Este será el quinto año que celebro el día de la madre, en realidad el sexto si cuento el de mayo de 2013 con una panza a un mes de estallar.

He pasado por todos los requerimientos de regalo para que mis seres amados se congracien conmigo en este día. Para los primeros años mi regalo soñado era un día libre. Libre de todos los deberes, de todas las cosas y rutinas que precisamente me hacían merecedora de una felicitación, pero de las que yo quería huir por unas horas. No es para menos, los primeros años son los más agotadores y no había ramo de flores, caja de chocolates o par de botas nuevas que superaran mi humilde deseo de desaparecer para todos y poder dormir en paz, comer caliente y andar sin afanes.

Otros años, con el cansancio inicial superado y ávida de regalos, empezaba desde febrero una campaña más cochina que candidato presidencial y cualquier cosa que veía y me gustaba era enviada al whatsapp de mi esposo con la nota “mira esto tan lindo, ya casi es mayo, he sido una buena madre, ojo pues, después sigue el día del padre, te amo”.

Este año, para mi sorpresa he sido cauta, no he hecho lista, solo he mandado un mensaje a whastapp y ya ni siquiera pido un día libre, porque los parches con un Lolo que baila, habla, canta y pregunta todo, son mil veces más divertidos que acostarme a descansar.

Supongo que he tardado 5 años en reconocer y darme cuenta que si bien amo los regalos (no vaya ser que mi esposo se lo tome literal y me quite la dicha de destapar algo este año) por primera vez entiendo la importancia y el “por qué” celebrar el día de la madre.

Ser mamá ha sido una experiencia de humildad, fortaleza y descubrimiento y para mi.

De humildad porque solo la maternidad ha sido capaz de ponerme de frente a mis errores, me ha obligado a mirarlos a los ojos y hacer algo con ellos diferente a negarlos.

De fortaleza porque solo la maternidad me ha enfrentado a mis peores miedos sin darme si quiera el chance de esquivarlos o ignorarnos.

De descubrimiento porque solo a través de ella fui capaz de reconocer un lado oscuro tan propio de mi esencia como mis más iluminadas sonrisas.

Han sido 5 años en los que he llorado de rabia, impotencia y dolor, y esas lágrimas me han hecho crecer. Pero también he llorado de alegría y agradecimiento, y esas lágrimas me han devuelto un poco de la humanidad que no sabía que había perdido. 

De la maternidad hoy, 5 años después de haber empezado a andar su camino, sin hormonas alborotadas y durmiendo las noches (al menos la gran mayoría) de corrido, puedo decir a riesgo de sonar cursi y monotemática, que es el mejor regalo que me he dado, y literalmente empacado, en la vida.

Nada me había cuestionado tanto en la vida, nada me había retado tanto pero nada jamás me había regalado tanta felicidad.

Ser mamá es y será siempre mi mejor regalo. Porque con todo el cansancio y el dolor en el alma que a veces conlleva, es mi milagro, mi sueño cumplido, el camino que escogí y quiero seguir recorriendo. Es el mejor regalo porque solo la maternidad me ha dado la posibilidad de conocerme a fondo, me ha obligado a reinventarme, a corregirme una y otra vez y ha sembrado en mi el deseo de convertirme en un ser humano más consciente y poderoso del que era antes de tener a un hombrecito en casa que me llamara mamá. 

La importancia del día de la madre para mi, 5 años después de serlo, radica en celebrar que solo una madre sabe a ciencia cierta de qué esta hecha. Si bien la valía de una mujer no radica en ser madre, las que lo somos conocemos a fondo ese valor porque muchas veces lo hemos cuestionado.

5 años después de ser madre, reconozco que el mejor regalo para una mamá es precisamente poder haberlo sido.  

Feliz día a todas ustedes mamás que me leen, que se han vuelto mis cómplices, mis psiquiatras y muchas veces mis consejeras, el mejor regalo ya se lo dieron ustedes mismas y nació de su barriga, pero celebren como nunca este fin de semana porque gracias a nosotras las familias se construyen, gracias a nosotras hay niños felices en el mundo. Y las cosas lindas que le regalan color al mundo como la familia, el amor y los hijos siempre será algo que vale la pena celebrar. Así que celebremos porque al final de la jornada solo nosotras sabemos cuánto lo merecemos.

 

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Regalos mamá

Con seguridad este domingo muchas de nosotras estaremos celebrando el día de la madre.

Con seguridad puedo decirles que la parranda se puede alargar porque el lunes es festivo.

Con seguridad, y un poco de indignación, les aviso que el festivo no es por nosotras.

La ascensión del señor, es la verdadera razón por la que este lunes nadie irá a trabajar, y no por el abnegado e impecable trabajo que hacemos como mamás. No es que quiera quitarle mérito a Jesús, y a la maravillosa escena que relata la iglesia católica, de cómo ascendió a los cielos después de 40 días de resucitado. Pero, aunque estoy a años luz de levitar, me atrevo a decir que ser mamá es igual de sorprendente. Si la gente supiera, como nosotras, los cojones que se necesitan para serlo, abrirían la boca con tan sólo vernos caminar. Por eso, por decisión unilateral, en mi casa celebraremos más que la ascensión del señor, la ascensión de la madre, porque si de subir al cielo se trata, ser mamá es una de las pocas maneras que conozco de hacerlo, sin pasar antes por una mortaja.




Este domingo y este lunes festejaré la decisión de haber sido madre. Festejaré tener un hijo que me enseña la vida. Festejaré esa felicidad que siento al abrazar a mi familia y que aún no logro expresar en palabras. Festejaré que soy una verraca, que mi mamá, mi suegra, mis cuñadas y amigas también lo son. Festejaré que no soy mejor que cualquier otra mamá pero que soy la mejor para mi hijo. Festejaré que soy mamá y que gracias a ello ya he tocado el cielo. Y declararé que este lunes es festivo, gracias a las valientes mujeres que al convertirnos en madres llenamos el mundo de oxido de carbono, la vida de esperanza y las redes sociales de fotos empalagosas.

¡Feliz día de la madre, feliz lunes festivo de la ascensión de la madre, feliz y larga vida como madres! Que todos los días las llenen de amor y este domingo de regalos! Si, de muchos regalos. Porque somos mamás pero no tan madres como para desaprovechar esta oportunidad del año de ser tratadas como reinas.

Mi parte celestial asegura que Lolo, mi 10% y mi mamá son los regalos perfectos para este día de la madre. Mi parte terrenal considera que no hay regalo que se les iguale mientras babea y pega la nariz frente a una vitrina. Soy mamá y soy mujer, y a las mujeres también nos hacen felices las cosas materiales, los detalles y las sorpresas. Así que si aún desconfía de la celebración que le van a tener en casa, comparta esta pequeña lista entre sus más cercanos para que le saquen una lágrima, digo una sonrisa (de la primera ya se encargara el regalo hecho a mano que le traiga su hijo del jardín).

 

  1. Lavar los platos del desayuno “sorpresa” que nos van a hacer. Que se levanten un poco más temprano a prepararnos nuestra comida favorita, es un regalo obligatorio. Pero como sabemos que para hacer una tostada ustedes usan todos los pequeños electrodomésticos de la cocina, este año queremos que también se tomen la molestia de lavarnos después de usarlos. El detallazo esta vez, será volver a ver la cocina como la dejó la empleada el viernes. Si señores, a limpiar la mancha pegajosa de la estufa, a lavar los 6 sartenes que usan para un huevo frito, las 10 cucharas que usan para probar el chocolate y los 15 platos que sólo al verlos en el lavaplatos recordamos que teníamos.
  2. Soltar al mentiroso que llevan dentro. Si, siempre les hemos pedido honestidad pero por esta vez, queremos que nos mientan y se escapen a comprarnos un regalo sorpresa. Queda prohibido por esta vez la frase de traqueto que desinfla de: “vamos a donde tu quieras para que escojas tu regalo”. Podemos ser antojadas y complicadas, y al llevarnos a escoger nuestro regalo puede que vayan a la fija, pero también nos queda una extraña sensación de descuido y falta de atención. Tómense unos segundos para pensar que nos podría gustar (una carta, una reserva en un restaurante, un spa, un perfume, una cartera, etc.) échele la culpa al tráfico o a una reunión de última hora y cumpla su misión para hacernos sentir importantes y amadas.
  3. Démonos un tiempo. Lo único que realmente puede hacernos falta de nuestra vida pre-mamás, es el tiempo de sobra que teníamos antes para malgastar. ¿Puede ser posible un día en el que mamá oficialmente tenga el día libre? Tener un día libre de afanes puede ser el regalo perfecto. Un día en el que podamos levantarnos tarde, perder una hora canaliando y viendo vanalidades en E o Warner, desayunar con una mano libre, tomarnos un café mientras leemos un libro, poder volver a la cama a perder el tiempo buscando que ver en Netflix y preocuparse por almorzar o comer cuando el hambre nos recuerde que hay que hacerlo. Los amamos con locura pero tener un tiempo a solas puede hacernos amarlos un poco más.



  4. Con esa mamá para que juguetes. De la autoestima y el amor propio nos encargamos nosotras pero un empujón a punta de piropos nunca será demasiado. Díganos, y que le suene real y no a niño repitiendo un mandado, que estamos bonitas, que nos vemos mejor ahora que a los 25, que cómo pudimos parir y vernos tan regias, que nos haría mil hijos más si mañana se ganara el baloto, que nos escogería otra vez si pudiera devolver el tiempo, que las estrías, la celulitis igual nos hubiera alcanzado a esta edad pero que como son causadas por un hijo están llenas de sex appeal y que somos una versión mejoradas de nosotras mismas desde que somos mamás. Los días especiales están diseñados para inflarle el ego a la gente y el día de la madre para retribuirnos todo lo que hacemos en el año a punta de elogios exagerados.

 En todo caso, si la cocina queda hecha un desastre espere al lunes que vuelva la empleada; si la llevan a escoger su regalo no escatime esfuerzos para llevarse lo que más le guste; si no le dan libre ni media mañana tómesela cualquier día del año; y si no la morbosean como obrero de construcción, párese frente a un espejo y sepa que no hay mujer más perfecta  en el mundo que esa a la que llaman Mamá.

¡Feliz día mamasotas!




 

Nuwe y su matata - años 80 BLOG

Acaba de pasar el día de la madre, ese único día al año que como mejor lo dijo mi nuevo dios Jimmy Fallon es la oportunidad para decirle a mamá “tu me diste la vida, me criaste, todo lo que soy es por ti, ahora déjame comprarte unos tulipanes y un desayuno y quedaremos a mano”. Por cuestiones de logística yo no estuve con la mía pero madrugué a llamarla y en ese preciso instante en el que me disponía a destilar todo un repertorio de frases cursis y de agradecimientos clichesudos por teléfono, ella con la sinceridad que a algunos molesta, me dijo, palabras más palabras menos: no te preocupes, yo no le paro bolas a esas cosas, porque hoy es un día cualquiera convertido en una fecha comercial.

A pesar de su afirmación, por culpa del capitalismo que me corre por las venas me sentía culpable por no estar con ella ese día, por no ser una de esas familias atrapadas en el trancón de la autopista dispuestas a entender con el precio indecente de un ajiaco, términos como crédito, plusvalía, inflación, demanda, prestamistas, avaricia y paga-diario.

Y mientras me trataba de convencer de que el día de la madre era tan sólo un día más y que lo importante era demostrarle que la amábamos, respetábamos y le agradecíamos su labor en todo momento, una angustia peor que la culpa se apoderó de mi en forma de pregunta: ¿Si lo he hecho todos, toditos, todos los días? Creo que haciendo un promedio poco exhaustivo en mi cabeza, de entrada hay varios días que entran a pérdida: la gran mayoría de mi adolescencia, los que no recuerdo de mi niñez pero que ahora con Lolo sé que fueron varios, algunos muchos cuando tuve mi primer novio y otro par nada despreciables desde que soy mamá. Un balance poco esperanzador para una hija que asegura dar la vida por su madre.

Y entonces me di cuenta que hacer una lista de agradecimientos y perdón era caer en ese sentimentalismo barato que ella y yo odiamos. Ese sentimentalismo urgido de cursilería que nos rehusamos a usar a diario porque no significa nada para nosotras. Ese sentimentalismo que cree que son mejores las citas bajadas de internet que un buen chiste negro y una sonrisa. Fue entonces cuando me di cuenta que, aunque hubiera sido genial, yo no necesitaba estar ese día con ella, ni elogiarla exageradamente porque a pesar de la sumatoria de nuestros días malos, los realmente buenos y significativos también eran muchos y ninguno había sido un día de la madre.

Ella sabe que la amo más que a nadie así no se lo diga, pero siempre se lo escriba por whastapp, ella sabe que a veces me saca la piedra y que yo, así prometa lo contrario, se la voy a seguir sacando a ella, ella sabe que estoy orgullosa de todo lo que ha hecho y de todo lo que hace y por eso a diario pido su aprobación para todo lo que hago, ella sabe que mis tres llamadas al día sin tener nada nuevo que contar son sólo para saber que está bien, ella sabe que es una fecha comercial y yo sé que celebrarla la hace sentirse especial, ella sabe que yo soy una buena mamá (perdonen la modestia) porque ella es mi mamá, y se lo escribo por acá porque aunque ella todo lo sabe, se hace la que no, porque siempre es bueno oírlo de alguien más.

Y yo sé que ella sabe y se siente orgullosa, aunque no me lo confiese, que hemos peleado como locas porque no podemos parecernos más. Y no me refiero a nuestros rasgos, a nuestras cabezas llenas de canas, a nuestra habilidad de comer harinas sin parar y no rodar, a nuestra blancura difícil de broncear, a nuestras piernas que reciben piropos y a las arañitas han salido a decorarlas, a nuestras manos de venas pronunciadas y nudillos “rodillones”.

Somos iguales más allá de la genética. “Son igualiticas” decía mi papá tratando de arbitrar alguna de nuestras peleas y yo sentía éstas palabras como una puñalada rastrera. Pasé de ser una niña que se ponía sus tacones y sus gafas soñando con ser como ella a una adolescente que criticaba cada una de sus palabras. Hoy soy mamá y serlo me ha hecho entenderla pero sobretodo me ha devuelto la sensación de la niña chiquita que la admiraba y la llamaba cada 5 minutos porque sin ella se aburría. La única diferencia es que ahora la admiro más y la llamo a cada rato porque la necesito y se que ella lo necesita. Somos igualiticas… y al escribirlo el pánico y la frustración que sentía de adolescente por tan sólo considerar que eso fuera posible, ha sido reemplazado por el orgullo y la satisfacción de saber que es una realidad.

Somos iguales en muchas cosas que nos hacen extraordinarias y somos iguales en muchas otras que nos hacen insoportables. Si tu terquedad, que es la misma mía, te hace ponerlo en duda, tu 10% y el mío pueden corroborarlo.

Nuwe y su matata

Hoy a sus más de 60 años sólo puedo decirle que lo ha hecho de maravilla, que las veces que cree que la ha embarrado no son tantas como ella piensa y que descubrir una reacción en mi que alguna vez critiqué en ella sólo me hace entenderla, quererla más y darme cuenta que no lo estoy haciendo tan mal o al menos que nada grave va a pasar.

Sólo hay una cosa no heredé de ella y que por más que intenté no fui capaz de copiar: su increíble manera de cocinar, así que seguiré conformándome con llamarla cada que me da por poner un pie en la cocina y seguiré aguantándome la pena de ponerla a preparar mis antojos cuando viene de visita. Eso sí, le ruego a esa genética tuya que ha hecho que yo a los 30 esté llena de canas que siga haciendo de las suyas y me permita envejecer como tú, de esa manera tan hermosa y natural que sólo las que no viven esclavas de la belleza terminan logrando.

Voy a tener que dejar de escribir acá porque voy a terminar pidiéndote perdón por no haber tenido una niña que me haga expiar todas mis culpas o por aquella tarde que buscaste por media ciudad unos pompones azules, los mismos que encontraste a las 8 de la noche en un Gran Piñata que estaba a punto de cerrar, los mismos popochos y perfectos pompones azules soñados por cualquier porrista de Millonarios, los mismos que tuve que apachurrar en mi maleta para que nadie los viera cuando la profesora dijo: ¿todas trajeron sus pimpones azules?.

Ay no, mi 10% pregunta donde se guarda en esta casa el papel higiénico, así que hasta acá llego el post de hoy porque sabemos que en esta casa la única que encuentra las cosas soy yo, y si no voy y se lo muestro “después la hijueputa soy yo”. 

Si me oyeron? No puede ser, soy mi mamá y eso me parece genial!

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