camisetas se volvieron mis mejores amigas. Y el look se complementa con un poco de jugo de mora (casualmente el día que tengo pantalón blanco), con una manito de grasa en mi camisa, un poquito de mocos, pintura, chocolate o cualquier material escandaloso y difícil de sacar.

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Cama-cuna: 2´000.000.

Juego de sábanas: 120.000.

Monitor con intercomunicadores y cámara de visión nocturna: 1´200.000

Que toda la familia duerma plácidamente: No tiene precio




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Antes de ser mamá me burlé durante años de mi hermano mayor y su manera de tomar por los hombros a mi sobrino como última advertencia a un llamado de atención. Me parecía exagerado, poco paciente, mal geniado, desmesurado … hasta que fui mamá. Esas ganas que  nos dan de espichar a los niños no siempre son producto de la ternura y de la suavidad de sus cachetes. Y el amor más grande del planeta también nos muestra la impotencia más berraca.

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Si no eres parte de esa minoría bendecida por la genética, después del parto y durante un par de meses, andarás por la calle con tu bebé y la gente se preguntará a que hora encargaste el otro. Yo me tenía tanta fe que la ropa que lleve para salir de la clínica no me cupo y tuve que volverme a poner la de maternidad con la que llegue. Ahora sufro con las sobras de Lolo que terminan en mi plato, con las piñatas llenas de cosas deliciosas, con halloween, con ir a hacer mercado, con los refrigerios que Lolo se rehusa a comer y a mi me da pesar botar destapados, con la leche de tarro que me acabo a cucharadas recordando mi niñez en la que juraba que eran quipitos.

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“Yo le hubiera dado una cachetada y listo, problema resuelto” decía mi amiga sin hijos después de relatarme un viaje en avión al lado de un niño. Mientras oigo sus consejos desde la ingenuidad de no saber como es esto, cruzo los dedos para que Lolo no haga una pataleta en su presencia y ella tenga que verme darle el control del tv y no una cachetada para que pueda terminar de contarme su historia. Si algo he aprendido de una pataleta es que o la hace Lolo o la hago yo, nunca los dos al tiempo.

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Me lo advirtieron en los cursos psicoprofilácticos, me lo dijo mi mamá, lo oí de mis amigas y aún así pasé noches enteras en urgencias porque a mi modo de ver ese reflujo estaba fuera de lo normal. Después de pasar horas rogando que nos hicieran todos los exámenes y de ver niños que realmente necesitaba atención, nosotros somnolientos, cansados y hambrientos no sabíamos como rogarle al doctor que nos dejara ir a casa.

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A propósito.. que hago haciendo este post en estos minutos valiosos??????

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Y en realidad no me imaginaba que teniendo a Lolo la más beneficiada iba a ser yo misma, porque con mis aciertos y desaciertos, sin un hijo no sería la persona que soy hoy.

Vale la pena,además de agradecer y reconocer el talento de Amalia Restrepo, divertirse con sus ilustraciones. Cuando tengas un rato, síguela en Instagram @amaaalia

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Mamás, lean las siguientes preguntas y contesten SI o NO con total honestidad.

1. De todos los proyectos que has emprendido en la vida, ¿ser mamá es de lejos el más desafiante, difícil y desgastante?

2. ¿Has sentido ganas incontrolables de llorar?

3. ¿Hay días que has sentido que has fracasado como mamá?

4. ¿Has perdido la paciencia por una cucharada que no te quieren recibir?

5. ¿Sabes el verdadero significado de la palabra cansancio?

6. ¿Sientes nostalgia al recordar tu barriga antes de ser mamá?

7. ¿No logras explicarte como hacían las mujeres de antes con 8 o más hijos?

8. ¿Te has sentido frustrada no sólo por las cosas que has dejado de hacer sino también por las que no has logrado que haga tu bebé?

Si todas o la mayoría de tus respuestas son un rotundo sí, eres mamá. Sabes lo maravilloso y lo tenebroso que significa serlo. Sabes que es una labor para machas. Sabes que hay días que queremos renunciar, salir corriendo, tirar la toalla, ponerle mute al mundo entero. Sabes que hay momentos dolorosamente ruidosos pero llenos de soledad. Sabes que hay otros peores llenos de incertidumbre. Sabes que por más que lo hayamos hecho bien hay días que todo sale mal. Y sobretodo, sabes que por más que queramos hacer las cosas bien a veces las hacemos mal.

Conoces la desazón y la impotencia que sentimos frente a una pataleta. Conoces el miedo al sufrimiento ajeno. Conoces la angustia de tener la responsabilidad de construir una buena o mala vida en tus manos. Sientes por primera vez lo que es un grito herido y la frustración que lo provoca. Sabes, conoces y sientes lo jodidamente difícil que es ser una buena mamá y no enloquecer en el intento. Entonces… si todas sabemos y conocemos esto ¿por qué a veces somos tan cabronas entre nosotras?

Mamás Cabronas

Mamás Cabronas

A mi me parece normal que alguien que no ha tenido hijos o que no quiere tenerlos tuerza los ojos y haga mala cara cuando Lolo pega un grito en un lugar público. Pues no tienen ni idea de la lucha que llevamos día a día, de las horas de sueño que nos faltaron y de las batallas que hemos escogido perder por un poco de paz. Pero que alguien, al que a lo mejor sus hijos le han hecho escándalos peores, me haga cara de “yo si supe criar a los míos” me la vuela.

La maternidad es jodidamente maravillosa. Pero se vuelve jodidamente aburridora cuando la volvemos una competencia. Y lastimosamente, en esto último las mujeres somos expertas. Si dar vida nos enaltece, nuestro trato con otras mamás nos denigra. El tan famoso bullying es ahora una tendencia entre mamás. Y no me refiero esta vez a que nos preocupe que nuestros hijos sean victimas de ello. Me refiero al bullying que nos profesamos de tanto en tanto entre nosotras. Una mirada, un silencio, una palabra, un adjetivo, una frase, un desplante son suficientes para aniquilar la poca fe de una madre encartada en un mal día. Somos exponentes del matoneo preciso cuando más deberíamos ser solidarias. Yo he sido víctima de esos consejos disfrazados, de esos silencios aniquiladores, de esas miradas lastimeras y me he sentido fatal. Pero también, como si me hubiera olvidado de mis malos días, he sido verdugo.

Es que es la típica situación en la que le buscamos lo malo a todo con tal de podernos sentir por unos segundos, que somos más que la otra. Es una jugada perversa pero tan humana que al mismo tiempo es inevitable.

Si lactamos, hacemos sentir mal a la que no; y solo cuando la vemos al borde del llanto, no dejamos de repetir los beneficios en defensas, proteínas, desarrollo del cerebro, fortalecimiento de huesos, que puede tener. Ahora que si no lactamos, miramos con desdén a la que no lo ha podido destetar; y con pánico a la que le sigue dando teta a los 3 años.

Si trabajamos, criticamos a la que se queda en la casa tachándola como mínimo de mantenida, pasando por otros calificativos no menos ofensivos como chupa-sangre, zángana, gusana, anticuada y hasta trepadora. Pero si nosotras nos quedamos en casa, la crítica va a esa “madre desnaturalizada” que prefirió salir a trabajar antes que dedicarle un par de años a su hijo.

Si después del embarazo logramos recuperar nuestro peso, literalmente acabamos con la pobre que no tachándola de glotona, dejada, sedentaria y perezosa. Pero si nunca pudimos bajar la pancita, las otras son unas plásticas, cocas, superficiales operadas y brutas.

Si le damos comida al bebé cada que pide, entonces nos dicen que estamos criando un obeso. Pero si no nos recibe comida, entonces nos dicen que es un tema de gusto, que al bebé no le gusta lo que le doy y en resumen todo termina en que no sabemos cocinar.

Si ponemos un poco de disciplina, entonces estamos criando al niño bajo un régimen del terror que va a deribar en un ser inseguro que no pondrá un pie en la calle por miedo a que le hagan daño. Pero si somos flexibles, conciliadoras, amantes del diálogo, entonces somos unas güevonas que nos la dejamos montar de un niño malcriado.

Si nuestro hijo habla, camina, pinta, baila y canta primero que los otros es porque a las otras mamás les ha faltado ponerles más atención y dedicación. Si son los otros los que hacen todo primero es porque están sobre estimulados.

Entonces decidí romper el círculo. Mi promesa es ponerme en los zapatos de las otras: dejar de creerme mejor porque mi hijo no llora en los aviones, dejar de sentirme fatal porque todavía no habla, alegrarme porque “Fulanito” ya dejó el pañal, no entristecerme porque hay niños que se duermen las 7:30 en su cama y regalar sonrisas y abrazos en vez de miradas y comentarios sobradores.

Nunca sabremos a ciencia cierta si lo que pasa en la vida de la otra está bien, si es ideal, si así están diseñados los bebés o si esa es la actitud correcta de una madre. Lo que si está claro es que si alguien sabe primero que algo está mal somos las mamás, no hay necesidad que venga otra a recordárnoslo y aplastárnoslo en la cara. 

Reconozcámoslo, somos mujeres y cuando queremos somos bien cabronas. Entonces embadurnémonos de mantequilla para que todo el bullying nos resbale y que el único que nos preocupe sea el que nosotras mismas queremos hacer y que por fortuna desde ahora, estamos conteniendo.

Vergüenzas con Lolo FB

Lo mejor y lo peor que me ha traído la maternidad es la pérdida de vergüenza. No es casualidad que usemos la palabra embarazoso para describir sucesos bochornosos, ya que desde ese preciso momento nos enfrentamos a una serie de acontecimientos que nos sonrojan, nos delatan y, perdón la palabra, nos emputan. Las visitas al ginecólogo nos liberan de tapujos, y ése es sólo el comienzo.

Durante años me quejé de la facilidad que tenían mis papás para hacerme sonrojar en frente de amigos, pretendientes y desconocidos. En algún momento sospeché que lo hacían de aposta, hoy estoy segura de ello. Cuando somos hijos no entendemos porque se empeñan en hacernos sentir así. Cuando somos padres finalmente lo sabemos.

Las mamás y papás han decidido forjar el carácter de sus hijos adolescentes a punta de pena porque en sus primeros años, cuando éstos eran bebés, han forjado el de ellos de la misma manera. Mi hipótesis es sencilla: los hijos nos hacen perder la vergüenza a punta de “osos” durante casi toda su niñez, se especializan en hacernos quedar mal en todo momento. En retaliación y a modo de venganza tenemos toda su adolescencia y parte de la adultez para desquitarnos.

Lolo con sus escasos dos años ha ido formándome una personalidad libre de timidez.

En unas vacaciones, Lolo chapoteaba agua en una piscina de cuyo nombre no quiero acordarme. Confiado en la seguridad que su pañal de agua le brindaba decide hacer la digestión. Yo veo su sonrisa característica de labios apretados para estos menesteres y lo saco de la piscina a la velocidad de la luz tan pronto veo un hilo de agua de otro color nadando como una lombriz en el agua. Con la toalla de bronceo logro limpiar el desastre que ya ha llegado también a sus piernas. El estrés me salva de vomitar. Y la vergüenza con el resto de turistas me genera un ataque de risa nervioso. Descubro que el calor, el agua y al parecer la arepa de huevo crean una mezcla demasiado peligrosa para ser contenida por un humilde pañal de agua. Los otros días los dedico al mar no me atrevo a dar la cara por la piscina.

Hay días que Lolo decide soltar un peito en el ascensor. Contrario a lo que la gente puede pensar, ese pequeño con carita de ángel, sonrisa contagiosa, mirada de galán de novela puede producir unos olores altamente contaminantes similares a los de un adulto enguayabado. Cuando semejante oprobio se expande por las narices de todos siento las miradas inquisidoras que sospechan más de la madre que del angelito.

“Ana María deja que Lolo experimente con la comida de esa manera le cogerá gusto” me repetía mi pediatra. Y si, Lolo es feliz comiendo spaguettis y untándoselos, espichando una papa en su mano y embutiéndosela después en la boca y yo también. Nunca pensé que ver comer a un hijo generara tanta satisfacción y felicidad, pero en los restaurantes esto es insoportable. Lolo quiere ser dueño de su comida como lo es en casa y eso no parece gustarle mucho al resto de gente. La vergüenza de pararse de la mesa se aliviana un poco limpiando con pañitos húmedos y dejando una buena propina.

Suelen decirme que en un años tendré que espantar mucha jovencita enamorada en la puerta de mi casa pero hasta que llegue ese momento sufro cada vez que una quiere interactuar con Lolo… “Lolo mira saluda a Valentina, mira que niña más linda, mira que te está dando la mano, ella te quería conocer, ay la vas a abrazar que bueno, no Lolo no, suéltale el pelo, Lolo, por favor no se lo arranques, Lorenzo suelta a Valentina, Lolo con la arena no, en el pelo noooooo”. La mamá de Valentina huye despavorida de nuestro lado no sin antes lanzarnos miradas que si las pusiera en palabras, este post sería uno muy grosero, y yo me quedo sola en la arenera sintiéndome la peor mamá del universo.

A pesar de haber lactado escasos tres meses Lolo tiene una fascinación por meter la mano en mi brasier. No me alcanzan los dedos de la mano y los pies para contarles el sin número de veces que por culpa de su manía he andado por la calle exhibiendo más de la cuenta. No es gratuito que en muchos sitios me hayan atendido con una sonrisa inusual y una lentitud exagerada. Y yo que pensaba que lo difícil había sido quitarle esa maña al papá.

Y si les contara las cantidad de veces que le he dicho a mi mamá o a mi suegra que Lolo no come esto o lo otro y de la mano de ellas no sólo lo recibe, sino que lo devora, repite y pide más. Defenderse es poco útil en estos casos porque la sonrisa ganadora de ellas te harán sentir no sólo mentirosa, mala cocinera y antipática sino además una pésima persona.

La verdad es que todos estos “osos” son tan sólo la antesala al paredón de la vergüenza. Apenas Lolo comience a hablar, la cosa se pondrá peluda de verdad. Historias de apuntes de niños hay mil y todas son excesivamente divertidas precisamente porque dejan muy mal paradas a las mamás o al menos sin algo que decir.

– “Uy mire ese negro tan feo se parece como a usted”. Daniel Medina. 6 años. A su tío costeño.

– “Yo voy a almorzar pero si no cocina usted”. Manuela. 5 años. A su abuelita.

– “Me das un beso? Si pero espere me saco este moco”. Maria Alejandra. 4 años. A la amiga de su abuelita.

– “Y qué hace tu mamá todo el día? Regañarme y hablar por celular”. Juan José. 8 años.

– “Quién era Simón Bolívar? Pues Cristóbal Colón”. Andrés Medina. 8 años.

– “Por qué no aprendes a tocar piano? Porque de grande quiero ser bruta como mi mamá“. Ana María Medina. 6 años.

Con todo esto y con lo que me falta, desde ya les aseguro que no me voy a aguantar las ganas de salir a buscarlo en pijama y despelucada si ha incumplido la hora acordada. No me voy a morder la lengua frente a su novia cuando me pregunte hasta que edad se orinó en la cama. Voy a gozar cuando haga su primer gol y yo seré la loca demente en la tribuna disfrazada de porrista gritando: “ése es mi bebé”. No me temblará la voz para contar un mal chiste delante de sus amigos, ni la mano para tomarme una selfie con él en su primer día de universidad antes de entrar al salón. Y mucho menos me contendré de besuquearlo en frente de quien sea. Lolo renegará y creerá que no ha hecho nada en la vida para que yo le haga pasar por estos momentos bochornosos. Yo sonreiré y me haré la güevona porque la teoría de la vergüenza habrá completado su ciclo.

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Desde el primer día que sabemos que estamos embarazadas nuestra cabeza comienza a organizar las ideas que tenemos acerca de la maternidad. Ideas que aunque están llenas de sentimientos bonitos están muy alejadas de la realidad. Queremos ser las mejores mamás, queremos criar los hijos más educados y felices, queremos alimentarnos de la manera más sana y divertida, queremos hacerlo todo tan perfecto que, de repente mientras sentimos esas pataditas deliciosas en el estómago, pensamos que todas las mamás que conocemos lo han hecho mal y “No” eso no nos va a pasar a nosotras. Tenemos tantas percepciones, juzgamientos y conceptos divagando por nuestra cabeza, mientras andamos con una barrigota buscando baños por el mundo, que sólo hasta que ese bebé respira por si mismo por primera vez, nos damos cuenta de lo inútiles que son. Cualquier idea que podamos tener frente a cómo seremos como mamás no es más que una ilusión, no en vano idea e ilusión son sinónimos. Saber que vamos a ser madres despierta, en unas más que en otras, un aire de superioridad frente a las que ya lo son, pues estamos convencidas que nosotras podemos hacerlo mejor.

Yo me sentía la última Coca-Cola del desierto cuando estaba embarazada. Y no precisamente porque me sentía sexy con esos kilos de más (con un poco de oso lo reconozco) sino porque juraba y comía mocos que con haberme leído todas las teorías de lactancia, de crianza o de sueño, haber hecho el curso psicoprofiláctico juiciosa y haber visto experiencias desastrosas en amigos y familiares, yo estaba lista para convertirme en la mejor mamá del mundo sin repetir esos errores. Recuerdo haber visitado a amigos con hijos y salir diciendo con ese tono sobrador que adoptamos cuando creemos tener la razón “yo si lo voy a mandar a dormir a su cuarto solo desde los 3 meses, ¡qué es ese hacinamiento en el que viven! … pobres”. Recuerdo haber almorzado con mis hermanos y sus hijos y decir entre risas “yo sí les voy a parar bolas, les voy a jugar y no los voy a embobar con el celular”. Recuerdo haber visto una mamá en el parque hablándole fuerte a su bebé y haber pensado “yo si no voy a perder la paciencia, tiene uno que ser muy malo para hablarle así a un hijo”. Recuerdo haber oído a amigas quejarse de la lactancia y mientras les decía que las entendía pensaba que eran muy flojas, que en ese video del curso psicoprofiláctico me lo habían explicado todo bien para que no doliera y que “yo si iba a cumplir los 6 meses mínimos de lactancia exclusiva para que mi bebé estuviera lleno de defensas y creáramos ese vinculo afectivo exclusivo”. Ahora la que recibe a Lolo en su cama, la que pone un video en el celular para poder hablar un minuto con sus hermanos, la que ha subido el tono de su voz y la que sólo aguantó tres meses de lactancia soy yo. Soy yo a pesar de haber jurado no hacerlo (o hacerlo mejor) desde la comodidad que da el imaginar las situaciones pero no vivirlas.

Hoy, celebrando el cumpleaños número dos de Lolo, pienso en mi, pero mi versión del pasado, en esa yo embarazada llena de líquidos, ilusión y prepotencia que creía sabérselas todas. Y, no sé si me dan ganas de abrazarla o de cachetearla. He descubierto que sólo el hacer te va dictando el deber y que ser una buena mamá también implica mirar a las otras con suavidad porque ahora si sabes que un momento difícil lo vivimos todas. Hay días que me siento la reina del mundo porque el comportamiento de Lolo le dice al mundo en la cara que todo lo he hecho bien. Hay otros, que la pataleta de Lolo hace que todos me miren con esa cara de haberme tirado al muchachito. Por fortuna ya no soy esa embarazada ingenua y entiendo que, como la vida misma, hay días que es más fácil ser mamá…y mujer. Y puedo reconocer sin temor a que me juzguen que ser mamá es hacer todo lo que una vez critiqué o juré no hacer. Éstas son algunas de las frases que usó mi yo embarazada y que le producen risa a mi yo después de dos años:

1. Yo si lo voy a poner a dormir solo en su cuarto

2. Yo si le voy a dar sólo leche materna hasta los 6 meses

3. Yo si no lo voy a embobar con el televisor, el celular o una tablet.

4. Yo si no voy a perder la paciencia

5. Yo si lo voy a regañar como se debe ante una pataleta

6. Yo si no voy a inundar mis redes sociales con fotos de mi bebé.

7. Yo si voy a recuperar mi peso rapidito

8. Yo si no le voy a dar comida chatarra, gaseosas o chocolates

9. Yo si no voy a llevarlo de vacaciones hasta que tenga 3 años y se acuerde

10. Yo si no voy a salir a la calle desarreglada

11. Yo si no voy a reducir en número y calidad mis deberes matrimoniales

12. Yo si no voy a limpiarle un sucio de la cara con mi dedo untado de babas

13. Yo si no voy a salir corriendo a urgencias por cualquier bobada

14. Yo si no voy a poner a mi hijo antes que a mi misma

15. Yo si no me voy a dejar tomar fotos recién parida en la clínica

16. Yo si no voy a recibir a nadie antes del primer mes de nacido

17. Yo si no voy a decir las frases típicas de mi mamá

Cada día sigo sumándole frases a la lista. Y mientras más me alejo de ese ideal de ser mamá absurdo que me había impuesto más feliz me enfrento cada día a la maternidad. O como mejor lo diría en su hashtag Freda Dueñas la maternidad me ha vuelto #FelizmenteImperfecta.

 

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Por más que me traigan pruebas que evidencien lo contrario, nadie me quita de la cabeza que el hecho de que el día de la madre caiga un mes antes que el día del padre es una perfecta planeación estratégica femenina para saber que tanto nos debemos esforzar o relajar con la celebración de nuestros 10%.

Regalo a Papá

Que ellos se merecen nuestro esfuerzo y nuestro espíritu detallista en este día por su labor en sí como padres, no me cabe la menor duda. Pero aunque sabemos que las comparaciones son odiosas, somos mamás y sabemos que son inevitables. A más de una se le ha pasado por la cabeza la pregunta ¿y éste que fue lo que me dio? cuando de buscar el regalo perfecto para papá se trata. Yo en particular este año estoy muy embollada.

Mi celebración del día de la madre, afortunada y desafortunadamente, estuvo increíble. Afortunada, porque ese día me lo celebraron como si yo fuera una mamá ultra maravillosa, como si no fuera humana sino diosa, y como si tuviera más hijos naturales y adoptados que Angelina Jolie. Desafortunada, porque ante semejante celebración me pusieron la vara demasiado alta y ya me queda muy mal salir con un chorro de babas en el día del padre. Así que desde hace semanas vengo devanándome el cerebro buscando regalos originales para mi 10%. Si bien nosotras, las mujeres, somos las complicadas de la casa, en cuestión de regalos ellos son imposibles. Y no precisamente porque corran a cambiarlos como nosotras sino porque las posibilidades son limitadas. A una mujer la puedes embolatar con una cadena, con un splash, con una blusita, con un ramo de flores, con unos chocolates, con algo de maquillaje, con cremas, brillos, zapatos, con casi cualquier cosa que brille así no sea oro. En cambio a los hombres le repetimos una y otra vez la misma receta: camiseta, medias, loción, camiseta, medias, loción y de tanto en tanto le pegamos al perro con un gustico que logramos descifrarles, porque ellos no andan por el mundo, como nosotras, señalando antojos en cada vitrina.

Así que después de darle muchas vueltas al tema, descubrí que los mejores regalos que le he dado a mi 10% durante estos 7 años poco tienen que ver con esos que conseguí yendo de almacén en almacén copando la tarjeta de crédito. Así que si usted no ha conseguido el regalo perfecto del día del padre tome atenta nota a estos regalos infalibles:

1. Desayuno a la cama:

Las abuelas la tenían más clara que nosotras, no en vano siguen repitiéndonos que a un hombre se le conquista con la comida. Pero si usted es como yo, medio negada para las artes culinarias no se preocupe. Hay opciones que la harán quedar como una reina sin tener que madrugar a exprimir naranjas, sin tener que botar los huevos que no quedaron en forma de corazón, sin tener que poner a remojar la olla en la que se le quemaron los pancakes y sin tener que perder una hora de arrunchis mañanero tratando de quitar el chocolate regado por toda la estufa. Llevarle a su marido un desayuno a la cama sin tener que ensuciar un solo plato no tiene precio. Yo he probado todos los que ofrece www.lachocolata.com.co y los recomiendo con todo el temor a que se vuelvan adictas como yo.

2. Una carta

A veces se nos olvida lo poderoso que es poner nuestros sentimientos en una hoja de papel. Creemos que los emoticones que mandamos por whatsapp son más que suficientes para que la otra persona sepa cuanto la queremos. Pero las palabras escritas a veces expresan mejor lo que las habladas no alcanzan. Cuando nos tomamos el tiempo de escribir al menos 3 renglones a mano, sinceros y sentidos descubrimos en la cara de sorpresa del otro que sólo hasta ese momento esa persona ha entendido lo mucho que la amamos. Mi 10% no agüa ojo ni viendo “Bajo la misma estrella” y el pasado día del padre (que era oficialmente su primero) decidí hacerle una carta en una hoja de cuaderno sin mayores pretensiones que resumir su primer año como papá. No sólo descubrí que no tenía el lagrimal atrofiado ni una piedra en lugar de corazón sino que el hecho de que yo le reconociera las grandes y pequeñas cosas que hacía con Lolo hacían que todos los esfuerzos valieran la pena y lo motivaran a ser un mejor papá. Hace poco me reconoció que guarda la carta en su billetera y que la lee de tanto en tanto cuando necesita un shot de buena energía. No tenemos que ser los mejores escritores y en cambio estaremos dando un regalo único e invaluable.

  1. Un día sin dar lora.

O al menos medio, para nosotras puede ser de las cosas más difíciles de hacer pero ellos estarán inmensamente agradecidos. Como mujeres, y más como mamás, creemos que nuestra misión es ir por el mundo criando a la gente, enseñándole buenos modales y corrigiendo conductas indebidas. Se nos olvida que nadie aprende con cantaleta y nos volvemos expertas en repetir las cosas como un disco rallado. Ellos, nuestros 10%, son nuestras principales víctimas. Yo he empezado la tarea, y aunque no ha sido fácil, he logrado varias horas seguidas mordiéndome la lengua. Mi meta es llegar a una semana completa y en un futuro espero completar el mes. La vida es más bonita cuando la manera de hacer las cosas de mi 10% (cosas que yo haría obviamente diferente) me parecen chistosas e ingeniosas y no mal hechas y desesperantes. Con sólo cambiar ese chip la cantaleta disminuye en un 90%, los matrimonios se hacen más duraderos, las tardes más amenas, los hijos más felices, las mujeres más bonitas y los maridos más hogareños. Haga el intento, dele ese regalo a su 10% y de paso dese ese regalo a usted. Olvídese de una vez por todas de esa ex novia que su 10% sólo recuerda cuando usted la menciona, relájese si se demora 5 minutos más en la oficina, ríase si olvidó llevar la pañalera y cállese si no tiene algo bonito que decir.

  1. Ver su programa favorito

Para algunos será fútbol, para otros películas de acción, una serie fantasiosa o una carrera de Fórmula 1. Las horas de televisión después de un hijo son limitadas, por eso cuando tenemos el espacio de acostarnos en la cama y ver algo que no tenga como protagonista un animal idealizado, carismático, hablador y además con buena voz, es normal que queramos ver algo que nos gusta. Muchas veces eso que queremos ver no concuerda con lo que nuestro 10% quiere ver. Pero darse la oportunidad de ver eso que a ellos les encanta puede despertar en usted nuevas pasiones o al menos temas de conversación. En mi caso, este mes prometí verme la saga completa de Star Wars sin dormirme, leer un libro en vez de molestar mientras él ve la Fórmula 1, y ver partidos de la copa América así no juegue Colombia. Prometí hacerlo sin hacer cara de pereza y él prometió contestar pacientemente las preguntas estúpidas que este tipo de programas pueden despertar en mi, además de ver esa comedia romántica que llevo meses rogándole.

Apuéstele con toda este día del padre a hacer a su hombre feliz y verá que usted será la ganadora…

Según teorías, soy una pésima mamá

Alguna se ha puesto en la tarea de averiguar cuántas teorías de crianza existen? Cuántos métodos para dormir con o sin lágrimas se han escrito? Cuántos tips para criar niños felices, seguros, educados y cero narcisistas han rotado nuestras amigas en FB? Yo no. Aunque me atrevería a afirmar que cualquier número por debajo de 50 es poca cosa. Poner en google teorías de crianza arroja cerca de 355.000 resultados y todas aseguran tener la verdad absoluta para que usted no la embarré como mamá. Aunque no soy demasiado metódica en este tema de ser mamá y en estos dos años he sido más empírica que teórica, debo confesar que de tanto en tanto recurro a google como mi consejero de cabecera. Me ha sacado de aprietos un par de veces y otras tantas me ha enredado la cabeza. He buscado desde como hacer una papilla de fruta hasta cuando salir corriendo a urgencias.

Últimamente, debido a que varias mamás me miran con benevolencia y pesar mientras me advierten que Lolo ya va a llegar a “los terribles dos años” como ellas lo llaman, mis preferidas han sido las búsquedas relacionadas con crianza. Me he encontrado con una cantidad de teorías y disparates que lo único para lo que me han servido es para martillarme la cabeza con el siguiente subtexto: todo lo has hecho mal. Me pregunto si mi mamá también fue víctima de esta sensación o si la benefició ser madre en una época desprovista de demasiada información. Si me pongo a ver pocas de las cosas que ahora recomiendan hacer con los hijos las hicieron conmigo… y ni les digo las que recomiendan no hacer. Y hasta donde sé no estoy traumatizada. Supongo que quienes escriben estas guías quieren en lo más profundo de su corazón hacerme la vida más fácil con evidencia que mis papás no tuvieron, pero, a mi en particular, terminan por hacerme sentir impotente, incapaz y, precisamente, mala madre.

Llevo dos años acertando y embarrándola a la par en esto de ser mamá. Y aunque hay días que siento que me falta teoría para no enloquecer también hay otros que siento que el instinto y el corazón fueron la mejor opción. Por eso he aprendido a relajarme con el tema y a convencerme que no sólo cada niño es diferente sino que cada mamá también. Y que la culpa no es de las teorías sino de nuestra tendencia a creer que son verdades absolutas para nuestro caso particular. Yo he ido creando las mías propias basadas en mi temperamento, en el de Lolo y en el de mi 10%. Y puede que ni siquiera a nosotros nos funcione del todo pero al menos es la nuestra y no nos talla. Aún así de tanto en tanto se viralizan frases en las redes que me gritan lo pésima mamá que soy: “No más narcisistas ante una pataleta no dé su brazo a torcer” “Lo peor que puede hacer es compartir la cama con sus hijos” “No ponga apodos, llámelos por su nombre” “Si no prueban el dulce nunca lo van a extrañar”… podría seguir enumerando más citas famosas, pero de seguro quedarían evidenciadas mis falencias como madre y alguien se atrevería a llamar al bienestar familiar. Estos son algunos de mis muchos pecados:

“No más narcisistas, ante una pataleta no dé su brazo a torcer”

Ante esta afirmación necesito una maestría completa. Entiendo que hay berrinches que no pueden ser solucionados dándole al niño lo que reclama pero hay miles otros que no pueden ser ignorados y mucho menos batallados con la misma intensidad. Muchas veces me ha funcionado tratar de razonar con Lolo y en otras situaciones me ha funcionado un simple No más en un tono más agudo. Todo ese manejo de la autoridad nunca me ha quedado claro y me debato constantemente entre el Hitler que la sociedad quiere que sea y el Mockus que muchas veces se necesita. Cada vez más me pregunto “que hago” “que hacen las buenas mamás en estos casos” “que hace ésa que se ve tan tranquila” y la verdad, sólo la razón y la potencia de la pataleta terminan por dictaminar mi manera de actuar. Sí he dado mi brazo a torcer, si por eso se entiende que a veces he cedido porque si bien no todo puede ser como Lolo dice tampoco todo puede ser siempre como yo digo.

“Los padres no deben dormir con sus hijos”

Yo fui recibida en la cama de mis papás hasta una edad en la que me puedo acordar y puedo decir que fue una de las mejores cosas que tuvo mi niñez (y adultez). Atravesar a oscuras el pasillo entre mi cuarto y el de mis papás, con el frio en la espalda que provocan los fantasmas imaginarios, con la aturdidez de un sueño interrumpido pero con la necesidad de llegar a un puerto seguro, su cama, y ser bienvenida con un abrazo, es de las mejores sensaciones que tengo en mi memoria. Poner los pies entre las piernas de mi papá, sentir su respiración y volverme a quedar dormida porque ahí en medio de ellos, el miedo y el frio desaparecía. Hoy, si mi carácter tiene sus fallas no creo que ésta sea la causa, mis papás no se han divorciado y yo tengo la seguridad que siempre puedo llegar a ellos, mi puerto seguro, cuando nuevos fantasmas insisten en aparecer. Bienvenido Lolo, cabes en medio de estos dos gladiadores dispuestos a velar tu sueño todas esas noches que, aún no me explico como, llegas tanteando paredes hasta nuestro cuarto.

“Debemos llamar a los niños por su nombre”

Cosita. Cuenta mi mamá que cuando me preguntaban mi nombre yo contestaba Cosita. Un tío, de esos fenomenales, con todo el amor del mundo me puso ese apodo y yo me sentía la persona más amada sobre el planeta tierra cuando alguien la usaba para llamarme. Mi 10% a veces mientras abraza a Lolo y le hace cosquillas con su barba lo llama Mi bultico y Lolo muere de risa. Mi 10% se llama Andrés, él lo sabe como sabe que es un 100%. Las palabras son poderosas y por eso hay que cuidar lo que decimos pero mucho más la manera como las decimos. La Cosita creció y nunca se sintió como un objeto. Una manera de referirte a alguien con amor nunca va ser perjudicial. Yo soy LaNuwe porque mi 10% terminó por darme ese apodo y aunque me gusta mi nombre, siento que esa manera de llamarme es mucho más especial y en ella van implícitos miles de sentimientos que sólo él y yo entendemos. La gente en los bancos, las llamadas a lista en clase, los certificados de votación, mi mamá enojada, demasiada gente puede usar el Ana María. En cambio sólo unos, casualmente los más cercanos al corazón, me dicen nena, fea, cosita, nube, moscorrofia, grilla y yo vuelvo a sentirme amada e importante. Ya llegará el día en que así como tuve también el carácter para pedir que me quitaran apodos que no me gustaban en el colegio, Lolo haga lo suyo y me haga saber con cuales se siente feliz. Puede que lo primero que me quite sea el “Lolo” o puede que me deje seguir usándolo junto con las mil y un palabras con que lo llamo cada vez que me dan ganas de espicharlo y que para mi expresan más que decirle tan sólo: Lorenzo. Y si la cosa es que vamos a preocuparnos por nimiedades pues entonces empecemos una campaña en contra de nombres pavorosos dolorosos de pronunciar e imanes para el bullying.

“Si no prueban el dulce nunca lo van a extrañar”

Si no es ahora, CUANDO? Entiendo que los tiempos han cambiado y ahora hay una cultura más saludable en el mundo. Entiendo la importancia de frutas y verduras y alimentos libres de gluten. De hecho me gustan y las como a diario pero ante un brownie me tiemblan las piernas, se me dilatan las pupilas y no hay trozitos de manzana que valgan. Sin haber sido una obesa, puedo reconstruir mi niñez a través de las delicias que me comía sin temor a engordar. En la alacena mi mamá siempre tenía una caja de chocolatinas Jet, una caja de gansitos, otra de herpos y paquetes de papas. Esa alacena no tenía llave y en mi casa mis hermanos y yo le dábamos fin a ese cajón igual que al frutero encima de la mesa del comedor. Yo personalmente me siento incapacitada de negarle placeres a Lolo cero saludables y 100% deliciosos. Ya llegará a mi edad y tendrá que dosificarlos. Pero si no es de niño que uno puede comer este tipo de cosas sin preocupaciones, aunque si con mesura, (nadie quiere una crisis de hiperactividad, una ida a emergencias por dolor de estomago y varias idas al odontopediatra por caries) entonces cuando? Nunca? Algunos dirán que es mejor que no los prueben porque nunca sabrán de que se están perdiendo: adelante los apoyo en esa iniciativa en la que tendrán que no volver a la casa de los abuelos, no volver a piñatas, no llevarlos a hacer mercado, no ver televisión y básicamente irse a vivir a una comunidad Amish.

Ya hay demasiadas cosas en mi vida que necesitan ser hechas metódicamente, la maternidad por fortuna me va seguir halando por el lado del instinto y el corazón. Mi consejo: no siga mi consejo que como mamá no sé lo que estoy haciendo y según varias teorías está comprobado que soy pésima, pero sobretodo dejemos de analizar todo demasiado y de, como diría mi abuela, hilar tan delgado por favor. Todo en exceso en malo, todo en carencia es triste. Y si al del vecino le funciona no significa que uno tenga que hacerlo así … y viceversa.

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Si hago una barrida rápida por mi cabeza puedo encontrar muchas razones por las que ser mamá hoy es mucho mejor que haberlo sido en cualquier tiempo pasado.

Se me ocurren razones de peso, como el rol activo que ahora desempeñan los papás; razones médicas, como las vacunas para los niños, la epidural para nosotras y los métodos de anticoncepción certeros para evitar la sorpresa del segundo hijo demasiado pronto; razones educativas, como los colegios bilingües, los jardines infantiles con cámaras de seguridad (¿?); razones saludables, porque superamos aquella extraña (aunque deliciosa) práctica de nuestras abuelas de recuperarse a punta de sancocho de gallina los 40 días de dieta; razones prácticas, como el extractor automático, los pañitos húmedos, el esterilizador de teteros para horno microondas, los pañales desechables, la pera saca-mocos, youtube; razones bobas, como que la ropa de maternidad antes las hacía ver a todas como un globo aerostático y ahora es linda y hasta sexy; o incluso razones tecnológicas porque no se que haríamos las mamás de hoy sin el celular para tomar las 500 fotos diarias que tomamos de nuestro bebé haciendo las cosas más increíbles, como mirar al techo.

Podría seguir enumerando razones y, seguramente, hasta terminaría escribiendo una lista similar justificando lo contrario, que ser mamá en otra época era más fácil, más tranquilo y por supuesto mejor o al menos más considerado, ya que estar embarazada era sinónimo de enfermedad y como seres inválidos y desvalidos merecíamos todos los cuidados y consideraciones.

Pero tener hijos en este momento cuenta con un elemento muy valioso: hoy se es mamá por elección. Obvio, aún nos falta camino por recorrer pero poco a poco vamos siendo la mayoría. Ser mamá es una decisión que nuestras abuelas ni por un segundo se atrevían a cuestionar, tener un hijo (una decena en realidad) era lo que tocaba, y peor aún, lo único que había para hacer. Que maravilla que vivamos una época en que la mujer puede tomar libremente esta decisión y que maravilla será, cuando además esta decisión no tenga ninguna recriminación.

Hoy somos mamás, o no lo somos, porque lo soñamos y porque así lo queremos. Sentirnos libres de tomar esta decisión nos empodera y nos hace mujeres maravillosas. Y por maravillosas me refiero a que somos tercas, obstinadas, calculadoras, exageradas, maniáticas, intensas, dramáticas. Y si a eso le sumamos la palabra mamás hay que añadir también estorbosas. 

Nos volvimos un estorbo para los ecologistas, que nos ven como un grupo de personas ignorantes e irreflexivas con el medio ambiente, que deciden traer más habitantes a una tierra que no puede aguantar más gente socavando y liquidando sus recursos.

Nos volvimos un estorbo para nuestras amigas que no tienen hijos a punta de pedirles que nos reunamos en restaurantes con parque y no en el bar ruidoso de moda, a punta de pedir que las “girls night out” sean más bien a plena luz del día con una mimosa con más jugo que champaña y no una botella entera de aguardiente.

Nos volvimos un estorbo para nosotras mismas porque en nuestro afán de querer ser exitosas profesionalmente, de estar flacas, de estar a la moda, de ser buenas mamás, de ser excelentes esposas nos pusimos la vara demasiado alta y nos creímos el cuento de que podemos hacer todo.

Nos volvimos un estorbo para las NoMo (No Mothers) que nos ven como una especie menos evolucionada, tonta y retrograda carente de metas personales y profesionales.

Nos volvimos un estorbo para los gerentes de recursos humanos que después de una licencia de maternidad o de un año sabático dedicado a nuestros hijos creen que estamos obsoletas, fuera de praxis y para colmo de males, dementes con aquello de querer limitar las horas extra.

Son las 10pm de un día difícil estoy agotada, aunque no tanto como recuerdo haberlo estado durante los primeros 4 meses de vida de Lolo, ya la casa está en silencio… por fin! Pero a mi me faltan por hacer un montón de cosas aparte de ser mamá que me apasionan. Y en medio de ese extraño desespero que me dice que no voy a ser capaz de hacerlo todo, respiro y trato de auto convencerme que ser mamá tampoco es un estorbo para mi.

Despoblar la tierra para que en un siglo no la habite ningún humano depredador y voraz destructor del medio ambiente me parece poco desafiante e irrespetuoso con nuestra historia, aunque debo reconocer que sería genial como guión para la próxima película de Christopher Nolan. Esperen, creo que ya la hizo. Y no es una idea tan disparatada sabiendo que hace poco fue descubierto un planeta a quinientos años luz con características muy similares a la tierra. Así que, queridos ecologistas en vez de castrarnos las ganas de ser felices porque no se donan a la Nasa y empezamos los tramites para poblar ese planeta?

Amigas sin hijos, el hecho de que tenga llenas mis redes sociales de fotos de bebés, de artículos cursis y reivindicadores de la maternidad no significa que no pueda hablar de otros temas y que no necesite de cuando en cuando una salida de esas en las que nos divertíamos con el bullying sano al que estamos acostumbradas con una cerveza en la mano. Y por cierto, no se les va a gangrenar un dedo por darle like de vez en cuando a mis fotos, se los juro, está más que comprobado.

Generación NoMo, admiro, aplaudo y respeto su decisión. No les pido que admiren, aplaudan y respeten la mía, con que dejen de mirarme con esa gesto mezcla de lástima y condescendencia es suficiente. No soy bruta, sumisa, resignada, mantenida, trepadora o frustrada. Por el contrario, soy el perfecto ejemplo del multitasking que se achacan la mayoría de mujeres haciendo la mitad de las cosas.

Respetados miopes de recursos humanos el hecho der ser mamá no ha invalidado mis títulos profesionales y, si de competencias laborales y personales se trata, la labor que he hecho en casa en este tiempo tiene más liderazgo, trabajo en equipo, resolución de problemas, ideas innovadoras y aprovechamiento de recursos que el de cualquier gerente con el que me puedan comparar. Y si el problema es que consideras que la maternidad me volvió demasiado sensible creo tampoco deberías contratar gente con mascotas, enamorada o ligeramente fabulosa.

Ser mamá no es un estorbo, la clase de mamá que queremos ser las mujeres de hoy si. Y eso es lo mejor que nos ha podido pasar a nosotras como mujeres y a ellos como hijos.

Falta poco para que la adolescencia de mi hijo haga de las suyas y me vuelva un verdadero estorbo que abochornará su vida social, ni hablar cuando me atrape la demencia senil y me convierta en un estorbo también para mi nuera.

Por ahora, no sólo me siento orgullosa de ser la clase de estorbo que soy sino además me declaro el obstáculo más dichoso y capaz de este planeta…y del próximo a poblar.

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Mi 10 % se fue de paseo una semana. Bueno, en realidad fue un viaje de trabajo y sólo fueron 4 días. Pero en esta casa ese 10 %, al que le hago bullying por demorarse haciendo un tetero, hace más falta que el agua. Como saben, soy intensa, posesiva y consentida (y actriz) así que el show, con lágrima incluida, que le hice a mi 10% por atreverse a “abandonarnos” y a ir a trabajar por nuestro bienestar y futuro no fue poca cosa. Ya casi iba ganando la contienda, mi 10% resignado empezaba a devanarse el cerebro buscando la manera correcta de redactar “en esta casa manda mi mujer, yo no tengo pantalones” en su carta de renuncia. La lágrima y el soborno con contenido triple x le iban ganando a argumentos obvios, reales y lógicos. Y justo cuando me disponía a cantar victoria, mi oponente 10% dio la estocada final, y recordándome un viejo Martes de Post-Parto lanzó este dardo en mi pecho: ¿el omnipresente, único e irremplazable 90% que todo lo puede, todo lo hace mejor, todo lo critica, estaba diciendo que ser mamá y papá por 4 días le iba a quedar grande?

Era un golpe bajo y mi 10% lo sabía, así que finalmente conciliamos con unas cremas antienvejecimiento del duty free, que no serían necesarias si estos 4 días no me hubiera dejado all by myself (nunca sobrara un poco de drama en la vida).

El hecho es que todo este show mediático y poco trascendental de estar sin mi 10% unos días me hizo pensar en todas esas increíbles mamás que ante la ausencia del 10% de manera constante son las únicas y verdaderas heroínas.

Y no sólo porque física y económicamente el trabajo se intensifique sino porque emocionalmente la carga es pesada y saber que no la puedes compartir con alguien puede hacer ver más largo el camino. Pensé en las veces que no tuvieron 10 % a quién hacérseles las dormidas para que atendiera al bebé, pensé en esas noches que llegaron a casa del trabajo y no alcanzaron a verlos despiertos, pensé en las mañanas en las que salieron de nuevo y seguían dormidos, pensé en esos momentos que sintieron que no podían más y no hubo alguien que hiciera el relevo, pensé en esas noches de enfermedad que no tenían quien limpiara el vómito de bebé en el suelo mientras ellas trataban de bajar una fiebre, pensé en el silencio y la soledad una vez dormido el bebé, pensé en la logística para salir a la calle sin tener a quien encartar con tu cartera o a quien pelearle por no haber empacado los pañitos, pensé en un domingo en la tarde, pensé en el futuro y sus preguntas, pensé en la rabia, pensé en las selfies, pensé en las seis y media de la tarde desprovistas de ilusión porque ya viene el 10% del trabajo, pensé en las lágrimas contenidas mientras hacían un ataque de cosquillas, pensé en las veces que tuvieron que ser la mano dura sin una mirada cómplice que dijera que era lo correcto, pensé en la angustia y la duda, pensé en el cansancio que sólo quien ha tenido un bebé conoce, pensé en la incertidumbre y el miedo, pensé en la ausencia de una voz que dijera todo va a estar bien en el momento indicado… pero también pensé en todos los momentos maravillosos, en los abrazos, en los arrunches, en los besos, en las carcajadas, en los secretos al oído, en las palabras mal pronunciadas, en los te amo, en las desperezadas de la mañana, en las imprudencias, en el significado que cobra tu mano para otra persona, en el valor que adquieren tus palabras, y fue entonces cuando pensé en ellos, en ese 0% desentendido y lejano que ni siquiera es capaz de entender lo que se está perdiendo por haber renunciado.

Y sentí lástima por todos los 0% del mundo que con su ausencia total, su descaro al aparecer 10 años después o su mágica aparición de tanto en tanto, se han perdido la oportunidad de ser padres. Porqué papá realmente es el que se gana que el bebé lo pida cuando se va a dormir, el que se gana el abrazo a media noche cuando el verlo en su cama le quita el susto de la pesadilla, el que está ahí para sobar una rodilla o escuchar una queja.

Y de repente me dieron ganas de abrazarlos, de escuchar sus penas, de invitarlos a un trago. Pero soy más bien romanticona, entonces preferí invitar a casa a una amiga que es un 100%, poner de banda sonara a Paquita la del Barrio, destapar una botella de tequila y en su honor y en el de muchas redactar estos versos para estos los increíbles 0%.

 

Oda al 0%

 

Para nadie es un secreto

Saliste despavorido

Fuiste un total ingrato,

Desgraciado y mal… nacido

 

Que no estabas preparado

Que tenías una vida

No alcanzas a imaginar

Lo que perdiste en tu huida

 

Y gracias de verdad

Me diste el mejor regalo

Un hijo que me adora

Nunca podrá ser malo

 

Tu falta de pelotas

Nunca me sorprendió

Porque la falda de tu madre

Fue la que siempre te escondió

 

Y no des para comida,

colegio o vestuario

Que si me metí contigo

no fue por millonario

 

 

Como siempre yo me aguanto

Que lo saques alguna vez

Para que le des helado

Con tu nueva novia del mes

 

Tu y yo lo sabemos

Eres un papá de mentira

Pero más vale que lo callemos

Porque verlo sonreír vale más que la ira

 

Hoy te veo diferente

A mi ya me serviste

Lo único que haces bien

Lo hiciste cuando te viniste

 

Y hablando de ese verso

Y si bien me pongo a ver

Lo último que quisiera

Es que lo volvieras a hacer

 

Un homenaje tragiado, haciendo retorcer a Neruda, a todas las mamás que se mantuvieron firmes, asumieron su rol, tomaron las riendas de su vida y se convirtieron en el 100%

¿Algún otro verso que agregar?

 

[Si eres nueva en LaNuwe y no entiendes que es “el 10%”, has clic aquí y descubre cual es La Teoría del 10%]

 

Nuwe y su matata - años 80 BLOG

Acaba de pasar el día de la madre, ese único día al año que como mejor lo dijo mi nuevo dios Jimmy Fallon es la oportunidad para decirle a mamá “tu me diste la vida, me criaste, todo lo que soy es por ti, ahora déjame comprarte unos tulipanes y un desayuno y quedaremos a mano”. Por cuestiones de logística yo no estuve con la mía pero madrugué a llamarla y en ese preciso instante en el que me disponía a destilar todo un repertorio de frases cursis y de agradecimientos clichesudos por teléfono, ella con la sinceridad que a algunos molesta, me dijo, palabras más palabras menos: no te preocupes, yo no le paro bolas a esas cosas, porque hoy es un día cualquiera convertido en una fecha comercial.

A pesar de su afirmación, por culpa del capitalismo que me corre por las venas me sentía culpable por no estar con ella ese día, por no ser una de esas familias atrapadas en el trancón de la autopista dispuestas a entender con el precio indecente de un ajiaco, términos como crédito, plusvalía, inflación, demanda, prestamistas, avaricia y paga-diario.

Y mientras me trataba de convencer de que el día de la madre era tan sólo un día más y que lo importante era demostrarle que la amábamos, respetábamos y le agradecíamos su labor en todo momento, una angustia peor que la culpa se apoderó de mi en forma de pregunta: ¿Si lo he hecho todos, toditos, todos los días? Creo que haciendo un promedio poco exhaustivo en mi cabeza, de entrada hay varios días que entran a pérdida: la gran mayoría de mi adolescencia, los que no recuerdo de mi niñez pero que ahora con Lolo sé que fueron varios, algunos muchos cuando tuve mi primer novio y otro par nada despreciables desde que soy mamá. Un balance poco esperanzador para una hija que asegura dar la vida por su madre.

Y entonces me di cuenta que hacer una lista de agradecimientos y perdón era caer en ese sentimentalismo barato que ella y yo odiamos. Ese sentimentalismo urgido de cursilería que nos rehusamos a usar a diario porque no significa nada para nosotras. Ese sentimentalismo que cree que son mejores las citas bajadas de internet que un buen chiste negro y una sonrisa. Fue entonces cuando me di cuenta que, aunque hubiera sido genial, yo no necesitaba estar ese día con ella, ni elogiarla exageradamente porque a pesar de la sumatoria de nuestros días malos, los realmente buenos y significativos también eran muchos y ninguno había sido un día de la madre.

Ella sabe que la amo más que a nadie así no se lo diga, pero siempre se lo escriba por whastapp, ella sabe que a veces me saca la piedra y que yo, así prometa lo contrario, se la voy a seguir sacando a ella, ella sabe que estoy orgullosa de todo lo que ha hecho y de todo lo que hace y por eso a diario pido su aprobación para todo lo que hago, ella sabe que mis tres llamadas al día sin tener nada nuevo que contar son sólo para saber que está bien, ella sabe que es una fecha comercial y yo sé que celebrarla la hace sentirse especial, ella sabe que yo soy una buena mamá (perdonen la modestia) porque ella es mi mamá, y se lo escribo por acá porque aunque ella todo lo sabe, se hace la que no, porque siempre es bueno oírlo de alguien más.

Y yo sé que ella sabe y se siente orgullosa, aunque no me lo confiese, que hemos peleado como locas porque no podemos parecernos más. Y no me refiero a nuestros rasgos, a nuestras cabezas llenas de canas, a nuestra habilidad de comer harinas sin parar y no rodar, a nuestra blancura difícil de broncear, a nuestras piernas que reciben piropos y a las arañitas han salido a decorarlas, a nuestras manos de venas pronunciadas y nudillos “rodillones”.

Somos iguales más allá de la genética. “Son igualiticas” decía mi papá tratando de arbitrar alguna de nuestras peleas y yo sentía éstas palabras como una puñalada rastrera. Pasé de ser una niña que se ponía sus tacones y sus gafas soñando con ser como ella a una adolescente que criticaba cada una de sus palabras. Hoy soy mamá y serlo me ha hecho entenderla pero sobretodo me ha devuelto la sensación de la niña chiquita que la admiraba y la llamaba cada 5 minutos porque sin ella se aburría. La única diferencia es que ahora la admiro más y la llamo a cada rato porque la necesito y se que ella lo necesita. Somos igualiticas… y al escribirlo el pánico y la frustración que sentía de adolescente por tan sólo considerar que eso fuera posible, ha sido reemplazado por el orgullo y la satisfacción de saber que es una realidad.

Somos iguales en muchas cosas que nos hacen extraordinarias y somos iguales en muchas otras que nos hacen insoportables. Si tu terquedad, que es la misma mía, te hace ponerlo en duda, tu 10% y el mío pueden corroborarlo.

Nuwe y su matata

Hoy a sus más de 60 años sólo puedo decirle que lo ha hecho de maravilla, que las veces que cree que la ha embarrado no son tantas como ella piensa y que descubrir una reacción en mi que alguna vez critiqué en ella sólo me hace entenderla, quererla más y darme cuenta que no lo estoy haciendo tan mal o al menos que nada grave va a pasar.

Sólo hay una cosa no heredé de ella y que por más que intenté no fui capaz de copiar: su increíble manera de cocinar, así que seguiré conformándome con llamarla cada que me da por poner un pie en la cocina y seguiré aguantándome la pena de ponerla a preparar mis antojos cuando viene de visita. Eso sí, le ruego a esa genética tuya que ha hecho que yo a los 30 esté llena de canas que siga haciendo de las suyas y me permita envejecer como tú, de esa manera tan hermosa y natural que sólo las que no viven esclavas de la belleza terminan logrando.

Voy a tener que dejar de escribir acá porque voy a terminar pidiéndote perdón por no haber tenido una niña que me haga expiar todas mis culpas o por aquella tarde que buscaste por media ciudad unos pompones azules, los mismos que encontraste a las 8 de la noche en un Gran Piñata que estaba a punto de cerrar, los mismos popochos y perfectos pompones azules soñados por cualquier porrista de Millonarios, los mismos que tuve que apachurrar en mi maleta para que nadie los viera cuando la profesora dijo: ¿todas trajeron sus pimpones azules?.

Ay no, mi 10% pregunta donde se guarda en esta casa el papel higiénico, así que hasta acá llego el post de hoy porque sabemos que en esta casa la única que encuentra las cosas soy yo, y si no voy y se lo muestro “después la hijueputa soy yo”. 

Si me oyeron? No puede ser, soy mi mamá y eso me parece genial!

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Ser mamá es que te inviten a la playa y pongas en google “consejos para ir a la playa con bebé” antes de organizar tu maleta, llamar al pediatra y ponerte a dieta. Yo me leo todos los tips y quedo más triste y aburrida que cuando desempolvo el bikini y me doy cuenta que ya no soy talla s ni 34c. Si uno le hiciera caso a estos consejos, que parecen escritos por alguien sin hijos, uno se ahorraría esa plata y se quedaría en la comodidad de su casa. Te recomiendan no salir a la playa entre las 11 y las 4 de la tarde como si encerrarte a ver televisión, jugar parqués, leer una novela o tomarte un traguito en la sombra fueran opciones posibles con un bebé que se alborota viendo el agua y sólo quiere jugar con la arena. Te advierten que por ningún motivo permitas que el agua del mar o la piscina toque sus oídos o sea bebida, como si fuera muy fácil prohibirles que chapoteen agua como expresión máxima de felicidad.

Te recuerdan que todo el tiempo deben llevar en su cabeza un sombrero y no te advierten que lograr que lo tengan puesto por más de 5 minutos es gracias a una contienda de engaños y promesas. Te repiten una y otra vez que mínimo cada dos horas hay que estarles repitiendo la dosis de bloqueador solar, cuando todos sabemos que si queremos ver hacer show a un niño sólo es necesario acercarnos lentamente con la mano untada de crema y tocarles la cara. O yo soy muy mala mamá o cumplir estos requisitos es para machas. Lolo se levanta a las 8.00, mientras nos bañamos y desayunamos nos dan las 10:00, bajamos a la playa y las horas que tenemos para jugar antes y después de la siesta son preciso esas horas prohibidas. Aparte de todo, le encanta jugar con la arena y por jugar me refiero a comerla, masticarla y saborearla a pesar de mis intentos de obstaculizar el camino entre su mano y su boca. Es feliz chapoteando agua que vuela en todas direcciones llegando inevitablemente a mis oídos, a los de él y a los de cualquiera que tenga la desgracia de estar al lado de nosotros. Y entre juego y juego podría jurar que entre los Vargas Medina nos hemos bebido media piscina y un cuarto de mar con la buena noticia que aún no nos han diagnosticado una infección intestinal. Hace un par de días tuvimos un paseo a la playa y sin haber seguido los consejos de google y en contra de todos los pronósticos regresamos vivos, sin insoladas, sin otitis, sin infecciones e invictos de llamar al pediatra. De mis clases de sociales recuerdo ahora que los críticos de la constitución de 1991 decían que era tan utópica que parecía haber sido redactada para ángeles. Es la misma sensación que tengo con estas listas de tips para ir a la playa con bebé. Y por andar pensando en estos consejos pasamos por alto cosas sencillas que pueden hacernos más fácil la vida en el mar:

1. Bikini straples.

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Este modelo ha sido de mis favoritos por años. El no haber pasado todavía por algún procedimiento quirúrgico que me suba la autoestima y otras cosas, hace que con éste tipo de bikini me vea más plana que Martina García y que deba asegurarme cada 10 minutos que el pezón sigue resguardado del sol. Detalles insignificantes y soportables a cambio de no tener un nudo en la nuca que me talle y unos hombros libres de tiras para broncearse. El problema es que también parecen ser los favoritos de Lolo y ahora las olas no son las únicas que quieren arrebatarlo. Con un bebé ya no hay manera de jugar en la playa sin terminar usando este bikini como cinturón. Si usted es mamá sepa que con este modelo va a tener a un esposo estresado encima suyo diciéndole cada 5 segundos que se tape y a un par de extraños muy sonrientes, complacidos y embobados viéndola jugar en el mar con su bebé. Las etiquetas de los bikinis strapless deberían venir con una clara advertencia: para evitar posibles destapes involuntarios y poco artísticos esta pieza no debe comprarse si se tienen hijos menores de 5 años, llévelo bajo su responsabilidad, procure permanecer bajo la vigilancia de un adulto responsable, o llévese sólo la tanga y finja ser europea que le va a dar lo mismo.

2. Accesorios

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Este mundo capitalista, frívolo y superficial vende los accesorias más divinos para la playa. Yo me antojo de todos, sombreros, gafas, cintas, pañoletas, pulseras, collares, aretes, carteras y hasta maquillaje. Pero ahora soy mamá y, en consecuencia, soy consciente de que cualquier accesorio que me ponga encima es un posible juguete, un arma corto punzante y seguramente un objeto perdido en las profundidades del mar. Ahorremos disgustos, insoladas y pérdidas innecesarias. A cambio pava elegante de $150.000 que se cae con la brisa del mar luzca con orgullo una cachucha de $30.000 que se ajusta de manera más estable a la cabeza. Los aretes, collares, manillas y relojes sólo se ven bien en los catálogos de vestidos de baño, en la vida real dejan bronceados poco atractivos, se vuelven opacos con la continua untada de protector solar y son los objetos más deseados para chupar por los bebés o simplemente halar, herir y botar. Así que mejor evite que el hueco de la oreja se le vuelva una raya, de irritar los ojos de media familia sumergiéndose en el mar buscando algo que la corriente ya puede tener en Australia o incluso de atragantar a un pobre pecesito hambriento. Lleve un buen par de gafas pero no las más caras porque la arena deja unas hermosas rayas en sus lentes, las olas se las pueden robar o, si tiene un sobrino caspa, puede perderlas porque a él le pareció divertidísimo tirarlas lo más lejos posible a ver quien las podía encontrar. Acuérdese que menos es más y nada mejor que lo natural para rimar con playa, brisa y mar. Así que, sea a no sea mamá, desmovilícese y renuncie al maquillaje, uno cree que se ve como la modelo de sports illustrated cuando en realidad se ve más tibia y sin bañar que una ruana de lana virgen y, de paso, con esa pestañina grumosa y base revuelta con sudor revela todos esos años que maquillándose pensó que podía negar.

3. Bronceador

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Todas soñamos con un bronceado que amerite que nos canten ese famoso jingle de hace años que decía “mira su color dorado tan intenso…” y para esto nuestro amigo fiel ha sido el bronceador. Tenemos metido en la cabeza que entre más aceitoso sea y menos valor numérico tenga en su etiqueta más rápido y fácil lograremos nuestro cometido. Ideas erradas que nos garantizan insoladas épicas. Ser mamá es, entre otras cosas, renunciar estoicamente a esas tandas de bronceo en las que uno se echaba a dormir y se paraba escasamente a recibir el siguiente margarita, echarse agua, cambiar de lado y, si ya no podía más con el calor, buscar una sombrita. Con hijos uno puede fácilmente recibir el triple de sol pero por estar jugando no se da cuenta como poco a poco sus hombros se van achicharrando. La verdad es que con o sin hijos el mejor aliado es el bloqueador, pero si usted es mamá usarlo en vez del bronceador no es una opción sino una obligación. Créame que es la única manera de no ser la fiel copia de Patricio el amigo de Bob Esponja (apodo que se ganó mi hermano mayor en estas vacaciones). Además del bloqueador no sobra buscar a ratos la esquina de la piscina donde haga sombra, usar una buena cachucha y para los chiquitos nada mejor que esos vestidos de baño de buzo enterizos que los protegen del sol y de paso reducen de 10 a 5 lágrimas el proceso traumático de untarles bloqueador por todo el cuerpo a cada rato.

4. La fotografía perfecta

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A menos que usted viaje con un umpa lumpa que sea fotógrafo profesional, con al menos 2 años de experiencia, que se dedique estos días de playa a perseguirla a usted y a su familia para captar el momento exacto, que le corrija el brillo con un pañuelo, que tenga una cámara con lentes intercambiables, que le ponga icopor blanco debajo de la cara si lo necesita, que le controle el frizz y que le borre el gordito con photoshop: Olvídese de lograr la fotografía perfecta. Por culpa de seguir en Instagram a mamás modelos como Giselle Bunchen uno cree que esa foto familiar en la playa es pan comido… pero en la que el bebé no sale llorando a usted se le alcanza a ver una sombrita de pezón, en la que el bebé mira sonriente a la cámara a usted se le ve el gordito que odia, en la que el cielo se ve azul y ese pájaro volando a usted se le ve el pelo afectado por la humedad y los poros abiertos y sudados en su máxima expresión y en la que usted sale medianamente decente el bebé sale vomitando parte del agua que ha tragado todo el día. Así que relájese para que el paseo no se le vuelva buscar fotos perfectas sino pasar momentos inolvidables, porque de usted depende que en unos años su hijo vea una foto genial y se acuerde como lo obligaron a tomársela o que vea una foto normal y se acuerde de lo sabroso que la pasó ese día en la piscina con usted.

5. Pañales de agua

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Los pañales de agua son el gran aliado de los paseos a la playa y en mi pañalera nunca faltan. Están diseñados para no hincharse cual pez globo al contacto con el agua y además, después de las pastillas de azúcar, son el mejor placebo inventado por el hombre. A las mamás nos dan tranquilidad porque juramos que gracias a algún tipo de tecnología de punta los miados del bebé mágicamente no pasan a la piscina (jua). A los otros turistas les dan seguridad y confianza para nadar en la misma piscina sin la angustia de ser abordados por un mini bollo flotador o tragar agua con cloro y miados inodoros de bebé. Pero si usted es mamá y ha pasado más de 3 vacaciones en el mar como yo, sabe que con estos pañales no se puede bajar la guardia. Si bien logran su misión de brindar comodidad al bebé no cuentan con un nivel de agarre y contención del popis 100% efectivo. La experiencia me ha enseñado que al menor indicio de posible número 2 (en mi caso Lolo hace una sonrisa de boca cerrada con belfo y enrojecimiento de mejillas) lo mejor es salir de la piscina, buscar refugio y controlar la situación alejados del agua. Créame, los sólidos se ablandan con el agua y con las altas temperaturas.

Disfrute sus días en el mar que ver a los hijos felices no tiene precio, eso sí, no se le olvide sonreír y hacerse la güevona todo el paseo porque haga lo que haga la van a criticar. Poco importa que su hijo se haya portado divinamente todo el paseo, la van a criticar por esos 5 segundos que lo vieron a grito herido. Poco importa que usted haya estado pendiente todo el tiempo de su bebé, la van a criticar por ese segundo que miró al horizonte y lo hizo tragar agua. Poco importa que le haya echado bloqueador sagradamente cada 2 horas, la van a criticar porque el niño tiene los cachetes rojos. Poco importa que sean las 12 y caiga el sol en pleno, la van a criticar por no quitarle nunca el “neopreno” y no dejar que el niño reciba sol de verdad. Poco importa que usted sepa que el coche es un estorbo porque no rueda en la arena, la van a criticar cuando la vean alzar al bebé y acostarlo en un colchón de toallas. Poco importa que usted haya sido precavida y haya llevado un paquete de papas como snack, la van a criticar por no haber llevado más bien una porción de papaya. Y poco importa que esas abdominales hayan sido efectivas, la van a criticar cuando la vean en vestido de baño. Pero mucho menos importa que la critiquen porque usted está en el mar y como dice la canción ahí la vida es más sabrosa.

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