Madre primeriza, vengo del futuro, tengo un mensaje para usted, tranquila, no todo va a estar bien.

 

¿Se siente usted agobiada porque su hijo todo se lo comunica llorando?

Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Su hijo aprenderá a hablar, dirá palabras con una pronunciación que la hará morir de amor, construirá frases que usted querrá anotar en una agenda que se llame “los mejores apuntes de mi hijo”. Pero prepárese, habrá momentos del día que lo único que añorará es un minuto de silencio. Un segundo sin ese tono agudo que rebota en sus tímpanos y que se repite como un loop eterno con las palabras “mamá” “¿por qué?” “mamaaaaaa”.

¿Se siente usted desesperada porque para salir a la calle debe cargar un equipaje de mano que cualquier aerolínea le obligaría aforar por exceso de peso?

Un equipaje lleno de artículos esenciales como pañales, pañitos, cambiador, mudas de repuesto, crema antipañalitis, tetero limpio, tetero limpio dos por si acaso, juguete para entretener 1, juguete para entretener 2? Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Usted desempolvará la carterita de mano porque ellos dejan el pañal. Pero prepárese para en el proceso trapear mas pisos que Cenicienta, cambiar más ropa que presentador de los Oscar, pararse en la mejor parte de la película y atravesar medio cine ante los respiros de queja del resto de espectadores para llevarlo al baño y, peor que todo lo dicho anteriormente junto, conocer baños de mala muerte porque su hijo necesita ahí y solo ahí hacer el temido número dos.

¿Se siente usted jorobada porque su hijo para caminar y no darse contra el mundo necesita agarrarse de su dedo índice todo el tiempo para recorrer una y otra vez el mismo restaurante?

Tranquila, vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. Usted recuperará su columna vertebral porque los niños aprenden a caminar. Pero prepárese porque lo difícil va a ser que su hijo le de la mano al cruzar la calle, que camine junto a usted en un centro comercial y que no salga a correr en el supermercado creyendo que esconderse de usted lo mas lejos que pueda es divertido.

¿Se siente usted cochina porque el tiempo para bañarse se lo dictan las cada vez menos siestas que su hijo puede hacer en su cuna y no encima suyo?

Tranquila, vengo del fututo, tengo un hijo de casi 5 años. Usted volverá a tener tiempo para usted. Tendrá horas para reencontrarse con usted. Pero prepárese por más tiempo a solas que tenga sepa de una vez que después de ser madre el tiempo no le vuelve a alcanzar a uno para nada.

¿Se siente usted cansada?

Duerme menos de 6 horas de corrido. Tranquila vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años. El cansancio físico pierde poder, usted volverá a dormir 8 y hasta 10 horas en la noche. Pero prepárese viene el cansancio emocional y mental de controlar una pataleta, de explicar un “No”, de manejar los situaciones difíciles en el colegio, de conversar sobre los amigos. El cansancio de criar que no se recupera con unas horas de sueño.

¿Se siente usted perdidamente enamorada de su bebé?

Tranquila, vengo del futuro, tengo un hijo de casi 5 años y si usted cree que está enamorada de ese pequeño bulto, no sabe lo que le espera. El amor que sentía por mi bebé es una minucia insignificante comparada con lo que siento hoy por mi hijo. Si de algo estoy segura es que el amor no para de crecer. Entre más lo conozco, entre más puedo ver su personalidad, entre más lo oigo hablar, entre más lo veo relacionarse con el mundo, entre más recibo sus besos dados por convicción, entre más escucho sus conclusiones, me doy cuenta que si bien los retos de la maternidad cada día son más grandes mi amor por él crece y se multiplica a la misma velocidad.

Tranquila, no todo va a estar bien pero se pone cada vez mejor.

 

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Martes de Post-Parto - mordisco

A Lolo me lo mordieron. No les puedo explicar la rabia y la impotencia que se siente. Ser mamá es sentir dolor físico y del alma por una herida que no es tuya. Cuando alguien le hace daño, poco o mucho, a lo que más amas, el corazón se te resquebraja de una manera que jamás habías experimentado. A todas nos ha pasado de diferentes maneras, así que supongo que no necesito describir el sentimiento. El punto es que me lo mordió un niño nuevo en el jardín.




La primera vez, porque fueron varias, la rabia me hizo agüar ojo, pero invocando la calma, asumí que ese tipo de cosas suelen pasar entre niños y lo dejé pasar.

  • “Dile a Fulanito (debo confesar, aunque sea un poco infantil de mi parte, que pronunciar el nombre real del niño me produce cierto malestar) que no se muerde a las personas.”

La segunda vez, con una mezcla de rabia, estupefacción y congoja, quería salir y pellizcar a Fulanito mientras la profesora apenada volvía a disculparse conmigo. La angustia me hizo hacer mil preguntas. Al parecer Fulanito había decidido dejar su marca en varios compañeros, lo que lo eximia de ser un asunto personal con mi chiquito; y lidiaba con un proceso de adaptación nada fácil para las profesoras, lo que me hacía todo el tema más entendible pero no menos doloroso.

  • “Dile a Fulanito que vaya y muerda una hamburguesa o en su defecto, a su abuela (esto último lo pensé pero no lo dije), siéntate lejos de él y si te hace cualquier cosa vas inmediatamente donde tu profesora.”

La tercera vez, mientras oía las explicaciones de la profesora, mi mente hacía una lista de los posibles jardines a los que podríamos cambiarnos. Me imaginé escribiendo una carta a la rectora pidiendo que escogiera entre la familia de Fulanito y nosotros,  porque bastante nos esforzábamos en casa para crear un ambiente lleno de amor como para permitir ese tipo de violencia reiterativa en el jardín. Por algo llamado educación o estupidez mantuve la cordura, por algo llamado shock, solo dije que esperaba que no volviera a pasar y que tomaran otro tipo de medidas porque las que tenían obviamente no estaban funcionando, y por algo llamado trabajo en equipo o matrimonio, salí a llamar a mi 10% porque la rabia y la consternación ya me sobrepasaban.




  • “No se muerde, no se muerde, no se muerde chino pendejo (eso último también lo pensé pero no lo dije) es lo que tienes que decirle.”

Mi papá que ese día estaba en casa, aún más bravo que yo con el tema, me pidió permiso para darle unos consejos de defensa personal a Lolo. Aunque me reí de sólo imaginarme a mi papá explicándole a Lolo como morder a su verdugo y, aunque mi primer impulso por la rabia, era rogarle a mi chiquito que fuera a dejarle sus hermosos dientes marcados a Fulanito, mi conciencia, los ideales que tengo de crianza y un apoyo creciente a que podemos superar un proceso de paz que nos enseñe a convivir en armonía, no me lo permitieron.

Esa noche mientras yo buscaba en google sobre mordidas (y jardines), decidimos, no se si erradamente y a pesar de que dicen que la tercera es la vencida, esperar y observar como transcurría la semana y si aparecía un cuarto episodio armar la trifulca en el jardín. Pospuse la idea del cambio de jardín. Un mordisco es algo indeseado como una gripa, y aunque ambas cosas le han ocurrido a Lolo en el jardín no significa que sacándolo de allí nunca vuelvan a ocurrir. Mi búsqueda se centró en ¿Qué hago si muerden a mi hijo?

Me sorprendió que en todo lado hablaban de cómo tratar al niño mordelón pero en ninguna parte daban tips para el niño que ha sido mordido. Yo estaba llena de dudas, no quería que mi hijo viera este tipo de violencia como algo habitual y normal, no quería dejarle la percepción de que te pueden lastimar y no hay consecuencias, no quería que creyera que a pesar de sus tres mordiscos sus papás seguían tranquilos mandándolo a la boca del lobo.

Los días pasaron y yo no volví a oír de Fulanito, desconozco si la razón fue que Lolo se ha salvado de sus ataques o si sus ataques han cesado. Cruzo los dedos por la segunda.

Ayer me lo volvieron a morder y no fue en el jardín. Lo mordieron en casa de una amiga. Lo mordieron a dos pasos míos y entendí por primera vez del todo a las profesoras. Lo mordieron a dos pasos de la otra mamá y entendí por primera vez a la mamá de Fulanito.

Sólo en ese momento entendí que si bien un mordisco es una señal de alerta para guiar al niño mordelón y darle otras explicaciones al niño mordido, es sobretodo un dolor lleno de angustia para la mamá del uno y del otro.

Hace un tiempo leí en un post de una amiga (www.amosermama.co) algo sobre los mordiscos, Caro preguntaba que era preferible: ser la mamá del niño que muerde o del niño que es mordido? Y sólo se me ocurre contestarle hoy, que ninguna.

Si eres la mamá del niño mordido, estallas en ira, te culpas por no haber estado más cerca para impedirlo, te estresas pensando que puede ocurrir nuevamente, sientes pánico de que imite esa conducta,te angustias de pensar que más grande permita otras afrentas contra él y te duele enormemente el corazón.

Si eres la mamá del niño mordelón, estallas en angustia, te preguntas que has hecho para que tu hijo tenga esa reacción, te culpas porque quizá hay algo que está fallando en casa o en tu educación, te estresas pensando que ahí se esconde un problema mayor, sientes pánico de que lo repita una y otra vez, te angustias de pensar que te has equivocado y te duele enormemente el corazón.

Un mordisco nos duele a ambas. Y a veces la mejor solución la tenemos a la mano y no nos damos cuenta, está al frente nuestro, la lección de qué hacer nos la dan nuestros propios hijos: llorar, reconciliarse, volver a jugar y olvidar. Porque nadie nos garantiza que no vayamos a asumir el papel de la otra mamá en otro momento de la vida.




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Aquí, cantando victoria

Alguien me dijo alguna vez que el peor error que uno podía cometer como mamá, era cantar victoria. Creo, sin lugar a dudas, que es uno de los mejores consejos que he recibido, incluso para la vida misma. Pero también creo que vale la pena celebrar cada pequeña victoria por el mero placer de saber que algo estás haciendo bien. Por eso hoy, arriesgándome un poco, quiero salir a ondear esa bandera de la victoria, por ser mamá. Hoy soy ese Leonardo di Caprio en el Lobo de Wall Street, caminando con los brazos abiertos, la frente en alto y el pecho hinchado porque me siento orgullosa de mi hogar.




Debo confesar que después de ser mamá, un par de veces, había dudado de haberlo sido. Por momentos, me entraba una extraña sensación parecida al susto o al arrepentimiento. Algunas veces, me daba estrés no tener siquiera la opción de renunciar, por aquellas cosas de la maternidad y su irreversibilidad. Otras, seguro por el cansancio, me sentía culpable por anhelar unos minutos de una vida sin hijos. Y muchas, muchas otras, me preguntaba en silencio si apostarle a este hogar había sido la decisión correcta.

Este fin de semana, tuve todas mis respuestas.

El sábado pasé el día como cuando éramos novios con mi 10%. Estuvimos arrunchados hasta las 11 de la mañana viendo House of Cards, almorzamos vodka, nos fuimos a Estéreo Picnic, bebimos ron, nos reencontramos con amigos, bailamos y cuando la adultez nos pasó factura, huimos para volver a la cama. La pasamos increíble.

El domingo en la tarde, con los ojos ardiéndonos todavía por la falta de sueño, moríamos de ganas e impaciencia por encontrarnos con Lorenzo. La carcajada con incredulidad de él, al vernos asomar por su ventana nos hizo aguar ojo, y sin decir nada nos apretujamos los tres en un abrazo infinito.

Cualquier duda que pude haber tenido frente a la maternidad, se disipó en ese momento y para siempre.

¿Qué día prefería?  Ambos. No podría decirles cual día estuvo mejor. Cada uno, como diría un amigo con bajo criterio para escoger novias, tuvo lo suyo.

La cuestión no era escoger cual de los dos días había estado mejor. Todo se resumía a saber con claridad de cual de los dos días podría prescindir, sin que eso afectara mi felicidad. Creo que está claro que ni tres vodkas y 5 rones superan la feliz borrachera que me provoca pasar una tarde en casa con mi 10% y Lolo.

¿Sábado o domingo? Ambos. Este fin de semana me di cuenta que puedo tener ambos. Pero aunque me gustan esos sábados, debo reconocer que me supo más a felicidad el domingo.




La ecuación es sencilla. En este momento de mi vida, a mis treinta y pico, que ya disfruté varios años llenos de sólo sábados, agradezco infinitamente poder saber a que saben los domingos.

Eso que tanta gente me ha expuesto como argumento para no tener hijos, como la pérdida de la libertad, el no poder tomarse un trago, no poder estar a solas con la pareja, no viajar, etc., no son reales, porque sí se pueden tener. Lo que pasa es que una vez tienes hijos comprendes que de muchos de ellos se puede, y es más divertido, prescindir. (De muchos he dicho, pero ni se les ocurra incluir en esa lista la apretujada con el marido, a eso si es muy aburrido renunciar).

A lo que voy es que mi vida sigue teniendo sentido si me pierdo otro par de fiestas, pero en cambio no tiene ninguno, si jamás descubro lo que se siente ese abrazo infinito. Decido quedarme con mis sábados esporádicos y mi resto de días que parecen domingos.

Ésta es mi victoria, que más que victoria es agradecimiento por tener una vida llena de domingos que no me saben a guayabo. Por tener una familia que me pone a volar más que el bareto que vi fumarse a Snoop Dog. Por la oportunidad que me dio la maternidad de saber lo que vale la pena en la vida. Y por todos aquellos que por no tener un hijo, o por vivir intensamente muchos sábados, creen que son más felices que yo. Me regodeo de mi victoria porque construir un hogar no me sabe a otra cosa sino a triunfo.




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Hasta que la muerte

“Hasta que la muerte nos separe … y ojalá yo no sea responsable de la tuya no es precisamente la frase que queremos oír el día de nuestro matrimonio. Pero sin lugar a dudas pasará por nuestra cabeza después de años de convivencia o de un hijo. Hormonas alborotadas, falta de todo (sueño, tiempo y sexo) son regalos preciosos que llegan al hogar después de un hijo, y pocas veces estamos preparadas para capotear sus consecuencias.




Nos advirtieron de la depresión post-parto, nos recomendaron paciencia con los bebés, nos repitieron que jamás pusiéramos a nuestro hijo por encima de nuestro esposo, pero nadie nunca siquiera mencionó, que algunas veces sentiríamos algo muy distinto al amor y más parecido a la cólera por esos hombres que se hicieron padres con nosotras.

¿Estoy desarrollando una personalidad psicótica o todas sentimos ganas de ahorcar a nuestros 10% al menos una vez a la semana?

¿Estaré desarrollando un trastorno bipolar que me hace detestar por segundos al hombre por el que en otros me derrito?

Ser mamás pone a prueba cada pedacito de nosotras y como si la tarea ya no fuera lo suficientemente complicada también le pone un par de obstáculos a nuestra relación de pareja. La llegada de un hijo, eso que ambos anhelábamos con tanto amor, trae en las circunstancias más amenas, un aumento del 30% en las discusiones en la casa (me acabo de inventar esa cifra pero es que suena bonito ponerle numero a los hechos).

Y entonces casi sin darnos cuenta empezamos a lidiar con dos nuevos integrantes en el hogar: un bebé que llora cada 3 horas y una trifulca que estalla casi con la misma frecuencia. La rabia puede poseernos por pendejaditas, pendejadas y pendejadotas.

 Pendejaditas tales como

  • La velocidad parsimoniosa que adoptan para hacer lo que nosotras haríamos a mil. Preparar un tetero; abrir una puerta cuando venimos con el retoño dormido en nuestros brazos entumecidos y a punto de encontrar paz sólo en la amputación; alcanzar un pañito húmedo mientras tratamos de evitar que la caca haga contacto con las sábanas; encontrar la billetera para salir a la calle. A veces siento que a mi 10% le divierte verme encartada a más no poder y desacelera su capacidad motriz de aposta con tal de gozar con mi tortura.

  • La desfachatez que tienen para llegar 30 minutos después de la hora acordada como si no pasara nada.

 Pendejadas tales como

  • Su capacidad para embobarse con el celular cuando queremos que jueguen con nuestros hijos. Mirar el celular en mi casa puede hacer estallar la tercera guerra mundial, sobretodo si su uso no es para contestar un mail importante sino para ver las últimas novedades en Instagram. Yo trato de verlo cuando Lolo duerme o está en el jardín, y me saca de casillas que mi 10% vuelva de un día de trabajo y no lo deje a un lado para compartir con nosotros dedicándonos toda su atención. Suena loco y neurótico pero hace la diferencia… lo malo es que a veces salgo regañada por eso de “predica pero no aplica” cuando quiero tomar una foto, ver la hora o llamar a mi mamá.




  • Su habilidad de desarrollar un oído inmune al llanto que les permite seguir concentrados en el último artículo de la revista Semana o roncando en el quinto sueño mientras nosotras esperamos que se apersonen de la situación.

 Pendejadotas tales como

  • Su talento para hacer exactamente lo opuesto a lo que nosotras esperamos. En los temas de crianza se hace evidente más que nunca, cuando ellos quieren regañar a grito herido y nosotras queremos conciliar, o al revés.

  • Su increíble perspicacia para alistar la pañalera y dejar absolutamente todo lo importante en casa.

Inútil atacarlos con cantaleta porque para cada argumento nuestro ellos tienen cinco explicaciones, imposible quedarnos calladas porque somos mujeres, absurdo agredirlos porque los amamos con locura y soberbio pensar que ellos no quieren también degollarnos. Y he ahí el meollo del asunto: Si ellos nos sacan la piedra nosotros los sacamos de quicio. Y es en ese momento, cuando el corazón se acelera, la voz sube tres tonos, las pupilas se dilatan y nos transformamos en esa señora cantaletuda que sólo se merece unos cachos, cuando más tenemos que probarnos mutuamente que somos un equipo y que ese amor que nos juramos un día sino sigue intacto es sólo porque está más fuerte que nunca. La pendejadita, pendejada o pendejadota no es tan grave como parece pero lo que podamos decir en esos momentos si.

“Prometo no irme lanza en ristre contra ti cuando tengamos hijos” es una frase que no se me ocurrió en mis votos matrimoniales pero que si viajara en el tiempo se la agregaría a expensas de dañar el romanticismo del momento. Por ahora, creo que vale la pena repetirla mentalmente, o en voz alta dependiendo del nivel de desespero que nos embriague o del nivel de insoportabilidad que nos domine.

Alguna vez escribí que lograr un matrimonio feliz era una maratón pero que lograrlo con hijos era una triatlón. Lo que no dije fue que ganar la triatlón se siente increíble y superar cualquier excusa que nos insta a renunciar nos hace más fuertes.

No me imagino la vida sin mi 10%, creo en el matrimonio hasta que la muerte nos separe (mientras exista amor del bonito, del de verdad-verdad) y no me da pena confesar que a veces lo detesto y él me detesta. De sólo pensar en un divorcio y todo lo que ello implica, incluida mi vuelta al ruedo y a ese plan de levante para el que perdí todo flow, práctica y destreza, se me revuelven las entrañas. Pienso que lograr una vida en pareja feliz es de los mejores regalos que podemos hacernos y por eso vale la pena apostarle con toda nuestra convicción.

Yo le aposté a mi 10% desde el día que decidimos estar juntos y aún así a ratos me contagio de los escépticos y pienso que va a ser imposible llegar a viejitos juntos. Pero después recuerdo que mi mejor plan de jubilación es envejecer al lado de esa persona con la que podemos odiarnos a ratos pero amarnos en todos nuestros momentos y así dejar que sea la muerte, la única insolente zarrapastrosa capaz de separarnos.





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Mamás, lean las siguientes preguntas y contesten SI o NO con total honestidad.

1. De todos los proyectos que has emprendido en la vida, ¿ser mamá es de lejos el más desafiante, difícil y desgastante?

2. ¿Has sentido ganas incontrolables de llorar?

3. ¿Hay días que has sentido que has fracasado como mamá?

4. ¿Has perdido la paciencia por una cucharada que no te quieren recibir?

5. ¿Sabes el verdadero significado de la palabra cansancio?

6. ¿Sientes nostalgia al recordar tu barriga antes de ser mamá?

7. ¿No logras explicarte como hacían las mujeres de antes con 8 o más hijos?

8. ¿Te has sentido frustrada no sólo por las cosas que has dejado de hacer sino también por las que no has logrado que haga tu bebé?

Si todas o la mayoría de tus respuestas son un rotundo sí, eres mamá. Sabes lo maravilloso y lo tenebroso que significa serlo. Sabes que es una labor para machas. Sabes que hay días que queremos renunciar, salir corriendo, tirar la toalla, ponerle mute al mundo entero. Sabes que hay momentos dolorosamente ruidosos pero llenos de soledad. Sabes que hay otros peores llenos de incertidumbre. Sabes que por más que lo hayamos hecho bien hay días que todo sale mal. Y sobretodo, sabes que por más que queramos hacer las cosas bien a veces las hacemos mal.

Conoces la desazón y la impotencia que sentimos frente a una pataleta. Conoces el miedo al sufrimiento ajeno. Conoces la angustia de tener la responsabilidad de construir una buena o mala vida en tus manos. Sientes por primera vez lo que es un grito herido y la frustración que lo provoca. Sabes, conoces y sientes lo jodidamente difícil que es ser una buena mamá y no enloquecer en el intento. Entonces… si todas sabemos y conocemos esto ¿por qué a veces somos tan cabronas entre nosotras?

Mamás Cabronas

Mamás Cabronas

A mi me parece normal que alguien que no ha tenido hijos o que no quiere tenerlos tuerza los ojos y haga mala cara cuando Lolo pega un grito en un lugar público. Pues no tienen ni idea de la lucha que llevamos día a día, de las horas de sueño que nos faltaron y de las batallas que hemos escogido perder por un poco de paz. Pero que alguien, al que a lo mejor sus hijos le han hecho escándalos peores, me haga cara de “yo si supe criar a los míos” me la vuela.

La maternidad es jodidamente maravillosa. Pero se vuelve jodidamente aburridora cuando la volvemos una competencia. Y lastimosamente, en esto último las mujeres somos expertas. Si dar vida nos enaltece, nuestro trato con otras mamás nos denigra. El tan famoso bullying es ahora una tendencia entre mamás. Y no me refiero esta vez a que nos preocupe que nuestros hijos sean victimas de ello. Me refiero al bullying que nos profesamos de tanto en tanto entre nosotras. Una mirada, un silencio, una palabra, un adjetivo, una frase, un desplante son suficientes para aniquilar la poca fe de una madre encartada en un mal día. Somos exponentes del matoneo preciso cuando más deberíamos ser solidarias. Yo he sido víctima de esos consejos disfrazados, de esos silencios aniquiladores, de esas miradas lastimeras y me he sentido fatal. Pero también, como si me hubiera olvidado de mis malos días, he sido verdugo.

Es que es la típica situación en la que le buscamos lo malo a todo con tal de podernos sentir por unos segundos, que somos más que la otra. Es una jugada perversa pero tan humana que al mismo tiempo es inevitable.

Si lactamos, hacemos sentir mal a la que no; y solo cuando la vemos al borde del llanto, no dejamos de repetir los beneficios en defensas, proteínas, desarrollo del cerebro, fortalecimiento de huesos, que puede tener. Ahora que si no lactamos, miramos con desdén a la que no lo ha podido destetar; y con pánico a la que le sigue dando teta a los 3 años.

Si trabajamos, criticamos a la que se queda en la casa tachándola como mínimo de mantenida, pasando por otros calificativos no menos ofensivos como chupa-sangre, zángana, gusana, anticuada y hasta trepadora. Pero si nosotras nos quedamos en casa, la crítica va a esa “madre desnaturalizada” que prefirió salir a trabajar antes que dedicarle un par de años a su hijo.

Si después del embarazo logramos recuperar nuestro peso, literalmente acabamos con la pobre que no tachándola de glotona, dejada, sedentaria y perezosa. Pero si nunca pudimos bajar la pancita, las otras son unas plásticas, cocas, superficiales operadas y brutas.

Si le damos comida al bebé cada que pide, entonces nos dicen que estamos criando un obeso. Pero si no nos recibe comida, entonces nos dicen que es un tema de gusto, que al bebé no le gusta lo que le doy y en resumen todo termina en que no sabemos cocinar.

Si ponemos un poco de disciplina, entonces estamos criando al niño bajo un régimen del terror que va a deribar en un ser inseguro que no pondrá un pie en la calle por miedo a que le hagan daño. Pero si somos flexibles, conciliadoras, amantes del diálogo, entonces somos unas güevonas que nos la dejamos montar de un niño malcriado.

Si nuestro hijo habla, camina, pinta, baila y canta primero que los otros es porque a las otras mamás les ha faltado ponerles más atención y dedicación. Si son los otros los que hacen todo primero es porque están sobre estimulados.

Entonces decidí romper el círculo. Mi promesa es ponerme en los zapatos de las otras: dejar de creerme mejor porque mi hijo no llora en los aviones, dejar de sentirme fatal porque todavía no habla, alegrarme porque “Fulanito” ya dejó el pañal, no entristecerme porque hay niños que se duermen las 7:30 en su cama y regalar sonrisas y abrazos en vez de miradas y comentarios sobradores.

Nunca sabremos a ciencia cierta si lo que pasa en la vida de la otra está bien, si es ideal, si así están diseñados los bebés o si esa es la actitud correcta de una madre. Lo que si está claro es que si alguien sabe primero que algo está mal somos las mamás, no hay necesidad que venga otra a recordárnoslo y aplastárnoslo en la cara. 

Reconozcámoslo, somos mujeres y cuando queremos somos bien cabronas. Entonces embadurnémonos de mantequilla para que todo el bullying nos resbale y que el único que nos preocupe sea el que nosotras mismas queremos hacer y que por fortuna desde ahora, estamos conteniendo.

Según teorías, soy una pésima mamá

Alguna se ha puesto en la tarea de averiguar cuántas teorías de crianza existen? Cuántos métodos para dormir con o sin lágrimas se han escrito? Cuántos tips para criar niños felices, seguros, educados y cero narcisistas han rotado nuestras amigas en FB? Yo no. Aunque me atrevería a afirmar que cualquier número por debajo de 50 es poca cosa. Poner en google teorías de crianza arroja cerca de 355.000 resultados y todas aseguran tener la verdad absoluta para que usted no la embarré como mamá. Aunque no soy demasiado metódica en este tema de ser mamá y en estos dos años he sido más empírica que teórica, debo confesar que de tanto en tanto recurro a google como mi consejero de cabecera. Me ha sacado de aprietos un par de veces y otras tantas me ha enredado la cabeza. He buscado desde como hacer una papilla de fruta hasta cuando salir corriendo a urgencias.

Últimamente, debido a que varias mamás me miran con benevolencia y pesar mientras me advierten que Lolo ya va a llegar a “los terribles dos años” como ellas lo llaman, mis preferidas han sido las búsquedas relacionadas con crianza. Me he encontrado con una cantidad de teorías y disparates que lo único para lo que me han servido es para martillarme la cabeza con el siguiente subtexto: todo lo has hecho mal. Me pregunto si mi mamá también fue víctima de esta sensación o si la benefició ser madre en una época desprovista de demasiada información. Si me pongo a ver pocas de las cosas que ahora recomiendan hacer con los hijos las hicieron conmigo… y ni les digo las que recomiendan no hacer. Y hasta donde sé no estoy traumatizada. Supongo que quienes escriben estas guías quieren en lo más profundo de su corazón hacerme la vida más fácil con evidencia que mis papás no tuvieron, pero, a mi en particular, terminan por hacerme sentir impotente, incapaz y, precisamente, mala madre.

Llevo dos años acertando y embarrándola a la par en esto de ser mamá. Y aunque hay días que siento que me falta teoría para no enloquecer también hay otros que siento que el instinto y el corazón fueron la mejor opción. Por eso he aprendido a relajarme con el tema y a convencerme que no sólo cada niño es diferente sino que cada mamá también. Y que la culpa no es de las teorías sino de nuestra tendencia a creer que son verdades absolutas para nuestro caso particular. Yo he ido creando las mías propias basadas en mi temperamento, en el de Lolo y en el de mi 10%. Y puede que ni siquiera a nosotros nos funcione del todo pero al menos es la nuestra y no nos talla. Aún así de tanto en tanto se viralizan frases en las redes que me gritan lo pésima mamá que soy: “No más narcisistas ante una pataleta no dé su brazo a torcer” “Lo peor que puede hacer es compartir la cama con sus hijos” “No ponga apodos, llámelos por su nombre” “Si no prueban el dulce nunca lo van a extrañar”… podría seguir enumerando más citas famosas, pero de seguro quedarían evidenciadas mis falencias como madre y alguien se atrevería a llamar al bienestar familiar. Estos son algunos de mis muchos pecados:

“No más narcisistas, ante una pataleta no dé su brazo a torcer”

Ante esta afirmación necesito una maestría completa. Entiendo que hay berrinches que no pueden ser solucionados dándole al niño lo que reclama pero hay miles otros que no pueden ser ignorados y mucho menos batallados con la misma intensidad. Muchas veces me ha funcionado tratar de razonar con Lolo y en otras situaciones me ha funcionado un simple No más en un tono más agudo. Todo ese manejo de la autoridad nunca me ha quedado claro y me debato constantemente entre el Hitler que la sociedad quiere que sea y el Mockus que muchas veces se necesita. Cada vez más me pregunto “que hago” “que hacen las buenas mamás en estos casos” “que hace ésa que se ve tan tranquila” y la verdad, sólo la razón y la potencia de la pataleta terminan por dictaminar mi manera de actuar. Sí he dado mi brazo a torcer, si por eso se entiende que a veces he cedido porque si bien no todo puede ser como Lolo dice tampoco todo puede ser siempre como yo digo.

“Los padres no deben dormir con sus hijos”

Yo fui recibida en la cama de mis papás hasta una edad en la que me puedo acordar y puedo decir que fue una de las mejores cosas que tuvo mi niñez (y adultez). Atravesar a oscuras el pasillo entre mi cuarto y el de mis papás, con el frio en la espalda que provocan los fantasmas imaginarios, con la aturdidez de un sueño interrumpido pero con la necesidad de llegar a un puerto seguro, su cama, y ser bienvenida con un abrazo, es de las mejores sensaciones que tengo en mi memoria. Poner los pies entre las piernas de mi papá, sentir su respiración y volverme a quedar dormida porque ahí en medio de ellos, el miedo y el frio desaparecía. Hoy, si mi carácter tiene sus fallas no creo que ésta sea la causa, mis papás no se han divorciado y yo tengo la seguridad que siempre puedo llegar a ellos, mi puerto seguro, cuando nuevos fantasmas insisten en aparecer. Bienvenido Lolo, cabes en medio de estos dos gladiadores dispuestos a velar tu sueño todas esas noches que, aún no me explico como, llegas tanteando paredes hasta nuestro cuarto.

“Debemos llamar a los niños por su nombre”

Cosita. Cuenta mi mamá que cuando me preguntaban mi nombre yo contestaba Cosita. Un tío, de esos fenomenales, con todo el amor del mundo me puso ese apodo y yo me sentía la persona más amada sobre el planeta tierra cuando alguien la usaba para llamarme. Mi 10% a veces mientras abraza a Lolo y le hace cosquillas con su barba lo llama Mi bultico y Lolo muere de risa. Mi 10% se llama Andrés, él lo sabe como sabe que es un 100%. Las palabras son poderosas y por eso hay que cuidar lo que decimos pero mucho más la manera como las decimos. La Cosita creció y nunca se sintió como un objeto. Una manera de referirte a alguien con amor nunca va ser perjudicial. Yo soy LaNuwe porque mi 10% terminó por darme ese apodo y aunque me gusta mi nombre, siento que esa manera de llamarme es mucho más especial y en ella van implícitos miles de sentimientos que sólo él y yo entendemos. La gente en los bancos, las llamadas a lista en clase, los certificados de votación, mi mamá enojada, demasiada gente puede usar el Ana María. En cambio sólo unos, casualmente los más cercanos al corazón, me dicen nena, fea, cosita, nube, moscorrofia, grilla y yo vuelvo a sentirme amada e importante. Ya llegará el día en que así como tuve también el carácter para pedir que me quitaran apodos que no me gustaban en el colegio, Lolo haga lo suyo y me haga saber con cuales se siente feliz. Puede que lo primero que me quite sea el “Lolo” o puede que me deje seguir usándolo junto con las mil y un palabras con que lo llamo cada vez que me dan ganas de espicharlo y que para mi expresan más que decirle tan sólo: Lorenzo. Y si la cosa es que vamos a preocuparnos por nimiedades pues entonces empecemos una campaña en contra de nombres pavorosos dolorosos de pronunciar e imanes para el bullying.

“Si no prueban el dulce nunca lo van a extrañar”

Si no es ahora, CUANDO? Entiendo que los tiempos han cambiado y ahora hay una cultura más saludable en el mundo. Entiendo la importancia de frutas y verduras y alimentos libres de gluten. De hecho me gustan y las como a diario pero ante un brownie me tiemblan las piernas, se me dilatan las pupilas y no hay trozitos de manzana que valgan. Sin haber sido una obesa, puedo reconstruir mi niñez a través de las delicias que me comía sin temor a engordar. En la alacena mi mamá siempre tenía una caja de chocolatinas Jet, una caja de gansitos, otra de herpos y paquetes de papas. Esa alacena no tenía llave y en mi casa mis hermanos y yo le dábamos fin a ese cajón igual que al frutero encima de la mesa del comedor. Yo personalmente me siento incapacitada de negarle placeres a Lolo cero saludables y 100% deliciosos. Ya llegará a mi edad y tendrá que dosificarlos. Pero si no es de niño que uno puede comer este tipo de cosas sin preocupaciones, aunque si con mesura, (nadie quiere una crisis de hiperactividad, una ida a emergencias por dolor de estomago y varias idas al odontopediatra por caries) entonces cuando? Nunca? Algunos dirán que es mejor que no los prueben porque nunca sabrán de que se están perdiendo: adelante los apoyo en esa iniciativa en la que tendrán que no volver a la casa de los abuelos, no volver a piñatas, no llevarlos a hacer mercado, no ver televisión y básicamente irse a vivir a una comunidad Amish.

Ya hay demasiadas cosas en mi vida que necesitan ser hechas metódicamente, la maternidad por fortuna me va seguir halando por el lado del instinto y el corazón. Mi consejo: no siga mi consejo que como mamá no sé lo que estoy haciendo y según varias teorías está comprobado que soy pésima, pero sobretodo dejemos de analizar todo demasiado y de, como diría mi abuela, hilar tan delgado por favor. Todo en exceso en malo, todo en carencia es triste. Y si al del vecino le funciona no significa que uno tenga que hacerlo así … y viceversa.

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Sin Razón BLOG

Hace poco me preguntaron mis razones para haber sido mamá y debo confesar que no supe que contestar. En un principio creí que mi bloqueo era producto del menosprecio que sentía en los ojos de mi interlocutor ante la sorpresa de que una mujer en pleno siglo XXI, estudiada, “viajada”, inteligente, divertida y capaz decidiera ser madre en un mundo que ya no se lo exige. Unos minutos después me di cuenta que no tenía una respuesta porque era mi hemisferio izquierdo el que estaba buscando las razones.

Siempre creí, y estaba segura de ello, que la decisión de tener a Lolo había sido más racional que pasional… hasta ahora. Si bien las ganas de ser papás nos estaban carcomiendo cuando decidimos meternos en la grande, sentía que lo que realmente me había impulsado no era el tic tac de ese reloj biológico que algunas aseguran sentir sino más bien una hoja de excell, que una noche hicimos con mi 10%, que concluía que no sólo estábamos en una edad ideal sino que nuestras finanzas aguantarían varios meses mi “holgazanería”.

Hoy, un par de años después, entiendo que nunca tomamos esa decisión con la cabeza sino con las entrañas. Y que las justificaciones racionales que me daba a mi misma para tenerlo solamente trataban de reforzar la decisión que, sin darme cuenta, yo ya había tomado con el corazón. Tener un hijo nunca va a ser una decisión racional porque de seguro si lo pensáramos más de dos veces no lo haríamos. Y ahí radica lo maravilloso de serlo.

Leo con fascinación la cantidad de artículos que a diario publican con mil y un razones por las cuales es mejor no tener hijos y siento que fácilmente yo podría aportar a esa lista 50 razones más. Podemos encontrar razones para todo en la vida. Cuando de justificar una idea se trata, la cabeza es experta en encontrar los argumentos adecuados y más cuando el tema es “ser mamá”, pues razones para no tener hijos hay mil.

Decidir tener hijos porque racionalmente creemos que es lo mejor no es posible. No encuentro un argumento coherente y sensato para decidir tenerlos, en cambio encuentro muchos para no hacerlo. Con los hijos se pierde mucho. Pierdes tiempo, pierdes horas de sueño, pierdes tu estómago plano, pierdes noches con amigos, pierdes plata, pierdes tranquilidad, pierdes trabajos, pierdes intimidad, pierdes idas a cine, pierdes guayabos en cama, pierdes paredes, pierdes el orden, pierdes trabajos, pierdes pelo, pierdes un poquito de ti. Pierdes la paciencia y conoces la peor versión de ti. Sabrás que eres un Hulk en potencia y con una pendejada vas a estallar. Desconocerás ese sentimiento en el pecho que te hace gritar, zarandiar y llorar. Y por unos minutos creerás que nada vale la pena porque todo lo has hecho mal. Pierdes la certeza y comienzas a vivir con la incertidumbre de no saber si estas literalmente ¨cagándote” la vida de alguien. Puedes leerte todas las teorías de crianza, puedes aprender del ejemplo de amigos y familiares, puedes recibir consejos hasta del portero, puedes ver todos los programas de la Super Niñera, puedes hacer talleres de coaching para padres y aún así nunca sabrás si lo estás haciendo bien porque sin importar lo que hagas o como lo hagas, el mundo se encargará de achacarle a tus hijos un par de traumas, problemas cognitivos y reacciones psicológicas consecuencias de tu manera de criarlo. Pierdes la inocencia porque te das cuenta que el único pan que venía debajo del brazo, era el brazo de reina que se asoma cuando decides ponerte camisas esqueleto.

Pierdes un montón de cosas que se me hacen fácil enumerar y ganas un montón que, a pesar de ser mamá, soy incapaz de redactar. Debe ser porque la satisfacción y la felicidad me sobrepasa de tal manera que no puedo ponerlo en palabras. Y porque siento que si me atreviera a hacerlo caería en ese tipo de cursilería que sólo entiende el que la padece.

No sé porque fui mamá y no tengo una respuesta coherente, al menos para alguien que no lo haya sido. No hay quien pueda hacer una lista con el porque vale la pena ser mamá, o por lo menos, yo no soy capaz. Ser mamá es la decisión más irracional, estúpida y poco práctica que podemos tomar. Y aún así, si pudiera devolver el tiempo creo que volvería a dejar de tomarme las pastillas anticonceptivas. No es un secreto que la mayoría de cosas en la vida que te quitan el aliento, te cambian, te maravillan, te hacen crecer y te hacen feliz son aquellas que precisamente no pensaste con la cabeza.

O acaso podemos enamorarnos locamente de alguien sólo porque nos digan que es el partidazo del año? Yo me enamoré de un paisa con más mala fama que Charlie Sheen pero no quise oír consejos, no analicé las probabilidades, no hice un top 10 con las razones para no meterme con él, no pensé racionalmente que la cosa podría salir mal, no me deje convencer cuando me decían “el que es nunca deja de ser”. Yo sólo sentí que juntos éramos felices como nunca lo habíamos sido. Y PUM, a pesar de tener 1001 razones para salir con ese otro prospecto seguro y confiable que me recomendaba la cabeza, me casé con el que me hacía alucinar. Apostarle a esa decisión que nada tenía que ver con la razón fue lo mejor que me pudo pasar.

Por eso no voy a enumerar las razones por las que ser mamá vale la pena. La que ya lo es, lo sabe; la que no lo es, ni se lo puede imaginar; y la que no quiere, lo va a demeritar. Buscar razones para mi es la prueba fehaciente de la necesidad de reafirmar una decisión que no está muy clara. Yo no necesito hacer una lista por las cuales vale la pena ser mamá, simplemente sé que es la peor/mejor decisión que he tomado en la vida y que de no haberla tomado sé que, en algún punto de mi vida más adelante, me hubiera frustrado. Así que prefiero dejar las listas de pros y contras para otros asuntos menos emocionales. Nadie tiene la razón, nadie sabe nada, el universo no le está mandando una señal si encesta ese papel en la caneca, ese top 10 que está leyendo también pudo ser escrito por alguien que no tiene la menor idea o que opina todo lo contrario.

Así que después de un silencio incómodo lo único que atine decirle a mi interlocutor era que había sido mamá por la misma razón por la que hacía todo en la vida: porque sentía que eso me iba a hacer inmensamente feliz. Por fortuna esta vez tampoco me equivoqué al darle un segundo sí a ese paisa maluco que se volvió mi 100%, y por eso no tengo que buscar razones lógicas, racionales y prácticas que me auto convenzan de mi decisión.

Mi 10 % se fue de paseo una semana. Bueno, en realidad fue un viaje de trabajo y sólo fueron 4 días. Pero en esta casa ese 10 %, al que le hago bullying por demorarse haciendo un tetero, hace más falta que el agua. Como saben, soy intensa, posesiva y consentida (y actriz) así que el show, con lágrima incluida, que le hice a mi 10% por atreverse a “abandonarnos” y a ir a trabajar por nuestro bienestar y futuro no fue poca cosa. Ya casi iba ganando la contienda, mi 10% resignado empezaba a devanarse el cerebro buscando la manera correcta de redactar “en esta casa manda mi mujer, yo no tengo pantalones” en su carta de renuncia. La lágrima y el soborno con contenido triple x le iban ganando a argumentos obvios, reales y lógicos. Y justo cuando me disponía a cantar victoria, mi oponente 10% dio la estocada final, y recordándome un viejo Martes de Post-Parto lanzó este dardo en mi pecho: ¿el omnipresente, único e irremplazable 90% que todo lo puede, todo lo hace mejor, todo lo critica, estaba diciendo que ser mamá y papá por 4 días le iba a quedar grande?

Era un golpe bajo y mi 10% lo sabía, así que finalmente conciliamos con unas cremas antienvejecimiento del duty free, que no serían necesarias si estos 4 días no me hubiera dejado all by myself (nunca sobrara un poco de drama en la vida).

El hecho es que todo este show mediático y poco trascendental de estar sin mi 10% unos días me hizo pensar en todas esas increíbles mamás que ante la ausencia del 10% de manera constante son las únicas y verdaderas heroínas.

Y no sólo porque física y económicamente el trabajo se intensifique sino porque emocionalmente la carga es pesada y saber que no la puedes compartir con alguien puede hacer ver más largo el camino. Pensé en las veces que no tuvieron 10 % a quién hacérseles las dormidas para que atendiera al bebé, pensé en esas noches que llegaron a casa del trabajo y no alcanzaron a verlos despiertos, pensé en las mañanas en las que salieron de nuevo y seguían dormidos, pensé en esos momentos que sintieron que no podían más y no hubo alguien que hiciera el relevo, pensé en esas noches de enfermedad que no tenían quien limpiara el vómito de bebé en el suelo mientras ellas trataban de bajar una fiebre, pensé en el silencio y la soledad una vez dormido el bebé, pensé en la logística para salir a la calle sin tener a quien encartar con tu cartera o a quien pelearle por no haber empacado los pañitos, pensé en un domingo en la tarde, pensé en el futuro y sus preguntas, pensé en la rabia, pensé en las selfies, pensé en las seis y media de la tarde desprovistas de ilusión porque ya viene el 10% del trabajo, pensé en las lágrimas contenidas mientras hacían un ataque de cosquillas, pensé en las veces que tuvieron que ser la mano dura sin una mirada cómplice que dijera que era lo correcto, pensé en la angustia y la duda, pensé en el cansancio que sólo quien ha tenido un bebé conoce, pensé en la incertidumbre y el miedo, pensé en la ausencia de una voz que dijera todo va a estar bien en el momento indicado… pero también pensé en todos los momentos maravillosos, en los abrazos, en los arrunches, en los besos, en las carcajadas, en los secretos al oído, en las palabras mal pronunciadas, en los te amo, en las desperezadas de la mañana, en las imprudencias, en el significado que cobra tu mano para otra persona, en el valor que adquieren tus palabras, y fue entonces cuando pensé en ellos, en ese 0% desentendido y lejano que ni siquiera es capaz de entender lo que se está perdiendo por haber renunciado.

Y sentí lástima por todos los 0% del mundo que con su ausencia total, su descaro al aparecer 10 años después o su mágica aparición de tanto en tanto, se han perdido la oportunidad de ser padres. Porqué papá realmente es el que se gana que el bebé lo pida cuando se va a dormir, el que se gana el abrazo a media noche cuando el verlo en su cama le quita el susto de la pesadilla, el que está ahí para sobar una rodilla o escuchar una queja.

Y de repente me dieron ganas de abrazarlos, de escuchar sus penas, de invitarlos a un trago. Pero soy más bien romanticona, entonces preferí invitar a casa a una amiga que es un 100%, poner de banda sonara a Paquita la del Barrio, destapar una botella de tequila y en su honor y en el de muchas redactar estos versos para estos los increíbles 0%.

 

Oda al 0%

 

Para nadie es un secreto

Saliste despavorido

Fuiste un total ingrato,

Desgraciado y mal… nacido

 

Que no estabas preparado

Que tenías una vida

No alcanzas a imaginar

Lo que perdiste en tu huida

 

Y gracias de verdad

Me diste el mejor regalo

Un hijo que me adora

Nunca podrá ser malo

 

Tu falta de pelotas

Nunca me sorprendió

Porque la falda de tu madre

Fue la que siempre te escondió

 

Y no des para comida,

colegio o vestuario

Que si me metí contigo

no fue por millonario

 

 

Como siempre yo me aguanto

Que lo saques alguna vez

Para que le des helado

Con tu nueva novia del mes

 

Tu y yo lo sabemos

Eres un papá de mentira

Pero más vale que lo callemos

Porque verlo sonreír vale más que la ira

 

Hoy te veo diferente

A mi ya me serviste

Lo único que haces bien

Lo hiciste cuando te viniste

 

Y hablando de ese verso

Y si bien me pongo a ver

Lo último que quisiera

Es que lo volvieras a hacer

 

Un homenaje tragiado, haciendo retorcer a Neruda, a todas las mamás que se mantuvieron firmes, asumieron su rol, tomaron las riendas de su vida y se convirtieron en el 100%

¿Algún otro verso que agregar?

 

[Si eres nueva en LaNuwe y no entiendes que es “el 10%”, has clic aquí y descubre cual es La Teoría del 10%]

 

Nuwe y su matata - años 80 BLOG

Acaba de pasar el día de la madre, ese único día al año que como mejor lo dijo mi nuevo dios Jimmy Fallon es la oportunidad para decirle a mamá “tu me diste la vida, me criaste, todo lo que soy es por ti, ahora déjame comprarte unos tulipanes y un desayuno y quedaremos a mano”. Por cuestiones de logística yo no estuve con la mía pero madrugué a llamarla y en ese preciso instante en el que me disponía a destilar todo un repertorio de frases cursis y de agradecimientos clichesudos por teléfono, ella con la sinceridad que a algunos molesta, me dijo, palabras más palabras menos: no te preocupes, yo no le paro bolas a esas cosas, porque hoy es un día cualquiera convertido en una fecha comercial.

A pesar de su afirmación, por culpa del capitalismo que me corre por las venas me sentía culpable por no estar con ella ese día, por no ser una de esas familias atrapadas en el trancón de la autopista dispuestas a entender con el precio indecente de un ajiaco, términos como crédito, plusvalía, inflación, demanda, prestamistas, avaricia y paga-diario.

Y mientras me trataba de convencer de que el día de la madre era tan sólo un día más y que lo importante era demostrarle que la amábamos, respetábamos y le agradecíamos su labor en todo momento, una angustia peor que la culpa se apoderó de mi en forma de pregunta: ¿Si lo he hecho todos, toditos, todos los días? Creo que haciendo un promedio poco exhaustivo en mi cabeza, de entrada hay varios días que entran a pérdida: la gran mayoría de mi adolescencia, los que no recuerdo de mi niñez pero que ahora con Lolo sé que fueron varios, algunos muchos cuando tuve mi primer novio y otro par nada despreciables desde que soy mamá. Un balance poco esperanzador para una hija que asegura dar la vida por su madre.

Y entonces me di cuenta que hacer una lista de agradecimientos y perdón era caer en ese sentimentalismo barato que ella y yo odiamos. Ese sentimentalismo urgido de cursilería que nos rehusamos a usar a diario porque no significa nada para nosotras. Ese sentimentalismo que cree que son mejores las citas bajadas de internet que un buen chiste negro y una sonrisa. Fue entonces cuando me di cuenta que, aunque hubiera sido genial, yo no necesitaba estar ese día con ella, ni elogiarla exageradamente porque a pesar de la sumatoria de nuestros días malos, los realmente buenos y significativos también eran muchos y ninguno había sido un día de la madre.

Ella sabe que la amo más que a nadie así no se lo diga, pero siempre se lo escriba por whastapp, ella sabe que a veces me saca la piedra y que yo, así prometa lo contrario, se la voy a seguir sacando a ella, ella sabe que estoy orgullosa de todo lo que ha hecho y de todo lo que hace y por eso a diario pido su aprobación para todo lo que hago, ella sabe que mis tres llamadas al día sin tener nada nuevo que contar son sólo para saber que está bien, ella sabe que es una fecha comercial y yo sé que celebrarla la hace sentirse especial, ella sabe que yo soy una buena mamá (perdonen la modestia) porque ella es mi mamá, y se lo escribo por acá porque aunque ella todo lo sabe, se hace la que no, porque siempre es bueno oírlo de alguien más.

Y yo sé que ella sabe y se siente orgullosa, aunque no me lo confiese, que hemos peleado como locas porque no podemos parecernos más. Y no me refiero a nuestros rasgos, a nuestras cabezas llenas de canas, a nuestra habilidad de comer harinas sin parar y no rodar, a nuestra blancura difícil de broncear, a nuestras piernas que reciben piropos y a las arañitas han salido a decorarlas, a nuestras manos de venas pronunciadas y nudillos “rodillones”.

Somos iguales más allá de la genética. “Son igualiticas” decía mi papá tratando de arbitrar alguna de nuestras peleas y yo sentía éstas palabras como una puñalada rastrera. Pasé de ser una niña que se ponía sus tacones y sus gafas soñando con ser como ella a una adolescente que criticaba cada una de sus palabras. Hoy soy mamá y serlo me ha hecho entenderla pero sobretodo me ha devuelto la sensación de la niña chiquita que la admiraba y la llamaba cada 5 minutos porque sin ella se aburría. La única diferencia es que ahora la admiro más y la llamo a cada rato porque la necesito y se que ella lo necesita. Somos igualiticas… y al escribirlo el pánico y la frustración que sentía de adolescente por tan sólo considerar que eso fuera posible, ha sido reemplazado por el orgullo y la satisfacción de saber que es una realidad.

Somos iguales en muchas cosas que nos hacen extraordinarias y somos iguales en muchas otras que nos hacen insoportables. Si tu terquedad, que es la misma mía, te hace ponerlo en duda, tu 10% y el mío pueden corroborarlo.

Nuwe y su matata

Hoy a sus más de 60 años sólo puedo decirle que lo ha hecho de maravilla, que las veces que cree que la ha embarrado no son tantas como ella piensa y que descubrir una reacción en mi que alguna vez critiqué en ella sólo me hace entenderla, quererla más y darme cuenta que no lo estoy haciendo tan mal o al menos que nada grave va a pasar.

Sólo hay una cosa no heredé de ella y que por más que intenté no fui capaz de copiar: su increíble manera de cocinar, así que seguiré conformándome con llamarla cada que me da por poner un pie en la cocina y seguiré aguantándome la pena de ponerla a preparar mis antojos cuando viene de visita. Eso sí, le ruego a esa genética tuya que ha hecho que yo a los 30 esté llena de canas que siga haciendo de las suyas y me permita envejecer como tú, de esa manera tan hermosa y natural que sólo las que no viven esclavas de la belleza terminan logrando.

Voy a tener que dejar de escribir acá porque voy a terminar pidiéndote perdón por no haber tenido una niña que me haga expiar todas mis culpas o por aquella tarde que buscaste por media ciudad unos pompones azules, los mismos que encontraste a las 8 de la noche en un Gran Piñata que estaba a punto de cerrar, los mismos popochos y perfectos pompones azules soñados por cualquier porrista de Millonarios, los mismos que tuve que apachurrar en mi maleta para que nadie los viera cuando la profesora dijo: ¿todas trajeron sus pimpones azules?.

Ay no, mi 10% pregunta donde se guarda en esta casa el papel higiénico, así que hasta acá llego el post de hoy porque sabemos que en esta casa la única que encuentra las cosas soy yo, y si no voy y se lo muestro “después la hijueputa soy yo”. 

Si me oyeron? No puede ser, soy mi mamá y eso me parece genial!

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“El dolor de espalda no te lo vas a aguantar” “el parto es tenaz” “si es por cesárea la recuperación es muy larga” “la lactancia duele mucho mientras te acostumbras” “ahora sí vas a saber que es el cansancio” “no vas a volver a dormir”.

Después del “felicitaciones” obligatorio, oí éstas y otras frases una y otra vez cuando daba la noticia de mi embarazo. Frases que comenzaban a revelarme la maravillosa pero exigente labor que se me venía encima. Y sí, fue difícil, fue agotador, fue desgastante pero nada, lean bien, NADA, hasta ahora, puedo compararlo con el intenso dolor y desgarramiento que nos produjo a Lolo y a mi la entrada al jardín. Y no era para menos, después de 31 meses (estoy contando mis meses de embarazo también) por primera vez Lolo y yo teníamos que separarnos asumiendo que podíamos y debíamos (así fuera por unas escasas horas) llevar a cabo otras actividades sin nuestra dedicación exclusiva mutua. Por más que muchas veces, atareada porque las siestas de Lolo no me daban el tiempo suficiente para llevar a cabo otras tareas, anhele tener ese tiempo para mi, o por más que supiera que Lolo estaba necesitando ese nuevo espacio de exploración y aprendizaje, la presión que tenía en el pecho le jugaba a mi cerebro una mala pasada y trataba de convencerlo de que ni Lolo ni yo necesitábamos pasar por esto todavía. Alcancé a dudar pero sabía muy en el fondo que había llegado el momento de que yo volviera a tener una vida sin él y él sin mi… por un ratico. Era el fin de una era o al menos así lo sentía y eso tenía que dolernos a ambos.

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     Día 1.

Madre e hijo entramos al salón de clases. Lolo abrazado como un koala a mi se rehúsa a recibir los juguetes que las profesoras dulcemente le van mostrando. Me proponen que me quede hoy acompañándolo en sus clases y un pedazo de mi alma vuelve al cuerpo. Evito hacer mucho contacto visual con las profesoras a riesgo de que me hagan preguntas que hagan que el enorme esfuerzo que estoy haciendo por parecer feliz y emocionada resulte obsoleto y termine por liberar esas lágrimas que vengo conteniendo desde la casa. Esfuerzo inútil porque una de ellas al ver que Lolo no quiere integrarse al juego y sigue abrazado a mi pierna pregunta: “¿es la primera vez que se separan?”. Asiento con la cabeza, aprieto mis dientes tratando de evitar que al abrir la boca todos puedan ver el nudo en mi garganta, mis ojos se llenan de lágrimas y mientras sonrío y me hago la güevona buscando algo inexistente en mi cartera me recrimino mentalmente mi falta de elocuencia y tranquilidad en este momento. Hemos logrado algunos progresos en el parque donde parece por segundos olvidarse de mi presencia, pero pasadas las 10:30 Lolo entra en desespero y por consejo de la profesora decidimos dejar hasta ahí por hoy. Tan sólo dar dos pasos afuera del jardín siento como el cuerpo de Lolo se relaja y mi corazón, más que mi mente, comienza a restarle prioridad a las tareas profesionales que me han adelantado la decisión de meterlo al jardín.

     Día 2.

Padre e hijo entran al salón de clases. Mi 10%, ahora convertido en 100%, se tomó la mañana para estar con Lolo en el jardín, puede que al estar más apegado a mi se sienta mucho más tranquilo y desenvuelto con él. Si seguimos así van a tener que cobrarnos otro matricula en el jardín o al menos hacernos un descuento familiar. Me quedo en casa y trato de empezar a llevar a cabo la enorme lista de cosas que tengo por hacer sin Lolo pero no logro pensar en nada que no sea precisamente él. Vuelven a mi cabeza las palabras de la directora que me pide que le demos el tiempo necesario para adaptarse porque separase de su figura de apego (yo) no es tan sencillo. Con la casa en silencio por primera vez, leyendo una y otra vez el mismo párrafo sin poderme concentrar, de pronto me doy cuenta que mi figura de apego durante todo este tiempo ha sido Lolo y nadie está aquí para abrazarme y consolarme. Descubro que el duelo es de los dos y que yo también necesito empezar a adaptarme.

     Día 3.

El día negro. Lolo va a quedarse solo porque con nosotros acompañándolo no siente la necesidad de interactuar con nadie más. Por votación unánime, o más bien por mandato dictatorial, se me declara incapaz y mi 100% es el encargado de dejar a Lolo en el jardín. Los despido con la mejor sonrisa que puedo fingir mientras se alejan en bicicleta, yo voy por el carro y salgo detrás de ellos con la idea de parquearme en un café cercano porque han prometido llamarme si el llanto es inconsolable. Por esas cosas ridículas que uno hace por la curiosidad me parqueo dos carros atrás de la entrada del jardín y alcanzó a ver como mi 100% entrega a un Lolo desesperado y compungido. Mi 100% y yo nos quedamos mirando una puerta cerrada, no decimos nada pero ambos lloramos. Después cometo el peor error de mi vida: decido no ir a ese café y me siento en el carro a leer un libro como si saber que sólo un muro me separa de Lolo hiciera menos difícil este momento. Ya he logrado leer dos páginas del libro que llevé pero un ruido familiar me distrae, abro la ventana para oírlo mejor y reconozco ese aullido al estilo Chewbacca que sólo Lolo puede hacer. Me bajo del carro acerco lo más que puedo mi oreja a un pequeño hueco que encuentro en una esquina y oigo, ahora si con nitidez, el llanto desconsolado de mi chiquito. Se me termina de romper el alma y sin saber que hacer mientras él grita adentro yo me ataco a llorar afuera. Miro mi celular y no entiendo por que no llaman si yo oigo un llanto inconsolable. Hablo con una amiga que es tan exagerada como yo y que ya pasó por lo mismo y mientras trata de tranquilizarme llora conmigo al otro lado del teléfono. Finalmente me convence de ir por ese café que tenía planeado. Doy dos pasos pero suena mi celular, son las 10 am:

-Aló? (oigo por una oreja el llanto de Lolo en vivo y por la otra en diferido)

– Ya puedes venir por Lorenzo.

Una profesora con todo el cariño y paciencia lo alza tratando de calmarlo. Entro al salón, los ojos de Lolo llenos de lágrimas y los míos rojos e hinchados se encuentran, nos abrazamos y sentimos que ahora es más fácil respirar, como por arte de magia la congoja que sentíamos desaparece.

    Día 4.

Nos han repetido una y otra vez que la tranquilidad de quedarse en el jardín se la trasmitimos nosotros pero o somos los peores actores del mundo o él parece leernos entre líneas. Todos estos días, a pesar de nuestro corazón roto, nos hemos sobreactuado de entusiasmo al nivel que tengo la sensación que si Lolo hablara nos diría: entonces vayan ustedes. Al despedirnos le decimos a Lolo que a nosotros también nos hace mucha falta estar con él todo el tiempo pero que, como él, vamos a estar bien durante estas pocas horas. Lorenzo llora un poco en la entrada al jardín pero, según nos cuentan más tarde, se calma al entrar al salón. Yo me siento culpable pero en algún lado he leído que es normal y trato de no botarle mucha corriente al tema. Tan intensa como no puedo dejar de serlo, llego por él a las 10:30. Lolo juega en el parque y aunque tiene “cara de sol” es decir, ojo medio aguado, ceño fruncido y jeta inyectada con biopolímeros, no parece estar sufriendo como ayer. El abrazo lleno de sentimiento de ayer se repite y mientras Lolo me empuja hacia la puerta pienso que esto va a durar más de una semana. Me autoconsuelo acordándome de uno de mis sobrinos que en su primer mes de jardín prefirió sentarse al lado del portero y hacerle la visita mientras pasaban las 4 horas para que volviera mamá. Mi cuñada lo supo por error de otra mamá meses después, afortunadamente.

     Día 5:

Lolo hace pucheros al despedirse y sin dejar de hacer su aullido Chewbbaquesco le tira brazos a la profesora. Yo voy por él a las 10.30 y cuando me ve ahí parada mirándolo jugar me sonríe y se me acerca para que lo alce pero sin el afán y desespero de antes. Tengo ganas llorar pero esta vez no es por angustia, es por una extraña mezcla de alegría por verlo bien y de nostalgia de darme cuenta que mi bebé esta creciendo. Éste es quizás el primer eslabón que soltamos y comienzo a entender lo que mi mamá siempre me ha dicho: los hijos son prestados.

     Día 6:

El puchero mañanero aún es una constante pero cuando llego por él, una hora más tarde que el día anterior, me encuentro con un Lolo lleno de tierra de arriba abajo, prueba irrefutable para mi de que la ha pasado de maravilla. Al verme sonríe, hace el amague de venir a abrazarme y al ver que me ha engañado ríe un poco más mientras corriendo, ahora sí, se tira a mis brazos. Yo también sonrío: estamos casi al otro lado.

 Con el paso de los días la situación ha ido mejorando para todos. Aún estoy esperando ese domingo que Lolo se pare en la puerta de la casa maleta en mano porque quiere ir al jardín, como me contó una amiga que le pasa ahora con su hija. Pero por lo menos tampoco he tenido que vivir una escena digna de The Walking Dead, como cuenta otro de mis hermanos, que mientras caminaba de regreso al carro lo perseguía mi sobrino arrastrándose desesperadamente tratando de alcanzarlo como si mi hermano fuera el último trozo de carne fresca en el mundo y mi sobrino el más hambriento de los zombies. Al otro día las profesoras lo felicitaban y mientras decían que ningún otro papá hubiera sido capaz, mi hermano ponía su mejor cara de orgullo tratando de ocultar que se sentía como un soberano zapato.

Lolo está empezando a disfrutar su jardín, cada día me lo entregan más sucio que el día anterior como si supieran que, por alguna razón, eso me hace feliz. Yo, por mi parte, me reencontré conmigo y recordé que sola también me caigo muy bien, la culpa que me hacía sentir egoísta poco a poco ha sido desplazada por la satisfacción de cumplir metas personales y profesionales, los reencuentros con Lolo cada medio día parecen de película romántica gringa y nuestras tardes son mucho más divertidas porque ahora, más que nunca, son nuestro momento de dedicación exclusiva mutua.

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