Cuando finalmente mi 100% y yo decidimos que queríamos ser papás siempre tuvimos claro que sólo queríamos serlo una vez. La única opción en ese momento para tener más de un hijo hubiera sido que yo heredara esa manía de mi familia de tener gemelos en todas las generaciones, pero, ante la evidencia demostrada, sabemos que eso no pasó. Puedo afirmar sin temor a equivocarme que tuve uno de los embarazos más sabrosos del mundo, que tener a Lolo ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida y que, aunque suene a cliché, si es real que uno estrena una parte del corazón que ni con los sobrinos más amados había usado. Pero a pesar de todo esto, pensar en un segundo hijo era un proyecto que superaba mis capacidades.

Esperando el primero...

Foto: Alejo Mejía

Lolo está a punto de cumplir 2 años y yo todavía me acuerdo de esos primeros 15 días de post-parto en los que para movilizarme a una velocidad normal y sin dolor por la casa hubiera necesitado un segway, también recuerdo esos meses de lactancia materna en el que si la enfermera no estaba en mi casa yo estaba en el banco de leche buscándola para que me aliviara el dolor y me repitiera por veinteava vez que era lo que estaba haciendo mal. No he olvidado la cantidad de noches que me desperté con la teta al aire y un Lolo que desafiando la ley de gravedad dormía sobre mi brazo desgonzado. No he olvidado muchas cosas difíciles de la maternidad que a ratos me hacen darle la razón a un amigo que asegura que “un hijo es un exceso”, pero, tal ves por aquel adagio que asegura que la lengua castiga, después de parodiar a mi abuela diciendo “vade retro” cuando me preguntaban por el segundo, tengo que confesarles que me antojé de otro bebé y sé perfectamente porque.

Por la bendita nostalgia. Ver a Lolo crecer es increíble pero también es un constante recordatorio de momentos que no se van a volver a repetir. Esas tardes de siesta encima de mi pecho ya no son físicamente posibles ni cómodas para él o para mi. Poderlo llevar a todo lado en el cargador pegadito a mi pecho no sólo es contraproducente para mi espalda sino imposible porque Lolo ahora lo que quiere es correr. Y aunque me sueño con darle la oportunidad al destino y al azar de que me den una Lola he decidido aguantarme las ganas de volver a estar embarazada. Razones tengo muchas y bastante serias y complejas pero antes de rebatir las críticas que aseguran que no tener hermanos es perjudicial y que los hijos únicos son egocéntricos, malcriados y sobreprotegidos les voy a exponer mis 5 razones triviales para no buscar el segundo:

  1. Los aviones.

Y no me refiero a pagar 4 tiquetes, que ya de por si es toda una mega razón, sino a un aspecto más de diseño y logística. Da la casualidad que cuando salimos de paseo, a mí casi siempre me toca o en un Boeing 787 o un Airbus A 330. Aviones que, a riesgo de salir vaciada por un exnovio piloto, tienen hileras de 2 o de 3 sillas. El que diseñó estos aviones pensó en tres tipos de viajeros: solitarios, parejas y parejas con un hijo. Hay unos aviones, usualmente los de vuelos internacionales que tienen 4, pero como dije antes a mi casi siempre me tocan los otros. Y para mi es señal divina que el mundo está diseñado para que los Vargas Medina sigamos siendo tres y no cuatro. Es más, dentro de poco a Lolo le van a empezar a cobrar el tiquete, mal presagio para nuestros futuros viajes, pero también quiere decir que podemos usar las 3 sillas libremente y no sólo 2 de la hilera y así ya no sufriré por esa pobre tercera persona que finge su peor sonrisa al descubrir que debe ir al lado de una familia con bebé en ese vuelo que quería dormir plácidamente. Los puristas dirán que papá y mamá pueden dividirse y hacerse cargo cada uno de un niño… y pues si, obvio, pero nosotros sólo con Lolo a veces nos pegamos encartadas monumentales buscando un tetero. Además ésta es una familia intensa que le gusta andar por el mundo juntos y hacinados, sino me cree pregúnteme como luce mi cama de las 4 de la mañana en adelante.

        2. El colegio.

Lolo no se ha terminado de amañar al jardín y ya nos están diciendo que lo mejor es que vayamos pensando en el cupo del colegio. Si los precios del jardín modificaron nuestras finanzas, los del colegio las van a recortar y los de la universidad las van a liquidar. Quisiera tener otro bebé pero la verdad es que por donde le mire no hay manera que en este momento de la vida podamos con dos colegios. Y para tener que dejar a uno analfabeto y soltero para que cuide de mi en la vejez prefiero desde ya redactar una carta autenticada en notaría que libere a Lolo de la culpa de dejarme feliz en una casa de ancianos jugando póker con amigas octogenarias. Y, aunque hay quienes aseguran que uno la logra a nosotros nos tocaría empezar a recortar las salidas los fines de semana, vender el carro y las bicicletas, cancelar los canales en HD, encomendarnos al dios de mi mamá y dejar de pagar la salud prepagada, no volver a montar en avión, renunciar a Oma (Oma = Omaida = La administradora, la más, la manager, la chef, la organizadora, la empleada que realmente es la jefe de esta casa), limitar el consumo de carne en el hogar y comenzar una dieta balanceada de agua raspada y viento molido a fin de poder, a 36 cuotas, asumir los gastos de formularios, matrículas, uniformes, materiales, pensiones, transporte y salidas extracurriculares. Análisis basado en el supuesto de tener otro hijo varón. En caso de que el segundo fuera más bien una Lola pongo inmediatamente en venta un riñón y mi hígado para poder comprar todas esas pendejaditas preciosas que hacen para las niñas.

  1. Los planes.

Desde que supe que estaba embarazada hay 3 planes que mi 100% y yo nos soñábamos hacer con un hijo y hoy, cuando Lolo se acerca a su segundo aniversario, los vemos cada vez más cerca. 1. Llevarlo a cine a comer crispetas, perro caliente y chocolatina así sea a repetirnos por sexta vez la película de muñecos de la temporada. 2. También esperamos impacientes que cumpla 3 años o más, que es supuestamente cuando el cerebro empieza realmente a tener la capacidad de guardar recuerdos, para irnos más endeudados que estudiante con el icetex a conocer a Mickey Mouse. 3. Y, ésta puede sonar muy boba pero no lo es, salir a comer con Lolo y conversar los tres sin mirar el reloj, sin tener que esconder los cuchillos, sin tener que pedir la carta y la cuenta casi al mismo tiempo, sin pararse del sitio con la vergüenza de haber dejado nuestra mesa y lo que la rodea como una fiel réplica de una marranera y sin tener que ponerle en el último momento un video en el celular a Lolo para poder terminar ese último bocado.

La verdad es que si ya no tuve el segundo retoño seguidito tenerlo en este momento significaría posponer un poco más estos planes soñados y renunciar a otros espacios y momentos que hemos ido ganando a medida que Lolo crece. Y aunque a algunos les suene a egoísmo a mi me suena a sensatez. 

  1. Las escapaditas.

Durante estos casi dos años, mi 100% y yo hemos sido papás de tiempo completo. No tenemos nana ni abuelas cerca que nos puedan ayudar diariamente o al menos semanalmente para pegarnos una escapadita. Si usted nos ve en un cine, en un restaurante, viendo una obra de teatro, o en una fiesta es realmente un momento memorable en el que el universo conspiró para que la visita de mis papás además coincidiera con el pago de la quincena. Y si ya me parece suficiente trabajo conseguir que alguien de entera confianza se quede con Lolo imagínese como haría con dos. Y para esas escapadas de varios días que mi 100% y yo nos pegamos de vez en cuando nos tocaría contratar ahora sí una niñera que le colabore a los abuelos, lo que no sería tan sencillo teniendo en cuenta que a mi con un solo riñón y sin hígado sólo me quedaría por vender, sin perder mi honra, un pulmón. 

  1. Por qué quiero, puedo y no me da miedo.

Y punto. Que maravilla que volviéramos a aplicar esta respuesta infantil en nuestra vida adulta, la cantidad de problemas, malentendidos y favores engorrosos que nos ahorraríamos no serían poca cosa. Y ni que decir del bien que le haríamos a miles de niños que tuviéramos la sensatez de saber si estamos o no preparados para tenerlos. Porque tener un hijo te cambia la vida pero sobretodo te hace responsable de otra. Y la decisión de tenerlo no puede ser producto de un antojo sino de una mezcla homogénea de corazón y razón. Los Vargas Medina en este momento no quieren, no pueden y les da miedo apostarle al segundo. Y digo “en este momento” porque me queda claro que decir un no rotundo, un jamás o un nunca es un atajo directo al futuro en el que nos retractaremos.

Yo por ahora me conformo con los dos bebés de esta casa, Lolo y mi 100%. Y seguiré tratando de explicar que no tener hermanos no es tan grave como lo pintan y haré mi mejor esfuerzo para no torcer los ojos y subir el tono de mi voz cuando me digan que tener sólo un hijo no es familia. Les recuerdo que las parejas sin hijos son una bonita familia, las parejas con muchos hijos son una bonita familia, las parejas con perro, gato o tortuga son una bonita familia, las parejas de dos mamás o dos papás son una bonita familia, mamá e hijo sin papá son una bonita familia, papá con hijos y sin mamá son una bonita familia y podría seguir enumerando clases de familias pero creo que ya entendieron mi punto: que lo bonito es lo que aprendes, lo que sacrificas y lo que das por todos los que amas. Familia es ese lugar donde te dan ganas de ser cada día mejor, donde se te hincha el corazón, donde te quitas los zapatos en cualquier esquina, donde te hacen lavar la loza, donde te exigen una hora de llegada y donde siempre hay una olla de arroz esperando que le des una cucharada.

Más de LaNuwe en instagram, twitter y facebook como @lanuwe

Se acuerdan aquel post, aclamado por muchas y odiado por otros, sobre la teoría del 10 %? Pues, hace unos días el porcentaje que lo inspiró, mi 10 %, me dio uno de los mejores regalos de la vida. Yo había recibido por mail una sarta de palabras llenas de odio por parte de otro papá al que al parecer su falta de sentido del humor no le permitió disfrutar el texto y tomándolo a título personal, me acusaba de falta de consideración con los hombres. Ante mi extrañeza, mi 10% me explicó que no hay que pararle bolas a ese tipo de gente que no sólo no entiende lo que es sarcasmo y no se da cuenta que es un artículo escrito para divertir y con cero ínfulas de convertirse en teoría irrefutable de la verdad. Días después, al ver que yo seguía un poco molesta con el tema, dejó esta aclaración en mi correo y, por supuesto, yo morí de amor y quise rebatir yo misma ese 10 %. Hoy es martes de post-parto y como no he terminado mi post sobre “la dejada de Lolo en el jardín” aprovecho para compartirles esto tan bonito. Un mensaje para todas porque somos unas berracas y lo somos gracias a ellos:

Yo soy el 10%

Y estoy seguro que muchas veces lo merezco, hay otras en las que claramente no y algunas, especialmente las noches, en que creo que el 10% eres tú.

Yo Soy el orgulloso 10%

Estas caritas tan juntas y felices, no podrían estarlo sin el 10%

Ante todo soy una persona sensata y debo confesarte que te escribo porque soy consciente que lo que hago, según tú, para merecer ese 10%, no solo me lo merezco sino que incluso un poco más también sería justo. Sin embargo he decidido renunciar, no a mi 10%, sino a todo eso que me atribuyes. No creas que estoy peleando por un porcentaje más grande. Yo tengo claro que soy un 10% aunque tenga mis momentos de 100%.

Soy consciente que sin ti a la cabeza, esta casa no funcionaría como lo hace. Soy un 10% porque vi, presencié y hasta padecí desde la tribuna, los duros cambios y esfuerzos físicos por los que pasaste durante y después del embarazo. Sé que yo, al que una gripa lo deja incapacitado por 6 días, no hubiera aguantado sin quejarme como tu lo hiciste.

Soy un 10% porque no falta el que se atreva a dudar de mi paternidad, así digan que Lolo es mi copia y yo insista que tiene tus ojos, pero nunca nadie podrá dudar de tu maternidad. Soy un 10% porque para hacer las 3 cosas que haces al mismo tiempo sin que te afecte, yo tengo que escoger una y concentrarme en ella. Soy un 10% porque tu eres la que sabe cuando pedir la cita al médico, cuando hay que poner las vacunas, cuando hay que cambiar el pañal, como cantarle “sana que sana colita de rana” para que Lolo se calme y hasta como entretenerlo en un avión para no importunar al resto de pasajeros. Soy un 10% porque tienes un sentido común y una maniobra mucho más poderosa que yo para cuidar un bebé. Soy un 10% porque has tenido que renunciar a muchas más cosas físicas, personales y profesionales que yo. Y soy un 10% porque no hubiera podido escoger a alguien para pasar juntos el resto de la vida, que estuviera por debajo del 90%.

Pero me rehuso a creer que soy el 10% simplemente por recibir más piropos por ser papá que tu por ser mamá.

De hecho soy un 10% muy importante y necesario, y tu me lo haces ver a diario, pero era muy difícil que el tarado Troll que te escribió improperios desde Chile, lo supiera. Y traté de pensar una serie de cosas que hago que me podrían hacer pelear por un 50% con opciones de triunfo, pero haga lo que haga, es innegable que haces 90 cosas más que yo. Aún así hay unas que yo hago mejor :

1. Soy yo el que frunció todos los músculos de la cara, como cuando uno va a partir el ganchito de plástico que viene con las medias, escondido detrás de una pared, mientras tú sonreías y te hacías la güevona en esas vacaciones familiares. Estaba así fruncido porque sabía lo que me esperaba. Más tarde fui, ya en la casa, el saco de boxeo en el que descargaste toda tu ira, protestas y disgustos padecidos por ti, todo el fin de semana. Aunque debo confesar que ser tu espacio de desahogo ha sido genial.

2. Soy yo quien tiene el turno de la noche. Desde que Lolo dejo de despertarse cada 3 horas a tomar leche, no sé en que momento se me asignó, porque nunca lo hablamos, ser la persona que ante cualquier quejido del bebé, corre por él. He llegado a la conclusión que “como Lolo es tuyo todo el día, si llora por la noche es mío”. Pero mi turno de la noche me ha permitido desarrollar una especie de oído biónico para estar alerta ante cualquier quejido del pequeño que me ha permitido atenderlo en momentos en los que tú, mi flamante 90%, está tirada en la cama escurriendo una baba sobre la almohada mientras sueñas, seguramente, con el segundo. Y sentirme responsable de esa cara tuya de descanso… la verdad, se siente genial.

3. Gracias a mi oído biónico he logrado sorprenderte trayendo a Lolo a nuestra cama, calmándolo y entregándote deliciosos momentos de “arrunche” mañanero con él. Diría que por promover estos invaluables momentos de dicha y arrejuntamiento familiar me merezco otro 10%. Pero, esto que suena tan delicioso, me ha llevado a ser acusado de ser el instigador y principal cabecilla del delito de colecho. Mientras te angustias y me cuentas que fulanito si duerme en su cuarto todo la noche yo te relajo y te explico que un par de horas de hacinamiento no le hacen mal a nadie. Que hacemos si ahí el niño, y la mamá que no tiene que levantarse por él, duermen mejor? Y tiene su lógica, invertimos una importante suma en la cama, cuna, corral del bebé, pero nunca nadie probó el colchón. Caso muy diferente a nuestra cómoda, ergonómica y patentada indeformable cama. Fomentar el desorden también se siente genial.

4. Cuando tu no puedes más yo entro al rescate. Hay días duros o como dirías tu misma, días Juemadre y en ese justo instante cuando Lolo va a hacer despertar el Hulk interior de toda madre, tu sabiamente previniendo la hecatombe que se aproxima me pides un relevo. Hulk respira y trata de volver a la calma y yo cual superhéroe salvo el momento. O por ejemplo, cuando él no puede o no quiere dormirse. Tu estás con él en su cuarto y él empieza a tratar de prender la luz, a balbucear de más, se levanta, se acuesta, llama a papá y cuando asomo tímidamente mi cabeza por la puerta estira los brazos pidiendo que me acueste con ustedes. Al 10% casi nunca lo piden! Y cuando esto pasa es genial. Muchas veces nos ha sorprendido la media noche a los tres tratando de acomodarnos en una cama de 1,20 x 1,00 en donde no sé como, terminamos cómodamente dormidos. Y sentirse el superhéroe que te ha rescatado y ser la pieza que hacia falta para que todos cayeran dormidos se siente súper genial.

Pero no todo ha sido ternura, también hemos tenido diversión. Para que tengas un ejemplo te recuerdo estas dos situaciones que sin este 10%, jamás hubieras vivido:

Como bien sabes, he jurado oír llorar a Lolo en medio de reuniones de trabajo y he salido al lobby a buscarlos  pensando que han venido a visitarme sin avisar. También lo he buscado como loco mientras paso por un parque, incluso una noche lo oí llorar y me paré como un ente para traerlo a la cama; cuando llegué a su cuarto, con total sorpresa vi que no estaba, entré en pánico. Fueron segundos de eterna angustia, cómo te iba a decir que perdí al bebé en nuestra propia casa, en nuestra propia presencia, en medio de la noche y bajo mi turno de vigilancia? El susto fue mayor cuando te sentí parada a mi lado pronunciando esa temible frase: Qué haces? Mi cerebro estaba trabajando rápido tratando de tejer una respuesta. Por un segundo me imaginé siendo Angelina Jolie en esa película en la que le cambian al hijo y ella se da cuenta pero nadie le cree. Lo tenía más o menos claro, el plan era ir por una linterna buscar primero en su habitación, luego debajo de muebles y camas, prender las luces, nada de gritos de pánico, luego llamar a la portería, a la Sijin, al Gaula, la Armada, la Defensoría del Pueblo y armar un pequeño bloque de búsqueda. Giré lentamente para decirle: No se que hice a Lolo; pero de mi boca sólo lograron salir las sílabas Lo…Lo.

  • Lolo está en nuestra cama, lo llevaste hace rato, que estás haciendo aquí?
  • Te juro que lo oí llorar…

O esa vez cuando por dármelas de considerado, oí llorar a un Lolo con apenas semanas de nacido y me ofrecí a traértelo para que empezaras tu dura labor de lactancia. Me paré como un zombie y tú y tu inevitable procedimiento de verificación de procesos escudriñó de arriba abajo mi posición, mi proceder, mi caminar y mi manera de cargar al niño, para luego, con tono increpante y azarador decirme: Andrés, la cabeza!. Yo me asusté, sería posible que yo en medio de mi aletargamiento por falta de sueño estuviera cargando un cuerpo sin cabeza? Pasé mi mano desde la espalda de Lolo para arriba y verifiqué que su cabecita ahí estaba pegada a su cuello y dije: Si, ahí la tiene. En vez de pararte a ahorcarme (aunque la episiotomía que por esos días no te dejaba moverte rápido, te lo hubiera impedido) te atacaste de la risa y horas después dándome un café me explicaste que un bebé recién nacido no ha desarrollado los músculos del cuello y al alzarlo hay que tenerle la cabeza con una mano.

Aún hoy te burlas de mi inteligente respuesta. Para mi, fue la iniciación a descubrir que como papá soy necesario e irremplazable pero que, afortunadamente, me llevas una gran ventaja.

Yo me siento orgulloso de ser tu apoyo. Darte moral en muchos casos es más importante que pararse a media noche mientras te dejamos dormir. Hacerte ver que lo estás haciendo bien es más valioso que reducir dos décimas la velocidad a la elaboración de un tetero y hacerte feliz es mil veces más poderoso que quedarse con él mientras vas a la peluquería.

Soy el papá, y uno excelente (valga la modestia) soy el apoyo, soy la moral, soy tu bolsa de boxeo, soy el orgulloso poseedor del título de 10% y se siente genial.

Deja de pararle bolas a todo lo que lees en internet.

Yoyu.

Cuando pensamos en hacerle un homenaje a las mamás siempre pensamos en las cosas altruistas que somos capaces de hacer una vez tenemos hijos. Crear vida, sacrificar una carrera profesional, decir que no queremos ese pedazo de pastel sólo porque vemos una carita que ya le puso el ojo, trabajar las 24 horas… la lista puede ser larga y todas nos la sabemos de memoria. Yo agradezco que muchos reconozcan que nuestra labor es fundamental, valiosa y difícil de reemplazar. Pero hay otro tipo de nimiedades imperceptibles y dadas por sentado que hacemos día a día por las que no recibimos crédito alguno y que merecen ser mencionadas a fin de que cuando alguien se cruce con nosotras en vez de criticarnos nos elogie o al menos nos entienda.

Brazil BLOG lista

  1. Estar arreglada.

Recuerdo casi con nostalgia aquellas hermosas pérdidas de tiempo en la mañana midiéndome las 18 pintas posibles para salir a la calle, recuerdo vagamente como podía poner mi playlist favorito y en medio de cantos desafinados con cepillo en mano iba haciéndome un blower perfecto, añoro cuando mantenía mis uñas pintadas con el color de moda y tengo algunos flashes de tiempos memorables donde me maquillaba sin afanes. Salir regia a la calle era toda una rutina de no menos de una hora y hoy, con todo el tema de ser mamá, esta rutina sufrió un severo recorte justo y cuando más lo necesitábamos, porque la maternidad y el embarazo por bien llevados que sean, nos golpean fuertemente. Y sí, una vez nos volvemos mamás estamos más cansadas, más ojerosas, más flácidas y más calvas pero esto no puede traducirse en una renuncia a lo más divertido de ser mujeres. Nadie dijo que iba a ser fácil pero convertirnos en las exponentes por excelencia de la tibieza no es una opción. Como bien dicen por ahí, primero muerta que sencilla.

El arte ahora está en verte producida pero casual en menos de 20 minutos, la astucia está en que la primera pinta que escojas sea la ganadora y si no lo es, llevarla con estilo el resto de día, la destreza está en verte regia y a la moda con un despeluque genial desprovisto de plancha. Cuando vemos una mujer bien arreglada en la calle no podemos saber a ciencia cierta cuanto tiempo se demoró en lograr dicho resultado pero cuando vemos una mujer bien arreglada en la calle llevando un coche y un niño de la mano sabemos a ciencia cierta que fue poco y eso, al mejor estilo de los realities que piden hacer maravillas en tiempo record, amerita un reconocimiento. Reconozcámosle a todas las mamás del mundo el talento para verse lindas sin el tiempo y el descanso que tienen el resto de mujeres.

  1. Llegar puntual.

La puntualidad siempre ha sido una de mis exigencias y obviamente viviendo en un país como éste, también ha sido la razón de muchas de mis peleas. Ahora que soy mamá en vez de volverme un poco más flexible con el tema me he vuelto más paranoica. Llegar puntual en ésta ciudad, o en cualquier ciudad capital latinoamericana, es un arte, un estrés y un chiste, pero no un imposible. Las mujeres que somos mamás y llegamos puntuales nos merecemos más que un reconocimiento: un premio, un busto o en su defecto un bono ilimitado en una tienda de zapatos. Es hora de que todos reconozcan las maratones que corremos las mamás para llegar a tiempo a un lugar. La mejor manera que se me ocurre es que comiencen a ser puntuales, que les de vergüenza cuando no lo logren o al menos que escojan de manera muy delicada la excusa que van a dar cuando lleguen tarde porque siempre habrá una mamá oyéndola y retorciéndose de la ira. Si yo, que soy mamá, que tengo que bañarme, vestirme y arreglarme (para que me reconozcan el punto anterior) bañar, vestir, alimentar y mimar al bebé, escogerle la pinta al marido, alistar la pañalera, preparar snacks para el camino, empacar coche, alistar mi cartera, parar a mitad de camino a cambiar un pañal…etc., si yo puedo llegar a tiempo, usted que no tiene hijos, no solo puede sino debería hacerlo. Si este esfuerzo no me lo reconocen al menos reconozcan que llegar tarde no siempre es culpa de Petro sino de la pereza.

  1. Tener un matrimonio feliz.

Siempre hemos oído que mantener vivo el amor y no dejarse matar por la monotonía es una de las cosas más difíciles en una relación. Y si. Del enamoramiento desenfrenado del comienzo en el que un peo nos provocaba ternura o una carcajada va quedando solo un olorcito maluco que ya no nos parece tan divertido. Salir arreglada de la casa es un chiste comparado con mantener el amor igual o más bonito que el día uno. Y si la cosa nos parece complicada entre dos seres humanos súmele un tercero. Un hijo, con todas las cosas lindas que trae, también pone a ratos a tambalear eso que creíamos tan sólido. Nosotras estamos más irritables consecuencia clara de la falta de descanso y ellos…pues ellos también han trasnochado con nosotras y no están en sus mejores condiciones para aguantarnos. Aparecen peleas que no conocíamos pensando en la manera de como criar a los hijos y nuestras convicciones chocan entre si porque cada uno cree que es mejor hacer las cosas de una u otra manera. Nosotras enamoradas por completo del nuevo integrante familiar olvidamos a ratos que ya teníamos otro amor de la vida que no se puede descuidar. Ahora la labor es más desafiante y nada mejor que respirar las veces que sean necesarias para encontrar la claridad que nos haga apostarle al primer amor por encima de todo para que el segundo crezca en un hogar que valga la pena. Si mantener un matrimonio es una maratón mantener uno con hijos es una triatlón. Encontrar parejas bonitas en medio de un mundo que ya no cree en cuentos de hadas es fantástico pero encontrar parejas felices y enamoradas con hijos es realmente fenomenal. Y es algo tan difícil que el crédito hay que compartirlo con ese 10% que en este caso se vuele un 100.

  1. Hablar de temas de actualidad.

Si bien el tema que más dominamos es el de la maternidad, cuando encuentre una mamá con la que pueda sostener una conversación acerca del último revés de algún político, o comentar un libro que no sea 50 sombras de Grey, o debatir cualquier tema interesante de actualidad: Atesórela. Entre levantarnos a media noche a lidiar un llanto, madrugar a preparar un tetero, arreglarnos para llegar a tiempo, consentir al marido, ver un capítulo de La Casa de Mickey Mouse por veinteava vez, inventar un juego para que nos reciban el almuerzo, salir al parque, hacer mercado, llamar a la mamá, luchar para que en la noche por fin se queden dormidos, arreglar el desorden, etc., queda muy poco tiempo para ver un noticiero y muy poca energía para leer más de dos páginas de un libro o ver una película completa. Así que disculpe si algunas veces parecemos disco rayado con el tema de la crianza o si no estamos enteradas del último look de las Kardashians pero también denos el crédito cuando se siente a nuestro lado y podamos hablar de Carrie, la bipolar agente de la CIA y no de Callie, la gatita Sherrif de Lindo-rincón-amistoso. Eso si, consejo de mamá, húyale a la mujer sin hijos que anda como loca buscando boletas para el Pretelgate porque le dijeron que era el espectáculo de moda en Colombia.

  5.   Antojarse del segundo.

Si yo diseñara un concurso para premiar a las madres, habría un galardón especial dedicado a todas aquellas que después de haber pasado por un primer embarazo, un primer parto, un primer post-parto, una primera lactancia deciden libremente tener un segundo hijo e incluso un tercero. Nadie les reconoce su valentía, dedicación y locura. Quedar embarazada de tu primer hijo es como ir a Disney por primera vez, estás extasiado con todo lo que ves, no puedes creer semejante maravilla, quieres hacer absolutamente todo, es tu mejor experiencia pero al mismo tiempo descubres que las boletas para entrar son carísimas, las filas para cada atracción son mortales y el cansancio que te queda encima no te lo habías imaginado. Quedar embarazada de tu segundo hijo es volver a Disney, sabes que la experiencia va a ser increíble pero también sabes todo lo que te va a costar. Y si ésa osadía no merece un reconocimiento especial no se que más puede tenerlo. Dicen que los segundos hijos se crían solos pero con uno para mi ya es bastante difícil estar arreglada, llegar puntual, seguir felizmente casada, estar enterada de lo que pasa en el mundo o simplemente ir a cine, por eso todo mi reconocimiento a aquellas que deciden ser mamás una y otra vez teniendo plena conciencia de lo duro del trabajo… bueno y también toda mi envidia porque sus billeteras claramente están mucho más acolchadas que la mía.

Por último, les pido que si la próxima vez que nos veamos parezco recién levantada, nada me combina, el pelo me brilla de lo cochino, llego media hora tarde, ando de pelea con mi 10%, no se quién es Nicolás Gaviria y en vez de buscar el segundo bebé ando rifando el primero, abráceme porque estoy en uno de esos días Juemadre, dígame que me veo linda sin maquillaje, que ser puntual es para la clase media, que nadie sabe quién es Nicolás, ni Paloma, ni Frank Underwood y que mejor deje de joder porque la manera como me mira mi bebé y mi 10% es el mejor reconocimiento y la mejor razón para ser feliz.

Más de LaNuwe en instagram, twitter y facebook como @lanuwe

Después de mi artículo de los tipos de mamá, alguien me escribió diciéndome que me había hecho falta una: la mamá sacrificio. Esa a la que le parece una herejía tener una niñera. Después de 1 año y 9 meses (edad exacta de Lolo) me vengo a dar cuenta que soy esa mamá exagerada, que debe y tiene que hacer todo lo que se refiere a Lolo. Imagino perfectamente las cosas que me critican mis familiares cuando les da por darme rejo a mis espaldas, y esa es una de ellas.

MEJOR QUE NUNCA BLOG

Yo me la paso con Lolo y cuando hay algo que tengo que hacer sin él, mi mundo colapsa, bueno, no sólo el mío. Yo entro en crisis y el primer perjudicado es mi 10%, pongo mi peor cara de ternero degollado y pregunto suavemente si será muy grave que no vaya a la oficina por un par de horas. Cuando mi 10% no puede, los segundos damnificados son mis papás, miro el calendario a ver si mi compromiso coincide con su visita, si no, los llamo y pensando que no se dan cuenta de mis oscuros intereses les pregunto si no tienen ganas de adelantar su llegada a la “calurosa y poco congestionada” Bogotá. La mayoría de veces mi 10% y mis papás me resuelven la vida. Y si no, recurro a mi cuarta víctima: Oma. No estoy hablando de la cadena de café, sino de la directora, subdirectora, jefe administrativa, coordinadora de la limpieza, organización, funcionamiento y alimentación de mi hogar.

En el último mes, tuve que recurrir a ellos más de la cuenta. Despedirme de Lolo cada vez que tenía que salir de casa, cuando no era en medio de un mar de lágrimas y abrazos, era gracias a toda una logística de escape coreografiada y medida, digna de cualquier agente de la CIA.

Todo esto, para que a los 5 minutos, con los ojos hinchados de llorar, todavía llenos de lágrimas y con la voz entrecortada, yo llamara a preguntar como seguía mi chiquito y me dijeran que estaba mejor que nunca. Mejor que nunca? Hombre, es reconfortante saber que tu hijo quedó en buenas manos, que está tranquilo y feliz, pero MEJOR QUE NUNCA? ¿Tan intensa soy que se siente aliviado sin mi? ¿entonces que fue ese show que hizo para que no me fuera, puro teatro?Es que acaso no me extraña?

Al parecer, o al menos lo que me han dicho sus cuidadores, no. Es decir, por momentos empieza a buscarme por toda la casa, a ratos se para en la puerta con la llave pensando que estoy por llegar o va de cuarto en cuarto revisando las puertas pensando que estoy detrás de una, como solemos jugar. Pero lo cierto es que Lolo no entra en crisis como yo. Es más, no sólo no echa de menos a su cuidadora estrella (modestia aparte) sino que para colmo de males se comporta de maravilla o, para seguir escociéndome la herida, se porta MEJOR QUE NUNCA. En un comienzo llegue a pensar que eran mentiras piadosas que me decían para que yo estuviera tranquila cuando me iba. Y si, obvio, muchas veces no me dicen todo lo que pasa en el día para no preocuparme. Pero con el tiempo, empecé a descubrir que los niños se portan diferente, por no decir mejor que nunca, cuando no estamos cerca. Lo notaba cuando veía al hijo de mi amiga pasando una tarde solo con la tía, lo confirmaba cuando veía a mis sobrinitos un fin de semana solos con los abuelos y me sorprendía cuando recibía las fotos de Lolo en mi ausencia comiéndose todo el almuerzo.

Alguna vez escribí que los hijos estaban diseñados para hacernos quedar mal, pensando en esas veces en las que chicaneamos alguno de sus logros o buen comportamiento y en público hacen todo lo contrario. Pero he descubierto que su verdadera cualidad para hacernos quedar como un zapato es portarse como unos príncipes cuando no estamos, con el cruel objeto de darle credibilidad a esa frase que odiamos: “el niño estaba bien hasta que llegó la mamá”. Y aunque me dicen esta frase a menudo tengo mis oídos entrenados para que conviertan esas palabras odiosas, pero ciertas, en “eres una madre excelente, mira como tienes de bien educado a tu hijo que no nos dio lora cuidarlo”.

La cosa es que uno nunca sabe la clase de mamá que va a ser hasta que tiene un hijo. Y yo acabo de darme cuenta que como mamá soy muy parecida a una novia intensa y celosa. No tengo niñera, no he querido meter a Lolo al jardín hasta que cumpla 2 años, yo misma lo llevo y me quedo con él las dos mañanas a la semana que va a pre-jardín, yo me baño con él, hago mercado con él, monto en bici con él, voy al médico con él, entro al baño con él, peleo con él y me reconcilio con él.

Y si esto me convierte en una novia intensa y celosa debo confesar que no me falta mi novio canalla. Un hijo es como ese novio que todas tuvimos de adolescentes. Un convencido que sabe que nos pone a correr a la primera llamada, un muchachito consentido que necesita ser criado y al que nos sentimos capaces de cambiar, un chico malo que hace lo que le prohibimos por puro placer, un coquetón que no tiene problema en olvidarse de nosotras por irse detrás de una niña en la calle, un don Juan que sabe que nos domina tirándonos un beso, un conchudo que sabe que siempre le limpiaremos sus cagadas y, aparte de todo, un descarado que después de haber pasado una tarde increíble con otra gente se atreve a hacernos un show de celos tan pronto nos volvemos a encontrar. La verdad sea dicha, como mamá soy una novia celosa y Lolo como hijo es mi novio bandido.

Pero, a diferencia de la inocencia de adolescente que me hizo ganarme varios cachos, esta vez si puedo asegurar que si Lolo se porta más juicioso sin mi y hace un escándalo cuando me ve, es para demostrarme su cariño. Estamos enamorados, nos extrañamos, marcamos territorio, nos aguantamos muchas cosas, entre esas tener por momentos que estar separados, nos conocemos todos nuestros achaques y cuando nos volvemos a encontrar nos desquitamos. O es que acaso, ustedes no se portan mejor en presencia de aquellas personas con las que sienten menos confianza?

Una vez al año, solo una, el mundo entero nos hace sentir como una mamá maravilla. Poco importa si tus familiares realmente te consideran una gran mamá, al parecer por el simple hecho de haber concebido un hijo (no estoy diciendo que sea fácil, pero comparado con el resto, puede ser lo menos importante) ese día todos quieren rendirnos pleitesía. Ese día a todas nos dicen que somos las mejores mamás del mundo y nosotros les creemos. Los vendedores de flores y chocolates hacen su agosto. Y siempre hay alguien, que a falta de imaginación, sale con la frase “El día de la madre debería ser todos los días del año”.

Juemadre Original BLOG

Que barbaridad! Si todos los días fueran de la madre entonces ¿cuál día podría ir la madre a cambiar los regalos que no le gustaron, digo, quedaron?.
Si todos los días fueran de la madre las ciudades colapsarían por culpa de la movilidad y entonces el alcalde, atascado en una autopista con su madre, tendría que llamar a su gabinete para institucionalizar el día de la madre sin carro.
Y por si fuera poco, si todos los días fueran de la madre, la loza sucia de los desayunos que nos llevarían a la cama todas las mañanas, quedaría a cargo de nuestros hijos y esposos, y todas sabemos lo que eso significa.
Por más que lo pienso esa frasecita tan repetida, además de ser el peor cliché, después de “feliz día de la madre para usted que no es mamá pero si mamasita”, es una aberración.

Lo cierto es que por cada día de la madre hay otros tantos días muy “hijuemadres”. Y en vez de proponer un año entero celebrando el primero, deberíamos proponer otra fecha para celebrar también el haber sobrevivido a los otros. Otro día del año para recordar que ser mamá es haber estado fuera de casillas. Un día Juemadre en contraposición al día de la madre en el que le hiciéramos un homenaje a esos días en los que estamos a punto de perder la paciencia y lo único que queremos es olvidar, por un instante, que somos mamás. Porque si bien la maternidad es lo mejor que nos ha pasado, por momentos pasa de ser un comercial de Johnson y Johnson a ser una película de terror japonesa.

Porque sí, hay días difíciles, muy difíciles, días Juemadre. Días en los que mientras tratamos inútilmente de impedir que nuestras lágrimas salgan “sueltas como gavete” (perdón, el reggeaton me ha hecho mucho daño) o mientras tratamos de calmarnos infructuosamente contando hasta diez, nuestros chiquitos insisten en empujarnos al límite de nuestra cordura como si quisieran descubrir de que tanto somos capaces.

Días tan Juemadre que una simple sentada a comer, con dos intentos fallidos de coronar una cucharita de sopa en la boca de ellos, nos puede quitar el apetito al mejor estilo de una novela mexicana.

Días Juemadre que justo cuando nuestro hijo está teniendo su peor comportamiento, tenemos que soportar al lado al niño perfecto y por supuesto, a los ojos inquisidores de su mamá haciéndonos sentir como una madrastra de Disney que todo lo ha venido haciendo mal.

Días Juemadre que necesitamos hacer una pataleta peor que la que le estamos tratando de calmar a nuestro hijo o al menos tener un segundo para sentarnos en una esquina a llorar.

Días Juemadre en los que entendemos a nuestras mamás, pero quisiéramos hacerles el reclamo por no habernos advertido que muy escondida dentro de tanta alegría, por momentos, aparece una angustia agotadora.

Lo bueno es que no son todos los días, ni son la mayoría, ni mucho menos las 24 horas. A veces son tan solo 5 minutos de desespero que terminan en un ataque de besos porque nos convencieron con la gracia aprendida del día.
Lo malo, estos días que nos parecen tan difíciles no son nada comparado con lo que se nos viene encima.

Hay una frase que mi mamá me ha dicho dos veces en la vida: “ahora es que vas a empezar a sufrir”. La primera vez me la dijo cuando tuve mi primer novio, valga la pena aclarar que tuve que rogarle a mi papá muchos meses para que me dejara tener uno, así que cuando la oí, me pareció exagerada, mal intencionada y fuera de lugar. Seis meses después, ella me abrazaba mientras yo, atragantada con mis lágrimas, trataba de exorcizar mi primera tusa y empezaba a entender lo que ella me había querido advertir.
La segunda vez fue cuando le conté que estaba embarazada y esta vez si quedé loca. Si dos rayitas azules nos habían puesto tan felices a las dos, cuál era el lío?
El lío es que aunque es totalmente cierto ese otro cliché que dice que uno no sabe lo que es la felicidad infinita hasta que tiene un hijo (lo siento por las que no son mamás que están cansadas de este argumento y no lo creen, pero es verdad) también es cierto que una vez se es mamá se conoce por primera vez lo que es un dolor del alma. Y lo que años atrás hubiéramos considerado como una tragedia, pasa a ser un chiste comparado con lo que ahora tememos que nos pase y sobretodo que le pase a nuestros hijos.
Y es aquí cuando los días Juemadre se vuelven realmente difíciles.
Tener hijos es saber que tus hijos te romperán el corazón y no precisamente por un llanto inconsolable o por un rayón en el sofá nuevo. Nos lo romperán de verdad y muchas veces, y de alguna manera seguiremos ahí pendientes de cada paso como siguen nuestros papás a pesar de nuestras estocadas contra ellos. Una vez se es madre aprendemos a plancharnos el corazón arrugado cada tanto. Sonreímos y nos hacemos las güevonas esta vez para nosotras, porque sabemos que lo Juemadre es recuperarnos de los golpes que le van a dar en el corazón a ellos, que valga la pena decirlo, la mitad es nuestro.

Estos artículos también te pueden interesar:

Top 5 – ¿Y yo qué clase de mamá soy?

De paseo sin bebé – Expectativa Vs Realidad

Ser o no ser mamá

Más de LaNuwe en instagram, twitter y facebook como @lanuwe

No hay nada más angustiante, nada más triste, nada más aburridor y nada más desgastante que ver al hijo de uno enfermo. Me parte el alma verle sus ojitos enfermos y no poder hacer nada más que seguir las instrucciones del médico y aumentar los niveles de consentimiento (que ya de por si yo me los puse bastante altos). Siempre que lo veo indefenso, sin poder siquiera decirme donde le duele me gustaría tener el súper poder de quitarle todos sus males así me tocara aguantármelos a mi.

La evidencia indica que todas tenemos ese súper poder, pero mal diseñado. Una vez empezamos a ver signos de recuperación en nuestro bebé, ese preciso instante en que sentimos que estamos a punto de coronar y volver a ver la luz del sol, el virus, obviamente mutado en uno más fuerte, pasa a nosotras. Bravo! Hemos logrado sentir lo que sentía nuestro pequeño y ahora no hay quien cuide de nosotras.
Lolo acaba de superar un virus que nos tuvo encerrados 5 días. 5 días inventándome planes y actividades divertidas para hacer en casa. 5 días lavándole la cola en el lavamanos porque la cosa estaba tan aguada que no había bolsa de pañitos que aguantara. 5 días llamando a la droguería por otro tarrito de crema antipañalitis. 5 días lavando el extractor de jugos (tarea nada fácil) cada 2 horas para hacerle jugo de manzana natural. 5 días tomándome el jugo de manzana natural que Lolo rechazaba. 5 días corriendo con una cuchara de pedialyte y una galleta de soda detrás de Lolo. Y por supuesto 5 noches desvelada cuidando que no volvieran las temidas altas temperaturas y limpiando sábanas.
Hoy, 5 días después, Lolo corre feliz, salta, grita, pide calle. Anda tan alborotado que, supongo, es su manera de recuperar el tiempo perdido durante sus días de convalecencia. Yo, por el contrario no quiero y si pudiera no me pararía de la cama. Pero soy mamá, una que no tiene niñera, ni suegra ni mamá cerca (lo que a veces resulta bastante saludable y el resto de tiempo bastante traumático) así que la incapacidad que me ha dado el doctor es tan obsoleta en esta casa como la elíptica que una vez juré usar todos los días. No tengo opción, hago un esfuerzo sobrehumano por seguirle el ritmo a Lolo y al dinosaurio rosado que no para de saltar detrás de él y que al parecer es tan solo una consecuencia de la fiebre que tengo. Dónde carajos está mi 10% cuando más lo necesito?
Como es de suponer a mi 10% también se le ha pegado el dichoso virus, pero como él es hombre está realmente débil, desahuciado y achacoso; si fuéramos católicos ya me habría hecho llamar al obispo para aquello de los santos óleos. Comparamos los síntomas y comprobamos que tenemos exactamente lo mismo, aunque mi 10% insiste en asegurar que lo de él es mucho más grave porque sino podría pararse a echarme una mano con Lolo. Nada que hacer, hay una falla (en realidad varias, que valdrá la pena ponerlas en un futuro post) de diseño en todo esto de la maternidad y mientras identifico a quién hacerle el reclamo no tengo de otra que cuidar de Lolo, cuidar de mi 10% y eventualmente, si me queda algo de tiempo, cuidarme a mi. Ser mamá significa no tener derecho a enfermarse para poder seguir velando por todos. El problema es que en efecto nos enfermamos, nos cansamos, nos quejamos pero sea como sea tenemos que seguir funcionando. 

Si la madre naturaleza fuera realmente madre, las mamás seríamos inmunes a cualquier tipo de enfermedad al menos durante los primeros 5 años de vida de nuestro bebé. Pero…qué estoy diciendo? Debe ser la fiebre hablando por mi, corrijo: si la madre naturaleza no sólo fuera madre sino además tan sabia como dicen, las mamás estaríamos blindadas de por vida a cualquier virus, enfermedad o accidente. Si el universo tuviera alguna lógica nos mantendría a las mamás a salvo para poder seguir cuidando de todos. No sé que efecto tienen mis abrazos en Lolo pero logran calmarle cualquier malestar, cualquier miedo y cualquier congoja. Es el mismo efecto que tiene sobre mi las arrunchadas con mi mamá. Y así como quisiera poder estar siempre ahí lista para darle a Lolo el abrazo que necesita también quisiera que mi mamá siempre estuviera aquí cerquita para darme el mío.

Insisto, toda mamá debería ser inmune y, por ahí derechito, eterna.

NOTA: Si después de leer este artículo, no sabes a que me refiero con “Mi 10%”, haz click aquí.

Más de LaNuwe en instagram, twitter y facebook como @lanuwe

Enferma Final BLOG