Martes de Post-Parto AFÁN

Desde que soy mamá debo confesar que vivo con cierto afán para todo. Tengo la sensación de llegar tarde a todo lugar, y efectivamente lo hago. Siento que el tiempo no me alcanza y en ciertos momentos del día, sobre todo las mañanas, a cambio de corazón, palpita en mi pecho un cronómetro como en una competencia. Ese afán me saca un genio insoportable, razón por la cual, de un tiempo para acá, vengo haciéndome la pendeja con el reloj y la impuntualidad, esa horrible costumbre que había declarado mi enemiga publica, se ha convertido en una permanente y hasta agradable compañía. Pero de ese afán no quiero hablar hoy. Quisiera hablar más de ese afán dañino y perverso que las amigas, las profesoras, la familia nos hacen jugar para que nuestros hijos cumplan los estándares que para su edad deberían haber alcanzado.

Si el niño no ha caminado al año nos mandan a donde un ortopedista. Si el niño no ha hablado a los dos años nos mandan a una fonoaudióloga. De seguir así las cosas, si el niño a los 3 orina la cama lo van a mandar a prestar servicio militar, si a los 4 sigue teniendo pesadillas lo van a mandar a un exorcista, si a los 5 no escribe su nombre perfecto le van a hacer un examen neurológico, motriz y de paso un IQ Test, y si a los 18 aún no sabe que carrera estudiar, lo mejor va a ser que nos internen en un manicomio porque no hay mamá que resista tanto especialista.




Desde hace un tiempo vengo haciéndole la guerra a esa paranoia que nos dejamos contagiar del mundo. Sin demeritar ninguna carrera, tengo la extraña sensación de la existencia de una “mafia” que juega con nuestros miedos y espera que les dejemos la mitad de nuestro sueldo para que nuestros niños normales reciban terapias urgentes y necesarias para nada. La manera como Lolo ha ido superando cada una de sus etapas me ha dado la razón con el tiempo.

Lolo caminó a los 13 meses. Cuando cumplió el año, con mi sonrisa y mi pose de güevona soporté estoicamente el  “¿Todavía no camina?” . Un día, olvidé la fecha pero recuerdo la mañana, decidió irse solo a dar el tour por toda la casa a su paso, a su ritmo, a su manera y en su momento.

Lolo ya caminaba y aún pedía un tetero antes de dormirse. Soporté, no tan estoicamente, el “¿Todavía toma tetero?”.Una noche fue a la cocina, abrió el cajón donde se guardaba su termo (que el llamaba tetero), lo botó a la basura y nunca más volvió a pedirlo.

Lolo cumplió dos años y escasamente decía mamá. Del jardín me llamaron angustiadas, me recomendaron fonoaudióloga y hasta terapista ocupacional porque Lolo no parecía de este mundo. Me contagie de ese afán y paranoia y terminé llevando a Lolo a una sesión con la susodicha fonoaudióloga, a la que no quise pagarle más de una sesión después de oírla 10 minutos. De dicha sesión salí con dolor de cabeza y con una formula médica que recomendaba a tal neurocirujana, tal examen de audiometría, a un par de terapistas ocupacionales y a otra experta en no recuerdo que. Desconfíe desde el principio, pues si alguien conocía a Lolo era yo, bastaba verlo 2 minutos para saber que no era sordo. Bastaba jugar con el de verdad para entender todo lo que sabía. Pero el resto del mundo no lo veía. Respiré. Por fortuna, mi 10% que la mayoría de veces es más sensato y menos dramático que yo, se rehúso a destinar un centavo a profesionales que creían conocernos y me recordó, que había olvidado que cada logro de mi hijo llegaba en el momento que era y que no siempre coordinaba con el tiempo de otros niños. Nos fuimos de vacaciones y al regresar Lolo, como diría mi mamá, hablaba más que lora mojada, sin necesidad de sesiones de expertas que nunca se ganaron mi confianza ni la de él.




Hoy, Lolo está a tres meses de cumplir 3 años y todavía usa pañal. “¿TODAVIA USA PAÑAL?” oigo reproches a lo lejos. No demoran en mandarme artículos que enseñan como lograrlo en tres días, no demoran en darme ejemplos con nombres, no demoran en dudar de mi paciencia. Hemos tenido avances y de nuevo retrocesos. Yo vuelvo a sonreír y a hacerme la güevona. Cada día trae su afán, y mientras pueda acompañar a mi hijo a superar cada etapa con la calma de un impuntual, y no con el estrés del que cree que va tarde, estaré feliz de hacerlo. Porque de verdad ¿Cuál es el afán? A veces siento que queremos educar adultos y no disfrutar a los niños.

Martes de POst-Parto - Batallas que no se pelean

Hace unos días, mientras estaba en el parque con Lorenzo, de la nada, como suele pasar en esta ciudad, el sol desapareció de repente para darle paso a uno de los aguaceros más escandalosos del año. Al sentir las primeras gotas y ver la nube negra en el cielo corrimos a casa, pero la lluvia caía a tal velocidad que llegar secos iba a ser una misión imposible. Igual corrimos, yo angustiada de pensar en una gripa, de ensuciar mis zapatos o de dañar mi pelo que había amanecido manejable; Lolo feliz de ver como la lluvia transformaba nuestro aspecto, sin esquivar charcos y salpicando con sus zapatos, los zapatos que yo me preocupaba por resguardar. Nos bastó media cuadra para quedar lavados y nos faltaba una para llegar a casa. Desaceleré el paso, me dispuse a disfrutar con Lolo ese momento para él insólito: mojarse con mamá. Creo que debo modificar esa frase en caso de que todos seamos igual de mal pensados. Corrijo: me dispuse a disfrutar con Lolo ese momento para él insólito: mojarse con la lluvia acompañado de mamá. Volvimos a casa a paso lento, metiéndonos en todos los charcos, levantando la cara hacia el cielo con los ojos cerrados para sentir las gotas caer. Cuando llegamos a la portería, una vecina nos dijo que nos íbamos a enfermar por jugar con la lluvia. Me sentí acusada, irresponsable, mala madre, me vi saliendo a urgencias por una pulmonía y escribiendo al jardín que mañana sería otro día que Lolo caparía clase. Pero ver la cara de Lorenzo bien valía la pena, oírle en su media lengua, relatándole a papá una y otra vez la aventura, me recordó algo que hace mucho quería escribir: la importancia de escoger las batallas que vamos a pelear.




Lejos estoy de ser ese prototipo de mamá de comercial que nunca pierde la paciencia y que sabe siempre como conciliar. Pero me matan las ganas de vivir feliz y tranquila, así que en pro de poder seguir exprimiéndole felicidad a cualquier pendejada, decidí darme una mano y escoger bien esas batallas, o dicho en otras palabras, decidí escoger las cosas por las que no me voy a estresar.

Correr bajo la lluvia. Según estudios, la mojada varía dependiendo del peso del humano y de la dirección e intensidad del viento. Soy pésima corredora, de direcciones escasamente entiendo la de mi casa y me faltaron 6 medallas de scout para aprender eso de babearse el dedo y alzarlo para saber a donde sopla el viento. Esta batalla no la voy a pelear: Caminaré y me mojaré, llegaré a la casa y me secaré. Check.

Obligar la hora de dormir. Uno de los castigos en los campos de concentración era no dejar dormir, eso enloquecía en cuestión de días. Lo inverso, obligar a Lolo a dormir cuando no tiene sueño, me enloquece a mi. Tenemos una hora establecida para dormir y es maravilloso, pero, como no somos robots, hay días que dicha rutina no se cumple. Estresarse por eso no es lo mío. Lorenzo a veces hace siesta, a veces no. Los días que la hace al medio día es fantástico porque se levanta a las 2pm y a las 8pm de nuevo está listo para dormir. Si no la hace, mamá recreacionista aparece y desde las 5.30 a las 7.30 hago mil malabares para que no caiga dormido demasiado temprano. Si la hace de 2 a 5pm llamo a mi 10% y le informo que vamos a tener una noche movida, él se entusiasma pensando cochinadas, y yo le aclaro que guarde esa energía para después de las 10 porque Lolo no va a caer antes de esa hora. Alguna vez una mamá me dijo que su hija sí o sí hacía siesta a las 12 y sí o sí estaba dormida en su cama a las 7pm. No quise preguntarte cuales eran las medidas coercitivas para el sí o sí, pero obligar a Lolo a dormir me recuerda el desespero que a mi me da tratar de dormir y no poder, en una noche de desvelo. Ya llegará el día que las madrugadas mortales que exigen los colegios lo derroten en su cama por arte de magia antes de las 8. Mientras tanto, sé que algunos días tendré que servirme un café extra, inventarme unas actividades exprimidoras de energía y posponer el capitulo de la serie que estoy viendo con mi 10% para otra noche. Un malgenio menos. Check.

Rogar para comer. ¿Existe acaso algo más aburridor que llevar una cuchara a una boca cerrada y a una cara que se voltea haciendo el feo? Las comidas se sirven a una hora en esta casa y, en un día normal, toda la familia se sienta a la mesa. Pero como, por fortuna, los días no siempre son iguales, hay unos que a Don Lorenzo (porque a veces se porta como si se mandara solo o como un dictador) no le dan ganas de comer, mientras el resto de la familia muere de hambre. El sonido de mis tripas no es un buen consejero a la hora de convencer a Don Lolo de sentarse a la mesa. En esos días, opto por almorzar tranquila con mi 10% y, una vez saciadas mis necesidades alimenticias, espero con la barriga llena y el corazón contento que al Don le de hambre. Y le da, créanme, se sienta y se come todo solo. Mi mamá cuenta que nunca nos obligo a comer a mi y a mis hermanos… y está comprobado que el problema siempre ha sido que paremos de hacerlo. Comer, no rogar y dejar la comida lista en la mesa. Una pelea menos. Check.




Dialogar en una pataleta. Hay pataletas de pataletas. Hay unas que con contarle hasta 10 en voz alta quedan solucionadas. Hay otras que implican tirada al piso y otra serie de intransigencias que, por más crianza respetuosa que quiera aplicar, no pienso negociar porque más que pataleta son berrinche. Escoger pelear esta batalla implica primero detectar el tipo de pataleta a la que nos enfrentamos. Mientras la pataleta este en un nivel medio-bajo y existan razones entendibles, abrazo a Lolo, contamos hasta diez, negociamos y seguimos felices nuestra vida. Si la pataleta está en un nivel extra profesional y las razones no son negociables, ni siquiera pierdo mi tiempo intentando dialogar con unos gritos que tapan mi voz. Bueno, la verdad digo algo así como: “Tienes derecho a estar bravo, pero yo no entiendo a los gritos, cuando te calmes y ya no tengas rabia hablamos” y me voy a hacer cualquier cosa… Ayuda que estemos en casa y no hayan caras de extraños desaprobando la conducta del niño y de la madre. Los gritos cesan al rato, y aparece un Lolo medio apenado del show que acaba de dar. Tal cual como me pasa a mi cuando me salgo de la ropa en una discusión y después quiero volver donde el afectado como si nada, sabiendo que exageré. En el 99% de los casos parece que su desahogo a solas lo hubiera hecho razonar; quiero pensar que es así, porque luego regresa para hacer eso a lo que tanto se negaba minutos antes, sin que lo obliguemos. Así que yo decido no dialogar en todas las pataletas, por mi bien y por el de él. Check.

Defender la maternidad. Ser mamá es maravilloso, increíble, indescriptible, único y bla bla bla, si usted es mamá sabe perfectamente de lo que le estoy hablando. Si no lo es y no quiere serlo no tiene sentido que yo me enfrasque en un dialogo a defender una posición que por más información e ideas que usted tenga en la cabeza no va a entender. Amo a muchas de mis amigas sin hijos y parte de ese amor se traduce en no quererlas convencer de ser madres. Antes hasta me molestaba ver como algunas se escudaban en el cliché de que sin hijos tendrían más plata, salvarían el planeta, podrían conocer todos los rincones del mundo sin una pañalera, o que podrían dormir hasta tarde un domingo. Ahora me resbala, yo sé lo que es ser mamá, lo que eso significa, los cojones que se necesitan, la alegría infinita que se siente y no tengo que tratar inútilmente de persuadir a alguien que, para justificar su decisión de no serlo, me expone razones forzadas que son apenas un color de la la amplia paleta tonos que tiene la maternidad; y que sólo entiendo yo porque he vivido la experiencia. Cualquier cosa que me digan en contra de la maternidad, se ve diminuta e intrascendente cuando miro a Lolo. Eso nadie me lo hará cambiar jamás. Una batalla menos. Check.




Se me empiezan a ocurrir muchas más como: Las arrugas y mi fiel propósito de no acartonar mi cara con Bótox todavía, aceptar que me case con un hombre que no entiende la puntualidad, o recapacitar y no volver a hablar de política con amigos… pero este post ya quedó demasiado largo por hoy, así que ahí les dejo mi lista de las batallas que por ahora no pienso pelear, ¿cuál es la de ustedes?

Sigue La Nuwe en Facebook
Sigue La Nuwe en Instagram
Sigue La Nuwe en Twitter
Sigue a Vargato en Instagram, apoya al 10%

Martes de Post-Parto - Gripa

Son las 3 de la tarde. Hace un frio espeluznante y delicioso. Sí, delicioso, debo confesar que la atmosfera que crea el frio me encanta. Me siento en los alpes suizos, o mejor aún, recuerdo épocas de mi niñez que me llenan de nostalgia, en esta Bogotá gris y lluviosa. ¿Algo mejor que un arrunchis con cobija peluda? El frío es la excusa perfecta para usar saquitos peludos y chaquetotas, prender la chimenea y comer chocolates de más. Así estoy en este momento, sentada en la cama con una cobija que más parece el abominable hombre las nieves (sin lo abominable), una snikers que ya va por la mitad, un café extra grande y Lorenzo a mi lado, que hace una siesta tardía y perjudicial para la hora de dormir esta noche. El plan podría ser perfecto si no fuera por una tonelada de mocos que producimos a causa de la tercera gripa del año que nos da, y eso que apenas estamos comenzando abril.




Iba a aprovechar la siesta de Lorenzo para cerrar también mis ojos llorosos, pero me di cuenta que el timing no podía ser más perfecto para escribir sobre un post que me han pedido desde hace días: La tormentosa e interminable relación entre la gripa y el jardín.

Hace unos meses, cuando decidimos escoger el jardín para nuestros pequeños, con lupa y mucha meticulosidad evaluamos todas las variables: la seguridad de las instalaciones, el carisma de sus profesoras, la cantidad de ceros a la izquierda de la matricula, la cercanía a nuestra casa, el método de enseñanza, la calidad de la merienda y, algunas más quisquillosas, hasta la pinta de los padres de familia. Cada jardín parecía un universo diferente y nos costó un par de noches escoger el que más nos convencía. La decisión quizás no hubiera sido tan difícil, si en vez de mirar las cosas que los diferenciaban, hubiéramos observado la única que es común a todos: los virus. No existe un jardín desprovisto de ellos ni mamás que no se quejen de la cantidad de gripas, piojos y eruptivas que sus niños contraen allí. Una vez nuestros hijos entran al jardín tenemos la extraña sensación de que pasan más días apestados que sanos.

A todas nos dijeron “no es sino que entre al jardín y se le peguen todos los virus”. Y todas nos dijimos mentalmente, como para no sentirnos una mamífera cruel e irracional abandonando a sus crías, “es necesario que coja defensas de una vez por todas” Pues, la bendita cogida de defensas nos cobra aproximadamente 5 días de incapacidad al mes. Al paso que voy, no estaría mal pedirle un reembolso de una pensión al jardín por la sumatoria de todos los días que Lolo termina quedándose en casa por una gripa.

Al principio alcancé a dudar del sistema inmunológico de Lolo y corrí al pediatra muchas veces ante al evidencia de los primeros síntomas. Después de oír muchas veces el famoso “es normal que los niños se enfermen cada mes” o el aniquilador “eso es viral”, ya me evito la salida de casa y tengo un botiquín dotado con las vitaminas y medicamentos básicos para estos casos.




No sé que me molesta más, empezar a ver los mocos transparentes que anuncian la llegada de una gripa o empezar a recibir los mensajes del grupo de whatsapp del jardín con las quejas, consejos y sugerencias de todas las mamás aburridas con la peste.  A una de esas mamás, a principios de febrero le pareció que lo que necesitaba el jardín era un desinfectador de ambiente en cada salón y una revisión diaria de la super intendencia de higiene y salud (si eso existe) para que el jardín no siguiera propagando y reproduciendo los virus de todos los niños. Me burlé, la catalogue de exagerada, le trate de explicar con mis dedos gordos que me hacen escribir brutalidades en WhatsApp, que el mundo era un lugar lleno de virus y que no podíamos desinfectarlo por completo ni aislar las zonas por donde pasan a diario nuestros hijos. A mi segunda maluquera a principios de marzo, porque valga la pena aclarar que la gripa del niño no sólo se nos pega sino que sufre una transformación genética que hace que nuestra gripa no sea un simple resfriado sino una asquerosa peste bubónica, no me parecía una idea tan mala llenar cada esquina del jardín de esos aparatos que purifican el ambiente. Hoy, a mi tercera, estoy considerando seriamente una visita de la OMS o al menos pienso sugerir en el estresante grupito de WhatsApp de “mamitas y papitos” del jardín, que por favor no manden al jardín a los niños que empiezan a sentirse mal. Entiendo más que nadie el complique y el desbarajuste para nuestras labores diarias el tener que dejar a los niños en casa, pero es la única solución efectiva para reducir estas epidemias grupales, sobretodo en esta temporada esperada de lluvias.

Si a finales de abril vuelvo a caer por otra gripa no me temblará la mano para recomendarle a las directivas de cada jardín que contraten los servicios de ADN, la Agencia de Detección de Niños de Monsters Inc para que dos macancanes enfundados en trajes y mascarillas salten a desinfectar y a aislar a cada niño que se presente a las aulas con síntomas de gripa o cualquier otra enfermedad contagiosa. 

Por ahora me tomaré una aguapanela con jengibre y limón,  esperaré que la dosis de dólex que Lolo debe tomarse en la noche le produzcan el sueño necesario para contrarrestar que siga dormido a las 4pm, y aguardaré pacientemente la siguiente gripa con tal de que lo que se me venga encima el próximo mes no sea una epidemia de piojos.

Sigue La Nuwe en Facebook
Sigue La Nuwe en Instagram
Sigue La Nuwe en Twitter
Sigue a Vargato en Instagram, apoya al 10%