Madre primeriza, vengo del futuro, tengo un mensaje para usted, tranquila, no todo va a estar bien.

 

¿Se siente usted agobiada porque su hijo todo se lo comunica llorando?

Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Su hijo aprenderá a hablar, dirá palabras con una pronunciación que la hará morir de amor, construirá frases que usted querrá anotar en una agenda que se llame “los mejores apuntes de mi hijo”. Pero prepárese, habrá momentos del día que lo único que añorará es un minuto de silencio. Un segundo sin ese tono agudo que rebota en sus tímpanos y que se repite como un loop eterno con las palabras “mamá” “¿por qué?” “mamaaaaaa”.

¿Se siente usted desesperada porque para salir a la calle debe cargar un equipaje de mano que cualquier aerolínea le obligaría aforar por exceso de peso?

Un equipaje lleno de artículos esenciales como pañales, pañitos, cambiador, mudas de repuesto, crema antipañalitis, tetero limpio, tetero limpio dos por si acaso, juguete para entretener 1, juguete para entretener 2? Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Usted desempolvará la carterita de mano porque ellos dejan el pañal. Pero prepárese para en el proceso trapear mas pisos que Cenicienta, cambiar más ropa que presentador de los Oscar, pararse en la mejor parte de la película y atravesar medio cine ante los respiros de queja del resto de espectadores para llevarlo al baño y, peor que todo lo dicho anteriormente junto, conocer baños de mala muerte porque su hijo necesita ahí y solo ahí hacer el temido número dos.

¿Se siente usted jorobada porque su hijo para caminar y no darse contra el mundo necesita agarrarse de su dedo índice todo el tiempo para recorrer una y otra vez el mismo restaurante?

Tranquila, vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Usted recuperará su columna vertebral porque los niños aprenden a caminar. Pero prepárese porque lo difícil va a ser que su hijo le de la mano al cruzar la calle, que camine junto a usted en un centro comercial y que no salga a correr en el supermercado creyendo que esconderse de usted lo mas lejos que pueda es divertido.

¿Se siente usted cochina porque el tiempo para bañarse se lo dictan las cada vez menos siestas que su hijo puede hacer en su cuna y no encima suyo?

Tranquila, vengo del fututo, tengo un hijo de casi 5 años. Usted volverá a tener tiempo para usted. Tendrá horas para reencontrarse con usted. Pero prepárese por más tiempo a solas que tenga sepa de una vez que después de ser madre el tiempo no le vuelve a alcanzar a uno para nada.

¿Se siente usted cansada?

Duerme menos de 6 horas de corrido. Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. El cansancio físico pierde poder, usted volverá a dormir 8 y hasta 10 horas en la noche. Pero prepárese viene el cansancio emocional y mental de controlar una pataleta, de explicar un “No”, de manejar los situaciones difíciles en el colegio, de conversar sobre los amigos. El cansancio de criar que no se recupera con unas horas de sueño.

¿Se siente usted perdidamente enamorada de su bebé?

Tranquila, vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años y si usted cree que está enamorada de ese pequeño bulto, no sabe lo que le espera. El amor que sentía por mi bebé es una minucia insignificante comparada con lo que siento hoy por mi hijo. Si de algo estoy segura es que el amor no para de crecer. Entre más lo conozco, entre más puedo ver su personalidad, entre más lo oigo hablar, entre más lo veo relacionarse con el mundo, entre más recibo sus besos dados por convicción, entre más escucho sus conclusiones, me doy cuenta que si bien los retos de la maternidad cada día son más grandes mi amor por él crece y se multiplica a la misma velocidad.

Tranquila, no todo va a estar bien pero se pone cada vez mejor.

 

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Llevo cuatro años tratando de criar a mi hijo y los mismos cuatro años sintiendo que también necesito criar al padre.

Yo confieso ante vosotras hermanas que en estos cuatro años que llevo de mamá a veces, casi siempre, siempre, he pensado que yo lo hago todo mejor que mi 10%. A veces, casi siempre, siempre, tengo una crítica para él. A veces, casi siempre, siempre se me retuerce algo en el estómago cuando veo que ese hombre que amo no hace las cosas según mis coherentes instrucciones. A veces, casi siempre, siempre … soy un fastidio.

Hay días que siento como mis niveles de “buen genio” disminuyen si de repente lo veo mirando su celular y no jugándole a mi hijo. Y siento como suben velozmente los de “mal genio” cuando me contesta con la mayor desfachatez ante mi reproche: “que intensa eres!… también es bueno que de vez en cuando se entretenga solito”.

Ni para que contarles la retahíla aburridora que debe aguantar mi 10% después de su atrevida respuesta … es que el tiempo de calidad bla bla bla y en el colegio dijeron bla bla bla y siempre es lo mismo bla bla bla y ahora yo soy la mala bla bla bla. Mientras doy mi cantaleta siento que poseo la verdad absoluta. Si me veo en retrospectiva soy otra loca de mierda.

Yo que me considero feminista, creo que debemos partir del punto que físicamente, biológicamente y mentalmente hombres y mujeres sí somos diferentes. Tener un hijo es una de las cosas con las que estas diferencias salen más a flote. Nosotras tenemos una visión, unos ideales y un modus operandi de la maternidad que a veces, casi nunca, nunca coincide con el que ellos tienen de la paternidad.

En estos 4 años me he ofuscado por ello y vaya que si he peleado.  He dado cantaleta, he alimentado mi gastritis al verlo impacientemente preparar una pañalera, he resoplado al viento al verlo manejar una situación que yo manejaría de otro modo, he agüado ojo porque lo que para mí es el fin del mundo para él es una insignificancia.

Confieso que entre muchos “te amo” y “gracias”, siempre lo he criticado.

Y como dicen por ahí que uno solo critica al que envidia, tengo algo que decirte querido 10%:

Envidio que puedas prestarle la tablet a nuestro hijo sin hacer mentalmente un cuadro que compare las horas que ha pasado en ella versus las que ha pasado en el parque.

Envidio que puedas irte de viaje y no sientas la ansiedad y la necesidad de buscar un wifi cada 10 minutos para preguntar si nuestro hijo está bien, y por el contrario me digas como si eso me calmara “Lolo está bien, si estuviera mal ya hubieran llamado”.

Envidio que puedas alistarte un sábado en 10 minutos y te sientes tranquilo a ver televisión sin pensar si quiera por un segundo que si tú ya estás listo podrías por ejemplo alistar la pañalera o al menos las llaves del carro antes de acosarme con tu “¿todavía no estás lista?”.

Envidio que en la entrega de notas digas “tienen que decir algo malo de tu hijo para que al final del año puedan echarse las flores por haberlo enderezado” mientras yo me estreso si me dicen que se salió de la raya y empiezo a buscar una terapeuta que vaya a la casa.

Envidio que me ayudes a alistar a mi hijo en la mañana con una parsimonia casi metódica como si ya no nos hubiera dejado la ruta una vez.

Envidio que no te eches la culpa por todo como hacemos las madres y solo digas “es que todo lo hago mal” cuando yo doy cantaleta pero en el fondo no creas que todo lo haces mal.

Envidio que le veas un par de moquitos en la nariz a nuestro hijo y digas no es nada, y yo sienta que debo prepararme para cuidar una pulmonía.

Envidio tu tranquilidad al ver a nuestro hijo hacer una siesta un domingo a las 5 de la tarde, envidio que me digas “tranquila, déjalo dormir, si tú estás cansada yo lo cuido por la noche”, envidio que caigas profundamente dormido y sea yo quien termine trasnochada.

Envidio que sigas en Instagram a Demi Lovato, la formula uno y a Paulina Vega y no a un montón de papás blogueros que no paran de hablar de crianza positiva y cuanta teoría creen dominar sobre crianza.

Envidio que aunque pases menos horas con nuestro hijo, seas su favorito.

Envidio que veas la vida sin mi filtro apocalíptico, con menos melodrama y menos acelere.

Por “envidio” quiero decir que no estoy de acuerdo contigo siempre pero que prometo, cada vez que te envidie, recordar que juré amarte en todos tus momentos antes que de mi boca salga algún improperio. Por “algún improperio” me refiero a sentencias que me dan la razón. Por “razón” me refiero a eso que a veces, casi siempre, siempre tengo yo.

Ay benditos hombres los amamos, a veces los odiamos y en el fondo, los envidiamos.

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Por supuesto que ser madre es el trabajo más gratificante que he tenido, pero también es el más difícil, y lo digo con conocimiento de causa: que conste que me gradué de una universidad exigente, que estoy casada y que he tenido trabajos de pacotilla, por no usar la palabra empezada con M, que me han exigido trabajar más de 14 horas diarias. Así que repito, ser mamá es muy difícil, pero es además demasiado estresante.

Creo que antes no era así, o de pronto sí. Pero como a mí me tocó ésta generación, diré que la maternidad en esta época es más difícil que nunca.

Tenemos la presión de ser mamás dedicadas, esposas ejemplares, profesionales exitosas y como si fuera poco ahora tenemos que estar tonificadas. Esperan que seamos perfectas ¿Cómo no podría ser estresante semejante petición?

La verdad es que yo podría ser la mamá perfecta si no se me fuera todo el día siendo la mamá.

Y, para serles aún más sincera, sería la mamá perfecta y les aconsejaría que lo fueran si sirviera para algo. Sepan de una vez que poco importa lo cuasi perfectas que seamos como mamás,  siempre habrá alguien que tendrá algo de que culparnos.

Acá sólo 4 de tantos:

  1. La adolescencia. Durante este periodo de pacotilla (de nuevo me rehuso a usar la palabra que empieza por m) no hay manera que le ganemos una batalla a nuestros hijos sin antes ser descritas como: la peor mamá del mundo.

Poco importará que todo lo hagamos pensando en el bien de ellos, poco importará que hayamos soportado todos los malestares de un embarazo para traerlos al mundo, poco importará que los hayamos parido con dolor… poco importará porque la berrionda adolescencia se encargara de hacerle creer a nuestros hijos que somos sus peores enemigas y mientras ellos corren a encerrarse a su cuarto les susurrará al oído: Todo es culpa se su madre. 

  1. Los psicólogos y psiquiatras. No se ofendan profesionales de esta materia, no es nada personal. Al menos no es nada mío contra ustedes, aunque me atrevería a decir que sí es de ustedes contra nosotras.

Tanto esforzarnos para que no les pase nada malo a nuestros hijos, tanto desvelarnos para que ellos puedan dormir plácidamente, tanto seguir cuentas en Instagram para poderles hacer unos snacks saludables, tanto angustiarnos para que nadie les haga daño, tanto leer artículos, teorías  y pendejadas para potenciarles todo su talento, tanto aburrirnos algunas tardes con tal de verlos a ellos felices, tantos sacrificios que hacemos por su bienestar, tanto amor que no nos cabe en el pecho por ellos para que dentro de unos años, cuando vayan a un psicólogo porque algo en su vida no está marchando como debería, este les diga: Todo es culpa de su madre.

  1. La noviecita o el noviecito. Este personaje primero nos arrebatará lo que más amamos y acto seguido, sin ningún tipo pudor, se dedicará a criticarnos a nuestras espaldas.

Si nos preocupamos porque ya es la hora de llegada y no aparecen, la noviecita o noviecito dirá que somos unas intensas. Si no queremos ser abuelas antes de tiempo, la noviecita o el noviecito dirá que somos unas metiches. Si carraspeamos la garganta insinuando que la visita ha llegado a su fin, la noviecita o el noviecito dirá que somos unas groseras que nos acostamos con las gallinas. Si no damos permiso para que vaya a hacer y deshacer en una finca, la noviecita o el noviecito dirá que somos unas amargadas que olvidamos que alguna vez también fuimos jóvenes. En pocas palabras el noviecito o la noviecita les dirá: Todo es culpa de su madre. 

4. Las otras madres. Estas hijuemadres si que nos encontrarán defectos en cada respiración.

Miraran de reojo cada pataleta para decir que somos muy consentidoras pero torcerán los ojos con cualquier comportamiento para decir que somos muy malgeniadas. Ellas si que nos culparan porque sí y porque no. Y cuando vean que nuestro hijo se equivoca en algo o no es tan bueno como el de ellas para alguna actividad, le dirán a las otras madres jijuemadres: Todo es culpa de su madre. 

Entre la adolescencia, los psicólogos o psiquiatras, los amoríos de turno y las otras madres jijuemadres, nos van a joder. Así que relajémonos, no somos perfectas ni tenemos que serlo. La culpa siempre será nuestra… sino pregúntele a mi mamá que repite como lora mojada: “ah claro la culpa siempre es mía, la hijue pacotilla (por no usar la otra palabra con p) siempre soy yo”. Y eso que no le he contado la conclusión que me dieron esa vez que hice constelaciones familiares…

Mamás del mundo, no importa que tan perfectas o imperfectas seamos como madres, siempre habrá un psicólogo que nos culpará de todo. Pero el consuelo, que incluso es un verdadero premio, es que siempre habrá un hijo que nos amará infinitamente a pesar de todo.

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La maternidad me ha vuelto monotemática, mono neurona y para colmo de males, súper miedosa. Y no hablo del temor que sentimos como mamás de que algo malo pueda pasarles a nuestros hijos, ni del miedo que nos agobia al dejarlos al cuidado de alguien más.  No me refiero a los miedos reales con los que aprendemos a vivir.

Hablo del terror que tener un niño en casa produce. Sí, tener un hijo es terrorífico.  Terrorífico porque dicen que pueden ver energías que nosotros ya no, terrorífico porque se ríen y hablan con esquinas de la casa, terrorífico porque sus juguetes suenan cuando no están en uso. Yo estoy llena de paranoias por culpa de las  las películas de terror. Los directores de cine se han encargado de poner miles de niños como protagonistas de sus películas de miedo y han alimentando mi cerebro con ideas macabras.  

La primera vez que mi hijo me despertó a las tres de la mañana gritando que había algo en su cama no sé cómo me contuve de llamar a un médium para que me dijera que nada sobrenatural estaba pasando en su cuarto. De verdad no entiendo cómo no llamé a un sacerdote a que rociara agua bendita si después del incidente mi hijo se resistía a poner un pie sobre la cama y me escalaba hasta el cuello si intentaba ponerlo de nuevo sobre ella, al mejor estilo de la niña del aro, valga la pena la analogía.. Traté de no hacerme videos y me tranquilice leyendo sobre lo normal que son las pesadillas en los niños entre los 2 y los 7 años…lo que pasa es que al mismo tiempo seguí viendo películas de terror, que por supuesto le pusieron un nivel de adrenalina mayor a este oficio de por sí lleno de voltaje, llamado maternidad.

Creo que mi vida sería más fácil si en vez de haber visto tantas películas de este género me hubiera dedicado juiciosa a ver comedias románticas.

Si nunca hubiera visto “Sexto sentido” me parecería extremadamente tierno y no un poquito estresante que mi hijo me diga que Luigi, su amigo imaginario, está sentado al lado mío y me va a acompañar hasta que él regrese del colegio para que no me sienta sola.

 

Si nunca hubiera visto “Actividad Paranormal” no brincaría de la cama cuando abro los ojos a media noche y veo a mi hijo parado mirándome fijamente para que lo suba para arruncharse conmigo.

Si nunca hubiera visto “Actividad Paranormal 2” no rogaría que nada raro se moviera o apareciera cuando veo a mi bebé dormir a través de la pantalla a blanco y negro del monitor.

Si nunca hubiera visto “El orfanato” no me daría un mini infarto cuando volteo a mirar y mi hijo está jugando con una media en la cabeza.

Si nunca hubiera visto “Mama” no me daría un tris de miedo cuando mi hijo decide ser un perro, caminar como un perro, comer como un perro y lamerse como un perro.

Si nunca hubiera visto “La mano que mece la cuna” no hubiera descartado la posibilidad de tener una nana. 

Si nunca hubiera visto “El exorcista” una orinada de mi hijo en los pantalones con amigos de visita podría parecerme un accidente normal y no una señal de alarma.

Si nunca hubiera visto “It” llevar a mi hijo a una piñata con payasos no sería mortificante.

Si nunca hubiera visto “The shinning” no le pondría tanto pereque a mi 10% para escoger el hotel para ir de vacaciones y no le tendría tanta fobia a ver gemelas vestidas exactamente igual por la calle.

Si nunca hubiera visto “El bebé de Rosmery” no desconfiaría tanto de vecinos queridos y amables que se ofrecen a cuidar a mi hijo cuando sea necesario.

Si nunca hubiera visto “Annabelle” no me traumatizaría cuando de repente en la noche suena un juguete de pilas al que puedo jurar haber apagado.

¿Por qué no puedo pensar más bien que los juguetes de mi hijo han cobrado vida pero son amorosos y divertidos como en Toy story?

Si jamás hubiera visto éstas y otras películas no se me aceleraría el corazón cuando se va la luz en mi casa, no me imaginaría que estoy rodeada por fantasmas cuando el frío hace que necesite dos cobijas extras para dormir, no sentiría que tengo que correr cuando subo la escalera y todo queda apagado detrás mío, no me daría tanta curiosidad ver jugar a mi hijo solo y tratar de escuchar si le habla a alguien más que a sus juguetes.

Y sobre todo, si nunca hubiera visto “Terror en la calle Elm” no me parecería tan difícil dejar a mi hijo al cuidado de su papá, cuando a éste le da por ponerse este saco.

 

 

De todas mis fiestas, recuerdo con nitidez la primera ostentosa que tuve de cumpleaños. Tenía 7 años y por ostentosa me refiero a que mis papás alquilaron el salón comunal, me compraron una piñata de Guri Guri, el muñeco de moda por ese entonces, contrataron recreacionistas de camisetas rojas que en algún momento también hacían de magos y meseros, las sorpresa eran jacks o catapis, como le dice mi 10%, y nadie se quejó del nivel de gluten de los perros calientes. De mis onomásticos anteriores tengo como prueba un par de fotos, pocas para mi gusto pero hay que recordar que la cámara era de rollo y mi mamá no era adicta a Instagram.

fiestas del 1 al 4

Las fotos comprueban que mis progenitores celebraron mis primeros años de vida, y también comprueban que para celebrar esos primeros años de mi maravillosa existencia, valga la pena decirlo, no era necesario hacer una fiesta en la estratosfera. Y la primera razón es que por más que me esfuerce me es inútil recordar mi primer, mi segundo o incluso mi tercer cumpleaños sin tener que recurrir a una sesión de regresión. Celebrar un año más de vida de alguien amado, en especial de un hijo, es una emoción que no nos cabe en el pecho. Pero al parecer, la moda de las mamás de ahora, es botar la emoción y la casa por la ventana, para organizar fiestonononones más pensados en deslumbrar a los adultos que divertir a los pequeños.

Las fiestas infantiles del momento me asustan. Cada vez que recibo una invitación de la mano del portero, un ligero escalofrío recorre mi cuerpo. Mientras leo en voz alta “Te invito a mi fiesta para celebrar mi cumpleaños número 1” …mi mente dice no no no no me invites y entiende lo siguiente:

“Te invito a mi súper fiesta de la que no recordaré nada porque tengo un año. Te invito a que me veas dormir la mitad de la tarde, que te lleves de recuerdo una botella de agua personalizada con mi nombre que botaras tan pronto salgas de acá. Te espero para que te burles de mis papás tratando de tomarme una foto sin llorar, al lado del muñeco de Disney de moda en versión gigante y mal oliente. Te espero a las 2 de la tarde con un buen regalo porque las sorpresas que tenemos son impresionantes. No olvides traer a tu hijo porque aunque no parezca la fiesta es para él.”




Las mamás de antes, creo, no se devanaban los sesos pensando una fiesta temática para un niño menor de dos años, que nadie (al menos cercano) ya hubiera hecho. La piñata se llenaba de basura, por basura me refiero a pequeños muñecos de plástico deformes y unicolores, porque lo divertido era partirla con un palo de escoba sin llevarse la cabeza de alguno de los invitados. Las sorpresas eran la basura que cada niño lograba salvar de la piñata o el popular Jacks (siii, el mismo catapis). Eran fiestas bonitas en las que corríamos los muebles de la sala para tener más espacio y toda la familia se turnaba la inflada de las bombas para no hiperventilar. Fiestas geniales en las que nos reuníamos alrededor de una mesa a cantar un cumpleaños feliz y callábamos solemnemente, a modo de ritual, durante 4 segundos mientras el homenajeado pedía deseos secretos al soplar las velas. ¿En qué momento organizar una fiesta infantil alcanzó niveles tan estrafalarios en los que a veces ni siquiera hay tiempo de pensar los deseos antes de soplar las velas?

Me perdonarán las anfitrionas de fiestas hermosas que superan el presupuesto que invertí en mi matrimonio, pero entre tantas arandelas parece escapárseles la magia de celebrar y agradecer un año más de vida. No quiero arruinarles la inversión pero esas fiestas no las disfruta el cumpleañero por ahora. Con una torta, unas velas, tres bombas y una tarde de diversión y cariño es suficiente para los primeros años. El resto, las arandelas, son sólo para que los adultos inflemos pecho y nos regocijemos en el ego. Yo he decidido ahorrarme esa platica para cuando Lolo me pida su fiesta, me diga claramente los nombres de los amigos que quiere invitar,me diga donde la quiere y como la quiere, me diga convencido de qué sabor quiere la torta, escoja lleno de emoción la decoración y me pida no tomarle fotos porque quiere seguir jugando con sus invitados.

Este año, Lolo cumplió 3 años y yo me rehusé con todas mis fuerzas, y mi 10% con toda su billetera, a celebrarle su cumpleaños como parece que debíamos celebrarlo. Dijimos que no a alquilar un sitio lleno de actividades que cobran el minuto más caro que un parqueadero en la 82. Dijimos que no a buscar quienes tienen hijos en nuestra lista de contactos cercanos y no cercanos para conseguir un quorum decente de niños. Dijimos que no a gastarnos lo que nos vale un mes de mercado en sorpresas descrestadoras y útiles para los invitados. Hicimos una cartelera con todos los momentos importantes desde que supimos que íbamos a ser papás, organizamos foto por foto con Lolo y con cada foto recordamos divertidas anécdotas, se la expusimos a Lolo y su cara sonreía con cada historia, de repente no nos cabía el agradecimiento en el pecho por estos tres años que lleva Lorenzo a nuestro lado alegrándonos la vida. Así, sin arandelas, tuvimos la mejor celebración de todas hasta ahora. Puede que Lolo tampoco se acuerde cuando crezca de la cartelera de su cumpleaños número 3, pero al menos la satisfacción en mi pecho y las lágrimas en los ojos de mi 10%, me confirmaron que celebramos lo importante sin gastarnos un dineral. Prometo hacerle una cartelera cada año que le recuerde a él y nos recuerde a nosotros lo afortunados que somos de celebrar otro año juntos.

Fiesta de Lolo año 3

Habrá cumpleaños de francachelas y comilonas que nos hagan sentir como reyes rodeados de amigos, pero también, mientras pueda hacerlo, habrá carteleras que los tres releeremos en la intimidad de nuestra casa conmemorando la vida. Y así, de pronto podremos garantizar que entre tanta arandela no se nos embolate lo importante.





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El 8 de junio decidí quedarme en casa con Lolo a jugar y a practicar la dejada del pañal. Para las ortodoxas que se asombraron porque mi hijo ya tenia 2 años y 11 meses y no le había quitado el pañal, sólo quiero sonreírles y hacerme la güevona. Llámele pereza, llámele timing o llámele “cada niño tiene un proceso diferente”. Siendo sincera, debo decirles que mi intuición de mamá me decía hace rato que era hora, pero mi condición de humana me obligaba a hacerle el quite al asunto. Pero un día me llene de valor, me abastecí de jabón rey, y traté de recordar mis clases de yoga prenatal para no perder la paciencia. “tengo chichi” empecé a decir cada vez que quería ir al baño y así Lolo me dijera que no quería me lo llevaba a hacer conmigo. Escuché muchas frases disfrazadas de consejos, que durante el proceso se volvieron mitos que me llenaron de falsas expectativas. Descubrí que uno deja el pañal en un día pero eso no significa que el niño también. Así que para que no se estresen inútilmente o se den golpes de pecho porque Fulanita dice que su hija lo logro sin esfuerzo, les comparto las frases-mitos que por poco hacen que Lolo pase de los pañales de bebé a los de adulto sin unos años en el intermedio.




“Esperar que el niño esté listo”. La frase la repite todo el mundo como si hiciera parte de una oración zen, pero no dejan de mirarte con una sonrisa de compasión y regaño si tu hijo ya ha cumplido los dos años, habla, canta, baila y aún usa pañal. Lo cierto es que ellos deben estar listos, pero también y sobretodo nosotras. Si nosotras no estamos listas el proceso será tormentoso y estará destinado al fracaso. Habrá accidentes leves que requerirán un trapero y otra pantaloneta, y habrá accidentes para los que quisieras tener el traje de protección que usan los médicos para los pacientes en cuarentena, o al menos una gripa tenaz que no permita que por tu nariz se cuelen olores causantes de arcadas. Si no estás preparada para soportar con paciencia y amor este tipo de eventos, explotarás en ira, gritarás, llorarás y de paso asustarás a un pequeño bañado en popo que sólo necesita un abrazo para intentarlo la próxima vez. ¿Estás lista mamá?

“No pierdas la paciencia”

 Así ellos estén listos y así nosotras estemos listas, sentir un poco de rabia, desconsuelo e impotencia en algún accidente es normal, sobretodo cuando ya nos sentimos en la otra orilla del charco y estamos más bien encima de uno de miados. Algunas robots dirán que jamás su cordura permitió el paso a estas pasiones tan cavernícolas, quizás a ellas, encerrarse en un baño de centro comercial a limpiar a punta de pañito húmedo una cagadita no avisada, les parece un buen parche, o quizás simplemente son mejores seres humanos que yo. Se puede perder la paciencia, claro que se puede, pero la verdad es que no ayuda perderla delante de ellos. No queremos que le cojan miedo a la taza o que se estriñan por temor. No perder la paciencia es un buen consejo pero a ratos un mito. Si sienten que la pierden no se sientan asesinas en potencia, simplemente humanas. Cuenten hasta 10, piensen que somos una partícula ínfima de este universo y que la cagada no es tan cagada, sonrían, respiren, abracen a sus chiquitos (si los quieren alzar allá ustedes con la untada de brazo) y vuélvanlo a intentar. Limpiar un culito de bebé es mucho más ameno que uno de anciano, así que relájense que a ellos de pronto les cobraremos la labor dentro de unos años.

“El niño te avisa cuando ya no quiera pañal”

 Al parecer hay niños que con la elocuencia de un sabio vienen y te avisan que ya no quieren ese adminiculo de primera necesidad altamente contaminante. En mi caso (no faltará quien me culpe por esto) Lolo más que elocuente es práctico, y si no fuera porque empezamos a convencerlo del proceso hubiéramos podido llegar a celebrar los 12 años con pañal, porque para su lógica era muy cómodo no tener que interrumpir un juego, una película, no tener que usar un baño público (trauma heredado por mi, lo reconozco) o no tener que apretar de más los esfínteres en un trancón y sufrir con cada hueco bogotano. A mi no me avisaron, yo le pregunté a Lolo muchas veces, hubo varios intentos antes y varias renuncias el mismo día, hasta que esta vez, mi hijo parecía tener la disposición y yo la convicción.

“En una semana deja el pañal”

A esta frase quisiera contestar como dicen los actores en el teatro antes de salir a función “Mierda Mierda Mierda”. Hay páginas de internet que te dicen como lograrlo en 5 e incluso en 3 días. Repito, no faltará la mamá postre que te diga que si los niños están realmente listos dejarán el pañal de un día para otro y sin accidentes, pero yo de postre no tengo nada y soy más bien común y corriente tirando a demasiado normalita. Y para los viles mortales como yo, el proceso puede durar semanas o incluso meses, para poder decir, sin temor a que los pantalones mojados de tu hijo de contradigan, que ya se superó la era del pañal. La verdad es que los niños dejan el pañal en un día, si con eso quieres decir que desde ese día no le volviste a poner uno. Pero lo dejan en varios meses, si con eso quieres decir que llevas más de 30 días sin accidentes.

“No lo premies o castigues”

En lo de castigarlo creo que todos estamos de acuerdo, pero en lo del premio todas caemos en la tentación, así la teoría repita y repita que no debemos hacerlo. Conozco mamás que premiaron con gomitas, otras con stickers y otras con visitas a parques. El acierto de llegar a la tasa para una miada o para el temido número 2 merece una celebración. En mi casa cantamos y bailamos como bobos con cada sentada de Lolo y por cada acierto le damos un M&M (sí uno, no la bolsa entera, son varias idas al baño en un día y nadie quiere un coma diabético) y una carita feliz pintada en la pared. A Lolo se le volvió un juego, pide premio para mamá cuando ve que estoy en el baño, pinta sus propias caritas tristes cuando no lo logra y salta, con la misma falta de ritmo de los papás, cada vez que la taza canta en señal de haber recibido sus líquidos y sólidos.

“No hay afán”

Cada niño tiene su proceso y nadie mejor que nosotras para saber el momento indicado. En ese orden de ideas no vale la pena apresurarse. Pero lo cierto es que tampoco podemos quedarnos atrás demasiado, dejar el pañal es un paso que todos deben dar tarde o temprano, es un paso que los empodera con una independencia maravillosa, y es un paso que les abre posibilidades en el mundo. Y así no nos guste, el mundo tiene unas dinámicas de las que no podemos relegarnos. “Para el siguiente nivel los niños ya deben ir al baño”, “El curso se dicta a niños de 3 a 4 años que ya no usen pañal”, “sigue mamá a tu control pediátrico, para empezar deja el niño en calzoncillos”, etc.  Y eso sin contar que los berriondos son una rentica importante en la canasta familiar.




A modo de tips:

  • A mi me funcionó quedarme en la casa los primeros 5 días, saliendo sólo al jardín, donde las guías me apoyaban con el proceso. Las tardes en casa te dan la tranquilidad de, perdón la redundancia, estar en casa. Tienes toda la ropa a tu disposición, puedes estar en bola, tienes a la mano trapero, toallas, jabón y dado el caso la ducha.
  • Salir de casa días después, aún sin tener la certeza de que todas las veces tu hijo avisa, es una especie de reto que a ellos les ayuda a entender mucho más el proceso. Empaca tres pintas, pañitos húmedos e invítalo a conocer el baño de todos los lugares a donde vayan.
  • Para salir de casa e ir más tranquila puedes usar los famosos “pull up” pero debes recordarle ir al baño cada tanto para que ambos no se confíen en el pañal y pierdan terreno ganado.
  • Si eres más guerrera y audaz, puedes comprar unos calzoncillos de entrenamiento (yo los compré en Mothercare, ahí perdonarán la cuña pero sé que muchas me van a preguntar) que tienen una especie de forro en toalla. Evitará que los accidentes sean mayores pero tu hijo igual se mojará y entenderá la dinámica.
  • Relájense. Los accidentes no son tan graves así que dejen la preguntadera cada 15 minutos. La idea tampoco es desesperar a los pobres con “¿tienes chichi?” a cada rato.
  • Quítate de la cabeza que en tantos días no habrá accidentes. Cuando le pregunté a una amiga cuánto se había demorado en quitarle el pañal a su hijo me dijo “3 meses”. Yo llevaba dos días y esto me pareció una exageración, días después agradecí su respuesta porque descubrí que en medio de muchos aciertos se cola uno que otro accidente. No fijarse una meta sino vivir el día a día también les disminuye las ganas de llorar y la rabia cuando no la logran.
  • Jamás canten victoria. Yo ya salgo con Lolo a la calle, voy a cine, al parque, incluso él bailó en su clausura sin pañal y hasta hemos cogido carretera de tres horas. Pero todavía cargo en mi bolso tres pintas, un pull-up por si la desconfianza o la comodidad se apoderan de mi, le pregunto a cada rato si quiere ir al baño y sigo festejando cada ida al baño como la primera.
  • Como dicen por ahí “nadie aprende en cuero ajeno” así que vivan su proceso como mejor les funcione en casa… no crean en todo lo que dice internet (incluido este martes de post-parto) y no se dejen achicopalar por ninguna mamá postre o robot que asegure que todo fue fácil, natural y sin complicaciones. Y chao que tengo chichi. Perdón, es la costumbre de andar avisando a ver si alguien más en casa me copia.





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¿Alguna vez jugaron “Yo nunca he…”? Seguro que sí. Es el juego por excelencia de los adolescentes para averiguar verdades, descrestar amigos y, obvio, emborracharse. Gracias a este juego  supe que una amiga ya no era virgen, que todos han meado alguna vez en la ducha y que un ex novio era una verdadera piltrafa. En esa época después de cada frase de “Yo nunca he…” si uno sí lo había hecho se tomaba un trago. Hoy haré lo mismo con ustedes a la distancia, espero que en mi nombre se tomen al menos 5. Juguemos “Yo nunca he…”:




    • Yo nunca he dejado a mi hijo arrugarse como una uva pasa en la tina, para alcanzar a vestirme y maquillarme. (No quedé espectacular pero al menos decente)
    • Yo nunca le corté un dedo por cortarle una uña. (Me dolió más a mi, lo juro)
    • Yo nunca he olvidado untarle bloqueador en clima frío. (Con verle los cachetes rojos por la noche es suficiente castigo)
    • Yo nunca le he dado gaseosa light. (Les juro, tiene menos azúcar que un té)
    • Yo nunca he dado una vuelta más a la manzana en el carro para que se duerma. (Necesitaba escribir un post)
    • Yo nunca pensé quitarle el pañal apenas cumpliera dos años. (Es que me daba física pereza)
    • Yo nunca lo he llevado a una piñata el día equivocado. (En mi defensa, no me equivoqué en la hora y llegué, como cosa rara, muy puntual)
    • Yo nunca he hecho de comida dos noches seguidas perros calientes, ponga la comida chatarra que más se repite en su casa. (Saber que uno va a la fija no tiene precio)
    • Yo nunca he gritado “Ya no más” (Aunque sepa que no se debe gritar).
    • Yo nunca he limpiado sus cachetes y su nariz con mi índice untado de babas. (Y eso que en la cartera tenía pañuelos, pañitos húmedos y jabón desinfectante)
    • Yo nunca lo he mandado al jardín un día que no había clase. (Y que encartada me pegué)
    • Yo nunca he olvidado revisar cibercolegios a diario. (¿No pueden también mandarme los mensajes por Whatsapp? ¿Al menos los urgentes?)
    • Yo nunca lo he dejado ver televisión más de la hora recomendada por expertos. (¿Ya le habré ocasionado daños irreversibles?)
    • Yo nunca he dicho groserías delante de él. (Una vez, un par. Bueno, muchas veces)
    • Yo nunca me río cuando se las oigo decir a Lolo. (Es que le suenan divino)
    • Yo nunca he olvidado llevar dolex, curitas y elementos básicos de un botiquín para viajar con niños a lugares donde la droguería más cercana queda a dos horas en lancha. (Digamos que soy positiva)
    • Yo nunca tengo que buscar el registro civil de nacimiento de Lolo para poder decir su número. (Pero lo tengo anotado en el celular)
    • Yo nunca he dicho “Dile a tu papá” con tal de zafarme de hacerle el favor. (Sin que el papá me oiga, obviamente)
    • Yo nunca he preparado comida horrorosa que mi hijo igual se ha comido. (Yo la he probado al final y no me explico cómo lo hizo)
    • Yo nunca le he dado dulces antes, durante o después del almuerzo. (Si no es ahora que los quema jugando, entonces cuándo?)
    • Yo nunca he puesto en duda que ser mamá fue la mejor decisión. (Han sido unos segundos en unos días de esos bien malos)
    • Yo nunca me he dormido antes que Lolo y lo he dejado viendo babytv hasta que le de sueño. (Hay días que ni tres bebidas energizantes ayudan)
    • Yo nunca le he prestado mi Ipad, aunque Lolo asegura que es de él, para almorzar sin afanes en un restaurante. (Juegos educativos casi siempre. Bueno, algunas veces)
    • Yo nunca he peleado con mi 10% porque no hace las cosas con Lolo como yo las hago. (Y eso que a su manera a veces es mejor)
    • Yo nunca he criticado a otras mamás. (Y después un comportamiento de Lolo me ha hecho tragar mis palabras)
    • Yo nunca quise tomarme una selfie acostada en la cama con Lolo pero el celular se me resbaló de las manos y cayó directo y con toda la fuerza de gravedad sobre su frente (Lolo lloró, mi 10% llegó corriendo preocupado, yo dije “no sé que le pasó”, la pena no me dejó confesar la selfie… hasta hoy…ojalá no me lea)




Juro solemnemente que a pesar de estos, y otros “yo nunca he” que seguro se me escapan, he criado un niño feliz, saludable y normal. Por cada metida de pata cometida podría apostar que he tenido un par de buenos aciertos. No seré perfecta, no prepararé las mejores sopas ni podré dar charlas de crianza, pero algo tengo que estar haciendo bien. O al menos la sonrisa de Lolo cada vez que me ve, de eso me tiene convencida. A fin de cuentas, yo nunca he sido tan feliz como desde que me convertí en mamá. Salud… Nos va a dar guayabo a todas, verdad?

 




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Martes de Post-Parto - Abrazables pellizcables

Niños que dan ganas de abrazar y niños que dan ganas de pellizcar. ¿Los han visto? Sé que todas saben a lo que me refiero. Los niños son por naturaleza tiernos y apapachables, es muy difícil no caer rendidas ante sus cachetes, a sus medias lenguas chillonas y ocurrentes, a sus manitas suaves y regordetas. Pero hay unos, que aunque tengan más cachetes que Quico nos inspiran pellizcarlos y no precisamente como una expresión de amor. Nada tiene que ver con qué tan modelos de portada de revista parezcan. La ternura y la simpatía por un niño, así como el desagrado por el, radica en su comportamiento.




Los niños son niños, harán pataletas, llorarán, gritarán, no se quedaran quietos. Pero basta pasar una hora con un niño para ver la línea divisoria entre esa actitud infantil normal de un niño y una desesperante.

Yo, como toda mamá de mi generación, leí sobre crianza con apego, disciplina positiva, sobre el diálogo por encima de todo y en todo momento, sobre la manera correcta de hablarle a nuestros hijos para que entendieran el porque de nuestra decisión. Y hoy, a pocos días de que Lolo cumpla tres años me atrevo a decir que algunas lo entendimos todo mal. Nos hemos preocupado tanto por pulir y perfeccionar la crianza, que en ese miedo que nos han inculcado de no generarle traumas a los niños, olvidamos que a veces cuando mamá o papá dicen que No, es No, sin importar que no tengamos una razón que los niños en este momento de su vida puedan entender.

Tengo tres hermanos mayores, todos hombres. Soy la única niña y la menor, o en otras palabras, soy la consentida. Ser la consentida a veces se confunde con ser la malcriada, y no niego que alguna vez me haya portado como tal. Pero sobre todo se traduce en ser consentidora. Y yo soy absurdamente consentidora. Soy tan consentidora que si no fuera por una dosis de mi 10% en el momento adecuado y el ejemplo de algunos niños que quiero pellizcar, me podría cagar (no encuentro otra palabra mejor) a Lorenzo a punta de mimos. Nuestra crianza, sea la que sea, hace de nuestros hijos unos niños abrazables o unos pellizcables.

Los terribles dos años llegaron para cuestionarme y para obligarme a hacer unos ajustes en materia de educación en mi casa. Pasamos de un bebé que necesita todos nuestros mimos y abrazos, a un niño que necesita mimos, abrazos y aprender a obedecer. Y comencé a debatirme cuando ser un poco de derecha y cuando ser un poco liberal con Lolo. Yo tengo amigas a las que nunca les he oído alzar la voz y otras a las que quisiera ablandar un poco y, con lo que voy a decir a continuación puede que una horda de mujeres me ataque, pero estar en compañía de los niños con los que han sido un tris más estrictos es más ameno y llevadero. Los niños pellizcables no permiten el juego, mandan todo el tiempo, parecen unos adultos encerrados en un cuerpo pequeño, necesita ser el centro de atención siempre, son unos mini dictadores y tienen a sus pies unos padres que con tal de evitar el conflicto, optan por negociarlo todo. Pues yo no quiero negociarlo todo.

Si de algo me he dado cuenta, es que los limites que ponemos en casa nos salvan la vida cuando estamos afuera. Y no hablo de limites consensuados sino de órdenes y reglas con una voz fuerte y clara. Le tememos tanto a la palabra orden, la tenemos tan ligada a la opresión y a un carácter negativo, que creemos que darle un par de ellas a nuestros hijos es traumatizarlos e irrespetarlos.

Desconfío un poco, mucho seamos sinceras, de esas mamás que sin importar el nivel de pataleta del niño no pierden la compostura. Me cuestionan esas mamás que justifican todas las rabieta con un “es que tiene sueño”. Y me preocupa que Lolo llegué a ser uno de esos niños que dan ganas de pellizcar en vez de abrazar.




Debo confesar que no siempre pensé así. Confíe mucho tiempo en que el amor por los hijos consistía en sólo darles amor y más amor. Y que ese amor se traducía en cero gritos, en olvidarme de mis necesidades, en suplir al 100% las suyas y en verlo siempre sonriendo. Tenía razón en una cosa, el amor por los hijos sí consiste en darles amor y más amor. Pero ese amor no me convierte en una esclava de todos sus deseos, ese amor me da derecho a decir No, ese amor me obliga a no negociarlo todo y ese amor veces puede que no lo haga sonreír. Y tuve que compartir con un par de niños pellizcables, e incluso ver al mío haciéndome quedar mal un par de veces, para dame cuenta de eso. 

He pasado tardes con niños fabulosos que sin dejar de ser niños y llorar a ratos, pelear por un juguete y ponerse bravos, son tiernos, amorosos y disciplinados. He pasado otras tantas con niños que me asustan, me desesperan y quisiera pellizcar. He llegado a casa angustiada de pensar que si no pongo claros los límites, el niño que van a querer pellizcar es el mío.

Fui la consentida de mi casa y aún así recuerdo más de un No que me supo a cacho en su momento y hoy lo agradezco con el alma. Cuando tenía 13 años mi papá me prohibió tener novio, todas mis amigas tenían, todo el mundo tenía!,  pero mi papá retrogrado insistía en hacerme pasar la vergüenza de quedar al frente de todos como una niña chiquita. Hice pataleta, lloré, le escribí cartas a mi papá exponiendo mis razones, él me escribió otro par con las suyas. Razones que me parecieron exageradas y tontas. Hoy, muchos años después, como por no delatar los 33 que este año cumplo, entiendo todos y cada uno de sus motivos y sobretodo los agradezco. Mis amigas de esa época pasaron por las manos de casi todos mis amigos de esa época. Yo, seguro soy recordada como la bobita que no dejaban tener novio y que para mi dicha y fortuna (he visto lo que le ha hecho la adultez a algunos de ellos por Facebook) no aparece en su lista de conquistas. Tenía trece años y ni en ese momento entendí las razones. Lolo va a cumplir 3, no todas mis razones tiene que entenderlas pero si obedecerlas.

Ya no admiro a la mamá que concilia todo, más bien le temo y le huyo a su retoño. Ya no critico a la que le exige un poco más a su hijo sino que me declaro fan enamorada de su hijo abrazable.


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Martes de Post-Parto - mordisco

A Lolo me lo mordieron. No les puedo explicar la rabia y la impotencia que se siente. Ser mamá es sentir dolor físico y del alma por una herida que no es tuya. Cuando alguien le hace daño, poco o mucho, a lo que más amas, el corazón se te resquebraja de una manera que jamás habías experimentado. A todas nos ha pasado de diferentes maneras, así que supongo que no necesito describir el sentimiento. El punto es que me lo mordió un niño nuevo en el jardín.




La primera vez, porque fueron varias, la rabia me hizo agüar ojo, pero invocando la calma, asumí que ese tipo de cosas suelen pasar entre niños y lo dejé pasar.

  • “Dile a Fulanito (debo confesar, aunque sea un poco infantil de mi parte, que pronunciar el nombre real del niño me produce cierto malestar) que no se muerde a las personas.”

La segunda vez, con una mezcla de rabia, estupefacción y congoja, quería salir y pellizcar a Fulanito mientras la profesora apenada volvía a disculparse conmigo. La angustia me hizo hacer mil preguntas. Al parecer Fulanito había decidido dejar su marca en varios compañeros, lo que lo eximia de ser un asunto personal con mi chiquito; y lidiaba con un proceso de adaptación nada fácil para las profesoras, lo que me hacía todo el tema más entendible pero no menos doloroso.

  • “Dile a Fulanito que vaya y muerda una hamburguesa o en su defecto, a su abuela (esto último lo pensé pero no lo dije), siéntate lejos de él y si te hace cualquier cosa vas inmediatamente donde tu profesora.”

La tercera vez, mientras oía las explicaciones de la profesora, mi mente hacía una lista de los posibles jardines a los que podríamos cambiarnos. Me imaginé escribiendo una carta a la rectora pidiendo que escogiera entre la familia de Fulanito y nosotros,  porque bastante nos esforzábamos en casa para crear un ambiente lleno de amor como para permitir ese tipo de violencia reiterativa en el jardín. Por algo llamado educación o estupidez mantuve la cordura, por algo llamado shock, solo dije que esperaba que no volviera a pasar y que tomaran otro tipo de medidas porque las que tenían obviamente no estaban funcionando, y por algo llamado trabajo en equipo o matrimonio, salí a llamar a mi 10% porque la rabia y la consternación ya me sobrepasaban.




  • “No se muerde, no se muerde, no se muerde chino pendejo (eso último también lo pensé pero no lo dije) es lo que tienes que decirle.”

Mi papá que ese día estaba en casa, aún más bravo que yo con el tema, me pidió permiso para darle unos consejos de defensa personal a Lolo. Aunque me reí de sólo imaginarme a mi papá explicándole a Lolo como morder a su verdugo y, aunque mi primer impulso por la rabia, era rogarle a mi chiquito que fuera a dejarle sus hermosos dientes marcados a Fulanito, mi conciencia, los ideales que tengo de crianza y un apoyo creciente a que podemos superar un proceso de paz que nos enseñe a convivir en armonía, no me lo permitieron.

Esa noche mientras yo buscaba en google sobre mordidas (y jardines), decidimos, no se si erradamente y a pesar de que dicen que la tercera es la vencida, esperar y observar como transcurría la semana y si aparecía un cuarto episodio armar la trifulca en el jardín. Pospuse la idea del cambio de jardín. Un mordisco es algo indeseado como una gripa, y aunque ambas cosas le han ocurrido a Lolo en el jardín no significa que sacándolo de allí nunca vuelvan a ocurrir. Mi búsqueda se centró en ¿Qué hago si muerden a mi hijo?

Me sorprendió que en todo lado hablaban de cómo tratar al niño mordelón pero en ninguna parte daban tips para el niño que ha sido mordido. Yo estaba llena de dudas, no quería que mi hijo viera este tipo de violencia como algo habitual y normal, no quería dejarle la percepción de que te pueden lastimar y no hay consecuencias, no quería que creyera que a pesar de sus tres mordiscos sus papás seguían tranquilos mandándolo a la boca del lobo.

Los días pasaron y yo no volví a oír de Fulanito, desconozco si la razón fue que Lolo se ha salvado de sus ataques o si sus ataques han cesado. Cruzo los dedos por la segunda.

Ayer me lo volvieron a morder y no fue en el jardín. Lo mordieron en casa de una amiga. Lo mordieron a dos pasos míos y entendí por primera vez del todo a las profesoras. Lo mordieron a dos pasos de la otra mamá y entendí por primera vez a la mamá de Fulanito.

Sólo en ese momento entendí que si bien un mordisco es una señal de alerta para guiar al niño mordelón y darle otras explicaciones al niño mordido, es sobretodo un dolor lleno de angustia para la mamá del uno y del otro.

Hace un tiempo leí en un post de una amiga (www.amosermama.co) algo sobre los mordiscos, Caro preguntaba que era preferible: ser la mamá del niño que muerde o del niño que es mordido? Y sólo se me ocurre contestarle hoy, que ninguna.

Si eres la mamá del niño mordido, estallas en ira, te culpas por no haber estado más cerca para impedirlo, te estresas pensando que puede ocurrir nuevamente, sientes pánico de que imite esa conducta,te angustias de pensar que más grande permita otras afrentas contra él y te duele enormemente el corazón.

Si eres la mamá del niño mordelón, estallas en angustia, te preguntas que has hecho para que tu hijo tenga esa reacción, te culpas porque quizá hay algo que está fallando en casa o en tu educación, te estresas pensando que ahí se esconde un problema mayor, sientes pánico de que lo repita una y otra vez, te angustias de pensar que te has equivocado y te duele enormemente el corazón.

Un mordisco nos duele a ambas. Y a veces la mejor solución la tenemos a la mano y no nos damos cuenta, está al frente nuestro, la lección de qué hacer nos la dan nuestros propios hijos: llorar, reconciliarse, volver a jugar y olvidar. Porque nadie nos garantiza que no vayamos a asumir el papel de la otra mamá en otro momento de la vida.




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Martes de Post-Parto - 10 días con la suegra

 

Suegra. Una de las palabras a la que más le tememos las esposas y, novias del mundo. Esa misma que dicen que es mejor tener bien lejos una vez nos casamos, y aún más lejos cuando tengamos hijos. Por tradición, por ver en exceso los cuentachistes o por simple brutalidad, la gran mayoría de nosotras la consideramos una enemiga o rival. Creemos que viene de visita para hacernos la vida más difícil, creemos que cuando dice “el día esta muy frío” nos está culpando a nosotras, oímos “eres una mala madre” cuando dice “en mi época yo lo hacía así”, tomamos por quejas sus historias o por regaños sus consejos, y por alguna especie de celos sin sentido, creemos que nos quiere robar eso que nosotras le robamos primero, su hijo.




10 días con mi suegra, podría ser el titulo de una película de terror o de una comedia romántica, donde Meryl Streep (la suegra malvada) le haría la vida imposible a Jennifer Aniston (la abnegada, bella y paciente nuera). Al parecer, soy pésima guionista porque adivinen quien acaba de pasar 10 días en casa de su suegra y ya la extraña. En estos 10 días descubrí que, por fortuna, mi suegra no es una malvada y que, por desgracia, yo no me parezco a Jennifer Aniston. Pasé 10 días en casa de mi suegra y no tengo quejas. Pasé 2 días sola con ella y sin mi 10% y nunca me sentí una extraña. Pasé 10 días que me parecieron 5. Pasé 10 días y el último le estaba rogando a mi 10% que corriéramos los tiquetes una noche más. Pasé 10 días que me hicieron conocerla mejor y quererla más.  Pasé 10 días que me hicieron lamentar enormemente que vivamos en ciudades diferentes.

Pero sobretodo me di cuenta de tres cosas sobre las suegras que no quiero dejar pasar:

  1. La suegra también es mamá. Suena obvio, pero la gran mayoría de veces lo olvidamos. Es una mamá que sabe más que nosotras lo que significa amar a un hijo, porque ha tenido que aprender a amarlo con la distancia que traen los años y la nueva familia. Sabe lo que significa amar a alguien que tenías en exclusiva y ahora debes compartir con otra. Es una mamá maestra en sonreír y hacerse la güevona porque aunque cree que su hijo pudo haber escogido una mejor mujer como esposa, acepta que ésta es la que lo hace feliz. Es la mamá del hombre que escogimos para envejecer y eso debería ser razón suficiente para amarla infinitamente. Es una mamá como nosotras que hace la labor más difícil de la maternidad: seguir velando por un hijo sin traspasar las barreras que se alzaron cuando se convirtió en esposo.

  1. La suegra puede ser mi otra mamá. Los consentimientos que en estos 10 días recibí de mi suegra bien podrían hacer tambalear el primer puesto en el que tengo a mi mamá. Me llevó a la peluquería, me llevo de shopping, me hizo sopita de arroz, se arruncho conmigo y con Lolo a hacer la siesta, me echo flores por mi labor como mamá y sólo le faltó ponerse brava conmigo por alguna bobada para parecerse por completo a la mía mama. Las suegras son mamás desaprovechadas si no les damos el chance de entrar en nuestras vidas. Una vez las vemos a través de ese lente de la maternidad ganamos una segunda mamá maravillosa.




  1. La suegra algún día seré yo. Si usted es de las que todavía se rehúsa a dar el brazo a torcer con la suegra, déjeme recordarle que algún día usted desempeñará ese papel y más le vale que empieza a rogar por una nuera que no sea como usted. Las nueras pueden ser las malvadas de la historia y, depende de lo que digan al oído del marido antes de dormir, pueden acercar o alejar más a su madrecita. Piense en todo el amor que le tiene a su hijo y lo que disfruta de su compañía,  dígame si no quisiera poder disfrutar eso, así sea por escasos momentos, en la edad adulta. La suegra seré yo y sólo espero que mi nuera permita esos espacios.

Eso sí, si usted tiene mujeres en vez de varones relájese. En ese caso su yerno será perfecto y para él usted también lo será.

Estoy tan romanticona que ahora en el guión de mi película Meryl Streep es la mamá abnegada que se da golpes de pecho por no haber impedido la boda de su hijo con Angelina Jolie. Pero como ya sabemos que eso no es lo mío, sólo me queda decirles que las únicas razones para despotricar de su suegra es si la de ustedes: (1) le sigue presentando candidatas a su 10%, le tapa escapadas con amiguitas o recuerda con nostalgia delante de usted lo buena que era la exnovia; (2) se apareció con dos maletas y un baúl en la puerta de su casa para pasar unas vacaciones y hoy, después de 4 años, no se ha ido;  (3) le exigió una prueba de ADN cuando supo que estaba embarazada; y (4) asegura que su nieto está malcriado desconociendo el trabajo extra que hemos tenido que hacer con su hijo.




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